Capítulo 15
Shaka se sintió profundamente aliviado porque por fin algunos de los misterios que habían girado en torno a su vida y las visiones recibidas en sus sueños y meditaciones comenzaron a tener un mayor sentido al revelar la dama su verdadera identidad divina. Tanto su maestro como él habían dado en el clavo al suponer que esta señora no era alguien del montón, pero no esperaban que se tratara de una divinidad olímpica: Hera, la madre de los dioses griegos. A ella pertenecía el aura protectora que reforzó el amor que su madre sentía por él cuando se hallaba en su vientre y fue ella quien asistió a aquella buena mujer que tanto sacrificó por su hijo y a la que estaría eternamente agradecido.
La diosa confirmó lo que temían desde que los dos lamas fueron apedreados, aquel hombre no se contentó con aquella enorme suma de dinero, ni tampoco se contentaría con las estatuas; si ese fuera su único problema, los monjes no habrían dudado un instante en entregárselas para garantizar la seguridad del monasterio ya que ellos las consideraban como objetos muertos y la acumulación de pertenencias materiales no les interesaba. No obstante, el problema principal era que aquel hombre veía a Shaka como una amenaza simplemente porque ya no era un bebé indefenso y como todos los cobardes, tenía miedo y eso le hacía increíblemente peligroso.
Su maestro lo miró con orgullo y contestó afirmativamente a la pregunta que la diosa hizo acerca de las pruebas.
—Tanto los otros lamas como yo lo vimos en visiones antes de que vos lo dejarais a nuestro cuidado y Shaka acaba de confirmar que es en efecto la reencarnación de Buda al superar las pruebas. Además, sabemos que su aspecto físico es idéntico salvo por un detalle al anterior avatar de Buda: Asmita de Virgo era completamente ciego.
El monje les explicó que aunque no guardaban efigie alguna (excepto las estatuas que representaban las diferentes virtudes de Buda) conocían estos detalles gracias a los manuscritos conservados en el monasterio durante varias generaciones porque el aspecto de Asmita era muy inusual para el de una persona nativa de aquella parte del mundo.
—Su parecido con Asmita es sorprendente y a pesar de que sus ojos estaban completamente velados tenía esa misma tonalidad de azul profundo —comentó Hera.
—Shaka identificó uno de los objetos que pertenecieron a Siddharta Gautama, el primer Buda; también recitó las palabras escritas en un pergamino sellado y por último, fue emparedado y pudo salir usando sólo sus poderes psíquicos. Por lo tanto, ha sido aceptado en nuestra comunidad como su verdadera reencarnación.
El joven volvió a tomar la palabra despues de oír hablar a su maestro.
—Mi aprecio por ambos es infinito y agradezco enormemente los cuidados que me habéis dispensado en esta vida. No obstante, ya es hora de que sea yo quien intervenga por cuenta propia. Ese hombre no logrará hacerme daño alguno, es más nadie tiene que ensuciarse las manos con su sangre.
El joven hablaba con sabiduría y, a pesar de que nunca la había visto en persona hasta ese instante, sentía por la esposa de Zeus un gran aprecio por haber recibido siempre su cosmos protector. La diosa lo miró con gran admiración pues sabía que a pesar de su serena apariencia, aquel joven tenía todo el temple de un mítico guerrero.—Debes ir preparado para ver y escuchar cosas que te harán daño en lo más profundo de tu ser pero no permitas que el odio te domine. Shaka, eres una gran amenaza para él y sus codiciosos deseos —Hera sonrió— únicamente quise tratar de disuadirte porque sé que no dudará ni un segundo en matarte si eso le fuera posible.
La diosa expresó a los presentes su alegría al saber que Shaka había superado las pruebas que sus tradiciones exigían, y que a aquellos humildes lamas les llenara de orgullo el tener entre ellos a la reencarnación de Buda.—Shaka, he revelado mi verdadera identidad como diosa del Olimpo porque ya no podía permanecer en el anonimato y dejarte a tu suerte en semejante empresa, si bien tus poderes son casi igualables a los de un dios aún has de despertar el máximo poder de tu cosmos. Sin embargo, te prometo no intervenir a menos que me lo pidas.
El joven inclinó ligeramente la cabeza en señal de respeto hacia la dama y le dio las gracias. Hera sonrió y comenzó a hablar al mayor de los monjes en un tono formal.
—Guruji, nadie que no deba hacerlo pasará por estas puertas. Usted y los suyos estarán a salvo.
