hola ._./ llegué por aqui otra vez, les dejo el capitulo nada mas
Gracias por pasarse por leer esto después de tanto tiempo

Fire Emblem no me pertenece


Capitulo 21: Conciencia intranquila

Ya todo estaba bien, ya tenía su amado libro reposando debajo de la cama, su padre no se había dado cuenta de lo que hizo, había vuelto como si nada con él a entrenar un poco más para que después todos se retiraran a sus alcobas.

Todo estaba bien, perfectamente bien, ahora solo tenía que relajarse para caer víctima de un profundo sueño que abrazó su tembloroso y frágil cuerpo.

¡Hola!gritó para tratar de encontrar a alguien que la pudiera ayudar. – ¡¿Hay alguien?!

No obtuvo respuesta alguna más que la de ese vacío eco resonando tétricamente en aquella enorme habitación de suelo y paredes de piedra brillante y oscura. El techo era tan alto que hacía imposible ver el final, solo parecía el cielo nocturno sin estrellas. Las únicas fuentes de iluminación eran cuatro vitrales a cada lado, de colores oscuros y opacos que permitían la entrada de unos cuantos mortecinos rayos de luz, apenas suficientes para dejar ver las extrañas pinturas con imágenes de niños llorando sangre y sujetando un cuchillo al ver a sus padres muertos por sus propias manitas corrompidas por la maldad, mientras que detrás de cada uno de los pequeños estaba un hombre cubierto por una capucha negra que no permitía ver su rostro, sujetando a los niños por el hombro, como si tratara de reconfortarlos.

Al fondo de la estancia, un enorme y llamativo trono de piedra lisa y brillante en donde se podían ver los reflejos un tanto distorsionados.

Supongo que estoy solita. –susurró, dando un suspiro de resignación al darse cuenta de que el lugar estaba completamente.

Un gran escalofrió recorrió su espina dorsal, haciendo que todo su cuerpo se estremeciera sin remedio a causa de ello. Tenía frio, había una extraña briza pesada y helada colándose desde algún lugar.

El eco que producían sus pasos al acercarse a tan llamativo asiento, digno de un rey, era lo único que rompía con el pesado silencio que le presionaba los tímpanos.

Subió los escalones con cautela para poder apreciar el bello trono de mejor manera. Tocó la suave y fría piedra negra que le daba una forma elegante y refinada al asiento, con bordes de color dorado, recubiertos con diminutas gemas de un vivo color rojo sangre.

El sonido rechinante de una puerta metálica al abrirse captó de inmediato la atención de la joven. Poniéndose a la defensiva, Elena entornó los ojos para poder ver al responsable de producir ese sonido; un hombre alto y fornido, de cabello corto y color azul un tanto opaco, sosteniendo una majestuosa espada de empuñadura negra y hoja dorada que lucía recién afilada.

Papá. –exclamó la jovencita, dibujando una sonrisa de alivio en su rostro al darse cuenta de que ya no estaba sola, de que tenía a la persona que la protegería de cualquier cosa.

Rápidamente, Elena bajó los escalones para encontrarse con Ike, quien se había quedado parado en la mitad del salón, con la mirada baja, haciendo imposible ver sus ojos, sujetando firmemente su espada.

¿Padre? ¿Dónde estamos?preguntó la joven, deteniéndose frente a Ike que aun miraba la piso.

No me dejas otra opción, Elena. –murmuró el hombre con su varonil y firme voz. –Perdóname, princesa.

¿Pero qué…?la pregunta de Elena quedó ahogada en su garganta al sentir un punzante dolor invadiendo su cuero.

Titubeante y temerosa de saber lo que le provocó tremendo dolor, Elena bajó la mirada para encontrar que la reluciente hoja dorada de la espada de su padre estaba incrustada en la boca de su estómago, atravesándola por completo, mientras que las gotas de su propia sangre ya comenzaban a formar un charco en el suelo.

Respirando con dificultad mientras que sus lágrimas comenzaban a empapar sus mejillas y un frio inmenso abrazaba todo su cuerpo, la joven sujetó la única parte de la hoja que no la había atravesado, aferrándose a ella como si de su vida se tratase.

¿Por… que lo…?su voz fue interrumpida de nuevo ya que de su boca brotó un chorro de ese liquido carmesí en lo que se resumía su vida, tan tibio y tan frio a la vez, tan vacio y tan profundo.

Es por el bien de todos, pero sobre todo, es por el tuyo. –de un tirón limpio, Ike sacó la espada del vientre de su hija, provocando que la joven volviera a vomitar su sangre, la misma sangre que la de su padre. –Perdóname, princesita.

La joven estaba inmóvil, incapaz de pronunciar palabra, su cuerpo perdía calor rápidamente y sin embargo, su pecho quemaba cada vez que trataba de inhalar aire.

Cuando creía que ya no podría más y mientras su visión se iba volviendo más borrosa, pudo sentir un cálido beso de su padre en la frente, para después escuchar cómo se iba alejando rumbo a la puerta metálica por donde había entrado minutos atrás.

Elena ya no pudo permanecer más de pie, por lo que se desplomó al suelo, sintiendo como el tibio liquido rojo mojaba su espalda, haciendo que ese escalofrío de nuevo la recorriera

Papá…se las arregló para pronunciar, haciendo uso de su último aliento.Papi… por favor no… ¡Papá!

Elena despertó de golpe al escuchar su propio grito y sentir el dolor al golpearse contra el suelo al caer de la cama, respirando como si hubiera corrido por horas y sudando frio. Por pura inercia llevó sus manos a su estómago, el cual estaba intacto. Se incorporó, subiendo en la cama para poder registrar el lugar con la mirada, y suspirar con alivio al darse cuenta de que se encontraba otra vez en su habitación. Limpió las lágrimas que empapaban sus mejillas, no solo había llorado en el sueño, sino también en la realidad. Esas lágrimas no eran por el dolor físico que podría jurar aun sentía, lo que provocó el llanto silencioso fue el hecho de que su padre fue quien provocó esa herida mortal.

Su garganta se sentía rasposa, consecuencia de haber dormido con las ropas y cabello mojados y sin haberse cubierto con una cobija. Su cuerpo se estremecía levemente al sentir como un aire frio se colaba en la habitación, el cual silbaba levemente de manera lúgubre en medio del silencio, como si arrastrara consigo varios susurros incomprensibles.

La joven se puso alerta, toda la piel de su cuerpo se erizó y su boca quiso dejar escapar un sollozo que apenas y consiguió ahogar. Aquellos murmullos que arrastraba el viento por aquella habitación ya los había escuchado

Por una razón que ni ella comprendió, se metió debajo de la cama, acostándose boca arriba y abrazando su dichosos libro fuertemente contra su pecho. Una vez ahí, Elena se percató de como la oscuridad se volvía más y más densa, envolviéndola a ella por completo. Lo único en lo que pudo pensar fue en cerrar sus ojos fuertemente, con la vaga esperanza de que eso la fuera a proteger.

De un momento a otro, pudo escuchar ese llanto dentro de la habitación, y el murmurar de esas voces que parecían salir de todas partes se habían vuelto tan fuertes que Elena comenzó a sentir presión en sus oídos, su corazón estaba acelerado, golpeando fuertemente contra su pecho, retumbando contra sus tímpanos. A pesar de los susurros que se escuchaban tan fuertes, pudo darse cuenta de cómo los resortes del colchón resonaban como si alguien estuviera haciendo presión en ellos.

En el reluciente piso de pulcros azulejos color hueso, se pudieron escuchar un par de pasos que se detuvieron en el borde izquierdo de la cama. Después pudo escuchar como alguien se acomodaba a su lado, llorando como si estuviera ardiendo en llamas. Eran esos berridos de agonía en combinación con los murmullos insoportables los que le estaban provocando un horrible dolor en los oídos junto con uno en su cabeza, como si la estuvieran taladrando.

Su cerebro gritaba comandos a su cuerpo que le resultaba imposible acatar. El miedo la tenía congelada, todas sus extremidades estaban entumecidas. Unas nauseas empeoraron las cosas al momento que el olor a podredumbre y sangre alcanzo su nariz.

Su corazón estuvo a punto de saltar de su pecho cuando sintió que una piel suave y mortalmente helada rosó su rostro. Fue en ese momento cuando su instinto de supervivencia la hizo reaccionar, haciéndola salir disparada de debajo de la cama, sujetando el libro con fuerza y sentándose en el suelo, recargando su cuerpo contra la puerta de la habitación. Esta vez el llanto que escuchaba era el suyo, estaba llorando como cuando era una niña y tenía esas pesadillas, estaba llorando de nuevo por un miedo a algo que ni siquiera había visto, algo que ni siquiera comprendía bien, pero que de alguna manera recordaba. Eso, todo eso que le pasaba ya lo había vivido antes, era la razón por la que de niña era tan asustadiza e incluso cobarde.

Como pudo, acalló sus desesperados sollozos y ya no pudo escuchar nada, de nuevo estaba ese perturbador silencio y sus llorosos ojos azules repararon en una extraña luz de color carmesí que emanaba del libro que aun reposaba entre sus brazos. Sin embargo, la joven soltó el objeto, produciendo un ruido sordo al caer al suelo, extrañamente abriéndose en una de las primeras páginas, donde estaba escrito con sangre seca un pequeño párrafo en lengua antigua.

– ¿Lo encontraron? –preguntó una voz masculina desde el otro lado de la puerta, captando la atención de Elena al instante.

–No… señor. –dijo una segunda voz que se quebraba por el nerviosismo que estaba sintiendo. – ¿No cree… que debamos alertar al…esposo de la emperatriz?

–No, nadie alertara a nadie porque aun podemos encontrarlo. –dijo el primer hombre, subiendo un poco el tono de su voz. –Ahora vamos a buscarlo y no te atrevas a darme la cara si no tienes por lo menos un poco de información sobre su paradero ¿Te quedo claro?

–S-sí… señor.

–Y ni se te ocurra hacer ruido. Si la emperatriz se entera de que Nabor anda rondando a sus anchas por el castillo nos cortara la cabeza por haberlo dejado escapar. Solo envía a varios guardias a que vigilen los pasillos donde ella y su esposo descansan y también sus hijos.

El siguiente sonido en escucharse fue el tintineo de las armaduras de los dos hombres al alejarse.

Elena volvió su atención al libro, contemplando el hechizo. Después de unos segundos, pateó el objeto con fuerza para mandarlo debajo de la cama nuevamente. Con mucho sigilo, la joven abrió la puerta, saliendo de su habitación al pasillo desolado del castillo. Su sentido común peleaba arduamente contra su curiosidad y terquedad.

Elena caminó sin rumbo, por un lado, se sentía algo desesperada y con ganas de ver a su padre, asegurarse de que él nunca se atrevería lastimarla, a matarla. Más sin embargo, algo dentro de ella le gritaba desesperadamente que buscara a Nabor. Y después de varios minutos, encontró al joven hombre que su corazón pedía.

–Al fin llegas. –le dijo, recargado contra la pared junto a una enorme ventana que permitía la entrada de la mortecina luz de la luna, haciendo que los ojos azules de Nabor brillaran de una manera mística y hermosa. – ¿Estas lista?

– ¿…Cómo escapaste? –preguntó Elena, ignorando el último comentario del hombre.

–No me subestimes, Elena. Vamos, hay que salir de aquí.

– ¿Disculpa? –dijo Elena con un dejo de molestia en su voz. – ¿De dónde sacas que me iré contigo?

– ¿Acaso eres igual de ignorante que tu padre? Si no vienes conmigo morirás tarde o temprano.

–No te atrevas a insultar a mi padre porque te juro que te arrepentirás. –musitó Elena con una inmensa furia contenida, sintiendo como le hervía la sangre. –Nunca me uniría a alguien como tú y toda tu manada de locos asesinos.

–Demuéstrame entonces. –dijo Nabor de una manera retadora, curvando sus labios en un descarado gesto de cinismo. –Demuéstrame que estas defendiendo lo mismo que Ike y acaba conmigo, así él confiara en ti nuevamente.

Este último comentario hizo tintinear una campanita en la mente de Elena. Anhelaba tanto que su padre volviera a confiar en ella, a llamarle princesa de manera cariñosa y a mirarla con ternura como siempre lo había hecho.

De la nada, quizá incitada por ese pensamiento, la joven comenzó a recitar el hechizo que leyó en su libro minutos atrás. Con solo decir las primeras palabras, su mano comenzó a ser rodeada por llamas que extrañamente solo entibiaban su piel, sin provocarle el más mínimo de los daños.

Nabor seguía parado frente a ella, con los brazos cruzados y esa molesta expresión prepotente en su rostro que solo hacia enfadar más a la joven.

Elena estaba dispuesta a freírlo, pero justo cuando faltaba una sola palabra para que el hechizo saliera disparado y embistiera al hombre justo en la cara, algo la detuvo en seco, dejando las flamas danzando alrededor de su mano.

Lo primer en detenerla fue el darse cuenta de que estaba conjurando un hechizo de fuego con demasiada facilidad cuando nunca en su vida había siquiera intentado leer un tomo de magia. Lo segundo y más perturbador fue un eco en su mente que le imploraba no matar al hombre.

–Anda, solo basta una palabra para que acabes conmigo. –la tentó Nabor al notar que estaba dudando mucho.

Elena le miró con rabia al ser incapaz de lanzar el hechizo. Conocía la palabra necesaria para que el fuego consumiera el cuerpo del hombre, pero su lengua y cuerdas bucales se negaban rotundamente a pronunciarla.

–Maldición. –musitó la joven con frustración al no poder cumplir con su voluntad.

Al final, apunto su mano hacia otro lado y por fin su voz escapó de su pecho, susurrando con derrota la ultima parte de su conjuro. –Bolganone.

El proyectil se estrelló contra el muro, dejando una inmensa parca negra.

– ¿Por qué no lo hiciste? –cuestionó Nabor con fingida sorpresa.

– ¿No tienes que irte ya? –dijo Elena, evadiendo el contacto visual.

–Tú también.

-Solo vete antes de que me arrepienta de la estupidez que acabo de hacer. Déjame tranquila, a mí y a mi familia

Nabor rió por lo bajo y comenzó a caminar hacia Elena, y a pesar de que ella pudo escucharlo claramente no se sobresaltó hasta el momento que sintió la mano del hombre sujetando su barbilla, haciendo que levantara su mirada.

El corazón de la joven comenzó a latir con rapidez, pero no se movió ni hizo el más mínimo esfuerzo para escaparse.

–Si decides venir conmigo solo recita el hechizo que está en la tercera página de tu libro. –susurró el hombre y antes de que Elena pudiera replicar, sus labios habían sido atrapados en un cálido y corto beso.

Ella se quedó completamente inmóvil durante y después de ese contacto, sintiendo como sus mejillas ardían de una manera que nunca antes había experimentado.

–Nos vemos y…cuidado con tu padre. –susurró Nabor en tono burlón para después marcharse, sin que la joven pudiera ver a exactamente donde había ido.

El sonido de varios presurosos pasos metálicos resonó en los pasillos, haciendo que Elena saliera del aparente estado de ensimismamiento en el que se encontraba. Sabía que tenía que irse, pero no sabía cuál era la mejor ruta de escape ya que el tintinear de las armaduras sonaba de todas partes debido al eco. Fue hasta cuando pudo ver varias sombras distorsionadas que supo hacia donde correr.

En lugar de irse a su habitación, corrió lo más rápido que sus piernas le permitieron a la alcoba de su padre. Tenía que hablar con él. Sin embargo, también sentía mucho miedo al recordar las escenas de su sueño.


Muchas gracias por leer :D espero sus comentarios