Capítulo 5

La mujer pidió perdón al chico por haberlo abandonado al nacer y le contó las circunstancias por las cuales tal cosa había ocurrido, le recalcó que no le había quedado otro remedio, de lo contrario ninguno de los dos habría sobrevivido. Shaka le dijo que no se preocupara por nada y que no había nada por perdonar porque comprendió que la mujer que yacía moribunda era su madre.
—Shaka, déjame ver tus ojos...

El muchacho dudó unos instantes pero el viejo monje le pidió que lo hiciera, así que en un roce muy suave acarició el rostro de la mujer que lo había albergado en su vientre y poco a poco abrió sus párpados para mostrarle sus bellas orbes celestes. La mujer lo miró directamente y ambos vieron en los ojos del otro el mutuo amor que sentían y que el lazo entre madre e hijo no había sido quebrantado en absoluto, tan sólo había tenido que tomar una forma diferente. Poco después la mujer expiró con una hermosa sonrisa de la más pura felicidad pintada en su rostro.

El muchacho cerró los ojos de la mujer, entre el monje y él limpiaron su cuerpo y pidieron a las gentes del lugar que prepararan una pira para poder quemarlo, de las cual brotaron flores de loto. Ya era noche cerrada cuando regresaron al monasterio y se retiraron a dormir.

La diosa Hera estaba terminando de colocar un ramo de rosas blancas en un jarrón de cristal mientras pensaba en la belleza de los Campos Elíseos; un lugar donde no existe la tristeza, la enfermedad o el dolor y en el que existe un majestouso jardín rodeado de bellas flores de todos tamaños, formas y colores.

—Este será un bello lugar para ti, mi dulce amiga...

El tiempo de vida de la mujer a quien había protegido estaba a punto de extinguirse como la llama de una vela que se consume lentamente y para la llegada de ese trágico momento sólo le quedaban unos cuantos minutos, por lo tanto, era necesario que hiciera los preparativos finales para que aquella valiente dama fuera bien recibida.
Cuando todo estuvo listo, regresó a su templo para confirmar que la madre de Shaka había muerto, pero le alegraba saber que antes de morir pudo ver los ojos del ser que tanto había amado, su hijo, y por quien no dudó ni por un instante a renunciar a todo para que Shaka continuara con su destino.

Una lágrima resbaló por la mejilla de la diosa cuando vio al joven limpiando el cuerpo de su madre, preparando sus ropas y llevándola hasta una pira para que el humo llevara su alma a la eternidad. Hera levantó su mano y con su poder divino hizo que su último lecho se llenara de bellas flores de loto.

Ya entrada la noche, cuando decidida a no dejar sólo al muchacho abandonó nuevamente su morada para visitarlo un instante y reconfortar su dolido corazón. Se puso una túnica negra que le cubría el rostro y dejaba a la vista solamente sus ojos verdes, ya que aún no era el momento ni el lugar para que el muchacho conociera su verdadera identidad. Hera había permanecido en el anonimato hasta entonces y por eso, apareció discretamente en el humilde cuarto del joven, que yacía dormido en su cama y como una leve brisa, con sus manos acarició sus sedosos cabellos.

—Mi pequeño, sé cuanto estás sufriendo y lo lamento... pero te prometo que algún día, conocerás toda la verdad. Mientras tanto yo seguiré velando por ti.

Depositó un pequeño beso en su frente y dejó al lado de su cama una flor de loto y un pequeño prendedor con el símbolo de su familia grabado en él. Aquel objeto era algo que su madre había pedido guardar a la diosa hasta el día de su muerte y que se lo hiciera llegar a su hijo.

Miró por última vez al hermoso mortal y se desvaneció en la oscuridad de la noche.

Ya empezaba a amanecer cuando Shaka se empezó a mover en su camastro, señal de que estaba a punto de despertarse. Ese día, no obstante, no se sentía con ganas de despertarse ni de realizar su meditación aunque había dormido plácidamente durante toda la noche debido al cansancio que sintió tras el funeral de su madre.
Algunas lágrimas comenzaron a caer por su rostro al pensar en lo ocurrido, particularmente en el sinfín de preguntas que quizá nunca tendrían respuesta.

Ya era muy entrada la mañana cuando el mentor de Shaka vio que el muchacho no se había incorporado al grupo de monjes que realizaban sus labores habituales y que tampoco se hallaba en su lugar normal de meditación. Ya imaginaba cual era el motivo de la ausencia del joven, así que se encaminó hacia su dormitorio y llamó suavemente a la puerta. Shaka le dijo que entrara y el hombre se sentó al lado del muchacho para hablarle.

—Buenos días —y añadió al ver la cara tan triste del chico—. Mi querido Shaka, sabes de sobra que la muerte es parte del ciclo de la vida y a veces como para tu madre, una bendición.
—Lo sé, y no es la primera vez que he visto tal suceso, pero esta vez... —su voz se entrecortó y unas lágrimas cayeron por su rostro sin que lo pudiera evitar.
—Hijo mío —le habló el hombre con gran ternura en su voz— tu madre sufrió muchisimo y tuvo que hacer un enorme sacrificio cuando te dejó a las puertas de nuestro monasterio.
—Hay tanto de lo que desconozco su respuesta...
—Es perfectamente normal sentir tristeza por la muerte de un ser querido. El problema, pequeño, no radica en que experimentes estas emociones sino en que dejes que dominen tu vida; es inútil sentir pesar hasta el punto de obsesión por algo que no tiene remedio.
—Agradezco vuestras palabras, mi querido maestro —contestó el joven, quien a pesar de su tierna edad tenía una capacidad de entendimiento muy superior a la de muchos mortales y sabía que su venerable maestro tenía razón.

El hombre se levantó y tendió una mano al joven que al incorporarse hizo que la flor de loto y el prendedor cayeran al suelo. El mayor se agachó y los recogió para mostrarlos a Shaka.
—La flor de loto... también apareció, o mejor dicho, varias aparecieron mientras su cuerpo era consumido por las llamas.
—Shaka, tu madre murió feliz al verte convertido ya en un hombre. Este prendedor era suyo. No sé cómo llegó hasta aquí, pero le pertenecía... ven y te contaré lo que sé de ella.

Ambos se sentaron de nuevo y el mayor comenzó a narrar algunos sucesos del pasado.