Ya era lunes por la mañana.
Feliciano estaba nervioso, muy nervioso. Nervioso por varias cosas... primero, el examen de matemáticas. ¡Daban las notas ese día! No estaba seguro de qué nota sacaría... pero como suspendiese le tocaría ir a recuperación y pasarse la última semana de clase estudiando, cosa que NO quería hacer.
Eso también... era la última semana de clase. La última. Ese día tendrían el examen de la clase de Artes Plásticas, y el jueves tendrían las pruebas de Gimnasia. El viernes sería el último día, y... ¡y ya está! La evaluación fuera, adiós, finito, caput. Luego las vacaciones y podrían ser todos libres. Cosa que le llevaba a su siguiente tema de ansiedad...
¿Cómo y con quién pasaría las vacaciones?
Lovino ya le había dicho el fin de semana algo como: "No pienso pasar las malditas navidades contigo y con el abuelo, eso que te quede claro. El año pasado fue un coñazo y no me pienso quedar sentado a esperar que este año sea mejor."
Luego Feliciano le preguntó si se iba a ir con Antonio, pero sólo se ganó una colleja y un insulto. Y una cara roja, pero se supone que Lovino no sabía que le había visto sonrojarse. Eso era un sí. Lo más probable sería que le tocaría quedarse en casa con su abuelo, lo cual no era malo... pero quizás sí algo aburrido.
Pero todo aquello era simplemente una distracción comparado con sus verdaderos problemas. Todo se había empezado a torcer la semana anterior, cuando tuvo la mala suerte de que Arthur Kirkland escuchase acerca del Hada de los Tomates. Después de casi romperse la nariz en una persecución que apenas comprendía, se le tuvo que dar una explicación, como era lógico. Y ahí las cosas se habían puesto un poquito... complicadas.
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Flashback:
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"- Y entonces... ¿te dijo que era un hada, no?- Preguntó el inglés, frunciendo el ceño. Parecía estar pensando profundamente en algo, cosa que al pobre Feli no le gustaba nada. ¿No era él el que llevaba siempre un libro de cuentos de hadas bajo el brazo? Podría llegar a darle complicaciones...
- Sí, en efecto.- Asintió Ludwig, juntando y alineando una pila de papeles que estaban esparcidos por la mesa. Tras el incidente de la biblioteca habían ido todos de nuevo al aula donde se reunía el club de periodismo y le habían explicado todo, absolutamente todo, a Arthur. Aquello no tenía buena pinta...
- Bueno, lo raro es que un hada de ese tipo... quiero decir, una de las que desaparecen si las ves, te haga saber de su presencia.- Empezó a decir él, bastante serio.- Es por eso que nunca me he encontrado con ninguna... pero dijo que quería que fueseis amigos...
- Ja, eso dijo.- El alemán asintió de nuevo.
- Un segundo, Arthur-san.- Interrumpió Kiku, que había escuchado atentamente toda la conversación desde que habían puesto un pie en la sala.- ¿Es cierto que algo puede desaparecer si lo miras?
- B-bueno... sí, creo que es posible. Digo creo porque, como ya he dicho, nunca me he encontrado en una situación de ese tipo, pero... ¿has leído el cuento original de la sirenita?
- ¡Yo sí!- Exclamó Feliciano, quien por una vez podía contestar sin verse comprometido de algún modo.- La sirenita acabó convertida en espuma... ve... fue bastante triste...
- Algo así... ¿entiendes por dónde voy? No creo que sea imposible. Aunque bien podría ser una treta para simplemente no mostrar sus caras y ya... pero no soy quién para cuestionar lo que hagan esas criaturas.
Elizabeta no había dicho nada en todo el rato. Ella en realidad no creía en las hadas, sólo seguía el juego a Feliciano porque era su amigo y quería ayudarle, pero... bueno, la opinión que tenía de Arthur había bajado bastante. Quién iba a decir que aquel solitario gruñón se pasaba el día en las nubes leyendo literatura infantil... es decir... no le pegaba mucho. Quizás le faltaba algún tornillo...
- Ludwig.- Arthur llamó la atención del más alto.- Creo que he llegado a una conclusión. Tampoco ha sido tan complicado, pero bueno, quizás... quizás me equivoque, claro, nunca se sabe...
- Sólo di lo que crees, por favor.- Respondió éste, rogando por una respuesta lo más pronta posible. Feliciano cruzó los dedos.
- Ya... pues verás, todo lo que has dicho entraría perfectamente en la categoría de "hada"...
- Ve~- El italiano se permitió un suspiro de alivio, pero tampoco le duró mucho... en realidad no le duró nada.
- Pero ayer escuché pisadas.- Prosiguió el inglés, cruzándose de brazos.
- ¿Qué quieres decir con eso?- Preguntó Ludwig, que no acababa de comprender el significado de todo aquello. Arthur se aclaró la garganta y continuó.
- Las hadas vuelan, no caminan. Así que... lamento decir que no es un hada. Al menos no lo que escuchamos ayer. Lo que escuchamos ayer... fue a un humano.
Y ahí fue cuando a Feliciano se le fueron las esperanzas al suelo."
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Fin del Flashback
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Y así llegamos al día actual. El resto de la semana había pasado sin problemas adicionales, quitando que ahora Ludwig miraba con sospecha a cualquiera que pasase cerca suyo. Bueno, a casi todos. Había algunos de los que no sospechaba, por pura eliminación y circunstancias. Es decir, no sospechaba de Kiku, porque le había encontrado justo mientras hablaba con el "hada". Lo mismo para Elizabeta, Mei y... el propio Feliciano.
Sí, mirándolo de ese modo, el italiano tenía suerte de que Ludwig creyese en la palabra de Elizabeta. "Feli también estaba con nosotras y habló con el hada". Aunque no lo había visto personalmente, había decidido confiar y creer en lo que la húngara le dijo. Eso le daba algo de espacio a Feliciano para no ponerse histérico cada vez que alguien le lanzase una mirada sospechosa, pero... aún así estaba tenso. Tenía que andarse con mucho ojo si no quería que le descubriesen. Visto así, era aún mejor que las vacaciones se acercasen. Quería, pero a la vez no quería que terminase el curso. Era un sentimiento contradictorio que no le dejaba comer tranquilo. La pasta no se puede disfrutar si estás ocupado pensando, jo.
- Eh, Feliciano.- Su hermano Lovino le sacó de sus depresivos pensamientos golpeando su propio pupitre con un periódico.- Despierta de una vez, joder.
- ¿Ve? Scusa, fratello. Pensaba en otras cosas...- Respondió éste, sacudiendo la cabeza. Enseguida reparó en lo que el otro llevaba en la mano, y no pudo evitar preguntar.- ... ¿qué es eso?
- ¿Esto? Si estarás empanado, idiota...- Gruñó el mayor, sentándose en su silla y dejando su mochila tirada en el suelo sin reparo alguno.- ¿No eras parte del club de periodismo? ¿Cuándo crees que se reparten estas cosas?
- ... ¡Ah! ¡Los lunes!- Ahora caía. Claro, si había un periódico que repartir, se repartiría el lunes. Qué tonto estaba por las mañanas...
- Ding ding. Premio para el idiota.- Lovino hizo un gesto extraño con la mano y examinó el montón de papeles, escéptico- Y... ¿qué hay aquí de interesante? ¿Merece la pena leerlo?
- Pues... quizás sí...- Feliciano no las tenía todas consigo con que su hermano leyese el periódico, porque... digamos que no le hacía mucha ilusión su aparición estelar en uno de los artículos.
- No me jodas. ¿Y se supone que tú eres alguien emocionado con su club? Si tan poco interés tienes lo dejas y ya.
- ¡Vee! ¡No, no! ¡Es interesante! ¡Léelo!
- No, prefiero que dejes ese estúpido club de una vez y ya.
- ¡Pero no quierooo!
Los dos italianos ya habían comenzado a discutir cuando Antonio entró por la puerta. Había ido con ellos al instituto, pero les había dejado un segundo para ir al baño. Lovino se había molestado con él por eso porque, según él, podría haber ido en su casa, pero sólo le contestaron con una risa y un "no tardaré". Así que se calló y esperó. Fue entonces cuando vio el periódico y quiso molestar a Feliciano con él, mas con la discusión y con todo no le había dado tiempo a empezar a leerlo.
- Volví, Lovi~- Canturreó el español, feliz como siempre.
- Felicidades, ¿quieres una medalla?- Gruñó él, de mal humor.
- No digas eso~- Rió el otro.
- Vee~ ciao, Toni~- Saludó Feliciano, quien sí, le había visto hace nada, pero que igual se alegraba de verle. El español, igualmente feliz, corrió a abrazarle lo antes posible. Aquello nunca le había gustado a Lovino, pero ya se había acostumbrado... más o menos. Eso no evitaba que se quejase cuando tenía oportunidad.
- No os pongáis tan simpáticos un lunes por la mañana.- Gruñó el mayor de los italianos, algo celoso. Antonio rió y arrastró un poco al pequeño Feli para acercase más a su adorado tomatito y poder darle un abrazo grupal.
- ¡Pues abrazo en grupo~!- Anunció, para el horror del otro.
- Vee~ sí~ ¡Abrazo en grupo!- A Feliciano le complacía la idea, así que abrazó con fuerza a su hermano, quien se revolvió como un gusanito.
- ¡Soltadme, joder! ¡Si me espachurráis no voy a ser capaz de leer el maldito periódico!- Gritó éste. En realidad no quería leerlo, pero por poner malas excusas que no quede, ¿no?
- Oh, es verdad~ yo también quiero leer, Lovi.- Dijo Antonio, soltándole un poco para darle un mínimo de espacio. Se extrañó un poco de que Feliciano se alejase, aún así.- ¿Feli? ¿No quieres leerlo con nosotros?
- N-no, yo... ya lo he leído.- Aquello no era mentira, ya había leído gran parte de lo que había ahí escrito, y... no le gustaba mucho. Prefería no leerlo de nuevo, así que fue a su mesa para dejar sus cosas.
El hispano se encogió de hombros, en un silencioso gesto de acuerdo, y empezó a curiosear las noticias de la primera plana junto con Lovino.
Pero Feliciano estaba cansado. Era demasiado temprano... se dejó caer en su silla y tiró su bolsa al suelo, igual que había hecho antes su hermano. Apoyó la cabeza en la mesa y suspiró. Cerró los ojos y trató de recordar el sueño que había tenido la noche anterior... tenía que ver con un prado muy grande, y... y había un árbol, y también había un Ludwig muy amable que le llamaba y le preguntaba si quería ir a nadar con él. No se acordaba de mucho más, pero le gustaría volver a soñar con lo mismo, a ver si así se le pasaba un poco la preocupación.
Se supone que la clase debería haber empezado ya, pero el profesor no estaba. ¿Estaría enfermo? Por mucho que le atrajese la idea de no tener clase de matemáticas él quería saber el resultado de su examen, así que rezó porque llegase pronto. También le interesaba saber la nota de su fratello...
Fratello que, por cierto, había empezado a reírse.
...
Lovino tenía una risa bastante bonita, debería reírse más a menudo.
...
Espera...
¿Se estaba riendo?
Feliciano se incorporó, confuso, y miró hacia la mesa de su hermanito, sin tener la menor idea de por qué se estaba riendo. Antonio parecía también algo desorientado, pero no tardó mucho en reírse con él. Algunos compañeros también se habían girado, queriendo saber por qué Lovino Vargas se estaba riendo. Debía ser algo buenísimo si alguien que siempre parecía estar de mal humor se estaba riendo.
- F... Fratello?- Aún confundido, se levantó para acercarse. El mayor estaba sujetando el periódico por una página en concreto... ay, no.
"¡El misterio del hada escondida en el instituto! ¿Varios estudiantes son testigos de su presencia?"
- F-Feliciano... ¿pero esto qué cojones es?- Aún riendo, Lovino intentaba respirar y relajarse un poco para poder hablar normalmente.
- No recuerdo que nadie nos entrevistase para esto.- Dijo Antonio, también riendo. No le molestaba que se hubiesen olvidado de ellos, pero la noticia le había cogido un poco por sorpresa.
- V-ve... pues...- Ahora sí quería morirse de la vergüenza. No podía decirle a nadie por qué quería ocultar la cabeza en un cráter, claro, pero su hermano se estaba burlando abiertamente de él. Ya era suficiente con salir ahí como una supuesta "hada" que se divierte hablando con los estudiantes, sólo le faltaban las risas.
- ¡El maldito macho patatas también sale! Ay, mi estómago...
- Espera, Lovi, Lovi, aquí... ¿esto no es cuando llenaste la taquilla de Ludwig con tomates? ¡Qué bueno, creen que...!- Y así Antonio volvió a estallar en carcajadas sonoras.
No obstante, la mención de su nombre más las risas habían llamado la atención del alemán, que se acercó con expresión seria. Nadie solía burlarse de él, pero no le hacía mucha gracia que se diga.
- ¿Qué sucede?- Preguntó.
- Oh, hola, Ludwig~- Dijo Antonio, sonriendo de oreja a oreja.- ¿Has visto algún hada últimamente?
- N... no, no he visto ninguna.- Titubeó el más alto, algo incómodo. Era consciente de que la noticia podía resultar algo poco creíble, pero tampoco hacía falta que se lo tomasen así... ¿o no? Después de todo ellos dos eran los que le habían afirmado que las hadas existían, en primer lugar.
- ¿Y qué hiciste con todos esos tomates?- Preguntó el ibérico, tratando de aguantar la risa un poco más.
- Pues... eran un regalo, así que los hice para la cena.
- Oh, claro, un regalo del hada de los tomates... tiene sentido, sí...
Lovino no pudo aguantar más después de eso. Empezó a reírse con más fuerza aún, tratando de imaginar la cara de desconcierto del rubio al abrir su taquilla. Su plan malvado no había resultado como debería, pero al menos había servido para jugar con la mente del macho patatas, con eso se daba con un canto en los dientes. Ludwig empezaba a sentirse más que incómodo ante tanta risa, desvió la mirada.
- ¿Qué es lo que hace tanta gracia?- Preguntó, algo secamente.
- ¡Nada, nada en especial!- Feliciano intervino, algo asustado. Lo último que quería era que a su hermano se le escapase información innecesaria.
- Eso, nada en especial...- Repitió Lovino, que con la risa no resultaba nada creíble. No pensaba decirle nada al macho, por supuesto, pero eso no le iba a quitar sus momentos de risa. Le empezaba a doler el estómago, de todos modos, así que mejor parar de una vez.
- Lovi, Lovi, el profesor ha entrado~- Antonio, que seguía atontado por ver a su querido italiano riendo, le dio un toquecito en el hombro e hizo un gesto con la cabeza para que mirase hacia allá. Eso al menos le quitó un poco más la risa, ver al profesor de matemáticas siempre te quita un poco de la alegría que llevas encima por las mañanas.
- Todos a vuestros sitios, ya.- Ordenó éste, de un aparente mal humor.- Ya me han molestado demasiado esta mañana como para que ahora esté de buenas, así que todos sentados, empezaré a repartir los exámenes ahora.
El silencio reinó entonces en la clase, y el aire se llenó de tensión en apenas unos escasos segundos. El examen. Algunos, como Heracles, habían olvidado el tema, otros llevaban esperándolo mucho tiempo ya, y con mucho nerviosismo... éste era el caso de Feliciano. Luego estaban esos alumnos que no tenían ninguna duda de que habían aprobado. Arthur parecía la mar de tranquilo al fondo de la clase, y Ludwig simplemente asintió para si mismo, le dedicó un gesto de despedida a Feliciano, (gesto que no fue bien recibido por su hermano, que le envió a la mierda con la mirada), y regresó a su asiento.
Antonio entonces le guiñó un ojo a Lovino, y acto seguido corrió fuera de la clase; no quería que le dijesen nada por estar en una clase que no era la suya, y menos quería que se lo dijese ese hombre, que tenía muy mala leche cuando estaba de mal humor. Para su mala suerte, fuera del aula se encontró con una persona que quizás no era de las que más quería ver aquella mañana.
- Bueno, bueno, si es el gran Antonio Fernández Carriedo... ¿cómo es que hoy también honras al instituto con tu presencia?- El español se congeló en el sitio al notar la fría mirada de la persona que estaba frente a él. Apretó un poco los puños y luego se pasó los dedos por el cabello, en un gesto nervioso.
- S-señor Vargas, buenos días... hace mucho que empecé a venir regularmente, no sé qué le parece tan raro...- Rió. Había algo en la mirada de ese hombre que no le gustaba nada aquella mañana.
- Sí, eso es cierto... parece que vienes casi regularmente desde hace unos meses, ¿no es así?- El tono de la voz de Romulus se endureció considerablemente con la siguiente frase.- Lo que me escama es que... siempre te veo aquí. En esta clase. Que ni siquiera es tu clase.
- Ah... eh... ¿casualidad?- No, Antonio, eso no se lo creía nadie. Al parecer el más mayor tampoco.
- No me tomes por imbécil, Carriedo.- Dijo secamente.- Hace un tiempo que empecé a sospechar algo, pero creí que tendrías algo de integridad y que no serías tan obvio...
- ...- Vale, le habían pillado. Antonio suspiró, derrotado. Era cierto que lo suyo con Lovi era algo obvio, porque casi todos los de la clase de su tomatito parecían haberse dado cuenta, si no todos una gran mayoría. No era el fin del mundo para él, bueno, claro, lo que él quería en realidad era decirle a todo el mundo y enseñar su amor a casa persona que pasase... lo malo es que Lovi era muy tímido en ese aspecto, y aunque adoraba ver cómo se sonrojaba prefería que no se sintiese incómodo todo el tiempo que pasase con él en el instituto. En parte lo comprendía, así que estaba bien con ocultarlo. Pero parecía que no podía ser para siempre, y menos aún de alguien que conocía tan bien al italiano. Era obvio que su abuelo se daría cuenta tarde o temprano, ¿no? Sólo quedaba admitirlo como el hombre que era.- Sí, está bien... me ha pillado.
- ¡Lo sabía!- El viejo siseó entre dientes, más que molesto.- Sabía que tus intenciones con mi nieto no eran buenas desde que os vi caminar juntos por primera vez en el patio del recreo... ¿desde hace cuánto?
- Bueno, en efecto, unos meses... quizás todo empezó un poco antes, pero creo que oficialmente hace unos meses.- Admitió el más joven. Por puro reflejo se había alejado un poco de su seguramente futuro suegro, que no sería la primera vez que se llevaba una colleja si no iba con cuidado.
- Meses... qué ciego he estado.- Se lamentó Romulus.- Yo antes podía ver estas cosas con sólo un vistazo... ¿en qué me he convertido?
- T-tampoco es para tanto, hombre. Es cierto que Lovino quería mantenerlo en secreto, así que no se preocupe si no lo vio a la primera.- Dijo Antonio, queriendo animarle un poco.
- ¿Eh? ¿Qué quieres decir con que Lovino quería mantenerlo en secreto?- Preguntó el italiano, frunciendo el ceño con confusión. Antonio entonces sintió que algo no estaba bien con aquella conversación...
- Pues... eh... lo de que estamos saliendo, ¿no? ¿No era eso lo que me estaba preguntando todo este tiempo?- Titubeó entonces el hispano. Al ver la cara de shock del mayor sintió que había metido la pata. Hasta el más oscuro fondo donde podría haberla metido.
- S-saliendo... ¿mi Lovino y tú?- Romulus sintió un tic nervioso en sus manos, que convulsionaban ligeramente ante lo inesperado del asunto.
- Q... ¿qué era lo que me estaba preguntando todo este tiempo, Señor Vargas?- Sí, Antonio podía sentir el sudor frío que se siente cuando sabes que la has cagado bien. Oh, esto no le iba a gustar a Lovino...
- Te estaba preguntando desde hace cuándo que te gusta mi nieto...- La voz de Romulus empezó a adquirir un peligroso tono de enfado con ansias homicidas ocultas... o quizás no tan ocultas.- Pero no sólo es eso, sino que... ¿estáis saliendo? ¡¿Desde hace meses?!
- Y... yo... eh... creo que debería ir a clase...- Retírate lentamente, Antonio, retírate lentamente y sin mirar al mayor a los ojos. Eso es... mira al suelo, retrocede poco a poco... ya estás bastante lejos, un par de metros... ahora. ¡Ahora! ¡A correr!- ¡Nos vemos luego!
- ¡CARRIEDOOOOOOO! ¡TRAE TU TRASERO DE VUELTA AQUÍ EN ESTE MISMO INSTANTE!
Y así, empezó una corta persecución por los pasillos del instituto. Digo corta porque Antonio aprovechó la mínima oportunidad para saltar por la ventana más cercana que encontró. No le pasó nada, porque estaban en el primer piso, pero Romulus no pudo seguirle. No tenía la confianza para saltar por una ventana a su edad, además aquello no se vería demasiado decoroso para el profesor que era. Gritó varios improperios contra el joven ibérico, gritó tanto que parece que le escuchó medio instituto. Ya le atraparía algún día... y no sería bonito para él, ya vería.
Romulus pensó en ir a preguntarle directamente a Lovino, pero éste tenía Matemáticas con ese hombre con tan mal genio, así que decidió dejarlo. Entonces se dirigió hacia el aula donde debía dar la siguiente clase; ya hablaría con él más tarde.
En lo que se refiere a Antonio... no volvió en todo el día al instituto.
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- ... ¿Eso no ha sido...?- Feliciano había creído escuchar un grito mientras esperaba que le entregasen su examen. Se giró para ver a su hermano, que se había puesto algo pálido.
- ... Nonno?- Sí, todo el instituto había escuchado al señor Vargas llamar a gritos a Antonio Fernández Carriedo. Pocos sabían por qué requería de su presencia con tanta prontez, ni por qué parecía tan enfadado... pero algunos sí sabían. Uno de los que lo sabían era Lovino, que se esperó lo peor. ¿Pero qué había hecho ahora el bastardo de su novio?
Por su parte, el profesor de matemáticas no parecía muy feliz con aquellos gritos.
- Diablos... ¿es que no puede estar callado y tranquilo aunque sea durante sólo cinco minutos?- Suspiró mientras sacaba una enorme pila de papeles de su archivador. No pensaba perder más tiempo, iba a entregar el examen ya.- ¡Eh, un poco de silencio! ¡Os voy a llamar por orden de lista, así que cerrad la boca!
- Ve...- Ahora Feli estaba preocupado por dos cosas, por los exámenes y por Antonio. ¿Estaría bien? Bueno, no tardó mucho en saberlo.
- ¡Eh, Carriedo está escapando!- Arthur Kirkland, sentado al fondo de la clase y al lado de la ventana, disfrutaba enormemente viendo cómo un muy asustado Antonio saltaba la verja para huir del lugar. Nada más escucharle, todos los cotillas corrieron a mirar, Lovino el primero.
- ¡Ese maldito bastardo!- Gruñó, tratando de parecer enojado para ocultar su preocupación. ¿De qué huiría? No había visto a su abuelo en la otra ventana, agitando el puño con fuerza. Bueno, ya le enviaría un mensaje después preguntando, y más le valía contestar.
- ¿Por qué escapará?- Preguntó un curioso alumno rubio con el pelo puntiagudo. El que estaba a su lado le respondió con una voz seria y algo muerta, como si estuviese aburrido.
- Quizás se dejó el gas encendido en su casa...
- ¡N-no digas eso!- Casi gritó otro alumno, con el pelo más bajo y con el cabello color ceniza.
- Tino, no seas tan cobarde cada vez que hablamos de escapes de gas, es molesto.- Dijo de nuevo el de los ojos serios.- Además, sólo presentaba posibles situaciones, no digo que haya pasado eso.
- Bueno, pero...
- ¡VOLVED A VUESTROS ASIENTOS EN ESTE INSTANTE!- Gritó el profesor, a quien se le estaba empezando a hinchar una vena en la sien. Entre todos acabarían con él algún día, estaba seguro. Ante sus severos gritos, los que se habían levantado regresaron a sus sitios, recordando repentinamente que todavía estaban en clase de matemáticas.- Bien, bien, eso está mejor... como iba diciendo, ahora os llamaré por orden de lista.
La clase estuvo en silencio otro buen rato, exceptuando los nombres que el profesor mencionaba de tanto en tanto. Al rato empezaron a escucharse quejidos, y ocasionalmente algún suspiro de alegría. Feliciano vio, sonriendo, cómo Ludwig miraba su examen con seriedad y luego asentía, como si estuviese profundamente satisfecho. Alzó un poco la cabeza para poder ver qué nota había sacado después de que dejase el papel encima de la mesa. Dos cifras... un diez. Bien, bien~ sonrió y se apoyó en la mesa, dejando que los nervios le invadiesen de nuevo. Aún quedaba mucho hasta que llegase a la V de Vargas, así que sólo le quedaba ponerse nervioso mientras observaba al resto de sus compañeros.
Se entristeció un poco al ver a Heracles hundir la cabeza en la mesa con un gruñido. ¿Habría suspendido? ¿Y qué pasaría con él entonces? Ah, esa expresión de orgullo en la cara de Arthur sólo podía significar una buena nota. Seguro que si hubiese ido al mismo curso que Francis le hubiese restregado el papel en la cara y se hubiese jactado de su nota, sabía la rivalidad que tenían esos dos... pero iba a un curso menos que el francés, no podía ser.
Vio pasar a uno, a otro... la V estaba cada vez más cerca...
- Feliciano Vargas.- Musitó el profesor. Al escuchar su nombre, el aludido se puso tenso en la silla y se levantó, rígido como un palo y nervioso a más no poder. Le latía el corazón con casi demasiada fuerza, y sentía que sus movimientos eran algo automáticos al acercarse a la mesa del maestro. Se quedó quieto unos momentos antes de coger el papel que le estaba tendiendo, y se disponía a mirarlo cuando escuchó algo que le dejó algo descolocado.- Buen trabajo, Vargas, estoy algo sorprendido. En el buen sentido.
- V... ¿Ve?- Confuso, el joven miró la hoja de su examen, y los ojos casi se le salen de las órbitas cuando vio ese perfecto, simétrico y bonito ocho marcado con rojo en una esquina del papel. No pudo moverse por la emoción durante unos cuantos segundos, luego sonrió como el idiota feliz que era, y casi se lanza a besar al profesor, pero se contuvo a tiempo.
- Lovino Vargas.- El rubio continuó con su tarea de llamar a cada alumno de la lista, Lovi era el siguiente. Se acercó a la mesa más tranquilamente, porque creía que el examen estaba bien, pero...- Bueno, es la primera vez que veo la situación invertida, Vargas. Deberías estudiar más.
- ¿Qué?- El chico cogió su hoja, confuso, y se quedó helado al ver que tenía un... un cinco. Un cinco raspado, que un poco más y no aprueba.- Espera, ¡¿qué?!
- Lo que hay.- Musitó el profesor. Pero Lovino no iba a estar contento con eso.
- Espere un segundo, ¿no se habrá confundido de examen? ¡Este tiene que ser el de mi hermano!
- Esa es tu letra y lo sabes.
- Pe... pero...
- Ve~ ¡Mira, fratello, mira! ¡He sacado un ocho~!- Canturreó el menor, exhibiendo su examen ante la clase entera.- Mira, mira~
- ¡No puede ser!- Lovino, confuso y enfadado, volvió a mirar al profesor.- ¡¿Está seguro de que no se ha equivocado con los exámenes?!
- Te he dicho que no.- Se limitó a contestar el otro.
- Mira, Heracles~ un ocho~- Feliciano Vargas no iba a dejar que su alegría fuese únicamente suya, la pensaba compartir con todos. Aunque algunos menos afortunados se morían de la rabia, claro.
- Felicidades, Feliciano...- Heracles parecía deprimido, intentó ocultar su cuatro con los brazos para que Feli no los viese. En efecto, no lo vio, así que siguió compartiendo felicidad. Ah, pero había alguien a quien debía agradecerle más que a nadie...
- ¡Luudwiig~!- No tardó mucho en llegar a la mesa del alemán, quien parecía estar repasando el examen.
- ¿Hm? ¿Qué sucede?- Preguntó el otro, confuso ante tanta alegría. Había estado ocupado revisando sus ejercicios perfectos, así que no había escuchado la nota del mayor.
- Ve~ ve~ mira~ ¡tengo un ocho~!- Repitió Feliciano, ignorando deliberadamente los lamentos de su hermano mayor, que se desquitaba con un bolígrafo cualquiera.
- Buen trabajo.- Asintió Ludwig, satisfecho. El otro sonrió como tonto al ver que le halagaba.
- Jeje~ es la primera vez que saco un ocho en matemáticas~ normalmente saco cincos~
- ... No es algo de lo que estar orgulloso.- Murmuró el rubio. Iba a decir algo más pero Feliciano le cogió de las manos, sobresaltándole un poco.
- ¡Es todo gracias a ti! ¡Si no me hubieses dejado esa calculadora estaría suspendido~!
- B-bueno, no hace falta que me agradezcas... sólo ten más cuidado la próxima vez.- Ludwig estaba algo confuso. Era la primera vez que se cogían de las manos, ¿no? ¿lo era? no se imaginaba que las manos de un chico pudiesen ser tan suaves...
- Pero te lo agradezco~ grazie, Lud~- Feliciano sonrió de oreja a oreja, desbordante de alegría. El germano se sonrojó levemente al escuchar cómo acortaba su nombre.
- E-en fin, sólo era una calculadora. El esfuerzo lo has hecho tú.- Tosió un poco y desvió la mirada, sin saber si darle importancia o no. Seguramente era un gesto cariñoso que hacía con todo el mundo... por ejemplo, llamaba Lovi a Lovino, Toni a Antonio, Gil a su hermano... sí, no debía mostrarse alterado por algo así, sólo significaba que habían cogido más confianza, quizás era un paso más en su amistad, si es que podía llamarse así... bueno, ya seguramente podía llamarlo amistad, ¿no? Habían pasado mucho más tiempo juntos y habían hablado mucho más también aquellos días, iban al mismo club... y ya había vuelto a perderse en sus pensamientos. A veces el alemán pensaba demasiado.
- Bueno, dejad ya el parloteo, vamos a repasar los ejercicios para que algunos aprendan de una vez cómo hacerlos.- Anunció el profesor, cogiendo una tiza y golpeando la pizarra con ella, casi clavándola, haciendo un fuerte ruido que llamó la atención de todos.
- Ah, luego hablamos~- Feliciano le sonrió una vez más antes de volver a su silla
El resto de la clase fue algo aburrida. Bueno, más para unos que para otros; los que habían suspendido, que no eran pocos, tenían que prestar toda la atención que pudiesen, ya que el profesor decía las cosas muy rápido, había que apuntar a velocidad ultrasónica, y no tenían mucho tiempo para aburrirse. El resto sólo tenía que apuntar lo que necesitaba, y algunos pocos como Arthur ni se molestaban, porque su examen estaba perfecto. Ludwig igualmente tomó notas porque quería guardar una copia de los ejercicios que había hecho para repetirlos en vacaciones. Si podía volver a hacerlos perfectamente no tendría que preocuparse mucho por perder práctica durante las Navidades.
Aún así, pasó algún que otro rato lanzando miradas discretas al italiano que se sentaba unos cuantos pupitres a su derecha. Parecía feliz, y tomaba notas de tanto en tanto, con una sonrisa que parecía que no iba a desvanecerse pronto. Igualmente no se quedaba mirándole demasiado tiempo, porque tenía cosas a las que tenía que atender para poder copiarlas en su libreta con esa perfecta letra germana que tenía.
Pasaron prácticamente la clase entera haciendo eso, porque el examen había sido muy largo, con suerte pudieron revisarlo todo en aquella única hora. En realidad fueron algo apurados, el profe se vio obligado a coger cinco minutos de la clase siguiente, pero a nadie le importó.
La clase de inglés era la siguiente. Corrigieron la montaña de ejercicios que hicieron aquel fin de semana y luego vieron un pequeño corto sobre la vida salvaje en África del Norte. Era lo suficientemente interesante como para que algunos se olvidasen de sus problemas un ratito. Pero no ocurrió nada importante aparte de que a Lovino se le cayó el estuche al suelo.
Y la siguiente hora...
- Lud~wig~- Feliciano volvió como un perrito al sitio del alemán. Él aún no se había levantado. Les tocaba cambiar de clase, porque en aquella algunos alumnos iban a dar Francés. Otros se irían a otro lugar a dar Alemán, y otro cierto grupo iría a estudiar Italiano. El mayor estaba enormemente feliz de que Ludwig hubiese escogido esa optativa en vez de quedarse en alemán o en francés... nunca le había preguntado por qué.
- Hola, Feliciano.- Saludó el rubio, sin saber qué decirle. Pero no pasaba nada, el otro tenía muchas cosas de qué hablar.
- Vamos a clase juntos~- Propuso Feli, sonriendo de una forma tan adorable que nadie podría negarse. Aún seguía emocionado por lo de su increíble examen, así que la vergüenza se quedaba a un lado aquella vez.
- De acuerdo.- Asintió secamente el aludido, preguntándose por qué el italiano querría acercarse tanto a él últimamente. No sabía si preguntarle...
Caminaron juntos por el pasillo, mientras Feliciano comentaba animadamente el vídeo que habían visto en la clase anterior. Ludwig le explicaba todo lo que no había entendido y le contaba datos curiosos de los animales que habían visto. Era increíble lo mucho que sabía el más alto, Feli estaba impresionado.
Y Lovino estaba molesto por verlos caminar juntos, pero su examen chapucero y lo que había pasado con Antonio le quitaba los ánimos de decirle nada. Quizás era cierto que la calculadora que le prestó el macho patatas estaba mutada y le había vuelto más listo por unos segundos. Quién sabe.
- Y entonces, y entonces~ ¡Los cereales habían desaparecido!- Para cuando llegaron al aula, el italiano le estaba contando a su compañero una anécdota de un día en el que había intentado desayunar pero no había nada en la despensa.- Seguro que Marcello se los comió todos~
- ¿Es tu hermano menor?- Preguntó Ludwig.- No lo conozco.
- Está en un curso inferior al nuestro, en el otro edificio~ por eso no lo habrás visto... además, nuestros horarios tampoco coinciden, él entra más tarde y sale también más tarde. Pero no pasa nada, a veces le veo en el club de arte, así que no le echo de menos~
- Ya veo... mi hermano sí va a este edificio, pero le veo tanto como tú al tuyo.- Gruñó el germano, recordando a su bruder irresponsable.
- Ve... oh, Lud, vamos a sentarnos juntos~ hoy no haremos nada, es el último día de clase~ podemos hablar un poco~- Propuso el italiano, ilusionado por poder hablar un poco más.
- Pero... pero la clase...- El más alto no estaba acostumbrado a no prestar atención y a anotar cosas en clase. ¿No era enormemente improductivo?
Ah, pero entonces Heracles llegó para salvar el día. Normalmente tardaba mucho en ir de una clase a otra, porque era muuy lento, así que aquel día había podido hablar con un profesor que le dio la noticia.
- La profesora... no ha venido hoy.- Anunció al llegar, intentando hablar lo suficientemente alto como para que todos escuchasen.- Podemos hacer lo que... lo que queramos.- Bostezó, cansado. Estaba claro lo que iba a hacer él. Fue a una mesa cualquiera y se apoyó en ella para dormir largo y tendido. Quizás pasase el recreo ahí durmiendo y nadie le diría nada.
- Oh, ¿ves~? No hay nada que hacer, podemos hablar~- La suerte era generosa con Feliciano aquel día. Estaba el detalle del periódico que había visto todo el mundo, (y que estaban aprovechando para leer ahora ya que no había clase que hacer), pero a parte de todo eso había sacado una nota increíble en el examen de matemáticas, y ahora la profesora no estaba. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Que Ludwig se le declarase? Nah, aquello ya era tentar demasiado su suerte, mejor no pedir demasiado o algo malo podría pasar...
- Pero... podríamos aprovechar para estudiar algo de italiano, ya que hemos venido.- Insistió el alemán, que no concebía sus clases sin repasar algo.
- Vee... pero yo soy italiano, no necesito practicar.- El mayor hizo un pucherito, quizás se veía más adorable de lo que debería.
- ... ¿Por qué has querido hacer las clases de italiano entonces?- Desgraciadamente la adorabilidad no era el punto débil del alemán. No en ese momento, al menos. Le preocupaba más saber los motivos de por qué el otro había querido estudiar algo que ya sabía.
- Bueno, fácil~ porque así no hago nada~- Y con toda la cara dura del mundo, Feliciano soltó esa frase. Dejó descolocado a Ludwig, que no esperaba esa respuesta. Pero no se contentó diciendo eso, ahora tenía cosas que preguntarle también.- Oh, ¿y tú, Ludwig? Habiendo tantos idiomas, ¿por qué el italiano?
- Ah, pues... digamos que... una vez fui a Italia de vacaciones, y pensé que no estaría mal como lugar para vivir...- Titubeó el menor.- N-no estoy diciendo que vaya a hacerlo, pero me interesó el lugar, y... y de todos modos ya sé bastante francés, así que...
- Oh, oh, ¿quieres ir a Italia a vivir?- El de cabello castaño no se había parado a escuchar todo lo que le había dicho el rubio, así que se había hecho sus propias conclusiones.- ¡Italia es un lugar genial! Está lleno de chicas guapas, y de comida deliciosa, y de lugares preciosos~ viví allí un tiempo, sé lo que me digo~
- N-no, bueno... vivir es un poco... no estoy seguro de lo que voy a hacer en unos cuantos años...
- ¿No? Pero quieres volver, ¿a que sí?- Preguntó Feliciano, con los ojos brillantes.
- C-claro, algún día...- Asintió el alemán, para alegría de Feliciano, que acercó un poco más su silla a la del menor.
- Ve~ pues podríamos ir algún día~ te enseñaría un montón de sitios, y te llevaría a comer al mejor restaurante italiano del mundo~- Dijo, emocionado.
- ¿Cuál es ese restaurante?
- ¡Mi casa~!- Feliciano levantó los pulgares y le guiñó el ojo a Ludwig mientras decía eso, totalmente confiado de que él hacía la mejor comida italiana del mundo. Italia estaba llena de restaurantes que decían ser típicos y luego eran bien cutres... ¡Su casa mejor que en ningún otro sitio!
Por su parte, Ludwig sólo pudo quedarse observando lo emocionado que estaba el italiano hablando de su casa, de su tierra y de todo aquello, y no pudo hacer más que creer que era muy lindo cuando se entusiasmaba tanto. Enseguida descartó el pensamiento, pero cierto es que lo tuvo en mente varios minutos antes de darse cuenta de lo que acababa de pensar.
Básicamente, pasaron el resto de la clase hablando de Italia. Ludwig en cierto momento mencionó que quizás deberían dejarlo y repasar un poco los verbos, pero a Feli se le ocurrió la idea del siglo, es decir... hablar, ¡pero hablar en italiano! Él no tendría problemas, y así Ludwig podría practicar. Aunque cuando el menor dijo la primera frase no pudo evitar soltar una carcajada, ¡lo decía demasiado mecánicamente! Entendía que lo hiciera cuando leía, pero tenía que soltarse más cuando hablaba, al menos, o iba a parecer un robot. Aquel comentario avergonzó un poco al germano, pero se esforzó por hacerlo mejor. Lo hacía bien, pero le faltaba soltura, aquello era todo.
Entonces, antes de que se diesen cuenta, la clase ya había terminado. Pero no lo supieron porque sonase la campana, no... fue porque Romulus Vargas llegó al aula, terriblemente serio, para decirles que ya era hora del recreo.
- Todos al patio, aquí ya no hay nada que ver.- Ordenó mientras buscaba a alguien con la mirada. Alguien que estaba inconscientemente agachando la cabeza.
- Nonno~ ciao~- Feliciano saltó a sus brazos, cariñoso como siempre, y ese gesto relajó un poco al tenso profesor, quien le devolvió el saludo.
- Ciao, Feli~ ¿qué tal las clases esta mañana~?- Preguntó, acariciándole el cabello.
- Ve, ve, no te lo vas a creer~ ¡he sacado un ocho en matemáticas~!- Casi gritó el joven, recordando con orgullo su examen.
- ¡Oooh~ ése es mi nieto!- Las caricias incrementaron.- ¡Gran trabajo! ¡Hoy cenaremos tu plato favorito!
- Genial~ grazie~- Rió Feliciano, mientras por el rabillo del ojo veía cómo Lovino estaba escapando de puntillas.
Por desgracia para él, no fue el único que le vio.
- Lovino Romano Vargas... ¿dónde crees que vas?- Romulus giró sobre si mismo, encarando a su nieto mayor, quien le miró como si hubiese visto un fantasma. Raramente usaba su nombre completo para llamarle, sólo lo hacía cuando... estaba muy enfadado.
- ¿Q-qué pasa, nonno?- Apenas logró tartamudear aquella frase que notó cómo la mirada de su abuelo se endurecía.
- Tenemos que hablar.- Se limitó a decir. Le dedicó una última sonrisa y mimo a Feliciano y le dejó ir, recordándole que se divirtiese antes de ir con Lovino, para cogerle del brazo. No había escapatoria.
- E-espera, ¿qué diablos quieres? ¡Estás muy serio, maldición!- El pobre Lovi intentó soltarse, pero no hubo éxito. Le tenía bien agarrado.
- Y más que voy a estar, tienes que explicarme un par de cosas... vamos a un lugar más tranquilo.- Musitó Romulus antes de arrastrar al más joven hacia el pasillo.
Feliciano miró con pena a su hermano, sin tener la mínima idea de qué estaba pasando.
- Ve... ¿qué pasará?- El italiano miró a Ludwig, quien seguía allí, casi tan confuso como él.
- No lo sé... quizás tenga algo que ver con Carriedo, antes gritó su nombre por los pasillos.- Razonó el rubio, recordando lo acontecido horas atrás.
- ... Oh. Espera, puede ser... ¿puede ser?
- ¿Qué puede ser?
- Quizás se haya enterado...- Empezó a decir el italo, que temía lo peor. Ciertamente no había muchas otras explicaciones, ya que Lovino estaba sacando buenas notas, no había dejado embrazada a ninguna chica y... bueno, el otro día rompió un par de platos, pero no era algo tan malo como para que el abuelo llegase para decirle ese "tenemos que hablar", así tan serio. Tenía que ser...- Bueno, es cierto que no lo disimulan muy bien, el otro día encontré unos calzoncillos de Toni en el cuarto de Lovino, pero...
- Aguarda, aguarda un segundo.- Interrumpió el alemán, más que confuso, porque no entendía absolutamente nada.- ¿Por qué había unos... en el...?
- Oh, se los dejaría allí alguna noche, no sé... cosas que pasan, supongo.- Feliciano se encogió de hombros.- He visto muchas películas donde las novias se dejan la ropa interior en casa de su amante, debe ser normal.
O eso, o Antonio tenía un cerebro de pájaro. O ambas cosas, quién sabe. Probablemente ambas cosas.
- ... ¿Novias?- El cerebro del germano empezaba a conectar con los hechos poco a poco.
- Claro... bueno, en este caso novios, porque Toni no es la novia de mi fratello, eso sería raro~- Rió el mayor.- Pero bueno, ponlo en masculino y todo tiene sentido~
- Me estás diciendo que... ¿esos dos estaban saliendo?- Preguntó Ludwig, que ya comprendía pero se negaba a creer.
- Claro, desde hace tiempo, Lud. ¿No te habías dado cuenta?- Dijo Feliciano, mirando a su compañero con inocencia.
- ...
- ¿Lud?
Y así, poco a poco, el secreto del noviazgo de Antonio y Lovino salía a la luz.
A alguien no le iba a gustar nada todo aquello.
LLEGAMOS A LAS DOS CIFRAS! CAPÍTULO DIEZ! Aplausos, por favor, gracias, gracias~ :DD
Eyyyy! Estoy cumpliendo con mi actualización semanal, soy un moustro! (?) xD La última vez fue el de Cafetería España, esta semana El Hada de los Tomates! Realmente no tengo muchas ganas de escribir el resto de fics, pero un esfuerzo tendré que hacer, supongo :C
Y bueno, ya tengo pensado cómo acabará este fic, y mucho mucho no le queda! Genial :D (o no genial, lo que queráis, el cliente manda(?)) Pero buah, espero hacer un final digno y que os guste a todos! ^^ Le pondré todo el cariño del mundo, eso que os quede claro :33
Y con esto y un bizcocho me despido! La semana que viene soy yo la que tiene exámenes, que Lord Doitsu se apiade de mí y me mande una calculadora mágica TuT No tengo matemáticas, pero a lo mejor me sirve también ;P
Gracias por leer y dejar review, sois un encanto~ ^^
