ESTE FANFIC NO ES MÍO. ES UNA TRADUCCIÓN.
La historia original en inglés es obra de MurkyMuse y se llama "The Runaway and the Dragon". Lo tiene publicado en la página "Archive of Our Own". Cuento con su permiso para hacer esta traducción y publicarla en esta página. El link a la página del fanfic original está en mi perfil, porque no me dejaban escribirlo aquí.
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Notas traducidas de MurkyMuse:
Este ha sido un capítulo muy difícil para mí. Conseguir que fluyera bien fue duro y emocionalmente agotador a partes iguales. Espero haber conseguido lo que quería lograr.
Esto originalmente también iba a ser un epílogo corto para terminar aquí, pero se ha convertido en un capítulo entero.
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Capítulo 5: Promesa.
Sorprendentemente el hecho de estar casados cambió muy poso las cosas entre ellos. Los hábitos de viaje –la forma en la que decidían a dónde ir, quién hacia las tareas, y varias cosas por el estilo- que habían formado durante los anteriores tres años siguieron igual.
Lo que cambió fue el afecto entre ellos. Si Myeong había pensado antes que Zeno era del tipo adorable, entonces se había duplicado después de la boda. Zeno se apresuraba en realizar hasta la más casual muestra de afecto físico. Él prosperó en los abrazos, en tomarla de la mano, y en acurrucarse. Ella nunca lo mencionó, pero estaba segura de que eso era debido en parte a que el dragón quería aprovechar al máximo el tiempo que tenían juntos.
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"¡Myeong!"
Zeno saltó con una sonrisa brillante.
"Cierra los ojos un momento."
"¿Qué piensas hacer?"
Le preguntó su esposa, pero de todos modos cerró los ojos. Ella sintió que su mano acariciaba su pelo oscuro.
"Ya está." Él sonaba bastante satisfecho. "Zeno sabía que se vería lindo en ti."
Myeong estiró la mano para tocar la horquilla que ahora adornaba su cabeza.
"¿Plumas?"
"Sí." La respondió antes de robarla un beso rápido.
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Ellos se habían refugiado en una cueva para evitar el torrente de lluvia y que les cayera un rayo encima. Si bien se habían apresurado hacia la cueva, una rama que calló casi golpeó a la mujer en la cabeza. Su marido la había empujado a un lado justo a tiempo y se había herido en su lugar. Una cosa era saber sobre ello, pero ver como la herida sangrante se cosía a si misma justo delante de sus ojos provocó que Myeong se preguntara sobre las limitaciones de su poder en voz alta.
"Si me hiero lo suficiente," La explicó el dragón. "mi cuerpo se cubrirá de escamas mientras se regenera."
"¿Escamas?"
El asintió con la cabeza. "Las escamas son fuertes como el acero. No puedo volver a ser herido hasta que las escamas se vayan."
Su manó tocó ligeramente el lugar donde había estado la herida momentos antes mientras Myeong trataba de imaginarse cómo se vería su marido cubierto de escamas.
"Apuesto a que tus escamas son realmente hermosas, como el oro."
La expresión de él se convirtió en una de puro shock; la idea de que su poder de dragón pudiera ser hermoso era un concepto completamente ajeno a él. Fue una de las pocas veces que Myeong hizo que su marido se ruborizara tan profundamente.
"Aunque." Myeong frunció el ceño mientras pensaba más en ello. "Tienes que resultar herido para que estas aparezcan… preferiría no verlas nunca."
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El frio del invierno estaba de nuevo en el aire. Myeong tarareó para sí misma mientras estaba fuera recogiendo leña. Un breve crujido fue la única advertencia que tuvo antes de que una fuerte mano la cubriera la boca. Su primer instinto fue morder la mano.
"¡Ay!"
El agarre se aflojó lo suficiente como para que ella dejara escapar un grito agudo.
"¡Maldición!"
Las manos desconocidas la liberaron por completo. Myeong se apartó, para mirar al hombre que la había agarrado. Eran soldados. Un grupo pequeño, cinco que ella pudiera ver, lo que significaba que estaban explorando la zona por delante de un grupo más grande. Al menos la mayoría de ellos parecían arrepentidos, incluido el que ella acababa de morder.
"Lo siento por asustarte, señorita." El aparente líder dio un paso adelante.
"¡Myeong!"
Entonces Zeno apareció corriendo al lado de su esposa y le lanzó una mirada de sospecha a los soldados.
"¿Estás bien?"
"S-sí." Ella asintió con la cabeza. "Ellos solo me han asustado. No parece que quieran hacernos ningún daño."
El dragón dio un suspiro de alivio. El líder, habiendo decidido rápidamente que ninguno de ellos parecía una amenaza, continuó hablando.
"Viajeros, ¿eh? No deberíais estar en esta zona en este momento."
"Vamos a Senri." Le respondió Myeong nombrando el pueblo más cercano que pudo pensar.
"Muy bien." El líder le hizo una señal a dos de sus soldados. "Escoltadles lejos de aquí."
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"Parece que la situación entre las tribus no ha mejorado." Declaró Zeno después. "Va a ser más seguro viajar a otra parte del país."
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"Hey, señorita, ¿qué te parecería casarte conmigo?"
Myeong le lanzó al aldeano una mirada exasperada y luego devolvió su atención a donde Zeno estaba haciendo un espectáculo de malabarismos.
"Yo te diría que no incluso si no estuviera ya casada."
El hombre alternó su mirada entre ella y el rubio. "¡¿Tú y ese niño?!"
"En realidad él es mayor que yo. Solo que no lo parece… o que siempre actúa así." Myeong sonrió de forma irónica.
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El anciano de la aldea era hospitalario, insistió en que la pareja de viajeros se quedaran en su casa durante el duro clima. Myeong, con ganas de corresponderle a su bondad, había decidido hacer algunos ungüentos útiles. El sonido de la risa sonó haciendo eco. La mujer levantó la vista de su trabajo para ver a su marido jugando en la nieve con algunos de los niños del pueblo. La escena hizo que formara una sonrisa, y su mano libre se dirigió a su estómago inconscientemente. Sin embargo, una vez que Myeong se dio cuenta de lo que estaba haciendo frunció el ceño.
"Tengo que encontrar la manera de decírselo…"
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El dolor –agudo y pulsante- la despertó de un profundo sueño. Se movió incómoda y sus gemidos debieron despertar a Zeno porque momentos después su mano fría estaba tocando su frente.
"Tienes fiebre."
Ella pronto se dio cuenta de que estaba sangrando. Las lágrimas brotaron de sus ojos.
"¿Myeong?"
"Un médico. Necesito un médico ahora."
Entre la oscuridad y su rostro de pánico, la expresión del dragón cambió de la confusión a la realización y al terror que pasó desapercibido.
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Myeong estaba tumbada hecha un ovillo en la cama. Su expresión estaba en blanco, pero sus ojos estaban hinchados y las mejillas manchadas de lágrimas. Zeno volvió a entrar en la habitación con una taza humeante y se sentó en el borde de la cama junto a ella.
"Ten, el médico ha dicho que esto de ayudará con el dolor."
Ella asintió con la cabeza, pero no hizo ningún movimiento para llegar a ella. El dragón suspiró profundamente y dejó la taza a su lado. Entonces comenzó a acariciar lentamente su pelo.
"… Lo siento…"
"¿Eh…?"
Su voz fue baja y desorientada. "Los otros dragones pasaron su poder a través de su línea de sangre… Pero parece que este poder rechaza que… así que… Lo siento…"
Las lágrimas cayeron por debajo del rostro ensombrecido de él. Myeong cambió de posición, abrazando a su marido por la cintura. Zeno continuó pasando sus dedos a través de su pelo.
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La pareja se marchó de esa aldea tan pronto como el cuerpo de Myeong se recuperó y el clima amainó.
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Era un cálido día de primavera con las flores en plena floración cuando se tropezaron con una fuente termal natural en medio del desierto. Hicieron el campamento apresuradamente, y pronto Myeong se estaba tirando al agua humeante.
"Apáñatelas por tu cuenta para la cena de esta noche." Ella suspiró de satisfacción. "Porque yo me voy a quedar aquí durante un tiempo."
Zeno se rió. "Está bien, está bien. Zeno hará la cena, pero tendrás que venir a comer. Zeno no quiere que te desmayes."
"Estoy más preocupada de que tú quemes el bosque."
"¿Eh? Zeno no es tan descuidado."
Más tarde, después de la cena y con media luna en lo alto, le tomó un poco de persuasión al dragón sacar provecho de las aguas termales.
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"¿Podrías hablarme sobre ellos?"
La pregunta surgió de repente. Myeong se paralizó, sorprendida de que ella hubiera abordado el tema. Salvo cuando Zeno le había insistido en que ella y el Rey Hiryuu habrían sido amigos cuando se habían casado, Zeno muy rara vez hablaba de su rey y de sus hermanos dragones. Como no quería invocar recuerdos dolorosos, Myeong siempre había sido reacia a preguntar.
El dragón inhaló más profundamente de lo habitual. Su agarre alrededor de ella se apretó ligeramente.
"Nuestro vínculo… comenzó en el campo de batalla."
Durante toda la noche Zeno la habló sobre cómo su rey había reconfortado al niño que odiaba luchar. De cómo los guerreros dragones peleaban y discutían, mientras que su rey se reía y bromeaba sobre ello. De cómo el rey amó y cuidó a su gente, y como le amaban sus dragones. De cómo los dragones lentamente comenzaron a amarse los unos a los otros como hermanos.
(Sus muertes no fueron mencionadas. Myeong no quería oír hablar del dolor que ella ya podía ver tan claramente, y Zeno no quería pensar en lo inevitable.)
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"Tu hijo es lindo." Comentó el encargado de la tienda mirando hacia el rubio que comía felizmente los bollos de carne que acababan de comprar.
Myeong casi de ahogó.
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Myeong miró a las tranquilas aguas del pequeño estanque, su reflejo la devolvió la mirada. Su pelo oscuro ahora tenía mechones grises dispersos por él; y se estaban comenzando a formar líneas de preocupación. Sin embargo, cuando miró a su marido era obvio que él seguía siendo el mismo que el día que se conocieron. Él tenía la mirada perdida en la pálida luna en el cielo a la luz del día con una mirada lejana en los ojos. Su mano se aferraba distraídamente al medallón de Hiryuu.
Myeong frunció el ceño, un deseo egoísta se instaló en su pecho. Un medallón regalado por los cielos seguramente perduraría una eternidad, pero ¿qué iba a tener para recordarla a ella?
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Myeong husmeó en la tienda de telas con ojos determinados. La pobre chica de la tienda revoloteaba con incertidumbre mientras la mujer más viaja iba a través de su mercancía.
"Señora, estás buscando algo específico ¿no?"
"Tela verde." La respondió Myeong. "… Yo quiero que sea del mismo tono exacto que el verde de mis ojos."
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"¿Eh?"
Zeno parpadeó cuando su esposa se le acercó por detrás y envolvió una bufanda alrededor de su cuello.
"Así que esto es en lo que Myeong ha estado trabajando." El dragón sonrió y giró la cabeza para besarla. "¡A Zeno le encanta!"
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La música festiva flotaba por el aire de la cuidad. Los jóvenes estaban bailando y riendo junto a ella. Myeong sorbió su bebida mientras les observaba.
"¡Myeong!" El dragón la tendió la mano. "Baila con Zeno."
Ella dejó su bebida y sonrió, alcanzando su mano. A pesar de que por su belleza había tenido muchas ofertas en su ciudad natal y más tarde, nunca había sido una gran bailarina. Sin embargo, eso no importaba cuando era Zeno el que la lideraba a través de los pasos.
(También era fácil olvidar su edad cuando Zeno la miraba así.)
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Había estado lloviendo durante días, una llovizna constante. Myeong agradeció que hubieran invertido en una tienda de campaña hace unos años. La mujer se movió, sus articulaciones crujieron.
"¿El clima te está molestando?"
La voz de su marido era casual, casi demasiado casual.
"Estoy bien." Insistió con una sonrisa. "Solo estoy un poco rígida."
Sin decir ni una palabra Zeno se acercó más. Sus manos se acercaron a sus hombros, masajeándola gentilmente para alejar el dolor. Myeong suspiró sumergiéndose en sus atenciones y afecto.
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En el bosque entre tres pequeñas aldeas vivía una anciana, que era experta en medicina como cualquier médico, y un chico de pelo rubio que se suponía que era su nieto. Habían aparecido de repente y sin explicación. Nadie de las aldeas lo cuestionó demasiado. Simplemente estaban agradecidos por los cuidados de la anciana y la extraña habilidad del niño para hacer sonreír a sus pacientes.
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Una tarde soleada, Myeong y Zeno se sentaron juntos en el porche de su pequeño hogar en el bosque con las rodillas y los hombros tocándose. Un libro estaba abierto en el regazo de Zeno. Él leyó las palabras en voz alta, su voz se mezclaba con el sonido de los pájaros cantando en los árboles.
Myeong ya no podía viajar. Ni siquiera podía ver lo suficientemente bien como para leer. Sin embargo, escuchando la voz de su marido, ella estaba feliz.
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"Te voy a dejar solo otra vez."
Myeong yacía en la cama, demasiado débil para moverse. Sus ojos verdes estaban nublados y su pelo blanco por la edad. Su respiración era lenta y poco profunda. Zeno –con su aspecto siempre inmutable- se sentó a su lado y sostuvo gentilmente su mano arrugada.
"Está bien, Myeong." Afirmó, como si se tratara de una oración mientras la tristeza cruzaba su rostro. "Siempre atesoraré nuestro tiempo juntos."
"Hace años…" Su voz era baja y ronca. "Decidí que cuando Hiryuu renazca, la persona que soy se unirá a su viaje. Viajaremos juntos otra vez con las otras personas que son importantes para ti."
"Eso es…"
"Sé que suena imposible… pero lo haré. Después de todo soy una genio guapa…"
Myeong se quedó inmóvil; su vida había llegado a su fin. El dragón soltó su mano de mala gana, cerró sus ojos, y la besó suavemente en la frente. Cuando Zeno salió de la habitación, se envolvió una bien cuidada bufanda verde alrededor del cuello.
