Parte IX
ILUSIÓN DEL PRESENTE
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Debía estar dormida, alguna de sus diferentes y horribles pesadillas que la despertaban en la línea del amanecer y la noche. Se asomaba al cuarto de Itachi y lo veía respirar tranquilamente, con la expresión tranquila y el cuerpo desligado del plano real. Un ligero placer era ir de una pesadilla a un estado tranquilo. Sin embargo no en esos momentos. No era una pesadilla, no habría visión alguna de Itachi durmiendo tranquilamente. Nunca más.
Voces iban y venían, el arrullo de las respiraciones y el mar en sus bronquios estallaba contra todos sus órganos. Pasaban sobre su cabeza y se reunían a su alrededor, todas esas palabras incoherentes que se formaban en hirientes frases. Un ligero dolor en el abdomen, un pinchazo en el ventrículo izquierdo. No estaba en su cama dormida —cómo deseaba ver la línea del horizonte tras la ventana—, sus ojos veían la realidad tal cual era —pozos de musgo—, pero su conciente jamás lo aceptaría.
—¿Acaso no le escuchaste? —la voz de Sasuke parecía provenir desde el bosque. Ella jamás le miró.
No cambió el ritmo de su respiración al hablar y dirigir su atención más abajo, donde Itachi ya le esperaba.
—Itachi, qué... ¿qué dices?
Se alcanzaba a ver su propio horrorizado reflejo en las pupilas oscuras y difuminadas. Él desatendió sus palabras por completo, cerró sus parpados y movió las manos sobre las llantas de su silla. Itachi pasó por un lado suyo, una fría ola de viento.
—Me iré con Sasuke. Si no quieres ayudarme a empacar, muy bien, haz lo que te plazca. Eres libre—la dulce sorpresa de nuevo, palabras sobre el silencio ensordecedor.
Pequeñas gotas de agua. Itachi entró a su cuarto, Sakura no miró atrás, sólo escuchó e interpretó cada sonido que provenía de la habitación. Cada prenda arrojada en el viento, cada cajón abierto y cerrado, los latidos y el chirrido del metal de su silla. Una maleta en la cama, la suave caricia de cada prenda cayendo una sobre otra dentro de la maleta.
Ella cerró los puños con temblor, inválida del corazón, y dirigió su mirada a Sasuke. La silueta del hermano menor era más alta que la de ella por casi cabeza y media, la atemorizaba, le infundía una energía contraria que la mantuvo a distancia, pequeños vellos en su muñeca erizados.
—¿Qué fue lo que le dijiste?, ¿qué rayos has hecho?
—Itachi es un hombre adulto que puede tomar sus propias decisiones, Sakura—susurró rayando en arrogancia, con una luz azulada reflejada en su rostro que le adhería un frío semblante—. Puedo ver en tu rostro que aunque finges querer dar batalla, muy en el fondo—señaló su pecho— no quieres ni intentar detenerlo—sentenció.
Mentira —alguien dijo por entre el sonido del choque del mar—
—Debes estar aliviada, el plomo dentro de ti esta siendo sustraído y es natural que te sientas contenta. No sigas fingiendo algo que no sientes.
Mentira —susurraron en la oscura y profunda pincelada del cielo—
—Sasuke, cállate.
—Tus palabras demuestran estar a mi favor, ni siquiera quieres darte cuenta lo mucho que te pone feliz deshacerte de mi hermano.
—¡He dicho que te calles!
Desde el cuarto de Itachi se escuchó un leve crujido. Sakura alzó la voz en agonía interna.
Sasuke no sabía absolutamente nade sobre su relación, ¿cómo se atrevía a darle juicios?, ¿cómo podía estar tan tranquilo cuando todo a su alrededor no dejaba de temblar y derrumbarse? Sakura tragó dióxido y se limpió las lágrimas con coraje. Tan sólo intentaba manipularla, él jamás comprendería cómo se sentía.
—Acéptalo—él se acercó peligrosamente, ella no hizo esfuerzo para mantener la distancia—, estás apunto de estallar por dentro, de puro goce y libertad, ¿a qué no se siente bien estar a tan poco de ir y revolcarte con todos allá fuera? —una mirada desinteresada y vacía tras las palabras.
Sakura lo empujó con todas sus fuerzas, pero él apenas retrocedió un poco para dejarla respirar.
—Basta de distracciones. Quiero que me digas qué fue lo que le dijiste, ¿cómo o con qué lo has amenazado para que quiera irse contigo?
Sasuke le dio un vistazo de aversión.
—Yo no he amenazado a nadie, él lo ha decidido. No comiences a inventar excusas para hacerte sentir mejor. Nadie aquí está siendo obligado a nada. Bueno, en realidad la única cosa a la que te verás obligada será a abandonar la casa, porque ya no estarás casada con mi hermano, y por lo tanto la propiedad no será más tuya. ¿Comprendes? Los papeles de divorcio se te enviarán a tu nueva dirección... si es que consigues una. No te atrevas a posponer más la situación.
¿Divorcio, eh? No tenía más palabras que decir a Sasuke. Retrocedió y se dirigió al cuarto de Itachi. Sintió el fuerte agarre en su muñeca, giró y lo golpeó lo suficientemente fuerte en el brazo como para que la dejara ir.
—¿A dónde crees que vas?
—Voy a hablar con Itachi y eso no te incumbe. No intentes detenerme.
Por la manera en que los parpados le temblaban pudo interpretar que su frustración crecía y el peligro comenzaba a elevarse, pero no se dejó intimidar. Avanzó con rapidez sintiendo aún la hostilidad en su espalda.
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El sonido del cierre no la acobardó. Itachi se encontraba a un lado de la cama con la maleta aparentemente ya lista. Y su semblante le notificaba la hora de su partida.
No lo iba a permitir.
—¿Cómo puedes dejarte manipular por tu hermano menor? ¿Has perdido el sentido común? Sasuke es peligroso, no estarás a salvo con él en la condición que estás. No dejes que esto nos haga retroceder, Itachi, hemos hecho demasiado hasta ahora. ¡Por favor, detén este sin sentido ahora mismo!
Itachi le dio la espalda mientras se dirigía a uno de los cajoneros.
—No puedes ir en serio al decir que te irás. ¿Qué te ha dicho, te ha amenazado con hacerte algo? Habla, dime qué es lo que sucede, ¡no te puedes ir así como si nada!, no trates de ignorarme.
Dos mundos estaban colisionando en su interior.
—Explícame lo que está sucediendo porque no entiendo nada.
—No hay nada que explicar, Sakura. Es tan simple como es. Me iré, Sasuke me necesita.
—¿Sasuke te necesita?—preguntó incrédula— ¿Para qué?
—Son asuntos que no te conciernen en lo absoluto. He visto mis propios errores, y estoy cansado de retroceder. He decidido comenzar una nueva vida y borrar de una vez por todas sucesos que no debieron ser... comenzando por nuestra falsa relación.
—¿F-Fal...sa?
No se molestó en darle la cara con las siguientes palabras:
—Me aproveché de ti. Ni siquiera me agradas en realidad. Lo intentamos, pero es muy incómodo fingir que nos importa, porque tanto tú como yo sabemos que estaremos mejor el uno sin el otro. ¿No lo crees? Hemos dado saltos sobre piedras que a veces son redondas y faciles de pisar, nos hemos acostado sobre ellas y disfrutado del atardecer. Pero la mayoría del tiempo estamos mutilando nuestros dedos sobre rocas puntiagudas, a veces resbalamos al suelo y ninguno de los dos desea levantarse. Odio esos días, odio tener que despertar y verte como si nada pasara en realidad.
Hubo un tiempo en el que Sakura navegaba con su padre, cerca de las costas pescando o simplemente platicando con las gaviotas sobre su halo.
—Somos estorbos innecesarios. Lo último que compartimos estuvo bien... pero no creo poder soportarlo más. Será miserable. Tampoco creo que tú lo logres. Es mucho mejor si lo terminamos de una vez por todas.
Eran unos días brillantes, no podía distinguir dónde comenzaba el cielo y dónde terminaba el océano. Le gustaba lo plano que era el horizonte, el hermoso reflejo del Sol. Pero cuando llegaba la noche las llamas desde el otro continente se alzaban al cielo, y los gritos de personas se perdían en la lejanía del viento. Desde su posición podía observar impasible la masacre de la guerra, su padre a un lado suyo, susurrando rezos para las almas que subían o bajaban.
Sakura cubrió su rostro, mortificada y presionada hasta la ansiedad. Similar a cómo dormía después de hacer esos viajes al océano. Algo parecido al llanto comenzó a emerger de sus labios, aunque no estaba segura si era eso o un grito lo que quería abrirse paso en su garganta. Dentro escuchaba los rezos de su padre, quien no creía en ningún dios y todavía pedía el perdón para personas anónimas.
—No puedes decirlo en serio. No puedes irte.
—Lo superaremos.
—Ni siquiera me estás mirando a los ojos. No te esfuerzas.
—Es mejor si no nos vemos. No me mires al pasar.
Uno. Dos. Tal vez tres o cuatro minutos. Pero el frío permanecía, el viento que quedó detrás de la trayectoria de despedida se arremolinaba a su alrededor. El aroma del cuarto disminuía poco a poco al igual que el espacio. De pronto sus propios brazos le parecieron desconocidos y el calor de su cuerpo se esfumó por completo.
Estaba sola.
El eco de la puerta seguía anunciando la ida sin retorno. Una y otra vez dentro de su cabeza.
Después del miedo se atrevió a mirar un poco tras su espalda. La ilusión de los hermanos caminando a la luz de la puerta, desapareciendo tras el vidrio y la madera se quedó grabada en su memoria.
¿No había nada que pudiera hacer para detenerlo?
Tal vez —pensó horrorizada— Sasuke tenía razón. No le importaba. Aquello era nomás un lazo de dependencia que se cortó de repente. El dolor, la incomodidad y la ansiedad no se quedaban con ella lo suficiente. El escozor de las lágrimas se quedó impregnado en sus mejillas. Un rostro petrificado por sal.
Lento y mortal un vacío se incrustó en ella, una figura negra y amorfa rodeándola por la espalda y adhiriéndose al cuerpo. Era demasiado tarde para buscar hojas verdes en un árbol, el invierno había comenzado.
Adiós.
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El piso brillaba, había reflejos en la madera al igual que en la mesa. Las cortinas estaban recién lavadas y los marcos de las ventanas presumían no tener acumulaciones de polvo. El viento entraba por cada una de ellas silenciosamente, llevando el frío matinal.
El aroma de las flores era fuerte en la cocina y tenue en la sala. La chimenea, vacía, apenas tenía hollín. Cada repisa y foto había sido sacudida. Todos los platos y frascos, incluso la vajilla estaban relucientes. Camas, cajoneros y clóset estaban organizados perfectamente. Las pequeñas figurillas en las repisas estaban ordenadas de la mayor a la menor.
El jardín de la entrada había sido recortado y regado. Las rosas, los arbustos y los árboles bailaban con el viento de manera parsimoniosa. Dentro del invernadero el suelo barrido y las macetas limpias daban un aspecto pulcro.
La casa y su alrededor estaban en armonía. Cada objeto formaba parte de una hermosa composición. Un cuadro para pintar desde el exterior. Sin embargo, había un punto oscuro dentro.
En el cuarto de Sakura las ventanas se encontraban abiertas y la resolana entraba iluminando la mitad del piso de ese cuarto. Sobre su cama una figura oscura dormía. Aquellos ojos habían muerto y no se acostumbraban a la luz. El cuerpo ardía y la columna se deformaba de a momentos y recobraba su forma en segundos. A veces podías escuchar su respiración, rasposa y discontinua. Otras el llanto ligero pero pleno de dolor.
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Un día alguien tocó a su puerta. La figura negra bajó a trompicones los escalones y corrió azoradamente a la entrada.
—¡Buenos días señora!
Los ojos de la criatura se tornaron profundamente decepcionados al ver a un hombre de mayor edad con un maletín, vestido de traje y sonriente en su entrada mientras se quitaba el sombrero en su presencia.
—¿Es usted Sakura Haruno?
Sí.
—He traído los papeles que...
Dejó de escuchar lo siguiente. No se molestó en fingir que lo ignoraba. Sostuvo el paquete que le entregó y cerró la puerta una vez que él se marchó.
Tomó asiento en una de las sillas del comedor. Cogió un cuchillo y abrió el paquete que contenía un fólder amarillo dentro. Lo abrió, lo leyó solo una vez y lo volvió a cerrar y meter en el sobre dejándole sobre la mesa. Desapareció tras el marco y no apareció en todo el día.
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A veces dormía en el invernadero y otras afuera en el pasto. Las noches en que dormía en su cuarto, ella dejaba las ventanas abiertas y se congelaba. Tal vez así podría dejar de sentir el escozor; era inútil, por las mañanas abría los ojos con pesadez sintiendo el cuerpo dolido e inmovible. Prueba absoluta de un nuevo día mientras el diáfano Sol entraba por la ventana.
Limpiaba la casa, tendía las camas, sacudía múltiples veces. Regaba las plantas, cortaba la maleza. Hacía lo mismo todos los días.
El sobre seguía sobre la mesa, ignorado.
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Duchas frías, baños largos y flojos. Un día durmió en la bañera y despertó sin la mitad de su cuerpo. El agua a mitad del rostro no presumía intenciones de ahogarla y el tostador en sus manos no se molestó en electrocutarla, para su decepción.
A veces andaba desnuda por toda la casa, con la figura negra aún en su espalda. Comía recalentados y el refrigerador se notaba cada vez más vacío, al igual que la alacena. Su silueta abarcaba paredes y la humedad de sus pies dejaba rastros por todas partes. No sabía qué día era exactamente, no veía más el calendario y la radio estaba apagada desde que la arrojó por la ventana.
Vivía dentro de la casa, limpiaba, comía, dejaba de vez en cuando huellas, pero incluso con Itachi la casa tenía un poco de vida. Ahora no existían señales de existencia más que los sordos lloriqueos de las estrellas.
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La segunda semana alguien llamó de nuevo a la puerta.
—Buenos días señora—de nuevo el sombrero en la mano—. No hemos recibido respuesta de los papeles, así que me he tomado la molestia de recogerlos en persona. ¿Habrá ya firmado?
Blancos y casi brillantes los dientes que lucía el hombre. Reconocía su expresión, algunas personas con las que llegó a hablar la usaban para fingir una especie de empatía hacía su triste vida, cuando por dentro reían y deseaban terminar con la conversación.
—No, aún no me he tomado la molestia de firmarlos—se preocupó por cargar de ironía cada palabra, sin tomar en cuenta que lo miraba con desagrado.
El hombre de traje marrón entonces mostró su verdadera cara.
—Señora, —cruzó sus brazos frente suyo con el maletín entre los dedos— no he venido desde miles de kilómetros para escuchar esas palabras. Me da pena tener que decir esto, pero si usted no ha firmado los papeles para mañana, tendremos que proceder ante una corte... no nos dificulte la situación, estoy seguro que tampoco desea tener que perder su tiempo. Así que háganos el favor de sostener la pluma, y firmar sobre cada línea. No le tomará más de 30 segundos, se lo aseguro. Tenga un buen día—hizo el gesto con el sombrero—, volveré mañana al atardecer y si no desea que me tome más molestias en venir, estaré alojado en el hotel del pueblo donde podrá encontrarme en el número 11. Hasta luego.
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La tarde de ese mismo día fue al pueblo. Llevaba una falda guinda con el cinturón muy ajustado a la camisa blanca, no lucía joyería pues la llevaba en el bolso que colgaba de su hombro.
Cada persona que ignoraba le dedicaba la mayor de las atenciones. No tenía seguridad en saber si ya todos la juzgaban por su divorcio o simplemente les parecía anormal verla usar tacones altos. Este par jamás los usó, eran nuevos y 8 años guardados cumplían ya. Negros y de tacón grueso caminaban con ella.
Al llegar al pequeño súper mercado se encontró con una conocida que trabajaba ahí, la cual pudo observar, le analizó de pies a cabeza y se detuvo por unos segundos en sus pies.
Sí, eran los tacones negros.
—¡Hola Sakura! Qué bueno es verte por aquí —le dijo con excitación.
En ese momento Sakura decidió ser hipócrita y superficial.
—Hola Maki, también es un gusto verte. ¿Hace un buen día, no lo crees?
—Vaya que sí, el clima es a veces muy bipolar pero hoy ha amanecido perfecto. Es casi irreal. ¿Qué tal te ha ido?, siento que no te he visto por mucho tiempo, ¿todo bien?
El tono personal de Maki comenzaba a molestarle, no tenía energías para alargar más la conversación y la chica no dejaba de echarle vistazos a las piernas cada cinco palabras que decía. Era irritante.
—Todo bien, gracias. Tengo que ir a hacer las compras, nos vemos.
—Oh, claro—la decepción en su voz— nos vemos luego entonces—al no poder saber lo que quería averiguar.
Sakura se alejó hacia los estantes sintiendo la pesada mirada en sus piernas, y cogió una canasta para colocar lo poco que iba a comprar mientras se adentraba más entre los estantes.
Latas de verduras, una caja de cereal de hojuelas, dos cartones de leche y un queso fue todo lo que arrojó a la canasta. Veía la fruta y no se decidía en comprar manzanas o peras. Sin fijarse mucho caminó hacia las frutas y agarró una justo cuando alguien más lo hizo.
—Lo siento—dijo él, por el tono de voz, retirando su mano.
No alcanzó a ver su rostro pues él se retiró rodeando la caja de manzanas. Ella por su parte, cogió tres manzanas y notó lo curioso y parecido que era el color de la fruta al del cabello de aquel hombre. Incluso pudo ver su reflejo en la manzana, notó que al igual que ella, él también la observaba. Sakura colocó las manzanas en una bolsa de plástico y se marchó. El hombre dándole un último vistazo antes de que ella desapareciera de su vista.
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Saliendo del lugar se encontró perdida. ¿Exactamente por qué estaba ahí? Las cosas marchaban demasiado normales como para aceptarlas sin preguntarse. Los días pasaban uno sobre el otro y no notaba la diferencia de cada uno. Posiblemente decidió salir por esa misma razón.
Entonces recordó que esa mañana guardó las joyas en su bolso, y que se había visto al espejo deseando ser un poco más joven. Las joyas de su madre tenían cuatro generaciones de existencia, y esperaba que tuvieran el valor de tan siquiera cuatro dígitos.
Caminó apesadumbrada a la casa de empeño. Al llegar colocó sus dos bolsas de comida sobre una silla y habló con el encargado mientras sacaba las joyas.
Las vieron con lupa, tocaron cada recoveco con mesura, las pusieron en la luz y la sombra. Los dedos no dejaban espacio en lo absoluto, el oro y la plata fueron puestos a prueba y pesados.
Por cada caricia Sakura se sintió violada.
—Buenas noticias señora. Son de oro y plata, además, el diseño es exquisito. ¿Está segura que quiere deshacerse de ellas?
Una mirada lasciva.
—¿Cuál es su valor exacto?
La cantidad no fue la esperada.
—¿Es lo más que valen?
—Eso es lo que vale su peso y diseño, es lo más que puedo ofrecerle.
No existía la posibilidad de que pudiera salir de ese pueblo y encontrar otra casa de empeño. Necesitaba el dinero para tomar ese valor.
—De acuerdo.
La tarde se ocultó tras las montañas. Para cuando llegó a la casa había oscurecido y un búho acompañaba el silencio del bosque.
Sakura encendió la luz del pasillo y dejó las bolsas en la cocina.
El paquete sobre la mesa.
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Pensó en el color de sus ojos y de su cabello. Rememoró la sensación más intima de su piel y el aroma de su respiración. En aquella sala encendió la chimenea y terminó por abrir una de las tantas botellas que había en la alacena.
La noche giraba en torno a la casa. No había estrellas, sólo una gran Luna llena asomándose por entre las cortinas.
El sobre en la mano izquierda y los papeles en la derecha. La pluma sobre la mesilla y la mirada vacía. He aquí una pauta en su vida. Una tan larga como ella quisiera, dolorosa sin que ella pudiera aminorar el daño. ¿Quién le aseguraba que firmar esos papeles le traería de vuelta la paz que necesitaba? Para esos momentos no creía en alguna otra solución, y era lo suficientemente cobarde como para recordar el episodio en la tina del baño.
Sakura dio un trago largo y profundo a la boquilla de la botella. Se le venía el antojo de acabar con la pequeña reserva y dormir de nuevo en la tina. Miró con pasión el fuego de la chimenea y recreó la imagen de los papeles ardiendo y oscureciéndose entre las llamas.
La sala del olvido.
Muy pronto llegaría al quicio de la racionalidad. Momentos como ese le provocaban deseos de poder recordar su rostro a la perfección.
Pero no podía.
Cada vez que hacía el intento una musaraña de ruido y ceguera se interponía entre ella y el rostro de Itachi. Más alcohol en sus venas, más nitidez frente a ella. Se convertía en su razón de vivir: volver a ver el rostro de Itachi.
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Despertó a eso del mediodía. La cara casi derretida, como cera puesta al fuego. Tenía la mitad del cuerpo acostado en el sofá y el otro colgando en el suelo junto con los papeles.
Verdes y sin vida se posaron sobre la línea de la firma. Sakura miró a través de cada papel desde su posición y mientras más lo veía más real era. Unas cuantas firmas y ni la ley ni el hombre recordarían que estuvo casada con Itachi Uchiha. Incluso lo podía confirmar ella misma, este era un capítulo donde estaba segura que al firmar esos papeles su vida tomaría un rumbo desconocido.
Podía matarle. Podía dejarla inconciente. Podía simplemente dejarla de nuevo ahí, acostada con una botella en la mano.
Oh sí, la cobardía por las venas.
Una idea retorcida le esclareció la mente. El furor le tornó las mejillas rojizas.
Agarró los papeles y la pluma, salió de la casa azotando la puerta y corrió lo más rápido que sus tambaleantes piernas le permitieron. Sudaba alcohol por cada poro y la mirada se le nublaba en cada árbol que pasaba. Mientras más cerca del sonido del mar, más rápido el tambor dentro de su caja torácica retumbaba.
¡El mar, el mar, el mar! ¡Quería llegar lo más pronto posible al mar!
Tan precioso y mortal, desconocido y furioso, a veces silencioso y otras ensordecedor. Exactamente como Itachi.
Daba los mismos pasos que Sasuke una vez dio por ese trayecto, gritando con el cabello en el rostro. A diferencia de él, ella con dirección contraria y con ansias de encontrarse con Itachi.
Las salinas aguas, la espuma blanca y las rocas esperando bajo la cortina azul. Mientras más lo mirabas más era el efecto hipnotizante que causaba en tu interior. Se preguntó si Sasuke llegó a sentir la misma excitación que ella sentía en esos momentos al mirar las tiernas olas perderse contra el risco.
Formas y sombras oscuras esperaban en la profundidad, Sakura se mantuvo en la orilla del risco, mirando desde aquella altura la increíble distancia que la separaba de otro mundo. Era muy distinto caer y entrar por propia voluntad al mar. El vértigo creció desde las plantas de sus pies extendiéndose hasta la nuca.
Frente su presencia Itachi le traspasaba y caía, caía en cámara lenta y se perdía al atravesar el inmenso azul. Tras su espalda el fantasma de Sasuke. El pasado, el presente y el futuro en esa analogía.
| No le tomará más de 30 segundos,
se lo aseguro.
¿Cuántos segundos le habrá tomado a Itachi llegar al otro lado?, se detuvo a pensar.
Ah, qué ganas de averiguarlo.
Por ese instante no estaba enterada que corrió descalza, hasta que una babosa subió a su pie. Sakura enfocó el lento movimiento del pequeño animal y esperó a que hiciera todo su recorrido hasta de nuevo llegar a la tierra. Si se quedaba ahí seguramente pasaría sobre su otro pie. Lo cual sucedió.
¿A dónde se dirigiría la babosa?, ¿qué la motivaba a seguir?, a su parecer no tenía rumbo, sólo dejaba rastro. ¿Deseaba que alguien le encontrase?, ¿quién?
—Adiós, babosa.
Las hojas y la pluma en sus manos. Hedionda persuasión. Se acercó a una roca y apoyó las hojas sobre la superficie. Firmó sobre cada línea como el hombre pidió. Contó cada segundo y la tinta traspasó el papel con cada ligero trazo. Quince. La textura de la roca impresa en cada hoja. El aroma del mar impregnado en el papel. Veinte. La pluma con años de antigüedad marcando su paso, pluma que fue dueña del ya fallecido Fugaku. Sakura firmaba con la misma indolencia con la que él había rechazado a Itachi.
Treinta segundos.
Esperaba que cuando Itachi recibiera los papales, pudiera oler, sentir y apreciar cada segundo.
El mórbido y último deseo.
Arrojó la pluma al mar y se retiró pisando la pequeña criatura sin otorgar perdón, sólo inocencia en supuesta perversión. Su sonrisa en el resentido del definitivo adiós.
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Creo que esta vez no me tardé tanto.
