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you are the blood

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Un rastro de agua desde la regadera hasta sus pies brillaba sobre el suelo. La luz cálida y tenue del pasillo atravesaba desde el otro lado por el vidrio de la puerta, apenas iluminando las delgadas pantorrillas y arrojando sombras en las paredes y suelo del baño. Eco de gotas cayendo de la regadera hacia el desagüe, en compañía con las pequeñas que caían del cabello de Sai hacia sus pies.

De pie en medio del ensombrecido baño, con restos de agua aún fluyendo como venas exteriores sobre la piel, Sai terminaba recién de ducharse y mantenía un semblante en blanco. Estiró su delgado brazo al cesto donde descansaba una toalla.

La toalla contra su rostro. El aroma de la piel. Grasa. Sudor. Jabón. Tenues caricias de lluvia, roces de lavanda y el fantasma de la sangre. Sus negras pestañas tiemblan de excitación, y su rostro se apoya más en el hueco de sus manos, permaneciendo así por varios segundos. Al apartar la toalla de su rostro, nota a través de las tupidas pestañas un reflejo rosa sobre la tela. Con la ayuda de su dedo pulgar e índice lo levanta con delicadeza.

El largo y rosáceo cabello tiembla entre sus dedos con cada suave soplido que sale de entre sus labios.

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Sakura cayó sobre su cama, exhausta, pálida y con la respiración agitada y la garganta áspera. Siete, no ¿tal vez diez kilómetros?

Ya no puedo recordarlo.

Corrió por las calles todo el día. Se detuvo en momentos para recuperar el aliento a bocanadas, se apoyó en las esquinas de los edificios si el agudo dolor en el abdomen se volvía más intenso, con la cabeza en lo alto, viendo las nubes navegar ajenas a la vida citadina.
Corrió, corrió entre cientos de aromas y texturas, rostros y árboles, lugares con nombre y sin nombres, pláticas sosas y otras cotidianas. Miles de ojos observándola fijamente, esperando verla caer por el dolor en medio de la calle, sin ayuda.

Al llegar a la entrada de su apartamento, Sakura escurría sudor, la sudadera se le adhería como una segunda piel y las hebras del cabello le torturaban el cuello. Sin energías mira el techo de su cuarto, la pintura cayéndose por la humedad y manchas amarillentas apareciendo alrededor del foco. Triste decide dirigir su atención a través de la ventana.

La línea del horizonte se desvanece y entremezcla con los colores del cielo, y algunas nubes llegan a acariciar la cúspide de las montañas. Para muchos la naturaleza significaba constante cambio y caos. Para Sakura no había mejor vista que aquella, la paz transmitida era suficiente como para mantenerla en la cama todos los días del año, tal vez hasta envejecer, y poder escapar como el polvo entre el alfeizar. Si tan solo... tan solo pudiera desintegrarse ahí mismo.

Todo silencioso y claustrofóbico. La puerta del apartamento vibraba, se agitaba ligeramente por la ráfaga que provenía de escaleras abajo cada vez que alguien salía del edificio. Alucinaba con el sonido de golpes contra la madera, un par de ojos asomándose tal vez por la pequeña rendija entre el suelo y la puerta. Presencias alrededor suyo, mirando su tembloroso y diáfano cuerpo. No importaba con qué acciones o pensamientos se distrajera, la sensación de una segunda entidad no paraba de acariciarle la nuca. Movió su cuerpo apoyando su peso en el costado izquierdo, con la cabeza en un ángulo ligeramente molesto contra su hombro. Sus ojos se ataron a esa oscura esquina del cuarto, enterrándose en el negro plástico.

La ropa en la esquina, dentro de dos bolsas negras y amarradas con tres nudos, le recordaba a pinchazos la responsabilidad que aún no cumplía. Aquel día, tan pronto como se quitó la ropa de Sai, la arrojó dentro del agujero negro, lo amarró lo suficientemente fuerte para que lo que sea que fuera no emergiera. A partir de aquella tarde, no pudo conciliar ni la más ligera caricia de sueño.

¿Olor?, no se trataba de olor. En cualquier ropa existe cierto aroma que llegas a reconocer cuando frecuentas la compañía de alguien; con la ropa de Sai era diferente. Su conclusión era que de su ropa no emergía un aroma u olor, sino un aura opresiva. Absurdo o no, todas las noches se despertó a causa de eso, sin embargo —hasta ese momento— no se atrevía a ir y devolver la bolsa.

Era inconciente del tiempo exacto que pasó después de aquella discusión con Naruto. Desconocía el día de la semana en el que estaba viviendo y agradecía que nadie del trabajo le llamara. Posiblemente estaba desempleada para ese entonces —lo que hace unas semanas le hubiera causado un ataque de ansiedad y tristeza, ahora solamente se acercaba al abandono y desinterés—.

El trabajo es el menor de mis problemas, se dijo a sí misma, sorprendiéndose de que no se comparara con la premisa de ir de nuevo a lo de Sai, verlo y revivir la terrible experiencia. Todos sus problemas se presentaban en una montaña helada, y en la cima cubierta de nieve se encontraba un pequeño sketch caricaturesco de Sai —sonriente, con dos puntos de carbón intermitentes a forma de ojos—

Más allá del miedo, se presentó la existencia de una rara fascinación por el secreto que los mantenía unidos. Un sentimiento latiendo a pulso lento y profundo en el centro de su corazón. Seductor y susurrante.

Gran duelo entre levantarse y coger la bolsa, o enterrarse más en los pliegues del colchón, cerrar los ojos y morir. Temblores en los pies, en las manos, la parte baja de la espalda y punzadas en el abdomen.

Haz que pare.

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Después de una semana y media —desde que lo vio por última vez—, Sakura se dirigió a lo de Sai.

Con la bolsa entre sus brazos caminó lo más rápido que pudo, ignoró cualquier contacto humano y esta vez se había sentado muy al frente del autobús. Al bajar tropezó con la banqueta, recuperándose de inmediato con un leve sonrojo en el rostro.

Ocultó su apariencia con una gran chamarra verde y un suéter navideño que su abuela le regaló al cumplir doce. Apenas era noviembre. Las botas eran de su padre y los cordones percudidos se estaban deshaciendo. Desde un punto lejano cualquiera podría darse cuenta que su estado y apariencia física eran deprimentes, sus piernas cubiertas por la tela negra de algodón le daban la imagen de una pequeña y torpe araña caminando con dos patas, tambaleándose por lo difícil que era caminar con esa gran bolsa negra, entorpecida además por la gran chamarra. "Pordiosera", escuchó susurrar a unas chicas que pasaron por su lado. Su idea de pasar desapercibida no estaba funcionando, claramente.

Era conciente de las miradas, pero se mantuvo al frente y clavó la mirada en un punto inexistente en el espacio. Ignorante de cualquier juicio o suceso a su alrededor. Camino a ciegas y se dejó llevar por los vagos recuerdos de su caminata con Sai. Al mirar a unas meseras servir café dentro de un establecimiento, se le cruzó por la mente el súbito recuerdo de que hoy era día laboral, y que no había llamado para dar razones de su ausencia. Cabizbaja divagó en recuerdos y maneras de solucionar su situación económica.

Después de que su cuerpo merodeó por varias calles sin rumbo aparente, se sorprendió al tropezar con una jardinera. Levantó la cabeza y frente a ella la imagen del edificio gris se alzó imponentemente. El lugar se veía tan diferente al atardecer, por un momento creyó que estaba en la dirección equivocada. Aunque se trataban de apartamentos de clase media la fachada del edificio daba una apariencia tosca y descuidada, lo único sobresaliente eran las jardineras con pasto y arbustos bien cuidados, y unas cuantas pequeñísimas flores guinda que con el fuerte aroma que desplegaban la descolocaron por completo. El caminito pedrusco llamó su atención, era curioso cómo cada piedra poseía una figura singular, se encontró perdida formando siluetas con las líneas y colores. Aquel era un nuevo juego. Dio vueltas por un par de minutos frente al edificio, con el fuerte aroma de las flores liberándose a su alrededor. Era un estado de tal profunda concentración, que sólo se rompió cuando tropezó contra una persona que salía del edificio.

—Lo siento, lo siento—balbuceó cuando el hombre más alto que ella por casi una cabeza pasó por su lado, sobándose el hombro y mirándola con expresión compungida.

Sonrosada de las mejillas se acomodó mejor la bolsa entre los brazos, y se aproximó a los escalones de la entrada terminando con su pequeño juego de las piedras. Intentó empujar la gran puerta negra, pero se dio cuenta que se necesitaba una llave para ingresar. Miró a través de unas pequeñas ventanillas que se encontraban a los lados de la puerta, en busca de algún vigilante o encargado que pudiera darle el pase. Se dio media vuelta cuando no encontró a nadie dentro, con la esperanza de que tal vez alguien estuviera en los alrededores. Su atención se vio desviada inmediatamente. Contra la pared de tabique una caja dorada con botones resplandecía. Cada apartamento enumerado desde el 0 hasta el 28, con una barra plástica iluminada a cada lado de un número donde se encontraba el nombre del propietario. Esto lo hizo más fácil, pues casi al instante su atención cayó en una placa con un nombre de tres literales.

Apartamento 19, SAI

Apretó el botón sin pensárselo demasiado. Después de retirar el dedo cayó en cuenta de que un poco más alejada se encontraba una bocina.

—¿Quién es?

De un salto retrocedió. Mierda. La repentina e imperativa voz logró descolocarla, casi perdió el equilibrio y tiró la bolsa. Se trataba de una voz femenina. Sakura comenzó a sentirse nerviosa por la posibilidad de un error. Pero ahí decía Sai.

—Soy... soy... soy Sakura.

Déjale pasar —se escuchó al fondo.

Una fuerte emoción le oprimió el pecho, el latido del corazón le subió hasta la garganta y se desbocó. Esa voz sí que le conocía, era la voz decadente de Sai.

La puerta del edificio emitió un "clic", y se abrió. Sakura echó un vistazo a la desolada y silenciosa calle. Con paso lento caminó hacia la puerta e ingresó al edificio, dejando atrás el hermoso jardín que desapareció con la puerta cerrándose tras su espalda.

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Después de un largo momento frente al elevador, se decidió por subir las escaleras, decisión que se repetía no era para "retrasar su encuentro", sino para evitar compartir elevador con alguien; aunque era más probable que se encontrara con más personas en el camino que en el ascensor. Inhala. Exhala. No lo olvides.

En cada descanso revisa el número de las puertas, y es cuando lee mentalmente el número 15 que se siente más ansiosa e insegura. Inhala. Exhala. Sube otro escalón y siente un repentino mareo. Sakura apoya la mano sobre la pared, la bolsa negra luchando por escurrirse entre su otro brazo.

No puedo. No puedo. No puedo. No puedo —Se detiene a mitad de los escalones— Vamos Sakura, después de esto no tendrás que volver a verlo, olvidarás lo que sucedió y borrarás de tu memoria ese suceso. Volverás con tu familia, trabajarás en la pequeña tienda del pueblo y te casarás con el hijo del dueño. Tendrás dos hijos y finalmente cumplirás con las expectativas de tus padres —madre—

—¡Aparta de mi camino!

Sakura trastabilló en el escalón cuando otro cuerpo colisionó contra ella. Se sostuvo de la pared y la bolsa negra cayó de sus brazos rodando por los escalones hasta el pequeño descanso donde aterrizó con un sonido seco. Miró la bolsa, después un par de tacones rojos, unos pequeños y hermosos dedos sobresaliendo de entre el cuero rojizo, con la uña teñida de un rojo aún más profundo. A medida que subía la mirada, detalló un vestido corto hasta la rodilla huesuda, un saco negro hasta la pantorrilla blanca, y un collar cobrizo adornando un cuello largo y nacarado. Fue hasta ahí que pudo ver, pues la presencia invadió repentinamente su espacio personal, arrinconándola más contra el concreto de la pared y robando su aliento.

—Huh... vaya—salió de entre los labios de la persona, una voz fémina, delicada y etérea.

Un exquisito aroma aleteó a su alrededor, fresco y dulce, con una sencillez embriagante. La larga, sedosa y rubia cabellera de la fémina, se deslizó entre la ropa de segunda mano de Sakura, y la ropa de diseñador de la invasora. Sakura levantó la mirada de la clavícula en dirección al rostro de la mujer, encontrándose con una tierna sonrisa y unos ojos azules adormilados.

—Sakura, eh... tienes unos preciosos ojos verdes.

Sin esperarlo, sintió como le acariciaban la barbilla y después la caricia se dirigió a su labio inferior, un pequeño roce entre la larga uña y la carne le envió un escalofrío por la espalda baja. Jamás se embriagó, pero se imaginó que esto era algo parecido al estado de embriaguez. La mente nublada, los sentidos encandilados y una sensación de temblor por todo el cuerpo.

La bella mujer no se separó ni un ápice de su rostro al decirle lo siguiente:

—Cuídate mucho, Sakura... un día puede que alguien te robe el rostro—la risita sutil que prosiguió le envió el dulce sabor de su aliento—. Dios, tus ojos son tan grandes, como dos esmeraldas... qué ganas de hacerme unos aretes con ellos.

La desconocida se quedó observando por segundos que se hicieron eternos, hasta convertirse en una tortura interna que Sakura luchaba por soportar. Tal víctima de un hechizo, no pudo apartar la mirada de sus ojos, a pesar de que deseaba desaparecer y no ser vista jamás.

La princesa mirando al sapo.

La princesa acercó el rostro aún más, inhalando el aroma del agua estancada. Sakura se apegó más a la pared, ladeando la cabeza a la derecha y así mostrando la cara de su cuello. Era una masa tratando de fundirse contra la pared de concreto, alguien que la viera no podría decir si era temor o excitación lo que su rostro mostraba. La princesa se apartó. Apareció repentinamente y se fue así. Desapareció entre una cortina rubia, entrando al ascensor justo cuando este se abrió, el rastro de su perfume impregnado en todo el espacio, grabado en las fosas nasales de Sakura.

Sakura no se movió de su lugar hasta escuchar la puerta de la entrada abrirse y cerrarse pisos abajo. Fue entonces cuando se permitió exhalar y recuperar el aire a bocanadas. Aún sintiendo el fantasma de la fuerte presencia de esa mujer, se dirigió hacia la bolsa que había rodado hacia el descanso, la cogió con sus dos manos y miró hacía arriba.

De pronto ya no quería subir. Algo entre sus piernas se movía, un pálpito incontrolable. Siempre evitaba los espejos, pero en esos momentos deseaba tener uno para poder desfigurar su rostro y no permitir que nadie leyera el deseo en su mirada. El calor de sus mejillas le decía que el encuentro con aquella desconocida estaba marcado por todo su rostro.

Hermosos ojos azules salpicados de luces de neón, decorados con unas largas pestañas... le recordaron las plumas de un Ave Real. El capullo que formaban los labios rojizos como una rosa a punto de florecer, no se iba de su visión. La cortina de cabello que se había hecho espacio entre ellas atrajo su mirada en dirección al escote, el largo collar de cuencas que se perdía entre las curvas tiernas le provocaron unas ganas de tocar más poderosas que aquellas cuando era una cría que quería los dulces tras el vitral.

Los latidos de su corazón jamás estuvieron así de descontrolados, sentía el pecho adolorido y las manos le sudaban contra el plástico.

¿Quién es ella?

Fue en ese momento, que la voz de la desconocida y, la voz que le contestó desde el apartamento de Sai, se interpusieron y fueron gemelas al instante. ¿Podría tratarse de la misma?, llegados a una positiva conclusión... ¿Por qué se encontraba en el apartamento de Sai?

Inició de nueva cuenta su recorrido, con una marea fría inundando sus interiores. La simple posibilidad de que aquella mujer y Sai se conocieran le transportó a un espacio ártico. La excitación de antes s eclipsó cuando frente a ella apareció el número 19. Qué raro que para esos momentos no pudiera recordar con claridad el rostro de la mujer, o el recorrido que hizo con Sai hace varios días al salir por esa misma puerta. Sin embargo, ya se encontraba frente a ella, y juraba que la esencia de la mujer era incluso más fuerte. Otro indicio de que tal vez, sí eran indiscutiblemente la misma persona.

Inhaló coraje, sostuvo con fuerza la bolsa y con el valor suficiente estuvo a punto de dar el primer golpe a la puerta, cuando ésta se abrió amablemente.

El boceto de su monocromático rostro apareció. La misma oscuridad de la noche le dio la bienvenida a través de esos ojos.

—Te estuve esperando.

Me estuvo esperando, todo este tiempo él estuvo esperando por su ropa... mientras yo la mantenía conmigo por el capricho de mis propios temores infundados.

—Siento... mucho haberte hecho esperar —replicó haciendo una pausa, para después extender la bolsa—. Aquí tienes.

Sai mantuvo la atención en el rostro de Sakura, mientras ella sostenía la bolsa frente a la entrada, esperando impaciente el momento en que finalmente la recibiera.

—Gracias —contestó Sai, al mismo tiempo que por fin le quitaba el peso de los brazos.

Sakura se atrevió a mirarle fijo por unos segundos, hasta que no soportó el contacto directo y agachó la cabeza.

—B-bueno, graci-as de nuevo, y lo siento de-nuevo por haberme demorado en traerte la ropa, ten-tengo que ir-irme ya.

Hasta ella podía notar lo torpe que eran los movimientos de sus pies al alejarse, y cómo agitaba las manos y miraba a cualquier lugar que no fuera la entrada del apartamento de Sai.

—¿Por qué no entras? He colocado agua para té, ¿no te apetece?

Ella ya se encontraba en el primer escalón, con la mano en el pasamanos giró su rostro nerviosamente.

—¿T-t-té? Uhm, oh, eh, ehmm, sí... claro... —no tan segura ni de su propia respuesta, giró en sus tobillos y emprendió de vuelta el camino cabizbaja.

Sai le hizo espacio en la entrada, ella se apegó lo más que pudo a la pared, haciéndose obvio que no quería tener contacto alguno con él. Le sobresaltó el cuerpo cuando Sai cerró la puerta, y se encontró perdida en aquel pequeño recibidor, no sabiendo para dónde dirigirse a partir de ahí.

—Sígueme.

Como cachorro callejero siendo bienvenido en un hogar, Sakura siguió a su nuevo amo a la cocina. La luz que entraba por la ventana del pequeño comedor iluminaba apenas la mitad del suelo, dejando una parte de la habitación en parcial penumbra. Estaba oscureciendo... muy rápido.

—Siéntate.

Obedeció al instante, tomando asiento en una de las sillas del comedor —la misma que había usado esa noche—.

Con sorpresa notoria en su mirada, Sakura notó una nueva escultura sobre la mesa. Pequeña y de metal, se alzaba como una figura humanoide; aunque un tanto torcida en lo que para ella se trataba del cuello y las manos, y denotaba unos rasgos bestiales en las piernas, algo parecido a pezuñas. Se distrajo hasta que Sai volvió a hablar.

—Aquí tienes.

Sakura retrocedió en su asiento cuando Sai colocó la pequeña taza humeante frente a ella. El agua verde y casi cristalina le enviaba un aroma herbal directo al rostro.

—Gracias —casi susurró, sintiéndose incómoda por la timidez que la inundaba.

Sai no contestó, en cambio, se sentó justo al lado contrario de la mesa, frente a ella. Nerviosa y conciente de que él la observaba, Sakura agarró con sumo cuidado la tacita y la elevó a sus labios. Los dedos no dejaron de temblarle por miedo a tirar el caliente líquido, sopló ligeramente sobre el borde de la taza, concentrándose en las ondas que provocaba y cómo estas tocaban contra el otro borde de la cerámica. Después de varios soplidos, dirigió la mezcla a sus labios cuidando de no quemarse la lengua. Saboreó —y en un momento donde la vista se le desenfocó— pudo notar la tenue sonrisa en los labios de Sai, quien la observaba aún con su propia taza entre las pálidas manos.

¿Por qué no lo rechacé? Debí negarme, debería estar afuera rumbo a casa. No aquí. Tomando el té con él. Alguien... en quién no sé si confiar. Termina con esto. Termina con esto. Termina con esto. Despídete ya.

—Está muy bueno... —halagó bajando cuidadosamente la taza.

No recibió respuesta por segunda ocasión, en cambio él prosiguió a tomar un sorbo de su té. Las manos de Sai sostenían firmemente la taza, verdosas y azuladas se notaban unas pequeñas venas en las palmas, la punta de los dedos los tenía sonrosados al igual que los nudillos. Sakura dedicó su atención para grabar en su mente la diferencia de tonalidades entre el blanco de la taza y la piel de Sai, y cómo en cada dedo se asomaba una cicatriz más blanquecina que la palidez.

—Para mí, las manos son el instrumento más hermoso que posee el ser humano.

Atrapada en su observación, Sakura no tuvo tiempo de replicar a eso, pues él continuó:

—Algunos... —colocó la taza en la mesa, dejando libres las manos— algunos entrenan sus manos para tocar las más hermosas melodías, para pintar cuadros que desafían el juicio de la sociedad, crear esculturas que hacen mímica del comportamiento humano; otros las cincelan con cada palabra que llegan a escribir en su vida, incluso hay unos que gritan con ellas lo que no pueden decir con la voz...—en un instante observaba a Sakura, en otro observaba sus propias manos— y existen aquellos que las emplean para los más sucios actos que te puedas imaginar.

El tenso ambiente los encerró en una burbuja, una burbuja que no se rompería ni a puños. El tema se desviaba a pasadizos oscuros que no quería recordar. Por más que se esforzara y mutilara su mente para mantenerla en blanco, alejada de sucesos violentos, los largos y aparentemente delicados dedos de Sai le recordaron que se encontraba frente a alguien que había sufrido de una metamorfosis.

Ahora lo veía... los dedos de Sai estaban entrenados para pintar, cincelar, gritar a la sociedad. Era ella quien había arrojado cada mancha de sangre sobre sus manos... manos que ahora eran viles. Acaso no fue ella quien lo desvió a ese túnel, ¿no fue ella quien pidió por ayuda y él se la otorgó?, sacrificándose al entrar en escena y cometer el asesinato, ¿no fue así que él era una sombra?

Es verdad. Por mi culpa... Sai es un asesino.

—Dime, Sakura —los ojos verdes conectaron con la oscuridad—, ¿para que sirven tus manos?

Doblar cobijas, lavar sabanas, tender almohadas y limpiar baños en un hotel. No serían capaces de crear belleza.

De asesinar.

—Qué hace tan especial a tus manos...

No lo sé. Nada.

—Tiene que haber algo...

—Mis manos... no tienen nada de especial... no son como las tuyas—contestó tranquila y honesta.

Segundos después de decir aquello, entendió la envergadura de su significado. Se sonrojó, miró a Sai y él a su vez entendió.

—Entonces, quieres decir que hay algo en mis manos que anhelas, ¿Sakura?

Cohibida cruzó la mirada con la escultura en medio de la mesa.

—¿Qué es aquello que te gusta de mis manos?

Con más detalle notó dos pequeños cuernos sobresaliendo de la frente de la escultura, un poco torcidos y escondidos entre los mechones de lo que parecía ser cabello. Las manos de la criatura imploraban al cielo, extendiéndose los dedos a modo de garras y entre ellos trozos de tela desgarrada.

—Yo... —hacía falta valor y un esfuerzo descomunal para expresar aquello que le gustaba de las manos de Sai...

Gustar. ¿En verdad le gustaban? ¿No había sido una distracción para no tener que mirarle a los ojos? Una distracción que ahora se convertía en un tema de conversación.

—Hay dos tipos de personas en este mundo.

El té frente a ella había dejado de humear hace momentos. Tan frío como todo su cuerpo.

Sai elevó su dedo índice, posicionándolo frente a sus labios —que rojizos por el té caliente, comenzaron a rozar la piel al momento de que él habló—:

—Unas mantienen silencio, emprenden metas y las olvidan, cumplen con las expectativas promedio y jamás levantan la voz más que para quejarse del Sol, el viento y la lluvia. No trascienden en lo absoluto —comunicó tranquilamente.

Ella era una de esas personas.

—Pero hay otras —su tono de voz apremió con más profundidad— que no tienen miedo a ser diferentes, abrazan el hecho de ser separados de la civilización, expresan sus deseos por más prohibidos que estos sean. Orinan en la moral, y aquello que es bello para ellos es insulso y despreciable para otros. Reciben a la muerte como si se tratase de una amante que no han visto desde hace siglos, dejan esta vida con la gran marca en la alfombra de aquel que salió victorioso del mar de granos de arena.

Él era uno de ellos.

—Es por eso, Sakura, que no debes de temer... dime todo lo que quieras, tengo la ligera impresión de que has guardado y cargado con muchos juicios, permaneces en silencio cuando tus amigos la pasan mejor que tú, dejas que tu cuerpo vaya con el viento y no levantas la voz cuando es muy tarde y has perdido los estribos. ¿No es así?, ¿no te sientes como una tercera rueda en una bicicleta? ¿No quisieras gritar todo aquello que te molesta y deseas? ¿No te encantaría desligarte de esta absurda existencia y dejarlo todo? ¿No estás cansada?

Sí. Sí... sí, sí, ¡sí!

—Siempre—un murmuro que alcanzó a mover el hilo de la telaraña.

Toda su vida se vio arrastrada por decisiones de terceras personas y sus amistades fueron banales. Llegó a creer que se encontraba sola y que sus sueños eran únicamente eso, sueños que jamás serían alcanzados. Entonces tuvo la oportunidad de viajar y cumplir tan siquiera uno: ser médica. A su vez, se presentó la amistad con Naruto y Sasuke, lazos que creyó le ayudarían en su lucha personal para aceptarse a sí misma. Todas alucinaciones, en un desierto que jamás abandonaría su interior. Dudaba que alguna vez alguien lograra comprenderla... amarla.

Hasta ahora.

—Sai, ¿por qué... por qué me dices todo esto? Yo... desde que te conocí, no creí que te interesaría tanto el...

—¿El contacto humano?

Lentamente, ella asintió con un movimiento de la barbilla. Sai miró hacia una esquina de la cocina, de pronto ido y sin aquel brillo en los ojos que momentos antes sus ojos poseyeron.

—Me gusta tener el control. Si conozco a nuevas personas, es porque así lo deseé; no hay nada que no haya visto con anterioridad. No lo parece, pero todos poseemos el control de elegir a quiénes queremos en nuestras vidas; y si toda tu vida has vivido con personas desagradables, es porque has dejado que controlen este poder a su gusto.

El sonido de su voz como el susurro del viento sobre un lago rodeado de sauces. La imagen vino con el recuerdo de su niñez en el pueblo, Sakura solía jugar alrededor de ese lago, donde por minutos se detenía a escuchar el viento acariciar los árboles sobre su cabeza. Esos fueron los momentos más pacíficos de su vida. Cada palabra ingresó a su mente sin ningún problema, se veía cada vez con el juicio más claro y su nerviosismo se iba disipando.

Sai le inyectaba aquel líquido llamado confianza, que tan frágil y a la vez poderoso, era capaz de destruir y corroer, unir y hacer crecer.

—Ahora mismo... estoy interesado en saber más de ti; pero eso no sería posible si tú no estás dispuesta. Eres libre de terminarte la taza de té, irte y no volver a verme jamás. Las cosas no quedarán mal entre tú y yo; no debe de existir una deuda de por medio. Nuestro encuentro quedará flotando en el tiempo, volveremos a ser dos extraños que se conocieron en un sueño.

Dos extraños. Sakura dudaba que el recuerdo de Sai quedara flotando y olvidado en el tiempo. Su trascendencia aumentaba con cada segundo, respiro, mirada que él le otorgaba.

—Ahora todo depende de si quieres contestar mi anterior pregunta... ¿Qué es aquello que te gusta de mis manos?

Irse. Quedarse. Guardar silencio. Hablar. La oportunidad se encontraba sobre la mesa. No estaba nerviosa, no sentía ansiedad. Simplemente... disfrutaba el poder decidir cómo este encuentro proseguía. No deseaba decepcionar a nadie más, quería estar por primera vez en sintonía con alguien, recibir respuestas sinceras, sentirse recibida y comprendida.

De todos aquellos sueños, este debía ser el mejor.

—La manera en que tus venas se deslizan con el movimiento de tus dedos— fascinación dibujada en todo su rostro núbil—. Tienes manos delgadas, de líneas finas y curvas. Tus manos expresan más cuando no están en movimiento, que aquellas que he visto en la calle queriendo llamar la atención. Me gusta mucho lo irreal que lucen, y aún así el frío provoca que tú sangre las caliente.

El brillo en su rostro reflejado en el té restante de la taza, denotaba la sinceridad de sus palabras. Sakura esperó, soportando las ganas de correr después de decir aquello.

Sai cerró los ojos, pensativo. Una nube atravesó el Sol, arrojando una sombra sobre el edificio y oscureciendo la cocina donde se encontraban. Los ojos de Sai volvieron a cortarse, largas pestañas temblando con la ligera brisa que entraba por la ventana.

—Tú constante observación sobre mi cuerpo no me molesta. Es algo normal detallar los rasgos y mímicas de alguien, no te sientas mal por decirme aquello que te llame la atención de mí... estaré muy agradecido, como ahora, de que me lo digas. ¿Te molestaría si yo soy recíproco de tus palabras, y te digo lo que me gusta de ti?

—¿Hay algo que te guste de mí? —preguntó Sakura, por segundos incrédula, ahora expectante y curiosa.

—Si algo no me gustase de ti... si algo no te gustase de mí... ¿crees que podríamos mantener esta conversación? No desestimes tu cuerpo, a través de él tu alma se hace notar.

La gran nube se movió, los rayos de luz ingresaron por el vidrio de la ventana, alumbrando como una cortina la mesa entera. El halo de la luz enfocando la silueta de Sai.

—Se requiere la existencia de un mutuo interés, así nace y crece el sentimiento de forjar un vínculo. No solamente me gusta algo de ti, me interesa y cautivan varios rasgos de tu persona. Tus ojos, tristes y distantes, al interceptarse con algo de tu interés o cuando hablas de tus deseos, retoman su emoción y brillo. Tus labios, siempre en una mueca decaída, deben formar una de las sonrisas más francas. Tu lenguaje corporal es retraído, pero cuando te dan la confianza suficiente, te relajas y todo tu rostro florece, siendo enmarcado por tu singular cabello. Es verte morir y renacer a cada momento.

—Todo este tiempo... yo creí que te desagradaba.

—¿Cómo has llegado a esa conclusión?

—Tus gestos...

—Hay algunos gestos que pueden comunicar más de una cosa. Tú no me desagradas —la tranquilidad la inundó—, me pareces una persona fascinante.

Soy una persona fascinante.

—Nuestro primer encuentro no fue satisfactorio.

Naruto y Sasuke convirtieron la reunión en algo incómodo.

—Nuestro segundo encuentro fue desagradable y sucio.

La muerte del hombre que trató de matarla.

—Pero espero que este tercer encuentro haya sido suficiente y más agradable.

Y por primera vez, él levantó las comisuras de sus labios, curvando una sonrisa honesta. Sakura no pudo evitar el contagio, e igualmente sonrió.

El ambiente se aligeró tanto como una pluma sobre su palma. Sai bebió el último sorbo de su té, Sakura imitó lo mismo y terminó con su taza. Él se puso de pie y ella le extendió la taza vacía.

—Dime Sakura, ¿en qué trabajas? —preguntó mientras lavaba las tazas, alzando un poco la voz por el ruido del grifo.

Dudo que aún mantenga mi trabajo.

Sé honesta.

—Yo... me encuentro desempleada.

Sai colocó las tazas sobre un trapo, cerró el grifo y se dio la media vuelta.

—¿Desde cuándo? —apoyó la mano sobre la barra, sin dejar de mirarla.

Encorvándose de hombros Sakura contestó:

—Desde hace... aproximadamente una semana. Está bien, ya tenía planeado renunciar. Algo mejor encontraré.

Sai entrecerró la mirada, volvió a su asiento y cruzando las manos sobre la mesa comenzó a articular:

—Sakura —el nombre deslizándose por su lengua—, tú, ¿alguna vez has intentado modelar?

—¿Mode... Modelar? ¿Yo? —sus cejas se curvearon en incredulidad—. No creo que tenga rostro, mucho menos cuerpo para esa industria.

—No me refería a esa clase de modelo.

—¿Eh?... entonces, ¿a qué?

Una pequeña gota de sudor bajo por su sien, las manos de Sakura —cruzadas en su regazo— comenzaron a enredarse y sudar ante la premisa de lo que ya comenzaba a sospechar ligeramente.

Sai agachó el semblante, mirando por entre las pestañas el semblante atento de Sakura.

—¿Te gustaría ser mi modelo?


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[Los meses se me pasan como los días, perdón]