Capítulo 13

"La injusticia que reina en el mundo a veces es peor que lo que una persona es capaz de imaginar", pensó el buen lama que involuntariamente había enviado a aquellos dos jóvenes a una horrible trampa. Aunque un instinto ya le avisó de que tal vez aquella suma de dinero no sería suficiente para apaciguar a aquel hombre, jamás habría supuesto que los pobres muchachos acabaran pagando un precio tan alto: uno con su vida y que el otro estuviera en una condición muy crítica debido a las heridas que habían lacerado su cuerpo.

Shaka, a pesar de su calmada apariencia, se sentía culpable por lo ocurrido; en sus manos sostenía el rosario que le había entregado su misteriosa benefactora y cuyas cuentas no dejaba de acariciar. Los otros monjes se dieron cuenta de su preocupación y le invitaron a meditar con ellos para distraerlo de aquellos negros pensamientos. Ninguno tuvo los malos modales de abordar el tema directamente, sino que tal como era su costumbre permanecieron en silencio hasta que uno dijo algo que le pareció importante y los demas dieron su opinión sobre tal aserción.
Shaka comprendió que sus compañeros entendían la posición en la que se encontraba y no lo culpaban en absoluto de lo ocurrido; a fin de cuentas el karma era el karma y si hacías el bien, éste era repagado con creces, sino en la vida actual, en la próxima; en cambio si hacías el mal, éste también era repagado. Cada acción conllevaba sus propias consecuencias y por lo tanto, todo el mal que aquel siniestro personaje les estaba causando cesaría y su propio destino se encargaría de él de una manera u otra.

El maestro de Shaka recibió una nueva y breve visita de la misteriosa dama, la cual reveló su verdadera identidad como la diosa Hera y le informó que ella era quien había protegido a su pupilo desde antes de su nacimiento, que había sido profetizado desde hacía siglos. La diosa instó al monje a que contara al muchacho toda la verdad acerca de su origen y el motivo por el que su nacimiento había tenido lugar. El buen lama prometió que así lo haría y una vez que ella partió hacia Grecia, el monje fue a buscar al chico rubio.

Ambos parecieron coincidir en su pensamientos pues se encontraron en la sala principal del templo. El joven comprendió que su maestro quería hablarle de algo muy importante y como muestra de deferencia a su edad y el cariño filial que sentía por él, dejó que el mayor hablara primero.
—Shaka, ya es hora. Ven conmigo.
El joven asintió y juntos llegaron al lugar más oculto del templo. Otros lamas ya estaban sentados formando un semicírculo, el maestro instruyó a Shaka que se sentara junto a él en el lugar vacío que los lamas del semicírculo rodeaban. Un joven aprendiz trajo una bandeja en la que había varios objetos: una pluma de águila, una campanilla, un ábaco, un libro y un pergamino; uno de aquellos objetos (la campanilla) había pertenecido al primer Buda, Shaka al ser su reencarnación no debería tener dificultad alguna en reconocerlo.

El muchacho no dudó ni un instante en reconocer el objeto correcto y lo entregó a su maestro, cuyo rostro mostró una enorme sonrisa de satisfacción. El monje anunció la siguiente prueba que consistía en recitar correctamente lo que estaba escrito en el pergamino.
Shaka pensó por unos momentos y recitó los cinco principios del Dharma establecidos por el primer Buda.
Por último, pasaron a la tercera prueba, la más dificil. Shaka fue emparedado en una habitación oscura, sellada por los monjes con instrucciones de salir de allí en un máximo de una hora sin destrozar la pared y debía mostrarles el objeto que dentro de aquel lugar se escondía.

—Debes superar esta última prueba, hijo mío, puesto que se supone que eres la reencarnación de Buda no dudo que lo lograrás, de lo contrario, morirás tras esas paredes— le advirtió el venerable gurú.

El muchacho empezó a sumirse en un estado de meditación, su silencio roto únicamente por un cántico continuo de la palabra "Ohm", que repetía una y otra vez, seguida de la palabra "Kahn" hasta que por fin, la luz proveniente de su aura comenzó a iluminar el lugar y dejó ver una caja dorada. Un instinto le dijo que no debía abrirla aún pero nada más tocarla se vio transportado al lugar donde su maestro y los demás lamas estaban esperándole.
Los rostros de todos mostraron un increíble recocijo porque Shaka había demostrado que era tanto la reencarnación de Buda que en sus sueños y los antiguos manuscritos habían visto y también el nuevo caballero de Virgo, el portador y legítimo dueño de la armadura sagrada que aún permanecía escondida pero que pronto se revelaría ante él.

Mientras tanto Hera acababa de llegar a la cima de la Colina de las Estrellas, un antiguo observatorio y lugar de encuentro de los dioses con algunos mortales, cuando apareció un hombre alto enfundado en una larga toga blanca y con un máscara roja que le cubría la cabeza; el hombre había estado observando las estrellas como si buscara alguna respuesta de ellas. Se dio la vuelta en cuanto sintió la presencia divina y una vez frente a la diosa se inclinó a modo de saludo.

—Señora, es un placer volver a verla.
—Mi querido Shion, el placer es mío puesto que llevamos mucho tiempo sin vernos.
—Han pasado muchos años desde la última vez que nos vimos en este mismo lugar, Hera.
—Lo sé, y aunque para los dioses el tiempo es más corto, la ausencia es la misma.

Se sentaron en unas bancas de mármol una frente al otro y el caballero colocó sus manos sobre la máscara y con un leve movimiento dejó al descubierto su cara y sus largos cabellos verdes.

—No has cambiado nada, es como si el tiempo no pasara por ti, mi querido Lemuriano,
—Muchas gracias, señora, lo mismo digo de usted —contestó el caballero.
—Me halagas, como siempre, amigo mío —dijo ella con una sonrisa de satisfacción—. Shion, hace dieciséis años encontré al joven que es la reencarnación del primer Buda. Su nombre es Shaka y tal como lo prometí en otros tiempos, lo he cuidado y protegido a costa del sufrimiento de su madre que lo dejó en un pequeño monasterio de su pueblo natal. Allí ha crecido y ha sido instruido por el monje superior de la orden.
—¿Se trata del mismo niño rubio del que hablamos la última vez que nos vimos?

La diosa hizo un gesto de asentimiento.
—En efecto y después de tantos años su malvado tío lo ha encontrado. Ese hombre está tratando de destruir el monasterio y fue quien junto con el resto de su familia llenaron de celos y dudas a su padre, que cuando descubrió que era rubio, blanco y de ojos azules, inmediatamente dio por hecho que era producto de la infidelidad. Se comportó como un desquiciado, mató a una de las criadas que ayudaban en el parto y a su pobre esposa casi la mató a golpes. Al niño no le hizo mal alguno, supongo que no pudo porque desde pequeño ha tenido una fuerza interior sorprendente.

Shion escuchaba atentamente las explicaciones que Hera le daba y se tomó unos instantes de reflexión antes de volver a hablar. El aceptar en el Santuario al avatar de una entidad superior, que además había recibido protección divina desde antes de nacer, era una enorme responsabilidad que no podía tomarse a la ligera. Aún recordaba claramente el enorme sacrificio que tuvo que hacer Asmita, el antiguo caballero de Virgo, en la anterior guerra contra Hades.
—¿El ya conoce la verdad de su destino?
—En este momento debe estar realizando los ritos que exigen sus creencias para confirmar que realmente es la reencarnación de Buda. Si las supera entonces le será entregada la armadura de Virgo.
—En ese caso, deberá venir a ocupar su legítimo lugar como guardián de la sexta casa.
—Shion, aún no está listo para emprender el viaje, tiene un asunto pendiente que deberá resolver antes de partir. Yo me presentaré ante él como me ves ahora, pues aunque desde siempre ha notado mi presencia y ocasionalmente me ha visto como una mujer mortal, nunca ha visto mi rostro. Además, tengo mucho que explicarle.
—Esperaré entonces a que todo esté en órden y enviaré por él cuando lo digas.

La diosa hizo un pequeño movimiento de negación con la cabeza pero mantuvo una expresión serena en su rostro pues no quería dar al caballero lemuriano la impresión de que le estaba amonestando.
—No será necesario, yo misma te lo traeré. Shion, escucha atentamente: está por llegar una reencarnación de un dios a la Tierra, Zeus y yo creemos sin temor a equivocarnos que se trata de Atena. Será tu deber principal el velar por su seguridad e instruirla, pero ten mucho cuidado, porque a partir del momento de su llegada tu vida y la suya correrán un grave peligro. Ninguno de los dioses olímpicos tendrá permiso para intervernir, esa ha sido la orden de Zeus.

Shion suspiró un tanto pesadamente, aunque era un noble y curtido guerrero la responsabilidad del patriarcado no era una que se pudiera tomar a la ligera y la diosa obviamente le estaba advirtiendo de algo muy serio que estaba por ocurrir.
—Entiendo perfectamente la situación, mandaré a llamar a todos los caballeros de oro para que estén al cuidado del Santuario en espera de la inminente llegada de la diosa.
—Dime, Shion, ¿el caballero de Libra aún está en los Cinco Picos velando el sueño de mi hermano?
—Sí, señora. Allí está noche y día vigilando que el sello continúa en su lugar y que los espectros no despierten.
—Me alegra que sea así, pero si ocurriese algo extraño no dudes en llamarme, Ve a mi templo en Olimpia, lleva incienso y ofrece unas plumas de pavo real, de ese modo sabré que eres tú y sin demora me presentaré.

El Patriarca movió su cabeza en señal de aprobación mientras la diosa se levantaba.
—Mi querido Shion, es tiempo de despedirnos. Debo volver al monasterio a ayudar a los monjes y a revelarle la verdad al nuevo caballero de Virgo.

Con un abrazo ambos se despidieron y la diosa reapareció en el monasterio justo cuando Shaka presentaba sus argumentos a su maestro para intentar disuadir a su tío de sus propósitos.

—Namaste— saludó la diosa al presentarse ante el joven y su maestro. Hera sostenía en su mano derecha un báculo sagrado, signo de su rango y poder.