"Ella salió de sí y tropezó con la otra"

—Ana Becciu


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falling away from me

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El sonido de millones de hormigas cayendo del cielo. Rojas como pequeños dulces brillantes, resbalando por la materia, otras golpeándola como diminutas rocas, destruyéndose y muriendo. Sangre negra acumulándose en charcos. Ella, soñando con ejércitos de insectos. Sakura entreabre las pestañas, largas como las cerdas de una escoba construida por una bruja, que tuvo el capricho de arrancarle la crin a un caballo purasangre, negro como nix. Pestañas que hechizan.

Hay una angosta ventana, muy parecida a la de su habitación, pero sabe inmediatamente que no es su ventana ni mucho menos su habitación. Sakura sabe que no está en su habitación. Sus ojos verdes brillan como si encerraran el universo y quiere moverse, el universo quiere girar sobre el cómodo espacio e identificar el tiempo, porque Sakura no tiene ni la menor idea de dónde se encuentra.

Está mullido, caliente, cómodo para seguir durmiendo eternamente. Pero esa no es su cama, esas no son sus sabanas ni tampoco su almohada. El perfume del mueble la saca de su ensoñación. Es un aroma mixto pero lo suficientemente heterogéneo para poder identificarlo. Madera verde, hojas secas, tierra húmeda, cenizas y quizás alcohol, alcohol etílico.

Un agudo dolor en el cuello la previene de seguir girando la cabeza, el ángulo es un fastidio. El techo es desconocido y la cama empieza a sentirse cada vez menos tangible. Sakura se hace conciente de la ropa que la cubre, unas telas que jamás usó y que comienzan a picarle porque su piel le dice que es anómala, peligrosa. Tela extraña. Esa no es su ropa.

Agujas negras sigue diluyéndose en el cristal de la ventana, resplandecen como obsidiana hecha agua. Es como si los ángeles se hubieran incrustado lagrimales y por fin pudieran lloriquear.

Sakura no está segura de si en verdad murió y ha vuelto a renacer, de si se trata de un deja vú o meramente está encerrada en su sueño. ¿Acaba de despertar, despertó en el mundo real o su imaginario ideal? Todo es borroso y acuoso, las pestañas no logran abatirse lo suficiente como para enfocar un objetivo. Continua con la cabeza inmóvil, esclareciendo poco a poco su conciencia, el aliento de su boca le recorre todo el paladar y emite apenas un pequeño quejido antes de girar el cuello.

El cuello cede y mueve su cráneo a un ángulo justo, espontáneo y perfecto. Puede verlo de inmediato, el rostro de Sai y sus ojos tan negros como los del caballo degollado. Su cara es un ovalo blanco en medio de la habitación, como una fotografía minimalista y sucia.

Por poco llora, ganas de ahogarse en silencio y apretar los labios porque sabe que es la realidad. Su realidad. El sabor a metal oxidado, incrustado en su paladar, le trae de vuelta su pesadilla. Los recortes borrosos y chamuscados de un film, remojados en una cubeta con agua negra, recortes que inmortalizan su accidente.

Sai está sentado en un banquillo alto, pero sus largas piernas se estiran hacia delante y sus zapatos perfectamente lustrados brillan. No sabe de dónde proviene la luz, pero está segura que hay un ente emitiéndola. Ella se bebe su miedo y abre su boca, de la cual sale la voz de una persona que no ha hablado en cientos de eras.

—¿Dónde está el hombre?

El hombre que arrastra una cuerda por un angosto y blanco corredor.

—¿Te importa más dónde se encuentre el hombre, que dónde te encuentres tú?

Le parece que se trata de la primera vez que lo escucha decir tantas vocales. El suave tono maternal le recuerda sus luminosos y casi deshechos recuerdos de cuando su madre la sostuvo entre sus brazos, apenas un bebé bañado en sangre pura y original.

—¿Dónde estamos?

—Te aseguro que no estamos en el mismo lugar. Formula de nuevo la pregunta.

El universo da vueltas tras sus ojos.

—¿Dónde estoy?

—Estás acostada en mi cama, cama que se encuentra en mi habitación.

—¿Estamos en tu casa?

—Me tranquiliza saber que tu conciencia te permite razonar y llegar a conclusiones. Pero no estás en una casa, estás en un apartamento. Relájate, iré por un vaso de agua. No pareces tener un buen sabor.

Los ojos de Sakura lo siguen hasta que desaparece tras un umbral. El sonido lejano de gotas cayendo al fregadero, generando eco en la cañería.

Relájate.

¿Alguna vez alguien le dijo que se relajara?: nunca. Y esta situación no ameritaba relajación, ella misma estaba confundida porque otras personas reaccionarían de una manera menos relajada de lo que ella lo estaba haciendo. Pero había algo que la mantuvo ahí, en ese preciso punto donde el colchón y las sabanas le calentaban los muslos y el estómago. Por alguna razón no se movió, su cerebro no encendió ninguna alerta de peligro. La atmósfera a su alrededor, todavía desconocida, no la refutaba ni la resistía; al contrario, se fusionaba con ella.

Sakura era bienvenida.

Permitió que su cabeza se adaptara a la almohada, mientras esperaba con una inusual calma. Por supuesto que algunas imágenes intentaban entrar en su cerebro y destruir su aparente estado de paz, pero instintivamente las alejaba o bloqueaba con otros pensamientos. Por ejemplo, observaba los pequeños detalles de unos huevos de cerámica que se encontraban recostados en una repisa, daba miradas pasajeras a extrañas figuras de madera que adornaban las esquinas de la habitación, apreciaba las pequeñas y amorfas estatuillas de animales quiméricos y se detenía a descifrar el significado de un cuadro que se encontraba en el centro de la pared.

La cobija le cubría el rostro hasta la mitad —tal como un niño protegiéndose de las pesadillas— y deseó seguir escudriñando desde la orilla de la tela todas esas cosas extrañas que personalizaban la habitación, sin embargo, Sai volvió a hacer acto de presencia, esta vez dirigiéndose directo a ella. Su paso firme, sin un ápice de desequilibrio, la dejó paralizada. Había cierta gracia en el movimiento de sus tobillos y en el modo en que todo su cuerpo se movía en su centro de gravedad, pero ella sabía muy bien que su delgada figura era mortal.

Sai extendió un vaso de agua servido hasta la mitad. Sakura lo analizó por tres segundos antes de mover su propio brazo y sostener el vidrio con sus dedos. No hubo ningún roce, él inmediatamente retiró la mano justo cuando ella la afianzó.

Sakura bebió el agua como si fuera el primer líquido que bebía después de estar perdida en un desierto. Nunca antes sintió que el agua tuviera tan... peculiar sabor. El agua no tiene sabor, pero sus papilas gustativas identificaban uno. En esos momentos, no recordaba otro sabor que no fuera la de esa agua que estaba bebiendo.

Aparentemente, esa podría ser la razón por la cual Sai prefería el agua.

Terminó el vaso, lo mantuvo en su mano y miró a Sai, quien a su vez también la observaba.

Cuando miras largo tiempo a un abismo,

el abismo también mira dentro de ti.

Comenzó a morderse el labio inferior. La pequeña carne que flotaba en su saliva le recordó los golpes que su madre le propinaba cada vez que la sorprendía haciendo eso con su boca. Irónicamente, su madre le hacía más daño a su boca con cada golpe, que ella con cada pequeño mordisco. Ese recuerdo fue más que suficiente para detener el movimiento de su dentadura.

—Eh, gracias—la voz salió rasposa y se tragó la saliva y la carne de un tirón.

—Por nada.

Sintió un golpecito en su pecho, ligeramente más fuerte que sus latidos normales. Su sistema nervioso estaba despertando y eso se comprobaba con los cada vez más rápidos latidos de su corazón.

Ahora...

—No sólo me refería al agua... también por salvarme. Yo... en serio, gracias.

Su última palabra logró apenas articularla por el repentino nudo en su garganta. Otra vez, la sensación de querer llorar y no poder hacerlo por orgullo. Pero el nudo en su garganta se deshizo cuando Sai parpadeó dos veces. Sakura soltó el vaso entre sus piernas y con su antebrazo derecho limpió sus mejillas. Llorar enfrente de alguien era incómodo, siempre le pareció vergonzoso, humillante, algo que jamás pasaría. Aún así, estaba sucediendo.

Ahora, tener a Sai presente y comenzar a llorar era mucho peor. Se sentía vencida. Mantuvo sus dos brazos alrededor de su rostro, sintiéndose ridícula al no querer que él la viera llorar, cuando era obvio por sus pequeños soplidos que lo estaba haciendo.

Su cuerpo estaba caliente, fue fácil sobresaltarse cuando la mano de Sai rodeó su muñeca y retiró su brazo para mirarla a los ojos, fríamente, tal como su piel. El cambio de temperatura era increíble.

—Puedes usar mi baño y limpiarte, también puedes usar la ducha.

Sakura no paró de derramar lágrimas, cuando llegó a la firme conclusión de que se encontraba llorando en la cama de un casi desconocido, usando ropa que no le pertenecía.

Sai pareció comprender su nuevo descubrimiento, y la alentó a ponerse de pie.

—Te quité sólo las prendas en peor estado. Aún estás sucia.

¿Entonces seguía usando su propia ropa?, cómo así podía llegar a la conclusión de que la ropa no era suya y sentirse incómoda con ella, ¿cómo?

Sus pies se tambalearon cuando tocaron suelo, Sai la sostenía de un brazo pero aún así el mareo logró hacerla caer de rodillas.

La presencia de Sai, junto suyo, su aliento y su escasez de aroma la puso más incómoda. Se obligó a enderezarse y ponerse de pie y dejó que Sai la guiara a lo que sería el baño. El recorrido fue silencioso, las gotas de agua tanto de la lluvia como del fregadero los acompañaba en cada paso. No había colores brillantes en esas paredes que alcanzó a ver, eran blancas y algunas eran negras, otras tenían concreto a la vista y estaban mustiamente adornadas con cuadros de fotografías en blanco y negro. No había ningún retrato o foto de alguna persona, eran figuras, borrones, paisajes extraños los que figuraban en cada cuadro que alcanzó a ver.

En escasez de segundos se encontraron frente a una puerta de cristal, la cual se abrió y dejó a la vista un amplio baño. Cada pared, el techo y el piso tenían el concreto a la vista; la tina, el fregadero, el inodoro, la cortina, el mueble y el marco de la ventana le parecieron tan blancos que parecía que fulguraban. Sai la hizo entrar y se retiró cerrando la puerta silenciosamente.

—Hay ropa limpia en el mueble—dijo él antes de desaparecer tras el cristal.

Sakura dio media vuelta y encontró que la pared donde se encontraba la puerta, no era una pared normal, sino que tenía dos grandes espejos que abarcaban todo el espacio estructural. Vio el reflejo de cada cosa en el baño, así como la vista que daba la ventana.

Pero el reflejo que la dejó pasmada fue el suyo.

Estaba rodeada de gris y blancura. Todo armonizaba en el baño, menos ella. Su rostro, su cabello, su cuerpo, toda ella estaba desmoronada y pálida. Traslúcida como la cortina de la tina. Pero sucia.

Se desconoció por completo.

Tristemente se quitó los pantalones, deslizó por su torso la playera y apreció la oscura y sucia ropa interior. Ahora lo sentía, esa humedad de la lluvia y la tierra por todo su cuerpo. El cabello tieso y muerto. Los labios resecos llenos de cicatrices. Su cuerpo estaba peor que antes. Se rehusó a verse al espejo, cerró los ojos y se acuclilló con las manos en el rostro.

Qué horrible visión.

Se tendría que bañar con los espejos tras su espalda, únicos testigos de cómo la mugre se deslizaba por su reseca piel. Ante ese pensamiento miró a la puerta.

No tenía cerradura.

Poniéndose de pie se acercó y lo confirmó. Era solamente una perilla sin seguro. Las rodillas le comenzaron a temblar.

No quería bañarse sin seguridad... pero tampoco quería salir de donde sea que estuviera con esa ropa, tampoco quería ser vista por alguien más. En esos momentos, no quería que nadie la viera o supiera de su existencia. El sentimiento de suciedad era más poderoso. Por esa razón, apretó su mandíbula y se dirigió a la bañera. Pasos temblorosos, espalda encorvada.

Entró y abrió impulsivamente la llave derecha. El primer rocío era tibio pero después el chorro de agua que le siguió fue tan caliente que le provocó clamar ante el dolor. Se alejó del agua apoyándose contra la pared, cubriendo su cuerpo con sus brazos. Una mancha roja, prueba de la quemadura, lucía en toda su espalda. Abrió la llave izquierda, equilibrando la temperatura para su mano. Se talló el cuerpo con las manos, no había un trapo o cepillo a la vista, lo único que había era un jabón y una botella blanca de champú. No usó el jabón, solamente el champú. Todavía llevaba puesta la ropa interior, se vio obligada a quitársela para lavarla. Los espejos fielmente reflejando sus torpes movimientos al quitarse el corpiño y bajarse las pantaletas. No entendía para qué estaba la cortina, si ni siquiera podía moverla del lugar para cubrirse y no verse al espejo cada vez que volteaba sin desearlo. Aunque también ansiaba moverla en caso de que alguien entrara por esa puerta.

La única persona que podría abrir esa puerta era Sai.

Pero en realidad no podía asegurarlo, no había visto el resto del apartamento y no escuchó otra voz a través de las paredes, no descartaba la posibilidad de que alguien más estuviera con ellos. Con eso en mente se apresuró, movió frenéticamente las manos por todo su cuerpo y sacudió su cabello para quitarse la espuma restante.

Cerró las llaves y salió de la bañera, escurriendo agua en el concreto frío y dándose cuenta de algo. No había toallas en ningún pasamano. Se acercó al gran mueble blanco y abrió sus dos puertas, encontrando apenas tres playeras, dos pantalones de algodón y ropa interior masculina. Pero ni una toalla.

Desnuda y temblando de frío.

Por qué rayos tal detalle se hacía presente en esos justos momentos. Decidida iba a sostener una playera para secarse, cuando el eco de unos golpecitos la sobresaltó. El espejo de la puerta deformaba la silueta de Sai en una figura curvilínea y sin rostro, pero sin duda era él.

—He olvidado que la toalla estaba en mi habitación.

Sakura cruzó ambos brazos y se encorvó por el frío a medida que se acercaba a la puerta. Era seguro que su cuerpo estaba a la vista de él, así como ella lo observaba tras el cristal. Aunque Sai, al parecer, mantenía el rostro ladeado, no podía ver su rostro y por lo tanto no podía confirmar que su mirada estuviera desviada hacia ella, tratando de armar el rompecabezas de su desnudez.

Abrió lentamente la puerta, cubriéndose con ésta, y extendió la mano por el pequeño espacio. Sai le alcanzó una toalla blanca.

—Sólo tengo una.

—Está bien, gracias.

Planeaba cerrar la puerta tras esas atropelladas palabras cuando él se lo impidió. Los ojos de Sakura se abrieron ante la expectativa y el miedo.

—Puedes usar el pantalón negro y la playera gris. La otra ropa puedes dejarla en el canasto que está afuera.

—Oh, sí.

Él se fue.

Finalmente cerró la puerta, aliviada en cuanto ya no pudo sentir su existencia. Su corazón latía vigorosamente y se dio cuenta, decepcionada, que de nuevo estaba mordiéndose el interior de la boca.

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Pasados los pocos minutos emergió del baño. Como dijo Sai, se encontraba un canasto afuera, ahí arrojó la ropa, menos su ropa interior, que permanecía húmeda entre sus manos. ¿Dónde podía secarla?

Se desplazó por el pasillo, el cual no recordaba haber caminado para llegar al baño. El apartamento era grande, podía sentirlo con cada eco de sus pies. Apenas recorrió unos pasos, se encontró con una puerta negra a su izquierda. Algunos pasos más adelante vislumbró el marco de una habitación, de la cual emergía luz blanca. La puerta negra, sin embargo, llamaba más su curiosidad. Tenía cerradura, no perilla. Se preguntó si era el cuarto de Sai, si era un cuarto de lavado u algún otro cuarto de servicio, aunque la vibra que flotaba a su alrededor parecía apuntar a que no se trataba de eso.

—Terminaste.

Sakura giró el cuello en dirección a la voz. El movimiento fue tan brusco que ciñó el rostro. Sai estaba en el marco, la mitad de su cuerpo iluminada por la luz y la otra mitad oscurecida por la sombra. Estaba de pie con la misma actitud que la primera vez que lo vio.

—Ven, he preparado algo para que comas.

Desapareció entre la luz y ella dio unos cuantos pasos, echando vistazos tras su espalda a medida que se alejaba más hacia la luz. La puerta negra resaltando en toda esa pared, arrojando vibras invitadoras.

Cuando finalmente llegó al marco fue recibida por una amplia cocina. Al igual que el baño las paredes eran de concreto, pero la mueblería era negra, incluso la mesa y el mármol. No había ni un adorno, sólo los típicos utensilios, entre ellos —y el más resplandeciente por el metal— un gran estuche de cuchillos.

—¿Qué sucedió... con ese hombre?

Sai le mostraba la espalda mientras servía una sopa de verduras en un plato hondo y blanco.

—Mi mente, yo... todavía tengo la mente nublada, y los recuerdos no me llegan lucidamente, me duele mucho la cabeza... pero sé lo que vi. Te vi a ti.

Sai se dio la media vuelta y colocó el plato en la mesa, no sin antes acomodar un pequeño mantel debajo de éste. El vapor de la comida separándolos, tal como el del café.

—¿Lo mataste, no es así?

No apreció ninguna señal de cambio en el cuerpo de Sai, nada decía que él estaba incomodado o nervioso con su acusación. Él, simplemente acomodaba la silla y con un gesto caballeroso la invitó a sentarse. Ni una expresión.

Sakura se sorprendió al notar que su pierna derecha se había movido para avanzar, cuando su intención era permanecer en su lugar. No quería ceder, necesitaba respuestas, necesitaba seguridad. Necesitaba palabras que la alejaran de la realidad.

Ella vio que Sai notaba su confusión, incluso así él no dijo algo para despejar sus dudas y se mantuvo al lado de la silla, con la invitación en pie. La frustración —y el miedo— de Sakura aumentaron.

—¿Qué sucederá ahora?, mataste a ese hombre... sé lo que vi, ¡lo mataste!

—¿En serio sabes lo que viste?

Se miraron directo a los ojos.

—¿Por qué estabas ahí justo en ese momento?—preguntó ella en un delgado e invisible hilo de voz.

Sakura no quería verlo a los ojos. Su atención se desplazaba del plato en la mesa al estuche de cuchillos.

—Yo estaba dentro de la cafetería. Te miré cuando te detuviste frente al ventanal para protegerte de la lluvia. Después de que te fuiste, un hombre te siguió. Es muy fácil concluir que él planeaba hacerte algo con tanto sólo ver cómo te observaba—Sai volvió a darle la espalda, ahora preparando una taza de café—. Espero que te guste, no recuerdo cuál sea tu preferido ni qué marca acostumbres.

—No te vi. Tú no estabas en la cafetería, me cercioré de buscar a quien sea que me estuviera observando y yo no te vi.

—No me viste porque no me estabas buscando a mí. Pero puedo asegurarte que estaba sentado en una de esas mesas. Un empleado puede decírtelo si tan desesperada estás de comprobarlo.

Entonces...

—Te estás alterando por nada. Siéntate.

Finalmente, ella cedió y con pasos precavidos se movió hacia la mesa. Desplazó más la silla y se sentó. La presencia de Sai, rara y sin aroma tras su espalda.

Escuchó cómo él le daba vueltas a la cuchara en la taza, mezclando el azúcar que acababa de añadir.

—Come.

Sostuvo la cuchara e inició cuchareando de a poco. Sus ojos estaban sumidos en la confusión y la insatisfacción.

Sai, el artista que el padre de su mejor amigo estaba financiando, era un asesino. Un asesino mezclando cuatro cucharadas de azúcar en su café.

—¿Haces eso a menudo?

—¿El qué?

—Matar a personas.

Sai abrió el grifo y escuchó que lavaba unos platos.

—No.

¿Es la primera vez que lo haces?, ¿lo has hecho antes? Las preguntas nunca salieron de su garganta.

Al infierno si era la primera vez que mataba a alguien. Él estaba llevando muy bien la situación, a diferencia de ella, que se estaba quedando sin nervios en las piernas y sin carne dentro de la boca.

—¿Y ahora qué harás?

—Te preocupas más por un desconocido que por ti misma.

—¿¡No te importa ir a prisión!? —exclamó girando su cuerpo para verlo tras ella, enjuagando unos vasos.

El delantal rojo le trajo de vuelta el destello de la sangre.

—Nadie sabe que he asesinado a ese hombre; nadie más que tú y yo. Esa persona no será extrañada ni recordada por nadie, ni siquiera por aquellos que lo vieron pasar por las calles hoy. Él mismo buscó su destino, ¿no lo crees así?

No pudo ignorar cómo él pasaba por alto el hecho de que ella llegara a tener la intención de delatarlo. La infravaloraba, de nuevo.

—Nadie espera por él.

—¿Cómo lo sabes?, ¿cómo sabes que nadie espera por él en casa?

—¿Crees que alguien espera por él en casa?, ¿una familia, una amante, una madre?; nadie espera por individuos así.

—No eres quién para juzgar... —las palabras le hicieron daño a ella también.

—Así es, no soy nadie. Solamente quien te ayudó.

—Ya te lo agradecí.

—No te estoy pidiendo nada a cambio. Si tu conciencia se retuerce por alguien que ha intentado matarte y quieres ir y denunciarme, hazlo. Yo no te detendré.

—No voy a hacer eso.

Salió de su boca con facilidad, sin remordimiento, sinceramente. No quería complicar sus sentimientos, estaba luchando por mantener su propia moral, su conciencia y su juicio. Sai le complicaba su decisión. Hace unos segundos tejía un plan para acercarse a los cuchillos, y ahora declinaba la simple idea de hacer justicia.

Por un lado, comprendía que estaba viva gracias a él, pero por otro, se daba cuenta que alguien más había muerto y que estaba comiendo en casa del asesino. El cual parecía no hablar, no comunicarse a pesar de que de su boca emergían frases.

—¿No sientes remordimiento? —preguntó tras una pausa, cuando el grifo fue cerrado.

—No siento remordimiento.

—¿Absolutamente nada?

—¿Tú sientes remordimiento?, ¿qué tan compasiva puedes llegar a ser?

—Entonces no te preocupa la posibilidad de ir a prisión.

—Si eso te preocupa: no, a mí no.

—Controlas esto mejor que yo.

—Dicen que los artistas controlan mejor sus emociones, a pesar de ser más propicios a morir por éstas.

El ambiente se hizo menos denso, la comida tenía sabor y color, el universo tras los ojos de Sakura se iluminó. Algo se conectó con ella, una tranquilidad proveniente de un sentimiento de absurdismo.

—Supongo... que será un secreto—susurró Sakura, observando el flujo de las verduras en su plato.

Selló el pacto.

—No te dejes consumir por los secretos.

Un secreto que recién iniciaba su recorrido en la larga mecha hasta la pólvora.


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Yo quisiera no tardarme tanto pero las cosas no me resultan así...

Bueno, agradezco la espera para quienes siguen leyendo y doy la bienvenida a los nuevos lectores, ¡muchas gracias por el apoyo! Hay reviews que wow, me dejan sin palabras.

Ahora, esto va tomando cierta forma. No satisfecha aún pero ahí va, ahí va.