Aclaración: esta es una adaptación de Safier. D. con los personajes H.P de nuestra amada J. K.R, en un universo alterno espero que lo disfruten…

CAPITULO III

Ley de conexión

Incluso si algo que hacemos parece insignificante, es muy importante saber que hace en conexión con todo el universo.

Cada paso lleva al siguiente paso y así sucesivamente.

Alguien hará el trabajo inicial para que alguien obtenga algo. Ni el primer ni el último paso son más o menos importantes porque ambos son necesarios para realizar la tarea.

Todos estamos conectados en pasado, presente y futuro

LA HORMIGA- CASANOVA Y LA ARPIA

El hormiguero se fue sosegando poco a poco. El murmullo, la actividad frenética y el trajín descansaban. O sea que no era una «City that never sleeps»*. Yo era la única que no podía pegar ojo, por mucho que mi cuerpo suspirara por dormir.

No me había imaginado mi muerte de aquella manera. Para ser exactos, no me la había imaginado. Estaba demasiado ocupada con mi ajetreada vida. Con cosas sin importancia (por ej. declaraciones de impuestos), con cosas importantes (mi carrera) y con cosas sumamente importantes (masajes de relax). La última vez que disfruté de un masaje fue mientras Harry estaba en una fiesta del colegio con Lily, preparando las cestitas de las narices para los huevos de Pascua...

¡Lily! ¡Dios mío! ¡Nunca más volvería a ver a mi pequeña!

Tragué saliva con fuerza: no la vería poner su primer diente debajo de la almohada para el ratoncito Pérez.

Ni en su primer día de primaria. Ni en su primer día en el cine. Ni en su primera clase de piano.

Ni en su pubertad... Vale, a eso quizás se podía renunciar.

Pero al resto, ¡no!

Lily tendría que vivir su vida sin mí. Y yo la mía sin ella. En ese instante me di cuenta de que las hormigas también tienen corazón. Estaba situado justo detrás de las patas traseras, en el voluminoso abdomen. Y al pensar en mi hija me hizo un daño infernal.

Un grito segó de repente la tranquilidad nocturna.

-¡Detenedlo!

Las hormigas que tenía al lado se despertaron lentamente, desconcertadas. En lo alto de la oscura cúpula de tierra, débilmente iluminada gracias a la luz de la luna que penetraba por los túneles, atisbé el motivo de la agitación: una hormiga macho que volaba a todo trapo por salvar el pellejo. Perseguida por una docena de hormigas voladoras.

El espectáculo era increíble.

-oOo-

De las memorias de Casanova: Al concluir el acto sexual, poco edificante, con la reina, no debería haber contestado a su pregunta «¿Te lo has pasado bien?» proporcionándole un informe tan sincero sobre sus cualidades eróticas-

-oOo-

El fugitivo pretendía alcanzar uno de los túneles que conducían a la superficie desde el techo de la cúpula. Sus perseguidores intentaban por todos los medios cortarle el paso, pero él los esquivaba constantemente, haciendo loopings y virajes. Aunque no lo conocía y no tenía ni la más remota idea de qué iba todo aquello, esperaba que lo consiguiera.

Sospechaba que, de no hacerlo, saldría malparado.

-Lo atraparán -dijo Krttx en un tono que revelaba que ya había visto muchas veces algo parecido.

Pero, de momento, todo parecía a favor del fugitivo: se estaba acercando al túnel salvador, pronto desaparecería por él. Entonces lo envidié, porque me habría gustado tener alas. Con ellas podría haber huido de aquel hormiguero infecto. Quizás incluso ir a ver a mi pequeña Lily.

Sólo faltaban unos segundos para que el fugitivo desapareciera por el túnel cuando treinta hormigas voladoras más salieron disparadas de una cámara abierta en la pared de tierra.

-Más amantes de la reina -comentó Krttx.

Por un momento pensé qué haría la reina con todos aquellos amantes, pero me di cuenta de que realmente prefería no saberlo.

Los enfurecidos cazadores se aproximaron, retronando en formación de vuelo en cuña, a la hormiga fugitiva y le cortaron el camino poco antes de que llegara a la entrada del túnel.

-Ahora lo matarán -dijo Krttx en el mismo tono de «Ya lo he visto muchas veces» que había utilizado antes.

Y, efectivamente: todas las hormigas se abalanzaron sobre el fugitivo, que se hundió en la cuadrilla voladora y desapareció de nuestra vista. Sólo se apreciaba una nube zumbante que giraba sobre su propio eje a toda velocidad.

Poco después, los cazadores se separaron y el fugitivo cayó del medio como una piedra en dirección al suelo. ¿Estaba inconsciente? ¿Muerto?

-Apartaos -nos gritó Krttx.

Las hormigas de mi tropa arrancaron a correr a los cuatro vientos. Yo me quedé quieta, contemplando fascinada a la hormiga que caía, y sólo entonces me di cuenta de por qué todas se habían ido corriendo: ¡se precipitaba directamente sobre mí!

Noté una descarga eléctrica en mi cabeza.

Probablemente era una especie de señal de alarma propia de las hormigas, que desbocaba el instinto de huir y era más molesta que cualquier dolor de cabeza humano. Más desagradable incluso que una migraña por penas de amor.

Todo mi cuerpo se hallaba en modo de huida, pero mi mente se proponía otra cosa: si la hormiga me da de lleno, moriré. Y, si muero, escaparé de esta pesadilla.

Quizás. Valía la pena intentarlo.

Me quedé quieta. La descarga eléctrica de la cabeza se intensificaba, pretendía darme la orden: ¡Pon de una maldita vez tus apestosas patas en movimiento!

Pero resistí el dolor y me agarré con fuerza al suelo. No había vuelto a controlar mi cuerpo de esa manera desde los doce años, cuando, jugando a verdad o reto, tuve que darle un beso al gordo de Gregory Goyle.

-¿Estás loca? -gritó Krttx, empujándome fuera de la zona de impacto.

Una acción heroica en la que arriesgó su vida. Krttx era una jefa con un vocabulario compuesto en un setenta por ciento de bravuconerías, pero lo daba todo por su gente.

¿De qué superior humano puede afirmarse lo mismo hoy en día? ¡Yo jamás en la vida habría arriesgado mi vida por mi ayudante de redacción! (Una vez me rompí una uña ayudando a la pobre agraciada -evitaba contratar a gente más guapa que yo- a sacar la manga de la trituradora de papel. En el acto decidí que en el futuro abandonaría a Hanna a su destino triturador en este mundo.)

La valerosa acción de Krttx no habría hecho falta: poco antes del impacto, la hormiga que caía se reanimó. Movió las alas y la izquierda se le estremeció con fuerza: estaba rota. El frenético aleteo frenó la caída, pero no del todo. La hormiga realizó un estrepitoso aterrizaje forzoso, justo a mi lado, y el impacto hizo que vibraran mis pies. La hormiga caída miró aturdida hacia donde yo estaba, aunque me pareció que no se daba cuenta de nada.

Intentó echar a correr, pero las patas no la sostenían. Se arrastró por el suelo y soltó un grito de dolor que me encogió el corazón.

Krttx gritó: ¡Cogedlo!

Las hormigas de mi tropa se abalanzaron sobre la pobre criatura. Empezaron a golpear con las patas al fugitivo y a morderlo con las mandíbulas, aullando belicosas: aquello era una carnicería.

Yo no podía soportarlo y, por lo tanto, hice lo que haría la mayoría en una situación semejante: apartar la mirada. Incluso me tapé los ojos con las patas, lo cual supuso un gran reto de logística, ya que eran cinco ojos y seis patas.

Pero no pude cegar mi conciencia: ¿no debería intervenir, igual que Harry intervino valerosamente por mí en Venecia contra el sobón de Cormac?

Por otro lado, ahí se trataba de hormigas y no de italianos.

Contrariamente, por otro lado, ¿podría volver a mirarme a un espejo si no le ayudaba?

Pero, contraria contrariamente, por otro lado, seguramente no volvería a tener la oportunidad de mirarme a un espejo siendo una hormiga.

Y, contrariamente, por otro lado, aquello era tan insufrible que no pude contenerme más y grité a las hormigas:

-¡Eh, cerdas!

Las hormigas siguieron como si nada. Seguro que, en aquel ambiente, «cerdas» no era el mejor de los insultos. Así pues, grité aún más alto:

-Parad. ¡Eso es inhumano!

-¿Inhumano? -balbuceó el fugitivo.

Las hormigas continuaron machacándolo, pero parecía que no lo notaba. Se había concentrado en mí.

-Inhumano... Esa palabra... no la conocen... las hormigas... Usted... usted... ¿también se ha reencarnado?

Me quedé electrizada: yo no era el único ex humano que había allí. No estaba sola con mi destino.

Y, si había aún más humanos reencarnados en aquel hormiguero, quizás podríamos hacer causa común para salvarnos. ¿Cómo?

Intenté impedir que las demás hormigas siguieran golpeando al reencarnado:

-¡Parad de una vez! ¡Vais a matarlo!

Con gran sorpresa por mi parte, Krttx dijo:

-Tiene razón. Ya basta.

Las hormigas soltaron a su víctima. Yacía en el suelo inmóvil, demasiado débil para decir nada más. Daba la impresión de que mantener el contacto visual conmigo le costaba todas las fuerzas que aún le quedaban. Krttx se plantó delante del fugitivo, extendió hacia él su bajo vientre abultado, meneó algo y le roció la cara con un chorro enorme de un líquido negro. Ácido fórmico.

A toda prisa le pregunté:

-¿Cómo te llamas?

-C... Ca... sa... -respondió. Y perdió el conocimiento.

-oOo-

De las memorias de Casanova: En toda mi triste vida de hormiga, sólo se cruzaron en mi camino tres personas reencarnadas. La primera fue el temible Gengis Kan*. Según me contó, ya arrastraba unas cuantas vidas, alguna como pulga del cerdo. Oírlo me divirtió mucho. Pero mis carcajadas le hicieron temblar de cólera: «Antes habría ordenado que te tiraran en aceite hirviendo. Pero ahora soy más pacífico.» Dicho esto, hizo un nudo gordiano con mis antenas. A partir de entonces, evité en lo posible cruzarme en el camino del «pacífico» Gengis. La segunda persona reencarnada que conocí fue una hormiga que se me presentó como Albert Einstein. Albert se tomaba su destino con paciencia y no cesaba de señalar que, por lo visto, el universo era mucho más relativo de lo que él había considerado posible. Y la tercera persona reencarnada con la que pude entablar amistad siendo un insecto fue madame Hermione. El ser que cambiaría radicalmente mi lastimosa existencia.

-oOo-

Las demás hormigas se llevaron al fugitivo a rastras.

Yo le pregunté a la pequeña Fss qué sería de él, y ella respondió:

-Lo decidirá la reina.

-¿Y qué decidirá? -insistí.

-Si lo ejecutan públicamente...

-¿O ...? -pregunté tragando saliva.

-O lo ejecutan sin público.

Tragué saliva con más fuerza. No era justo: acababa de encontrar a otro humano reencarnado sólo para tener que asistir muy pronto a su funeral.

-oOo-

Mientras las demás hormigas dormitaban y resollaban en busca de aire entre ronquidos, algunas se removían inquietas: soñaban. Quizás con comida. O con el fugitivo. O con los agujeros por donde Krttx podía meterles las antenas. Los científicos nunca se habían percatado de que las hormigas también podían soñar.

No sirven para nada. De lo contrario, haría tiempo que sus señorías habrían inventado un café instantáneo con buen sabor. En vez de dejar que las estaciones espaciales se precipitaran sobre las cabezas de personas inocentes. Muchas gracias. Me imaginé rociando en la cara con ácido fórmico a los científicos rusos responsables de mi muerte.

Dios mío, sólo llevaba un día muerta y ya empezaba a pensar como una hormiga.

Y entonces caí en un profundo agujero negro de autocompasión. Pensé en todas las cosas que no viviría porque ya no era humana: largos paseos por las tiendas de Manhattan, besos con Draco Malfoy, tratamientos de relax, sexo con Draco Malfoy, los espaguetis con gambas de nuestro restaurante italiano preferido, la declaración de amor de Draco Malfoy...

En ese momento caí en la cuenta de que Draco Malfoy aparecía en mis pensamientos con una frecuencia superior al promedio y que mi marido lo hacía con una frecuencia inferior al promedio.

Pero ¿estaba mal? Total, mi matrimonio estaba acabado. Y, además, yo estaba muerta. O sea que podía pensar tranquilamente en otro hombre.

Y me dormí pensando en la noche de sexo fantástica con Draco.

Tuve un sueño increíble en el que volvía a ser humana. Una sensación maravillosa. Volvía a tener dos ojos, dos piernas, diez dedos con diez uñas pintadas; todo estaba donde tenía que estar. Incluso me complacía tener celulitis.

Pero, de repente, Krttx se plantaba delante de mí. Con dimensiones humanas.

Me cogía y me llevaba delante de Harry, que aparecía en forma de hormiga reina. Con voz de trueno anunciaba: «Por cometer infidelidad con Draco Malfoy, te condeno a muerte.» Acto seguido, cientos de hormigas enormes marchaban hacia mí, afilando las mandíbulas con voracidad.

Harry.

Me desperté chillando.

Me daba mucho miedo volver a dormirme.

Pero aún era peor estar despierta y a merced de mi mala conciencia respecto a Después de mucho cavilar caí por fin en un sueño sin sueños. Sólo para que Krttx me despertara al cabo de muy poco.

-¡A levantarse! -gritó.

Con aquella voz no sólo podría haber despertado a los muertos, sino que también habría conseguido que hicieran gimnasia matinal. Todas las hormigas se pusieron firmes de inmediato. Menos yo, que estaba demasiado cansada.

-¡Ya está bien de dormir! -me rugió Krttx.

¿Ya está bien de dormir? ¿Le faltaba un tornillo? Sólo habíamos descansado un par de horas.

-¡Tenemos que ir a buscar comida!

Aún me dolía todo del culo del día anterior, ¿y ahora tenía que ponerme a cargar cosas otra vez? ¿Consistiría mi vida a partir de entonces en cargarme ositos de goma todos los días a la espalda?

-¡Buda! -grité.

Quería reclamar. Aquello no valía. ¡No se puede condenar a nadie a vivir como una hormiga sin un juicio justo!

-¡Buda! -grité otra vez.

-Aquí no hay ningún Buda -la voz de Krttx sonó peligrosamente nerviosa. Volví a gritar:

-¡Buda! Si no me sacas ahora mismo de esta porquería, voy a... voy a... Me di cuenta de que no disponía de ningún medio de presión.

En cambio Krttx disponía de uno para mí:

-Si no te levantas enseguida... -dijo.

De manera monótona le respondí -... me romperás el cuello, me arrancarás las antenas, etcétera, etcétera, etcétera... -concluí, derrotada, y me levanté sacando fuerzas de flaqueza. Sabía que el gordo de Buda no volvería a presentarse.

Nuestra tropa ascendió cansina por el túnel, hacia la superficie. La pendiente era muy empinada, a veces el desnivel superaba los cuarenta y cinco grados. Ni siquiera los ciclistas profesionales consiguen algo así sin doparse.

En la entrada del túnel, Krttx nos advirtió de los peligros que nos esperaban fuera.

-Hay que tener cuidado con las arañas.

¿Arañas? ¡Monstruos de ocho patas! ¡Seguro que eran diez veces más grandes que yo en mi cuerpo de hormiga!

Ya tenía problemas cuando esos bichos eran cien veces más pequeños que yo y los veía deslizarse por la ducha. En esos casos siempre llamaba corriendo a Harry. Él las metía en un vaso y las sacaba fuera, mientras yo exigía a voz en grito la pena de muerte para que la bestia no volviera a entrar en casa.

¿Y ahora corría el peligro de que una araña me devorara? Me puse mala. Krttx también nos previno de la gran niebla y luego mencionó una cosa más: el rayo de sol concentrado.

-¿El rayo de sol concentrado? -pregunté.

-Hace unos días, unas hormigas murieron quemadas.

Las supervivientes explicaron que el sol se volvió de repente muy ardiente y abrasó a las víctimas con un rayo concentrado.

« ¡Una lupa!», me vino a la cabeza. Lily me había explicado que, en su fiesta de cumpleaños, el incordio de Louis había estado jugando a hacer fuego con una lupa.

Brotó en mí la esperanza de que hubiera ido a parar al hormiguero de nuestra terraza. Era poco probable, pero era una bonita idea porque, entonces, ¡existía la posibilidad de ver a Lily!

El cansancio de mis patas se disipó, sólo quería salir a la superficie, descubrir si me encontraba cerca de mi pequeña y querida Hija.

-¡En marcha! -ordenó Krttx.

Por primera vez me gustó lo que dijo.

Salimos al sol. La luz era cegadora, pero mis ojos se adaptaron en un santiamén. Después de recorrer una pequeña parte del camino a través de briznas de hierba altísimas, noté que nos desplazábamos sobre piedra.

¿Estábamos en nuestra terraza? Observe la zona. Daba la impresión de que todo era enorme: el césped parecía una selva, los árboles ascendían tanto hacia lo alto que prácticamente no podía verles las hojas y pasó una mariposa volando que parecía más grande que un Jumbo.

Enseguida descubrí que, gracias a mis dos ojos laterales, podía focalizar la vista, igual que se hace con unos prismáticos. El entorno dejó de parecerme tan aplastante. Pude ver si una brizna de hierba estaba tronchada o no, pude distinguir claramente las hojas en los troncos y observé que la mariposa tenía una expresión de felicidad en la cara. Disfrutaba de su vuelo a la luz del sol. Eso o se había atiborrado de cannabis en el jardín de nuestro vecino, que lo cultivaba clandestinamente.

Para asegurarme de que estaba realmente en la terraza de casa, salí del césped. Me di la vuelta. Lentamente. Con el corazón acelerado.

Y vi... ¡nuestra casa!

Tras un segundo de alegría por haberla reconocido, me apresuré a ponerme en movimiento. Quería ver a Lily. ¡Enseguida!

Krttx me cerró el paso.

-¿Adónde crees que vas?

-¡Ahí dentro!

-¿Con los grglldd?

-¿Grglldd? -pregunté.

-Son los seres que nos tiran comida.

Se me escapó una sonrisa. Las hormigas salían al campo y esperaban a que la gente dejara caer dulces: a

Charles Darwin* le habría sorprendido esa evolución.

-Ahí detrás -señalé la casa- hay mucha más comida.

-Puede, pero no iremos.

-¿Por qué no?

-Por eso -dijo Krttx señalando una telaraña justo delante de la puerta que daba a la terraza.

Me maldije por haberle dicho a la mujer de la limpieza antes de ir a la entrega de premios que no viniera hasta la próxima semana: no tiene sentido limpiar antes de una fiesta infantil de cumpleaños.

Examiné la telaraña, y realmente tenía un aspecto amenazador. Pero yo quería ver a Lily, me daba igual si había una araña o no. Me daba igual si era diez veces más grande que yo, lo cual era muy probable.

¡Nada podía detenerme! Mi deseo era demasiado fuerte. La miré bien y constaté:

-No hay ninguna araña. Krttx también lo vio.

-Y ahí detrás hay más comida de la que se puede soñar. Krttx dudaba.

-Yo voy -dije decidida, y me puse en marcha.

-Te acompañamos -ordenó Krttx.

Las demás hormigas la siguieron temblando. Se notaba que, si se hubieran basado en un sistema democrático, habrían decidido otra cosa.

Nuestra tropa se acercó a la telaraña. Olía a podrido y los hilos se agitaban en el viento suave. Desde la perspectiva de una hormiga, ver aquella cosa de cerca inspiraba un respeto terrible, con el acento puesto en «terrible». La señal de alarma de mi cabeza volvió a dispararse y vi que a las demás hormigas les pasaba lo mismo: todas querían salir por patas.

Gracias a Dios, la araña no estaba y logramos llegar al umbral de la puerta y colarnos en la casa.

No se veía a nadie, pero había una mesa preparada con pastel y pastas. ¿Para qué? El cumpleaños ya había pasado. ¿Por qué volvía a haber pastel?

-No has exagerado en tus promesas -dijo Krttx sonriéndome. Hasta entonces no supe que era capaz de sonreír.

Oí que abrían la puerta de casa y que Harry decía:

-¡Pasad!

Su voz sonó atronadora; me vibraron las antenas. Confié en que podría ajustar el oído igual que los ojos.

Y confié con razón.

-Hay café y pastel -oí decir a mi esposo, ahora a un volumen normal. Se acercó a la sala de estar. Le seguían unos pasos.

-¡Grglldd! -gritaron las hormigas despavoridas y salieron corriendo.

Me quedé sola y vi que Harry entraba en la sala.

Llevaba un traje negro. Entonces comprendí qué significaba la mesa con el pastel: era la reunión de mi funeral.

Enterarte de que estás muerta es duro. Pero cuando también lo saben los demás, la certeza es brutal.

Viene a ocurrir lo mismo que con un gran lunar en el muslo. No es agradable, pero cuando un amante te lo ve al hacer el amor contigo se convierte en desagradable. Claro que lo de la muerte es mucho más fastidioso que lo del lunar.

Harry no llevaba corbata. Las odiaba. Ni siquiera se la había puesto para nuestra boda en Venecia. Y eso que lo había amenazado con anular la noche de bodas si no se la ponía. Yo quería una boda clásica, con toda la parafernalia, y la corbata del novio formaba parte de esa parafernalia. Naturalmente, no cumplí mis amenazas: la noche de bodas se celebró y fue fantástica. Me besó por todo el cuerpo. Hasta en mi enorme lunar. Sin cortarse. Todos los demás, incluido Malfoy, se habían detenido un momento al verlo; Alex ni siquiera una décima de segundo. En aquella época lo amaba todo de mí. Harry era maravilloso.

El contemplaba con la mirada vacía la mesa puesta. Había llorado por mí, tenía los ojos enrojecidos.

Me sorprendió. Y luego me sorprendió que me sorprendiera. Ya no nos amábamos, pero habíamos sido felices juntos durante muchos años. Era normal que llorara.

-Eh, chalada -gritó Krttx-, ¡ven aquí!

Miré un momento a mí alrededor y vi que la tropa había buscado cobijo debajo del sillón del televisor, justo detrás de los flecos. Ignoré a Krttx porque mi jefe Zabini había entrado en la sala después de Harry. Su lujosa colonia envolvió mis antenas.

-Podría haber invitado a algunos colegas de Hermione –le dijo a Harry.

«Cierto», pensé. Me habría gustado verlos llorar por mí.

-Entonces tendría que pasarme el día fregando lágrimas de cocodrilo del suelo.- le contesto fríamente.

Típico de Potter. Era honesto, directo, íntegro, cariñoso: era una buena persona... que a veces podía sacarte de tus casillas con sus valores morales.

Pero durante muchos años fue genial tener a alguien así a mi lado. En un mundo plagado de mentiras, intrigas y pestañas postizas, él era el único que siempre me hablaba con franqueza.

-Sólo quiero que venga la gente que realmente quería a Mione - prosiguió. Eché un vistazo a la mesa y conté cinco cubiertos. No era precisamente un número extraordinario de «gente que realmente te quiere».

Eso me conmocionó y me entristeció.

La siguiente en entrar en la sala fue mi madre. Le temblaban las manos y eso era una buena señal, ya que significaba que todavía no había probado el alcohol.

-Siéntate, Jane -dijo Harry cordialmente.

Siempre era capaz de ser amable con mi madre. Yo nunca lograba que pasara mucho rato sin pegarle la bronca. Mi récord estaba en siete minutos y veintitrés segundos. Lo había cronometrado. Fue un día en que me había propuesto firmemente aguantar el máximo rato posible sin pelearme con ella.

-Mi pelota -oí gritar a Lily en el pasillo.

Y un segundo después una pelota de goma naranja entró volando en la sala. El proyectil chocó contra la mesa, desde allí salió volando, pasó tan cerca de mi cabeza que el viento estuvo a punto de derribarme y, finalmente, impactó en el sillón, justo delante de los flecos. A las hormigas les temblaba todo el cuerpo. Una pelota naranja había dado definitivamente rienda suelta a su imaginación.

A mí no me afectó. Por un lado, me costaba tener miedo de una pelota de goma, daba lo mismo su tamaño. Y, por otro, sólo tenía ojos para Lily, que entró corriendo en la sala. Llevaba su vestido preferido, de color verde (Su padre, no la había obligado a ir de negro), estrechaba contra su cuerpo a su osito de peluche y también tenía los ojos enrojecidos.

Me deslicé hacia ella tan deprisa como pude. Quería cogerla en brazos. Abrazarla. Consolarla: « ¡No estoy muerta! ¡No llores!»

-¿Qué haces, chiflada? -gritó Krttx con la voz aún temblorosa por la experiencia de la pelota.

Y la pregunta estaba totalmente justificada: yo era una hormiga. No podría coger en mis brazos ni siquiera el dedo meñique del pie de Lily para consolarla.

Me detuve a medio camino, hecha polvo y con ganas de llorar. Pero, por lo visto, las hormigas no tenían lágrimas. Y no pude mitigar el dolor de mi alma llorando. Algo se desgarraba en mi interior y yo no podía hacer nada por evitarlo. Y, a cada segundo que miraba los ojos enrojecidos de Lily, la cosa empeoraba.

Fui incapaz de soportarlo más y desvié la mirada, que quedó fijada en la mesa. Entonces me di cuenta de que todavía faltaba alguien.

¿Quizás Draco Malfoy?

No, Harry no lo habría invitado.

¿Mi padre? Poco probable. Ni yo misma sabía dónde vivía: La última vez que recibí una carta suya, Harrison Ford aún era un sex symbol.

-Uf, ¡cómo me ha costado encontrar aparcamiento! -dijo una voz muy familiar.

¡La arpía! ¿Qué hacía ella en el comité de mi funeral?

Lucía un corte de pelo moderno, un cuerpo moldeado con aeróbic y un precioso vestido negro, que le quedaba ajustado y pretendía decir a los hombres:

«Mírenme y tengan las fantasías eróticas que quieran.» Seguía vistiéndose provocativa como una adolescente, pero ahora lo hacía con más estilo. Antes, cuando salíamos, siempre íbamos las dos igual: con unos escotes que hacían que nuestros pechos estuvieran constantemente en peligro de huida y con tanta laca que no era aconsejable que nadie encendiera un mechero cerca de nuestras cabezas.

Nosotras éramos bichos raros entre los niñatos de nuestra escuela, y disfrutábamos de ese estatus. Las dos veníamos de familias rotas. Las dos queríamos que no se nos escapara nada. Las dos queríamos conquistar el mundo. Yo lo conseguí en la televisión. Y... Bueno, ella no lo consiguió. Acabó estudiando algo de turismo.

En el amor tampoco le fue muy bien. Su balance ascendía a un aborto y una serie de relaciones que nunca duraron más de tres meses. Cuando aún éramos amigas íntimas, un día le pregunté si eso no la hacía desgraciada. Pero ella se limitó a decir, encogiéndose de hombros, que aún no había nacido el hombre ideal para ella:

«Enséñame a un hombre inteligente, guapo y decente, y yo te enseñaré la octava maravilla del mundo.» En aquella época yo aún no sospechaba que, para ella, Harry era la octava maravilla del mundo.

Y luego llegó la tarde en que nuestra amistad se rompió: teníamos veinte y pico años, Lily aún no había nacido y yo trabajaba como una loca en mi primer trabajo en la radio. Por eso no pasaba mucho tiempo en el apartamento del edificio antiguo donde Harry y yo vivíamos por aquel entonces. Un día llegué a casa del trabajo antes de lo previsto por culpa de una gripe intestinal, y oí risas en la sala de estar. Ellos se divertían.

Eso estaba bien.

Recorrí el pasillo: entonces ya reían a carcajadas.

Eso también estaba bien.

Llegué a la sala y vi que sólo llevaban puesta la ropa interior.

Eso no estaba nada bien.

Intenté no hacer una escena. Quise ser elegante.

Respiré profundamente, empecé a hablar y... vomité en los pies de la maldita traidora.

No fue muy elegante.

Y mientras se iba a su casa volando para ducharse, Mi novio intentó explicármelo con una voz ahogada por las lágrimas: que no se había acostado con la que se decía mi amiga y ésa era la primera vez que la había besado. Estaba en plena crisis con sus estudios de Bioquímica, había falaldo unos cuantos exámenes y no tenía ni idea de cómo lo haría para acabarlos. Además, tenía la sensación de que a mí no me importaba porque yo siempre estaba trabajando y siempre estaba cansada, no se podía hablar conmigo y él tampoco quería agobiarme, pero ella le prestaba atención, le escuchaba, le daba consejos, lo consolaba, lo animaba. Y una cosa fue a parar a otra y quizás una cosa no habría ido a parar a otra si yo me hubiera mostrado más receptiva y mi trabajo no me absorbiera tanto y, y, y...

Todo aquello me importaba un rábano. ¡Me sentía terriblemente herida! Y le di, también con la voz ahogada por las lágrimas, exactamente diez segundos para que decidiera: Ella o yo.

Necesitó los diez segundos enteros. Luego se decidió por mí. Y no volví a verla.

Esperé que nunca pudiera quitarse el olor de los pies, por mucho que se duchara. Lo último que oí de ella fue que había aceptado un trabajo en Francia.

Pero ahora volvía a estar allí.

Y mi señal de alarma de hormiga comenzó a sonar de nuevo.

-¿Quién quiere café? -preguntó Harry, y todos se apuntaron, incluso mi madre, que tenía la decencia de no pedir una bebida de más graduación delante de Lily.

-Te ayudo -dijo la traidora a Harry.

Y le sonrió. Fue una de esas sonrisas que parecen inocentes. Apenas se nota el deseo que esconden. Los hombres no saben reconocerlas. Sólo las mujeres.

También las mujeres que se han reencarnado en hormiga.

Eché chispas de rabia: sólo llevaba tres días muerta. Seguro que mi cadáver aún estaba caliente.

Vale, quizás no tan caliente. Pero seguro que aún estaba a temperatura ambiente. ¿Y la muy zorra ya deseaba a mi marido?

Incluso tenía la cara dura de hablar con mi hija:

-¿Quieres una taza de chocolate caliente? Lily movió la cabeza afirmativamente.

-Voy a preparártela -dijo.

Y luego hizo algo que consiguió que se me cruzaran los cables: le acarició la cabeza a Lily.

-¡Deja en paz a mi hija! -grité.

Pero, claro, sólo lo oyeron las hormigas, en las que arraigó definitivamente la sensación de que yo estaba pirada.

Me detuve dos segundos: ¿Había tenido una reacción excesiva? ¿O sólo pretendía consolar un poco a mi hija?

Pero la conocía: era como yo. Cuando quería algo, pasaba por encima de cualquier cadáver. En este caso, del mío.

Y Ginevra quería a Harry. Siempre lo había querido.

Y el camino que conducía a su corazón pasaba por nuestra hija.


Hola por tercera vez!

Bueno ya me calmo, por hoy no subo más capítulos, creo jajaja. No lo puedo resistir me gusta mucho la historia, ojala a quien la lea le guste.

Besos Anthares

-Se va como loca a escribir el epilogo de su otra historia!

"City that never sleeps": La ciudad que nunca duerme.

Ácido fórmico: Estas alucinantes criaturas no están exactamente llenas de ácido fórmico, pero lo crean como arma química. Si alguna vez has experimentado la dolorosa quemazón de una picadura de la hormiga roja, entonces has probado el ácido fórmico en tu propia piel. También habrás aprendido, sin duda alguna, que no se puede jugar con las hormigas rojas.

Gengis Kan: fue un guerrero y conquistador mongol que unificó a las tribus nómadas de esta etnia del norte de Asia, fundando el primer Imperio mongol, el imperio contiguo más extenso de la historia

Albert Einstein: fue un físicoalemán de origen judío, nacionalizado después suizo y estadounidense. Es considerado como el científico más conocido y popular del siglo XX.

Casanova: Giacomo Girolamo Casanova fue un famoso aventurero, escritor, diplomático, bibliotecario y agente secreto italiano. Se le conoce sobre todo como un hombre famoso por sus conquistas amorosas, que en toda su vida fueron 132 según su más importante obra autobiográfica: Histoire de ma vie. Donde describe con máxima precisión y franqueza sus aventuras, sus viajes y sus innumerables encuentros galantes. Hizo un relato de estilo realista sobre su vida, donde las aventuras con diversas mujeres son mostradas con elegancia, lo que hizo de él, popularmente y a través del tiempo, el ideal de amante y aventurero. Su apellido se convirtió en arquetipo del amante.