"Por fin son las tres y media", pensaba Feliciano mientras continuaba revisando documentos en aquella mesa con una pata coja.

¿Que qué hacía? Pues estaba ayudando al club de Periodismo a organizar los distintos reportajes que habían hecho durante todo el mes. Kiku dijo que, para empezar, sería un trabajo fácil, pues sólo tenía que coger las hojas con simbolitos iguales y apartarlas de las que tenían símbolos distintos. Y sí, era fácil, y a Feliciano no se le daba mal, pero... llevaba allí más de dos horas y aún no había acabado.

El italiano suspiró mientras apartaba cuatro hojas con una pegatina de una estrella y las dejaba en un montoncito. Si lo llegaba a saber, se habría llevado algo para comer, se moría de hambre. Ya se lo había dicho su hermano aquella mañana... "eso será un coñazo, Feliciano, escabúllete o algo". Pero de ningún modo lo iba a hacer, porque así podría aprovechar para ver a Ludwig~ aunque claro, Lovino no sabía nada de eso. Después de esa pequeña conversación, su fratello se fue al centro con Antonio y él se quedó en el instituto, para ir con su nuevo club.

Lamentablemente, cuando llegó al segundo piso para ir al aula del club, vio que Ludwig se iba. ¿Dónde iba? Pues le dijo que tenía que ir a fotocopiar unas cosas en la impresora de la biblioteca, y luego aprovecharía para coger un par de libros para documentarse sobre el siguiente trabajo. Se habría ofrecido a acompañarle, pero entonces Kiku apareció de dentro del aula y le arrastró para explicarle lo que haría.

Afortunadamente, no le había mandado hacer algo difícil. Desafortunadamente, era algo bastante tedioso. Para colmo, el japonés se había marchado nada más Feliciano se había sentado en la mesa para comenzar a trabajar. Sospechoso... realmente sospechoso... ah, pero el italiano no dudaba de su amigo, claro que no. Él dijo que tenía algo que hacer, así que por eso tenía que irse.

Bostezó, mientras comenzaba a organizar unos documentos con una pegatina de un circulito. Estaba casi acabando, y aún así el tedio le había comenzado a dar un sopor increíble... se quería ir a casa a dormir una buena siesta pero, de todos modos, todavía le quedaban unos cuantos papeles por clasificar. Miró al infinito y se apoyó en la mesa, la cual se tambaleó un poco por culpa de su pata coja. Pero eso no molestaba a Feliciano; es más, hizo algo de fuerza para que la mesa siguiese moviéndose.

Sí, eso le divertía. Ligeramente... se aburría como una ostra, después de todo.

Y lo peor... es que Ludwig seguía sin volver. La razón principal por la que estaba ahí, aún no aparecía. Y Elizabeta, que se supone debería estar ahí, tampoco estaba. Deprimente... se sentía olvidado. Estaba tan solo y tan aburrido, que haría hasta un crucigrama. Pero bueno, sólo le quedaban unas cuantas hojas... unas poquitas... sólo quedaban dos símbolos más. El castaño cogió una hoja que tenía un triángulo y, como se aburría, comenzó a leerla. Era algo de una feria gastronómica... qué bien sonaba; ahora le apetecía muchísimo ir. Podría probar un montón de platos nuevos y diferentes. Pero desafortunadamente, no había sido un evento para disfrute de los del club de periodismo. Según el folleto, sólo habían cubierto las actividades del club de gastronomía. Lástima.

A los tres o cuatro minutos se hartó de leer y decidió ponerse firme para acabar de ordenar los reportajes. ¡Por fin lo había acabado! Ahora sólo quedaba ponerlo todo en el archivador. Aunque debía ordenarlos por nombre... qué pereza. Definitivamente no le apetecía hacerlo... ... y no había nadie allí para decirle nada, así que... sí, ¿por qué no? Ignorante al hecho de que seguramente luego se arrepentiría, terminó por dejar los reportajes tal cual en el cajón. Asintió para si mismo, satisfecho, y como no había nadie, pensó en irse a casa. Ya eran más de las tres y media, tenía hambre y tal.

Pero entonces escuchó voces en el pasillo. Voces que se acercaban.

Y le entró el pánico.

¿Quién sería? ¿Sería Kiku, que volvía ya de donde fuese que había ido? ¿O Ludwig, que había terminado de fotocopiar? Quizás era Eliza, que por fin aparecía... en todo caso, parecía haber varias personas hablando, y definitivamente se acercaban a donde él estaba. En serio le entró el pánico, es decir... si era algún miembro del club le iba a regañar por lo de guardar los informes mal... y no se le ocurrían excusas, ¿qué iba a hacer? Además, antes había ido a comprar una barrita de chocolate y había dejado la mesa perdida... ¡no quería que le regañaran! ¿Qué podía hacer? Las voces estaban cada vez más cerca... no le daba tiempo a irse... ¡tenía que esconderse!

¿Pero dónde? aquello no era exactamente un aula, pero bastante parecido... no iba a meterse debajo de una mesa, y... ... ¿habría espacio para él en uno de esos armarios? Abrió uno al azar para mirar, y sonrió al ver que, en efecto, sí había sitio. Si se metía ahí dentro y no hacía ruido, podría pasar desapercibido. Se escurrió en medio de todos aquellos materiales de manualidades y vio que había sitio detrás de un cartón enorme; así, si abrían el armario, igual no podrían verle, porque estaría escondido detrás de aquel panel de cartón.

Sí que era grande el armario, ¿no?

Pero aquellos eran detalles... cerró la puerta justo cuando dos personas entraban en la sala. Espió un poquito por las rendijas de la puerta del armario, y vio que eran... Elizabeta, y... y la otra chica le sonaba mucho... ¿no era esa la hermana de Kiku? O su prima, no lo acababa de saber... esa taiwanesa tan linda que, al igual que a la húngara, le gustaba mucho llevar flores en el pelo. Parecían entablar una animada conversación.

- Pues ya ves, Mei. ¡Ese tipo quería copiar mi trabajo, así, por todo el morro! -Decía Eliza, quien parecía enfadada por algo.

- Pero igual le dejaste hacerlo~ -Rió la otra.

- Eso no importa, lo que importa es que... ... uy, ¿dónde está Feli? -la húngara recorrió la sala con la mirada, buscando al chico, que no movió ni un músculo.- Se supone que debería seguir aquí... qué raro.

- ¿Quizás ya terminó y se fue a casa? -Aventuró la pequeña, que acto seguido encontró encima de la mesa los restos de la barrita que Feliciano se estaba comiendo antes.- Mira, aquí hay comida.

- Eso quiere decir que no debe estar muy lejos... no se iría sin acabar su chocolate. -Afirmó Eliza, totalmente segura de sus palabras. Luego suspiró.- Mira, lo ha dejado todo perdido de chocolate... este Feli...

- No pasa nada, ya lo limpiará cuando regrese~ -rió la taiwanesa, mientras empezaba a caminar... ¡hacia el armario!

Oh, ¿por qué?

Es decir, Feliciano estaba seguro de que no le encontraría aunque lo abriese, porque estaba escondido, pero igualmente... quizás sí lograba encontrarlo. Y luego llegarían las preguntas, y no quería preguntas. Quizás era el momento de salir...

- Bueno, voy a mirar si los informes están ahí.

- Y yo voy a por la plancha de cartón que necesito para hacer el cartel~

¿La plancha de cartón?

¡Pero si ese era el escondite de Feliciano! ¡No se la podía llevar, así seguro que le descubría! Fijado a ese pensamiento, el pobre ítalo se olvidó de sus anteriores pensamientos de salir de allí y buscó desesperadamente una forma de cerrar el armario desde dentro. Si lograba enganchar los cierres con gomitas... sí, entonces no podría abrir el armario. Perfecto.

Le costó un poco, pero logró cerrar las puertas justo antes de que la chica llegase e intentase abrir las puertas.

- Vaya... está cerrado. -Murmuró ella, confusa. Después se giró hacia la húngara.- Eliza, ¿este armario estaba cerrado antes?

- ¿Qué? No, no lo estaba... ¿lo está ahora? -Preguntó la otra, también confusa. Pero de inmediato le restó importancia y siguió buscando entre los archivos.- Sólo quita el seguro, está debajo del pomo... ... oye, ¡esto no está bien organizado!

- ¿Qué me dices?

- Que alguien ha terminado los informes, pero los ha dejado sin ordenar... -Feli tragó saliva; se temía que ahora su amiga se enfadase con él. Lo que no esperó fue que se lo tomase bien.- Bueno, no pasa nada, ya los ordeno yo... después de todo, no he venido aquí en todo el rato, así hago algo.

Feliciano sonrió, conmovido por el amable gesto de la húngara.

- Qué buena eres~ -Mei rió mientras intentaba girar el seguro del armario para abrirlo. Pero claro, el seguro no giraba... porque no estaba puesto. Eso la confundió aún más.- Oye, Eliza, el seguro no está puesto, pero la puerta sigue sin abrirse.

- ¿Cómo? No puede ser... ¿se ha roto la puerta? -Elizabeta dejó los informes por ordenar en la mesa, y se acercó a su amiga.

- Espero que no, nos costará desatascarla si es así... -murmuró la otra, con pena.

- No puede ser, antes iba perfectamente, espera... quizás algo está atorando la puerta y por eso no se abre. -La húngara, reacia a creer que la puerta se había roto, miró a través de las rendijas, esperando ver algo pegado a la puerta, para poder quitarlo desde fuera.

La lástima es que escogió el peor momento para mirar. Cuando echó un vistazo dentro, Feliciano tenía la cabeza fuera del cartón, porque el pobre es un curioso empedernido, y quería ver lo que estaba pasando fuera. No esperaba que alguien fuese a mirar dentro. Sus ojos hicieron contacto con los otros por un segundo que le pareció eterno; luego se escondió de nuevo, sin poder evitar un "ve" de sorpresa. Elizabeta también se echó hacia atrás, sobresaltada por haber visto algo que no esperaba.

- ¿Qué ocurre? ¿Qué has visto? -Ahora Mei temía que dentro hubiese algo malo.- ¿Es un fantasma?

- No, cariño, de fantasmas nada... ¡hay alguien ahí dentro! ¡Seguro que ha sido quien ha atorado la puerta!

- Pero... ¿quién se iba a meter dentro de un armario?

- Como sea ese imbécil, que lo ha hecho para intentar asustarme... juro que le parto los dientes. -Murmuró la mayor, con rabia. Seguidamente golpeó la puerta con fuerza.- ¡Eh, quien sea que esté ahí dentro, que salga!

- ¡Vee! -El italiano no pudo reprimir un grito al escuchar el ruido sordo del golpe. Eso despejó las dudas de las chicas; ahí dentro había alguien.

- ¡Ay! ¡Lo he oído, Eli, hay alguien ahí dentro! -Mei tiró más de la puerta del armario, tratando de abrir, pero no lo consiguió.- ¡Es alguien que quiere evitar que haga mi proyecto de plástica! ¿Yong Soo, eres tú? ¡No tiene gracia!

- ¡Sal ya, no nos hagas romper la puerta! ¡Porque lo haremos! -Vociferó Eliza, que estaba empezando a enfadarse.

¡Tenía que hacer algo! ¡Antes de que dos chicas furiosas le sacaran de allí a patadas!

No sabía qué decir, así que se bloqueó totalmente, y... y volvió a hacer... sí, lo mismo de siempre.

- ¡N-no hay nadie aquí dentro! -Chilló él, forzando su voz para que pareciese voz de mujer.- ¡No tiréis la puerta!

- ... -Ambas chicas miraron al armario como si fuese un extraterrestre.

- ¡No abráis la puerta! ¡Se supone que no debéis verme!

- ... ¿Quién eres? -Preguntó Mei, que no logró reconocer la voz. No estaba segura de si era un chico o una chica... pero desde luego no era su molesto hermano. Ni Gilbert.

- ¡S-soy el Hada de los Tomates! -Dijo Feliciano, que empezaba a creer que estaba ganando el juego.- ¡Vine para que seamos amigos!

Pero ah... por muy bien que Feli fingiera... no conseguiría engañar a Elizabeta.

- ¿Feli? ¿Eres tú? -Preguntó ella, que creía reconocer la voz forzada del joven. A éste casi le da algo al ver que le habían descubierto.

- ¡N-no soy ese tal Feli!

- ¿Es Feliciano? -Mei no lograba reconocer la voz, pero si Elizabeta lo decía, sería verdad.

- Claro que es Feliciano... ¿estás ahí dentro por algo en concreto, cielo? -Rió entonces la húngara, cuyo enfado ya se había desvanecido. Si era el pequeño Feli, no pasaba nada. Seguro que no lo hacía con mala intención, fuese lo que fuese.

- ¡Q-que no soy ese! ¡El tal Feliciano se fue hace un rato, yo lo he visto! -Siguió insistiendo él, a falta de otra cosa que hacer. Quería que se lo tragase la tierra, pero no se puede tener todo en esta vida.

Y para empeorar las cosas... más gente llegaba desde el pasillo. Se escuchaban unos pasos firmes que el italo creyó reconocer...

¿Era Ludwig?

¡Oh, no, hablando de mala suerte! ¡Si le pillaba y las chicas le contaban todo, se descubriría el pastel de todo lo que había hecho anteriormente! ¡La vergüenza y la humillación no le dejarían comer pasta! ¡Ni tomates! ¡Ni pizza! ¡Ni mirar a la cara a Ludwig!

Pero... ¿qué podía hacer? Ya no podía detener al alemán, el cual había entrado en la sala antes de que pudiese acabar de pensar.

- Ya tengo las fotocopias... ... Oh, buenas tardes, Mei, Elizabeta. ... ¿Habéis visto a Feliciano? -El rubio estaba algo sorprendido por no encontrar a quien esperaba.

Sus preguntas no se acababan, de todos modos.- ¿Y qué haces tú aquí? Creí que te tomarías el día libre...

- Oh, lo iba a hacer... pero Mei necesitaba una cartulina para su proyecto de plástica, así que vine con ella a por lo que necesita. Ya sabes que esta aula-almacén tiene de todo~

- Gracias por dejarme usar vuestras cosas. -Dijo la taiwanesa, que se inclinó un poco para saludar al alemán.

- No hay problema, de todos modos no íbamos a utilizarla nosotros. Pero dejando eso a un lado... ¿habéis visto a Feliciano? Se supone que debería estar aquí...

Al aludido le latía el corazón a mil por hora. Ya está. Ahora le delatarían y todo se iría al traste... fue bonito mientras duró.

...

¡Pero igual no quería darse por vencido!

- ¿Feli? No lo vas a creer, está... -Elizabeta iba a decir dónde estaba escondido, pero entonces el italiano pegó un fuerte golpe en la puerta del armario; eso sirvió para hacerla callar. La chica, sorprendida, no sabía a qué venía el golpe. Pero Feliciano seguía pensando. Si iba a disimular, lo haría hasta el final.

- ¡El tal Feliciano se fue a su casa! ¡No hay nadie aquí dentro! -Gritó, desesperado ya.

- Esa voz... ¿¡Otra vez tú!? -El alemán reconoció enseguida la supuesta voz del "hada de los tomates".- ¿Has vuelto para molestar? ¡Sal de ahí en este mismo instante!

- ¡N-no puedo! ¡No puedo dejar que nadie me vea, soy un hada! -Chilló el chico, que ya iba de perdidos al río. Ojalá las chicas entendiesen la situación y le cubriesen, al menos por aquella vez.

- ¡No me creo una palabra! Elizabeta, ¿por qué no abres para que veamos quién es?

- Lo hemos intentado. -Intervino Mei, que empezaba a comprender un poco lo que pasaba.- La puerta está cerrada, y eso que el seguro no está puesto...

- Habrá hecho algún truco para cerrar desde dentro; ya lo ha hecho antes. -Dijo Ludwig, totalmente serio.- Dejadme, yo abriré, aunque tenga que romper la puerta.

- ¡N-nooo! -chilló de nuevo Feli, que ya estaba a punto de llorar.

Entonces, la suerte sonrió al pequeño italiano por una vez en aquel día.

Elizabeta se interpuso entre la puerta y Ludwig, extendiendo los brazos en un gesto protector. Éste, confuso por aquel movimiento, se detuvo en el acto y la miró, confuso. Hubo un silencio de unos momentos, en los que la húngara aprovechó para echarle a Mei una mirada cómplice, para que le siguiese la corriente.

Sabía que Feliciano estaba en ese armario. Y que no quería que Ludwig lo supiese. Por eso fingía ser un hada... el Hada de los Tomates... aunque el por qué de eso no lo tenía claro del todo. Parecía ser que no era la primera vez que el pequeño Lud oía hablar del hada, así que había una historia detrás de todo aquello... y se moría por saberla. Así que, por ahora, debía impedir que Ludwig viese a Feliciano; luego le haría muchas preguntas a cierto italiano escurridizo.

- No, Lud, no puedes. -Dijo Eliza, muy seria.- ¿No sabes que si ves a un hada, ésta desaparece para siempre?

- Qu... ¿Qué? -Ludwig frunció el ceño, incrédulo.- No me digas que te crees la historia de este sujeto...

- ¡Es un hada! ¡No debes verla! -Intervino entonces Mei, quien no acababa de comprender del todo, pero había decidido ayudar a Feliciano en lo que fuese que estuviese haciendo.

- Las hadas no existen, Wang, no seas ridícula...

- ¡Noo! ¡No digas eso! ¿No has visto Peter Pan? ¡Si dices eso se morirá! -Lloriqueó Elizabeta, desconcertando aún más al rubio.- ¡Yo creo en las hadas, yo creo en las hadas!

- ¡Eso, yo también creo en las hadas! ¡Son entes mágicos muy importantes en todas las culturas! Aunque en mi país tienen otro nombre, pero no vamos a entrar en tecnicismos ahora...

- Pero... -intentó rebatir el rubio, que estaba más que confuso ahora.

- ¡No hay peros! -Le cortó la húngara, muy seria.- La cuestión es que ahora mismo estábamos hablando con un hada, y no hay más que hablar.

- N-no esperarás que crea eso...

- ¡Claro que lo espero! Mira, ven... mira dentro del armario por las rendijas. -Dijo Eliza, mientras arrastraba al alemán para que mirase dentro del mueble. Feliciano se hizo pequeñito detrás del cartón, esperando que no le viese ni el rizo. En efecto, no vio nada.- ¿Lo ves, Lud? No hay nadie.

- Pero... pero podría estar escondido...

- No hay sitio para que se esconda nadie, ese armario está lleno de materiales de decoración... -Murmuró Mei, que sabía que estaba mintiendo, pero lo hacía por una buena causa. Feliciano decidió intervenir entonces.

- ¡Eso es, aquí no cabe ni un alfiler! ¡Yo sí quepo, porque soy un hada pequeñita!

- Feliciano se fue hace un ratito a su casa, estuvimos hablando con el hada antes de que se marchase~ -Mintió Elizabeta.

- ¿Ya terminó de clasificar los informes? -Preguntó Ludwig, incrédulo.

- Sí~ yo le dije que me quedaría a ordenarlos, que él se podía ir a su casa~ después de eso nos quedamos hablando con la señora hada~

Se hizo el silencio entonces. Ludwig estaba cada vez más confundido. ¿Existían las hadas? ¿Le mentiría la húngara sobre algo como aquello? Pero era cierto, no era la primera vez que se encontraba con aquel molesto ser... y cada vez que lo hacía, una puerta no podía abrirse... o no había nadie detrás de unos arbustos...

...

¿Podría ser que realmente fuese un hada?

Sonaba muy poco realista, pero... las coincidencias, y... lo inexplicable...

- Bueno... no diré que os crea... al menos no por ahora. Tiene que haber otra explicación lógica, científica y razonable a todo esto. -Aún no lograba entender la situación, pero no iban a convencerle así como así. Primero tenía que documentarse, y después... después ya veremos, pensó.

- Qué lástima... algún día creerás, Lud, yo lo sé. -Dijo la húngara, sonriendo. Su plan había funcionado, parecía dudoso, y al menos no iba a abrir la puerta.

- Sí, eso. -Asintió Mei, que seguía inventando cosas.- ¡Si eres bueno con un hada, te pasarán cosas buenas!

- ¡Sí, eso! ¡Cosas buenas para los que son buenos con el hada! -Secundó Feliciano, que haría lo que fuera porque el alemán se fuese de una vez.

- Eso, eso. -Elizabeta les siguió la corriente, ya que habían empezado, seguirían con el asunto.

- Sí... eh... -Ludwig no sabía qué contestar. Mejor abandonar el barco ahora y no arrepentirse luego.- Te dejaré las fotocopias aquí... quiero irme a casa por hoy...

- Claro, nos vemos mañana~ -canturreó la húngara, feliz de que se marchara ya. Así podrían dejar de fingir, que a la larga cansaba un poco.

- Sí, me iré... Tengo cosas que hacer. -Continuó el alemán, pensando en todos los deberes que tenía pendientes.- Nos veremos mañana, Elizabeta. Adiós, Wang.

- Adiós~ -se despidió Mei también, también feliz al ver que se iba.

Ludwig fue hasta la puerta, confuso y frustrado por no haber logrado solucionar el misterio del "hada". Al llegar a su casa haría los ejercicios de matemáticas y después buscaría algo de información con respecto a aquel tema. Pero por ahora... tenía que centrarse en los ejercicios, eso lo primero. Eso se repetía mentalmente mientras iba hacia el pasillo.

Una vez salió, todos los presentes en la sala soltaron un suspiro de alivio.

- Feli... ya se ha ido, puedes salir. -Dijo Elizabeta, más relajada. El italiano, al que ya no le importaba dejar de fingir delante suyo y de la taiwanesa, salió de su escondite, aún medio atacado de los nervios.

- Ve... grazie, Elizabeta... no sé lo que habría pasado si me hubiese descubierto... -Murmuró, totalmente agradecido.

- ¿Pero por qué estabas ahí? -Cuestionó Mei, aún algo confusa.

- E... es una historia algo larga...

- No pasa nada, ahora tienes todo el tiempo del mundo para contárnosla. -Contestó la húngara.- Quiero saberlo todo, Feli... todo~

Entonces Feliciano suspiró de nuevo y fue a sentarse en una silla.

Aquello iba a ser algo largo de contar... mejor ponerse cómodos.

X.x.X.x.X.x.X

- Lovino, ¿crees que ha sido una buena idea? -Preguntó Antonio, por millonésima vez aquella tarde.

- Seguro, joder, deja de preguntar ya, bastardo. -Respondió el menor, algo hastiado ya de las preguntas del español.

- Bueno, es que llenar la taquilla de Ludwig de tomates... me parece un desperdicio.

- ¡Cállate! ¡Es la venganza perfecta! Si le lleno la taquilla de tomates, seguro que se muere o algo, porque él es una patata... -argumentó el italiano, muy seguro de su estrategia.- O como mínimo, se pondrá enfermo. Esos tomates cumplirán su cometido, te lo digo yo.

- No le habrás dado tomates caducados... ¿verdad? -El ibérico comenzaba a tener algo de miedo.

- Claro que no, esos no se los comería. Tiene que comerse los que están bien, es una trampa perfecta, joder.

Antonio suspiró, algo desconcertado por la extraña lógica de su tomatito. Pero el menor parecía perfectamente convencido de que su plan iba a funcionar, así que... mejor seguirle la corriente para tenerlo contento, que ver a su Lovi sonriendo así era un regalo de los cielos. A ver si luego se dejaba robar un par de besos o algo~

La alegre pareja continuó charlando por un largo rato, ajenos a que, lejos de allí, en el instituto, un muy confuso alemán no tenía ni idea de cómo habían llegado todos esos tomates a su taquilla...

¿Realmente haber dejado en paz al hada había sido la causa de que su taquilla se llenase hasta el tope de tomates?

Todo aquello... no tenía ningún sentido.


Hallo hallo!

Actualización del fic~ el capítulo es algo más corto que el anterior, pero no pidan imposibles, esto no me daba para más xD mejor corto y bueno que largo y lleno de paja, no? ... no? c': -va a por su escudo anti fruta podrida(?)- espero que no os importe mucho que esté tardando tanto en actualizar cosas, la universidad me consume bastante QuQ cuando puedo escribo en el tren y tal, así que no os preocupéis, que esto marcha!

Ojalá os guste el capítulo! Recordad que las reviews motivan mucho a continuar y son opiniones llenas de amor que aprecio mucho!

Nos vemos~~ ^^