Los personajes pertenecen a Cassandra Clare. Todo lo demás, es fruto de mi mente traviesa. Espero que os guste el capítulo:
Sin un glamour encima, el grupo causó muchas miradas y comentarios en voz baja. No sólo era raro ver a un chico con un vestido ajustado y tacones, o a una chica vestida toda de cuero y llena de correas, o a un chico cubierto de purpurina de pies a cabeza y con prendas ajustadísimas, sino que verlos a los tres juntos y acompañados por un chico altísimo de ascendencia asiática vestido anodinamente de negro y por una pelirroja diminuta junto con un chico con aspecto bastante normal (salvo por una palidez extrema), llegaba a los límites de la extravagancia.
En el supermercado fueron directos a la sección de frutería. Una vez localizados los mangos, Jace se giró hacia sus amigos y les dijo:
–Quedaos aquí, si os tengo a todos encima no podré desplegar mis encantos correctamente.
Él se marchó todo digno hacia el stand de los mangos, pero los demás no podían hacer otra cosa que mearse de la risa.
Jace, con fingida normalidad, se puso a mirar los mangos, buscando el que debía estar más sabroso, el que era más perfecto. Cuando lo encontró, lo cogió y se acercó hacia el que iba a ser su víctima: un chico de estatura media, cabello castaño revuelto, gafas de pasta y vestido con ropa cómoda y poco favorecedora. Empujaba un carrito de la compra, lleno en su mayoría de verduras, y en aquel momento estaba evaluando los tomates.
–Disculpa, chico.
El "chico" se giró al escuchar su voz y se encontró a Jace apoyado de forma sugerente contra su carrito de la compra.
Los cazadores de sombras y el mago les espiaban desde las lechugas.
–Se parece a ti, Simon –comentó Clary, sonriéndole a su amigo.
–Ehm… ¿qué quieres? ¿Necesitas ayuda? –la víctima de Jace estaba claramente contrariada, pero aun así preguntaba con amabilidad.
–Me preguntaba si… podrías cogerme mi mango.
–¡¿Cómo?! –el chico pegó un brinco.
Jace, que tenía una mano a su espalda, la dejó a la vista. En ella llevaba cogido un enorme y de aspecto sabroso mango.
–Que si a ti, te importaría, cogerme mi mango –Jace le repitió, lentamente.
–No, claro –el chico lo cogió.
Jace se lo quedó mirando.
–Ehm… –el chico estaba claramente incómodo– tienes buen gusto para los mangos.
–Muchas gracias –Jace le ofreció una sonrisa torcida.
–Perdona pero, ¿esto es para una cámara oculta o algo?
Jace negó con la cabeza, seguía sin dejar de mirarle.
–¿Y… para qué quieres que te lo sostenga?
–En realidad, puedes quedártelo, si te parece que está bueno mi mango. Te lo regalo. Comételo todo y saboréalo bien, ¿vale?
–Ehm… vale –el chico asintió.
–¡Sid! ¡Llevo rato buscándote! –una chica pequeñita llegó corriendo junto a ellos– No me habías dicho que estarías en la frutería.
–Melissa, te lo había dicho antes. Siempre estás en Babia.
–Lo siento, Sid.
Los dos se sonrieron.
–Pues ella –apuntó Simon a la chica–, me recuerda a ti.
–¿Sí verdad? A cuando éramos normales y no estábamos mezclados con esta…
–Ojito con lo que dices, Clarissa –le advirtió Isabelle–. Tengo un látigo y realmente sé cómo usarlo.
–Y como decía, me recordaba a cuando no estábamos mezclados con gente con tanto sentido del gusto. Es decir, Simon –gesticuló– mira a Sid, ¿has visto el desastre de su pelo?
Melissa echó una mirada a Jace.
–¿Y este… chico, o chica, quién es?
–Ehm… ahora te lo cuento, Mel. Vamos a pagar a la caja –y dicho esto, se fueron.
Una vez Sid y Melissa se habían marchado, Magnus y los demás se acercaron a Jace.
–En fin, otra prueba más superada por Jace Lightwood –dijo él mismo–. Nunca encontraréis algo que no sea capaz de hacer.
–¿Y si lo encontrásemos? –le preguntó Simon.
–No te esfuerces en buscar, Lewis. No lo hay.
–Lo que tú digas.
–Por supuesto. Siempre será lo que yo diga, Simon.
–¡Jace, para ya! –Clary fingió enfadarse– Te toca retar a alguien. ¿A quién eliges?
–Bueno, ya que estamos aquí… elijo a Alec. ¿Verdad o atrevimiento?
–Atrevimiento –Alec no lo dudó, sabía que si elegía verdad Jace se burlaría de él. Y no había cosa peor que tu parabatai se burlara de ti públicamente.
–¿Por qué no intentas ligar con alguien? Ya sabes, decirle algo y pedirle una cita.
–Pero… yo no sé cómo hacer eso.
–¿Cómo que no? A ver, ¿qué hiciste con Magnus?
–Pues yo… no sé –las mejillas de Alec comenzaron a enrojecer. Se le estaban pasando los efectos del licor de hada.
–Aunque no lo creas, nefilim rubito –comenzó a decir Magnus–, hay gente que no necesita hacer nada especial, y sólo con su encanto natural pueden enamorar a alguien.
–Magnus, créeme, yo quiero a Alec, pero él carece de encanto. Hasta los patos tienen más encanto que Alec. Uh.
–¡Jace! ¡Eso no es cierto! –esta vez quien le recriminó fue Isabelle– Alec simplemente es tímido. Podrías… –se giró hacia su hermano– no sé, decirle a un chico que…
–No hace falta, Izzy –le cortó su hermano–. Entonces queréis que diga alguna de esas frases estúpidas que dice Jace, ¿no?
–¡Oye! ¡Mi ego!
–Jace, tienes un ego tan grande que eso que acaba de decir Alec no te ha podido ni rozar –dijo Clary.
–No te creas, parece que no duele pero duele mucho.
–¡Eso lo dice Homer Simpson! –exclamó Simon, que había estado callado.
–¡Es verdad! –Clary y él rieron al recordarlo.
–Supongo que será algo de un cómic mundano… –dedujo Isabelle.
–Izzy, no todo lo que hago es leer cómics.
–Da igual. Para mí es lo mismo.
–Bueno –dijo Alec, intentando que se volviesen a centrar en su reto–, entonces tengo que decir algo de eso, ¿no?
–Y pedirle una cita –le recordó su parabatai.
–Vale, pues allá voy –Alec se giró y empezó a caminar, pero luego, volvió a girarse y fue hasta Magnus–. Te quiero. No te pongas celoso –y le besó tiernamente en los labios.
Después, se dirigió hacia la sección de bebidas.
Por suerte para Alec, sólo había un chico en todo el pasillo, concretamente en la zona de las botellas de agua. Alec fue directo hasta él.
–Hola, perdona que te moleste –Alec le dio un ligero golpecito en el brazo para llamar la atención.
El chico era mucho más guapo de lo que se podía haber esperado. Era alto, aunque no tanto como él, robusto, rubio, con ojos verdes y brillantes, rasgos proporcionados, labios sugerentes y con dos lunares en el rostro muy favorecedores.
–¿Sí? –el chico también lo evaluó de arriba abajo.
Vale, esto no será tan embarazoso. Al menos, es gay, pensó para sí.
–Bueno, estaba paseando por aquí y… –Alec agachó la cabeza y se calló, el rubor empezaba a recorrer sus mejillas.
–Es muy guapo, ¿te has dado cuenta no? –susurró Isabelle al oído de Magnus– y parece que también es gay. Y que a los dos les gusta lo que ven.
–Muchísimas gracias, maravillosa Isabelle, por plasmar en palabras lo que no paro de pensar en el interior de mi mente.
Ella le sonrió por respuesta.
–Shh, dejad escuchar –les dijo Clary.
–¿Paseabas por aquí y… qué? –le preguntó el chico rubio y de enormes ojos verdes– oh, vaya, vaya par de ojos que tienes. Parecen zafiros. Brillantes zafiros.
Y claro, Alec enrojeció todavía más.
–Bueno, pues tendré que admitir que Alec tiene encanto –admitió Jace, perplejo.
–También tienes un pelo muy bonito. Pelo negro y ojos azules, no es algo que se vea muy a menudo. Pero a mí… me encanta.
–Si no se calla ahora mismo, creo que voy a callarle yo mismo –por las manos de Magnus saltaban chispas azules– "Pelo negro y ojos azules" –se mofó, imitando la voz del chico– ésa es mi combinación, no la suya.
–Vaya, perdóname. Soy demasiado charlatán, todo el mundo me lo dice. Y eras tú el que había venido a decirme algo. Por cierto, ¿qué querías?
–Me preguntaba… –Alec levantó la cabeza, y estableció de nuevo contacto visual con el chico– ¿cuántas botellas de agua crees que harían falta para enfriarme? Porque tú, me pones realmente caliente –y dicho esto, se mordió el labio inferior–. Por cierto, ¿te apetecería tener una cita conmigo?
A todos, tanto el chico como a los espectadores, se les desencajó un poco la mandíbula.
–¿En serio? Oh, vaya, me choca bastante que me digas eso.
–¿Por qué? ¿No te crees lo suficientemente guapo? Porque lo eres.
–Vaya gracias, pero no, sólo que… los chicos como tú no suelen pedir las chicas.
–¿Y cómo son los chicos como yo? –Alec apoyó un brazo sobre el estante y se inclinó un poco hacia el chico.
–Pues… –estaba bastante abrumado– inalcanzables.
–Puedes tocarme, estoy aquí. Soy alcanzable –le susurró Alec.
–Si le toca, realmente le mato, si le toca, realmente lo haré –Magnus hablaba entre dientes.
Y sí, el chico, sin ningún pudor, iba a hacerlo, pero en ese momento Magnus extendió un glamour sobre Alec. Éste se dio cuenta en seguida, al ver al chico parapadear, bajar la mano, volver a parpadear y preguntarse en voz alta qué extraño.
–¿Magnus? –preguntó Alec, a sabiendas que era él quien había extendido el glamour.
–¿De verdad ibas a dejarle que te tocara?
–Prometiste no enfadarte.
–No me enfado –Magnus se cruzó de brazos para evitar que Alec viera las llamas saliendo de sus manos.
–Eso espero –Alec le sonrió y después miró a Clary– ¿Verdad o atrevimiento?
–¡Atrevimiento!
–Acércate a una pareja que esté por aquí, y finge que el hombre te ha dejado embarazada.
–Uhm... –se lo pensó– Vale, voy a buscar. Vosotros manteneos a una distancia.
Clary se giró y se puso a buscar por los pasillos.
–¿Te ha parecido guapo? –le preguntó Magnus, que no era capaz de dejar el tema.
–No es que me lo parezca o no, es que lo es. Pero… a ti también te lo ha parecido y no te digo nada sobre el tema.
–¿Si te llega a besar le habrías besado?
–¡Magnus! ¡Acabábamos de vernos! ¿Cómo iba a besarme?
–Cabría la posibilidad. Eres irresistible, y hoy vistes en calidad a lo que eres. Incluso tu adorado hermano adoptivo ha tenido que reconocer que tienes encanto natural.
–¿Lo tengo? –Alec empezó a sonrojarse.
–Ey, dejad la pelea. Clary ha elegido víctima –les advirtió Simon.
En efecto, Clary se había acercado a una pareja que estaban mirando los productos lácteos.
–¡Eh, tú, sinvergüenza! –gritó Clary– Sí, tú, finge que no me conoces.
El grupo se posicionó en un lugar estratégico para ver bien la situación.
–Perdona, niña, ¿te refieres a mí? –le preguntó el hombre.
–¿Le conoces, Al? –preguntó la mujer, atónita.
–Te prometo que es la primera vez que veo a esta niña.
–No se crea ni una palabra de lo que le dice su marido. ¡Nos conocemos de antes, vaya si nos conocemos! Es más, tengo una prueba, una prueba que cada vez se hace más grande.
–¿De qué hablas, niña? –le preguntó esta vez la mujer.
–¡Pues de que estoy embarazada de su marido!
–¿Cómo? ¿Pero tú cuántos años tienes?
–Dieciséis, señora. Lamento, de verdad lamento muchísimo presentarme así de sopetón pero es que no paro de llamarle y él nunca me coge el teléfono.
–¿Al? ¿Tienes alguna explicación para lo que dice la niña?
–¡Sí! No la conozco de nada. ¿Es que acaso eso no cuenta?
–¿Entonces por qué esta niña dice que la has dejado… embarazada? –a la mujer todavía le costaba creerlo– ¿Acaso quieres decir que miente?
–¿Entonces soy yo quien miente? ¡Lo que hay que oír!
–Disculpen, les dejo con la pelea –Clary intervino–. Les dejo aquí mi número de teléfono para que podamos hablar sobre lo que vamos a hacer –le dio un papelito a la mujer (que aunque sus amigos no lo sabían, ponía que todo era por una prueba de un juego y que podía seguir confiando en su marido) y se fue corriendo.
–¡Vayámonos ahora mismo! –dijo Clary al pasar corriendo al lado de sus amigos.
Una vez en la calle, continuaron corriendo, y a la vez reían.
–Has estado muy bien, Clary –la felicitó Isabelle–. Eres buena actriz.
–¡Gracias! No sabía que podía hacerlo tan bien. Bueno, ¿qué tal si volvemos al loft de Magnus?
–Mejor será, Jordan y Maia estarán a punto de venir –les recordó Simon.
Volvieron al apartamento y volvieron a sentarse en sus respectivos asientos. Magnus hizo aparecer un cuarto sofá para los nuevos invitados.
–Clary, ¿tienes pensado a quién vas a retar? –le preguntó Magnus.
–Oh, sí. Pero necesito tu ayuda –se acercó al mago y le susurró al oído–. ¿Es posible?
–Querida, todo es posible para el Gran Brujo de Brooklyn.
–Estupendo. Jace, ¿verdad o…?
–¡Atrevimiento!
–Genial –Magnus, con una sonrisa en los labios, chasqueó los dedos y al instante apareció un pato en el regazo de Jace.
–¡Por el Ángel! ¿Qué demonios? –Jace, todo asustado, se levantó de un brinco, lo que hizo que el pato cayera al suelo haciendo cuac, cuac.
–¿Es esto mi prueba?
–Sí –asintió Clary–. Tienes que besar al pato.
–¡De ninguna manera! ¡Jamás!
Todos empezaron a reír, y Jace parecía no comprenderlo.
–¡Podría infectarme, pasarme una enfermedad de patos, ¿sabías?!
–Jace, una prueba es una prueba, y si no la aceptas…
–Lo sé. Por el Ángel Raziel, traicionado por mi propia novia.
–Entonces, quítate el vestido.
–¡Con lo bien que le quedaba! –se quejó Isabelle.
–Va, la ropa interior de chica me queda mucho mejor –Jace se quitó el vestido y lo lanzó–. Y ahora, haced desaparecer al pato.
–De ninguna manera, nefilim –Magnus negó con la cabeza–. Esta es mi casa, y el pato se queda.
–Es tan bonito… –dijo Clary y lo cogió en sus brazos. Lo empezó a acariciar– Se llamará Jace.
Jace puso cara de espanto.
–Alec, haz un hueco en tu sofá, me siento con vosotros.
–De ninguna manera, nefilim –le repitió Magnus, que se echó encima de Alec, ocupando el resto del sofá con sus largas piernas–. El sofá está ocupado.
–¿Iz? –preguntó con carita de pena Jace, pero sabía que ella haría lo mismo. Y así fue, se tumbó sobre Simon, sin dejar espacio.
–Muy bien, pues entonces… –hizo ademán de sentarse en el sofá para Jordan y Maia.
–¡De ninguna manera! Ese sofá es para los lobos –le recordó Magnus–. Siéntate junto a tu novia, nefilim.
El timbre sonó.
–Pero antes, ve a abrir la puerta –el placer que sentía Magnus al mangonear a Jace era incalculable.
–Estupendo –masculló el rubio nefilim, que se dirigió a la puerta–. ¿Quién osa molestar al brilloso, extravagante y ninfómano brujo de Brooklyn? –preguntó, tratando de imitar la voz de Magnus.
Al poco, aparecieron Jordan y Maia por la puerta.
–Vaya vaya, veo que llegamos con el juego empezado –observó Maia.
–¡Simon! –le llamó Jordan– Toma, que sé que tenías ganas.
Jordan le lanzó un par de calzoncillos que Simon esquivó.
–¿Qué haces?
–¿No te gustaba oler mi ropa interior? –le preguntó riéndose– Sí, te lo voy a recordar toda la vida.
–¿Nos sentamos aquí? –preguntó Maia, señalando hacia el sofá libre.
Magnus asintió.
Los recién llegados se sentaron en el sofá vacío, y Jace no tuvo otra que sentarse junto a Clary, que estaba estrujando al pato que no paraba de hacer cuac, cuac, cuac.
–Genial –bufó–. Empieza a no gustarme este juego.
–¿Por qué? Si estás la mar de guapo –se burló Maia, que seguía sin soportar a Jace.
–Venga Jace, no te quejes –le dijo Clary–. Te toca a ti escoger a quién le toca.
–Para que os sintáis integrados, Jordan, ¿verdad o atrevimiento?
–Atrevimiento. Las verdades son para lloricas.
–Muy bien. Coincidimos en eso. Bésate con Simon.
–¿Con Simon? –puso cara de asco– ¿No podría ser con Maia?
Jace negó, sonriendo.
–Está bien –Jordan parecía resignado– supongo que habrá cosas peores, como besarte a ti.
Todos soltaron una carcajada. Salvo Jace, por descontado.
–Muy graciosos, chicos. ¿Es que hoy es el día de burlarse de Jace y no me he enterado?
Nadie le respondió, y Jordan se levantó de su asiento para acercarse a Simon.
–Nada de lengua eh. Y no saques los colmillos.
–Bleh –le respondió Simon.
Jordan se agachó para besar a Simon.
–No paréis hasta que yo os diga, eh –les recordó Jace.
–Al fin y al cabo, esto les encanta –le dijo Isabelle a Maia.
–¿Cuántos besos me he perdido?
–Veamos, en primer lugar, Jace y Simon. Luego, Magnus y yo. Clary y yo. Jace y Alec.
–¿Y algo más así memorable?
–Bueno, ya ves, Jace vestido de chica, Alec de Magnus, Magnus de Alec. Simon ha llamado a la madre de Clary diciéndole que le había dejado embarazada, Magnus ha hecho un striptease…
–Uh, menos mal que yo no estaba aquí –Maia hizo cara de disgusto.
–¿Quieres que te ponga un collar y te ate a una correa, perrita? –le preguntó Magnus, mirándola mal– Todos se han hipnotizado ante mis encantos. Incluso Jace y Simon.
–¡Mentira! –exclamaron Jace y Simon a la vez. Y claro, para ello, Simon dejó de besar a Jordan.
–¡Ey! ¿Cuándo me habéis oído decir que paréis?
–Venga, cazador de sombras, ya es suficiente. No se me ocurría ya qué hacer.
–Licántropos con pocos recursos… –murmuró Jace.
–Y tío, Simon, ¿a qué diablos sabe tu boca?
–¿Y la tuya? ¡Parecía que me estaba lamiendo un perro!
Isabelle y Clary no paraban de reír.
–Bueno, digamos que la prueba ha sido superada. ¿A quién eliges, Jordan?
–Gracias, Isabelle –dijo Jordan y volvió a sentarse junto a Maia–. Veamos…
–¡Se me ha ocurrido algo! –exclamó Magnus– ¿qué tal si hacemos dos pruebas conjuntas? Una para las chicas y Jace y otra para los chicos. ¿Qué os parece?
–¡Me encanta! –dijo Izzy– ¿cuál has pensado?
–¿Por qué voy con las chicas? –preguntó Jace, indignado.
–Porque vas vestido como una. Y porque así será más divertido –le explicó Magnus–. ¿Qué tal si las chicas, vestidas en shorts y top, vais a un lavadero de coches y os dedicáis a excitar a los conductores limpiando coches?
–¡Si! ¡Magnus, qué grande eres! –Isabelle estaba más que excitada– ¿Nos das la ropa?
–Yo no estoy del todo de acuerdo –dijo Jordan.
–¿Eres chica o eres un machista celoso? –le preguntó inquisitiva Isabelle.
–Tiene razón Isabelle. Yo acepto –dijo Maia–. Clary, ¿tú qué dices?
–Será divertido, y más si Jace va con nosotras.
–Genial –Magnus chasqueó los dedos e hizo aparecer un surtido de shorts y tops–. Los hombres nos marchamos y os esperamos allí con todo preparado. ¿Sabéis dónde está el lavadero, no?
–¿En la calle de atrás, no? –le preguntó Maia.
–Exacto. Os esperamos, no tardéis, que está oscureciendo.
Magnus, Alec, Jordan y Simon se marcharon. Isabelle ya estaba rebuscando entre la ropa.
–Esto para mí –dijo cogiendo dos prendas de ropa.
Dicho esto, se empezó a quitar el vestido.
–Pero Isabelle, está Jace –le recordó Clary.
–¿Y qué pasa?
–Eso, eso ¿y qué pasa? Tranquilas, no tengo ningún inconveniente…
Clary le lanzó dos prendas de ropa.
–Anda, tira para el baño. Y, supongo que estas dos prótesis son para ti –se las lanzó también.
Jace, con una mueca, fue al baño.
–Supongo que esto será para mí –dijo Clary, al ver un conjunto de una talla mucho más pequeña a las otras.
Isabelle, que ya estaba vestida, se puso a hacer más grande el escote con unas tijeras que encontró. Después, se hizo una coleta y se pintó los labios aún más rojos.
–Chicas, yo ya estoy. ¿Y vosotras?
Clary y Maia asintieron. Jace salió del baño.
–Vale, está claro que a tetona no me gana nadie –dijo él, y todas se giraron para mirarle y soltaron una carcajada descomunal.
