Ya podían desviar la mirada, girar la cara, cerrar los ojos... podían hacer lo que les diese la gana, que el papel seguía ahí. Encima de la mesa. Anunciando con letras enormes el título de la siguiente exclusiva que iban a hacer en el periódico para la semana siguiente. Los dos recién llegados estaban bastante confusos, aunque cada uno por diversos motivos.

Feliciano miró a Elizabeta con cara de pánico, pensando por unos segundos que era ella la que había sugerido el tema.

- ¿E-Eliza? ¿Qué es esto?- Preguntó mientras señalaba el papel, intentando no parecer demasiado alterado ante las nuevas noticias. Por su parte, el alemán creyó que había sido Kiku el que lo había organizado todo, ya que hablaron del mismo tema el día anterior.

- ¿Kiku...?- Con voz dudosa e inquieta, el alemán miró al japonés, quien le devolvió una mirada serena.

Se hizo un silencio incómodo para el italiano y el alemán. Silencio que no duró mucho, pues enseguida la húngara se levantó para intentar explicarle las cosas a su querido amigo Feliciano, que aunque intentase ocultarlo parecía al borde de un colapso nervioso. Y razón no le faltaba, pues como le descubriesen y encima lo publicasen en el periódico... adiós a su vida tal y como la conocía.

- Hola, Feli... Hola, Lud...- Empezó a decir ella, tratando de hablar calmadamente para que nadie se alterase.- Veréis, esto no es lo que parece...

- Explicad esto inmediatamente.- Cortó el rubio, algo bruscamente.- Kiku, es cosa tuya, ¿verdad?

- En efecto.- Respondió el japonés, sonriendo con levedad.- Tras meditarlo mucho, me parece un tema más que perfecto para ponerlo en el periódico del instituto.- Continuó, para estupefacción de todos. Elizabeta se alejó de él lentamente para poder acercarse a Feli y susurrarle al oído.

- Lo siento, cielo, no sé quién le ha metido esa idea en la cabeza, pero parece que no se la vamos a poder sacar... está decidido a hacerlo.- Susurró. El italo negó con la cabeza, empezando a sentir una extraña sensación de vacío en el estómago, que quizás fuese pánico, quizás hambre, o quizás hambre mezclada con pánico. De cualquier modo no era agradable.

- N-no le has dicho nada, ¿verdad? Creí que era nuestro secreto...- Murmuró el otro, en el mismo tono de voz.

- Claro que no, antes ha dicho que ha hablado con Ludwig... seguramente es por eso que quiere hacer esto, pero... lo siento, Feli, intenté detenerle...

- ¿De qué cuchicheáis vosotros dos?- Inquirió el más alto, aún algo desconcertado por lo que estaba pasando.

- Ve! D-de nada, de nada en absoluto...- Mintió el italo, mientras se acercaba más a Kiku para empezar a preguntarle cosas.- K-Kiku, ¿cómo es que sabes de este tema?

- Ludwig-san me habló el otro día de ciertos... incidentes, que ha sufrido últimamente.- Respondió el aludido.- Me estuvo hablando de cierta "Hada de los Tomates", que al parecer quería que fuesen amigos. Me pareció cuanto menos bizarro, por eso quiero incluirlo en un artículo. Lo medité mucho, y sólo se me ha ocurrido una cosa...

- ¡Oh! ¿Es eso cierto?- Ludwig interrumpió para mostrar su emoción al respecto. ¿Habría encontrado al culpable? ¿Sabía si era un hada o un humano muy bromista?- Entonces... ¿ya sabes qué, o quién es en realidad, Kiku?

- ... -Feliciano tragó saliva, notando que se ponía cada vez más pálido. Definitivamente, ya no tenía hambre. ¿Le habían descubierto? ¿Y ahora qué? Tras un silencio que se le hizo eterno, sin embargo...

- No, no tengo ni idea. No era eso a lo que me refería.- Aclaró el más mayor. Ahí fue cuando el italiano notó que le volvía el color al rostro y que podía volver a respirar normalmente.- Lo que se me ha ocurrido es que, cuanta más gente lo sepa, más probabilidades hay de que alguien nos de información al respecto; eso, en el caso de que sea un hada, por supuesto. Si el culpable es un humano podríamos intentar averiguar quién es debido a su nerviosismo.

- ¡Claro!- Ludwig asintió enérgicamente. Su amigo era un genio.- Al sentir que vamos tras él, ese tipo se pondrá tan nervioso que será fácil detectarle si parece que, además, sospechamos de quién podría ser en realidad. Sólo es humano, no puede ser que sea capaz de ocultar sus emociones así sin más.

- Pe-pero Lud... ya te he dicho que era un hada de verdad...- Intervino Elizabeta, que no le gustaba mucho cómo se estaban desarrollando las cosas. Con la tendencia que tenía el pobre Feliciano a saltar a la mínima que detectaba peligro, esa táctica era lo suficientemente buena como para lograr que se descubriese solito.- Tú también hablaste con el hada, ¿no, Feli? ¿A que era un hada?

- ¿Ve? ¡Oh! ¡S-sí, claro! ¡Era un hada, claro que lo era!- Buenos reflejos, Feliciano, buen trabajo.

- ¿Tú también hablaste con el hada?- Cierto, a Ludwig no se le había pasado por la cabeza preguntarle al mayor si había conocido a esa... ese... a eso.

- ¡Sí, sí que lo hice! ¡Ayer, antes de irme a casa, estaba en un armario!- Sus respuestas eran algo articuladas debido al pánico, pero no era demasiado obvio, por fortuna para él.

Precisamente en eso estaba pensando Ludwig. El italiano estaba algo nervioso...

Pero quizás era porque habían escogido su trabajo como ejemplo a corregir en la clase de Lenguaje y no había sido precisamente un buen ejemplo. Quizás era porque quería saber el resultado de su examen de matemáticas y el profesor no se lo había podido entregar... o quizás era por haberse dormido en la clase de Biología y que después la profesora le hubiese puesto una amonestación por ello. O quizás porque en el recreo unas niñas se habían metido con él sin motivo alguno, o porque en la clase de Historia había llamado "nonno" al profesor y, aunque fuese realmente su abuelo, eso había provocado las risas del resto de alumnos. O porque en la clase de Inglés no les habían dado descanso y les habían mandado hacer varios ejercicios pesados que no habían logrado terminar a tiempo y por eso ahora los llevaban de deberes. O quizás era que quería irse a casa y no le apetecía trabajar en el club, y menos de un tema tan absurdo...

...

Realmente tenía muchos motivos para sentirse mal. Lo compadeció internamente, aunque no dijo nada al respecto.

- Yo creo que es humano.- Afirmó Kiku, quien había estado pensando toda la noche para llegar a aquella conclusión.- No es que no crea en las cosas paranormales, pero... soy algo escéptico al respecto. Además de que no creo que sea imposible explicar todas esas situaciones de una manera lógica.

- Sí, pienso igual.- Corroboró Ludwig, quien estaba sonriendo levemente. Verle sonriendo de esa forma hacía que Feliciano sonriese también, pero aquel no era el momento para estar feliz, precisamente.

- Aún así...- Continuó el japonés.- Aún queda el margen de la duda. Hasta que no se demuestre que es un humano se le seguirá tratando como hada.

- Pero Kiku.- Interrumpió Elizabeta. Al parecer ya se había rendido en su misión de hacer desistir al mayor de publicar lo que quisiese, así que sólo le quedaba hacer preguntas, rezar por Feli- ¿Qué podemos poner en el periódico al respecto?

- Bueno, podemos hacer un par de artículos informativos relacionados con las hadas, y luego una exclusiva con letras grandes que diga algo como: "¡El misterio del hada del instituto! ¿Hay algún testigo de su presencia?".- Enunció él, haciendo un gesto con las manos como si estuviese mostrando el titular del año. Parecía bastante emocionado por todo aquello.- Bueno, es un título provisional, luego podemos pensar otro si éste no os convence...

- V-ve... no sé yo si parecerá interesante para los demás... creí que tratábamos temas serios.- Intervino Feliciano, que aún estaba intentando hacerles cambiar de idea.

- A mí ciertamente me parece un tema interesante, Feliciano-kun.- Respondió el nipón.- Nunca va mal algo de fantasía de vez en cuando, así que... la tarea de buscar información sobre hadas te la dejaré a ti, y Ludwig te podrá ayudar con eso.

- ¿Yo?- No es que al alemán le molestase buscar información, pero él creía que se iban a repartir las tareas.

- Hai. Buscar información en la biblioteca puede hacerse algo pesado, entre dos se hará más rápido.- Asintió Kiku, sonriendo ligeramente.- Yo prepararé el formato de las entradas digitales, y Elizabeta puede encargarse de las fotos y de la redacción. Luego te haremos una entrevista, Ludwig, si no te importa, claro. Eres el que más datos tienes acerca de este tema del Hada de los Tomates, así que apreciaría mucho tu colaboración.

- C-claro...- El rubio no pudo evitar pensar que el japonés se lo tomaba demasiado en serio, mas no dijo nada para no incomodarle.- Entonces... ¿Salimos hacia la biblioteca ahora mismo, o hay otros temas que quieras tratar?

- No, no, podéis ir yendo ya, sin problemas.

- Bien, entonces... ¿Feliciano?- El joven se giró hacia su compañero para obtener su aprobación para marcharse, pero parecía algo... ido. Estaba mirando a la nada con expresión algo sombría. No tenía aspecto de estar escuchando, así que volvió a llamarle, esta vez tocándole para que despertara de su ensimismamiento.- Feliciano.

- ¡Ve! ¿Q-qué?- El pobre Feli, que no había estado atento gracias a sus pensamientos depresivos, dio un saltito cuando la mano del Ludwig se posó en su hombro para llamar su atención.- ¿Qué pasa, Ludwig? ¿Nos vamos ya?- Gracias a Dios, el italo había estado escuchando lo que les había dicho Kiku, así que no iba a parecer demasiado sospechoso a ojos de los dos otros chicos.

- Sí, vamos.- Asintió el otro, empezando a caminar hacia la puerta.

- Suerte...- Murmuró Elizabeta. Todos la escucharon, pero nadie sabía que aquello iba más dirigido hacia Feliciano que hacia cualquier otro. Aparte del propio Feliciano, claro, que agradeció silenciosamente los ánimos.

Salieron por la puerta sin decir una palabra, dejando a los otros dos trabajando en el artículo.

Recorrieron el camino hacia la biblioteca en silencio. Sus pasos retumbaban por el pasillo, siendo éstos el único ruido que se podía escuchar. No parecía haber un alma a la vista, así que todo estaba tranquilo... demasiado tranquilo.

Exacto... Feliciano estaba demasiado callado.

¿Dónde estaba el italiano hiperactivo y ruidoso que Ludwig conocía? Parecía haberse ido a otro mundo y haber dejado únicamente una cáscara depresiva y silenciosa en su lugar. El alemán no podía evitar preocuparse por él. Claro, no sabía si podían llamarse amigos aún... porque habían hablado poco, comparado con lo que deben hablar los amigos normales, ¿no? Bueno, no es como si supiese cuánto hablaban los amigos normales, no es que él tuviese muchos tampoco... además, había gente para todo, su hermano por ejemplo no se callaba ni bajo el agua, con amigos y con desconocidos. No hacía falta que hablase tanto como Gilbert, ¿verdad? Porque no se veía capaz...

Pero no. Ese no era el tema. Feliciano parecía deprimido por algo. Como ya sabía, el pobre tenía varios motivos para estar deprimido aquel día, pero... quizás debería preguntarle cómo estaba. Qué le sucedía. O algo por el estilo, para demostrar su preocupación.

Volvió a mirar al castaño de reojo. Caminaba mirando al suelo, con una expresión neutra. Definitivamente, era raro el verle así.

Ya no podía más con tanta duda, tenía que preguntar.

- ¿Feliciano?- Empezó llamándole suavemente, para comprobar si le estaba escuchando o no. Inmediatamente después de eso, el mayor se giró para mirarle. Le gustaba mucho que Ludwig le estuviese llamando por su nombre, pero eso Ludwig no lo sabía, claro.

- Dime, Ludwig.

- Eh... ¿estás bien?

- ¿Ve? ¿A qué te refieres?- Preguntó él, confuso. Al parecer no era consciente de la imagen sombría que le estaba ofreciendo al mundo.

- Pareces estar...- Lud no parecía encontrar las palabras correctas.- Pareces estar algo apagado. ¿Ocurre algo?

- Ah...- Fue entonces cuando Feliciano se dio cuenta de que no estaba actuando como solía hacer siempre. Sonrió algo forzadamente y trató de sonar convincente a pesar de todo el nerviosismo que llevaba dentro.- No, no, no pasa nada~ ve~ es que estaba... eh... pensando en los deberes de inglés, y eso... que son muchos.

- ¿Sólo es eso?- Era algo raro que el italo estuviese deprimido por tan poca cosa, sobretodo ahora que se acercaban las vacaciones.- ¿Seguro que no es algo más?

- Hm...- La mente del mayor trabajaba rápidamente en busca de excusas. Tenía que pensar en algo más grave que unos simples ejercicios de cuatro apartados cada uno para convencer a Ludwig de que estaba deprimido.- T-también estaba pensando en... bueno, en las notas de matemáticas...

- Oh, entiendo. Sigues preocupado por eso.- Sí, parecía que había caído con esa excusa. ¡Buen trabajo, Feliciano Vargas!- No deberías preocuparte tanto, siempre te quedará el examen de recuperación por si no te salió bien.

- Vee... ¡pero yo no quiero hacer otra vez el examen! ¡Era muy complicado, no quiero volver a ver algo como eso nunca más!- Gimoteó el castaño, siendo esta vez genuinamente sincero.

- El profesor te dará la nota el lunes, no hace falta que estés tan estresado. Si no puedes con la ansiedad, al menos intenta no pensar en ello hasta el último día.- Suspiró Ludwig, quien en realidad no sabía muy bien lo que se sentía al tener aquel tipo de incógnita.

- L-lo intentaré.- Respondió él, riendo nerviosamente por lo bajo.

No, en realidad Feliciano no estaba tan ansioso por el examen.

Bueno, sí lo estaba, pero era una preocupación mínima que se añadía al montón de problemas que ya tenía.

El examen que creía haber aprobado, pero que quizás no lo había hecho y que no quería repetir por nada del mundo, o los montones de trabajos con mala nota que tenía y que seguramente le tocara volver a hacer...

La ansiedad y el sentimiento de soledad que tenía por no saber qué hacer con su tiempo libre en vacaciones, ya que todos sus amigos se iban a ir a algún sitio por vacaciones y no podría salir con ellos a ninguna parte; le tocaría estar en casa sólo con su abuelo porque Lovino seguramente iría a pasar el rato con Antonio, y aquello no era una Navidad en familia ni era nada...

Además de que su abuelo estaba sintiéndose solo y acudiendo a él a llorar en vez de hablar directamente con Lovino de sus problemas... no era como si su abuelo le molestase, pero antes él y Lovino se lo repartían y no estaba todo el día escuchando historias de juventud que ya había escuchado mil veces y que cada vez le costaba más disimular que le entretenían.

También estaba el tema de que estaba enamorado de Ludwig y que no podía estar demasiado rato con él sin ponerse nervioso, y de saber que sus sentimientos seguramente no eran correspondidos...

Además, estaba peligrosamente cerca de que su mentira del Hada de los Tomates fuese descubierta y que Ludwig le odiase por ser un mentiroso y por no haberle dicho la verdad en cuanto tuvo la oportunidad... La cosa estaba llegando demasiado lejos y estaba a punto de salir en el periódico, si le descubrían no sólo el alemán le odiaría, sino que todos se reirían de él por ser tan infantil.

Problemas por todas partes, problemas en el instituto, problemas en casa, problemas con sus sentimientos y con su entorno más cercano... sólo pensar en todo aquello hacía que se le bloquease la mente, no podía pensar en ninguna solución y sentía una creciente angustia. Era desastroso.

Bueno, al menos estaba sano, pensó mientras, por fin, podía divisar el letrero que enunciaba "Biblioteca" al final del pasillo. Quizás pudiese distraerse un poco buscando libros de hadas e información parecida. Aunque con lo grande que era la biblioteca les iba a costar un poco... Ludwig parecía estar pensando exactamente lo mismo, porque enseguida propuso algo.

- Sugiero que nos separemos.- Empezó a decir.- Tenemos un área de búsqueda bastante amplia, será mejor y más productivo si yo busco por un lado y tú por otro.

- Oh... claro, vale.- Respondió Feliciano, algo triste ante la idea de separarse de Lud, ahora que por fin había conseguido tiempo a solas con él. Pero casi que mejor y todo, no fuese a ser que hiciese algo más sospechoso todavía.

- Nos veremos aquí dentro de una hora a más tardar.- Y con estas palabras, el alemán empezó a caminar hacia las estanterías de la derecha. A Feli no le quedó otra que ir por la izquierda.

Quizás encontrase algo en la sección infantil...

Pero mientras el italiano se preparaba para llenar su mente con conocimiento sobre cuentos para niños, Ludwig había optado por una opción más... seria. Seguro que por la zona hacia la que se había encaminado tenía enciclopedias referentes a la magia o a cualquier tipo de criaturas... sólo tenía que ser paciente y buscar. No confiaba en que los libros de aquel lugar estuviesen correctamente ordenados, teniendo una bibliotecaria que iba apenas dos días a la semana y que se dedicaba a dormir cuando estaba ahí. No, los alumnos no ordenaban los libros, y ya que no había nadie más responsable que quisiese hacerlo... aquello era un desastre.

¡Acababa de encontrar un libro de la filosofía de Platón al lado de un libro sobre la arqueología egipcia! ¿Y se suponía que aquello era la sección de biología? ¡¿En qué estaban pensando los que cogían prestados los libros?!

Bueno, por lo menos no había nadie. Normalmente el lugar estaba lleno de gente que quería "estudiar". Entiéndase en vez de estudiar "montar alboroto y reírse de cualquier cosa antes que leer en silencio un libro". Quizás por eso la bibliotecaria no quería pasarse por allí...

Pero aquella tarde no quedaba nadie. Cierto era que el trimestre estaba a punto de terminar y que los exámenes ya no suponían ningún tipo de amenaza, por lo que la biblioteca ya no era necesaria para casi nadie. Ludwig pensaba en ello mientras cogía un libro que se titulaba "Criaturas mitológicas de la A a la Z". Pasó las páginas lentamente, en busca de cualquier entrada con la palabra "hada". También buscó su equivalente en inglés, "pixie", pero nada. Nada de nada, ni siquiera en las menciones o en las referencias. En realidad las hadas no se consideraban criaturas mitológicas, sino criaturas mágicas, pero tenía que intentarlo de todos modos. Debía revisar cualquier cosa que le pareciese sospechosa.

Estaba leyendo de soslayo un párrafo acerca de los minotauros cuando levantó la mirada un segundo y vio a alguien. Alguien sentado en una de las mesas comunes, leyendo silenciosamente un libro que era más grueso que la mayor parte de los libros de clase juntos.

Arthur Kirkland, ¿eh?

No era como si se llevase precisamente bien con él. Tenían una extraña rivalidad que no desaparecía, y además al inglés no tenía pinta de agradarle mucho en primer lugar. Pero en realidad nadie parecía agradarle mucho, así que quizás no se llevaban tan mal como creía. Un día jugaron a fútbol juntos y todo; el partido empezó con Arthur dándole un balonazo premeditado en todo el rostro, pero después de devolverle el gesto con otro pelotazo directo también a la cara pudieron jugar con normalidad.

Por si a alguien le interesa, ganó Ludwig.

Pero esa era otra historia. La cuestión es que él estaba ahí sentado, ajeno a todo, y no parecía haber notado su presencia en lo más mínimo. No sabía qué estaba leyendo, pero no iba a acercarse para preguntar. No quería molestarle, de todos modos. El alemán dejó el tomo que había tomado para continuar buscando por las estanterías cercanas. Estaba cerca del libro que buscaba, podía sentirlo.

...

Mientras tanto, al otro lado de la biblioteca Feliciano se entretenía con un libro de cuentos que había encontrado en un estante con diccionarios. La historia trataba de un ogro que ayudaba a una princesa, y la princesa se enamoraba del ogro y todos parecían ser muy felices. No parecía tener ganas reales de trabajar, así que cambiemos a algo más interesante.

...

Arthur estaba feliz aquella tarde. Feliz y tranquilo. Tranquilo porque era feliz y feliz porque estaba tranquilo, era un ciclo perfecto. Sin gente, sin ruidos, sin impedimentos, sin Francis que le molestase... había sido acertado escoger la biblioteca como nuevo lugar para leer su libro. Normalmente estaba llena de críos que no sabían guardar silencio, pero aquellos días estaba más vacía que la mente de ese idiota de Alfred F. Jones. Mejor para él, claro. Había prometido dejárselo a ese Feliciano Vargas en cuanto lo terminase, así que quería leerlo pronto; por una vez que a alguien le interesaban sus cosas y él sin haber terminado. Cierto era que había leído ese libro unas veinte veces, pero quería leerlo completo de nuevo antes de prestarlo. Ánimo, sólo faltaban quinientas páginas. En una tarde lo tendría sin problemas. Bueno, siempre que no hubiese nadie que le incordiase...

De hecho, desde hacía un rato que había estado escuchando murmullos y ruiditos desde el otro lado de los estantes que tenía en frente, pero había intentado no prestar mucha atención. Sería un estudiante buscando información para algún trabajo de última hora o algo por el estilo. Mejor no hacer caso. O eso pretendía, pero... los murmullos de frustración iban en aumento, y podía escuchar cómo revolvían los libros y pasaban páginas ruidosamente.

Si hay algo peor que leer en un lugar con mucho ruido, es leer en un lugar completamente silencioso y que de repente aparezca un sonido molesto que atrapa tu atención y no te deja concentrarte en paz.

El inglés se revolvió un poco en su silla, incómodo. Habían pasado ya veinte minutos, los había contado, y aquel tipo seguía haciendo ese sonido tan molesto. ¿Qué estaba buscando, la Atlántida? ¡Estaba claro que el libro que quería no estaba ahí, ¿no podía irse y dejarle en paz?! Arthur no destacaba precisamente por tener paciencia, como el extraño ruidoso se dejase ver le iba a decir cuatro cosas. Porque no se iba a levantar, eso por descontado. Primero su manual, luego lo demás.

¡Ajá, ahí estaba! Le podía ver, sí, le podía ver. Tan alto y tan rubio y tan... ¿Ludwig Beilschmidt?

¿Qué diablos hacía ahí? Bueno, sí que era alguien dedicado a los estudios, pero nunca le había imaginado siendo alguien que buscase tan mal las cosas. Si fuese él, ya habría encontrado lo que buscaba hace eones. Habría llegado, habría mirado a su alrededor rápidamente y habría cogido el libro. En realidad eso sería así porque Arthur se conocía la biblioteca como la palma de su mano, pero aquello no tenía nada que ver con el tema.

El alemán parecía estar pasando un mal rato, ponía una cara de circunstancias mientras pasaba su mano por las estanterías. El mayor se hubiese reído de él si no fuese porque su santuario de lectura estaba siendo interrumpido. Ya, suficiente, pensó cuando al otro casi se le cae un libro al suelo. Iba a ayudarle a encontrar lo que buscaba y luego le iba a echar de allí.

No lo hacía porque realmente quisiese ayudar.

Lo hacía porque quería leer tranquilo.

No lo hacía por él, lo hacía por si mismo, ¿entendido?

Pues eso.

- ¡Beilschmidt, esto es una biblioteca! ¿No puedes buscar cosas normalmente y con tranquilidad?- Espetó el inglés, lo suficientemente alto como para asegurarse de que le escuchaba. Muchos no se hubiesen atrevido a dirigirle la palabra a un Ludwig que parecía estar molesto o inquieto, pero Arthur Kirkland no le tenía miedo a nadie, ni a ese tal Iván. Bueno, quizás le tuviese un poco de miedo a Iván, porque un día le había visto jugando con el cadáver de un pájaro. Pero sólo un poco de miedo a él, y a nadie más.

- L-lo siento, Kirkland.- El alemán se disculpó torpemente. No podía creerse que lo estuviese haciendo tan mal. No sólo no encontraba el libro que buscaba, sino que además estaba molestando a otros.

- Jum. No importa mientras entiendas y no lo hagas más.- Arthur se cruzó de brazos, mirando a otro lado. Después miró al más alto con seriedad y se levantó de la silla.- ¿Y bien? ¿Qué es eso que buscas que te hace estar aquí tanto rato?

- Ah... es algo para una entrada que queremos hacer en el periódico del club de periodismo.- Respondió el otro, que sabía que si le pedía ayuda al inglés acabaría antes. No le había dicho nada antes para no molestarle, pero ahora estaba de pie y hablándole, así que ya no importaba tanto.- Es sobre... hadas... pero no encuentro ningún libro al respecto.

- ¿Hadas?- Preguntó Arthur, algo descolocado. Él creía que el periódico del instituto trataba temas de actualidad, no de aquel tipo.- ¿Por qué hadas?

- B-bueno, eso es algo más complicado de explicar.- Ludwig intentó evadir la pregunta, ya que no quería explicar que un "hada" le había hablado y... bueno, todo el problema en el que estaba metido. Por suerte el mayor no insistió.

- No me importa tu vida, no.- Farfulló.- Bueno, he de decirte que en esta biblioteca no hay muchos libros técnicos sobre hadas... a no ser que quieras buscar en la sección infantil, claro, pero ahí sólo hay cuentos.

- No, no, quería algo más que un cuento para infantes.- Suspiró el alemán. Era justo como lo temía, no había algo como lo que estaba buscando... ¿o sí lo había? La expresión del inglés se le hacía un tanto sospechosa... demasiado risueña.

- Claro, claro, entiendo. Ciertamente, no has casi libros así aquí... pero...

- ¿P-pero?- ¡Lo sabía! ¡Había un pero! Arthur sabía algo que él no. ¿Qué sería? ¿Tendría él los datos que buscaba?

- Quizás yo tenga el libro que buscas...- Sonrió él, levantando su libro para que pudiese verlo bien. Ludwig pudo leer el título: "Manual Enciclopédico de las Criaturas Mágicas, volumen V: Hadas".

Un manual enciclopédico... ¿de hadas? ¡Era exactamente lo que necesitaba! Gracias al cielo, al fin encontraba lo que quería... aunque no iba a ser tan fácil, lamentablemente.

- ¡Ese libro puede tener lo que necesito! Préstamelo un rato, Kirkland, por favor.- Ante todo las cosas por favor. Pero no, Arthur no iba a renunciar a sus cosas sin pelear.

- Bueno, la cuestión es que no lo he terminado.- Dijo, con una sonrisa socarrona.- Además, he prometido prestárselo a alguien después y no creo que dejártelo a ti antes sea algo muy educado...

- Sólo será un minuto...

- No sé, no sé... creo que no te lo voy a dejar, ¿sabes? Las promesas son las promesas, Beilschmidt~- Oh, qué bien se lo estaba pasando. ¡Su venganza por molestarle mientras leía era perfecta! Cómo disfrutaba viendo la cara de frustración del alto.

- ¿No puedo convencerte para que me lo dejes aunque sean cinco minutos?- Rogó el otro. Sin embargo, todo lo que obtuvo fue una respuesta negativa.

- No lo creo, no~

- Oh, venga, por favor.- Repitió el alemán.

Pero aún faltaba hasta que el inglés se hartase de molestarle.

Ahora sí, al otro lado de la biblioteca, Feliciano había terminado de leer todos los libros para niños que le habían llamado la atención y ya no tenía nada interesante que hacer. Quizás debería empezar a trabajar... o quizás debería ir a buscar a Ludwig y decirle que no había encontrado nada. Tampoco iba a pasar nada, ya que seguro que el otro había encontrado algo. Ludwig siempre encontraba algo, podías contar con él para cualquier cosa. Era algo admirable.

Estaba pensando en lo genial que era el alemán cuando un aire frío le revolvió el cabello, y no pudo contener un estornudo. Vaya, hacía mucho frío últimamente. Adiós, verano, fue un honor haberte conocido. Hola, otoño, no hagas que llueva demasiado, por favor. Feli se frotó los brazos para darse algo de calor e inmediatamente pensó que quería encontrar a Ludwig. Ahora que estaba más tranquilo y que había pensado, ya no estaba tan depre como antes. Si se mantenía calmado no había forma de que descubriesen su mentira, sólo tenía que mantenerse quieto y sin hacer tonterías, y todo saldría bien. Iba a dejar de una vez el tema del hada y se iba a concentrar en hacerse amigo de Ludwig, y todo saldría bien. Todo saldría bien. Se repetía eso una y otra vez mientras caminaba por los pasillos de la biblioteca, buscando al alemán.

A veces un par de libros con títulos hermosos y tapas bonitas le distraían y le hacían pararse para echarles un vistazo, pero enseguida perdía el interés, ya que la mayoría eran libros técnicos y muy pocos eran literarios. La sección de cuentos ya la había dejado atrás hace rato, de todos modos.

Pero a pesar de todas sus distracciones no tardó mucho en encontrar al alemán. Le escuchó hablando desde lejos, no sabía con quién, pero pronto iba a descubrirlo, ya que cada vez les escuchaba mejor a él y a quienquiera que fuese el otro.

- ¿Cómo te lo tengo que pedir? ¡Sólo serán cinco minutos!- Lud parecía inquieto e impaciente, pero... ¿por qué?

- Ya te he dicho que no. Aunque si quieres puedes hacerme algún recado y luego quizás te lo pueda dejar...- Aquella voz... a Feliciano le sonaba mucho. Demasiado. Y no era una voz que le gustase. Estaba a punto de recordar de quién era, pero el alemán le llamó antes por su nombre.

- ¡Kirkland, si me lo hubieses dejado cuando te lo pedí por primera vez ya habría terminado!

- Mentira, mentira~ este libro es demasiado grande como para que puedas hacer algo así~

Kirkland.

Arthur Kirkland.

¿Por qué estaban juntos? El italo enseguida procedió a esconderse tras una de las estanterías para espiar. El otro día había logrado hablar con él, más o menos, pero eso no significaba que ya no le diese miedo. Esos ojos tan fríos le echaban mucho para atrás... parecía que fuese a golpearte si hacías algo que no le gustase. No, no quería acercarse mucho. Mejor se quedaba viendo cómo marchaba todo.

Aunque... Ludwig estaba ahí. Si estaba Ludwig nada malo podría pasarle, eso seguro. Parecía capaz de defenderle de mil Arthurs. A la vez. Con sus manos desnudas.

Pero por si acaso se iba a quedar mirando desde lejos. Aunque tampoco tan lejos; podía ver la sonrisa socarrona del inglés y a Ludwig con una expresión de frustración total. ¿Por qué? ¿Qué estaban haciendo? Ver a Arthur sonreír así le hacía pensar que estaba haciendo algo muy malo.

Espera, ¿ese libro que estaba sosteniendo el inglés no era...?

- No sé qué quieres que haga, pero, ¿tanto te cuesta dejármelo durante cinco minutos?

- Ya te he dicho que no te va a llevar cinco minutos leerlo. Y prometí dejárselo a alguien más.- El testarudo de Arthur seguía en las suyas, para infortunio del pobre Ludwig.

Ajá, lo que Feliciano pensaba. No tenía tan buena vista como para ver el título del libro, pero sabía que era el... la... la enciclopedia de las hadas. Arthur dijo que se lo iba a dejar en cuanto lo terminase, así que técnicamente lo que estaba pasando era un poquito culpa suya... quizás debería intervenir... oh, pero espera, ¿era eso un pajarito? ¡Sí, era un pajarito! ¡Encima de la mesa! Se habría colado por la ventana, qué lindo~

- ¿Y quién es ese "alguien más"? ¿Seguro que no me estás intentando engañar?- Ludwig ya empezaba a mostrarse algo escéptico ante el constante rechazo del inglés. No era que no le creyese, pero no solía verle con gente a su alrededor, así que...

- Eso no es de tu incumbencia, Beilschmidt. Pero no te estoy mintiendo, no sacaría nada con mentirte.- Farfulló el otro, algo molesto. Estaba empezando a creerse sus excusas, pero... acababa de darse cuenta de que estaba consiguiendo justo lo contrario a lo que pretendía desde el primer momento que entró en esa biblioteca. Leer. Tanto molestar al alto le estaba quitando preciosos segundos de lectura. Mejor dejaba ya aquello y le daba lo que quería.- Pero en fin, si tanto lo quieres...

- Bueno, si no me lo vas a dar me voy, perdiendo el tiempo no gano nada.- Justo en ese momento el alemán se dio la vuelta para irse. Arthur le siguió rápidamente para agarrarle, porque no le gustaba que le dejasen con la palabra en la boca y porque, maldita sea, ¿ahora que había decidido a dejárselo se iba? ¡De eso nada!

- ¡Espera! ¡Acabo de decir que te lo dejo, ¿no?!- Casi gritó el inglés, agarrándole de la camisa para que se detuviese. Se quedaron justo enfrente de la estantería en la que estaba oculto Feliciano, quien se quedó mirando la escena con interés.

Lo que no sabía era que el estar tan cerca iba a ser malo, realmente malo para él.

- ... ¿En serio?- Ludwig ya no sabía qué creer. Llevaba tanto rato rogándole que temía que aquello fuese otra tomadura de pelo.

- Que sí, pesado. A ver, ¿qué es lo que quieres ve...?- El mayor se quedó mirando un punto detrás del alemán, con confusión. Le estaba pareciendo ver algo extraño.

- ... ¿Qué pasa?

- ...

- ¿Kirkland?- Volvió a preguntar el más alto. Se giró para mirar, pero no vio más que unas estanterías normales y corrientes. Feliciano tampoco sabía qué estaba mirando, él estaba bien escondidito... o eso creía. La cruda realidad es que su querido ricito sobresalía por el borde de la estantería. Y Arthur, que era muy observador, lo había visto, pero no tenía ni la más menor idea de qué era. Estaba mirando más atentamente para intentar adivinarlo, pero ni por esas. Aunque claro, ¿quién iba a imaginarse que era un rizo? Él no, por lo menos.

- ¿... Qué es eso?- Preguntó el inglés, señalando el "objeto no identificado". Ludwig se giró, pero como no sabía dónde estaba señalando no pudo fijarse todo lo que debería; no lo vio.

- ¿El qué?- Al escucharle, Arthur soltó un gruñido frustrado. Decidió atajar el problema de una forma eficaz y sencilla.

- ¡Esto, mira!- Entonces, para horror de Feliciano, estiró la mano para intentar agarrar su rizo. ¡No su rizo! ¡No iba a dejar que tirase de su adorable ricito! Dio un chillido por inercia y se apartó rápidamente.

Los dos rubios se quedaron mirando la estantería con enorme confusión. ¿Un grito? Un grito bastante femenino, además. ¿Había alguien detrás de la estantería?

No, espera... esa voz... esa voz tan aguda y extraña... a Ludwig le sonaba de algo.

...

¡Claro!

- ¡¿Tú otra vez?!- Gritó el alemán, que no había reconocido la voz como la de Feliciano, sino como la del Hada de los Tomates. Efectos colaterales de chillar como una niña, al parecer.

Feliciano al escuchar lo que había dicho se puso totalmente pálido. ¿Otra vez? ¿Había puesto otra vez su "voz de hada"? ¡No, no, no, eso sí que no! ¡¿Y ahora qué?! ¡Sólo tenía que dar un par de pasos para saber que era él, no había dónde esconderse! Retrocedió un par de pasos lentamente, buscando desesperadamente una vía de escape.

Por suerte para él, Arthur le consiguió algo de tiempo.

- Espera, ¿conoces a... quienquiera que sea ese tipo?- Preguntó, haciendo que Ludwig desviase la mirada un momento. Momento que Feliciano aprovechó para huir como prostituta ilegal, por supuesto.

- ¡Ah! ¡Se escapa!- Por supuesto, en un lugar tan silencioso los pasos se escuchaban perfectamente. El alemán empezó a correr también, con la esperanza de atrapar a quienquiera que fuese el culpable.- ¡Luego te lo explico, pero ayúdame a atraparle!

- ¿Qué? Pero...

- ¡Sólo hazlo!- Ordenó Ludwig con voz potente. Tan potente que el pájaro que había en la mesa se asustó y salió volando. Arthur también se quedó algo cohibido ante el autoritario tono del germano, así que decidió obedecerle y empezar a correr también.

En aquel momento había varias ventajas para Feliciano, en realidad: Ahora que había tres personas corriendo, el sonido de sus pasos se ahogaba un poco con el ruido de los otros dos; en aquel sitio había algo de eco, así que no podían saber exactamente dónde estaba yendo, podía intentar alejarse un poco y esconderse, ellos seguramente seguirían corriendo. Sólo le faltaba dar un rodeo para poder esconderse tras una estantería con seguridad, y seguramente también podía hacer eso, ya que corría más que el inglés y el alemán juntos cuando estaba asustado.

Lo malo era que como diese un paso en falso o tropezase estaba muerto. En sentido figurado, claro.

Podía escuchar a Ludwig exigiendo que se detuviese, pero él no le hacía caso y se metía entre las estanterías en un intento de que le perdiesen de vista. De todos modos, ellos también eran rápidos, y como decidiesen separarse para buscarle estaría todo perdido. Tenía que pensar rápido. Cogió el primer libro grande que encontró y lo tiró hacia atrás, para luego seguir corriendo. Escuchó a alguien tropezar y a otro detenerse. Decidió esconderse entonces detrás de un estante lleno de libros del Renacimiento. No se escuchaba nada aparte de los quejidos de alguien que parecía Arthur. Y Feliciano se sintió mejor, al menos no había tropezado Ludwig.

- Maldita sea, ¿dónde está?- La voz de Ludwig sonaba enojada.- ¿Nos ha despistado?

- ¿Pero quién es? ¡Casi me rompo la nariz, exijo saber quién es!- Exigió Arthur, frotándose la cara con gesto dolorido.

- Es... supuestamente, es... un hada.- Dijo el alemán, haciéndole un gesto silencioso para que le siguiese. Iban a buscar en silencio, mientras no escuchase más pasos quería decir que no había seguido corriendo, tenía que estar cerca.

- ¿Un hada?- La expresión del inglés cambió de inmediato por otra más interesada.- Pero... ¿estás seguro? ¿La has visto?

- No la he visto, pero dice que es un hada... pero no me creo una palabra. Las hadas no existen.- Susurró Ludwig, quien estaba intentando convencerse a sí mismo más que contestarle a Arthur.

- ¡Claro que existen!- Gruñó el inglés.- Yo he visto varias, ¿sabes? Aunque claro, no espero que me creas...

- ... ¿Has visto hadas?- Vale, hace tiempo le habría tomado por un loco cualquiera, pero ahora que estaba pasando por una situación como aquella de primera mano...

- Claro que sí.

- ¿No desaparecen para siempre si las ves?

- ... Oh, ¿eso te ha dicho?- Arthur intentaba hacer memoria sobre todas las hadas que conocía, que no eran pocas.- Es cierto que hay algunas que son así, pero nunca me he encontrado con una personalmente.

Mientras hablaban, poco a poco se acercaban al escondite de Feliciano. El pobre italiano empezaba a ponerse nervioso; podía intentar andar de puntillas hasta salir de allí, pero estaban demasiado cerca... necesitaba sólo un milagro, uno pequeñito, y podría volver al lugar donde estaba al entrar allí con Ludwig y hacer como que no había pasado nada. Aguantó la respiración, cruzó los dedos y empezó a rezar mentalmente.

- Oh, ¿es así?- Ludwig mientras tanto continuaba su conversación.- Igual no creo que sea un hada... n-no puede ser, tiene que ser alguien gastándome una broma.

- ¿Pero qué ha pasado exactamente? Pareces tenerle algo de rencor...

- Bueno, me la he encontrado muchas veces, y... bueno, te lo contaré luego, ahora hay que intentar... ver dónde está...- Mientras hablaba, el alemán iba mirando en los huecos de las estanterías, por si podía ver a alguien al otro lado. Estaba atento al menor sonido o movimiento, como un cazador persiguiendo a la presa.

Y entonces, escuchó algo. Un ruido que sonaba desde el otro lado de la biblioteca. Como algo cayendo al suelo, y un aleteo.

- ¡Ah, algo se escucha por allá!- Arthur señaló en aquella dirección y miró al más alto, esperando que le dijese si ir hacia allá o quedarse en la zona.

- ¡Vamos! ¡No sé cómo nos ha burlado pero no se saldrá con la suya!

Y se fueron, así sin más.

Feliciano no tenía ni idea de qué estaba pasando ni de por qué se estaban marchando. No iba a quejarse, por supuesto, pero no comprendía nada. Es decir, sí que había oído el ruido, pero él no había tenido nada que ver. Entonces... ¿por qué? ¿alguien le había salvado? ¿quién? ¿qué?

Atónito, se asomó un poco y alcanzó a ver cómo sus perseguidores corrían hacia el otro lado de la biblioteca sin mirar atrás. Sintió como si sus piernas estuviesen hechas de gelatina y casi se deja caer al suelo... pero aún no. Iba a volver a su sitio y se iba a sentar allí hasta que Ludwig volviese, así podría hacer como que no había pasado nada. Ojalá se lo creyesen y no sospechasen de él...

Y a eso procedió. Aún medio temblando por el miedo y apoyándose en la pared, fue lentamente hacia la sección de cuentos infantiles. Una vez allí, miró a su alrededor y vio que no había nadie; eso le relajó bastante, y empezó a darse ánimos a si mismo para calmarse. Lo había hecho, lo había conseguido, todo estaba bien... ahora sólo faltaba tranquilizarse, esperar a que Ludwig volviese y fingir que había estado ahí todo el rato. Era un buen actor, podía hacerlo. Claro que podía hacerlo.

De hecho, lo hizo.

Un rato después, un alemán bastante irritado y un inglés curioso llegaron al lugar. Feliciano ya estaba tranquilo y feliz después de haber leído más cuentos con moralejas positivas, así que pudo fingir una gran sonrisa al verles. Aunque tampoco fingía tanto, estaba feliz de ver a Ludwig de nuevo.

- Luud~ wiig~ ciao~ ¿Encontraste algo interesante?- Canturreó, contento. El menor devolvió el saludo con un gesto seco.

- No. Ha... ha pasado algo.- La alegre interpretación del italiano le convenció; según lo veía él, el castaño parecía estar enfrascado en libros de cuentos desde hace un buen rato, como si estuviese en su propio mundo. Jamás se le pasó por la cabeza que podría haberse levantado y haber armado la que armó.

- ¿Ve? ¿Qué ha pasado? Ciao, Arthur~- Feliciano aprovechó también para saludar al inglés después de fingir un poco más de inocencia.

- Hi... ¿cuánto rato llevas aquí?- El aludido, que tonto no era, empezó a pensar que quizás había sido él el que había provocado todo... pero después de ver todo ese desastre y tantos cuentos abiertos cambió de opinión.

- Pues desde que llegamos he estado por esta zona...- El italo decidió cambiar rápido de tema antes de verse sospechoso.- V-ve, Ludwig, no he encontrado nada sobre hadas, lo siento... sólo libros de cuentos.

- Ya lo veo, ya.- El alemán alzó una ceja mientras pensaba que seguramente habría estado leyendo historias para niños todo el tiempo. Pero aquello no era lo importante, no en aquel instante.- Feliciano, creo que el hada está en esta biblioteca.

- ¿Cómo? ¿La has visto? ¡Vee! ¿Por qué no me avisaste cuando la viste? ¡Yo también quería verla! - Y con esa actuación Feliciano Vargas se ganó el Oscar, gracias a todos los que le apoyaron y creyeron en él desde el principio, gracias a su hermano Lovino, a Antonio, a Elizabeta y a Mei por estar al pie del cañón, les agradecería toda la vida.

- ... No pensé en avisarte, discúlpame.- Ludwig había caído totalmente con aquella interpretación, creyó que había estado ahí todo el tiempo y que de verdad estaba triste porque no le había avisado. Feliciano rió para sus adentros al ver que su plan surtía efecto, no solía pasarle a menudo. El alemán continuó hablando tras acercarse un poco más a donde estaba sentado.- Escuché su voz, y creo que estuvimos persiguiéndole un rato, pero... otro ruido nos distrajo.

- ¿No era el hada?- Preguntó, genuinamente curioso. Una parte de él quería saber qué le había salvado el pescuezo.

- No, era un pájaro.- Gruñó Arthur, visiblemente frustrado.- No puedo creer que nos dejásemos engañar de esa forma...

¡El pájaro! ¡El pájaro le había encubierto! Desde aquel día iba a darle alpiste a cada pájaro que viese, lo juraba por su vida.

- Oh, qué mal... pero seguro que en otra ocasión...- Feliciano iba a decir que "seguro que en otra ocasión la atrapaban", pero enseguida pensó que decir aquello era como darse mala suerte a si mismo, por lo que inmediatamente cambió sus palabras.- Ah... v-ve... bueno, en realidad no, porque es un hada y las hadas son muy bonitas y... y también espero que no desaparezca porque no lo merece, y...

- Alto, alto, alto.- El inglés interrumpió el discurso improvisado del italiano porque estaba harto. Él sólo quería leer, pero había acabado siendo molestado por el alemán, había perseguido a un hada, se había caído y casi había sangrado por la nariz, un pájaro le había tomado el pelo y bueno, lo peor de todo es que ni siquiera sabía por qué estaba pasando todo aquello. ¡Nadie le había explicado nada!- Antes de que empecéis a decir más tonterías quiero que me expliquéis de qué va esto. Beilschmidt, te dejaré mi libro, pero quiero que me cuentes las cosas desde el principio.

- Entendido.- Cedió Ludwig, a sabiendas de que Arthur merecía una explicación por todo lo que le había obligado a hacer.

- Y tú.- Continuó, señalando a Feliciano, quien dio un respingo de miedo por lo serio e intimidante que le parecía ahora el británico.- Tú también sabes algo, también me lo vas a contar, ¿entendido?

- ¡S-señor, sí señor!- Exclamó el italiano, poniéndose algo más nervioso de lo que debería al sentir que iba a ser interrogado.

Pero no podía ser tan malo, ¿no?

Intentaría aguantar la mascarada un poco más, por su propio bien.


Siguiente episodio subido! De momento cumplo mi promesa de publicar uno semanal, guarden los tomates podridos porque no me los pueden lanzar hoy! muajaja eue

Siempre pensé que Feli era un gran actor y que tras esa sonrisa de niño bueno oculta muuucho más de lo que creemos! No sé si todos pensarán como yo, pero es lo que yo creo, el fic es mío y así se queda, jum(?)

En otras noticias, tengo más fics que terminar aparte de este, (véase: Cafetería España, Cuando los Ángeles Mueren, y Sueños), así que no prometo que vaya a subir un capítulo del Hada de los Tomates cada semana, porque son muchos fics a la vez xD pero una actualización de cualquiera de esos fics cada semana sí puedo prometer :3 Y si puedo, trataré de subir uno de cada, pero no me pidan imposibles, por favor, tengo que asistir a las clases de la Universidad, no soy una maquinita de escribir yaoi, (aunque intento serlo(?)). Compréndanme QuQ

Y con eso creo que lo he dicho todo~ muchas gracias por leer, recordad que una review dando vuestra opinión no cuesta nada y ayuda mucho a la autora, o sea, a mí! :D

Os quiero a todos, hasta el próximo capítulo! ^^

PD: Que alguien le de un premio a ese pájaro! D: