"Cuando tienes insomnio nunca estás del todo dormido
ni despierto del todo"
—Chuck Palahniuk
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dualism
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Mientras salían del edificio pensó que en algún momento él demostraría una pequeña expresión de preocupación, nerviosismo o incluso ansiedad. Pero mientras cruzaban la calle, definidos por la luz del Sol y la azulada sombra de los edificios, ella llegó a la fría conclusión de que Sai era completamente indiferente a la muerte, y que los sucesos pasados apenas la noche anterior no hacían grieta en su rostro.
Carente de emoción alguna, casi autómata al respirar mientras la acompañaba a su apartamento, así lo veía por unos segundos. De vez en cuando parpadeaba, y era entonces cuando Sakura veía un atisbo de curiosidad. Tal vez era porque lo molestaba al tenerlo bajo atenta observación —aunque también tenía en duda si era posible que Sai se incomodara—, pero era inevitable; contra su propia voluntad lo analizaba, y se mantenía encerrada en el pensamiento de si su piel era así de pálida desde que nació o si un eterno encierro lo llevó a lucir como un muerto.
No cruzó alguna palabra con él respecto a esa cuestión. El frío de la mañana entraba por entre los dobleces de su ropa y el lengüetazo de una corriente de aire le recorrió las pantorrillas. Al usar la ropa de Sai —claramente masculina y más holgada— se sintió como cualquier otro hombre en la calle. La entrepierna era más suelta y amplia, podía palpar con la piel y sentir el viento que traspasaba el espacio que sobraba a falta de un aparato viril. Cada vez que daba un paso los pantalones de algodón le caían más abajo de la cintura, la camisa se le caía de un lado y el saco golpeaba contra la cara de sus muslos.
Contra todos los inconvenientes, la ropa la hizo sentir más confiada de sí misma e incluso más cómoda; podía deberse a la placentera sensación de ser otra persona lo que la asaltó en ese momento. Sintiese una mujer descubriendo la fantasía de ser hombre. La ropa adquirió toda la identidad de ser usada por un ser humano, a diferencia de hace unas horas, cuando la tocó y percibió como si nadie antes la hubiera usado o siquiera tocado.
Las calles que recorrían estaban frescas por la brisa matutina, el asfalto érase tal como hojas manchadas de aceite y el amanecer estaba engullendo con más prisa cada edificio que quedaba atrás mientras ellos se dirigían hacia la vaporosa sombra. Sin embargo, al cabo de unos minutos los delgados rayos de luz atravesaron el oscuro cabello de Sai, llegándole a acariciar la nuca y las orejas. La oscuridad y los borrones de azul marino se difuminaron con el naranja, morado y blanco.
Unos segundos más y las personas comenzarían a salir de sus casas, yendo a trabajar, a despedir a los hombres y mujeres, sacudir tapetes o sabanas, casi podía oler el aroma a desayuno o a café que emergería de los hogares o los puestos de comida.
¿Sai disfrutaría la fragancia de un hogar recién despertando?, con aquella pregunta vino repentinamente las imágenes de Sai viviendo en una casa grande, rodeada de un opulento jardín. Durmiendo con hermanos y hermanas en una misma y gran cama de sabanas blancas. Viviendo con un padre severo y una madre religiosa.
La idea se desvaneció cual humo de cigarrillo siendo manoteado en el aire.
Tener hermanos y hermanas te atribuye un carácter, ser hijo de un padre y una madre te otorga propósito y ganas de vivir por aquellos que van a morir y han sido los autores de tu vida.
Sai no poseía nada de eso. Era, simple y llanamente, indiferente. Los ojos no brillaban, la boca no se torcía en asco o placer, la nariz no oteaba el aire, ni siquiera el cabello se dejaba acariciar por el viento. La luz lo desconocía por completo.
Sakura se aferró más al bolso en su hombro, donde cargaba con la ropa húmeda que guardó en bolsas de plástico. Podría decirse, que de cierta forma Sai era una bolsa de plástico: sin color, sin olor, vacío en un principio. ¿Pero alguien, a fin de cuentas, hacía las bolsas, no? Y en ese instante nació en ella la necesidad de demostrarlo, descubrir quién lo había construido.
—¿Eres natal de aquí?—se le ocurrió preguntar, y así tan siquiera saber si había nacido en una patria como cualquier otro hombre.
—No, no soy de aquí.
—¿De dónde eres?—preguntó inmediatamente pues identificó el tan conocido tono cortante y desinteresado.
—Del Sur.
Con esa respuesta vinieron a su memoria los recuerdos de su escuela y las lecciones aprendidas.
La zona del Sur era fría, eternamente invernal y rodeada de oscuros bosques. Sakura había visto fotografías del paisaje cuando estudiaba para un examen de Historia, el tema principal: La noche de los aullidos. La batalla era llamada así, pues después de que la noche llegaba y los bandos contrarios se retiraban lejos de la tierra de nadie, los lobos se acercaban en jaurías y se llevaban a los cuerpos de los caídos.
El último día que los soldados y los rebeldes se enfrentaron —saliendo victoriosos los primeros— fue como si todos los lobos emergieran de las entrañas de cada árbol existente y bajaran en oleadas desde las montañas. En la nieve solamente permanecían los culebrones de sangre que dejaban los cuerpos o miembros desgarrados al ser arrastrados por las mandíbulas y las garras, que ya no temían al sonido de las balas ni a los gritos de los humanos.
Muchas familias sólo recuperaban miembros o cabellos de aquellos que morían en terreno llano, pero la mayoría fueron muy desafortunadas pues casi toda la oposición que se enfrentó al gobierno murió dentro de los bosques.
En el presente, la mayor parte de los bosques estaban deforestados, se encontró una fuente de petróleo bajo una de las tres montañas que caracterizaban el lugar, y la fauna descendió hasta un punto donde los lobos se encontraron en peligro de extinción.
Si recordaba bien lo que había leído hace años, solamente quedaba una o dos clases de venados, y pocas decenas de lobos comparadas a los cientos que existieron. La gente en ese lugar, al pasar de las generaciones, seguía viviendo en cabañas o pequeñas casas, caminaban largas rutas para llegar a la ciudad y su estilo de vida cambió por el nuevo régimen. Pero el resentimiento lo demostraban a cualquier extranjero.
Sakura desconocía qué tan delicada era la situación para aquellos que emigraban del sur, pero le sorprendió que Sai estuviera establecido al norte del país, teniendo éxito como artista desde antes que Minato lo ayudara. No en muchos lugares públicos se colocaban estatuas, pero él logró tener una en medio de una plaza medio concurrida. Y no era cualquier estatua.
Un ángel desangrándose desde el más profundo recoveco de la carne, con las alas mutiladas y la expresión más placentera que haya imaginado en alguien muriendo. Al acordarse de aquello también trajo consigo la imagen del cuadro con la niña sobre el demonio hecho de roca. En un flechazo de claridad recordó los bosques y el incendio al fondo, las figuras de humo alzando el vuelo al cielo, los rastros de nieve derritiéndose y... pequeños destellos entre los árboles.
¿Podría ser, acaso, una alegoría a lo sucedido hace décadas en el sur?
La luz del Sol atravesó sus ojos cuando dieron vuelta en una esquina. La expresión compungida por la repentina luz, como si los ojos estuvieran ya acostumbrados a la cómoda y densa sombra del apartamento de Sai. La sangre se le calentó en las mejillas y su piel se tornó más saludable. Sakura dio una mirada furtiva a Sai, quien estaba parcialmente cubierto por la sombra arrojada del volado de un local. No le calculó más de 25 años, así que era imposible que viviera en aquellos tiempos de delicada política. Siendo tan joven divagó en el porqué se encontraba solo, pero no le pareció pertinente hacer más preguntas o profundizar en la vida personal que llevaba.
La respuesta anterior fue suficiente para saber que él era proveniente de un nido de cenizas y resentimiento, y probablemente su familia seguía resentida al pasar de las generaciones. Aunque las grandes tierras siempre fueron del país, en cierta forma estaban separadas de éste, y fue una gran tragedia cuando un día decidieron voltear la cara y re-organizar los recursos de la zona del Sur, llegando al punto de una guerra civil.
Inhaló profundamente, todavía luchando contra el pantalón que se deslizaba con cada paso que daba.
—¿Tartamudeabas cuando eras pequeña?
Los primeros seis segundos creyó que la voz venía desde lo profundo de su cabeza, pero girando el rostro hacia Sai, se dio cuenta que fue él quien había hecho la pregunta.
—¿Qué dijiste?
—¿Tartamudeabas cuando eras pequeña?
Varios recortes de su infancia se cruzaron y sobrepusieron sin control. Su madre pellizcándole el labio, su padre gritando, una pequeña bofetada en la boca hasta llegar a un golpe más violento. Y sangre saturada de saliva escurriéndole por el cuello.
—Sí, —respondió— solía... tartamudear—y a propósito había hecho una pausa para no balbucear.
—¿Tus padres te golpearon para que dejaras de hacerlo?
Ella alzó la vista y él ya la esperaba también. Pudo mirarlo fijamente por unos segundos sin interrumpir.
—Sí, me golpearon. ¿A qué viene la pregunta?
—Lo deduje por la forma de tus labios.
Apartó la mirada y en sus ojos verdes comenzó a hacerse notable lo avergonzada que se sentía por el resuelto comentario.
—¿Cómo puedes deducir eso con tan sólo ver la forma de mis labios?, creo que solamente estás tratando de llamar mi atención...
Creo que tratas de manipularme.
—Posiblemente.
Llegó un punto en el cual sus pensamientos y sus palabras se confundían, un pánico que duró un instante la inundó al creer que él tenía la capacidad de leer sus temores. Trató de relajarse, difícilmente por la increíble presión que comenzaba a palpitar en sus muñecas.
—¿Vamos en la dirección correcta?
Se pasó la mano por todo el rostro antes de echar un vistazo a su alrededor. Las calles estaban completamente iluminadas y las personas caminaban de un lado hacia otro cruzando las calles.
—Sí, uhm...
Sería mejor que cortaran cualquier contacto en ese momento. Sakura no deseaba permanecer más a su lado y la ropa estaba picándole la entrepierna.
—Estaré bien a partir de aquí, puedo seguir sola.
—Pensaba traer de vuelta conmigo la ropa que traes puesta.
Un veloz y cortante delirio de ella desnuda viajó por su mente como la luz.
—Yo... N-no te pre-preocupes yo te la enviaré de vuelta, ¿q-qué te pa-parece?
Un silencioso intercambio de miradas, pero esta vez ella no pudo permanecer con la vista fija sobre él. Sus labios luchaban por temblar y ella por no dejar ver y leer lo que le sucedía a su cuerpo.
—Está bien.
Sai introdujo una de sus manos al bolsillo de su pantalón y Sakura retrocedió alarmada por el tacto de la mano en su muslo. Él le mostró lo que buscaba: un pedazo de papel. Por un momento creyó que arrojaría el corazón por la boca ahí en la banqueta. Obtuvo una pluma de su propio bolsillo y escribió algo en menos de siete segundos. Los contó.
—Esta es mi dirección—le extendió el papelillo doblado y ella lo recibió para después meterlo de vuelta a su bolsillo. Los dedos le temblaron por un momento rodeados de la tela suave.
Sai retrocedió unos cuantos pasos, alargando su sombra en el concreto.
—Nos vemos.
Un sempiterno intercambio de pensamientos en menos de un parpadeo y él ya se estaba alejando entre las personas que salían de los locales.
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Dos días después la ropa seguía sobre la cama y ella se esforzaba por detectar algún olor en ella. No había visto a Naruto ni a Sasuke, a absolutamente nadie, y no tenía intenciones de salir y ver si toda la demás humanidad continuaba expandiéndose.
Los impulsos por aventarse de la ventana habían cesado y ahora solamente contaba los minutos que permanecía sobre la cama, tratando de fusionarse entre sabanas y colchón. Sakura dio media vuelta sobre su espalda y contrajo los dedos contra su almohada. Las últimas dos noches la tenían exhausta física y emocionalmente. Las razones de su desvelo y cansancio no se debían al asalto que sufrió con ese hombre (para su sorpresa, ni siquiera recordaba el rostro del hombre, y cuando trataba de recordarlo un borrón negro justo en su rostro se lo impedía).
Al contrario de todo diagnóstico, la única imagen que la traumatizaba era Sai.
Manos. Cuello. Zapatos. Paredes y concreto. Ropa y suciedad. Aquella puerta con seguro y el brillo de los cuchillos en el estuche. La púa de la hebilla incrustándose en la piel. Sueños quiméricos con luces de neón y un suelo ondulante bajo sus pies. Había tenido suficiente de eso.
Ella cerró los ojos nuevamente.
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Una semana y el vómito regresaba todas las mañanas. Esta vez no logró llegar al baño y el líquido de su estómago cayó libremente al piso de vinil. Sakura encogió los dedos de los pies cuando sintió el salpicadero y agrió líquido de su boca. A veces los ataques de ansiedad pasaban en minutos u horas, pero esta vez estaba en el límite. Vomitaba aún cuando dejó de comer gran cosa.
Por una parte estaba bien, porque así no gastaba dinero y podía ahorrar más y así poder pagar la renta. Por otro, su estómago lo estaba resintiendo. Cada hueco dentro de ella era palpable con tan sólo concentrarse en ese pensamiento. El líquido en su garganta, el aire dentro de sus pulmones, la agitación de su sangre, el sudor entre los muslos y la suciedad del cabello. Podía escuchar los ácaros acicalarse.
Su mano se deslizó por la pared, desanimada caminó a paso lento rumbo a la pequeña cocina y localizó el trapeador. No puso atención a todo lo que hacía, el vómito quedaba más regado que absorbido por la tela, y sus manos no dejaban de temblar cada vez que giraba el palo de madera sobre el suelo. Juraría que dibujaba con sus propias entrañas.
Unas pequeñas gotas cayeron sobre sus pies. Era así desde hace tres días, aunque no era nada nuevo: lloraba sin razón alguna, y en el lapso de tiempo que duraba su llanto creaba las razones para justificar el desperdicio de lágrimas. Se decía que era por la falta de dinero, los obstáculos en su vida de estudiante, lo terrible que era como amiga y la poca autoestima que tenía. Llorar era un reflejo como el cerrar los ojos al sumergirte en el agua.
Terminó por dejar la suciedad en el piso, permitió que el trapeador se resbalara por entre sus dedos mientras lo observaba con profundidad. Al caer, el sonido resultó en un fuerte golpe, como madera hueca golpeada contra una roca. El estruendo se repetía una y otra vez, seco y firme.
Al despejar la musaraña de su mente se dio cuenta que el ruido no provenía de la escoba ni del suelo, sino de su puerta. Alguien estaba haciéndole una visita sorpresa.
Estuvo detenida en el tiempo por un puñado de segundos hasta que por fin dio por sentado que realmente alguien estaba tras su puerta, y entonces entró en pánico.
¿Cómo salir a saludar con la mitad de las piernas sucias, la garganta consumida y el cerebro frito?
Si se trataba de Chiyo entonces tenía que abrir cuanto antes. Tratando de no hacer mucho ruido con la piel, caminó directo a la puerta y echó una mirada por la mirilla. No era Chiyo.
Era Naruto.
—Sé que estás ahí, te he escuchado vomitar.
Aquello aceleró más su ritmo cardíaco. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí?, ¿Por qué no había tocado desde que llegó? O peor aún... ¿acaso lo había hecho y fue ella quien no reparó en el sonido de su llamado?
—Naruto... —susurró, sabiendo que la escucharía.
La cabeza rubia se apoyó contra la puerta y alcanzó a escuchar un suspiro.
—Verás, los últimos días quise salir a comer contigo y te iba a buscar diariamente a tu trabajo, pero me decían que no habías ido o que descansabas... me dijeron que no habías ido dos veces, lo cual significa que descansas más de lo que trabajas. No me dijiste eso. ¿Estás bien?
Irónico preguntar cuando la había escuchado vomitar.
—Estoy mejor, solamente enfermé un poco del estómago y por eso he faltado. No tienes por qué preocuparte.
—¿Y por qué no me llamaste? —su voz se escuchaba más apagada de lo que la puerta permitía.
—Solamente quiero estar sola.
Segundos después de un rotundo silencio él dejó salir una especie de suspiro repentino, burlón y sarcástico.
—Vamos Sakura, no tienes por qué seguir ocultando todo, sabes... Sasuke me dijo que llegaste muy tarde a la cita que tuvieron. No lucías muy bien, y te notó distraída. Sé que... en parte ha sido mi culpa, comprendo que quieras tu espacio, pero...
Sasuke, Sasuke, Sasuke. Gracias al mencionarlo. El rostro de Sasuke le estaba revolviendo más el estómago.
—Te he dicho que estoy bien, no te preocupes—trató de sonar lo más segura posible de sí misma.
—Entonces abre la puerta.
—No—respondió ella.
Naruto pareció retroceder, pues escuchó el leve sonido que provocó su cuerpo al retirarse de la puerta.
—Sólo quiero hablar contigo.
—Ya lo estamos haciendo, Naruto.
—¿Te parece que hablar a través de una puerta es una verdadera conversación?
—No estoy en condiciones para abrir la puerta, ¡ya lárgate!
No pudo creer el tono que de su boca salió.
—Muy bien. Pero sabes... voy a regresar mañana, con Sasuke y los dos vamos a sacarte de ahí. No importa si estás en lencería o desnuda, ¡créelo!
—¡Sí bueno puedo demandarte por entrar a la fuerza! ¡Ahora largo!
Naruto hizo un puchero. Sakura se estaba haciendo la ruda y cada vez que eso pasaba era por una buena razón. La conocía desde hace años, y no había sido hasta hace poco que notó cómo su silueta y actitud estaban cambiando.
No quería rendirse, no iba a irse sin decirle la razón de su búsqueda.
—Vamos Sakura, no quiero seguir hablando aquí afuera. Todos están escuchando y parezco un tonto. Abre la puerta... ¿no hablarás en serio al echarme, verdad?
La de ojos verdes compungió el rostro ante un fuerte dolor en el estómago, sin querer dejó apoyar su brazo fuertemente contra la puerta y su cabeza golpeó la madera sonoramente.
Naruto se alarmó.
—¿Qué fue eso?, ¿te encuentras bien?, ¡oye!
—¡He dicho que estoy bien!—apretó la mandíbula después y las arcadas se intensificaron— Por favor, ya vete...
—¡Voy a ir por esa anciana y pedirle que abra la puerta!
—¡Serás IDIOTA! ¡Lárgate ya! ¡Si no te vas nunca volveré a hablarte en mi vida!, ¡y lo digo en serio!
Y él sabía que iba en serio. Su tono de voz no era más susurrante o adolorido, Sakura realmente estaba enojada y lo estaba echando por las malas.
Naruto se pasó la mano por el cabello, mirando a ambos lados del pasillo y notando a su izquierda cómo dos pequeños gemelos asomaban la cabeza por una puerta y a un anciano a su derecha poniendo cara de molestia en la entrada de su apartamento.
Supuso que realmente era hora de irse. Se cruzó de brazos, todavía indeciso y frustrado por la explosión de su mejor amiga. Entonces decidió hacerse el duro... un poco.
—Está bien, me largo, pero olvídate de comida gratis por el próximo mes, ¡no más sopas instantáneas o café en las tardes!—le exclamó bajo la luz anaranjada de la iluminación interior.
—Como si me importara esa porquería, ya desaparece—contestó Sakura, dentro de su ensombrecido y lúgubre apartamento.
Naruto retrocedió, sorprendido.
—¿Quién eres tú?—preguntó con los ojos azules abiertos en suspensión.
¿De qué iba ahora ese idiota?, ¿qué quién era ella?, cómo se atrevía a seguir con un estúpido jue—
—¿He dicho quién eres?
De nuevo la pregunta, y esta vez Sakura detuvo su respiración. La boca se le secó al instante.
Se tocó la garganta con la mano derecha. La voz... Posiblemente era un juego de su mente o tal vez Naruto sólo estaba haciéndose el terco, pero...
—¿Quién está contigo Sakura?
Entonces no era un juego.
Ella estaba sola, no había nadie más en su apartamento. Lo cual solamente dejaba una respuesta alarmante en el aire.
—No hay nadie conmigo, Naruto. Vete ya por favor—esta vez pareció que su voz era realmente la voz de Sakura, de ella, Sakura Haruno.
Un poco de silencio y comprensión.
—Está bien. Has ganado finalmente. Sólo hoy, porque volveré mañana.
Lo escuchó retroceder, bajar las escaleras, saludar a la anciana y pedirle que vigilase a su mejor amiga, después se perdió afuera. Escuchó las gotas de la llave del fregadero, la mosca dando vueltas en el pasillo y el reloj siguiendo su marcha.
Pero todavía no reconocía la voz que acababa de salir de su boca hace unos minutos. La voz casi masculina que habló a Naruto a través de ella.
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[Disculpas. Disculpas. Disculpas. Me tardé de nuevo. Gracias por leer y bien... ¿qué piensan de lo que ha sucedido en este capítulo?]
