Capítulo 18.
Mientras que el joven lama concentraba su energía cosmica y ganaba mayor consciencia de su gran sabiduría y poder sintió una leve caricia acompañada por la brisa a sus pies y de nuevo encontró una hermosa flor de loto, la cual le hizo sonreír pues sabía que aquel era el símbolo de aprobación y cariño por parte de la diosa Hera, la madre de los dioses olímpicos.
El muchacho hizo que la flor levitara y sin abrir los ojos la tomó entre sus manos mientras admiraba su efímera belleza pero casi inmediatamente volvió a la labor que le ocupaba puesto que las cosas no andaban bien en casa de su padre. Un consuelo le quedaba porque por lo menos aquel malvado no conseguiría volver a hacer daño a sus compañeros del monasterio, en particular a su venerable gurú, por quien sentía el mismo cariño que el de un hijo por su padre y al que debía una enorme deuda de gratitud. Aquel buen hombre no había dudado en poner a su comunidad en peligro mortal tan sólo por acogerle cuando era un bebé indefenso, cuya fe en el seguía siendo tan grande y lo había aceptado sin reservas en su comunidad como a la reencarnación de Buda. Adicionalmente la diosa Hera había prometido protegerles de cualquier represalia que su tío pudiera tomar contra ellos, así que ya sólo quedaba el asunto pendiente de su padre, uno muy espinoso que debía quedar resuelto de una vez por todas.
En la casa ambos hermanos discutían un plan de acción, el menor todavía furioso a causa de lo ocurrido en el encuentro con Shaka y el mayor, aún engañado por las melosas y engatusadoras palabras del menor en cuanto a la autoría del crimen que estuvo a punto de cometerse.
Sanjay, el sirviente, estaba aterrorizado pues tal como estaban las cosas su vida no valdría un ardite si uno de ellos decidía ejecutarlo y la muerte que le estaría reservada sería lenta y horrible. Logró sobrevivir debido a que el verdadero señor de la casa estaba convencido de que se trataba de una maldición impuesta por los monjes y no dudaba de la inocencia de Sanjay, su fiel sirviente personal desde que tenía uso de razón.
Además, algunas de las hierbas y especias que se usaban para dar mejor sabor al vino crecían cerca de la zona del monasterio, por lo tanto, era perfectamente posible que al saber que iban destinadas a su casa los monjes hubieran puesto un tósigo en el lote que el mercader vendió a sus cocineros.
Aquella noche la esposa del noble, profundamente aliviada al ver que a su esposo nada le había ocurrido, cuestionó al viejo sirviente que le confesó que la caída la produjo el haber visto una extraña figura de largos cabellos rubios y ojos azules rodeada de una hermosa aura dorada que le impidió el paso. La figura se había esfumado en el momento en que aquel líquido fue a parar al suelo.
"¡Por todos los dioses! debe tratarse del joven lama del que muchos dicen que es el hijo de mi esposo..."
La buena mujer no pudo dormir en toda la noche y a la mañana siguiente salió de la casa sigilosamente en dirección al monasterio pues quería ver a ese muchacho. La pobre temblaba al pensar la suerte que podría haber corrido si su esposo hubiera muerto, pero su mayor preocupación era su hijo, que sólo era un niño y se habría quedado sin la protección de sus padres. Bajo los árboles a Shaka un instinto le avisó que una persona se le acercaba. Una mujer de aspecto asustado y con la preocupación pintada en el rostro estaba ya muy cerca y el joven lama se dejó ver.
—Namaste.
—Namaste... —dijo la sorprendida dama, que miraba al muchacho fijamente y con algo de temor. Shaka le indicó que se sentara frente a él y le sonrió para tratar de tranquilizarla pues no le haría mal alguno.
Mientras tanto discretamente ataviado como un lugareño, Hermes, el mensajero del Olimpo, se las apañó para presentarse ante la diosa Hera, a la que hizo entrega de un pergamino lacrado con el sello de Zeus, que ella tomó y desenrolló con un poco de prisa. Tenía que tratarse de algo sumamente importante, de lo contrario Zeus no habría mandado al mismísimo Hermes a su presencia. La diosa le dio las gracias y tras un cortés saludo se despidió de ella para asegurarse de que aquel mensaje llegaba a todos los olímpicos. La misiva escrita de puño y letra de Zeus decía lo siguiente:
A los dioses y demás entidades del Olimpo
La espera ha terminado, la reencarnación de la diosa Atena se encuentra en la Tierra y es mi decisión que permanezca allí. Por lo tanto queda terminantemente prohibido presentarse ante ella o revelarle de alguna manera su verdadera identidad divina. Al igual que queda terminantemente prohibido a los dioses acercarse a su Santuario e intervenir de una u otra manera en su vida o en la de sus guardianes.
Estas últimas pabras tomaron por sorpresa a la diosa ya que nunca imaginó que Zeus deseara dejarla crecer como una simple mortal, especialmente debido a que su llegada a la Tierra representaba un grave peligro para el Santuario y para ella misma. Sus razones debía tener y era mejor no ir en contra de la voluntad de su esposo, de lo contrario las consecuencias serían desastrosas.
Shion ya había sido advertido anteriormente, así que eso la tranquilizaba un poco ya que era improbable el que pudiera volver a reunirse con él sin desafiar las órdenes de Zeus; es más, el no poder intervenir en la vida de sus guardianes representaba un problema mayor para Hera, ya que en ese momento estaba junto a uno de los futuros guardianes de Atena. "Shaka aún no ha recibido oficialmente su armadura, así que eso me dará tiempo de instruirle hasta que sea reclamado por el Santuario" pensó la diosa.
El color del cielo iba cambiando de color paulatinamente indicando así el paso de las horas. Shaka aún permanecía en el mismo lugar y Hera podía sentir su cosmos apacible y sereno. Como le había prometido no intervenir debía dejar que él mismo se encargara de arreglar los problemas con su familia porque aquel era su karma. Mientras tanto el maestro de Shaka apareció con una taza en sus manos.
—Una bebida caliente, Hera-ji.
—Un maravilloso té, cosechado con esmero. Eres muy amable, querido amigo, al ofrecérmelo —comentó la diosa nada más probarlo—. Shaka ha sabido responder a todas tus enseñanzas y está realizando su misión con gran sabiduría.
