Capítulo 10

La tranquilidad regresó de nuevo al Olimpo y todos los dioses regresaron a sus deberes diarios como los de velar a aquellos que gozaban de su protección o debido a sus actos, castigar a quienes habían incurrido en su ira.
Hera tuvo también una larga conversación con Zeus acerca de la nueva reencarnación de Atena, tras la cual regresó a sus aposentos.

La diosa se disponía a tomarse un merecido descanso cuando sintió una terrible opresión que provenía del cosmos de Shaka e inmediatamente tomó su báculo y lo movió con rapidez hacia uno de los espejos, que le mostró lo que acontecía en aquel lejano monasterio.

"Ese maldito hombre lo ha encontrado...," pensó airada, pero tras una breve reflexión una sonrisa irónica surcó sus labios porque la situación había cambiado completamente desde el día en que Shaka nació. Su protegido ya no era un bebé indefenso sino un guerrero con la fuerza y la sabiduría de un dios, algo que su tío ignoraba. Por supuesto, era conveniente que aquel hombre malvado siguiera ignorando esos detalles hasta que al joven lama le llegara el momento de enfrentarse a él.

Movió de nuevo su báculo, hizo desaparecer la imagen del espejo y presurosa se fue hacia su habitación en busca de un cofre de ébano labrado de cuyo interior sacó un sari. Se despojo de su túnica blanca y se lo puso de tal forma que únicamente sus ojos eran lo que se podía ver de su rostro.

Salió al salón y a su fiel sirviente ordenó que si alguien preguntaba por ella les dijera que estaba consultando el libro de la vida y que no debía ser molestada con excepción de Zeus, sólo informaría de su verdadero paradero al dios supremo si le pidiera tal informacion. Adicionalmente le mandó traer una pequeña réplica del cofre de ébano en el que había un mala hindú junto con una bolsa cargada con mil talentos.
El sirviente le entregó lo que Hera le pidió. La diosa desapareció de su vista casi inmediatamente y se materializó en las afueras del monasterio vestida con un sari negro; llamó a las puertas y pacientemente esperó ser recibida hasta que acudió uno de los monjes al que solicitó, de una manera amable pero insistente, hablar con el que estaba a cargo del monasterio.

—Namaste, śrīmatī*, ¿qué os trae a nuestra humilde morada? —preguntó muy extrañado el tutor de Shaka a aquella enigmática dama.
—Namaste, guru-ji* —la diosa Hera devolvió cortésmente el saludo del monje e hizo un gesto con la mano—. Por favor, espero que me escuche sin interrupciones. Deseo hacerle entrega de los mil talentos que se les ha pedido injustamente por el entierro de la madre del joven a quien con tanto cariño y esmero ha educado.

Una sonrisa apareció en el rostro de la diosa pues aquel hombre debía estar haciéndose cruces acerca de sus conocimientos sobre los hechos recientes, seguramente debía estar pensando que las noticias habrían corrido como la pólvora entre el séquito de aquel malvado emisario. Hera lamentaba el no poder darle la respuesta verdadera todavía, ni tampoco el revelarle su identidad divina pero quería asegurarle que sus intenciones eran buenas.

—Guru-ji, ese hombre es el tío de Shaka, el hermano de su padre. Su corazón esta lleno de maldad y avaricia; me consta que hará todo lo posible por deshacerse de él, pero no debe temer, Shaka no sufrirá daño alguno.

La diosa confiaba en la sabiduría infinita de los habitantes de aquel monasterio, por lo tanto, aquel hombre no debería tener problema alguno en conocer el significado del objeto que iba a mostrarle y abrió la pequeña cajita que contenía un mala de ciento ocho cuentas

—Es el mala de Asmita... —murmuró el monje al ver aquella maravillosa reliquia.
—Es un pequeño obsequio que deseo hacerle y que como sabe bien, forma parte de la profecía. Dejo a su consideración si se lo entrega usted o yo; comprendo que desconfíe aún de mis palabras pero confío en su buena memoria.

La diosa levantó la vista y un pequeño destello brotó de sus ojos (la muestra de su divinidad que a veces ofrecía a los mortales); aquel mismo destello que vio el monje años atrás cuando ella y la madre de Shaka lo entregaron al cuidado de los monjes.

—Cualquiera que sea su respuesta, la respetaré y espero que entienda que no puedo revelar aún mi identidad al joven.

Notas de la autora:

"Namaste" es un saludo tradicional que significa paz;"śrīmatī" significa señora en hindi (al igual que en sánscrito) y el sufijo -ji es un título de respeto usado en la India tras el nombre de una persona o su ocupación.