Cuando Feliciano se despertó, el sol hacía mucho rato que había salido ya. La luz se colaba por la ventana y atravesaba las cortinas, metiéndose directamente en los ojos del italiano. El chico giró sobre si mismo, con un suave gruñido, y se arropó aún más con la colcha. Empezaba a hacer frío, y se notaba bastante cuando sacaba aunque fuese un dedo de la protección de su cama. Aunque estaban empezando la estación fría, se hacía notar sobretodo por las mañanas, cuando iban al colegio; sería mucho peor en poco tiempo. Suerte que los sábados podía quedarse durmiendo y disfrutar del calor de su cama.
Ya era casi por la tarde; la mayor parte del mundo se había despertado ya, pero él no. Él prefería vaguear y quedarse vagueando hasta que su abuelo le llamase diciendo que la comida ya estaba hecha, como si fuese el desayuno de todos los días. Sólo que un poco más tarde, y bastante más completo que de costumbre. Lovino también era de los que se quedaban en la cama, aunque de pequeños ninguno de los dos eran así de relajados.
Pero desgraciadamente, Feliciano ya estaba despierto. Sí, sus ojos estaban aún cerrados, pero el sol ya le había dado los buenos días con su luz cegadora, y su cerebro estaba despierto. Qué mal, él quería seguir durmiendo un poco más... aunque, en realidad, podía quedarse tumbado hasta cuando le diese la gana, así que... eso pensaba hacer.
Rodó de nuevo en la cama, hasta quedar boca abajo. Había tenido un sueño muy raro en el que era muy pequeño, tenía alas, y se escondía dentro de la fruta de los árboles para que nadie le viese. Había sido extraño al principio, pero se volvió mucho peor cuando descubrió que dentro de la manzana en la que se había metido había un gusano enorme, con unos afilados dientes en una boca diminuta.
Bueno, en realidad el gusano era muy pequeño, pero como él también lo era, pues le parecía enorme. Pero por suerte, había logrado escapar y meterse dentro de una casa; allí se escondió debajo de una flor, y de allí ya no salió. Después... ya no recordaba nada; pero era bastante interesante haber soñado algo así. Era como un hada... ... quizás los eventos de los últimos días habían tenido algo que ver con eso. Se empezó a sentir culpable a medida que pensaba en ello. Le estaba mintiendo a Ludwig, ¿no? Bueno, no era técnicamente una mentira, pero era algo bastante parecido... se estaba haciendo pasar por un hada para escapar de él... si se enterase algún día, sería horrible.
Además, la charla que le había dado su hermano el día anterior tampoco ayudaba mucho a que se sintiese mejor. Había sido justo después de que escapase de detrás de aquellos arbustos. Su fratello se puso hecho una furia. Le entraban sudores fríos nada más recordarlo, y no sólo era por la memoria de su ropa totalmente empapada de agua fría con olor a comida para peces, no...
Aunque quisiera olvidarlo, le volvía a la cabeza constantemente.
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Flashback:
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"- Ve... estoy empapado...- dijo Feliciano, lloriqueando. No le gustaba nada la situación en la que se encontraba. Aunque hubiese pasado lo peor; escapar de Ludwig, ahora estaba en un lío igual de malo. Su ropa estaba totalmente mojada, y apestaba a pescado. Pero no pasaba nada... o eso creía él. No veía cómo Lovino se le acercaba a paso rápido por detrás.
- ¡Feliciano!- El joven se volvió al escuchar cómo su hermano le llamaba. Al principio sonreía, pero se le pasó la alegría enseguida al ver la expresión de enfado en la cara del mayor. No auguraba nada bueno.
- Qué... ¿qué pasa, fratello?- Murmuró el joven, sin entender del todo por qué estaba así.
- ¿Que qué pasa? ¿¡Que qué pasa!?- Repitió Lovino.- ¡Sabes perfectamente lo que pasa! ¡Me debes un par de explicaciones, idiota!
- Lovi, cálmate... no ha sido culpa suya... ¿verdad, Feli?- Antonio iba justo detrás de él, intentando calmar los ánimos.
- ¡Cállate, bastardo! ¡Nadie te ha preguntado nada, así que no te metas!- Respondió inmediatamente Lovino, señalándole con su dedo de señalar. El español inmediatamente cerró la boca y retrocedió un paso; sin querer enfadar más a su querido Lovi, aunque sintiéndolo mucho por el pobre Feliciano.
- F-fratello... ¿por qué estás enfadado?- Preguntó Feliciano, retrocediendo un paso también.
- ¿No está claro, joder? ¡Te has metido en un lío enorme, joder! ¿Qué mierda hacías detrás de esos malditos arbustos? ¿Te estabas escondiendo o qué? ¡Por tu culpa he tenido que fingir ser amable con ese bastardo patata! ¡Amable! ¡Me da urticaria sólo de pensarlo, maldita sea! ¡Y encima te tuviste que ir de la lengua, y joder mi plan con no se qué historia de un hada! ¿Cuántos años tienes? ¿Cinco? ¡Joder, que eso no se lo traga nadie!
- V-ve... lo siento mucho, fratello... es que... no se me ocurrió otra cosa, y...- El pobre estaba a punto de echarse a llorar. ¡No era culpa suya! Si no hubiese sido por Yekaterina y su pecera, no habría tenido que gritar... pero tampoco quería echarle la culpa a ella...
- ¡No quiero excusas!- Le cortó el mayor.- ¿Por qué te escondías? Responde primero a eso.
- P-pues... es que... -Feliciano jugó con sus dedos índices, mirando al suelo. No podía decir que le daba vergüenza hablar con él... no le creería, porque él siempre estaba hablando con todo el mundo, y no era muy normal que no se atreviese sólo con Ludwig... si no le contaba que le gustaba, no tenía ningún sentido decir eso. Pero... por probar no pasaba nada...- M... me... ¿me daba vergüenza?
- ¿Me lo dices o me lo preguntas, joder? ¡Habla claro!
- M-me daba vergüenza hablar... con Ludwig...
Lovino se quedó mirándole un rato, incrédulo. Luego miró a Antonio, quien se encogió de hombros, sin estar seguro de qué contestar. Acto seguido, volvió a mirar a Feliciano, sin saber muy bien cómo encajar aquello. El menor estaba algo sonrojado, y todavía miraba al suelo como si hubiese algo en él aparte de césped. Estaba claro para el mayor. Lo llevaba sospechando desde hacía ya bastante tiempo, pero ahora estaba claro. No había más que mirarle. Estaba sonrojado, maldita sea. ¡Sonrojado! Mientras pensaba en el patatero ese. No había ninguna duda. Aunque Lovino no quisiese aceptarlo...
- N-no me jodas que...
- ¿V... ve?
- Te gusta ese bastardo, ¿verdad?- Lovino apenas podía mantener el control de su voz temblorosa. Feliciano empezó a ponerse más nervioso todavía, y eso fue suficiente confirmación para su fratello.- ¡No me jodas, Feliciano! ¡De todos los que había en todo el puto instituto, ¿tenía que gustarte esa patata?!
- ¡Ve, lo siento!- Lloriqueó el joven, mientras buscaba una vía de escape.- S-sé que le odias y eso, ¡pero Ludwig no es una mala persona!
- ¡No, joder, no lo acepto!- Siguió gritando Lovino, enfadado.
- Bueno, Lovi... no te enfades.- Intervino el español.- Lo hecho, hecho está... si a Feli le gusta, pues tendremos que ayudarle y apoyarle, y...
- ¡Mis cojones!- Le cortó el italiano.- ¡No pienso dejar que estés con esa patata musculada! ¡Te avisé, Feliciano! ¡Te voy a mantener alejado de él por tu propio bien! ¡Cuando crezcas me lo agradecerás!- Gritó, antes de darse la vuelta y largarse, aún maldiciendo a los ancestros de todos los alemanes del mundo, vivos o muertos, sin distinción de género.
Y Feliciano se quedó allí quieto, viendo cómo se marchaba."
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Fin del Flashback
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Después de eso, Lovino le había estado observando todo el día, y había sido horrible. Eso y que, al llegar a casa, le había gritado más todavía. Al menos había logrado hacerle prometer que no se lo contaría a su abuelo... pero eso no quitaba que su situación fuese bastante mala.
Vale que Lovino odiase a Ludwig, pero... se estaba pasando un poco. Aunque bueno, quizás se olvidaría pronto de todo aquello y le dejaría en paz.
Quizás...
Con un suspiro, Feliciano volvió a rodar en su cama. Ya no tenía ganas de estar tumbado, estaba bien despierto. Despierto y deprimido. Se incorporó y se frotó los ojos, dejando salir un bostezo. ¿Qué hora será?, pensó, mientras buscaba su móvil a tientas. Casi tira el trasto al suelo, pero logró agarrarlo y abrirlo, para ver que sólo eran las diez y media de la mañana.
- Vee... es muy temprano... -volvió a bostezar, y quiso volver a tumbarse, pero algo le decía que no podría volver a dormirse, por lo que levantó y se estiró. Enseguida volvió a sentarse en la cama, y se abrazó a sí mismo... hacía frío. Le daba una pereza horrible cambiarse; además, si se quitaba la ropa le entraría más frío todavía, por lo que decidió ponerse sus zapatillas de andar por casa y marchar hacia la cocina a prepararse algo.
Bajó por las escaleras, despacio. No quería despertar a Lovino, quien seguro que continuaba durmiendo a pierna suelta. No estaba seguro de si su abuelo estaba en casa o no, pero por si acaso estaba, decidió mirar por la ventana por si lo veía en el jardín, o en el salón. Pero no estaba. Cuando llegó a la cocina tampoco le vio. La posibilidad de que estuviese durmiendo era nula; Romulus Vargas era un hombre muy enérgico que no se quedaba en la cama si podía evitarlo. Habría salido por ahí.
Suspirando, el italiano se sirvió un vaso de leche y le puso mucho azúcar. Lo calentó y se quedó mirando a la nada, con el vaso en sus manos, pensando qué podría hacer ese día. Estaba despejado, y sin nubes en el cielo, perfecto para salir o para quedarse en casa viendo la tele.
Si se quedaba en la casa, seguro que acababa despertando a su hermano, de un modo u otro. Y no quería eso. No sólo por la bronca que le echaría por haberle sacado de su probablemente agradable sueño, sino porque no quería volver a hablar del tema del día anterior.
Entonces sólo le quedaba salir. Pero... no quería salir, tampoco. Hacía frío. Y no había quedado con ninguna chica. En realidad, no había quedado con nadie. Ni siquiera sabía si alguien conocido podría quedar ese día. ¿Estarían en casa? Podría llamar a alguien... pero... ¿y si estaban durmiendo? No quería despertarles... porque en fin, era muy pronto, y se suponía que los planes se hacían los viernes, en clase o en el recreo... ... ¿Qué hacer...?
...
...
Bueno, quizás salir a pasear solo un rato le despejaría la mente... además, quizás se encontraba a alguien conocido o algo, y podrían tomar algo... oh, y a lo mejor veía a una chica linda y podía invitarla a tomar algo... ¡sí, eso sonaba muy bien! Con ello en mente, se terminó lo que quedaba de la leche y dejó el vaso vacío en la encimera. Fue a la despensa y cogió un par de bollos, que devoró en pocos minutos. Después, subió a su cuarto, con el mismo silencio con el que bajó, y buscó algo de ropa que ponerse. Cualquier cosa estaría bien... pero no algo muy informal, por si acaso encontraba a alguien conocido.
Poco después, ya vestido, abrió la ventana de su cuarto para ventilar antes de irse. Al hacerlo, un aire helado se coló en su cuarto, congelándole entero.
- ¡Ve, qué frío!- Casi gritó, cerrando la ventana. Pero si apenas estaban a mediados de otoño... ¿por qué?
Pero eso no le iba a impedir salir.
Solucionó el frío poniéndose una chaqueta verde con bolsillos calentitos y una bufanda de colorines bien gruesa. Y después de eso, volvió a abrir la ventana. Mucho mejor. Nada a lo que no pudiese acostumbrarse en unos pocos minutos. Esbozando una sonrisa, cogió su móvil y su cartera, volvió a bajar las escaleras en absoluto silencio, y volvió a la cocina. Allí, cogió una notita, un rotulador, y escribió: "He salido a pasear", todo lo claro que pudo. Lo pegó en la nevera y, entonces sí, salió a la calle.
Se sintió un poquito más libre al escuchar la puerta de entrada cerrarse tras él. Eso le gustó.
Sonriendo, empezó a andar por calles al azar, observando a la gente, mirando las tiendas y lo que se vendía en ellas... hasta acarició a un perro que esperaba fuera de una tienda de electrónica; era un perro muy amable, y su dueña, que salió después, lo era más. Entabló una conversación bastante larga con ella, pero lamentablemente no aceptó su propuesta de ir a tomar algo... dijo que tenía cosas que hacer.
Siguió caminando un largo rato. Se cansó un par de veces, y esas veces entró en una cafetería y se pidió algo barato para que le dejasen sentarse en una de las mesas. Ya se le habían hecho casi las doce.
En esto que estaba en su tercera cafetería, tomando un chocolate caliente, cuando vio que entraba una persona conocida. Una chica, con un vestido verde y una chaqueta roja; con el pelo castaño, largo y ondulado, y unos bonitos ojos verdes. Con una flor en el pelo y una cámara colgando del cuello.
- ¡Vee! ¡Eliza, Eliza!- La llamó. La chica le miró de inmediato, y sonrió ampliamente.
- ¡Feli! ¡Buenos días~! ¿Qué haces levantado a estas horas?- Canturreó ella, acercándose hasta su mesa.
- No podía dormir y necesitaba que me diera el aire... ¿ve, y qué haces tú por aquí?- Preguntó él, haciéndole señas para que se sentase a su lado, cosa que ella hizo.
- He salido con el club de periodismo a tomar algo~ vamos a hacer un reportaje de cafeterías, y ya llevamos unas cuantas~
- Vee, parece interesante... ¿qué hacéis en el reportaje?
- Pues vamos a varias cafeterías, vemos cómo son, lo que tienen y a qué precios, su ubicación... y luego de hacer un par de fotos, las ponemos en un ranking y de ahí a la revista del instituto~
- ¡Ve, qué guay! ¿Y probáis la comida y todo?- El italiano estaba emocionado.
- Claro~- Respondió la húngara, encantada de que su amigo estuviese tan interesado.- Pedimos el plato estrella, porque todos los sitios tienen uno de esos~
- Es muy guay~ ve, pero... ¿estás tú sola haciendo el reportaje?
- Claro que no, cielo... no podría con tanta comida.- Rió Elizabeta, señalando a la caja.- Kiku está allí, pagando por adelantado lo que vamos a pedir, y Ludwig está mirando los distintos platos que tienen~
Feliciano se heló al escucharla.
¿Había dicho Ludwig?
El joven miró hacia donde señalaba la chica, y en efecto. Allí estaba el japonés, pagando, y a su lado estaba el alemán, con una bandeja llena de comida en las manos. Y ahora estaba viendo cómo la húngara les llamaba a la mesa, y cómo se acercaban. Empezó a ponerse muy nervioso.
- Feliciano-kun, qué sorpresa encontrarte aquí.- Dijo Kiku, sonriendo. Se conocían de hacía bastante tiempo, y se llevaban bastante bien, así que el italiano estaba feliz de encontrarle.- ¿Te importa si nos sentamos?
- Ve... sentaos, sentaos.- Dijo él, con una sonrisa algo forzada. No mentía, quería estar con ellos, sobretodo con Ludwig, pero le ponía algo nervioso su presencia. Y por algo nervioso se entiende que quería salir corriendo al baño y escaparse por la ventana del mismo para no volver jamás a aquel local. Pero se contuvo, más que nada porque estaban Elizabeta y Kiku allí. Agradeció que el nipón se sentase en el asiento de su lado, así Ludwig se sentaba algo más lejos. Sonaría contradictorio, pero no quería tenerle tan cerca... por miedo a sus nervios. Temía hacer alguna idiotez, como le pasó con lo del hada... eso por no mencionar otras idioteces que hacía bajo presión...
- Hola, Vargas.- Saludó Ludwig mientras se sentaba. Feliciano respondió tímidamente a ese saludo con un breve "ciao".
- Kiku, le estaba contando a Feli lo que hacíamos en el club de periodismo~ parece que le interesa bastante~- Dijo la chica, empezando a comer uno de los bollos.
- ¿En serio? ¿Te gusta lo que hacemos, Feliciano-kun?- Preguntó Kiku, mirándole intensamente. Feliciano reconocía esa mirada. Era la que el asiático ponía cuando quería algo. Y normalmente solía conseguir lo que quería... pero... ¿qué quería?
- V-ve... sí que me gusta, está muy bien... he leído un par de veces la revista del instituto, y lo hacéis muy bien... parece divertido...- Dijo, sintiéndose algo agobiado por la mirada de su amigo.
- Bueno, no es fácil manejar la revista con tan pocas personas como somos.- Se quejó Elizabeta, mientras escribía algo en su libreta.- Hay mucha gente, sí, pero los que somos activos de verdad apenas somos nosotros tres... y Kiku y yo tenemos trabajo extra con otras cosas... no es fácil... ah, pero Lud hace muy buen trabajo siempre.- Sonrió y miró al alemán, que desvió un poco la mirada.
- No es para tanto. Sólo cumplo con el esquema que me ponéis, Elizabeta.- Dijo, serio.
- Pero lo haces muy bien~ no sé qué haríamos sin ti, Lud~- Canturreó Eliza, haciéndole fotos al local.- Ah, no, no se preocupe, señor, luego le quitaré de la fotografía, de verdad.
Feliciano se quedó pensando. Parecía bastante trabajo... ¿y lo hacían entre ellos tres?
- Ve... suena agotador...- Murmuró.
- ¡Para nada!- Saltó Kiku.- Es muy divertido, y si contáramos con al menos un miembro más esto sería coser y cantar. Y además, tenemos un horario bastante liberal, y no solemos trabajar todos los días... es bastante cómodo, excepto cuando hay una exclusiva o nos falta material... pero lo que estaba diciendo, con un miembro más nos iría genial...
Ludwig miró a Kiku de reojo mientras probaba un poco de la tarta de manzana. ¿Qué pretendía el asiático? Desde hacía un rato que estaba bastante hablador... y eso sólo lo hacía cuando quería algo. Estaba utilizando argumentos convincentes, como si quisiera atraer al joven Vargas a su territorio... ...
¿No querría...?
- Ve~ me encantaría poder ayudar, Kiku~- Dijo Feliciano, pensando lo guay que se vería él con una cámara al cuello. Y aunque no se diese cuenta, los ojos del japonés brillaron con determinación nada más escuchó esa frase.
- ¡Ah! ¿Dices entonces que te gustaría ayudarnos, Feliciano-kun?- Preguntó, mirándole directamente a los ojos.
- ¿Ve? Eh... sí, estaría bien... pero no puedo, lo siento, tengo trabajo en el club de arte... y es un club bastante serio, no quiero que se enfaden si...
- ¡No te preocupes, Feli!- Le cortó la húngara, que había estado escuchando la conversación y ya sabía por dónde iban los tiros.- ¡Yo estoy también en el club de natación, y Kiku es el presidente del club de manga! Y también son muy serios, créelo.
- ¡Exacto. Yo podría ir a hablar con el representante de tu club para decirle que no habrá ningún problema!- Afirmó el asiático, quien ya casi podía ver la firma del italiano en la lista de miembros del club.
- ¡Uwah!- Feliciano empezaba a sentir una sensación parecida al vértigo. ¡Todo estaba yendo demasiado deprisa! Y no es que él no quisiese unirse... es más, estaría encantado, porque Ludwig también estaba en el club, pero...- Pero, pero... Kiku, yo no sé usar una cámara... y... y no confío en mi habilidad de escribir reportajes ni nada...
- No te preocupes, cielo, yo te enseñaré a utilizar una cámara~- Intervino Elizabeta.
- Y no tienes por qué hacer nada por escrito, hay miles de tareas más...- Dijo Kiku, convencido.- Por ejemplo, en este reportaje podrías probar los bollos y dar tu aprobación... y también nos serviría mucho tu opinión sobre los lugares que puntuamos... hay muchas cosas, Feliciano-kun. ¡Muchas!
- Pe... pero... ...- Feliciano empezó a pensárselo de verdad. ¿Podía entrar en el club? Sería una jugada maestra por su parte; se divertiría y estaría con Ludwig al mismo tiempo... ... era perfecto... pero...- Ve... ¿seguro que no seré un estorbo?
- ¡Para nada!- Sonrió Kiku, saboreando su victoria junto con el zumo de manzana que se había pedido.- Todos estaremos encantados de que estés con nosotros.
- ¿Verdad, Ludwig?- Elizabeta miró al rubio, que estaba bastante callado.
- E-eh... claro, estaríamos encantados de que te unieses al club.- Afirmó, aún algo confundido por cómo estaba yendo todo.
- ¡Ve!- Feliciano sintió una enorme alegría al oírle decir eso.- E-entonces me apunto, Kiku~ ¿Dónde hay que firmar~?
- Aquí mismo. Toma una pluma.- Respondió el mayor, sacando una libreta y una pluma estilográfica que había preparado previamente.
Poco después, la firma de Feliciano Vargas estaba escrita en la lista de miembros, para alegría de todos los presentes.
- ¡Bien~ Feli se ha unido al grupo~!- Canturreó Elizabeta, más que feliz.
- ¡Nuestro capacidad de movimiento se ha multiplicado por cuatro!- Afirmó Kiku, acabándose su zumo de manzana.
- Eh... sí, está bien tener miembros nuevos.- Murmuró Ludwig, escribiendo más valoraciones en su libreta.
- Ve~ genial~- Rió Feliciano, encantado de su decisión. Ahora tenía una excusa factible y a prueba de Lovino para estar con Ludwig. Y hablando de esas cosas... el italiano se encaró con Kiku.- ¿Y cuándo empiezo? ¿Ahora? Vee, esos bollos tienen buena pinta~
- Puedes empezar ahora si así lo deseas, Feliciano-kun.- Dijo él.- Puedes probar esto, y nos das tu opinión... luego iremos a un par de cafeterías más y estará hecho~
- Ve, yo también he ido a un par... he ido a la de la calle de al lado, esa que tiene las paredes rojas...
- ¡Oh, íbamos a ese ahora! ¿Qué tal es, Feli?
- Ve, no está mal~ aunque las magdalenas están algo pochas...
- ¿Pochas?- Elizabeta volvió a apuntar cosas en su libreta y luego volvió a mirar a Feli.- Bueno, entonces... si no quieres ir otra vez no hace falta entonces... puedes venir el lunes al salón del club, y ahí te explicamos más cosas.
- Ve, vale~ entonces... ¿puedo comer un poco?- Preguntó el italiano, señalando lo que quedaba de la tarta de manzana.
- Claro, cielo, todo tuyo~
Y así, Feliciano pasó el rato en la cafetería, con su nuevo club. Charlaron un rato de cosas random, como el instituto, los deberes, Gilbert Beilschmidt y su arrogancia, y lo verde que ponía a Elizabeta siempre... hasta que el móvil del menor sonó.
- Ve, un segundo... pronto?
"¡Ni pronto ni mierdas! ¿Dónde estás?"
- ¡Lovino! ¿Qué... ya estás despierto?- Se alteró él.
"¡Claro que estoy despierto, son las doce, joder! Ya me extrañó bastante no oírte haciendo el canelo... ¿dónde estás?"
- Ve, en una cafetería del centro~ con el club de periodismo~
"¿Con el club de periodismo? ¿Y qué haces ahí?"
- Dejé una nota en la cocina...
"Ya, me lo ha dicho el abuelo cuando ha venido a despertarme... ¡está casi gritando de preocupación! ¡Tú no sueles hacer estas cosas!"
- Ve... sólo me levanté temprano... ¿Qué tiene de malo?- murmuró Feliciano, preocupándose por la situación en casa.- Sólo no podía dormir...
"Pues vuelve a casa cagando leches, venga, que te estamos esperando. El abuelo quiere ir al cine a ver no sé qué película de la Antigua Roma... o yo qué sé..."
- Ve~ entonces vale, ya vuelvo~ cine~- Dicho esto, Feliciano colgó y se levantó.- Ve, ya me tengo que ir, lo siento... os veré el lunes~
- Hasta el lunes, Feliciano-kun.- Se despidió Kiku.
- Oye, ¿pero te vas sólo? ¿Quieres que te acompañemos?- Intervino Elizabeta.
- No hace falta, ve~ ya voy solo~
- No hombre, que el mundo está muy mal... y con lo lindo que eres, a saber si alguien te secuestra o algo... Lud, acompáñale.
- ¿¡Qué!?- Saltaron ambos, uno sonrojándose menos que el otro.
- Bueno, nuestro trabajo casi se ha acabado, podemos prescindir de Ludwig-san para los dos últimos locales... no pasa nada. Anda, Ludwig-san, acompáñale un rato y luego puedes ir a tu casa.- Afirmó el japonés.
- Bueno, en ese caso le acompañaré, si no le importa...- Murmuró el alemán mientras se levantaba. Así podría pasar por su casa más pronto de lo normal y vigilar lo que hacía su hermano... si es que seguía en la casa.
- Ve, pe-pero no...- Feliciano iba a replicar, pero entonces vio la cara de Elizabeta y decidió callarse.
- Pasadlo bien~- Rió Elizabeta mientras se levantaba, y empujaba al menor de su silla y le hacía salir por la puerta.- Nosotros nos quedaremos aquí, terminando el reportaje~
Antes de que pudiera darse cuenta, el italiano estaba en la calle con el alemán. Ambos se miraron un segundo y empezaron a andar, a paso lento, en cualquier dirección. Feliciano no sabía qué decir ni qué hacer, el cerebro ya no le respondía. El alemán estaba menos nervioso, pero sabía qué hacer. Tenía que llevar al italiano a casa... casa que, por cierto, no sabía ni dónde estaba.
- Vargas...- Le llamó, mirándole de reojo.
- M-me puedes llamar Feliciano...- Respondió él, mirando al suelo.
- Sí, Feliciano... ¿Dónde está tu casa?
_ Ve, pues... p-por aquí...- dijo, avanzando un poco por la calle. El rubio le siguió, algo incómodo.
Hubo un silencio incómodo entre los dos mientras caminaban. Tampoco tenían nada de lo que hablar, claro, aunque Ludwig quería dar conversación para que el italiano no estuviese tan tenso. Pero es que no se le ocurría nada. Y al italiano tampoco. El ambiente estaba algo tenso. ¿Qué podrían decir para suavizar las cosas?
No era buena idea hablar de las clases... bueno, al rubio no le importaba, pero no estaba seguro de si sería un buen tema de conversación para su acompañante. Y no tenían tanta relación ni tanta confianza como para preguntar por algo en concreto. Si no le hablaba del tiempo... pero eso tampoco lo iba a hacer, no era un buen modo de empezar nada. Era un signo de que no sabías qué decir, y prefería no decir nada a...
- Eh... hace buen día, ¿no?- Preguntó el italiano, anticipándose a Ludwig en sus pensamientos. El alemán le miró un segundo y luego, forzando una sonrisa, asintió.
- S-sí, bastante... y eso que el parte meteorológico predijo borrascas...
- Ve... ¿verdad que sí?- Dijo el castaño, mirando al cielo despejado.
- Sí...- Respondió él, metiendo las manos en sus bolsillos.
Y después de eso, se volvió a hacer el silencio. Siguieron caminando, completamente callados, mirando los escaparates de las tiendas, las farolas y a la gente que pasaba por su lado.
Feliciano miró hacia los lados, incómodo. ¿Qué debía hacer? ¿Debía decir algo? Ya habían pasado diez minutos y no había sacado ningún tema. ¿No le estaría pareciendo un soso, o peor, un aburrido? ¡Él no quería parecer un aburrido! Debía pensar en algo y... y... ... y...
...
¿Eso era una tienda de animales?
- ¡Vee! ¡Cachorritos!- Sin poder evitarlo, el italo fue corriendo como una bala hacia el cristal del escaparate y se agachó, mirando como tonto lo que había al otro lado. Un par de cachorritos de labrador le miraban moviendo la cola como si le conociesen de toda la vida, y otros más de los que Feliciano no conocía la raza apoyaban sus patitas en el cristal, y le ladraban como si quisiesen jugar con él.
El alemán, que se había quedado al principio atónito al verle irse tan deprisa, sonrió un poco. Así que también le gustaban los perros... más calmado, se acercó a él y se agachó, observando también a los animalitos.
- No sabía que te gustasen los perros, Feliciano.- Dijo, sonriendo todavía al ver la cara de felicidad del italiano.
- Ve~ me encantan~ son tan lindos~- Canturreó.- Quisiera poder acariciarlos a todos~
- Yo tengo tres perros en mi casa, te dejo acariciarlos cuanto quieras.- Feliciano se giró a verle, sonriendo como idiota al oírle decir eso.
- ¿En serio?- Preguntó, emocionado.
- Claro.- Asintió él. Si era con respecto a perros, podría pasarse la tarde hablando. Ahora que tenían un tema se sentía más cómodo.- ¿Sabes mucho de perros, Feliciano?
- No, no mucho... ¿Y tú, Ludwig? ¿Sabes qué raza son cada uno de estos?- Preguntó, señalando a los cachorros.
- Sí, sí que lo sé... ese marrón es un Golden Retriever; cuando crezca se hará bastante grande, podrá llegar a los cuarenta kilos si lo cuidas bien.
- Eeh~ ese me gusta mucho~ ¿y esos otros dos?- Pregunto el italo, señalando a uno especialmente pequeño y a uno más grande que el resto.
- Ese grande parece un Mastín... ese se hará enorme, si no quieres lidiar con más de noventa kilos de peso no te lo recomiendo... y el pequeño parece una mezcla de razas, pero podría considerarse como un Papillon... ese no crecerá mucho más de lo que ya ha crecido.
- Vee~ Ludwig, sabes un montón~- Dijo el italiano, sorprendido y admirado.
- No, no es para tanto... sólo tengo mucho tiempo libre...- Respondió él, algo azorado.
- Para nada~ sabes mucho más que yo. Y... veh... ¿qué perros tienes tú en tu casa?
- Tengo un Pastor Alemán y un Rottweiler negros, y un Hovawart castaño... son muy buenos chicos los tres.
- Ve~ quisiera poder jugar con ellos~- Dijo, más bien para sí mismo, el menor. Pero eso no impidió que el alemán le escuchase.
- Puedes hacerlo cuando quieras, no me molesta.
- ¡Vee! ¿En serio?
- Claro. Mientras no me molestes cuando estudio...
- ¡Grazie, Ludwig!- El italiano estaba tan emocionado que no pudo evitar saltar a abrazarle. El alemán se sonrojó, pillado totalmente por sorpresa, y le dio unas palmaditas en la espalda.
- B-bueno... no es nada...- Murmuró. Feliciano enseguida se dio cuenta de lo que estaba haciendo, y se separó de él con un fuerte rubor cubriendo sus mejillas.
- V-ve... perdona, me salió solo...- Se disculpó, nervioso. Era cierto, le había salido del alma. Normalmente solía abrazar a todo el mundo cuando estaba feliz, pero con él era diferente... ... suerte que él no había notado nada raro. Porque en efecto, el alemán también conocía los hábitos de Feliciano. Le veía a todas horas en el instituto, y allí abrazaba a bastante gente. No le dio mucha importancia y se levantó.
- En fin, ¿no te esperaba tu hermano?- Dijo, tendiéndole la mano para que se levantase.
- ¡Uwah! ¡Es verdad! Vee, estará furioso...- El castaño le agarró la mano y se incorporó, preocupado.
- Entonces no perdamos más tiempo.- Insistió él. Deberíamos ir yendo.
El italiano asintió y empezó a caminar a su lado. En el fondo sabía que, nada más Lovino viese quién le había acompañado a casa, éste entraría en cólera y le gritaría más que la última vez... pero valía la pena por todo el buen rato que había pasado con el alemán.
Y el lunes se volverían a ver de nuevo; no podía estar más feliz.
BUAJAJAJAJAJA I BACK! Ò¬Ó -cubriéndose las regiones vitales con un escudo anti-tomates y anti-sartenazos-
Sorry por haber tardado tanto, no tengo excusa :c (y me estoy empezando a hartar de repetir lo mismo siempre... podéis matarme, va, lo merezco QAQ )
En fin... hice todo lo que pude para este capítulo, espero que a nadie se le haya hecho pesado ni nada por el estilo... pasé una mala racha y lo dejé a la mitad, pero al final conseguí escribir lo que faltaba~ por eso soy feliz en parte ;w;
Además, pensad que no tengo ni idea de perros... =w= pero he cavado mi propia tumba, ya que Alemania tiene tres, y... cosas random del futuro que espero que os gusten (?)
Muchas gracias por las reviews del capítulo anterior, en serio me motiva mucho recibirlas x3 Y espero de verdad no tardar tanto para subir el siguiente capítulo... sé lo que se sufre, porque yo también soy lectora Q_Q lo siento, de verdad!
En fin~ likes y reviews siempre son recibidos con fiestas y pasta :'D
Nos vemos~ x3
