Charles está tomando un café.
Afuera llueve.
Solía tomar té en días como estos, mientras jugaba ajedrez con Erik.
Lo echa de menos.
Quizá porque hace poco lo vio.
Steve se atraviesa enfrente.
Charles le sonríe.
Se tienden las manos.
Charles se siente cómodo con Steve.
Cada día que pasa se hacen más cercanos.
Steve quería que Charles confiara en él para lograr que le contara sobre Eisenhardt.
Pero termina perdiendo el norte.
No sabe por qué está abrazándolo con fuerza frente al portal de su casa.
Besándolo con desesperación.
No importa, porque Charles responde el beso.
Importa menos cuando lo invita a entrar a su casa.
La sonrisa de Charles es hermosa.
Ama la forma en que muerde sus labios y estos parecieran adquirir una tonalidad más rojiza.
También le gustan sus ojos, es casi como si pudieran leer su alma.
Steve no entiende -Charles es maravilloso- por qué sigue solo.
Algo que Steve hace o dice, detona las memorias de Charles.
Se muerde los labios mientras están juntos, lo besa con desesperación y se aferra a él con brazos y piernas.
Que mientras duerme llame a Lehnsherr, no sorprende a Steve, lo esperaba, aunque eso no lo hace más fácil.
Charles le cuenta sobre Erik.
Cómo lo conoció.
Cuánto lo amó.
Las llamadas.
Los mensajes.
Las cartas.
Steve sabe que Lehnsherr es bueno en su trabajo.
Mucho.
Lo ha estudiado.
No entiende por qué regresó con la agencia alemana, por qué abandonó a Charles.
La posibilidad de que intentara descubrir en qué trabajaba Charles se escurre en su mente.
Pero Charles empezó a trabajar con inteligencia nacional hasta que conoció a Henry McCoy, en Inglaterra, cuando Erik -se supone- era sólo un recuerdo olvidado.
Sigue saliendo con Charles.
Su supervisor le menciona veladamente por qué no es ético lo que hace.
Pero también deja entrever que los encargados se harán de la vista gorda.
El último informe sobre el que Steve pone sus manos dice que Charles es un hombre necesitado de afecto.
Dejar que el capitán Rogers esté a su lado es, en cualquier caso, el menor de los males.
El timbre es insistente.
Steve se coloca una camiseta delgada y se acomoda los pantalones del pijama.
Abre la puerta sin asomarse por la mirilla.
Un adolescente lo mira un segundo antes de encogerse de hombros, entregarle un sobre y echar a correr.
Ha entregado su paquete.
