= 2. El cumpleaños del Kaiser =

Dos años atrás…

=Hotel "Sheraton Munich Westpark". Munich, Alemania=

El reloj estaba por marcar las 9 de la noche, la velada en el exterior del salón era fresca, pero dentro, el ambiente era cálido y ameno. Eso sin duda, producto del evento que se llevaba a cabo, ese singular 4 de julio. Como el año anterior y como el anterior y muy seguramente como el que estaba por llegar, esa noche, Karl Heinz Schneider, capitán de la selección nacional de futbol soccer alemán y capitán del equipo número uno en la ciudad el Bayern Munich, celebraba su cumpleaños número 23, con una fiesta muy a su estilo, pues en sus celebraciones, nunca faltaba una buena temática. En esa ocasión, el rubio ojiazul más conocido de Alemania, había optado por ofrecer un baile de antifaces, al estilo clásico en la historia, un baile real con máscaras. Y ese era el principal motivo, de que dentro del elegante e imponente salón de fiestas del hotel más costoso y elegante de la ciudad, la gente que llegaba, charlaba, bebía, bailaba y se iba, estuviera enfundada en costosos y hermosos vestidos, elegantes y finos trajes y por supuesto, cubiertos del rostro, por elegantes, bellos y enigmáticos antifaces que variaban en tamaños, formas, colores, adornos y demás detalles insulsos.

En esos momentos, los invitados se movían de un lado a otro en la pista de baile, pues como era tradición en los bailes reales antiguos, la música que se escuchaba al fondo, rayaba en lo extremadamente clásico. Johann Strauss, un maestro como ninguno para el arte de la música, deleitaba los oídos de los invitados, con una de sus piezas clásicas, que era interpretada con maestría por la orquesta contratada para esa noche, "Voces de primavera", contrario a lo que se pudiera creer, era la pieza que sin duda había encendido la velada, pues no solo había llamado más almas a la pista, sino también, había otorgado el primer baile del Kaiser a una hermosa modelo, que ese año, competería en el concurso de Miss Modelos, por representar a su país en Miss Universo.

En un rincón un poco más alejado de la pista y casi al fondo del salón, tres jóvenes bebían Champagne de sus copas y miraban el evento a su alrededor. El trío alemán (a falta del líder que era nada más que el Kaiser) conformado por Sho Shun Ko, Genzo Wakabayashi y Stephan Levin, miraban algo aburridos el desarrollo del cumpleaños de su capitán. El primer cumpleaños, que pasaban con él, juntos. Hacía cuatro años de que Levin se hubiera unido al equipo alemán, tres de la llegada del Chino y tan solo un año de que Genzo, hubiera dejado de hacerse del rogar y hubiera accedido a unirse a las filas del equipo germano, dejando atrás sus años en el Hamburgo, donde había conocido a Schneider por primera vez. En ese entonces, su amistad, no era lo que en esos momentos demostraba ser, pues habían existido roces, malos tratos y ciertas diferencias que acaban por separarlos, al final, no habían tenido más opción que aprender a convivir entre ellos y llevar la fiesta en paz. Las cosas, claramente les habían funcionado, pues con unos cuantos meses, habían descubierto que eran un cuarteto, unido y sólido, leal y agradable, no solo dentro del campo sino también fuera de él.

Pese a todo, en aquellos eventos, no podían evitar demostrar sus personalidades individuales. Como estrellas que eran y sumergidos en el mundo de la fama, los cuatro caballeros se habían acostumbrado a fiestas, bailes, entrevistas, reporteros, gentíos y demás cosas, pero no por ello, les eran agradables. En el caso de Schneider y Sho, no era demasiado difícil o pesado permanecer en eventos sociales como ese, sus alegres personalidades y su facilidad para hacer amistades –que en su mayoría resultaban ser señoritas- les era de bastante ayuda. Y aunque Genzo, no tenía mucho problema para hacer conquistas, nunca había sido cautivado verdaderamente por alguna chica, ni apetecía la compañía de una mujer frívola y superficial. El portero número uno de Alemania, prefería vivir en soledad y gustaba más de cualquier cosa que incluyera un balón a pasar el rato en alguna aburrida fiesta. Por el contrario, Levin, era un chico que gracias a la pasión y entrega que había admirado en Tsubasa Ozhora, hacía unos años atrás, había recuperado parte de lo que una vez, sin darse cuenta había perdido. Con el partido que había disputado en aquella ocasión, frente al equipo japonés, el sueco había vuelto a ser un amante del soccer y no un robot entrenado para ganar a toda costa sin siquiera disfrutar o saber porque estaba dentro de la cancha. Sin embargo… No todo en él, se había recuperado después del evento que lo dejó marcado, pues aún continuaba siendo un joven atractivo y elegante que se negaba a acceder a una cita, conocer a alguien, bailar o siquiera reír de verdad en compañía de una chica, a veces incluso, le pesaba estar bien con sus amigos. Claro que, nada de eso, tenía que ver con ellos, se trataba de él… de su pasado y de la herida que aunque tratada, nunca había cerrado por completo dentro de él.

—Creo que Karl, se está divirtiendo— comentó Genzo para sacar tema de conversación, pues claramente había observado como Levin, de nuevo, mantenía esa mirada triste y apagada que miraba al vacío. El portero no conocía del todo la historia que estaba detrás del sueco, pero sabía por Sho y Schneider quienes si sabían toda la verdad, que la marca que Levin llevaba nadie, más que el mismo podría curarla.

—Sí… eso parece. Ojala se apure y empiece a repartir pastel, se ve delicioso— intentó Sho, en un buen comentario para que Levin se uniera a la charla. Él, como Genzo, había admirado a su amigo perdido y melancólico.

—Tú solo quieres jugar como si tuvieras 5 años y empujar a Schneider contra el pastel— le recriminó Genzo en una sonrisa

—Que comes que adivinas, eso es lo que quiero. ¿Qué dicen, me ayudarán?— preguntó con mofa el chino. Genzo rodó los ojos, Levin miró a sus amigos.

—No… yo, creo que…— comenzó a decir el sueco

—¡No, no, no! No puedes irte antes del pastel, Schneider ni siquiera está ebrio y yo tampoco. Esto es por él, ¿recuerdas?— le espetó el chino. Levin lo miró desesperado, de nuevo esos ojos suplicantes que ya no soportaban el gentío. Sus ojos se deslizaron poco a poco a Genzo y luego buscaron en la pista a Karl, quien esa noche lucía un antifaz color crema, con adornos dorados, elegante y llamativo. Su traje, al estilo clásico y típico del Kaiser, evocaba la imagen de un príncipe de cuento de hadas.

—Iba a decir que creo que me cayó pesada la comida, iré al sanitario y regreso. Paso del pastel…. Me caerá peor— mintió el rubio no queriendo arruinar la alegría del festejado con su ausencia. Y disculpándose con una leve sonrisa se excusó con rumbo al baño de caballeros. A penas dio unos pasos lejos de sus amigos, Genzo suspiró:

—Debemos encontrar la manera de alegrarlo diario, no sé tú, pero es abrumador verlo así— comentó. El SGGK mostraba esa noche un elegante traje negro con capa y botas, imitando la imagen de un caballero oscuro de la edad media. Su antifaz sencillamente negro y adornado con detalles dorados y en tonos hueso, lo hacía lucir aún más serio de lo que era habitualmente.

—Ni que lo digas… pero la verdad, aunque no quieran admitirlo tú y Karl, es que Levin necesita una chica— espetó sin más el chino, que esa noche, había optado por enfundarse en un traje de arlequín medieval, combinando los colores morados y negros en su ropa y máscara.

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—Dietlinde, no creo que esté bien que yo esté aquí. No me invitaron…— dijo con toda la calma posible, mientras se habría paso entre la gente, persiguiendo a la chica de ojos verdes y cabellos rubios que la guiaba al interior del salón, la invitada acudía al baile en honor del cumpleaños del Kaiser, enfundada en un lindo y vestido de campesina medieval, mientras arrastraba a su amiga no invitada como podía.

—Arianne, no importa. Vienes conmigo, créeme que a nadie le importará si traes invitación o no. Si en verdad te preocupa eso, pues no tienes porqué, porque como viste al entrar, le pedí a Karl que me enviara dos boletos para su fiesta. Ahora deja de quejarte y ayúdame a buscar al Kaiser…— pidió la oji verde, ante las protestas que la recién famosa actriz americana había realizado durante todo el viaje. Cierto era, que aunque Arianne Clark no estaba invitada a la fiesta, no podía estar más fascinada con lo que veía.

Si el cumpleañero había pedido que su fiesta en verdad transportara a los invitados a la edad media, lo había logrado. No solo se trataba de un salón completamente elegante y adornado para la ocasión, sino que cada invitado había aportado verdaderamente el estilo medieval a la fiesta. De aquí a allá había trajes de caballeros, príncipes, princesa, doncellas, reinas, campesinas, etc. etc… Ensimismada en la fantasía que provocaba el estar ahí, Arianne perdió rápidamente la huella de su amiga Dietlinde y se vio enfrascada en la tarea de buscar a su acompañante. Mientras caminaba por entre la gente, un mesero, enfundado en un traje de caballero de Camelot, pasó con su charola de copas llenas de licor. ¡Si no los puedes vencer, úneteles! Si no puedes evitar ir a donde no te invitaron, disfrútalo. Y así tomando una copa de vino tinto en lugar de una de Champagne, la joven comenzó a disfrutar de la fiesta mientras buscaba a su amiga. Pronto la música que sonaba de fondo cesó y fue reemplazada por un vals más tranquilo pero igual de hermoso, "Rosas del Sur" invadieron por completo el salón, llamando a las parejas a pasar a la pista, justo en el momento en que la música se acrecentaba.

Entre una multitud, Arianne trató de zafarse encontrándose en una ola que la empujaba rumbo a la pista cuando su salida más próxima estaba rumbo a los sanitarios. Así y luchando contra corriente, la joven actriz de apretujó hasta salir, pero tropezando con el pie de uno de los invitados y saliendo disparada contra un joven que se dirigía al baño pensando en otras cosas menos en prestar atención a su alrededor. Cuando menos cuenta se dio, el vino estaba derramado la ropa del joven y Arianne completamente roja por lo ocurrido.

—Perdón, perdón… en verdad, lo siento mucho…— comenzó ella a disculparse, alzando la vista para ver bien al joven con él que había chocado. Y en ese momento, el gentío a su alrededor se desvaneció, pues solo estaban ellos, mirándose el uno al otro. Arianne pudo advertir a un chico que no se había matado para nada en ser un personaje medieval en especial. Sus ropas eran de un verde oscuro, un traje de caballero real que le sentaba a la perfección. Su chaleco era café, como sus botas y debajo de este una camiseta estilo medieval de un color blanco percudido asomaba por su cuello cerrando hasta el último botón. Su rostro, estaba cubierto por un antifaz así que era difícil distinguir bien sus rasgos, pero por debajo de la máscara café, de cuero y adornos solo del lado izquierdo del rostro, se observaban unos hermosos y fascinantes ojos azul cielo que la hipnotizaron por completo. Además claro, de una cabellera rubia, brillante y sedosa y un aroma a vainilla, fuertemente combinada con la loción para caballero que el chico seguro se había puesto esa noche.

De su parte, el joven, que no era nadie más que Stephan, no podía ni aunque quisiera, salir del trance en el que se encontraba. La joven frente a él, estaba enfundada en un vestido sencillo pero delicado, azul por completo, con detalles en hilo dorado y blanco en los costados y un corsé que lucía los listones de atado por el frente, más como adorno que como corsé verdadero. El traje aparentemente, emulaba a una de las hechiceras de la televisión del modo en que las actrices eran arregladas para pasar por brujas de Salem hermosas y enigmáticas. Igualmente contaba con la capa y la capucha que cubriría su cabeza, pero que no usaba pues llevaba puesto ese hermoso antifaz que tanto odio en esos momentos, por privarlo de las facciones de su rostro. Y es que aunque no cubría todo su rostro, reposaba firmemente sobre los pómulos otorgándole la visión de sus delicados y carnosos labios rosados. Sin embargo, bien quedaba hipnotizado por aquellos ojos miel que le devolvían su reflejo, atravesándolo por completo, contemplándolo con firmeza como si ellos igual estuvieran prensados de los de él.

De un momento a otro, ella se movió y lo sacó del trance, se aclaró la garganta y por primera vez desde hacía unos cuantos instantes, sintió el chaleco mojado a causa del vino derramado.

—No… no te disculpes. Necesitaba refrescarme— bromeó el sueco. Sorprendiéndose de sí mismo, pues en mucho tiempo no había hecho ninguna broma con alguna joven dama.

—Ja, ja… creo que quizás exageraste un poquito— respondió ella, otorgándole una sonrisa tan hermosa, como aquellos ojos que poseía.

—Si…. Tal vez debí tomar una copa en lugar de hacer que me la derramaran encima— rió el chico

—En serio discúlpame, es que estaba un poco distraída. ¿Puedo… pagarte la lavandería?— preguntó ella de nuevo apenada

—Por supuesto que no. En verdad, no te preocupes… estaré bien en tanto me quite el chaleco— espetó el chico con dulzura. Ella agachó la mirada y asintió con la cabeza.

—Será mejor que lo hagas rápido o el líquido manchará tu camisa— comentó la bella joven— Con permiso y de nuevo, disculpa— dijo al retirarse. Levin estuvo por un momento, tentado a salir detrás de ella, pero se contuvo al recordar que la joven de ojos miel tenía razón, debía quitarse rápido el chaleco. Siguió su camino al sanitario y una vez dentro, se quitó el abrigo que portaba y se sacó el chaleco. Esa noche no había escogido el traje que usaría, por lo que Genzo se había encargado de hacerle llegar ese que llevaba puesto. ¡Ah! Sus amigos siempre viendo por él… Era patético.

Pero esa noche, agradecía que el traje llevara chaleco. Una vez con la prenda mojada fuera, se deshizo del chaleco dejándoselo al encargado de los sanitarios y se miró en el espejo de los lavabos. Su rostro desde hacía 4 años, lucía siempre apagado y sin vida, vacío. Pero por alguna razón, al mirarse al espejo y ver devuelto su reflejo, Levin no apreció un muerto en vida. En sus ojos brillaba la fascinación y la curiosidad, sus labios se habían curvado en una auténtica sonrisa y su piel tenía más color que tan solo un momento atrás. ¡Mágico! Esa chica… con una mirada, había devuelto en él, algo que no había sentido en años: alegría.

¡Tenía que encontrarla! Tenía que verla y saber su nombre… Por primera vez en mucho tiempo, tenía deseos de conocer a alguien, de hablarle, de escuchar su voz y para hacerlo, tendría que buscarla, sacarla a bailar, invitarle una copa… Y necesitaba una excusa. Ella se había ofrecido a lavar su chaleco, como recompensa… Claro que eso no pasaría, pero esa pieza que esperaba bailar con ella, sería la recompensa perfecta. Con ese pensamiento se acomodó el abrigo y se pasó una mano por el cabello, colocó bien su antifaz y sonrió a su reflejo, tenía que volver con Sho y Genzo, jalar a Schneider y preguntarle sutilmente si él conocía a aquella joven, sino, iría de persona en persona, de máscara en máscara buscando a la chica de hermosos ojos que lo había cautivado.

—¡Que no! ¡No puedes lanzarme contra el pastel!— repitió Schneider por segunda vez, justo cuando Levin llegaba hasta ellos, llamando su atención, por el simple hecho de que extrañamente, el sueco estaba sonriendo.

—¿Sigue con eso? Sho, no tienes 5 años— se mofó el rubio sueco, para sorpresa de los tres presentes. El mesero pasó entonces entregando copas de Champagne… Levin tomó una y extendió de una en una, copas llenas para cada uno de sus amigos.

—¿Estás bien?— preguntó Genzo intrigado

—Claro que lo estoy. Creo que la indigestión ha pasado— mintió el sueco a sabiendas de porqué sus amigos lo miraban como bicho raro, el mismo se sentía así.

—¿Así que indigestión, eh?— espetó Sho

—Claro… Por cierto, ¿con quién bailabas Karl?— preguntó casual el sueco

—Con Michelle Oppenheim, es modelo la chica. Giselle, la chica con la que Sho salió hace un mes, me la presentó, es bastante simpática— comentó el Kaiser con una sonrisa— Cuando la vi, estaba buscando a Dietlinde, pero creo que no ha llegado—

—¿Cómo es que siendo como eres, tienes tantas amigas?— le interrogó Genzo

—Tú lo has dicho, soy todo un galán. Así es como lo hago— se mofó el alemán.

—¿No ha llegado? Pero si yo creí verla hace un momento…— comentó Sho.

Dietlinde Tausch, era una agradable chica alemana, que se había cruzado con Schneider, Levin y Sho antes de la llegada de Genzo, dado que la joven se dedicaba a la venta de bienes raíces y en esas épocas, había conseguido lo departamentos de lujo que habitaban Levin y Sho en la actualidad, luego claro de haber trabajado con el Kaiser en la búsqueda de un pent-house para el rubio alemán. Tras las ventas, se había vuelto muy buena amiga de los jugadores y esa noche, por eso había sido invitada.

—Yo no… ¿me ayudan a buscar?— preguntó el Kaiser, recibiendo un asentimiento de cabeza de parte de sus amigos. Sho y Genzo se movieron en una dirección y Levin y Karl en otra completamente distinta, entonces, a sabiendas de que el alemán lo interrogaría por el cambio visto en él, Levin se adelantó, pidiendo que el Kaiser contara si existía alguna atracción con la dichosa modelo Michelle. El Kaiser al instante olvidó la pregunta que iba a hacerle al sueco y contestó a lo inquirido.

Estaban enfrascados en una charla y una búsqueda, cuando Karl se detuvo a escasos dos metros de una bella campesina medieval, que portaba un delicado antifaz de plumas anaranjadas como su atuendo. Sin tener que acercarse por completo, los jóvenes encontraron a la chica buscada y Levin descubrió con gran entusiasmo, que la chica a su lado, la que le daba la espalda, la de cabellos castaños largos y medio quebrados, era sin duda alguna, la chica del vino derramado… La chica de hermosos ojos miel.

Continuará…

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NOTAS:

*Dietlinde Tausch es un personaje propiedad de JulietaG.28

Muy buenas noches a todas. Me es un placer, llegar con esta linda entrega, del segundo capítulo de esta historia. Como verán, aquellas que sigan la colección desde el inicio, estamos echando una mirada al pasado en la relación de Stephan y Arianne, aunque claro, también llegaremos al "presente". Esperando no defraudarlas y que se animen a comentar, dejo aquí, este capítulo. Saludos a todas. Mil gracias a todas las que comentaron. Esto es para ustedes.

Con cariño. JulietaG.28