Capítulo 11
Nunca había reinado la preocupación por asuntos materiales en aquel lugar tal como en ese momento; a aquella demanda por los mil talentos, además de ser injusta, no se la podía clasificar como menos que extorsión.
Aquel hombre malvado sabía que los monjes, a pesar de que vivían en un hermoso templo con estatuas recubiertas en láminas de oro y plata y otras joyas que llevaban allí desde tiempo inmemorial, no poseían dinero propio. Cualquier dinero que recibían eran limosnas que a veces las gentes más pudientes les daban para ayudarles con la manutención del lugar, que ellos agradecían y usaban también para socorrer a aquellas personas menos afortunadas.
El tío de Shaka decidió aprovecharse de esta situación sin importarle el contenido de las misivas por parte del monasterio que le rogaban que reconsiderara tal orden; aquel hombre no tenía escrúpulos y su capacidad para la crueldad no tenía límites puesto que rechazó de plano todo argumento razonable y amenazó con prender fuego al templo.
Su hermano no tenía conocimiento de tales hechos, pues al igual que ocurrió durante el tiempo que estuvo casado con su primera esposa, se tuvo que ausentar de su hogar de nuevo y dejar al más joven al cargo.
Los monjes no tenían otra opción y debían reunir el dinero como fuera posible. Desgraciadamente muchas familias nobles no les ayudarían pues les consideraban como parásitos e indignos del comportamiento de los brahmanes, ya que desobedecían la tradición de que una casta no debía mezclarse ni acercarse a otra, particularmente a los parias o "sin clase". Finalmente, cuando más desesperados se hallaban y el plazo dado para recaudar la suma estaba a punto de vencer, una mujer llegó al lugar y pidió ver al tutor de Shaka.
La mujer iba vestida con un largo sari y un velo que sólo dejaba sus hermosos ojos verdes al descubierto, el monje que abrió la puerta fue a avisar al lama al cargo del monasterio y se retiró discretamente. Ella explicó rápidamente el motivo de su visita y el venerable lama, una vez que la miró a los ojos, los reconoció casi inmediatamente; sus palabras confirmaron que esa era la dama que había acompañado a la madre de Shaka cuando se lo entregaron a su cuidado a las pocas horas de nacer.
Agradecido recibió la bolsa con el dinero que evitaría la destrucción del templo, aunque algo le decía que la avaricia de aquel hombre era terrible y quizá demandara más, pero no hizo comentario alguno, ya que tan sólo se trataba de una especulación suya y no quería alarmar a los demás lamas sin haber necesidad.
El monje desconocía su identidad exacta pero intuía que aquella mujer era muy seguramente una enviada divina pues parecía conocer numerosos detalles acerca de la profecía que involucraba a su joven pupilo, entre ellos mencionó la armadura dorada de Virgo, que desde tiempo inmemorial portaba la reencarnación de Buda cuando existía la amenaza de una guerra santa y la misteriosa aparición de las flores de loto a los pies de Shaka.
La mujer además le mostró una caja que contenía un objeto familiar, pues originalmente había pertenecido a Sidharta Gautama, el primer Buda: un rosario de ciento ocho cuentas. El hombre lo miró por unos instantes pues acababa de reconocer aquel magnífico objeto y su significado y Hera volvió a cerrar la cajita.
Fue en aquel instante cuando Shaka apareció ante ambos con las palmas cruzadas hacia arriba e hizo una pequeña reverencia como saludo a los dos mayores.
—Namaste.
Ambos respondieron al saludo. Shaka observó sin abrir los ojos a aquella dama pues había reconocido el aura que emanaba; al igual que su maestro, Shaka tampoco sabía con certeza de quien se trataba pero reconoció algo en ella que le había acompañado desde tiempo inmemorial, por lo tanto, llegó a la conclusión de que era la mujer que protegió a su madre y a él de una muerte certera y que había regresado con el rosario del anterior Buda.
No necesitó abrir la caja de ébano para saber lo que contenía, ni tampoco abrir sus ojos. la visita de esta señora no se debía a la casualidad.
El viejo maestro se disculpó y se retiró pues creyó necesario que su pupilo y la dama pudieran hablar en privado. Se dirigió al grupo de monjes e instruyó a dos de ellos a que fueran a la casa del noble y entregaran los mil talentos. En ese instante en el que el monje mayor se marchó la diosa bajó la mirada.
—Le he traído este obsequio, joven gurú; es una antigua reliquia de un valor incalculable y estoy segura que sabrá qué hacer cuando llegue el momento. Por favor, recíbala con mis mejores deseos.
Hera extendió sus blancas manos para entregarle el pequeño cofre con el mala en su interior y aunque deseaba mirarlo a los ojos no lo hizo, simplemente se limitó a una leve inclinación a manera de despedida.
—Agradezco que lo aceptara y por favor no se preocupe más por el dinero que les han pedido por el entierro de su madre, esa cuenta pronto será saldada. Lamento mucho su muerte pero le puedo asegurar que su alma está en un maravilloso lugar.
La diosa le aseguró que prestaría cualquier asistencia que fuera necesaria a los habitantes del monasterio y que enviaría a sus sirvientes para cumplir con cualquier pedido que se le hiciera.
—Por cierto, desconfíe del hombre que vino en su búsqueda, la maldad de su alma es tan grande como su codicia — y añadió al ver la expresión interrogante en el rostro del muchacho—. Le prometo que cuando llegue el momento responderé a todas sus preguntas.
—Gracias, śrīmatī, vuestra amabilidad os será devuelta con creces.
Dio media vuelta para retirarse después de que una pequeña flor de loto cayera a los pies de Shaka; antes de que alguien más lo notara la mujer desapareció y regresó presurosa a su hogar. Un par de lágrimas rodaban por sus mejillas pues había sido muy difícil el verle frente a frente; a pesar de que siempre había velado por la seguridad del joven la diosa nunca había sentido su mirada. Shaka había mantenido sus ojos cerrados en todo momento pero Hera notó en carne propia en aquel breve encuentro que su mirada era fuerte y decidida.
Realmente la profecía era completamente cierta, su belleza y su poder eran inimaginables, aún para una diosa.
Aún vestida con el sari se sentó en su trono y mandó a llamar a su fiel sirviente.
—Agradezco tus cuidados en mi ausencia pero ahora debo pedirte un nuevo favor. Ve a Grecia y di al Patriarca del Santuario de Atena que deseo verle esta noche en la cima de la Colina de las Estrellas. Es urgente ya que su vida corre peligro.
El hombre se inclinó ante la dama y una vez listo se puso en camino a Grecia a cumplir su misión.
—Vete, mi fiel Eleas y en cuanto regreses al Olimpo serás gratamente recompensado —dijo la diosa.
Hera guardó el sari en el cofre, lo selló de nuevo, se recostó en una banca de mármol y cerró sus ojos; debía revisar los antiguos escritos en busca de alguna señal que hubiera pasado desapercibida, pero para eso necesitaba al antiguo caballero de Aries, uno de los dos supervivientes de la última guerra y conocedor de la profecía completa.
Aquel guerrero era la máxima autoridad en el Santuario ateniense en ausencia de la diosa, pero ni Hera ni ningún otro dios podían entrar a aquel recinto por orden de Zeus.
