3x11. Esa noche después de salvarle la vida, Klaus le hizo dos regalos a Caroline.


Aquella vampiresa captó su atención en el mismo momento en el que sus ojos se posaron en ella. La primera vez que sus miradas se cruzaron ambos estaban en la clase de ciencias, dentro del instituto de Mystic Falls. Fueron tan solos unos segundos, pero suficientes para que Klaus pudiera apreciar su belleza. El original acababa de matar al novio de la chica para convertirlo en híbrido. Por primera vez la transición había funcionado y no podía sentirse más dichoso. Después de tanto tiempo las cosas por fin empezaban a salir como él quería. ¿Cómo quejarse? Acababa de activar su parte de hombre lobo, tenía la capacidad de crear más híbridos y ahora lo único que le faltaba era la sangre de la réplica. Era cuestión de tiempo, a ella también la conseguiría, por las buenas o por las malas.

Fue cuando entró en el aula donde Caroline, Elena y Matt esperaban la llegada del híbrido original, cuando vio de reojo a la vampiresa rubia observarlo con total sorpresa.

Sin duda no había sido lo que ella se esperaba.

Quizá se lo imaginó más viejo, pensó con una sonrisa. No la culpaba. No podía culpar a nadie más que a su madre por ponerle un nombre tan antiguo y a su parecer tan poco atractivo.

La segunda vez que se vieron Klaus pudo apreciarla mejor. Ella reía mientras conversaba con sus amigas en una fiesta. Tyler, al lado de Klaus, observó con celosía como su creador y mentor le daba un repaso de cuerpo entero a su chica. Fue entonces cuando Klaus decidió que debía tenerla. Solo una probada, y después se desharía de ella como un juguete usado. Eligió la opción más fácil para planear un encuentro con la rubia a solas.

Ordenó a Tyler que la mordiera.

Cuando el chico llegó a la noche siguiente con lágrimas en los ojos a suplicarle que le diera su sangre a Caroline Klaus sonrió complacido. No perdió ni un solo segundo y en un parpadeo, haciendo uso de la velocidad vampírica, se plantó en casa de la rubia.

Liz, a pesar del odio que le profesaba, le permitió la entrada a su hogar dado que era la única persona capaz de salvar a su hija. Fue entonces cuando tuvo total libertad para entrar en el cuarto de Caroline, a solas. Y en ese momento la vio tendida sobre su cama. La luz que la hacía brillar día y noche se estaba apagando lentamente, sus ojos estaban secos y libres de lágrimas, y su expresión totalmente falta de sentimiento.

Ella ya parecía haber aceptado su muerte.

Por un momento, se sintió culpable.

Caroline lo miró al darse cuenta de la presencia de alguien en la habitación. No le importó verlo parado en el umbral de la puerta, supuso que estaría ahí para matarla. De nada le serviría huir, hiciera lo que hiciera esa noche iba a acabar muerta de todas formas. No iba a suplicar por su vida. Ella se llevaría su orgullo y dignidad a la tumba.

Pero Klaus no la mató esa noche.

Hizo exactamente lo contrario. Cuando se sentó en su cama y empezó a hablarle de todo lo que el mundo podía ofrecerle, le dio vida, esperanza. El mensaje que transmitió logró su objetivo: hizo que Caroline deseara aferrarse a la vida como nunca antes había hecho. Nunca había tenido tantas ganas de vivir y de recorrer el mundo como en ese entonces.

Era curioso, la persona que tantas vidas había robado y que amenazaba con asesinar a todos sus amigos fue el único que le hizo abrir los ojos. Fascinada, escuchó con atención cada palabra que salió de la boca de su peor enemigo.

En los siguientes días ella no entendería la razón, daría por hecho que tan solo quería usarla en algún plan retorcido suyo para volverla en contra de sus amigos. Klaus, por otra parte, creería que tan solo le había salvado la vida y dado esa charla para lograr que lo viera con otros ojos y así poder acostarse con ella en un futuro. Pero iba más allá de eso. Pronto ambos se darían cuenta de lo equivocados que estaban. El híbrido se enamoraría de la vampiresa, y ella descubriría que había más de él de lo que dejaba ver al resto del mundo.

Caroline a la mañana siguiente despertó sintiendo una leve molestia. Pero a pesar de que el veneno de hombre lobo dejaba secuelas como el dolor, la herida de su cuello se había curado por completo. En su escritorio encontró una caja con una nota. La caligrafía era perfecta, con la elegancia propia de un ser con muchos años de experiencia en ese mundo lleno de secretos y misterios.

Feliz cumpleaños.

Klaus.

Dentro encontró el brazalete más hermoso que había visto nunca. Lo miró con la confusión plasmada en el rostro. No lo entendía.

Klaus, observándola desde el exterior a través de la ventana, esbozó una sonrisa.

Aquel día le hizo dos regalos, pero de ambos, el que más valor guardaba no fue el brazalete.

Fue el otro que le otorgó: esperanza.


He vuelto... y no, no tengo excusas. Solo falta de inspiración y ganas. Pero no volveré a desaparecer tanto tiempo.