Disclaimer: La historia no nos pertenece, los personajes son de S. Meyer y la trama de Edward's Eternal, solo nos adjudicamos la traducción.
Belong To Me
By: Edward's Eternal
Traducción: Yanina Barboza
Betas: Rosie Rodriguez y Flor Carrizo
Capítulo 3
—Te llevaré al trabajo.
—Oh, eh, tengo un par de recados que hacer. La cafetería no estará ocupada, así qué Jane y yo nos relevaremos la una a la otra por una hora, para poder terminar.
—Bien. Necesito saber dónde quedan un par de lugares en el pueblo.
Bella rio, sus ojos ya no estaban tristes.
—¿Qué vas a hacer mientras no esté?
Sonreí, sintiéndome más relajado de lo que había estado en todo el día. Tenía más tiempo con ella.
—Tengo algunas cosas que hacer. Después Chester y yo pasaremos el rato.
Sus ojos se entrecerraron.
—¿Cosas? ¿Qué estás tramando?
—Voy a cocinarte la cena.
—¿Cocinas?
Resoplé.
—Vivo solo en un pequeño pueblo. No hay comida rápida cerca. Era o bien aprender a cocinar o morir de hambre. Lo hago muy bien. —Le guiñé—. Te gustan los tacos, ¿verdad?
—Um, claro.
Riendo, la jalé a mis brazos.
—Puedo hacerlo un poco mejor que eso. Te seguiré y puedes señalarme dónde está el supermercado.
—¿Y estarás aquí cuando regrese?
La besé, gustándome la idea de estar aquí, esperándola.
—Sí.
—Bien.
*()*
Miré alrededor, asegurándome de que todo estuviera en su lugar. Un pequeño árbol estaba armado en la esquina, las luces blancas y bonitos adornos que había comprado, brillando en la oscuridad. Unos pocos paquetes estaban apoyados en la parte inferior. Incluso me había acordado de uno pequeño para Chester. Resistí el impulso de comprar todo en lo que los ojos de Bella se habían posado más temprano, pero conseguí algunas cosas que sabía que le gustarían. Especiales, justo como ella. Leah me había mirado extrañamente cuando regresé a la tienda, pero había sido muy servicial cuando le dije que los regalos que quería ahora eran para Bella. Incluso los envolvió así se verían bien. También me contuve de agregar otras decoraciones, pero conseguí algunas flores para ella y agregué unas pocas velas. Mientras estaba armando las cosas, me di cuenta cuán escasa la casa estaba de decoración diaria. Su compañera de piso mantenía el lugar solo como una casa de paso y me puso triste pensar que Bella estaba tan acostumbrada a no tener nada estable en su vida, que simplemente no pensaba convertir el lugar donde estaba viviendo en un hogar para sí misma. Ella nunca había conocido eso y no pensaba que merecía el esfuerzo.
Recogí un par de películas de Navidad para ver y algunos bocadillos cuando estaba en el pequeño supermercado. El pensamiento de pasar la noche en el sillón con Bella acurrucada junto a mí me hacía tontamente feliz. Quería que la noche fuese muy buena para los dos. Dos personas solitarias disfrutando algún tiempo juntos en una época del año cuando estar solo parecía mucho más triste que lo habitual. Ignoré la pequeña parte de mi cerebro diciéndome que no iba a ser posible estar solo de nuevo después de hoy. Que no iba a ser capaz de alejarme de Bella. Me gustaba cómo me sentía cuando estaba con ella, disipaba la tristeza que parecía cernirse sobre todas las cosas que hacía.
Sacudí mi cabeza para detener esos pensamientos. Solo tenía hasta mañana con ella.
Revisé la cena en el horno y me aseguré de que el vino estuviera frío. Quería que ella disfrutara la cena que hice para nosotros. No era un cocinero gourmet y el relleno era de paquete, pero mi pollo asado era usualmente excelente. Sin embargo esperaba que Bella pudiera hacer la salsa espesa. La mía usualmente era algo así como agua oscura, generalmente con grumos.
Las luces brillando en la ventana me tenían corriendo hacia la puerta. La tenía abierta antes de que ella incluso tocara los escalones, estiré el brazo, jalándola hacia la cálida casa y mis brazos. Ambos suspiramos cuando nuestros cuerpos se encontraron. Acaricié la parte de arriba de su cabeza y después levanté su barbilla así podía besarla.
Había sido demasiado tiempo desde que sus labios estuvieron contra los míos.
Las bolsas que ella estaba cargando cayeron al piso y se apretó contra mí. Gimiendo, mis labios cubrieron los suyos posesivamente. Mi mano acunó su nuca manteniéndola contra mi boca, mi lengua se arremolinó y la acarició, dándole la bienvenida a casa. Se sentía tan bien contra mí.
—Hola —murmuré contra sus labios—. ¿Cómo estuvo tu día?
—No tan bien como mi noche.
Me gustaba eso.
La jalé más haciala casa, sonriendo a su reacción al pequeño árbol que había comprado.
—Puedes, eh, plantarlo después —le expliqué.
—¿Por qué hay regalos debajo del árbol, Edward?
—Oh, eh… algún tipo gordo en un traje rojo estuvo aquí. No lo pude detener.
Se rio mientras se agachaba y añadía un par de paquetes a la pequeña pila.
—Gracioso. Él pasó por la cafetería y dejó estos.
—Vaya, se mueve bastante.
Se puso de pie y envolví mi brazo alrededor de su cintura. La música de Navidad se reproducía suavemente en el fondo. Las luces resplandecían en la oscuridad, reflejándose en los lazos y el papel brillante colocados debajo del árbol. Las velas destellaban y danzaban en la oscuridad, sus sombras jugando en las paredes. Era pacífico y perfecto.
Bella suspiró, presionándose contra mí.
—Gracias.
Besé su cabeza.
—De nada.
*()*
Bella se recostó, sonriéndome. La casa en que ella vivía no tenía comedor así que comimos uno al lado del otro en la encimera, nuestras manos constantemente tocándose, de vez en cuando compartíamos un beso mientras comíamos nuestra cena juntos. Bella podía, de verdad, hacer salsa espesa, y pacientemente me guió por los pasos mientras ella mezclaba y condimentaba, probando hasta que estuvo lista. Dudaba que alguna vez yo fuera tan capaz como ella era, pero dejé que creyera que controlaba eso.
—Eso fue increíble.
—Tu salsa espesa hizo el trabajo. Somos un buen equipo.
Se inclinó hacia adelante, acariciando mis labios.
—Lo somos. Fue una maravillosa cena de Navidad. Gracias.
El entendimiento me golpeó.
Ese momento, esa simple cena, era cómo recordaría esta Navidad. No viendo a mi familia. No la decepción que temía pasaría cuando tratara y fallara en encajar con personas que nunca parecían quererme.
No, recordaría a Bella. Su amabilidad. Su aceptación.
La tristeza me llenó y me puse de pie, necesitando moverme. Recogí nuestros platos, caminando hacia la pileta. Un minuto después Bella se me unió, sus brazos envolviéndose alrededor mío desde atrás. Su calor me calmó y mi mano cubrió la suya descansando en mi pecho. Estuvimos en silencio por un momento, ambos sintiendo algo en el aire alrededor de nosotros.
—¿Quieres dar un paseo y ver las luces antes de comer el postre y ver una película? —me preguntó en voz baja.
Me di vuelta y la jalé hacia mis brazos.
—Sí.
*()*
Tomados del brazo paseamos por las calles, observando las luces, deteniéndonos de vez en cuando para comentar sobre una casa muy bonita o reírnos acerca de algunos esfuerzos mal hechos. La noche estaba oscura, la luna llena y las estrellas en el cielo descubierto brillando y centelleando sobre nosotros mientras caminábamos, a veces pasando otras familias y parejas haciendo lo mismo que nosotros. El aire estaba frío, pero no tan frío como había estado. Aun así, era una buena excusa para mantener a Bella presionada contra mí.
En un momento dado nos detuvimos en una casa que estaba muy iluminada, con todo tipo de luces y pantallas en el frente. Había un gran árbol en la ventana, iluminado con coloridas luces y podías ver la familia adentro: mamá, papá y dos pequeños niños corriendo alrededor de la habitación. Observamos cómo, con ayuda, colgaban sus calcetines antes de que sus padres los alzaran, riendo y llevándolos por el pasillo, sin duda para arroparlos por la noche. Sentí mi garganta tensarse por el abrumador sentimiento de repentino anhelo. Mirando hacia abajo, vi la expresión en la cara de Bella. La vulnerable tristeza que vi me hizo hacer una mueca y supe que ella estaba sintiendo lo mismo. Querer algo que creías que nunca tendrías.
—¿Quieres eso, Bella? ¿Una casa… niños?
Suspiró, un tembloroso, suave sonido de tristeza.
—No sé cómo ser... eso —murmuró, su mano señalando la ahora vacía ventana.
—¿Por qué?
—Nunca me he asentado en ningún lugar, mi vida entera ha sido un pueblo después de otro. Solamente me quedé aquí porque estaba muy cansada de mudarme, pero incluso ahora, sé que no voy a quedarme. Me iré a la universidad y después a un lugar diferente... —Su voz tembló—. Nunca quiero someter a un niño a eso. Especialmente a uno mío. Es solo… tan duro. Nunca te sientes… seguro.
Negué con la cabeza. Ella sería una madre y pareja increíble. Su cariño y amabilidad eran naturales. Ella no lo veía, porque no se veía a sí misma claramente.
La apreté contra mí.
—Creo que estás equivocada. Creo que vas a encontrar tu lugar. Y prosperarás. Tienes mucho amor en ti para no hacerlo.
Miró de nuevo hacia la ventana y suspiró.
Jalándola cerca, acaricié su cabeza. No había nada más que decir.
*()*
La película estaba casi terminando. Bella estaba acurrucada contra mí, la habitación a oscuras excepto por la luz de nuestro pequeño árbol y el tenue brillo de la televisión. Mi brazo estaba alrededor de ella, mis dedos acariciando su largo cabello mientras reíamos por las ridículas payasadas de Chevy Chase. Ya habíamos visto A Christmas Carol y decidimos que necesitábamos algo un poco más alegre para la segunda película. Ella había estado en silencio por los últimos minutos y mirando hacia abajo vi que sus ojos estaban cerrados, su respiración profunda y regular. Estaba tan cansada. No durmió mucho la noche anterior debido a mí y después trabajó de nuevo hoy. Sonriendo, apagué la televisión y cuidadosamente la alcé en mis brazos, llevándola por el pasillo y acostándola en la cama. Se removió, sus ojos parpadearon abiertos y me miró somnolienta.
—Hola.
Mis labios acariciaron su cabeza.
—Es tarde. Duérmete.
Extendió sus brazos.
—Quédate.
Apagué las luces y me deslicé al lado de ella después de sacarme la ropa. Envolviendo mis brazos alrededor de ella, suspiré. No había ningún otro sitio en el que quisiera estar.
Parte de mí, sin embargo, deseaba que ella lo estuviera pidiendo para siempre.
*()*
La primera cosa que vi la mañana siguiente fueron los ojos azules de Bella mirándome fijamente, amplios y emocionados. Entre nosotros estaba un calcetín peludo que empujó hacia mí. Sonriendo, me senté.
—¿Para mí? —Asintió—. Nunca antes he tenido un calcetín.
—¿Nunca?
Negué con la cabeza.
—No. Un montón de regalos, pero nunca calcetines. —La miré con tristeza—. No pensé en hacerte uno.
Sonrió.
—Tuve uno una vez. Fue mi Navidad favorita. Yo… yo solo quería hacerte uno. —Lo empujó hacia mí—. ¡Ábrelo!
Estaba lleno. Chocolate, calcetines, pequeños rompecabezas, caramelos y otras cosas aparecieron mientras hurgaba. Cada uno me hizo sonreír. Cada cosa le valió un beso. Cuando estuvo vacío, la jalé a mi regazo y le mostré mi propia versión de un calcetín de Navidad lleno. No podía tener suficiente de su boca o de su calor. Unirme a ella era la perfección. Gemí mi orgasmo en su cuello, mientras ella gritaba su placer, fuertemente.
Risueños y saciados, compartimos un bagel sentados en la encimera, después nos servimos café y entramos al living. Bella intentó ocultar su deleite, pero sus ojos estaban danzando cuando nos sentamos junto al árbol. Amaba ver la expresión de emoción en su cara, sabiendo que había ayudado a ponerla ahí. Le pasé un regalo, observando con apenas contenido placer mientras ella lo abría. Se tomó su tiempo, disfrutando el proceso de desenvolver el regalo lentamente. Su sonrisa de satisfacción por la bufanda de cachemira y los mitones azul oscuro fue emocionante. Sus besos aún más.
Rio con placer por los productos de baño que Leah me ayudó a elegir, asegurándome que eran de la fragancia favorita de Bella. Bella inmediatamente sacó la loción de manos, insistiendo en probarla no solo en ella sino también en mí. La molesté diciéndole que olía mucho mejor en ella.
Tragué con nerviosismo pasándole el último regalo. El único que realmente quería darle y que esperaba que aceptara.
Lo tomó tranquilamente, observando la pequeña caja marrón cautelosamente. Lo abrió con lentitud.
—¡Edward! —jadeó.
Sonriendo, levanté el delicado collar aguamarina hecho a mano que Leah me había dicho que Bella "deseaba" y lo abroché alrededor de su cuello. El color de la piedra me recordaba a sus ojos y quería verla usándolo. Era perfecto, asentado en su clavícula.
—Es tan hermoso. —Su beso fue cariñoso y prolongado—. Lo usaré todos los días. —Otro beso le siguió. Su voz decayó, teñida con tristeza—. Pensaré en ti cuando lo use.
Antes de que pudiera responder, ella empujó una caja hacia mis manos. Era bastante grande y yo estaba lleno de curiosidad. Me tomé mi tiempo abriendo la caja y me detuve cuando vi el contenido. Mis dedos pasando sobre las finas terminaciones de las hermosamente talladas alas de ángel envueltas en papel de seda. Las había visto y admirado en la tienda de Leah ayer. Incluso conversé brevemente con el anciano que las había tallado, observando mientras él trabajaba en otra pieza en la esquina de la tienda donde hacía sus esculturas. Recientemente había empezado a hacer tallado en madera, pero mis figuras no tenían ni de cerca la delicada belleza de las suyas. Las había sostenido y pensado cuán geniales se verían sobre mi chimenea, pero entonces las dejé, distraído por una pregunta enviada en mi dirección. Bella debió haber visto mi mirada en ellas y haber vuelto a comprarlas para mí. Recordé su comentario casual de tener recados que hacer en la tarde. Ahora podía llevarlas conmigo y el recuerdo de lo que ellas representaban estaría siempre conmigo.
Mi Ángel. Bella.
Le sonreí.
—Son bellísimas.
Me devolvió la sonrisa dulcemente, pero no llegaba a sus ojos.
—Te vi mirándolas ayer —confirmó—. Pensé que quizás te ayudarían a recordar esta Navidad.
Mi respiración se atascó. Atraje su rostro cerca del mío.
—Nunca olvidaré esta Navidad. Nunca te olvidaré, Ángel. —Mi boca cubrió la suya, abriendo sus labios y besándola con toda la emoción que estaba sintiendo. Me devolvió el beso con la misma intensa emoción. La jalé más cerca así ella estaba sentada a horcajadas en mi regazo. Sus manos tiraban de mi cabello mientras ella gemía suavemente. Cuando nos separamos, sentí la pérdida de su calor.
—Hay uno más —murmuró mientras se extendía debajo del árbol y me pasaba un paquete largo y pesado. Me recliné, desenvolviendo la caja y frunciendo el ceño.
—Bella, es demasiado.
—No —murmuró—. Te escuché hablando con Billy sobre tallado y cuando volví, él me dijo que te dijera que consiguieras estos cinceles. Él dice que son los mejores. Le pregunté dónde los conseguía y él tenía un set extra, así que se los compré.
—Bella…
—Por favor acéptalos —dijo en voz baja—. Significa mucho para mí. Pude escuchar cuánto disfrutabas haciendo esto mientras hablabas con Billy y quería darte algo útil para tu hobby. —Su sonrisa era débil—. Quizás podrías hacerme algo. —Mis ojos volaron a los suyos—. Envíamelo —susurró.
La caja fue dejada a un lado. La tenía a ella en mis brazos otra vez, alzándola, besándola mientras la cargaba por el pasillo, ya sintiendo el dolor de dejarla.
La mañana iba muy rápido.
Y no había nada que pudiera hacer para detenerla.
*()*
Estaba tan bien en mis brazos. Encajábamos juntos perfectamente y quería perderme en ella por siempre. Mi boca y manos memorizaron su sabor, el tacto de su suave piel. Su entrecortado, anhelante susurro de mi nombre estaría por siempre grabado en mi memoria.
Estar enterrado dentro de su calor era el paraíso. Mi boca nunca dejó la suya mientras me movía, tomándome mi tiempo y amándola concienzudamente. Su nombre se sentía como una plegaria mientras lo murmuraba contra su suavidad, mi orgasmo invadiéndome como una caliente oleada alcanzando la cima y dejándome débil.
La abracé contra mí, manteniéndola apretada, peleando con las inesperadas lágrimas. Esa era la última vez que haría el amor con ella.
Mi Ángel.
¿Cómo podría alejarme de ella?
*()*
Era hora. Me senté en el borde de la cama y até mis zapatillas, mi estómago anudado y mi garganta doliendo con emoción reprimida.
Bella ya estaba en el living, esperándome. Sabía que había puesto mis regalos en el baúl del auto mientras me bañaba.
Nuestra separación ya había comenzado.
Con un suspiro, me puse mi abrigo. No quería irme, pero sabía que mientras más tiempo me quedara y prolongara nuestro adiós, más difícil sería para los dos.
No había planeado esto.
Mi viaje para ver a mi familia había tomado un inesperado desvío y ahora no estaba seguro si quería volver al camino que había iniciado solo unos pocos días antes. No se sentía correcto.
Pero Bella tenía razón. Tenía que ir a ver a mi familia, finalizar lo que comencé. Una vez que estuviera hecho, sin tener en cuenta los resultados, tenía una vida esperándome. Ella estaba todavía buscando la suya. Teníamos caminos separados.
Era tiempo de partir.
Caminé silenciosamente hacia el living. Bella estaba parada en la ventana, su espalda hacia mí, su postura rígida.
—El pronóstico del tiempo es bueno. Sin nieve —murmuró, su voz sonando cargada.
Me paré detrás de ella, mi garganta doliendo.
—Bella...
—No. Gracias... por todo. Hiciste este solitario tiempo del año tan... inesperadamente maravilloso para mí.
Giré su cara hacia mí.
—Hiciste lo mismo para mí, Ángel.
Nuestras miradas se encontrarn. Su amabilidad y cariño brillaba a través de la humedad que veía ahí. La jalé hacia mis brazos, queriendo su proximidad. Estuvimos en silencio y envueltos alrededor del otro. No me quería mover.
No me quería ir.
—Te tienes que ir —murmuró. Tensé mis brazos—. Ve a ver a tu familia. Muéstrales cuán maravilloso eres.
Negué con la cabeza.
—Dudo que eso vaya a pasar a esta altura. Estoy esperando una visita civilizada como mucho.
Sus ojos estaban serios cuando se separó.
—Intenta, Edward. Eres tan especial. Haz que tu familia lo vea. Si ellos no pueden, es su pérdida. Pero al menos lo intentaste. Después puedes volver a tu vida y seguir adelante. Pero intenta.
—Bella, yo...
—¿Puedo pedirte un favor? —me interrumpió. Sabía que ella quería despedirme con una sonrisa. Sabía que no quería que dijera o hiciera algo que haría mi partida más difícil para cualquiera de nosotros. Así que sonreí y asentí, ocultando mi tristeza.
—Cualquier cosa.
—¿Puedes llamarme o mensajearme... solo para dejarme saber que llegaste allí?
La jalé más cerca.
—Sí.
—Edward...
La besé. Largo, despacio, profundo. Quería su sabor en mi boca a lo largo de las millas por delante. Quería oler su deliciosa fragancia en mi piel. Quería grabar el recuerdo de sus ojos y la forma en que me miraban en mi cerebro por siempre. Nunca nadie me había mirado de la forma en que Bella lo hacía. Dudaba que alguien alguna vez lo hiciera de nuevo.
Cuando nos separamos, el aire estaba pesado. Sus ojos brillaban bajo las luces y sentí una lágrima rodar por mi mejilla.
¿Cómo podía sentir tan profundamente por alguien que recién había conocido?
Bella dio un paso atrás, rompiendo el silencio.
—Te tienes que ir. —Mis brazos se extendieron y la arrastraron de vuelta a mí. La sostuve cerca, besando la parte superior de su cabeza, incapaz de hablar. Finalmente ella se separó—. Escríbeme —ordenó.
Sonreí a pesar de la tristeza que estaba sintiendo. Señorita mandona estaba de vuelta.
Mi voz tembló mientras hablaba.
—Bella...
Negó con su cabeza, su voz firme.
—Sé feliz, Edward.
La toqué una última vez. Un último beso. Una última mirada.
—Tú también, Ángel.
No pude mirar atrás mientras cerraba la puerta detrás de mí.
