Aclaración: esta es una adaptación de Safier. D. con los personajes H.P de nuestra amada J. K.R, en un universo alterno espero que lo disfruten…

CAPITULO VI

La ley del Karma

Es simplemente la ley de causa y efecto.

Todo efecto tiene su causa, y cada causa su efecto.

-Si siembras vientos recogerás tempestades-

-¿KARMA?-

-¿Vamos a acostarnos? -preguntó Harry a Lily, que jugaba con el Gameboy sobre su cama.

La pequeña se encogió de hombros. Nunca había sido una cotorra, pero ahora daba la impresión de que había perdido definitivamente el habla.

Harry intentó que no se le notara el desvalimiento y llevó a Lily al baño. Decidí esperarles y eche un vistazo a la habitación: vi las estrellas fosforescentes que habíamos pegado en el techo. Un montón de juguetes, de los cuales, solía usar como mucho un cinco por ciento. Y vi una foto. Era mía. Lily la había clavado con chinchetas en la pared, encima de la cama.

Me echaba de menos.

En ese momento me di cuenta de que las hormigas sí disponen de líquido lagrimal. Pero no brota por los ojos hasta que el dolor es insoportable: como el mío en aquel instante. Lloré como nunca había llorado una hormiga.

Cuando volvieron a la habitación. Me sobrepuse; mi hija no tenía que verme llorar. Claro que, de todos modos, no me habría visto llorar, yo era demasiado pequeña, pero era una cuestión de principios.

El la tapó cariñosamente y le leyó Babbitty Rabbitty y su cepa carcajeante. Pero, por muy divertidos que fueran algunos pasajes, Lily no se rió ni una sola vez.

Después de leerle tres capítulos, Harry apagó la luz y se quedó tumbado junto a ella hasta que se durmió. Se notaba lo mucho que se preocupaba por nuestra hija.

Al oír sus pequeños y dulces ronquidos infantiles, se levantó con mucho cuidado. Caminó a hurtadillas hasta la puerta, volvió a mirar a Lily, ya dormida, respiró hondo y salió triste del cuarto.

Ahora yo estaba sola con mi pequeña.

Me acerqué a su cara. No se movió, aunque mis seis piececitos seguramente le hicieron cosquillas. Dormía profundamente. Le susurré «Te quiero», y le di un besito de hormiga en el labio inferior.

Luego me tumbé sobre su mejilla. La respiración rítmica de Lily me meció hasta que yo también me dormí dulcemente.

-oOo-

Al despertar a la mañana siguiente, me sentía de maravilla. Había descansado, me había sacudido de las seis patas el cansancio de la huida y por fin tenía un plan: a partir de entonces viviría en la habitación de Lily. De ese modo podría alentarla siempre antes de que se durmiera. Aunque no pudiera entenderme, quizás lograría llegar a su subconsciente. Así podría protegerla si Ginevra se convertía realmente en su nueva madre.

Y si me moría, volvería a reencarnarme en hormiga y volvería a deslizarme hacia ella. Sí, era un plan perfecto para las próximas vidas.

Un plan que duraría tres minutos y medio.

A los tres minutos y veintinueve segundos aún disfrutaba de estar acostada junto a Lily. De observar su cara, de oler su aroma infantil dulzón. A los tres minutos y treinta segundos, Harry entró en la habitación, se nos acercó y…

¡Me vio!

No a su ex mujer, no, a una hormiga que se deslizaba por encima de su hija.

-Ok -dijo en voz alta-, ya estoy harto de bichos.

Me apartó de la mejilla de Lily con un golpe de dedo lo bastante suave para que la niña no se despertara, pero que hizo que yo me preguntara, después de un contacto nada suave, cómo tratarían de un traumatismo cervical a las hormigas.

Lily murmuró algo, pero volvió a dormirse. Harry le dio un beso y salió del cuarto muy resuelto.

Seguro que intentaría matar a las hormigas. Algo que yo no había conseguido. Dos días antes de mí encontronazo con la estación espacial, le había dicho a Harry que tenía que volverme más radical. Quería coger la manguera del jardín y arrasar el nido. Y lo tuve claro:

«Ya estoy harto de bichos» significaba, traducido,

« ¡Ahora mismo voy a por la manguera!».

Tragué saliva: el hormiguero sería destruido por una marea gigante. Pero me tranquilicé enseguida: ¿y a mí qué? No era un lugar agradable. Y, con un poco de suerte, todas las hormigas irían hacia la luz.

Pero ¿y si no iban? ¿Y si aquello era el final definitivo de su existencia?

Entonces su muerte sería absurda. Y atroz.

Me quedé desconcertada.

Me apresuré hacia el pasillo, pasando por delante de los patines de Lily, y fui a la sala de estar a ver a Casanova, que había encontrado migas del comité de mi funeral y se las zampaba satisfecho. Le pregunté:

-¿Conoce la luz que se le aparece a uno antes de reencarnarse?

-Sí. Es como la zanahoria del burro*.

-¿Cree que las hormigas van hacia esa luz?

-No lo sé -replicó-, pero me cuesta imaginar que unas criaturas tan comunes como las hormigas acumulen buen karma a lo largo de su vida.

Me quedé muy asombrada:

-¿Karma?

Por supuesto, ya había oído hablar antes del karma. Harry había leído un libro sobre el budismo cuando estaba en plena crisis con sus estudios de Bioquímica.

Yo, en cambio, cuando entraba en crisis, prefería leer libros con títulos como Quiérete a ti misma, Quiérete más a ti misma y Olvídate de los demás.

-Es muy simple -dijo Casanova-. Quien obra bien acumula buen karma y entra en la luz del nirvana. Quien obra mal prolonga su existencia, como nosotros.

-¡Yo no he hecho nada malo! -protesté.

-¿Está segura? Asentí. Insegura.

-¿Ni siquiera una infidelidad? -insistió Casanova. Me vino a la cabeza Draco.

-¿O perjudicar a alguien en beneficio propio?

Me vino a la cabeza Cho Chang y que me quedé con su trabajo porque hablé con los directores del programa sobre su creciente consumo de drogas.

-¿O quizás ha descuidado a algunas personas de su entorno? Me vino a la cabeza Lily.

-¿O podría ser que haya hecho sufrir a sus subordina...?

-¡Ya basta! -le increpé.

-O...

-¿Qué parte del «ya basta» no ha acabado de entender? ¿«Ya» o «basta»?

-Discúlpeme, madame -dijo Casanova.

-¿Y por qué no ha acumulado usted nunca buen karma? -le pregunté.

-Bueno, en primer lugar, porque no es fácil hacerlo en un hormiguero -replicó.

-¿Y en segundo lugar?

-No va con mi disposición natural.

Y sonrió maliciosamente y con tanto encanto que yo también sonreí.

-Pero seguro que usted lo conseguirá -me animó. Lo consideré un momento.

-Pero yo no quiero ir hacia la luz -repliqué-. Yo quiero impedir que la arpía se quede con mi familia.

-Bueno... -Casanova sonrió con complicidad, y comenzó a divagar-: En mi penúltima muerte, Buda se me apareció... ¿Supongo que ya ha conocido al señor?

-No le tengo demasiado cariño -contesté.

-Un sentimiento que comparto totalmente –dijo Casanova-. En aquel encuentro, la hormiga gorda suspiró profundamente y dijo que yo seguía sin entender de qué se trataba. Y que tendría que explicármelo.

-¿Y entonces habló del karma?

-Y de que con buen karma no se alcanza de inmediato el nirvana.

-¿No? -dije; era toda oídos.

-Primero hay que reencarnarse en un animal superior.

-¿En un animal superior?

-Un perro, un gato, una oveja, según el karma acumulado.

Me sentía electrizada.

-¿Sabe lo que eso significa? -dijo Casanova sonriendo.

-Sí, que si vuelvo al mundo siendo perro...

-... le será más fácil influir en el mundo de los humanos que siendo una hormiga -dijo Casanova completando la frase.

Volvía a contar con un plan, y ahora debía durar más de tres minutos y medio: ¡tenía que acumular buen karma! Y también sabía cómo hacerlo.

-Avisaré de la inundación a las hormigas.

En aquel instante, el suelo tembló. Harry se había puesto los zapatos y salía al jardín con pasos enérgicos. Aunque tardara un rato en encontrar el adaptador para conectar la manguera en el desordenado cobertizo, no quedaba mucho tiempo: tenía que avisar a las hormigas. Dejé plantado a Casanova y me fui corriendo.

-¡Madame! -gritó Casanova detrás de mí, preocupado-. Para reencarnarse tiene usted que morir.

Yo ya no escuchaba, quería buen karma. Lo de morir me parecía secundario. Adelanté a Harry a toda velocidad en la terraza y volví la vista atrás para ver a qué distancia lo tenía. ¡Fue un error!

Fui a parar directa a la telaraña. Los hilos eran como amarras de barco que alguien hubiera empapado con pegamento rápido. Quedé prendida al instante y, cuanto más intentaba escapar, más me apretaban. Hasta que apenas pude respirar.

Intenté tranquilizarme. Respiré hondo. Aspiré profundamente y espiré aún más intensamente.

Empecé a serenarme. Seguía atrapada, pero, al relajarme, cogía más aire. El pánico se volatilizó. Cavilé sobre cómo podría salir de aquella embarazosa situación. Pero entonces se anunció mi sentido de la alarma: un dolor de cabeza me atravesó el cráneo.

Mis piernas querían correr, pero sólo pataleaban en la telaraña. Los hilos volvieron a apretarme más, y yo no podía parar: mi sentido de la huida estaba fuera de control. Pateé, tiré y cada vez me apretaban más.

Volví la cabeza y descubrí la causa de que mi sentido de la alarma enloqueciera: ¡había una araña en lo alto de la telaraña!

Era descomunal, tenía las patas más peludas que una oruga peluda y un aire de «La compasión no va conmigo».

¡Y se desplazaba hacia mí! Como un gordinflón enganchado a la tele que aprovecha los anuncios para acercarse al frigorífico. Yo era su tentempié del intermedio. Las nueve y media de la mañana en Londres.

Quise huir, pero estaba adherida a las pegajosas cuerdas. Y por eso grité:

-¡Auxilio! ¡Auxilio!

-Ah, no soporto que la comida chille -criticó la araña con una voz de pito enervante.

«Ya me gustaría a mí tener tus problemas», pensé.


Zanahoria del burro: para el que no conozca la expresión, proviene de una parábola o metáfora en que se representa a la zanahoria como (el deseo) con los que se engaña al animal que no ve más allá de ellos, para motivarlos a avanzar.

-Hola-

Supongo que no es mucho pedir un rt? Si no fuera por que fanfiction tiene contador de visitas pensaria que nadie lee esta historia. Tan mala es la historia?

Si bien escribo para mi, porque es una balbula de escape que me ayuda a liberar el estres. Pero es al que me lleva bastante tiempo, que lo invierto para compartilos con ustedes. Para aquellos que escriben me entenderan, puede sonar narcisista, pero a veses un comentario de ustedes nos hacen el dia, y nos recuerda que vale la pena hacer lo que hacemos, que alguien lo aprecia...

En fin...

Igualmente gracias a los lectores anonimos.