Capítulo 9
La noticia cayó como un balde de agua fría en el Olimpo y tanto dioses como semidioses se miraban extrañados al escuchar de boca de Zeus algo semejante.
No todos los olímpicos se hallaban presentes y eso no presagiaba nada bueno, pues Poseidón, el señor de los mares no se había presentado a la llamada de su hermano y aunque el espíritu de Hades aún dormía desde la última Guerra Sagrada faltaba poco tiempo para que se liberara del poder que lo sellaba.
Ares estaba sentado a la derecha de su madre y no dejaba de mover su cabeza en señal de negación.
—Tantos años en paz y ahora esto —dijo Hera— pero tal vez no sea tan terrible, Hades aún no ha revivido y eso nos da cierta ventaja, o tal vez ella...
—Madre, ella nunca será como nosotros.
—Ares, no pienses en eso, ahora debemos preocuparnos en como hacer para que entienda su divinidad.
—¿Tú crees que llegue a entender que es una diosa encerrada en un cuerpo mortal?
—Desgraciadamente no podemos interferir porque tu padre nos lo ha prohibido, pero te aseguro que tampoco nos vamos a quedar de brazos cruzados.
La nueva reencarnación de una diosa, particularmente una tan poderosa como Atena, no era un juego de niños y Zeus quería que los dioses estuvieran preparados y por supuesto, el padre de los dioses no iba a dejar que aquella criaturita quedara desprotegida; a fin de cuentas, Atena era una de sus hijas favoritas y sabía cuán ambiciosos sus hermanos, Poseidón y Hades, habían sido desde el momento en el que derrotaron a Cronos y tras el reparto de los tres reinos, cuando a él le correspondió el reino celestial.
—Hijo mío, el más fuerte de todos el comandante del ejército divino y mi mejor estratega. Confío en que sabrás muy bien qué hacer cuando llegue el momento —dijo Zeus a Ares.
Una vez finalizada la reunión Hera regresó a sus aposentos y tal como dijo a su hijo, empezó a ocuparse de algunos preparativos para el evento que se avecinaba. Al caer la noche dedicó un último pensamiento a Shaka.
—Mi pequeño, tu hora se acerca, pero por ahora descansa y deja que los dioses velemos por ti...
En aquellos instantes Shaka se hallaba en el interior del templo conversando con los monjes tras haber bajado con algunos de ellos al pueblo a visitar a varias familias necesitadas; como cada mañana los que quedaban atrás habían abierto las puertas del monasterio para que los peregrinos y habitantes de las cercanías que acudían a aquel lugar sagrado pudieran recibir un plato de comida preparado por los monjes, que a menudo era el único alimento que recibían durante todo un día.
Fieles a su creencia de que todo ser viviente merece respeto en su comida no había ningún producto que proviniese de un animal. Al igual que la mayoría de la población, los monjes eran vegetarianos y tan sólo se alimentaban de los frutos que producían los árboles y plantas que con tanto cariño y esfuerzo cultivaban ellos mismos; el resto de las personas en general eran vegetarianos a la fuerza puesto que eran muy pobres y la carne y el pescado eran un lujo que no podían permitirse.
Su conversación se vio interrumpida cuando oyeron que alguien aporreaba las puertas interiores del templo de una manera atroz. Uno de los monjes estacionados en la entrada fue a abrir y saludó respetuosamente al emisario, quien tan sólo le dio un empujón sin observar tan siquiera las mas mínimas normas de cortesía hacia una persona que había hecho un voto sagrado.
El hombre a punto estuvo de irrumpir en la parte principal del templo cuando el tutor de Shaka, el monje a cargo de todo el monasterio, le salió al pasó y le preguntó amablemente qué deseaba. El emisario le exigió que el muchacho "de los cabellos amarillos" se presentara ante él inmediatamente.
—Ese joven tiene un nombre, emisario —le contestó el monje amable pero firmemente.
El emisario ignoró al venerable monje y volvió a repetir su demanda en un tono de voz amenazante. Shaka había oído toda aquella conmoción y se acercó a ellos.
—Yo soy a quien deseas ver —le dijo educadamente a aquel hombre.
—Perfecto, entonces quedas avisado que tu monasterio deberá pagar una multa de mil talentos por haber llevado a cabo un funeral no autorizado— respondió bruscamente el otro mientras escrutinizaba al joven lama.
—No sé a qué te refieres. Toda persona merece algo de dignidad para su partida al otro mundo —le contestó Shaka con una tranquilidad pasmosa.
—No si la persona es considerada intocable. ¡Tenéis un plazo de tres días!
El insolente hombre se volvió sobre sus talones pues no quería seguir con aquella conversación debido a que el tono de voz de Shaka no daba muestras de que estuviera intimidado y eso le desconcertaba; estaba acostumbrado a que se le obedeciera de inmediato y a intimidar a otras personas. Por eso, se marchó antes de que Shaka pudiera hacerle algún reproche acerca de su madre.
"Mi supuesto sobrino sobrevivió... esa mujerzuela debió llevarlo al templo antes de morir, pues no los encontramos cuando fuimos a cerciorarnos que habían muerto. Hasta ahora..." pensó aquel desalmado.
—¡Llévame a tu amo de inmediato!— ordenó al sirviente que le abrió la puerta en cuanto llegó a la gran casa familiar.
El hombre obedeció atemorizado y el emisario entró en el recinto donde un hombre ya algo maduro y su esposa conversaban con su hijo mayor. La mujer y el niño salieron para dar privacidad a ambos hombres.
—Hermano, tenemos problemas, los informes sobre el bastardo eran ciertos. Se encuentra en el templo sagrado.
—Si ha hecho votos sagrados no creo que haya nada de lo que preocuparse —dijo el otro, cuyo corazón aún no se había ennegrecido por completo.
—Recuerda lo que te dijo el gurú antes de que ese niño naciera: que sería un gran sabio o un gran príncipe— replicó su hermano y para echar más leña al fuego procuró resaltar esa última palabra pues quería dar a entender que el joven trataría de reclamar su herencia.
Por un corto instante su rostro mostró una sonrisa maléfica gracias a que sus palabras estaban surtiendo el efecto deseado y no le hiciera falta añadir más pues ya sólo era cuestión de darle tiempo al tiempo; además, cuando llegara el momento ya se aseguraría de eliminar todo obstáculo para obtener el puesto de cabeza de familia, o sea, su mayor ambición desde que tenía uso de razón.
Aquella inesperada visita sobresaltó a los lamas pues no tenían ni la más mínima idea de cómo recaudar una suma tan enorme en tan corto espacio de tiempo, ni de cómo salir de ese terrible problema sin que corriera la sangre.
Aquella amenaza de índole personal hacia Shaka no era el único problema que se les avecinaba, por lo tanto, el mayor de los monjes decidió que no había tiempo que perder y sus pensamientos se centraron en el lugar donde se ocultaba la armadura dorada que había pertenecido a Asmita, el antiguo avatar de Buda.
La guerra entre los reinos estaba a punto de comenzar y según la antigua profecía, esta guerra sería el inicio de algo mucho más grave que no sólo les afectaría a ellos.
Era primordial que Shaka despertara el poder latente que había heredado.
