Aclaración: esta es una adaptación de Safier. D. con los personajes H.P de nuestra amada J. K.R, en un universo alterno espero que lo disfruten…

CAPITULO II

El karma no tiene menú. Te servira lo que mereces

-BUDA LA HORMIGA-

Si te despiertas de repente en un cuerpo de hormiga, sólo cabe una reacción normal: no te lo crees.

En vez de creerlo, intenté reconstruir lo que había ocurrido: me había caído en la cabeza un ridículo lavabo ruso, luego había visto la luz, pero me había catapultado fuera. Eso significaba: aún estaba viva.

Seguro que me había fracturado el cráneo. Sí, ¡eso tenía que ser! Seguramente estaba en coma y en algún momento oiría voces con la cancioncilla:

-Constantes vitales estables…

Pasarían los días y seguiría siendo una espectadora muda y ciega. Y dentro de mí coma escucharía un:

- Dios, qué guapa está, te hecho de menos.

Seguido del la voz de enfermera preguntando: -¿Quién es usted?

Y el con un tono de tristeza diría:

-Draco Malfoy.

Oh, vaya, incluso en aquella situación pensaba en Draco.

Pero... si estaba en coma, ¿por qué mi cerebro imaginaba que era una hormiga? ¿Tenía que ver con algún trauma infantil? Y si era así: qué estrambótico tiene que ser un trauma infantil para que luego, estando en coma, te consideres una hormiga.

Mi pata delantera izquierda rascó las antenas, preguntándoselo. Al hacerlo, me trastocó los sentidos.

Por lo visto, yo notaba el sabor, el tacto y el olor con aquellas cosas. Mi pata tenía un sabor salado, un tacto duro y olía a «necesitas urgentemente una buena ducha».

Ese torrente de estímulos me resultó demasiado intenso. Presa del pánico pensé cómo podía ponerme en contacto con los médicos y las enfermeras. Si me esforzaba por gritar bien alto, quizás oirían murmurar a la paciente en coma. Se darían cuenta de que aún estaba consciente y me liberarían de la pesadilla. Así pues, me puse a bramar a lo bestia:

-¡Socorro! ¡Ayudadme!

Mi voz de hormiga era increíblemente chillona. Algo así como la de mi antigua profesora de inglés poco antes de que la encerraran durante varios meses en un psiquiátrico.

-¡Socorro! ¡Mi cerebro no está muerto! ¿Me oye alguien? -grité con voz cada vez más chillona.

-Pues claro que te oigo. Hablas bastante alto -respondió una voz afable.

Me espanté. Me alegré. Me habían oído. ¡Los médicos habían entrado en contacto conmigo! ¡Aleluya! Estuve a punto de ejecutar una danza de la alegría con mis seis patas.

-¿Podéis sacarme del coma? -pregunté, llena de esperanza.

-No estás en coma -respondió la voz afable.

Tuve un shock. Si no estaba en coma, ¿dónde estaba? ¿Y quién hablaba conmigo?

-Date la vuelta.

Me di la vuelta lentamente: mi primer giro de 180 grados sobre seis patas, y coordinarlas era bastante más difícil que aparcar un camión marcha atrás con un nivel de alcohol en la sangre que haría peligrar el carné de conducir.

Cuando logré desenredar mis patas posteriores, reconocí un poco mejor el lugar donde me encontraba: estaba cerca de la superficie de la tierra, en un túnel sin duda escarbado por hormigas. Y en ese túnel había una hormiga. Una hormiga gordísima. Me sonreía con dulzura. Como Papá Noel. Cuando se ha atiborrado de galletas.

-¿Qué tal estás?- pregunto en tono amigable la hormiga rechoncha.

No cabía duda de que la que hablaba era la hormiga. Ya era oficial: mi cerebro hacía piiiit-piiiit.

-Seguro que te sientes un poco desconcertada, Hermione.

-¿Sabes cómo me llamo? -pregunté.

-Pues claro -sonrió la hormiga gorda-, sé cómo se llama todo el mundo. Una respuesta que me planteó más preguntas de las que respondía.

-Seguro que quieres saber quién soy -dijo la hormiga.

-Eso y cómo saldré de esta pesadilla.

-Esto no es una pesadilla.

-¿Es una alucinación?

-Tampoco es una alucinación.

-Entonces, ¿qué es? -pregunté, sospechando que no me gustaría la respuesta.

-Es tu nueva vida.

Y, al oír esa frase, mis patitas empezaron a temblar y mis antenas se agitaron horrorizadas de un lado a otro.

- Y yo Siddharta Gautama* -dijo afablemente la hormiga gorda.

-¿Cómo? ¿Qué? -pregunté totalmente desbordada.

-Ése es mi nombre.

Aquella sentencia desvió mi atención de mi cuerpo tembloroso. Siddharta, ¿no era una película con Keanu Reeves? Harry me había llevado a verla. Era aficionado a las películas de arte y ensayo que, al cabo de veinte minutos, consiguen que de puro aburrimiento vayas al lavabo y prefieras quedarte allí leyendo lo que hay escrito en puertas y paredes. La película de Siddharta iba de...

-Buda -dijo la hormiga gorda-, seguro que me conoces más por el nombre de Buda.

No tenía mucha idea de quién era Buda, quizás debería haber prestado más atención a la película en vez de estar pensando que, con el torso desnudo, Keanu Reeves está para comérselo. Pero sí sabía algo con bastante certeza:

-Buda no es una hormiga.

-Adopto la forma de la criatura en la que se ha reencarnado el alma de la persona. Tú te has reencarnado en hormiga. Por lo tanto, me aparezco como hormiga.

-¿Reencarnado? -balbuceé.

-Reencarnado -ratificó Buda.

-Vale, vale, vale -dije a punto de perder la chaveta-. Supongamos que me lo creo, cosa que evidentemente no hago, porque todo esto es tan absurdo que es imposible creérselo y por eso no me lo creo, aunque...

-¿Adónde quieres ir a parar? -me interrumpió Buda.

Intenté reconducir mi torrente de palabras.

-Si... si tú eres Buda y yo me he reencarnado..., ¿por qué en hormiga?

-Porque te lo has ganado.

-oOo-

De las memorias de Casanova: Cuando Buda, hace siglos, me comunicó que a partir de entonces tendría que arreglármelas viviendo como una miserable hormiga, me afligió ante todo un terrible pensamiento: nunca más podría volver a gozar de una noche de amor apasionado.

-oOo-

-¿Qué quieres decir? ¿Que era una mala persona? -pregunté indignada. Nunca he podido soportar que me ofendan.

Buda se limitó a mirarme sonriendo, sin decir nada.

-Los dictadores son malas personas -protesté-. Los políticos y por mí, también los que planifican las programaciones en televisión, pero yo, ¡no!

-Los dictadores se reencarnan en otra cosa –replicó Buda.

-¿En qué?

-En bacterias intestinales.

Mientras imaginaba a Hitler y a Stalin correteando por un recto, Buda me miraba profundamente en mi tercer ojo.

-Pero las personas que se portaban mal con los demás vuelven a nacer como insectos.

-¿Mal?

-Mal -ratificó Buda.

-¿Yo me he portado mal con los demás?

-Exacto.

-Vale, vale, puede que no siempre haya sido perfecta. Pero ¿quién demonios lo es? -pregunté mosqueada.

-Más gente de la que piensas -dijo, y añadió-: Sácale el mejor partido posible a tu nueva vida.

Dio media vuelta y se fue, silbando contento, hacia la salida del túnel. No me lo podía creer: ¿Mal? ¿Yo me había portado mal con los demás?

-Espera -grité, y salí corriendo tras él-. ¡Aún no hemos terminado! No se giró, se limitó a seguir andando.

-Yo me he portado bien con los demás, incluso muy bien, realmente súper bien -grité-. He hecho un montón de donacio...

Corrí más deprisa por el túnel, hasta que mis patas traseras se enredaron con las patas del medio y tropecé. Choqué contra la pared. Se desmoronó un montón de tierra y me cayó encima. Y cuando conseguí liberar mis antenas de los escombros húmedos, Buda ya se había esfumado.

Estaba sola en el túnel con mis pensamientos: unos tres millones bullían a la vez en mi cabeza, luchando por atraer mi atención. Al principio pareció que vencería el argumento de «El año pasado incluso participé en siete galas benéficas». Luego, la idea de « ¿Quién le da a esa hormiga grasienta el derecho a juzgarme?» se abrió paso a puñetazos durante unos momentos hasta la primera posición. Por último, en la foto final se vio que había vencido la constatación:

«Oh, mierda, estoy muerta de verdad.»

Sin embargo, antes de que pudiera darme cuenta de lo que eso significaba, me distrajeron unas pisadas. Sonaban como si se acercara una compañía, seguramente porque, en efecto, se acercaba una compañía. Una compañía de hormigas. Venía en la dirección por la que había desaparecido Buda.

Al frente marchaba, con paso firme, una jefa autoritaria, a la que podía entender claramente desde lejos gracias al oído fino de mis antenas. Vociferaba frases como: «Más deprisa, holgazanas», «Ya las espabilaré yo» y « ¡Si no se apuran, les meteré las antenas por el culo!».

A aquella jefa no le habría ido mal un curso de motivación positiva para trabajadores. Detrás de ella iban diez obreras. Arrastraban una cosa que parecía un trocito de aquellos ositos de goma que tanto le gustaban a Louis, el amiguito de Lily. Recordé mi última conversación con el crío, cuando le expliqué con voz suave: «Si vuelves a llamarme guarra, por la noche irá a verte un monstruo y te coserá esa boca tan sucia que tienes.»

-Eh, tú, ¡arrima el hombro! -gritó la jefa. La miré.

-Sí, ¡tú! -rugió.

Yo no sabía cómo reaccionar; al fin y al cabo, no todos los días te grita una hormiga.

-¿A qué unidad perteneces?

-Yo... no lo sé -contesté estupefacta, y conforme a la verdad. La jefa se suavizó un poquito ante mi visible desconcierto.

-Ah, comprendo, estuviste en la gran niebla.

-¿Qué gran niebla?

-La gran niebla que de vez en cuando aparece fuera. La mayoría de las que se ven atrapadas en ella mueren lastimosamente. Las que tienen suerte, como tú, se quedan confusas o ciegas. O ambas cosas.

Me dio la impresión de que la gran niebla no era otra cosa que veneno contra insectos como el que yo había usado más de una vez, en vano, para eliminar a las hormigas de la terraza.

-Sí, ejem... Soy una víctima de la gran niebla -contesté.

-Yo soy la comandante Krttx -me explicó con voz rechinante.

No sólo me sorprendió la ausencia de vocales en el nombre, sino también las muchas cicatrices que cubrían su cuerpo. ¿Se las había hecho en la batalla?

-¿Cómo te llamas? -preguntó Krttx.

-Hermione.

-Qué nombre más ridículo.

Oí las risitas de las otras hormigas.

-Orden en las filas -gritó Krttx que, por lo visto, no soportaba bromas en la tropa.

-Arrima el hombro, Hermione -dijo y, en su boca, «Hermione» sonó como una palabrota especialmente despectiva.

-No, gracias -contesté.

Sólo me faltaba eso: ¡estar muerta y encima tener que arrastrar ositos de goma!

-¡Arrima el hombro!

-En ese tono, seguro que no.

No me gustaba que me gritaran. Si alguien gritaba en una conversación, ese alguien generalmente era yo.

-Ah, ¿y qué tono te gustaría? -preguntó Krttx en un tono dulzón.

-El adecuado -repliqué.

-¡AAAARRIMA EEEL HOOOMBRO! -rugió Krttx tan fuerte que mis antenas vibraron.

Y luego volvió a preguntar, todavía con un rastro de dulzura:

-¿Te ha parecido adecuado?

-En realidad, no -respondí.

La hormiga jefe se puso entonces realmente furiosa y masculló:

-Arrima el hombro ahora mismo.

-¿Por qué tendría que hacerlo?

-Porque si no lo haces te partiré el cuello. Era un argumento bastante convincente.

Amedrentada, me uní a la fila y tuve que cargar el trozo de osito de goma con las demás obreras. Era pegajoso y apestaba horrores a fresa artificial. Lo arrastramos a través del interminable túnel, que descendía cada vez más hondo en la tierra húmeda. Era tremendamente agotador. Hacía mucho que no sudaba de aquella manera. El deporte nunca había sido lo mío. Siempre que Harry me preguntaba que por qué no lo acompañaba a hacer footing, yo contestaba: «Si Dios hubiera querido que las personas corrieran, habría procurado que estuvieran atractivas con chándal y no sudaran.»

Jadeaba debajo del pedazo de gelatina y azúcar, igual que las hormigas que tenía alrededor, que evitaban todo contacto visual entre ellas: era una tropa bastante acobardada.

Al cabo de un rato, le dirigí la palabra a una obrera joven que iba a mi lado:

-¿Tú también te has reencarnado?

Antes de que pudiera contestarme, Krttx gritó:

-¡Tú, la nueva! ¿Sabes qué les hago a las que hablan en el trabajo?

-¿Partirles el cuello? -pregunté.

-Después de haberles arrancado las antenas.

Las amenazas de Krttx eran más creativas a medida que más flojeábamos. Al final ya pretendía hacer cosas muy desagradables con nuestras glándulas sexuales. Pero yo estaba demasiado agotada para oírlo. Me temblaban las piernas bajo el peso del osito de goma, olía con mis antenas mi propio olor penetrante y añoraba un baño caliente de espuma con tratamiento de sales incluido. Aunque tenía claro que raramente se encuentran hormigas en un baño de espuma con tratamiento sales incluidas. Y, si se daba el caso, sólo eran cadáveres de ahogados que desaparecían por el desagüe.

Cuando alcanzamos el final del túnel, oí un murmullo tremendo. A cada paso se iba haciendo más alto. Y entonces se me ofreció el espectáculo más impresionante que jamás había visto: una metrópolis de hormigas. Una enorme cavidad en lo hondo de la tierra, iluminada por la luz del sol que penetraba por incontables túneles y que, gracias a mis ojos sensibles a la luz, me pareció que estaba en pleno día.

Cientos, miles, decenas de miles de hormigas iban zumbando, trotando, pitando de aquí para allá. Todas conocían su camino en aquel reino, creado por ellas mismas, de senderos trillados, montañas de comida y nidos de incubación. Estaba desbordada.

Así debías de sentirte si te has criado en una aldea de montaña y luego te dejan en El Cairo en plena hora punta.

Observé a las hormigas voladoras que pasaban sobre nuestras cabezas en formación. Contemplé a las obreras que, con enorme disciplina, construían cámaras en las paredes de la tierra. Admiré a las hormigas soldado que arrastraban la comida hasta lo alto de unas montañas inmensas. Aquello era el caos, pero de un modo perfecto. ¿O era perfección de un modo caótico? En cualquier caso, ¡era monumental!

De repente, dos hormigas voladoras pasaron a toda velocidad, en plan Cessna*, casi rozándonos la cabeza y tronchándose de risa.

-¡Estas obreras son más lentas que una tortuga!

-Tiene que ser un fastidio vivir sin alas.

-Sí, suerte que nosotros no somos hembras. Krttx las miró furiosa y se puso a echar pestes:

-¡Machos! No sirven para nada.

Y yo pensé: «Esa frase también se oye a menudo entre las mujeres.» -Lo único que saben hacer es aparearse con la reina -continuó echando pestes Krttx.

Y yo pensé: «Esa frase no se oye tan a menudo entre las mujeres.» Seguí a las hormigas voladoras con la mirada. Estaba tan aturdida por tantos estímulos que ya ni oía las imprecaciones de Krttx. Lástima, porque entonces la habría oído decir «Muévete o te muerdo en el trasero».

-Auuu -grité, y volví a ponerme en movimiento.

Finalmente llegamos con nuestra carga de osito de goma a una montaña de alimentos, y observé que estaba compuesta de residuos de los humanos: restos de galletas por aquí, un pedacito de chocolate por allí, medio caramelo por allá. Ante aquella visión, no pude evitar preguntarme: « ¿Pueden padecer diabetes las hormigas?»

Cuando depositamos el trozo de osito de goma, estábamos todas destrozadas. Krttx nos llevó a nuestro lugar de descanso, en un hoyo cercano a la montaña de comida. La tropa entera se desplomó y comenzó a roncar. Excepto la hormiga joven con la que había hablado en el túnel.

-Soy Fss -dijo.

-Hola, Fss, yo soy Hermione -respondí.

-Un nombre realmente ridículo -comentó con una risita.

-¿Y eso lo dice precisamente alguien que se llama Fss? -repliqué mosqueada.

Aquellas hormigas podían llegar a hincharte las narices.

-Antes me preguntaste algo -dijo Fss, retomando la conversación. Me recuperé de golpe. Excitada.

-Sí, quería saber si tú también te has reencarnado.

¿Compartía aquella joven hormiga mi destino? ¿Eran todas las hormigas humanos reencarnados? ¿No estaba sola?

Me miró, inclinó ligeramente la cabeza a un lado y reflexionó. Durante mucho rato. Y luego preguntó con total inocencia:

-¿Qué significa «reencarnado»? Y mis esperanzas se truncaron.


Hola!

No tengo amor propio y subí otro capitulo. Denle una oportunidad a la historia

Cuéntenme que opinan.

Si no le pido a Buda que les mande a Hitler y a Stalin de parásitos intestinales jajaja XD

Siddharta Gautama: más conocido como Buda Gautama, Sakiamuni, o simplemente el Buda, fue un sabio en cuyas enseñanzas se fundó el budismo

plan Cessna: Cessna son aviones, por ende hace referencia a que volaban tan rapido como uno de ellos.