Capítulo 20

Ohm Mani Padme Hum,

Aquellas palabras se usaban desde tiempo inmemorial y Siddharta Gautama las había definido como la mantra más beneficial de todas, fácil de decir pero muy poderosa debido a la creencia que el sonido Ohm se ha considerado como el más sagrado, como la unión de lo físico con lo espiritual que contiene el pasado, el presente y el futuro y que, en combinación con las otras cinco sílabas, servía para invocar a Avalokitshvara, el Buda* de la compasión. Así era como Shaka iniciaba sus meditaciones y Ohm era el sonido que le ayudó a encontrar su armadura durante la prueba del emparedamiento.

Los días fueron pasando. En la casa señorial se había formado un gran revuelo porque el tío de Shaka se enteró de la visita que su cuñada hizo al joven rubio y vio una oportunidad para librarse de ella. No obstante, sus ideas se fueron al traste porque Shaka no se había alejado en ningún momento de su lugar de meditación, pero tal como el chico había anticipado, el karma era el karma y su tío no había contado con que sus sirvientes hablaran.

La historia de como la visión que tuvo el criado Sanjay cuando llevó la copa de vino a su señor salvó su vida corrió como la pólvora entre la servidumbre. Los comentarios se extendieron a sus familiares que trabajaban tanto en el servicio doméstico como en el campo y como consecuencia, numerosas personas se acercaron al sitio donde el joven lama meditaba. La mayor parte eran gente pobre pero amable que compartían con él la escasa comida que llevaban pues recordaban haber visto al joven socorriendo a los necesitados junto a los otros monjes. Cierto que ni Shaka ni sus compañeros obraban milagros pero gracias a su amabilidad y su compasión esas pobres gentes, que vivían oprimidas, recibían algo de mayor valía que los bienes materiales: la esperanza de ganar una vida mejor en su siguiente reencarnación.

El tío de Shaka decidió que ya era hora de poner fin a aquella situación y quiso cerciorarse primero de que los rumores eran ciertos. Desde una distancia prudencial observó como un pequeño grupo de labriegos que portaban sus herramientas de labranza hablaba animadamente con el joven Buda y eso le bastó para que el germen de una idea dominara su mente: acusaría al muchacho de incitar a la rebelión a las gentes del lugar. El que llevaran las herramientas era perfecto pues desde lejos parecía que iban armados.

Con una sonrisa maléfica en su rostro se dirigió a la casa a pedir a que su hermano mayor lo acompañara, al que vio conversar con su esposa; la mujer se alarmó y pidió a su marido que reflexionara antes de actuar pero él hizo caso omiso y se marchó con su hermano. Cuando ambos llegaron al lugar donde el menor había vigilado a Shaka el grupo de gente era aún mayor que antes.

Ambos hermanos despacharon a varios sirvientes con mensajes para los jefes de los otros clanes aliados a su familia invitándoles cordialmente a que asistieran a una fiesta que se celebraría en unos días. Aquella fiesta no suponía más que un subterfugio para enlistar su apoyo con la excusa de que debían aplastar una rebelión en sus tierras que amenazaba con extenderse más alla de las fronteras de sus dominios.

Tal aserción era falsa pero los miembros de muchos de estos clanes vivían lejos y muchos de sus jefes eran personas ambiciosas y de pocos escrúpulos. El tío de Shaka creyó que sería posible manipularles para que le ayudaran a eliminar a aquellos que percibía como sus enemigos, no sólo a Shaka y los monjes, sino también a aquellos que no le ofrecieran su apoyo incondicional.

Mientras tanto la madrastra de Shaka escuchaba con gran preocupación las conversaciones que tenían lugar en su casa. Estaba más que harta de aquella situación, que consideraba innecesaria, porque simplemente deseaba tener una vida tranquila junto a su esposo y su hijo, por ese motivo, pesar del riesgo que corría en levantar la furia de su marido se atrevió a enfrentarse a ambos hermanos.

—Creo que lo que ambos planeáis es una auténtica locura.
—No deberías meterte de por medio en un asunto que incumbe sólo a los hombres —fue la furiosa respuesta que recibió aunada por una maliciosa sonrisa por parte de su cuñado.
—¿Sólo os incumbe a vosotros?, ¿y qué hay de la miseria que dejáis a vuestro alrededor? —preguntó horrorizada.—Mi querida hermana, en todo conflicto siempre hay víctimas.
—Este conflicto es innecesario y lo sabes.
—¡Guarda silencio, mujer! o mandaré que te azoten...! —respondió su furioso marido.
—¿Igual que hiciste con aquel criado que advirtió a tu esposa...? —le contestó ella desafiante.
—Aquella mujer fue infiel a tu marido.
—¿Qué pruebas tienes? —pronunció con rabia esta última palabra y antes de que pudieran contestar a esa pregunta ella misma se dio la respuesta— ¿que el niño fuera blanco en vez de tez oscura? Dicen que eso se debe a que es la reencarnación de Buda...

Su marido se airó de tal forma que la golpeó en la cara e hizo que cayera al suelo.
—¡Ese chico no es hijo mío! —espetó a grito pelado mientras se apartaba de ella. Un instinto le impidió el seguir golpeándola pero al salir de la estancia dio un fuerte portazo que casi arrancó las bisagras de la puerta.

*En la filosofía budista existen varios Budas. Un Buda no es una deidad sino alguien que ha alcanzado el Nirvana, Según el canon de Saint Seiya, Shaka es la reencarnación de Siddharta Gautama, el primer Buda. De Avalokitshvara, el Buda de la compasión, se dice que tiene su avatar en el Dalai Lama.