Capítulo 12
Cuando el joven vio partir a su maestro con el dinero no pudo evitar que un pequeño escalofrío le recorriera el cuerpo, pues mientras hablaba con aquel hombre tan ricamente vestido había podido ver claramente la negrura de su alma, su envidia, su capacidad para mentir y su desmesurada ambición. No estaba muy seguro que fuera a contentarse con los mil talentos y era muy probable que aquella demanda fuera tan sólo el principio de algo peor.
Volvió la atención hacia la dama que estaba delante suyo y aceptó lo que le ofrecía: el mala de ciento ocho cuentas que le había pertenecido en una vida anterior. Su comportamiento, su forma de hablar pero sobretodo el aura de pureza que la rodeaba a pesar de la sencillez con la que aparecía ante él, le daban a entender que aquella señora debía ser una enviada de los dioses pues ningún mortal común y corriente podría haber tomado posesión de aquella reliquia sagrada.
Tras hablar con el muchacho que apenas tuvo tiempo de decir "Namaste" de nuevo, sin saber si ella le habría oído o no, la misteriosa mujer se marchó tan súbitamente como había aparecido.
El rubio se había quedado muy pensativo tras aquella inesperada visita pero se vio interrumpido debido a una terrible conmoción a las puertas del templo y, alarmado, fue a ver lo que ocurría.
Los monjes que habían ido a la casa del noble a pagar la multa habían sido salvajemente golpeados y regresaron más muertos que vivos. En un principio los habitantes del templo creyeron que habrían sido víctimas de algún bandido. Shaka enfureció al conocer el verdadero motivo.
Poco antes de morir uno de ellos les contó lo ocurrido: llegaron a la casa y lograron entregar el dinero al tío de Shaka, que al verlo no podía dar crédito a sus ojos pues pensaba que no habría manera de que aquellos pobretones hubieran logrado recaudar tal suma en tan corto plazo sin ayuda, pero la voz de su codicia le decía que quizá podría extraer más riquezas.
El tío de Shaka les hizo quedarse en su casa durante un corto tiempo en el que fue a esconder el dinero en un lugar seguro tras lo cual regresó y con amables palabras los acompañó hasta la puerta de salida; a una señal suya apareció un sirviente declarando que varios robos habían tenido lugar en las cercanías y que estos sumaban en total mil talentos, la suma exacta recaudada por los monjes.
Estos protestaron su inocencia y explicaron de donde había venido el dinero pero como los sirvientes de aquel hombre no encontraron a la diosa, usaron la entrega del dinero en contra suya como prueba de que mentían. Ambos fueron condenados a ser lapidados.
Sin embargo, cuando los dejaron tirados en el camino como pasto de buitres los dos seguían con vida y lograron llegar al templo con un aviso: el templo debía entregar todos sus objetos valiosos para pagar otra multa y por albergar criminales.
Mientras el coche de fuego conducido por Apolo hacía su último recorrido y dejaba caer la noche en el Olimpo, Hera se disponía a salir de regreso a la Tierra, en concreto a Grecia; no solía ir con frecuencia excepto al templo que los mortales que le eran fieles le habían contruído en su honor y del cual se sentía orgullosa. Sin embargo, esta vez su viaje la llevaba al Santuario de Atena, su hijastra en vidas pasadas y con quién había mantenido relaciones estrictamente diplomáticas a excepción de la vez que unieron sus fuerzas en la guerra entre Troya y Esparta.
"Ese día ardió Troya". Hera sonrió al recordar aquel episodio y justo entonces fue cuando le anunciaron el regreso de Eleas, su sirviente personal. La diosa salió rápidamente a su encuentro.
—Mi fiel Eleas, por fin has regresado, ¿qué noticias traes de Grecia?
—Señora, traigo saludos de Shion y su promesa de estar en el lugar indicado a la mayor brevedad posible.
—Gracias Eleas, me has hecho un gran servicio y tu recompensa aguarda en tu habitación. Espero que sea de tu agrado,
Antes de irse dedicó una última mirada hacia el monasterio y se enteró de que aquel hombre había levantado más acusaciones contra los monjes, motivado por la codicia. La diosa era consciente de que aquella situación ni podía ni debía continuar pero no podía aplazar su encuentro con Shion. Los monjes solamente recibirían una visita suya muy fugaz pues estaba preocupada acerca del siguiente paso a dar en lo que concernía al destino del joven en el que Buda se había reencarnado.
"Shaka vestirá la armadura sagrada, aunque eso signifique que tenga que abandonar el monasterio. No obstante, es muy joven y no debe irse todavía, a menos que Shion me indique lo contrario..."
Levantó su báculo y apareció en el lugar donde se encontraba el maestro del joven bodditshava, pero esta vez no iba cubierta por el sari, pues era imprescindible el que se presentara ante el con su verdadero aspecto divino y le revelara su identidad.
—Namaste— saludó la diosa, El hombre dio unos pasos atrás y la miró sorprendido ya que en aquella parte del recinto sagrado no se permitía la entrada a ninguna mujer que no hubiera hecho un voto sagrado—. Buen monje, mi nombre es Hera, la diosa suprema del Olimpo. Tu discípulo, Shaka, ha sido mi protegido desde antes de su nacimiento.
La diosa le avisó que los habitantes del monasterio se encontraban bajo un grave peligro por parte del tío de Shaka pero que en aquel momento no podía quedarse para ayudarles porque primero debía visitar al Patriarca del Santuario de Atena.
—Más tarde nos encontraremos en las catacumbas que hay en la parte interna del monasterio. Es hora de que el muchacho conozca toda la verdad.
Tras despedirse del monje la diosa desapareció. El buen lama comprendio de inmediato que Shaka debía realizar las pruebas tradicionales que confirmarían que era verdaderamente la reencarnación de Buda aquella misma noche.
