Los personajes pertenecen a Cassandra Clare. Todo lo demás, es fruto de mi mente traviesa. Espero que os guste el capítulo:


–¿Por qué pareces tan enfadado, Magnus? –Alec hizo un mohín de niño pequeño. Nada más entrar en la habitación, se le había vuelto a echar encima, pero Magnus lo había apartado.

–Es que lo estoy. ¡Has besado a Jace!

–¡Y tú a mi hermana!

–Pero eso no significa nada.

–Ni lo mío con Jace.

–¡Estuviste enamorado de él!

Alec se cruzó de brazos.

–Habla el señor mi-lista-de-amantes-supera-a-la-centena.

–¡Pero yo no me he besado con ninguno de ellos de esa forma desde que estoy contigo!

–Esto es un juego, y yo no quería jugar, te lo recuerdo. Lo único que sé es que ahora mismo tengo la polla metida en unas mallas ultra ceñidas y siento que me va a explotar.

–¡Alexander! –Magnus no podía contener su asombro. ¿Alec hablando así?

Magnus sabía que aquél no era el verdadero Alec, era el Alec del licor de hadas. Y también lo había sido con Jace. Estaba enfadado, sí, pero a él se le daba muy mal estarlo. Y por otra parte… tenía a su Alexander completamente desinhibido, algo que difícilmente podría volver a tener. Así que, cuando Alec le bajó los pantalones vaqueros (aquéllos que en realidad eran de Alec) para luego bajarle, casi arráncandole, los calzoncillos y cogerle su miembro, no se apartó, se dejó hacer.


–Toc toc –dijo Simon para anunciar su llegada a la cocina–. ¿Puedo pasar o hacéis cosas de chicas?

Clary e Isabelle rieron.

–Puedes entrar, Simon –contestó Isabelle–. ¡Llegas justo a tiempo! Clary y yo nos hemos quedado con ganas de ir a más, y nos apetece que nos miren.

Simon se quedó rígido.

–Venga, Simon, sabes que Izzy bromea.

–Con Isabelle nunca se sabe –dijo él, y la cazadora de sombras le guiñó un ojo–. ¿Qué estás comiendo?

–Galletas –Clary tenía un paquetito en la mano e, inconscientemente, hizo ademán de ofrecerle a Simon. Aunque se hubiera convertido en vampiro, habían sido tantos los años de compartir almuerzos que era incapaz de reprimir aquellos comportamientos–. Lo siento –dijo al ver la mueca que hizo Simon.

–Ey, tranquila, Fray –Simon le sonrió–. ¿Y tú qué haces Iz?

Isabelle estaba trajinando algo en la encimera, y verla removiendo algo dentro de un bol no pintaba nada bueno.

–Hago magdalenas. Seguro que alguien tiene ganas de tomarlas en alguna prueba.

–Creo que incluso Alec, estando sólo en calzoncillos, se los quitaría y quedaría desnudo para no tener que comérselas –le susurró Clary a Simon, pero Isabelle lo escuchó, se giró y le echó una mirada envenenada.

–Vaya, ya sé a quién retar.

–Izzy, lo decía de broma, por favor no te enfades… Tu… tu manicura de hoy es perfecta, ¿no te parece, Simon?

–Muy buena observación, Fray, yo no me había dado cuenta, pero ahora que lo dices…

Isabelle volvió a girarse, esta vez con una cuchara que contenía una mezcla marrón verdosa en la mano.

–¡Oh, por el Ángel, para ya, Clary! Tenía pensado que fuera para Jace, pero si sigues en ese plan… y tú –señaló a Simon–. No le des apoyo o te quedarás sin lo que te iba a dar.

Simon no lo comprendió, pero Clary lo hizo al instante.

–Yo… voy a ver si Jace necesita de mi ayuda.

–Sí, quizás los grifos de la ducha de Magnus en vez de agua tiren purpurina, ve a ayudarle –Izzy le miró pícaramente para luego volver a girarse para remover la masa.

Clary, galletas en la mano, salió por la puerta de la cocina.

–Yo… ¿te ayudo? –le preguntó Simon, avanzando hacia ella.

–No, gracias. Podría correr el riesgo de que salieran decentes.

Ambos rieron.

–¿Sabes Izzy? La cocina no es tan difícil… quizás… –dijo mirando con los ojos abiertos de par en par lo que ella hacía– si siguieras alguna receta… Porque ¿sabías que el wasabi no es un ingrediente de las magdalenas, verdad?

–Así es más divertido, Simon.

Terminó de remover y empezó a colocar la masa en las cápsulas. Simon la observó detenidamente, apoyado en la encimera. Finalmente, las puso en la bandeja del horno y las metió.

–¡Ya está! Y ahora, veamos… –se lo pensó– sí, toca la parte más aburrida. Recoger los ingredientes.

–Yo te ay… –comenzó a decir Simon, pero Isabelle le lanzó un puñado de harina y se quedó callado.

–¡Te he dado! ¡Menudos reflejos de vampiro más tontos que tienes! –Isabelle reía a carcajada limpia.

–Uhm… –Simon cogió un puñado bien lleno y se lo echó encima, manchándole todo el vestido.

–¡Me las pagarás! ¡No sabes lo que me costó este vestido! –Isabelle parecía colérica, y Simon se quedó quieto. La chica aprovechó para tirarle encima otro puñado de harina– Tranquilo, Simon, era de rebajas.

–¡Juegas sucio! No se vale… –Simon le tiró otro puñado de harina y la arrinconó contra la pared de la cocina.

–Eres mi novio, tu deber es dejarme ganar en las peleas, ¿sabes?

Simon pestañeó, sin saber qué decir. Jamás le había llamado novio, y hasta aquel momento no sabía que lo era. Ella levantó una mano para espolsarle la harina del flequillo.

–Has dicho…

–¿Es que no lo somos?

–Yo… no lo sé. Quiero decir… nunca habíamos hablado de esto, y yo parezco siempre no importarte…

–Me importas, Simon.

Se miraron a los ojos, y los dos se sonrieron.


Clary tocó a la puerta del baño.

–¿Jace? ¿Se puede?

–¿Clary? Sí, pasa.

Clary abrió la puerta y buscó a su novio. Jace estaba metido en la cabina de la ducha, el agua caía del grifo a borbotones. Estaba empañada y llena de gotas, pero Clary no era capaz de mirar hacia ella, sabiendo que allí dentro Jace estaba desnudo.

–¿Clary? ¿Has entrado?

–Ehm… sí.

–¿Querías algo?

–No… sólo… me preguntaba si de la ducha de Magnus caería agua normal o purpurina.

–Podrías venir a probarlo, ¿sabes?

Clary se quedó callada.

–¿Clary? –Jace cerró el grifo– Tranquila, ya salgo de la ducha.

La puerta se abrió, y Clary se giró inmediatamente para estar de espaldas a él.

–Clary, ¿me haces un favor? Es que no hay ninguna toalla, ¿me buscas una? Quizás en ese armario.

Caminó hacia atrás como un cangrejo para abrir el armario sin ver a Jace. De él, sacó una toalla de color naranja fosforescente.

–Gracias –Jace se encontraba justo detrás de ella, le había susurrado al oído. Olía a fresas y traspiraba calor– Clary, gírate.

–Pero ponte la toalla primero.

Jace la cogió por los hombros y la hizo girar. Clary estaba con los ojos cerrados.

–Venga Clary, no seas ridícula. Abre los ojos.

Los abrió y descubrió que Jace llevaba un albornoz morado.

–¡Jace! –chilló enfadada y le azotó con la toalla. Él no podía parar de reír– ¡No tiene gracia!

–Oh, sabes que sí que la tiene. Pero Clary –su tono pasó a ser serio–, ¿por qué tenías miedo de verme desnudo?

–Yo… –agachó la vista– pensé que si te veía desnudo tú también tendrías que verme…

–Sabes que no pienso obligarte a hacer nada que no quieras.

–Yo… sí que quiero –Clary alzó la vista para entrelazarla con la de Jace. Ambos sonrieron.

–Yo también. Pero ahora debo ponerme las bragas y el sujetador, y no creo que sería una buena impresión para ti como primera vez que me ves desnudo.

La pelirroja intentó reprimir la risa, pero al momento brotaron carcajadas de sus labios.

–Está bien, te dejo sola para que te acicales.

Y dicho esto, salió del baño dejando la puerta cerrada.


Isabelle y Simon estaban tumbados en el sofá, la cazadora de sombras sobre el pecho del vampiro.

–Ehm… –Clary miró hacia otro lado– Hola. Siento interrumpir.

–No debes sentir nada –Isabelle le miraba sonriendo–. ¿Le queda mucho a Jace?

–Se tiene que vestir.

–Vale –la chica se separó de Simon y se levantó, dirigiéndose hacia la puerta de la habitación de Magnus– voy a avisarles.

Tocó la puerta y chilló.

–¡Parad de follar, en cinco minutos volvemos al juego!

–¡Con todos ustedes Isabelle Lightwood, reina de la discreción! –gritó Jace con tono divertido desde el baño.

Cinco minutos después, Jace, vestido de nuevo de mujer, volvió al sofá junto a Clary.

–¿Les abro la puerta? –preguntó Isabelle, una sonrisa maliciosa asomando por su rostro.

–No hará falta Isabelle querida –Magnus habló desde el umbral de su puerta. De la mano llevaba a Alec, y de la mano caminaron hasta el sofá donde se sentaban.

–¿A quién eliges, Alec? –preguntó Clary.

Alec seguía teniendo la mirada inmersa en Magnus. El licor de hadas seguía haciéndole efecto, dedujeron.

–A Magnus.

–¿A mí? –Magnus realmente no se lo esperaba– Elijo atrevimiento. Me pregunto qué tendrás planeado para mí, Alexander.

–Un striptease.

–¿Cómo? –preguntaron todos a la vez, salvo Alec, por descontado.

–Proviene de la palabra strip, que es en inglés desnudar y de tease, engañar. Generalmente van acompañados con un baile sensual –Alec habló con un tono teórico.

–Está bien. Acepto.

–¡Oh no, eso no! ¡Mis hermosos ojos dorados no están preparados para eso!

–Ni los míos –se unió Simon.

–Los míos sí –Alec no paraba de sonreír.

–Oh, será muy interesante –dijo Isabelle.

–Desde luego –se unió la pelirroja.

–¿Cómo? –preguntaron inquisitivamente Jace y Simon a la vez.

–Opiniones aparte, Alec me ha retado y yo he aceptado el reto. Así que –Magnus chasqueó los dedos y una luz morada y tenue envolvió la habitación, mientras que una de las columnas pasaba a convertirse en una barra metálica.

–Parece que lo tenías todo planeado, Magnus –opinó Isabelle.

–Oh, desde luego que sí. No os imagináis lo que llevo esperando a que me lo pidiera. Y por favor –dijo con tono de diva–, ni se os ocurra meterme billetes de un dólar, mi cuerpo precisa de al menos billetes de cien.

–¡Já! –Espetó Jace.

Música sensual empezó a sonar por el apartamento. Magnus se colocó de espaldas a ellos y empezó a contonearse. Después, se giró y rodeó la barra con las piernas, subiendo y bajando por ésta. Estuvo así por un rato, friccionando sus partes contra la barra hasta que se separó, se puso delante de ésta y se metió las manos por debajo del suéter, pasándolas de arriba abajo por su pecho. Clary, Isabelle y Alec (que se habían sentado juntos en el mismo sofá) le gritaban: ¡Quítatelo, quítatelo! Simon y Jace simplemente lo miraban estupefactos, sin poder apartar la mirada ni hacer otra cosa. Magnus fue subiendo lenta, muy lentamente el suéter, hasta dejarlo a la altura donde a una persona se le vería completamente el ombligo. Entonces, puso una mano en la barra y dio una vuelta a ésta. Paró y se sacó rápidamente el suéter, y lo lanzó, cayendo sobre la cabeza de un Simon que no fue capaz ni de pestañear. Magnus se bajó un poco los pantalones, y siguió bailando. Las dos chicas hacían palmas, conminándole a que siguiese quitándose la ropa. Él, en cambio, se plantó delante de ellas, se metió dos dedos de la mano derecha en la boca y, una vez húmedos, se los pasó por su torso, muy lentamente. Luego pasó a quitarse, muy, muy lentamente el botón del pantalón vaquero.

–¡Magnus definitivamente vas a matarme! –Isabelle parecía una loca posesa, le devoraba con los ojos.

Pero él no se dejó achantar por sus palabras y siguió al mismo ritmo, porque sabía que así les volvía locos. Se bajó la cremallera, pero no dejó que cayeran los pantalones, y los sujetó por las trabillas. Caminó, de nuevo contoneándose, por la estancia, hasta que finalmente dejó que cayeran los pantalones al suelo y las chicas y Alec suspiraron. Magnus volvió a la barra, la volvió a rodear con las piernas y empezó a elevarse y bajarse por ésta. Después, y ante las súplicas de sus "fans" que le pedían que volviese a ponerse delante de ellos, se separó de la barra y pasó, primero haciendo contacto visual con Clary, luego con Isabelle, y dejó para el final a Alec, a ir bajándose estirando el elástico de los slips para luego volver a subírselo. Cuando se metió las manos por dentro de éste, Jace rompió toda atmósfera de sensualidad:

–Genial, reto cumplido. Nos has demostrado cómo hacerlo.

Magnus le guiñó un ojo.

–Está bien, el show ha terminado –chasqueó los dedos y la luz volvió a ser la de antes, la barra desapareció–. Me alegro haberte excitado, nefilim –dijo con voz sensual mirando hacia la faldita de Jace.

–¡No me has excitado!

Magnus soltó una carcajada.

–Pero no… ¡sigue! –le pidió Isabelle– No me dejes sin el final, no sé cómo termina.

–Isabelle, has dicho que te has acostado con cinco tíos. ¿De verdad no sabes cómo termina?

–Soy muy inocente.

Todos rieron.

Magnus, vestido solamente con los calzoncillos de Alec, se sentó de nuevo en el sofá junto a éste. Clary e Isabelle también lo hicieron con sus respectivas parejas.

Magnus, mientras se revolvía el pelo, preguntó:

–Isabelle, ¿verdad o atrevimiento?

–¡Atrevimiento!

–¿Qué tal si… le haces una llamada erótica a Raphael?

–A Raphael… uhm, vale, ¡lo acepto! Pero no tengo su número.

–Tranquila, yo sí –Magnus hizo aparecer una libretita y un Boli y lo escribió.

–Esto no me gusta… –murmuró Simon, pero Izzy fingió no oírlo.

Cogió su móvil y marcó el número, y al cuarto tono la reconocible voz de Raphael se escuchó:

¿Quién osa llamar al líder de los hijos de la noche de Nueva York en horas de luz?

Una admiradora –respondió Isabelle, con tono voz inocente y a la vez sugerente, tono que no dejó de emplear en toda la conversación.

¿Puedo saber tu nombre?

Creo que para disfrutar un rato no hace falta conocer nombres, ¿no crees?

Me agrada la idea. ¿Dónde quieres que nos encontremos?

Desgraciadamente, estoy en un lugar del que no puedo salir. Pensaba que podríamos hacer algo… telefónicamente.

Raphael pareció pensárselo.

¿Qué ropa interior llevas puesta?

¿Qué te hace pensar que la llevo?

¿Estás desnuda?

Sujetador y bragas rojas de encaje. Las bragas… están muy húmedas.

Se escuchó un ligero gruñido a través de la otra línea.

Tócate y cuéntame cómo lo haces.

¿Y por qué no… te toco yo? ¿Estás desnudo?

Raphael no contestó.

Lo estás. O al menos estás con las manos en la masa. ¿Verdad?

Sí –admitió el vampiro.

Estás pensando en mí –Isabelle, como siempre, estaba muy segura de sí misma–. ¿Cómo crees que soy?

Piel pálida, labios rojos, delgada pero con curvas. Melena larga y negra.

¿Por qué crees que soy así?

Porque es mi combinación favorita. ¿Eres así?

Si es así como quieres que sea, será mejor no contradecirte.

Buena chica, no me gusta que me contradigan. ¿Estás segura que no podemos vernos?

Bueno… quizás… esta noche. Espérame en la puerta del Dumort cuando las dos manecillas del reloj se encuentren en lo alto.

Me parece perfecto.

Y mientras tanto, imagínate cómo mi lengua rosa te recorre entero.

Y dicho esto, Isabelle le colgó.

–¡Vaya, vaya! Así que soy del tipo de Raphael –Isabelle parecía pagada de sí misma.

–¿No irás, verdad?

Se giró y miró los ojos dulces de Simon. Había miedo en ellos.

–Oh por el Ángel, por supuesto que no. ¿Raphael? Me repugna.

–Pues tu lengua está recorriendo todo su cuerpo ahora mismo –le recordó Jace.

–¡Puaj! ¡No digas más eso!

–Bueno, entonces di a quién retas, Izzy –le dijo la pelirroja.

–A Simon –Isabelle sonrió de oreja a oreja.

–¿Atrevimiento? –preguntó, temeroso.

–Llama a Jordan. Dile que te gusta oler su ropa interior usada cuando vas a hacer la colada. Y que si esta noche, cuando vuelvas a casa, puedes meterte con él en la cama.

–Está bien –Simon aceptó de buen grado y empezó a marcar–. Pero Jordan me va a pillar seguro.

¿Simon? ¿Te pasa algo? – Jordan cogió al segundo tono.

Jordan, hay algo que debo decirte…

¿Tiene que ser ahora? Es que iba a salir a recoger a Maia…

Tiene que ser ahora, la pena me corroe.

Ehm… Está bien, dímelo.

Me gusta oler tu ropa interior cuando está usada, no puedo evitarlo. Es un vicio malo que tengo… y que no consigo quitarme. Por eso he pensado que si esta noche me dejaras dormir contigo y olértela puesta… quizás se me iría el vicio.

Silencio tras la línea. Un, dos, tres segundos. Explosión de carcajadas por parte de Jordan.

¿Qué pasa, Lewis? ¿Estáis jugando a Verdad o atrevimiento o algo así?

Ehm… sí.

Wow, con lo que me encanta ese juego. ¿Dónde estáis? ¿Podemos acercarnos Maia y yo?

Claro, me encantaría tener unos perritos en mi casa –intervino Magnus–. Tendréis el grandísimo privilegio de estar en el apartamento del Gran Brujo de Brooklyn. ¿Qué os parece?

Uhm… que nos pasaremos en tres cuartos de hora.

¿Tan poco duras? –le preguntó pícaramente Magnus– De tu apartamento al mío hay una media hora, más luego recoger a Maia… ¿Duras cinco minutos en hacerlo?

¿Qué insinúas, brillitos? Iremos dentro de un rato, ¿vale? Simon, nos vemos tío.

Simon colgó el teléfono.

–Vale, ahora es mi turno. Jace ¿verdad o atrevimiento?

–¿De verdad me lo preguntas? ¡He nacido para el atrevimiento!

–Pues… tienes que ir al supermercado y pedirle a un hombre que te coja tu mango.

Jace rió.

–Está bien.

–¿Tu mango? –preguntó Clary, perpleja– ¿Me he perdido algo?

–Son cosas de Jace y mías.

–Lewis, no digas esas cosas que parece que tú y yo tengamos algo. Muy bien –se levantó– ¿me vais a acompañar para verlo?

Clary, Isabelle y Simon se levantaron.

–¡Se me olvidaba! Voy a coger una cosa de la cocina. Ahora vengo, esperadme.

Magnus, Alec y Jace no sabían a qué se refería Isabelle, pero Clary y Simon sí, y sonrieron al pensarlo. ¿Esta vez Isabelle se habría superado haciendo comida repugnante? Probablemente sí, poca gente junta wasabi, chocolate y coca cola para hacer unas magdalenas.

–Uhm… supongo que debería vestirme un poco –dijo Magnus, con voz perezosa.

–Desde luego, el centro de atención debe ser mi magnífica persona.

–Rubito, aquí el único magnífico soy yo, ya lo dice mi nombre.

–Venga, basta de peleas –Alec le dio sus ropas, que permanecían en el suelo.

Cuando Magnus terminó de vestirse e Isabelle volvió de la cocina, todos salieron del apartamento y fueron en dirección al supermercado más cercano.


¿Qué tal? En estos días se me han ocurrido varias ideas, y algunas me las habéis dado vosotros, así que ya tengo para algunos capítulos. Me gustaría escribir más, pero la maldita universidad me reclama. Muchas, de verdad muchas gracias por todas las visitas, reviews y follows. No podía imaginar que os pudiese gustar tanto y ¡me encanta conseguir haceros reír! Gracias, muchas gracias a Mira Herondale Guile, cazadora100, Lucy Herondale Lightwood, Stascream, Alejandra Martínez, Katherina Tatia Pierce Petrova, Mily Black Queen y sobre todo a Kaira Fenix, oficialmente mi fan número 1 (empiezo a pensar que si escribo algo que no te gusta, no sería capaz de continuarlo, jaja).

Ave atque vale!