Advertencia: Los personajes de K-ON! le pertenecen a Kakifly.
Capítulo I: Último año
"A veces, los sueños no están para cumplirse."
Los últimos acordes sonaban dentro del auditorio.
Las chicas de la preparatoria Sakura, estaban emocionadas escuchando algunos éxitos de la banda Houkago Tea Time. Ese era su último año en el instituto y cada una ponía lo mejor de sí misma para obtener una graduación merecida. Dentro de poco harían el examen de ingreso a la universidad, y no todas estaban preparadas. Pero con un poco de esfuerzo, estaban seguras, lograrían entrar.
El sueño de todas, es ir a la misma universidad. Pero también había la posibilidad que no pasara aquello. Como el caso de Ritsu. Parece que su padre tiene previsto mandarla a estudiar fuera de Japón para que asuma la presidencia de Tainaka Enterprises. Nada estaba seguro, pero a medida que pasara los días, esa posibilidad se acentuaba cada vez más. Y la baterista no quería irse de su amado país, ni alejarse de cierta pelinegra asustadiza que tanto ama.
No supo a ciencia cierta cuando fue que se enamoro de la bajista y líder de la banda. Pero de algo estaba segura: no la veía como una simple amiga. Movió en forma negativa la cabeza, como aclarando sus locas ideas, y se concentro en tocar la última canción de la presentación. Cualquiera que las viera, diría que tenían futuro dentro del mundo musical. Y si Ritsu tenía una disquera, ¿Por qué no usar esa influencia para darse a conocer?
El señor Tainaka estaba en contra de esa idea. Y como si leyese la mente de su hija mayor, le había advertido que su función era la de ser una "presidenta respetable" de la empresa, y que ella como ejemplo del mismo, sólo debe enfocarse en mantener la disquera en la cima; por ende, tocar cosas de jóvenes descarriados, no sería permitido. La castaña no decía nada, pero se estaba cansando de la forma de ser de su padre. Él dejó de ser quien era, para convertirse en un hombre amargado.
Adiós a los momentos familiares.
Sin darse cuenta, empezó a tocar un poco más rápido, provocando que sus amigas también incrementaran el ritmo. Mio se extraño por el cambio repentino de su baterista. Después de la presentación hablaría con ella. Los padres de las chicas estaban ahí. El señor Tainaka observaba con un poco de molestia como tocaba su hija mayor. La señora Tainaka, en cambio, se mostraba preocupaba por la reacción que pudieran tener esos dos. Chocaban notablemente.
La señora Tainaka estaba consciente del ambiente que se había formado dentro de su hogar desde que su esposo cambió. No quería imaginarse la reacción de su hija si ella se enteraba que apenas se graduara, se iría de Japón para estudiar la carrera de negocios. El pecho le dolía, porque ambos eran personas importantes en su vida. El uno, es su esposo, con el cual ha compartido una vida llena de altos y bajos, y por el otro lado, estaba su hija mayor. Aquella que le ha dado problemas como alegrías. Ambos tenían su carácter, y se enfrentaban.
Desde que llegó esa disquera, competencia de la de su familia, su marido había cambiado mucho. Dejo de ser alegre, bromista, y ya no pasaba tiempo con los chicos. A Ritsu, el brillo de sus ojos dorados, se había apagado. Y su hiperactividad, ya no estaba a la orden del día. Era otra, un zombi que sólo obedecía las ordenes de su marido, y muy en contra de su voluntad. Sólo lo hacía por ser la primogénita de los Tainaka, y porque en el fondo, ya había perdido la batalla contra su esposo. Ritsu había tirado todo. Incluido sus sueños.
Nodoka salió al escenario, una vez terminada la presentación de la banda. Habló un poco del grupo, y enseguida prosiguió a presentar a cada una. Cuando le tocó el turno a la baterista, ella se levantó, y con las baquetas entre sus dedos de la mano derecha, cerrado en un puño, las alzó. Su mirada dorada, antes alegre, ahora sólo mostraba su opacidad. Estaba apagada. La presidenta del consejo estudiantil aviso de la última canción que sería tocada. La misma, que cerraba una magnifica presentación de las chicas Houkago Tea Time.
Y que al mismo tiempo, sería su despedida como banda.
Al terminar el evento, Ritsu salió del auditorio. No quería estar ahí un segundo más. No quería dejar ver sus sentimientos, aquellos que estaban revueltos dentro de su ser. No quería ver a nadie, ni siquiera a Mio. Si la veía, estaba más que segura, que se le declararía, dejando saber así, que dentro de su corazón había amor hacia la pelinegra. No deseaba que Mio se enterara de que ella estaba enamorada, y que ese era su despedida como integrante de la banda.
—¡Mierda! —murmuro ofuscada, cuando se tocó todos los bolsillos del terno que llevaba puesto, y no encontró ni un solo cigarrillo.
Las chicas llevaban puesto un terno beige con filos negros, camisa blanca, corbata roja y combat boots del mismo color del terno. Todas estaban bien vestidas, excepto la baterista. Tenía el nudo de la corbata floja, dos botones de la camisa abiertos, y el saco desabrochado. Su flequillo caía rebeldemente sobre su frente, ocultando así, sus ojos dorados sin vida. Se metió las manos en el bolsillo, y continúo caminando. Estaba en el jardín del instituto, yendo a su refugio, el cual iba casi todos los días, después de cada ensayo.
—¡Ritsu! —oyó la voz de su padre, llamándola con furia contenida. Ella siguió caminando, sin prestarle atención a ello —¡Ritsu Tainaka! ¡Ponme atención cuando te esté hablando!
Tainaka se volteó a ver la figura de su padre, el cual estaba molesto y se estaba conteniendo, eso lo sabía, porque se le notaba. Alzó una ceja, curvo sus labios, queriendo imitar a una sonrisa, y se lo quedo viendo como si fuese un muñeco de trapo muy mal hecho.
—Si vienes a joderme con la misma vaina que ya me sé, no te hubiese molestado en seguirme. Tengo muy en claro tus intenciones y tus deseos, "padre" —se giró para quedar de espalda a él, y empezar su caminata —. ¿Serías tan amable de dejarme de perseguir? Quiero estar sola.
Y lo dejó ahí, parado en la mitad del jardín, tragándose su rabia.
Ritsu ya no era la misma. Maldecía cada segundo esa disquera que tenía su padre, y maldecía aún más, a los dueños de la disquera rival. Su padre cambió cuando su competencia llegó a instalarse a la ciudad, y se encerró aún más, cuando el rival empezó a llevarse a los buenos artistas del Tainaka Enterprise. Por un momento pensó en Mio. Aquella bajista tímida e inteligente, le hubiese hablado de la manera más sutil, para que no se dejara llevar por aquellos sentimientos que oscurecían su noble corazón.
¿Le hubiese hecho casi de igual manera?
Puede ser que sí, como puede ser que no.
Depende.
Llegó al árbol Sakura, se sentó quedando arrimada en el tronco del árbol, y cerró sus ojos. A veces tenía pensamientos, un poco suicidas: quedar colgada del techo de algún edificio viejo, pegarse un tiro con un arma silenciosa, cortarse las muñecas: encerrada en el baño, inhalar monóxido de carbono, tomar un coctel de pastillas anti-depresivas. Había una gama de posibilidades, y ninguna había pasado desapercibido por la baterista.
Sólo la detenía ella.
Su mejor amiga de la infancia.
Su bajista.
Mio se había quedado un rato más en el escenario hablando con Nodoka y Sawako. Estaba contenta porque la presentación había salido bien, y a público le había gustado. Pero por otro lado, estaba su mejor amiga. Llevaba ya tiempo con la mirada apagada, tocaba la batería acorde al ritmo de las canciones y ya no daba signos de la hiperactividad que tanto le caracterizaba, y que le había enamorado de a poco.
Su timidez podía llegar a sorprender a muchos, pues a pesar del grado de confianza que tenía con la castaña, no había podido confesarle sus sentimientos. Más lo hacía por el miedo a perder la amistad de años construía con tanto esfuerzo. ¿Y si no era correspondida? ¿Acaso Ritsu también era lo que ella era? Movió la cabeza suavemente, llamando la atención de sus dos interlocutoras.
—¿Todo bien, Mio-chan? —preguntó Sawako un tanto preocupada.
—Sí, sensei. Todo bien.
Pero Sawako intuía que no era cierto. Tal vez Akiyama se encontraba en ese estado por su mejor amiga. O, en otros casos, por los sentimientos, seguramente, recién descubiertos. Lo cierto era, que por más hubiese querido ayudarla aconsejándole, no hubiese podido, porque ella también se encontraba en el mismo predicamento. Y lo de ella era más serio, y porque no decirlo, un poco más grave.
Enamorarse de una estudiante, no era bien visto ni tampoco permitido. Peor si se trataba de la señorita Kotobuki. Pero el caso, en ese momento, era Ritsu y Mio. Ambas tenían cierta lejanía, y casi ya no se pasaban palabra. ¿Qué pasó entre ellas? Cuando las chicas se estaban presentando, pudo observar, a cierta distancia hacia el público presente, que estaban los padres de las integrantes de Houkago tea Time. Y a uno de ellos, el señor Tainaka, no se lo veía tan contento de estar ahí.
Y no estaba tan lejos de su percepción.
—… bueno, no deberían preocuparse por la presentación del festival, si tocan como lo hicieron ahora, estoy segura de que saldrán mucho mejor —las palabras de Nodoka, provocaron que Sawako regresara a la realidad —¿Verdad, sensei?
—Por supuesto. Confío en ellas.
Pero esa respuesta quedó en el aire, y no demostró ninguna seguridad. Yamanaka no estaba pensando en el festival ni en la presentación de la banda. Sus pensamientos iban dirigidos a dos personas: Ritsu y Mugi.
Ritsu estaba distraída en sus pensamientos, y siempre iba al árbol Sakura a meditar. Eso lo sabía Yamanaka porque la observaba. No sabía que tan profundos eran sus problemas, pues la baterista optó por refugiarse en sí misma, y no decirle a nadie lo que pasaba por su mente y su corazón. Sawako, por ser su profesora, su mentora y amiga, se daba cuenta y lo intuía. Estaba consciente, que ese último año, sería el principio del fin de la banda Houkago Tea Time.
Volvió a posar su mirada castaña sobre los presentes, y notaba como el ambiente se aligeraba de a poco, por la partida del señor Tainaka, minutos antes. Sawako y el resto de las chicas no tenían ni la más mínima idea de cómo es el padre de Ritsu. Lo lógico era que si tenía una disquera y su hija era una buena baterista y tenía formada una banda, las patrocine. Pero se equivocaba. El señor Tainaka tenía otros planes para con ella.
Mugi había salido del auditorio casi corriendo. Su corazón latía con fuerza, sólo por el hecho de estar cerca de su profesora y mentora. Se había enamorado casi sin darse cuenta, y tenía muy en claro que el amor que podían tener ambas, era prohibido. Y mal visto por la sociedad. La señorita Kotobuki, por ser hija y heredera del imperio que construyo su padre, debía tener, muy en contra de su voluntad, una imagen que mantener. Y una reputación.
A veces pensaba, cómo fue que todo empezó, y cómo fue que todo se desarrolló, sin que se diera cuenta. Su corazón le dolía hasta el punto de llorar, encerrada en su cuarto, sin que nadie supiera que le sucedía. Y estaba consciente, que no era la única que sufría de aquella manera. Mio, Azusa, Yui y Ritsu, también lo hacían. A su manera, pero lo hacían. ¿Nadie se percataba que ellas estaban a punto de tener colapso? ¿Sus padres no se percataban que ellas no estaban ahí para cumplir sus sueños frustrados?
En el salón de clases, las chicas conversaban animadamente. Sus compañeras eran buenas músicas, y sabían que tenían un futuro adelante, si continuaban. Mio se desempeñaba muy bien como compositora, y no todas las canciones hablaban de amor, o eran cursis. También hablaban de otros temas, que en esos momentos, no tenían mucha importancia. Al menos, eso creían ellas.
Ichigo, una compañera de clases de las chicas, había desarrollado cierta admiración, que podría confundirse con amor, hacía Ritsu Tainaka. Había momentos que tenía todo el valor de ponerse enfrente de ella y hablarle, pero cuando llegaba la hora, se cohibía y no hacía funcionar su plan. Desde lejos la miraba, y se imaginaba como sería estar a su lado, compartir las horas, e incluso fantaseaba con estar rodeada de esos brazos protectores de la baterista.
Pero ella miraba a otra persona.
Mio Akiyama.
Su mejor amiga de la infancia.
Sentada en su banca se encontraba Himeko, una chica rubia bastante atractiva que jugaba Softball y compartía la clase con las chicas de Houkago Tea Time. Siempre se ubicada al fondo del aula, y se ponía al lado de Yui, la guitarrista principal de la banda. De un momento a otro, sin darse cuenta, empezó a verla con otros ojos. Tal vez se debió, a que cuando la conoció, ese carácter despreocupado e infantil de la castaña, llamaba mucho la atención y de alguna manera, era bastante atractivo.
Pero algo le decía que Yui Hirasawa, no la vería con los mismos ojos. No sabía a ciencia cierta quien era la afortunada que estaba en sus pensamientos, la mayoría del tiempo, pero sabía, que era una chica con mucha suerte. Contada era las veces que pasaba palabra con la guitarrista principal de la banda, y cuando lo hacía, le parecía que las horas no pasasen rápido, sino que al contrario, era cómplice con ella para que este lo que más que podía con aquella chica.
Noto que al finalizar el penúltimo año, cuando estaban todavía en segundo de instituto, que la castaña ya no era la misma, y que por el contrario, dejo de tener ese carácter infantil, para tener uno mucho más maduro. ¿Qué le habrá pasado? ¿Será que cambió por aquella chica que tanto suspira? No lo sabía, y aquello le producía cierto dolor y cierta angustia, porque quería ser ella, Himeko Tachibana, quien estuviese a su lado para consolarla.
Pero de algo estaba consciente: ese era su último año, y tenía que dar lo mejor de sí misma. Lo que pasara después, pasaría. Por el momento, lo mejor que podían hacer, era vivir su vida y disfrutar de la época del instituto. Porque después, ya nada sería lo mismo. Himeko, soñaba, incluso hasta despierta, que algún día aquella castaña distraída e infantil, la miraría a ella con otros ojos. Que estaría a su lado, y compartirían muchos momentos a lo largo del resto de sus vidas.
Todo estaba regresando a la normalidad en el instituto Sakuragaoka, las chicas se dirigían a clases, y el director de la unidad educativa, felicitaba, entre emocionado y respetuoso, a Sawako por haber sabido llevar muy bien la dirección del club de música ligera. La baterista no tenía el ánimo de aparecerse en su aula de clase. Se debatía entre ir o no ir. Si no iba, todas se preocuparían. Pero si iba, vería a Mio, y no tenía la fuerza de voluntad de decirle lo que estaba pasando en su vida. Incluso, en más de una ocasión quiso decirle que la amaba.
Decidió quedarse sentada bajo el árbol Sakura. Cerró sus ojos color ámbar, mientras la brisa le removía, tiernamente, su flequillo rebelde. Ni siquiera se había tomado la molestia de cambiarse de ropa y ponerse el uniforme. A fin de cuentas, no le importaba mucho el instituto y sus estúpidas reglas. Ese era su último año, y lo que más quería en el mundo, era que se acabase para así, dejar atrás el sufrimiento, e irse a donde se tenga que ir. Tal vez, aquello era la solución para olvidar el amor profundo que le tiene a Mio.
Sintió pasos alrededor suyo, pero no le prestó importancia. Pudiera ser algunas de sus compañeras, o alguna de sus amigas. Dejo que todo a su alrededor fluyera de manera natural, no presionar. Quería, muy en el fondo de su corazón, decir que ella rebelde y que estaba planeando irse en contra de la voluntad de su padre. Pero otra parte, ella no era así, y, aunque no quisiera, tendría que obedecer a su padre.
—¿Todo está bien, Tainaka-san? —Ritsu abrió los ojos para ver quién era la persona que le dirigía la palabra, sorpresa se llevó al ver que era Ichigo.
—Podríamos decir que sí. ¿Pasa algo, Wakaouji-san?
—No. No pasa nada.
—¿Te importaría dejarme a solas, por favor?
—Tenga cuidado, Tainaka-san. A veces, por cumplir los sueños de otros, sin darnos cuenta, nos matamos nosotros mismos. Con su permiso.
La baterista se quedó pensando en aquellas palabras. ¿Serán verdad? Puede ser. Pero en su caso, ¿por qué se esmeraba en complacer a su padre? Corrección. Ella no se esmeraba por complacer a su padre. Ella se esmeraba, para que su familia esté tranquila y viviera en paz. No darle dolores de cabeza a su madre, a quién tanto ama, sólo por el hecho de haberle dado la vida. Miro a su compañera de clases partir. Y no dudaba que tuviera su atractivo, y que tuviera a medio estudiantado atrás de ella. Sonrió al recordar que Mio, su Mio, tenía ya un club de fans, y no sólo porque tocaba hermoso el bajo.
—Tocaste precioso, Hirasawa-san —comentó Himeko.
—Gracias, Tachibana-san. He aprendido muchas cosas más con la guitarra. Y siento que aún me falta por seguir aprendiendo más cosas.
—¿Piensas seguir la carrera de músico?
—No. Por asuntos personales y familiares, me tocará seguir la carrera de negocios. Pero no dudes, que seguiré tocando la guitarra; es algo que me apasiona, y por decirlo de una manera, provoca que me olvide de todo, y me relaje.
—Hubiera sido interesante verte como música. De seguro tendrías más fans de los que ya tienes.
—Sí. En eso, te doy la razón —pero Yui tuvo que cortar la comunicación con su compañera de clases, para atender la llamada que estaba recibiendo en el móvil.
Último año. Última oportunidad de escapar de los sueños frustrados de sus padres.
Los días pasaban. Las horas, dentro del instituto se volvían insoportables. Las chicas, cada una sumergida en sus pensamientos, y sentimientos. El tiempo no perdonaba, y las oportunidades estaban en las puertas, esperando por ser aprovechadas por las personas que se hayan percatado de su presencia, y hayan decido, con paso firme, tomarlas. Así se manejaba la vida. Así era la vida real.
Aquella mañana del sábado, Mugi había decidido salir de su mansión hacia el centro de la ciudad. Primero, quería despejar la mente. Segundo, quería mirar las vitrinas de los locales comerciales, y ver si podía comprar una que otra cosa que le gustase. En el desayuno, sus padres se mostraron preocupados por su estado de ánimo, y pensaron que tal vez se debía a que su hija ya tuviera a alguien en su vida. Y no estaban lejos de la realidad. Pero no era más que algo platónico.
Además, la persona que ocupaba la mente de la joven Kotobuki, no era un hombre. Era una mujer. Su profesora, su mentora, su guía de clases. Sawako Yamanaka.
La rubia tecladista paseaba con muchas cosas en la cabeza. Su mirada se tornaba perdida por ratos, e incluso, le llegaba un sentimiento de abandono. Quería ser sincera con sus padres, pero algo la detenía. No quería defraudarlos, pero tampoco quería huir de ese sentimiento tan bonito, como lo era el amor. ¿Acaso ellos comprendían lo que era ser una persona normal? Tal vez no. Porque no fueron criados de esa manera.
A lo lejos diviso a Ritsu. Su amiga y compañera de banda. Estaba con la mirada perdida, y se notaba que estaba fastidiada por algo. Mugi, por ser un poco más perceptiva que el resto, incluso que la propia Mio, se había percatado que había algo que no iba bien en la vida de la castaña hiperactiva. Por el contrario, esa alegría y esa hiperactividad, fueron matadas de un solo golpe y posteriormente enterradas.
Quería saber que pasaba, no con el afán de parecer entrometida, sino, poderla ayudar en lo que necesitara. Estaban conscientes, que dentro de un par de meses, se graduarían y cada quien tomaría un camino diferente. Aunque al principio hayan dicho que iban a ir juntas a la misma universidad. A veces los padres creen que por hacer lo mejor, no se dan cuenta que están alejando a sus hijos de su lado.
—¡Ritsu! —ante el grito de la tecladista, la castaña se sorprendió y camino hasta donde estaba.
—¿Mugi? ¿Qué haces por acá?
—Salí a dar una vuelta.
—¿O saliste a verificar que los empleados de la tienda de música estuviesen haciendo su trabajo?
—Jajá. No, Ricchan. En serio salí a dar una vuelta por los alrededores. Por los negocios de mi familia, todavía no estoy al mando. No me preocupo por algo, si sé que todavía no es mi turno. Prefiero disfrutar de mis días como estudiante de preparatoria.
—En eso te doy la razón. Ven. Vamos a comer algo. Yo invito.
Ese día, sin haberse dado cuenta ninguna de las dos, tuvieron un acercamiento aún más estrecho. Conversaron, caminaron y hasta se hicieron bromas. Se dieron cuenta que ese día, por cosas del destino, la gran Tainaka, heredera de la disquera Tainaka Enterprises y la señorita Kotobuki, heredera de un gran imperio de empresas del mismo nombre, podían llevarse aún mejor, sin incluir sus estatus social. Porque a ellas no les importaba aquello. Sólo eran jóvenes y veían el mundo, con ojos diferentes.
En esas conversaciones, Mugi se percató que Ritsu había cambiado su humor, y que se debía a su padre, quien la presionaba para que estuviera metida en el negocio, ya empapelándose del manejo del mismo, porque sería ella, cuando cumpliese mayoría de edad, quien asumiera el control. La rubia estaba consciente que había algo más, pero que el señor Tainaka no lo quería decir. Tendría sus motivos, pero no los compartía.
Pensó en sus padres.
Fue algo por instinto.
Una corazonada.
Mio se encontraba en casa leyendo un libro. Divergente (1). Le parecía muy interesante, incluso, tenía pasajes de pensamientos humanos, y de su comportamiento. Pero le costaba concentrarse. A pesar de que ha pasado ya bastante tiempo, y ha tenido cierto acercamiento con Ritsu, aún se sentían distantes. ¿Por qué Ritsu no le confiaba sus problemas? ¿Acaso ya no eran mejores amigas? Muchas dudas invadían su mente, pero trataba de no hacerles mucho caso, para no perder la poca cordura que tenía. No por mala, sino que no quería demostrar, aún, sus verdaderos sentimientos.
Estaba consciente que dentro de poco era la graduación. Y ese último año, a pesar de que ensayaban, ya no lo hacían como antes. Por el contrario, se dedicaban a holgazanear, a tomar té con algún dulce, cortesía de Mugi, y a conversar. Pero nadie topaba el tema de la universidad o, en su defecto, de sus planes para el futuro. Era como si ese momento se fuera a ir, para siempre. Como si no hubiese retorno en algún momento de sus vidas.
Sin poderse concentrar más, decidió cerrar el libro y dejarlo encima de su escritorio. Se acostó en su cama, cogió su móvil y se puso a revisar cada mensaje que se había mandado con Ritsu. Y en cada frase, palabra escrita por la castaña, había dolor, frustración. Lo sabía. La conocía desde que eran infantes de apenas cuatro años de edad. Crecieron juntas. Sabía que algo la molestaba, y también la deprimía.
Y eso era, precisamente lo que más le preocupaba.
Sabía de la tendencia de Ritsu hacia el alcohol y los cigarrillos. Llevaba, exactamente un año, en que salía los fines de semana a tomar y compraba, pasando un día, una cajetilla de cigarrillos. No entendía que le pasaba, pero algo le decía, en su intuición femenina, que su mejor amiga no estaba en su buen estado de control sobre su persona. Había algo más que la perturbaba y la tenía así de inquieta.
Yui se encontraba en su habitación tocando con Gitah. Lo hacía distraídamente. En su mente pasaba aquel recuerdo amargo que llevaba sobre su persona. Aquel, que la tenía marcada para siempre. Ahora, tenía que hacerse cargo de su persona, de Ui, su hermana menor, y de su madre. Que seguía con vida, pero convaleciente. Tocaba y tocaba, pero en realidad, no estaba entonando ninguna nota.
La graduación se acerba, y con ello, sabía, a consciencia, que en el momento que saliera del instituto, se enfrentaría a un mundo mucho más cruel y despiadado. No quería irse de aquel lugar. Uno, porque no quería dejar sola a Azusa. Dos, porque ese era su refugio. Aquel lugar, que a ciertos momentos, podía ser la Yui Hirasawa de antes. Ahora, cuando se mira al espejo, es otra. Casi sin vida.
Dejó a Gitah sobre la base. Y empezó a prepararse para tomar una ducha. Agradecía que no tuviese tareas pendientes, pero se pondría a repasar cada asignatura. Quería ir al instituto y dar ese examen de la mejor manera. Demostrar que es buena, también, en lo referente a sus materias. Yui lo hacía, por demostrarle a la gatita que ella era capaz de hacer lo que sea, con tal de ver a la otra persona tranquila y en paz.
Hirasawa nunca se repuso de aquel trágico momento. Tenía una cicatriz bien grande, y sería difícil que se cerrara. Sólo el amor de la gatita podría curarla. Pero estaba tan encerrada en su mundo, que no se daba cuenta, que en vez de darle calma a su kouhai, le daba era inquietudes. Muy pronto, ya no estarían juntas, y para la mayor de las hermanas Hirasawa, mientras más distanciada estuviere, era mejor.
Graduación
El día había llegado.
Ese día que tanto habían temido, hacia la aparición para dar concluida una etapa de las vidas de las chicas. Y con ello, se desintegraba la banda Houkago Tea Time. Ritsu tenía una mirada indiferente. Yui, en cambio, estaba muy seria. Mugi, no perdía la elegancia y la calidez. Mio, entre lo tímida y preocupada. Cada una estaba sumergida en sus propios pensamientos. En su mundo. ¿Qué pasará después de graduadas?
A pesar de que en los exámenes salieron bien, y fueron admitidas en la misma universidad, algo dentro de sus corazones, les decía que no podrían estar juntas. ¿Cosas del destino? Puede ser. Pero en esos momentos, no se pondrían averiguar si el destino les tenía alguna sorpresa guardada. Sólo se limitaban a disfrutar de la ceremonia, y al finalizar, el baile. Era un día especial, era el último día en el cual estarían juntas.
"Si la vida fuese fácil, Sawako, no sería vida"
Yamanaka miraba a sus pupilas. Estaba con los sentimientos a flor de piel por el desarrollo de la ceremonia. Con su mirada castaña, buscaba, casi con desesperación, a la Ojou-Sama. ¿Qué sería de su vida si aquella niña rubia, delicada y de ojos azules profundos no se hubiese cruzado en su camino? ¿Qué tiene ella, que no tiene las otras? Sólo sabía una cosa: tendría que luchar, si quería tenerla en su vida. Y no sólo como amante.
A veces quería llegar a casa, encontrar a sus padres y conversar con ellos, de lo que le pasaba en su vida. Pero lamentablemente, ellos ya no estaban con ella. Físicamente. Pero si estaban en sus recuerdos, y algo le decía, que, estén donde estén, ellos la cuidaban. Observaba con cada detalle, con cada admiración, como sus estudiantes sobresalían en la ceremonia. Como, aquellas niñas, que en algún momento se metieron en su corazón, no saldrán jamás de ahí, y que han dejado una huella imborrable en su vida.
Sawako miro, con detenimiento, como sus niñas del club de música ligera, pasaban a retirar su diploma. Ante sus ojos, pasaba cada etapa de convivencias juntas. La hora del té después de clases, las conversaciones, los ensayos. Era como si esos momentos se estuvieran yendo para siempre de sus vidas. Ahora, su mayor preocupación sería Azusa. Ella quedaba al mando del club a partir de ese momento.
—Fue una hermosa ceremonia, ¿no crees Mio-chan? —comento Mugi, una vez acabado el evento.
—Sí. Me llevo buenos y bonitos recuerdos.
—Lo que más voy a extrañar, es la hora del té —dijo Yui, con cierto aire de nostalgia.
—Lo dices como si no nos fuéramos a ver nunca más, Yui-senpai.
—Probablemente eso pase. Es posible que me vaya a Osaka, o Tokyo o fuera del país a seguir mi carrera. Todo depende de la oferta de trabajo que me puede estar saliendo.
Todas estaban asombradas por la respuesta de Yui.
—Sí. Lo mismo va a ocurrir conmigo —hablo Ritsu, motivada por la confesión de su amiga castaña.
—¿Hablas en serio, Ritsu? —preguntó con temor Mio.
—Sí, Mio. Mi papá decidió mi futuro por mí. Me mando a Inglaterra hacer la carrera de negocios. Quiere que asuma la disquera y deje definitivamente de tocar. Lo último no lo haré, pero eso no lo sabe él.
El silencio reino dentro del club.
1.- Divergente es el primer libro de la trilogía del mismo nombre. Escrita por Verónica Roth, es un libro juvenil y ciencia ficción.
Notas de la Autora:
¡Aquí estoy!
Con el primer capítulo de esta historia. Espero les guste.
Bueno, como vimos, ya hay una idea hacia donde se dirige la historia, ¿no? Me pregunto, ¿qué decisiones tomará Ritsu? ¿Y Mio? Bueno, eso lo sabremos en los siguientes capítulo. Por lo pronto, disfruten de este primer capítulo.
Sin más que decir, disfruten de la lectura y ¡Feliz mitad de semana!
¿Podrían dejar un Review? Me ayudaría como escritora a mejorar.
Bye.
