Max Eisenhardt tiene cuatro cuando su padre comienza a entrenarlo. A los diez ya es excelente en combate cuerpo a cuerpo y lo suficientemente listo como para hablar fluidamente tres idiomas.

A los dieciséis, el gobierno alemán lo incorpora a un programa secreto. Cuando cumple veinte, su padre se vuelve loco y se suicida luego de matar a su madre.


Max no quiere volverse loco como su padre… renuncia.


Conoce a Magda en un café en Argentina. Ella es hija de alemanes exiliados luego de la segunda guerra. Tercera generación en América. Todo cuadra. Max confía. Lo dejaron libre.


Se miente. Las cosas no funcionan, Max todavía siente la necesidad de moverse.


Cuando llega a Polonia cambia su nombre y cubre sus huellas, continúa moviéndose.


Es en un bar en Estados Unidos en donde lo conoce. Bajito (más que él, al menos), ojos coquetos y sonrisa encantadora. Quiere acercarse, pero él lo hace primero.

Charles, se presenta.

Por primera vez siente que quiere pertenecer a alguien.


—¿Max? —escucha una voz de mujer y sabe que no debe girarse.

Erik tiene veintisiete años cuando su burbuja de felicidad se rompe.


—Me enamoré de ti. —confiesa Magda. Agente en el exterior. Su misión: encontrar a Max y comprobar su lealtad. Leal al país. Cansado del trabajo nada más. Mantenerlo vigilado. Embarazo no planeado. Si Erik hubiera esperado un poco más lo habría descubierto todo. —Nacieron en junio. Pietro es el mayor.


Tardaron mucho en encontrarlo, pero Erik se da cuenta que no supieron que hizo durante más de tres años.

No saben de Charles y eso le consuela.

Incluso cuando Charles ya no quiere saber nada de él.


—¿Cómo me encontraste? —pregunta un día. Fue cuidadoso. Tiene la seguridad de que Magda no sabe nada de su nueva identidad. De saberlo habría ido a su casa, le hubiera llamado por teléfono. En cambio se presentó frente a él un día que salía de la universidad en donde Charles daba clases.

—Te vi en el periódico.


Charles Xavier era una pequeña celebridad. Inteligente. Rico. Guapo. Ganar un premio no era poca cosa, que los fotografiaran juntos en la cena de gala, cenando con otras grandes figuras, terminaría llamando la atención de alguien.

Max jamás lo habría pasado por alto.

Erik ni siquiera lo había imaginado.


Una simple fotografía.

Una frase sencilla.

Sólo un pequeño cambio en la brisa.

El mundo cayó sobre Erik.