Disclaimer: Fire Emblem no me pertenece


Capitulo 24: El Agua de Mar

Toha era, sin duda, uno de los lugares más hermosos que Elena había visto. El mercado central estaba lleno de vida, colores brillantes y aromas refrescantes. La gente lucía mucho más amigable que en Daein y Begnion, y también había muchos más laguz que en las otras dos naciones.

Los puestos apostados por las calles exponían hermosas y finas joyas, con incrustaciones de piedras preciosas que Elena no conocía. Había telas de colores y diseños exóticos, suaves y frescas, otras más calientes y esponjosas.

Los vendedores gritaban sus ofertas y hacían descuentos, dispuestos a regatear con distintos compradores con tal de obtener una venta.

Elena admiraba todo lo que sus ojos le permitían, su nariz se deleitaba con la mezcla de los aromas de perfumes, frutas y la apetitosa comida que preparaban algunos.

—Acérquese, bella señorita. —le apremió una hermosa mujer de grandes ojos marrones y cabellos rubios en suaves risos. Su delgada figura era cubierta por un pulcro y reluciente vestido rosa de sedas vaporosas que ondeaba grácil y ligero cada vez que se movía—. Tengo unas hermosas joyas que le quedarían perfectas con esa piel blanca y ojos azules que tienes.

—Bueno…es que a mí no me gustan las joyas —respondió Elena amablemente—. Además, tenemos algo de prisa.

—No te preocupes, Elena —dijo Alberich, amablemente, sonriendo con cariño—. Quiero que te distraigas un poco antes de irnos a Toha, puedes ver y pedir lo que quieras.

—Señorita, aproveche que tiene un novio tan amable —insistió la mujer, tomando a Elena de la mano y jaloneando un poco.

—…Bien.

La mujer le mostró un sinfín de bella joyería de aspecto costoso. A Elena nunca le había gustado ese tipo de cosas, lo único que llevaba era esa fina cadena que su padre le había obsequiado desde que era una niña. Pero tenía que admitir que las piedras preciosas y el brillo de todos esos anillos y brazaletes le parecía magnifico.

—Admire esta, mi lady —dijo la mujer, acercándole un anillo de oro blanco con una hermosa gema de un color rojo intenso que parecía fluir como el agua de un río—. Esta piedra fue extraída de un volcán mágico que de tierras lejanas. La lava fluye dentro, es muy difícil de obtener pero se dice que atrae la dicha para aquel que la posea.

Elena quedó prendada al instante por la hermosura de la joya, no pudo evitar la tentación de tocar la gema. Se sentía tibia.

—¿Te gusta? —preguntó Alberich y Elena asintió casi de manera inconsciente, sin dejar de mirar el anillo.

—Tiene buen gusto, mi lady —le aseguró la mujer rubia.

Alberich tomó la mano izquierda de Elena. A pesar de que fue sumamente delicado, ella no pudo evitar sobresaltarse al repentino tacto. El corazón se le aceleró tanto que creyó que cualquiera podría escucharlo.

Con cuidado, deslizó el anillo por su dedo anular y luego la miró a los ojos. Elena sentía como se le escapaba el aliento al admirar esos hermosos orbes brillantes que parecían lagos de plata liquida en una noche de luna llena.

—Se ve precioso en tu mano —dijo el muchacho, con aquella voz tan varonil.

—Le dije que el anillo iba perfecto con su piel —exclamó la vendedora, sacando a Elena de su repentino trance—. Haría perfecto como anillo de compromiso. Ahora joven, como usted mismo lo escuchó, esa gema es muy difícil de conseguir así que su precio…

—No lo compraremos —refutó Elena, de inmediato, sacando el anillo de su dedo y poniéndolo en la mano de la vendedora—. Con permiso.

La joven mercenario se alejó del pequeño puesto sin siquiera saber si Alberich la seguía, pero era mejor que no lo hiciera. En ese momento, Elena sentía como las mejillas le ardían intensamente debido a la vergüenza que había pasado.

—Anillo de compromiso. —bufó, totalmente enfadada—. Tonta ¿Qué le hace pensar que nos vamos a casar?

Se fue caminando por las calles, sin prestar atención a los establecimientos. Solo fue pateando las piedritas que encontraba en el camino, hasta que alguien la tomó por la muñeca de una manera tan fuerte que aquel brazalete de cristal se le enterró en la piel y la quemó, como solía hacerlo desde que apareció, una noche antes de que su padre la obligara a marcharse.

—¡Niña! —exclamó un hombre de rostro alargado y nariz ganchuda. Su piel pálida estaba marcada por extrañas marcas negras que parecían formar un escrito en un idioma que Elena nunca antes había visto—. ¡Ese brazalete! ¿¡De donde lo has sacado?!

—¡Suélteme! —gritó, jaloneando en un intento vano para que la dejara en paz, pero con cada movimiento el brazalete se clava más en su piel y se podía percibir como iba desgarrándole la piel.

—¡No, no, no! —gimoteó. Sus grotescos ojos claros, escudriñaban con avidez la joya de su muñeca—. ¡No cualquiera puede tener esto!

—¡Déjeme!

Elena estaba a punto de propinarle un puñetazo en la cara a aquel extraño hombre, pero alguien se le adelantó. Con la fuerza del golpe, el sujetó soltó el brazo de la chica y cayó inconsciente al suelo.

—Mi Lady ¿Está bien?

Elena levantó la mirada y se encontró con los brillantes ojos celestes del príncipe de Crimea.

—Brandon…digo, Príncipe Brandon —se apresuró a corregir su error y dirigirse con más cortesía al muchacho, haciendo una leve inclinación de cabeza a modo de reverencia—. Estoy bien, muchas gracias.

Brandon le sonrió amablemente. Sus blancos y perfectos dientes, como perlas, lo hacían lucir más apuesto de lo que ya era.

A Elena le pareció que, para ser un noble, era demasiado humilde y sencillo. En su viaje de vuelta a Crimea, Elena se dio cuenta de que no trataba a Alberich como un simple sirviente, sino como un hermano. Había ocasiones en las que ni siquiera hablaba tan propiamente, como un noble.

—¿Alberich no estaba contigo? —preguntó el príncipe, echándose la capucha a la cabeza para que nadie lo reconociera

—Sí, pero yo me fui corriendo. Seguramente ahora me está buscando.

—Bueno, vamos a buscarlo también.

Ambos muchachos se abrieron paso entre la multitud que parecía agrandarse conforme pasaba el tiempo. Nadie parecía darse cuenta de quién era el muchacho con la capucha, tampoco parecían prestarle más atención de la requerida.

Elena se mantuvo callada la mayor parte del tiempo, solo hablaba cuando el príncipe le preguntaba algo. La joven arrancó un pedazo de su capa de viaje y se cubrió el área donde llevaba el brazalete; el hombre había apretado tanto su muñeca que incluso la hizo sangrar.

—Ya casi es hora de que tu barco zarpe —comentó Brandon, mirando al cielo que comenzaba a oscurecer.

La joven observó el muelle con dolor, con ese inmenso agujero en el pecho que parecía hacerse más y más grande. Lo que menos quería era estar lejos de su padre, de su hermano, y ahora eso era precisamente lo que iba a ocurrir con ella.

—¿Elena? —Brandon la estaba mirando—. Si no quieres irte ¿Por qué no solo lo dices?

—…Mi papá me ordenó volver. —respondió, seria.

—Bueno…pero tampoco puede obligarte a hacer todo lo que él quiera. Además, ya no eres una niña.

—Elena —esta vez, fue Alberich quien la llamó—. ¿Por qué te fuiste así?

—Lo siento —se disculpó, sin ganas, aun viendo los barcos en el muelle, sintiendo la briza marina golpeándole la cara, cepillándole el cabello.

—Yo voy a ver…algo por ahí. —comentó el príncipe, marchándose antes de que alguien pudiera decir algo.

Alberich se acercó a Elena, le dio un beso en la frente y la abrazó con fuerza.

—No me quiero —sollozó, sujetándolo con fuerza, aferrándose a lo único que tenia. No quería perderlo—. Alberich, no me quiero ir, por favor, no quiero.

—No llores —murmuró Alberich, con esa voz tan calma y reconfortante a los oídos de Elena, pero no fue difícil notar el ligero tono agrio, de dolor, que estaba escondiendo—. Cuando todo esté resuelto aquí volveré por ti, te lo prometo.

Elena solo negó y negó, sin soltarse de Alberich, con las lágrimas rodando por sus mejillas.

—Mi Elena, mi Elenita —separándose un poco de ella, la tomó por las mejillas, limpiándolas—. Cree en mí, te juro por mi vida que estaremos juntos muy pronto.

Elena no pudo responder, solo siguió sollozando y sintió como Alberich la llevaba del brazo, más cerca del muelle. Las olas del mar eran cada vez más claras al oído. Vi el barco, escuchó el barullo de la gente, de los marineros y maldijo a todos, hasta ella misma.

—Ve —le dijo, con firmeza, pero sin perder su tacto—. Eres la mujer más fuerte que conozco, Elena, eso es lo que me en-…lo que me sorprende de ti, eres tan fuerte como tu padre.

Elena lo miró por última vez…pero subió al barco y esperó a que este zapara. No tuvo que esperar mucho. Cuando el muelle comenzó a alejarse, una idea le cruzó por la mente y justo en ese instante, el brazalete empezó a quemarle intensamente, como si tratara de detenerla.

Sujetó su mochila, ahí estaba su libro, no debía perderlo por nada del mundo. Se acercó a la baranda de madera, para evitar que la gente cayera al mar.

Tenía que hacerlo ahora, antes de que el barco se alejara más, era buena nadadora, pero el mar lucia inquieto y cualquiera sedería ante el cansancio.

—Señorita ¿Qué cree que hace? —la llamó un marinero, justo cuando había pasado una pierna por el otro lado de la baranda. Mas hombres y mujeres se acercaron, iban a tomarla y antes de que lo lograran, ella saltó, cayendo al mar, tragando una gran cantidad de agua que le quemó la lengua y la garganta. El agua de mar era lo más asqueroso que jamás había probado, pero le recordó que tenía que seguir adelante, como aquella vez que las niñas del lugar donde vivía la empujaron y le hundieron la cabeza en el agua, también había tragado mucha, pero esa fue la última vez que permitió que la siguieran hostigando. Al recordar eso, el agua de mar no tenía tan mal sabor.

Los ojos le escocían debido a la sal y en su brazo, donde llevaba el brazalete, el dolor era aun peor. Pero tenía que nadar antes de que las olas se la tragaran y así lo hizo, hasta llegar otra vez al muelle, donde la gente la ayudó a salir del mar, jadeante y muy agotada, temblando.

Levantó la vista y vio a Alberich y al príncipe Brandon, ambos con una expresión difícil de descifrar; una extraña mezcla entre el terror, la sorpresa el reproche y la alegría.

—Sí soy fuerte…—dijo, al ritmo que su respiración agitada se lo permitió—. Soy fuerte como mi papi…y si digo que no me voy, es porque no me voy.

Al ver sonreír a los muchachos, el agua de mar se volvió la más dulces de las bebidas.


Pues ahí está…

¿Querían algo más romántico entre Elena y Alberich? ¿O entre Elena y Brandon? (sí, lo sé, aun no muestro bien la personalidad del Príncipe de Crimea, Brandon) Yo también, pero el romance no se me da. Además…no sé, cada vez me es más difícil escribir para esta historia.

En fin, si tienen algo que decir, yo los escucharé (leeré) gustosa.

Muchas gracias.