Capítulo 7
La diosa Hera también recordaba el nacimiento de Shaka muy claramente y, llena de una profunda tristeza, recordaba vívidamente aquel terrible día cuando el pequeño nació. Vestida como una doncella, Hera se aseguró de estar junto a la mujer en el momento del alumbramiento para que todo marchara bien durante ese proceso y para proteger a la mujer y al niño en la medida de lo posible.
"Tiene el aspecto de un dios... es sencillamente maravilloso" pensó la diosa al verlo por primera vez.
Desgraciadamente su nacimiento no fué motivo de alegría en el hogar y la tragedia se tiñó con sangre; el esposo, furioso al enterarse de las señas del niño, confirmó sus temores sobre el supuesto engaño de su esposa y decidió acabar con ambos. Asesinó a una de las criadas que atendían a la pobre mujer, que apenas estaba recuperándose del esfuerzo del parto; cegado por los celos, la golpeó brutalmente mientras ella protegía a su hijito, contra quien no pudo hacer nada excepto dejarlo abandonado.
La diosa deseaba asesinar a aquel hombre con sus propias manos pero sabía bien que al hacerlo exponía a ambos a una muerte segura; en aquel momento era mejor que fuera repudiada por su esposo y expulsada de esa casa junto con la criatura. En cuanto el hombre desapareció la diosa tomó al chiquitín en brazos, lo tranquilizó, fue en busca de su madre y le mostró al niño que dormía profundamente entre los pliegues de su sari.
—Señora, confíe en mí, sé de un lugar donde este pequeño será más que bien recibido. De hecho, su llegada a este mundo ha sido esperada por siglos.
Mientras daba algo de comer a la mujer le contó sobre la profecía que involucraba a su hijito; él era el pequeño designado por el destino como la reencarnación de Buda, sería hermoso como un dios, sabio como ninguno y su poder no tendría límite.
Al llegar a las puertas del viejo monasterio llamaron insistentemente y en cuanto oyeron que uno de los monjes se acercaba dejaron al niño, que sostenía una pequeña flor de loto en su mano, y se escondieron tras un arbusto. El hombre examinó al pequeño y sorprendido al ver su inusual aspecto, recordó lo escrito en un antiguo manuscrito y por eso supo de quien se trataba. Casi sin poderse creer su suerte y con una enorme sonrisa de felicidad pintada en su rostro, acunó al pequeñín entre en sus brazos; miró por doquier hasta que dio con al lugar donde se encontraban la madre del niño y su sirvienta, que se dejaron ver. Esta última iba con el rostro cubierto por el sari y sólo mostraba sus ojos verdes, de los que un pequeño destello escapó al sentir la mirada curiosa del hombre.
—Esos ojos... — murmuró el monje, que trataba de recordar donde los había visto antes y la diosa bajó la mirada porque no podía exponerse a que la descubrieran.
El hombre amablemente les indicó un lugar donde encontrar refugio y les dio unas provisiones y algo de ropa limpia antes de que ambas miraran por última vez al niño y se despidieran de él.
Entrada la noche, ambas mujeres llegaron a la casita que el monje les había indicado, un lugar muy humilde pero acogedor. La diosa limpió y curó las heridas de la mujer, cuidó de ella durante varios semanas hasta que se restableció. Sin embargo, su tristeza por lo sucedido no cesaba y más que el abandono y tratamiento recibido a manos de su marido, le dolía en el alma el no tener consigo a su hijito recién nacido, por lo tanto, la diosa decidió revelarle su verdadera identidad y los motivos por los cuales se había expuesto.
—Tu hijo estará mejor en el monasterio, los monjes le cuidarán y será instruido según la tradición.
Hera le aseguró que siempre velaría por él y le explicó que desde antes de su nacimiento le había tomado bajo su protección.
—Nunca le abandonaré. Cuando me necesite una flor de loto aparecerá a su lado; esta flor es la muestra de su linaje y poder y también cudiaré de ti, mi hermosa amiga, eres una buena mujer y tu nobleza no tiene límite. Has tenido que hacer un gran sacrificio por el bien de tu hijo y es lo menos que puedo hacer por ti.
La mujer creyó que aquella diosa era Shashti* y aunque Hera trató de explicarle que era una diosa olímpica y no una deidad hindú, optó por dejarlo así, todo lo ocurrido en tan corto tiempo había sido demasiado para la pobre mujer. El nombre que aquella dama quisiera darle no era importante pues su misión había tocado a su fin.
La diosa ofreció llevarla a un mejor lugar pero la mujer se negó, prefería quedarse en aquella pequeña casita con tal de estar cerca del niño y de verle crecer aunque fuera de lejos.
Y Hera seguía cumpliendo con las promesas que hizo a la madre de Shaka, no obstante, un nuevo suceso en el Olimpo hizo que la diosa dejara a un lado aquellos pensamientos. De inmediato se presentó ante Zeus pues su esposo y dios supremo había mandado a llamar a todos los dioses a su presencia.
Nota de la autora:
*Diosa hindú cuya función era la proteger a las parturientas y los niños menores de diceciséis años.
