Capítulo 6
Temor, preocupación, angustia... esos eran los sentimientos predominantes en el hogar de la joven encinta, su miedo había aumentado considerablemente a causa de las palabras y acciones por parte de aquellas malvadas personas que la rodeaban. No obstante, se comportaba con toda entereza y dignidad pues el bebé que llevaba dentro de sí le daba una causa por la cual luchar, no le importaba tener que pasar penurias mientras que sentía el dulce calor que emanaba de aquel pequeño ser al que amaba tanto sin haberlo visto.
Amaba también a su esposo pero ella había notado que su amor le era reciprocado con reservas. Cuando estaba a su lado, no había nadie que se atreviera a hacerle injuria alguna aunque a veces los celos lo dominaban pues ella no le prestaba la atención de antaño; por otro lado, al noble señor le ocupaban otros asuntos que lo mantenían a menudo alejado de su hogar y cuando estaba lejos de ella se dejaba dominar por las dudas y la tenía bajo una estrictísima y casi sofocante vigilancia.
Una mañana a mediados de septiembre la joven paseaba por el hermoso jardín de su hogar acompañada por dos de sus fieles doncellas, cuando llegó a una sección donde había dos hermosos árboles idénticos se sentó bajo su sombra pero no llevaba más que unos minutos allí cuando le vinieron los dolores del parto.
Una de las muchachas fue corriendo a la casa para dar aviso de lo que ocurría, interrumpiendo a su señor mientras hablaba con su hermano, que miró a la joven con lascivia. El esposo de la joven llamó a otras sirvientas para que atendieran a su esposa y volvió a resumir la conversación con su hermano, que unos instantes antes había agarrado de un brazo a la joven doncella y le había exigido que pasara la noche con él. La joven se negó por lo que el hombre juró vengarse.
Unas horas después nació un hermoso niño, un evento que en la mayoría de hogares se consideraba feliz, pero que para esta familia no trajo más que consternación cuando vieron su aspecto físico.
El pequeño era hermosísimo y perfectamente proporcionado, pero su piel en lugar de ser oscura era blanca como la nieve; sus ojos de un bellísimo e intenso color azul radiaban amor cuando dirigió la mirada por primera vez a su madre y su cabello era rubio.
El esposo de la joven no podía dar crédito a sus oídos cuando le informaron de aquello y fue él mismo a cerciorarse de que no le engañaban.
Cuando vio al chiquillo una mirada de rabia cruzó su rostro y ordenó a las doncellas que estaban atendiendo a su esposa que se marcharan inmediatamente, cuando estas se negaron pues la joven apenas había terminado de expulsar el postparto, el señor mató a una de ellas. Su aterrorizada mujer ordenó a las demás que se fueran, aunque sin ser vista, una se escondió tras unos arbustos y la escena que presenció a continuación hizo que se le helara la sangre.
El hombre exigió respuestas por parte de su mujer que cada vez que negaba que el niño era hijo de otro hombre era golpeada; todo el amor que antaño le había brindado se había convertido en el más feroz de los odios. El joven exigió también que se lo entregara pero ella se negó en rotundo pues sabía la suerte que el bebé correría, así que lo protegió con su cuerpo mientras su esposo la golpeaba brutalmente; una vez que su furia abatió al ver que su pobre esposa no podía moverse, llamó a dos centinelas para que la echaran de la propiedad junto al bebé que él creía un bastardo. Al pequeño no le hizo nada cuando lo vio pues había algo en el que le hizo desistir del propósito de matarlo y concluyó que al dejarlo expuesto junto a su madre, no sobreviviría.
Al regresar a la casa hizo azotar a la doncella desobediente que había rehusado tener relaciones con su hermano y advirtió que si alguno de ellos asistía a su mujer o al bebé que había engendrado lo pagarían con su vida y no sería una muerte rápida. Algo más tarde firmó un documento oficial de repudio y decidió tomar una nueva esposa.
La criada escondida esperó un tiempo que le pareció prudencial y se armó de valor para salir de la casa con la excusa de ir al mercado. Gracias a la información que le proporcionaron los centinelas, encontró a la joven madre, que estaba al límite de sus fuerzas y casi vencida por la desesperación y la alentó a que se levantara.
—Señora, no hay tiempo que perder... —le dijo mientras tomaba al niño entre sus brazos y se los llevó a un bosquecillo algo apartado de la casa para que la joven tomara fuerzas. Se escondieron entre los matorrales hasta que ya la noche comenzó a caer y ambas se dirigieron hacia un monasterio que había en las cercanías.
Una vez allí, llamaron a la puerta incesantemente y se escondieron. Suspiraron aliviadas cuando uno de los monjes tomó al niño, lo examinó y sonrió al ver que se trataba del bebé del que se hablaba en una antigua profecía, fue entonces cuando las dos mujeres se dejaron ver.
—Yo cuidare de él. Por favor esperen unos momentos pues desgraciadamente no les puedo permitir la entrada.
El hombre les trajo una escudilla con algo de comida y algo de ropa limpia, además de indicarles donde se hallaba un lugar donde ambas encontrarían refugio. Las dos mujeres agradecieron su ayuda y se perdieron en la noche.
Eso fue lo que el monje contó al joven lama.
—Tu madre te quería mucho, Shaka. Ese prendedor lo llevaba en su sari aquella noche y en tu manita tenías una flor de loto.
