Aclaración: esta es una adaptación de Safier. D. con los personajes H.P de nuestra amada J. K.R, en un universo alterno espero que lo disfruten…
CAPITULO V
LEY DEL CAMBIO
La historia se repite
Hasta que aprendamos las lecciones necesarias para cambiar nuestro camino.
-LA FUGA-
Corrí hacia el hormiguero, que latía lleno de vida, y aproveché para trazar un plan en mi mente: descubriría dónde estaba el calabozo de la reina y luego... Luego ya veríamos.
Admito que el plan que había trazado no era un plan muy impresionante. Pero, dadas las circunstancias, no estaba nada mal.
Las circunstancias eran las siguientes: no quería imaginar qué pasaría si Ginevra criaba a mi pequeña Lily.
Pero es lo que pasa cuando alguien no quiere imaginarse algo: que lo hace y en los colores fosforito más chillones. Con mi ojo espiritual vi a mi dulce y preciosa Lily: una pequeña criatura que se acurrucaba de noche junto a mí porque tenía miedo del brujo Gargamel, que era tan incompetente que nunca conseguía atrapar a los pitufos. Mi hija no podía caer en las garras de de la arpía, que la criaría para convertirla en una mujer despiadada y dura.
En una mujer... ¿Cómo yo?
Me sentí desenmascarada, aparté de un plumazo la idea y me dediqué a maldecir a Ginny con más vehemencia.
-Zorra estupida- la insulté en voz alta.
-¿Qué has dicho? -me preguntó una comandante que se acercaba a mí con su tropa por un sendero.
Era una vez y media más grande que yo y tenía un aire amenazador.
-¿Que soy una Zorra estupida? -preguntó, picada.
-Este... Ejem... No quería decir eso -balbuceé.
-¿Y qué querías decir?
-Tanta holgazana -aclaré, poco convencida.
-¿Tanta holgazana? -preguntó la comandante confusa.
-Tanta holgazana -repetí.
-Y eso, ¿a qué viene?
A mí también me habría gustado saberlo.
-Ejem... Bueno... Este... No... No me gusta ver tantas hormigas paradas y... tan vagas.
-Ah -replicó la comandante, no demasiado convencida.
Yo quería proseguir mi camino a toda prisa, pero ella insistió con sus preguntas:
-¿Qué haces aquí sola?
-Trabajo.
-Las hormigas no trabajan solas -dijo la comandante, y dio un paso preocupante hacia mí.
Olí su aliento y deseé que inventaran pronto un enjuague bucal para hormigas y que lo sacaran al mercado.
-¿Qué te traes entre manos? -insistió.
Mi cabeza daba vueltas pensando qué podía responder. Lo intenté con una media verdad:
-Yo... Ejem... Tengo que ir al calabozo de la reina.
Me di cuenta de que la comandante se había puesto a temblar.
-Tú... Tú... ¿perteneces a la Guardia Real?
-Pues claro que pertenezco a la Guardia Real -dije en un tono lo más autoritario posible.
La comandante temblaba como si yo fuera el diablo en persona. Me gustó esa reacción. Enormemente.
Nadie me había tenido tanto miedo, salvo mis ayudantes.
-Perdóname, sacerdotisa -dijo la comandante devotamente, y dio la orden de avanzar a su tropa.
Las atemorizadas hormigas se apresuraron a subir por el sendero, a una velocidad que casi hacía suponer que no se detendrían hasta llegar al destierro. «Sacerdotisa»: así me había llamado.
Por lo visto, las hormigas tenían una especie de religión. Me pregunté cómo sería. ¿Creían en un dios? ¿En varios? ¿Quizás incluso en la reencarnación?
Subí por el sinuoso sendero en busca del calabozo que, suponía, debía de estar en una de las cámaras del muro de la derecha. En la dirección que habían tomado las hormigas de la tropa de Krttx cuando se llevaron a rastras al prisionero.
Y, cada vez que una comandante me miraba mal, le decía: «Pertenezco a la Guardia Real», y les entraba miedo. Por fin volvían a respetarme…
«Pertenezco a la Guardia Real» se convirtió en mi frase favorita y se la decía incluso a las comandantes que no me miraban de reojo. Era divertidísimo.
Lamentablemente, la pronuncié una vez de más:
-Pertenezco a la Guardia Real.
-Nosotras también -me contestaron tres hormigas.
Observé sus rostros. Tenían unos ojos gélidos, duros, inflexibles. Así habrían representado los ojos de los inquisidores españoles si hubieran tenido cinco ojos.
-No te conocemos -dijo la jefa con voz cortante.
-Bueno, es que soy nueva -repliqué débilmente.
Las tres se miraron un momento. Era fácil leerles el pensamiento: «Alguien se está haciendo pasar por una de nosotras. Eso es un sacrilegio. Deberíamos matarla aquí mismo. A ser posible, lentamente, o no haremos justicia a este sacrilegio.» Las estridencias de mi alarma de hormiga me atravesaron el cráneo.
Apenas liberado el instinto de huir, yo ya había echado a correr. En mi vida había corrido tan deprisa. La sangre me latía en el cráneo. Simultáneamente, mi cerebro trabajaba a toda máquina: « ¿Cómo puedo darles esquinazo? Lo mejor será que me adentre en la multitud. Entre miles de hormigas puedo librarme de ellas. Ahí no me encontrarán nunca. Exacto, eso es lo que ha...» No llegué al «... ré».
Mis perseguidoras eran rápidas como boinas verdes* americanos atiborrados de anfetaminas. Me redujeron en un segundo. Las sacerdotisas actuaron con precisión quirúrgica: me dieron patadas en las articulaciones de las patas para que no pudiera moverme. El dolor era increíble, pero no podía gritar porque una de las sacerdotisas había dejado mi aparato de fonación fuera de combate con un golpe preciso en el cuello.
Fuera cual fuera la religión de aquellas hormigas, estaba claro que el amor al prójimo no formaba parte de sus dogmas principales.
-¿La matamos aquí mismo? -preguntó una de las sacerdotisas, y noté cierta alegría en su voz, que me hizo temblar.
-No, la meteremos en el calabozo con los demás prisioneros -decidió la jefa, y volvió a golpearme con cuatro de sus patas.
«Al menos no tendré que seguir buscando el calabozo», me pasó por la cabeza, y con esa idea de «el vaso está medio lleno», me desmayé de dolor.
-oOo-
Cuando desperté, tenía la cara hundida en la arena.
Por mucho que la escupiera, seguía crujiéndome entre las mandíbulas. Me levanté atontada y vi que estaba en una de las cámaras abiertas en el muro de tierra.
Era bastante grande y, muy por encima de mí, había un agujero de salida vigilado por dos sacerdotisas de la Guardia Real. Calculé las posibilidades que tenía de huir por allí y obtuve un resultado de 0,0003 por ciento.
Redondeando.
Miré a mi alrededor y, en un rincón, vi una hormiga alada, con las alas rotas y dormitando. Me espabilé de golpe: era el humano reencarnado. Me deslicé hacia él tan deprisa como pude, lo cual no era mucho: aún me dolían las articulaciones de los golpes de las sacerdotisas.
-Hola -dije con cautela.
Levantó un momento los ojos para mirarme y continuó dormitando. Yo no le interesaba lo más mínimo. Fui directa al grano:
-Yo también soy una persona reencarnada. Había captado su atención.
-Me llamo Hermione Granger.
Se le iluminaron los ojos. No dijo nada; seguramente antes tenía que ordenar los miles de ideas que le cruzaban por la cabeza.
-oOo-
De las memorias de Casanova: Una única idea gozosa entusiasmó y cautivó mi mente: «Después de siglos plagados de privaciones, ¡por fin encuentro a una mujer! ¡Aleluya!»
-oOo-
-¿Cómo te llamas? -pregunté, intentando ayudarle a poner sus ideas en orden.
-Casanova.
-¿Qué? ¿Cómo?
-Giacomo Girolamo Casanova -contestó, celebrando su nombre.
Existían exactamente tres posibilidades:
1) Era realmente Casanova reencarnado.
2) Me tomaba el pelo.
3) Se le había secado el cerebro.
-Para servirla, madame Granger -dijo con un acento italiano que sonaba mucho más auténtico que el que tenía el del restaurante italiano en Wimbledon Park.
El reencarnado hizo una reverencia flexionando las patas delanteras y haciendo un quiebro con la pata central derecha en el aire como si blandiera un sombrero inexistente.
-¿De verdad es usted Casanova? ¿El Casanova?
-¿Ha oído hablar de mí? -preguntó con una falsa modestia casi perfecta.
-Tiene... Tiene que hacer mucho que está muerto si realmente es Casanova.
-Desde el 4 de junio de 1798.
-Hace más de doscientos años.
-¿Doscientos... años? -balbuceó.
Por un instante pareció perder la seguridad en sí mismo. Bajó las antenas, triste. Daba la impresión de ser realmente Casanova.
-¿Ha vivido como una hormiga todo el tiempo? -pregunté compasiva.
-Sí, siempre -respondió, y levantó las antenas con coraje-, esta es mi vida ciento quince.
Su voz galante no fue capaz de ocultar el vacío emocional que resonó en esa frase. Ciento quince vidas. Qué destino más terrible. El pobre hombre estaba atrapado en una cinta sin fin.
Y yo también, me pasó por la cabeza. Me senté y ahora fui yo la que dejó caer las antenas.
Eso despertó el instinto caballeroso de Casanova. Para consolarme, me puso una pata en la cabeza y me acarició suavemente:
-Madame, no desespere por su destino. Y se acercó a mí. Demasiado.
-Eh, ¿me está tocando la glándula sexual? –pregunté espantada.
-Disculpe mi impetuoso deseo -dijo apartando su pata trasera-. Jamás he forzado a una mujer -prosiguió.
-oOo-
De las memorias de Casanova: Forzar no formaba parte de mi naturaleza. Yo seducía a las mujeres hasta tal punto que ellas me forzaban a mí.
-oOo-
Lo miré a los ojos y vi que había herido su orgullo. Respiré hondo y pregunté:
-¿Puede ayudarme?
-Estoy aquí para servirla -dijo sonriendo.
-¿Tiene idea de cómo se puede influir en la vida de los humanos siendo una hormiga? -planteé la pregunta decisiva.
Casanova calló un momento. Luego, para darme ánimos, dijo:
-Sea cual sea el apuro en el que se encuentra, madame, hallaremos una solución.
Esa respuesta no era más que una versión más agradable de «No tengo ni remota idea». Había ido allí para nada.
-¿Qué quiere hacer con los humanos? –preguntó Casanova.
Pensé en cómo podía exponerle mi problema con Ginny, pero no encontré las palabras adecuadas.
-No hace falta que me explique nada -dijo-, podemos escaparnos de aquí cuando sea y llegar adonde están los humanos.
-¿Y cómo vamos a esquivar a la guardia? -pregunté.
Casanova me explicó que ya había escapado de una prisión mucho mejor vigilada: la oscura cárcel de los Plomos, en Venecia. Anteriormente, en 1756.
-¿Por qué lo habían encarcelado?
-Se trató de un error judicial de lo más banal. Me atribuían una moral relajada.
Casanova sonrió con malicia y guiñando un ojo, y tengo que admitir que, para ser una hormiga, era capaz de sonreír con muchísimo encanto.
-oOo-
De las memorias de Casanova: Me atribuían una moral relajada, sólo porque había seducido a dos monjas del convento veneciano de Santa Maria degli Angeli.
-oOo-
-Si podemos escapar de aquí cuando sea -pregunté-, ¿por qué no lo ha hecho usted todavía?
-No tenía alicientes*.
-¿Alicientes? ¡La reina va a ejecutarle!
-Y volveré a nacer como hormiga.
-También es verdad -reconocí, y pensé si no sería mejor esperar tranquilamente mi ejecución.
Volvería a nacer como hormiga, pero estaría fuera de la prisión y podría ir a ver a Lily.
Me sorprendió que, de repente, una ejecución no me espantara más que ir al dentista.
-¿Cuándo nos matarán? -pregunté.
-La reina esperará hasta que haya acabado el ciclo de fertilidad.
-¿Y cuándo será eso?
-En un par de semanas.
-No tengo tanto tiempo -exclamé.
-Entonces tenemos que poner todo nuestro empeño en huir de este calabozo - dijo Casanova, visiblemente animado por un espíritu aventurero.
-¿Cómo?
-Igual que me evadí de la terrible cárcel de los Plomos en mi primer intento: por un túnel -explicó.
Casanova y yo empezamos a excavar un túnel sin saber adónde conduciría.
Casanova hizo un comentario muy acertado al respecto: «Cualquier lugar es mejor que una cárcel.»
Las sacerdotisas que se encontraban arriba, en la entrada del calabozo, no nos veían. Cavábamos en un ángulo muerto para ellas y procedíamos con extremo sigilo. Susurrando, le pregunté a Casanova por la religión que seguían las sacerdotisas.
Casanova sonrió.
-La diosa aquí es la reina. Nadie más. Como con los antiguos faraones. Mientras yo aún seguía pensando que en esa religión sólo la divinidad podía encontrar una verdadera satisfacción, Casanova exclamó:
-La tierra está más suelta, pronto abri...
Los dos caímos por el agujero. Justo encima de la reina, que se encontraba en plenos escarceos amorosos con unas cuantas hormigas voladoras macho.
Queen not amused *.
-¡Tú! -gritó mirando a Casanova.
-Veo que su Majestad me recuerda -dijo Casanova sonriendo con una majestuosidad impresionante, si teníamos en cuenta que acabábamos de encaramarnos a una reina a la que habíamos provocado un coitus interruptus*.
-Tú... Tú... Tú pronto estarás muerto -balbuceó la reina, enfurecida.
-Y veo que sigue expresándose de un modo magnífico -se burló Casanova.
La reina se irguió delante de nosotros. Era unas seis veces más grande que las demás hormigas y parecía un monstruo de una película de ciencia ficción de los años cincuenta, pero, por desgracia, en directo y en color.
-¡Atrápenlos! -gritó a las guardianas apostadas en la puerta del gran aposento, que tenía las paredes de arena pulida con primor, probablemente para demostrar la opulencia real.
-Tengo un plan formidable -me susurró Casanova al oído.
-¿Cuál? -pregunté atemorizada.
-Huiremos.
-Efectivamente, un plan formidable –ratifiqué con sarcasmo.
Casanova salió corriendo y yo lo seguí. Pero no corrió hacia la puerta porque las guardianas ya venían en esa dirección. Corrimos hacia un agujero abierto en la pared de tierra. Al parecer, la reina lo usaba como una especie de ventana panorámica para contemplar el gran hormiguero.
De golpe comprendí que quería volar otra vez hacia los túneles de la cúpula por los cuales se podía escapar a la superficie. No era mala idea. Sólo tenía una pequeñísima pega:
-¡Yo no puedo volar! -grité a Casanova-. ¡A diferencia de usted, no tengo alas!
-Ya lo había pensado, madame -dijo Casanova cuando nos detuvimos junto a la ventana panorámica-.
Súbase a mi espalda, la sacaré volando de aquí.
-Tiene un ala rota.
-Eso sólo hará que nuestra huida sea más formidable.
Bajé la mirada hacia la metrópoli hormiguera y comprobé que quedaba muy abajo. Me dio muy mala espina, de repente tuve miedo de morir. Tanto si volvía a nacer como si no, el impacto mortal me haría un daño atroz.
-¡Atrápenlos! -gritó la reina, y vi que las guardianas nos estaban dando alcance. Subí como un rayo a la espalda de Casanova.
Extendió las alas, gritó «Attenzione!*» y saltó.
Caímos como una piedra. O, para ser más exactos, como dos piedras.
-¡AHHHHHH! -grité, presa del pánico.
-¡AHHHHHH! -gritó Casanova, preso del pánico.
Y que él también fuera preso del pánico mató el resto de confianza que me quedaba de que saldríamos de aquélla sanos y salvos.
-¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHH! -grité.
-¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHH! -gritó Casanova. Y el suelo estaba cada vez más cerca.
-¡Vuele! -grité.
-No puedo -replicó; estaba como paralizado por el pánico. Le pegué un mordisco. ¡Fuerte!
-¡Auu! -chilló.
-¿Volará de una vez? -pregunté.
Estábamos a fracciones de segundo de impactar en una montaña de comida. Incluso veía claramente la mugrosa pila pegajosa donde nos estrellaríamos.
-Ya vuelo, ¡ya vuelo! ¡No más mordiscos! -gritó
Casanova, que por fin había despertado de su parálisis.
Y, efectivamente: ganamos altura. Gracias a su ala rota, dábamos vueltas sobre nuestro propio eje y yo me las veía y deseaba para agarrarme bien, pero ganamos altura. ¡Hasta la vista!
El vuelo de Casanova empezó a estabilizarse poco a poco. Yo estaba más segura sobre su espalda y veía el hormiguero desde arriba: dicen que, observadas desde una gran altura, las personas parecen hormigas.
Pues bien, vistas desde arriba, las hormigas parecen personas. Son seres vivos como nosotros: dinámicas, inquietas, laboriosas, en constante movimiento. Y pensar que el incordio de Louis las había quemado con una lupa... o que yo las rociaba con veneno para insectos...
-Mire, madame, la reina -dijo Casanova cuando volvimos a encontrarnos a la altura de la ventana panorámica.
-¡Los ejecutaré! -gritó.
Casanova se acercó volando a la escandalizada reina y dijo:
-Mi querida señora, os sulfuráis en exceso.
Había que reconocer que tenía jeta. Pero le faltaba perspicacia. Las sacerdotisas de la guardia no tenían alas, cierto, pero había olvidado a los amantes de la reina, que sí podían volar.
-Tráiganmelos. ¡Pero antes despedácenlos! -ordenó la soberana al batallón de cazas y al hacerlo, tenía espuma blanca en las comisuras de las mandíbulas.
Una docena de hormigas voladoras salieron disparadas de los aposentos de la reina, directas hacia nosotros.
-¿Y ahora qué? -grité.
-Tengo un plan formidable -dijo Casanova.
Si era tan formidable como el último plan formidable, teníamos un problema.
-¿Cuál? -pregunté, llena de dudas.
-Ya lo verá, madame. ¡Sujétese!
De nuevo nos precipitamos en picado hacia el suelo, pero esta vez a propósito. Aquel loco, ¿quería que nos matáramos? Con los aparatos de sujeción que tenía entre las garras me pegué como una ventosa a su espalda acorazada, noté la resistencia del aire, me agarré con más fuerza y recé a Dios. Pero me detuve, pensativa: ¿tenía que rezar a Dios? La experiencia de la reencarnación, ¿era idea de Dios?
A pesar de nuestra tremenda velocidad, las hormigas voladoras nos ganaban terreno amenazadoramente.
Aceleraban una barbaridad. Lo mismo debe de ocurrir cuando los cohetes se precipitan sobre la tierra.
Cerré los ojos, segura de que con el impacto dejaríamos un cráter enorme donde sólo podrían encontrar a nuestros restos hechos papilla. Nuestros perseguidores ya casi estaban a nuestra altura, y nos encontrábamos a tan sólo unos pocos cuerpos de hormiga del suelo.
Fue el momento exacto en el que Casanova interrumpió el vuelo en picado frenando en seco.
-Arrggh -gimió y, poco antes de llegar al suelo, consiguió planear.
Nuestros perseguidores no pudieron reaccionar a tiempo: se estamparon contra el suelo y dejaron un paisaje de cráteres impresionante.
-Madame, tengo una experiencia de vuelo de ciento quince vidas. Esas hormigas, sólo de una –dijo Casanova, comentando su maniobra con un orgullo descarado.
Casanova volvió a alzar el vuelo lentamente y, aunque cada vez era más difícil reconocer los restos de los perseguidores muertos, no pude apartar los ojos de los cuerpos machacados.
Volamos por un túnel hacia el firmamento, hacia la libertad. Pero yo era incapaz de alegrarme.
Curiosamente, la muerte de los perseguidores me había destrozado. Las hormigas ya eran para mí un poquito como personas.
-Madame, ¿por qué está triste? -me preguntó Casanova cuando aterrizamos en la terraza.
A la luz del atardecer, se notaba cálida. Pero yo apenas me di cuenta. Miré hacia nuestra casa intentando concentrarme en lo esencial, en impedir que Ginevra se convirtiera en la nueva madre de Lily.
-Ahí vive mi familia -dije.
Casanova guardó silencio. Luego dijo:
-¿Y quiere usted influir en su vida?
Asentí con tristeza, pues no tenía ni idea de cómo iba a arreglármelas.
-Será un placer acompañarla. No importa qué difícil dilema tenga que resolver -se ofreció-. Nunca dejo en la estacada* a una mujer hermosa.
-¿Y cómo sabe que soy una mujer hermosa? -pregunté-. En este momento, no es que mi aspecto revele mucho.
-Una mujer hermosa no lo es por su aspecto, sino por su carácter.
No pude evitar sonreír, a pesar de todo. Aquel hombre sabía cómo conquistar a las mujeres. Era un poco como Draco Malfoy.
-¿En quién está pensando? -preguntó Casanova.
-¿Cómo dice?
-Acaba de sonreír muy ensimismada. Y sólo se sonríe así cuando se piensa en alguien por quien nos sentimos atraídos.
Casanova no sólo sabía qué les gusta a las mujeres. Por lo visto, también sabía qué piensan. Y yo no sabía si eso me gustaba.
En vez de darle una respuesta honesta y hablarle de Draco, dije:
-Vamos.
Cruzamos la terraza para ir hasta la casa. La telaraña que olía a podrido seguía deshabitada. La araña debía de haberla abandonado.
La puerta de la sala estaba abierta y entramos. No había nadie y la mesa de los pasteles estaba desmontada.
-¿Es éste su domicilio? -preguntó Casanova. Asentí.
-El gusto de la gente ha cambiado mucho a lo largo de las épocas -dijo mirando la lámpara de pie de cromo, y se notaba que no la valoraba positivamente.
De repente oímos unos pasos: ¿quién sería? ¿Harry? ¿Lily? por desgracia era Ginny. Con el pelo mojado. En albornoz.
Resoplé.
-¿Quién es ese ser maravilloso? –preguntó Casanova. No respondí, sólo resollé.
-Es encantadora -comentó fascinado. Lo miré furiosa.
-En los últimos siglos he visto a pocas mujeres y aún menos con un escote tan impresionante.
Efectivamente: la maldita zorra llevaba el albornoz lo bastante abierto para que los hombres lo encontraran interesante, pero creyeran que lo llevaba así involuntariamente.
¿Había seducido ya a Harry ese día, el de mi funeral? Porque, de lo contrario, ¿qué hacía paseándose por allí en albornoz?
Echando pestes, corrí hacia el súcubo* y le pegué un mordisco en el dedo meñique del pie, que olía a mi gel de ducha. ¡La mordí tan fuerte como pude!
¡Tiré y desgarré brutalmente con mis mandíbulas! Y grité:
«¡Yija, yijaaaaaaaaa!» ¡Fue una carnicería!
Y, evidentemente, no surtió ningún efecto. Ni se dio cuenta. Yo era demasiado pequeña.
Frustrada, lo dejé correr.
Entonces entró Harry en la sala. Se había cambiado el traje negro por unos vaqueros y una camiseta, y sus ojos parecían aún más enrojecidos y cansados.
-¿Cómo está Lily? -preguntó Ginny ¿preocupada?
-Está jugando con la Gameboy -contestó Harry y se dejó caer, cansado, en el sofá. Estuvo callado un rato y luego preguntó con tristeza-: ¿Crees que lo superará?
-Seguro -replicó Ginevra.
Fue más un intento desvalido de brindar consuelo que verdadera convicción. Harry calló.
-Gracias por dejar que me quede a dormir -dijo Ginny y se sentó junto a él en el sofá.
-No podía permitir que pasaras la noche en un hotel –contestó el, cansado y mirando fijamente al suelo.
No mostraba el más mínimo interés por el escote de la arpía, y me avergoncé de haber imaginado que ya había hecho algo con ella.
-Si necesitas ayuda, puedo coger unos días más de vacaciones -se ofreció.
-¡No necesita ninguna ayuda! -grité-. ¡Desaparece, regresa a Francia y atibórrate en vino! ¡O lo que se haga por allí!
Harry lo consideró un momento y luego dijo:
-Estaría bien que te quedaras un poco más. Quiero concentrarme en Lily y me gustaría que me echaras un cable con todo el papeleo.
-Soy buena echando cables – le contestó muy coqueta.
-¡A ti te echaré yo un cable! -grité-. ¡Y luego lo apretaré!
Harry miró a Ginevra esforzándose por sonreír y se lo agradeció:
-Eres muy amable.
Y Ginny resplandeció:
-Faltaría más.
-Es maravillosa -dijo Casanova:
-¿Que es qué? -lo abronqué.
-Maravillosa. Es una mujer preciosa que no deja solo a un hombre con su dolor -contestó Casanova mirando embelesado a la que en algún momento considere mi amiga.
Le pegué una buena patada con la pierna trasera izquierda.
-¡Au! -gritó.
Y me llevé una decepción por no haberle hecho bastante daño para que gritara «¡AUUUUUUUU!».
Harry se levantó del sofá.
-Voy a acostar a la pequeña.
-De acuerdo –le contesto-. Yo prepararé la cena.
-Eres muy amable -dijo cansado, y se fue al cuarto de la niña.
Y yo me deslicé tras él, mientras Casanova continuaba mirando a Ginny fascinado…
Boinas verdes: Fuerzas Especiales del Ejército de Estados Unidos son grupos de cuatro o cinco hombres, todos ellos con el rango de sargento o superior, especializados cada uno en una tarea como explosivos y demoliciones, transmisiones, medicina, idiomas etc.
Alicientes: alude a aquello que resulta atractivo, y que por tal condición sirve de estímulo para realizar ciertas acciones.
"Queen not amused": a la reina no le hizo gracia
coitus interruptus: coito interrumpido, es decir que no terminaron el acto sexual por decirlo de una manera elegante.
Attenzione: Precaución o cuidado
súcubo: según las leyendas medievales occidentales, es un demonio que toma la forma de una mujes atractiva para seducir a los hombres, sobre todo a los adolescentes, introduciéndose en sus sueños y fantasías. En general son mujeres de gran sensualidad y de una extrema belleza incandescente.
Estacada: dejar a uno en la estacada significa dejarle abandonado o en peligro.
