Capítulo 7

Fue una noche extraña... Muy extraña.

Luego de haberla seguido tras su escape del palacio, las cosas no pudieron ser peor. Desde que puso pie en tierra no paró de correr. No, en serio. La perdí de vista unas cuantas veces, pero igualmente no dejé que me descubriese. Volé por entre los árboles y sus sombras, haciendo ruido con las ramas sin querer, pero ella no lo notaba en absoluto. Creo que no habría notado un lobo si lo tuviese enfrente.

Parecía aterrada, pero no tanto como para perder el control de sus poderes como es usual. Vi el estupor en su cara cuando tropezó y al levantarse miró a mi dirección, sin mirarme a mí. Tenía los ojos nublados, idos. Parecía que huía de un fantasma o algo así, y no le importaba nada más. Debía estar realmente desesperada por irse. No fijaba su vista en algo más que no fuese el camino, juzgaba saber muy bien a dónde iba pero no por dónde pisaba; se cayó más veces de lo que pude contar.

En conclusión, sus piernas finalmente se dieron por vencidas en cuanto alcanzó la cima nevada de una montaña no muy alta. Una montaña familiar. El misterio se resolvió solo cuando divisé a lo lejos el castillo de hielo. Sí, ya conocía la historia de ese lugar. Aun así, bastante predecible. ¿Será que planea unas vacaciones allí? ¿O un retiro espiritual? ¿Por qué aquí?

¿Será que el cambio está por culminar?

Permaneció tendida cual cadáver sobre la nieve hasta que se hizo la tarde y el Sol descendía de a poco. Me escondí tras un montón de nieve acumulada, esperando a que mostrara señal de vida. Finalmente, abrió los ojos y se incorporó lánguidamente, dubitativa. No entré en escena todavía, pero sabía que mi tiempo se acercaba.

No recordé haber despertado, pero tenía los ojos abiertos ante el cielo cambiante. Me dolía la cabeza, y mis oídos vibraban. Tampoco recordaba haber llegado allí, pero sí que debía estarlo. Me senté con cuidado sobre la suave y novedosa nieve; una acariciante nevada llovía de las pocas nubes. O de mí.

Juntando más energía me incorporé y me examiné. Me dolía el cuerpo, pero estaba demasiado adormecida aún como para sufrirlo. Cortaduras y sangre seca en todas partes, como si me hubiesen arañado gatos monteses. Algunos moretones en las rodillas y mi vestido roto, lleno de barro. Me quité la capa y la arrojé al suelo donde el viento se la llevaría tarde o temprano, y comencé a caminar hacia mi hogar.

A Elsa se le escapó su abrigo. Intenté recuperarlo mientras rodaba colina a bajo por la corriente gélida, pero en ese momento...

Oí un ruido, como nieve crujiendo. Miré sombre mi hombro...

Oh, no...

... Pero no había nada, solo la capa.

Mierda, casi. No de nuevo. No otra rara emboscada. Mi pecho se sacudía locamente mientras trataba de ocultarme tras las oscuras nubes. Sujeté más fuerte mi bastón y seguí vigilándola desde lo alto. Que no me vea, que no me vea, me repetí.

Me di la vuelta, y antes de dar el primer paso, mi mente trajo de regreso los recuerdos bloqueados de anoche; cuartos oscuros y cuerpos sangrantes. Alfred y esos dos soldados, no iba a pasar en alto quiénes eran. O qué les había hecho. Fue horrible, jamás habría hecho algo parecido. Llegar a asesinar a alguien. Sus rostros me perseguirían por siempre. Pero otra parte de mí me impedía sentir lástima por ellos, remordimiento. De repente, sentía nada en absoluto, lo cual encontré reconfortante.

La culpa no entraría en mí a destruirme por lo que hice porque ya no era mía, como por arte de magia. Como una muda voz que me hablaba y sus palabras eran dulce anestesia en mí. ¿Cómo hubiese escapado con las manos y la conciencia limpias sino?

Ellos se pusieron en el camino, hubiera sido diferente si no hubiesen estado en el lugar y tiempo incorrecto.

Mi manos no acabaron limpias, sin embargo. Y de seguro han encontrado la escena que me inculpa. En poco estarán los guardias o fuerzas especiales en la entrada del castillo, derribando la puerta, dispuestos a encarcelarme. No pensaba dejarles... Tendré que prepararme para cuando llegue ese momento.

Pero, ¿y Anna?...No tampoco había dolor allí, en su pensamiento. Eso en parte no era bueno. Tratándose de ella, sí necesitaba sentir algo. Pero tampoco es que Anna fuese a extrañar a su hermana mayor. Ella estaría bien, sujeta a una mentira, pero bien.

Lejos de mí.

Lo que importaba era que siguiera pensando que estaba de viaje, y nada más. Ya vería qué haría en el futuro con respecto a ella. Dudaba que se tragara la historia luego de que descubriese que no he vuelto a casa en un largo tiempo.

La tranquilidad me abrigaba medidamente. Podía hasta pensar que estaba todo manejado y nada lo arruinaría. Libre como una pluma al viento, orgullosa, me dejé guiar casi instintivamente por las escaleras. Era la decisión correcta. Las puertas se abrieron para mí.

El castillo era igual de magnífico de como lo recordaba. Mi obra. Era casi imposible retener el aliento al caminar por la sala principal, admirar el alto techo que absorbía rayos de luz. Se sentía como entrar en el interior de una gema. Aunque un poco pequeña a mi parecer. No me llevó ni cinco minutos remodelarla; de las profundidades de la montaña manaron ramas de hielo que rodearon el castillo; se alineaban en el interior para crear nuevas habitaciones, escaleras y pasillos en ambos pisos.

En un simple mandato ya tenía un castillo el doble de amplio y largo, balanceándose en perfecto equilibrio en la cima de la montaña. La mitad de grande del palacio de Arendelle. Para cuando mi magia cesó de cosquillear, fuertes estampidas resonaron e hicieron vibrar las paredes. Me giré, turbada, a buscar la fuente de esos enormes pasos. Para mi sorpresa, resultó ser aquel monstruoso hombre de nieve que había construido hacía tiempo, y por lo visto, no se había marchado.

Corrió hacia mí e intentó apretujarme entre sus gruesos brazos. ¿Era un abrazo? Pero... Pero... Yo no quería ser abrazada, ¿por quién me ha tomado? Inmediatamente hice resurgir una estaca de hielo del suelo que atravesó su brazo, para que me soltara. Fue un reflejo. Otra sensación antinatural... y espeluznante. La segunda vez que usaba mi magia para defenderme, y había atacado a mi propia creación. Si bien no le hice daño, segundos después sentí... No lo sé. En cuanto me libró, recuperé el aire de los pulmones y sacudí mi vestido con el ceño fruncido. Él se acariciaba el brazo ahuecado ya sin el gesto feliz de hacía un rato.

No fue exactamente compasión lo que sentí, pero no quería que huyera de mí por ello. Lo necesitaba.

–No vuelvas a hacer eso. Jamás. – determiné firme, al borde del enojo. Este se me pasó rápido pero no la determinación. Puse mi mano en su brazo helado, que medía casi metro y medio de ancho, tal vez para animarlo y que deje de poner cara de tristeza y confusión. Suavicé mi tono. – Necesito que vigiles la entrada. No quiero que nadie me disturbe, ¿lo has entendido? – Marshmallow asintió tímidamente. – Buen chico.

Tenía un guardia fiel.

Le di otra palmada a medio sonreír y me dirigí a las escaleras de la sala sintiéndome inmensa, oyendo sus estruendosos pasos salir por las altas puertas. Las piernas me temblaban aún. Iba a ir derecho al dormitorio del piso superior, aunque con la ampliación, no sabía dónde podría encontrarse. Al llegar al descanso de las escaleras, caminé de espaldas a la puerta principal por un vacío pasillo. Doblé en la primera intersección de escaleras y para mi suerte llegué a donde deseaba.

El lugar estaría desnudo si no fuese por la cama y la mesita de luz a su lado contra la pared derecha. Al fondo, en el centro se desplegaba el balcón que alumbraba el aposento. Vacío, pero acogedor. Era un hogar al menos, o lo será en cuanto pasen los días...

Fácilmente podía ver mi reflejo en cualquier pared que quisiese. Aunque lo que veía era perturbador. Había visto mi cuerpo demacrado por la difuminada noche anterior, pero no mi rostro cansado, deshecho, apagado. Mi pelo era una maraña, mis ojos rodeados por una sombra de agotamiento. Unas líneas cortaban mi pómulo izquierdo, pero apenas se notaban.

Bajo ello, no me sentía exhausta o destrozada. Sino renovada, se podía decir.

Como sea, era raro. Y odiaba verme con esa pinta.

Alcé mi mano para reconstruir el vestido de hielo destrozado, pero la magia solo llegó hasta la mitad de la falda. Algo me frenó. Una inquietante sombra atravesó mi cuerpo frente a la pared y llamó mi atención. Para mal. Miré a lo alto de donde venía y lo vi sobrevolar desde el conífero techo y se escondió tras la punta de una torre, lejos de mi vista. Era muy grande para ser un pájaro.

Luego saltó y planeó cercano a las paredes, dudaba que me hubiese visto aquí abajo. Retrocedí y me escondí tras el hueco arqueado que era la puerta. Entonces, la sombra apareció por el balcón y caminó por el cuarto. Lo reconocí de inmediato. Era el intruso... ¡El intruso del palacio!

Jack Frost... musitó una voz.

El nombre que parecía salido de un sueño... Jack Frost, él estaba allí de nuevo. Trastabillé un poco al retroceder por mero impulso, pero gracias a ese sacudón pudo pude mis pensamientos en orden.

¿Qué rayos está haciendo aquí?, me pregunté rechinando mis dientes. Sentía mi pulso galopar como un purasangre. ¿Qué tenía ese tipo conmigo? Fuese lo que fuese, ya estaba harta de que me acechara.

El peliblanco inspeccionaba el lugar y caminaba hacia la puerta, con toda la tranquilidad del mundo; debía estar buscándome de nuevo. Fácilmente podría verme y encontrarme tras la pared transparente.

Con el nombre del extraño titilando en las esquinas mi mente, salté de mi escondite y lancé mi magia, esperando a que diese en el corazón y acabara con todo de una buena vez. Por desgracia, el rayo siguió de largo por las puertas del balcón. El intruso, digo Jack Frost, estaba a unos metros del suelo ahora, sujetando su bastón con ambas manos y mirándome.

PERO QUÉ CARAJOS. ¿AHORA ME ATACA? DIRECTAMENTE OPTA POR ATACARME. ¡Qué rayos pasaba! La conmoción y el miedo arrastraron mi columna vertebral, a la carrera para ver cuál podía paralizar mi cerebro primero. Perdí el habla. Eludí tres ataques más que rebotaron por las paredes. Dos más. Cinco más. Seguía aturdido. No le agradaban las visitas, podía ver.

Quizás por la forma en la que Elsa caminaba fríamente hacia mí y lanzaba su magia, o cómo estacaba su mirada tosca en la mía. Como hacen las serpientes. Recordé las palabras de Pabbie, cuando la comparó con una serpiente que cambia de piel. Mejor dejé de pensar en ella como una de esas. Es extraño que diga esto, pero sentía aprensión mirarla a los ojos. No eran sus ojos, no era ella. La apacible y complicada Elsa que conozco no tiene esa mirada seria, enojada, que puede derramar sangre. Daba a entender que estaba bajo algún hechizo o nubarrón maligno. Mejor dicho profecía.

Todo era claro y confuso a la vez.

No contraataqué, obviamente. Podría lastimarla, y mi intención era de hecho protegerla. PERO ME ESTABA ATACANDO, repasaba enajenado. Sin embargo podría ser yo el que saliera lastimado si ella no daba tregua.

Y así fue.

Proyecté más, todo mi arsenal, enviando una maldición inmutada en cada golpe. Picos, ventiscas, balas enormes ahuecaban las paredes y destruían la cama y la mesita de luz. Sentía mi temperamento perder control. Quería deshacerme de él lo antes posible para que dejara de molestarme. Cada vez que fallaba redoblaba mi potencia y furia. Pero él evadía a todos y cada uno de ellos, volando alrededor de la habitación como una polilla. No lo podía hacer bajar del aire donde tenía ventaja. Así que jugué sucio.

A su espalda, la pared se estiró en un bloque que lo mandó hacia adelante. Pronto, del techo surgió otro pico que alcanzó su cabeza y lo expulsó al suelo. Avancé hacia él.

Se seguía arrastrando como una... No me dejó terminar el pensamiento porque una montaña de hielo reluciente surgió del suelo y encerró mi cuerpo, a excepción de mi cuello, cabeza y manos. Estaba de nuevo de pie a su altura. Me sacudí con fuerza, mis brazos no se movían. Bastó un toque de mi bastón sobre la superficie helada, y comenzó a obedecerme. El hielo descendía, lo que pareció encolerizar más a Elsa. Intenté apurarme.

Antes de que pudiera liberar mis pies, el montículo volvió a crecer gracias a Elsa, más puntiagudo en su interior. Aferraba mis piernas y torso con más tenacidad. No estaba dispuesta a dejarme escapar. Asimismo se encargó de que otro pico me diera en la mano para que soltara mi bastón. No era que lo necesitara, el hielo no era mi mayor problema dado a que también me podía obedecer a mí sin el bastón, sino que Elsa lo era. La mano me ardía, no podía ver si sangraba, y mi cuerpo se entumecía.

No era tonto, en cuanto volviese a intentar librarme, ella haría las cosas más complicadas. Sería mejor dejar que piense que me había derrotado.

Entonces, ya capturado, Elsa puso un pie delante de otro, viniendo hacia mí con su mano en alto y sacudiendo las caderas, sin prisa. El rigor de sus ojos, que parecían no estar al tanto de que había atacado a un visitante inesperado – o saberlo muy bien – , desaparecía a cada paso, dejándolos vacíos.

– ¿Quién eres? – no se dispuso a dar vueltas. ¿De nuevo esa pregunta?, me dije, cansado del mismo embrollo. La amnesia debía seguir bloqueando su mente, ¿pero por cuánto más? Otro pico salía del suelo en diagonal y apuntaba mi garganta. Más violencia, rodé mis ojos imaginariamente aunque por fuera estaba aturdido.

–E–Elsa. – iba a decir ¿qué estás haciendo?, pero fui interrumpido por su exclamación.

– ¡Silencio! He dicho ¿quién eres ? – el pico rozaba mi nuez... Intentaba alejarme, pero apenas podía moverme. Elsa amenazó impaciente. – Respóndeme antes de que esto te atraviese la garganta y no puedas hacerlo.

Elsa temblaba en su interior. Lo estaba sintiendo, era real. Era como si ella estuviese en el fondo de su mente y aunque pudiese ver desde sus ojos, el control ya no le pertenecía. Su presencia era inerte, pero Elsa seguía allí. Sus labios actuaban contra su voluntad. Al menos ella no pensaba en amenazarlo, pero lo hacía.

– ¡Jack Fr–!

– ¡Quién eres! – exigió de nuevo.

Whoa, intenté calmarme, esto era mucho para tomar a la ligera. No era que me esperase una cálida bienvenida con una taza de té, pero tampoco este extremo. Creí que me daría más oportunidades de hablar, de explicarle. Pero Elsa no se venía con rodeos. Algo en su mirada me decía que no era mi nombre lo que quería saber.

–Soy el Espíritu del Invierno, mi señora. – ¿Mi señora? ¡¿Mi señora?! ¡PERO QUE CARAJO! PRIMERO LO OTRO, AHORA ESTO. ¿Desde cuándo me volví tan marica con Elsa? IDIOTA. ¿Definitivamente me habían crecido la nariz y orejas de perro cobarde? Intenté corregirme lo antes posible. – ... Elsa.

¿Espíritu del Invierno? Pero qué idiotez.

El pico filoso se alejó un poco de su blanco.

Aunque tenía sentido. Por eso aparecía su nombre en el libro, recordé vagamente... ¡De todas formas, qué estaba haciendo él aquí! Nadie me había seguido, nadie sabía que había huido aquí. A excepción de... ¡pero ya estaban muertos! ¿De dónde salió este?

Jack se recomponía de por poco ser rebanado como un jamón, mientras observaba a la joven en frente. Elsa no reaccionaba. Parecía estática desde la visión de Jack.

Elsa estaba embrollada, aterrada, y Elsa no quería tener asuntos con ese Espíritu.

–Mhmm... – Jack carraspeó. No fue lo más inteligente que pudo haber hecho. Sin embargo, pensó que dio resultado ya que Elsa alzó la vista y le traspasó nuevamente con la misma.

– ¿Qué estás haciendo aquí? – pregunté con el mismo tono inquebrantable de antes, no requería mucho esfuerzo para lograr sonar sombría. Pero tampoco era más que una fachada. Por alguna razón, buscaba en sus entrañas un miedo hacia mí. Supongo que eso me daría cierta ventaja, supongo que así no me atacaría.

Vine a protegerte, rescatarte de ti misma. ¿Qué?, te preguntarás. Mira, te lo resumiré. El hecho es que no me recuerdas, ni nada de lo que pasó entre nosotros. Pero estamos juntos, sentimentalmente quiero decir. Desde hace meses. O lo estábamos. Incluso me pediste matrimonio de una manera indirecta. La cosa es que un troll me contó una noche de una profecía tuya que dice que te harás malévola por ningún motivo sensato. Así que vengo a corroborar que no se te suelten las riendas y mates a todos, y a liberarte, curarte, lo que mierda sea de esa profecía y puedas volver a tu Reino y todos felices.

Tragué saliva. La respuesta venía a mi mente, pero mi cerebro no podría procesarlas para ser dichas. Por lo que de mi boca solo salió un estúpido balbuceo.

–Prog...Rec,,,, Nadigmos... Sentma...tprofll... – para mi defensa, no cualquiera lo hubiese hecho mejor en mi situación.

Elsa me miró raro, solo por una fracción de segundo. Al siguiente instante, tenía esa cara de nuevo. La de serpiente. Desearía poder ponerle una máscara con tal de que dejara de mirarme así.

No dijo nada, solo tensó sus labios y mentalmente hizo que el pico estrujara más mi garganta. Quería más información, o directamente hacer que aprenda una especie de lección.

–Dime. – a Jack le llamó la atención la diferencia entre cómo dijo lo primero y cómo sancionó oscura lo segundo. – O averiguaré de qué color tienes las tripas.

Ya era suficiente, pensó Jack.

– ¿Qué tienes con las amenazas? – no se dejó amedrentar esa vez. - ¿En verdad no me recuerdas? ¿Mi nombre no significa nada para ti?

Sus preguntas inquietaron el doble a Elsa. De alguna manera se le estaba burlando. ¿Cuánto más tenía que repetirlo? Elsa no lo conocía. Punto. Si bien quería darle sentido a todo eso, no se tragaría ningún juego suyo.

Le miró y frunció más el ceño. El atabal de hielo creció más hacia él.

No te atrevas a hablarme así, Espíritu del Invierno.

–Jack... – amagó por corregirle, pero el hielo acosador volvió a callarlo y estrujarle firme la nuez de Adán. Tú y tu lengua.

– ¿Por qué me sigues? ¿Cuáles son tus intenciones, huh? Tienes menos de un minuto para responderme antes de que me canse.

–Huh... Bueno, lo que pasa es... – resopló, torneando los ojos para todas direcciones. Deseó haber pensado en escribir un libreto porque estaba en blanco. – Por dónde empezar...

–Suficiente. – estaba jugando con ella, en eso acordaron las dos. Elsa alzó la mano y la prisión de Jack se elevó a metros de ella. Comenzó a arrastrarlo en dirección a las puertas abiertas del balcón. – Se acabó tu tiempo.

¿Lo iba a tirar? Elsa gritaba y se estremecía en la oscuridad inhabitada de su mente, tal vez quien la controlaba escucharía. Necesitaba escapar de allí, salir de algún modo y volver a tomar su cuerpo.

Elsa podía sentirse más y más débil desde la raíz, no la de afuera, la de adentro. Elsa la concebía respirar, su corazón latir, oía sus pensamientos, veían, oían, sentían lo mismo, pero no era ella. Y ese nuevo ente parecía crecer en poder.

– ¿QUÉ? ¡No! ¡Elsa, espera! – intentó forcejear pero el hielo era inquebrantable, y sería mejor no usar su magia para ahorrase un problema más. Habla, idiota, habla. – ¡Estás bajo una profecía! ¡Tú no eres así!

El témpano de hielo frenó a siete pasos del límite del balcón. Elsa estaba quieta nuevamente. Era la segunda vez que la dejaba muda e inmóvil, y no le gustaba en absoluto.

– ¿Qué sabes tú de mí, huh? – Elsa enseñó los dientes. Había hecho que los ojos de Jack estuviesen a la misma elevación. Aquellos resplandecían como oro líquido en un océano azul a las luces naranjas y lilas del exterior. – No sabes nada.–

–Claro que sí. Elsa, tú y yo nos conocemos.–

¿Podría ser?

– ¡Mentiras! No te he visto en mi vida excepto por esa vez en el palacio. Si te hubiera atrapado en ese entonces, no me habrías seguido hasta aquí ahora. ¿Piensas arruinar todo lo que planeé? Porque de ser así, te tengo malas noticias. – ella defendería sin discutir sus ideales. Su plan de soledad.

–No, no vengo a arruinarte nada. – frunció el ceño y la nariz. – Vengo a ayudar porque e–

–No necesito tu ayuda, ni tu interés. – no le dejó acabar porque no le concernía cualquier excusa falsa que apostara; Jack rodaba los ojos cada vez que lo hacía. La invadía, la ofendía, se burlaba y ¿tramaba que se creyera ese cuento de fantasía? - Aléjate de mí. ¡No sé qué tramas, pero no te funcionará conmigo!

– ¡No entiendes nada! – se quejó el joven. Elsa no había sido presente de tanta intrepidez odiosa en su vida. - ¿Quieres explicaciones o un monólogo?

Se arrepintió un poco de su osadía cuando el interior del casquete se ensanchó y aplastó más sus costillas y su conjunto óseo entero. Se le escapó un gemido de dolor; lastimaba como mil infiernos. Iba a romperle los huesos.

Pero, por imposible que pareciera, Elsa lo consideró. No es que él tuviese razón, sino una propuesta interesante. Pedía explicaciones y eso iba a obtener. La Elsa del interior respiró algo aliviada. Aflojó la opresión en su cuerpo, por lo menos por el momento.

–Habla.

Jack se permitió tener un segundo de laurel y respiro, y después comenzó. ¿Qué podría decir para sonar razonable y persuadirla a que le haga caso? Nada. Nada serviría. Todo era una demencia.

–Elsa, estás bajo una profecía. No sé qué es ni cómo funciona o cuánto dura, pero sí que dice que hará resurgir tu lado oscuro. – veo que ya aparecen los efectos..., recalcó. – No tienes control de lo que haces ahora, por eso quiero ayudarte. Debo hacerlo. Y para prevenir cualquier..., ya sabes, cosa... mala que hagas.

Y la verdadera Elsa lo supo. Ella sí podía razonar. Pero no podía persuadir u obligar a la otra a hacerlo. Tenía sentido lo que decía el tal Jack Frost, ella sabía que las profecías eran más que ciertas. Y le estaba pasando a ella. Lo explica todo pero no lo resuelve. ¿Es que jamás recuperaría el control? ¿Su esencia moriría allí adentro, inservible?

Siguió gritando en su interior, y por primera vez, la otra bajó la barrera y la escuchó. Sus gritos la enfurecieron más.

- ¡Pero qué idiotez! - Elsa se habría reído de sus palabras de haber estado en una instancia distinta. O es que carecía del sentido del humor en ese instante. Empero, comprimió más los ojos y apretó la mandíbula. – ¿Intentas que me crea ese absurdo?-

–No lo es. Todo lo que digo es verdad, ¿para qué te mentiría?

Para robarle el trono, para delatarla, para aprisionarla... Elsa no estaba segura. Pero su contraparte podía ver en los ojos oceánicos del chico que podría estar diciendo la verdad, aunque a la otra no le importaba e ignoraba sus alaridos. Una pregunta distinta le picaba en la mente, ansiosa por saber su respuesta.

–... Y a todo esto, ¿ que tienes que ver con toda esta patraña? – le señaló acusadoramente.

Jack cerró los ojos; casi se podía imaginar con cientos de picos apuntando su cabeza o algún otro castigo peor por lo que iba a decir. Depende de cómo lo mires, las personas valientes son temerarios guerreros o estúpidos de profesión. Aunque se supone que no hay que tener miedo cuando se trata de amor, porque, ya saben, el amor lo puede todo y eso.

–Porque te amo... ¡Nos amamos! – se apresuró en aclarar. – Llevamos meses juntos, –

No...

¿Qué...?

Mentiras. Elsa estaba desconcertada. Atónita. Aborrecida. ¿Amar? ¿A ESE? La otra no lo creía.

–Nos conocimos hace casi un año, en tu habitación,–

No... Elsa no amó a nadie en su vida. Y menos amaría a Jack Frost. Juega conmigo. No planea nada bueno, quiere sacarme de mis cabales.

–Y te he amado desde entonces, por eso creo que debo ayudar a curarte y librarte de esto que se apodera de ti. Soy el único que puede y te conoce...

No.

NO.

¡NO!

De acuerdo, el amor no lo puede todo. No puede controlar a una fiera desatada.

Elsa intentó controlarla, pero nada suyo acataba. Estaba apagada. Intentó meterse en sus pensamientos y cambiarlos, pero eso le afectaba. La influenciaban.

Rayos congelados se dispersaron en todas partes, golpearon los barandales del balcón y las puertas e incluso en el casquete en el que estaba Jack dejó un pequeño agujero libre en su abdomen. La onda expansiva golpeó y despeinó también el cabello de Jack que acomodó sacudiendo la cabeza. Quería sacudir el asombro a su vez.

¿Tanto le disgustaba enterarse de esa verdad?

La reacción se libró accidentalmente de ella, pero no le traía con cuidado. Lo que sí lo hacía era esa información. ¡Esa falsedad! Le estaba diciendo que había una parte de su vida que no podía recordar. Que amaba a alguien desconocido, que no era como sabía que fue toda la vida, que tenía que ser salvada de algo imposible, Elsa no lo aceptaría.

Ella no tenía nada, ni ninguna profecía ni qué carajos la acechaba. Ella estaba bien, con necesidad de paz, reconocimiento, por algo se alejó de su vida en Arendelle. No estaba loca, ni tenía una vida doble, o era lo que él decía.

En lo que ella sabía de sí misma, siempre había sido de esa forma. Más o menos...

Pero la conquistada sabía que eran mentiras y excusas. ¿Por qué la otra no quería entender?

En el momento estaba confundida. Sabía qué hacía ella en el castillo en la montaña; no era solamente por lo que se obligaba a pensar. Había otra razón profunda que no quería sacar a la luz, menos al tipo que tenía enfrente.

Y una inculpación como esa merecía un castigo.

¡No!

Con ambas manos dilató la cantidad de hielo en el cuerpo de Jack; ahora cubría su cuerpo en totalidad. Elsa escupía veneno de sus ojos, no muy convencida del por qué o hacia a qué, pero algo le impulsaba a hacerlo. Mientras, Jack se esforzaba por cazar oxígeno, se estaba sofocando, ahogando en esa caja de hielo. Casi similar a aquella vez en el lago... Basta de tonterías, pensó él al instante en que se decidió a usar su magia y zafarse de esa tumba helada.

El cubo de hielo se partió en dos y él salió volando al interior a la habitación. Tomó su bastón en el suelo y se volvió hacia Elsa. Ella ya estaba siguiendo sus pasos y lista para otra pelea, pero Jack no. Habría alzado sus manos o alzado una bandera blanca si no supiera que ese sería un acto perfecto para que Elsa lo viera como debilidad y empezara a atacar. Únicamente le apuntaba con la punta curvada de su bastón y caminaba sobre la línea de un círculo invisible, con Elsa en el polo opuesto.

–No busco pelear. –

– ¡Tú no sabes quién soy! ¡Ni lo has sabido nunca! –rugió histérica. Ya había tenido suficiente de él y sus afirmaciones por el resto de su vida. No necesitaba otra contradicción. – Solo yo lo sé. – una idea se iluminó en ella. Una idea estúpida, pero no tan estúpido como lo que él dijo. –Pero si lo que indicas es verdad, dame una prueba y gánate unos minutos más de vida mientras puedes.

Oh, sí. Pensaba matarlo. Con semejante poder como el de ella podría hacerlo cuantas veces fuera necesario y salirse con la suya. Ella solo pedía soledad y gente patética como él aparecía en su camino. Era justo. El mundo no explotaría por una persona menos, ¿cierto?

Elsa no solo gritaba en su eco, lloraba, arañaba e intentaba hallar una luz entre la eterna penumbra. Y no pararía de gritar, aunque fuese lo último que hiciera en su vida entornada.

Si no se ha tragado la verdad a estas alturas, ¿cómo explicarle, maldita sea?, rumió Jack.

– Sé lo de la boda de Anna,–

–Todo el mundo sabe de esa estúpida boda. – exhortó. Ella tenía un buen punto. – No es prueba suficiente.

–Pero yo estaba contigo el día en que te enteraste del compromiso. Sé lo triste que has estado porque el matrimonio significaría que serías la siguiente en la lista. Que tienes que casarte lo antes posible...

–Sí, me ha... afectado. – ¿Cómo lo sabía? Eso no tenía sentido. – Pero tú no estabas ahí. Jamás lo estuviste, o lo habría recordado. El compromiso apenas fue anunciado hace unos días.

Jack podía presentir a flor de piel que estaba entregada a su confusión.

–Ese es el problema. Por eso no me recuerdas, la profecía ocurrió ese mismo día y te ha dado una especie de amnesia sobre lo que pasó antes. Incluso meses.

¿Profecía? ¿Amnesia? No, nada de eso le estaba pasando.

–Pero entonces no recordaría la boda. Cada vez me demuestras que tus palabras son puras mentiras. Y odio que me mientan.

– ¡Lo que digo es cierto! – le cortó. - Vamos, intenta recapacitarlo. No sé lo de la amnesia, tal vez solo borra cierta parte de tu memoria y lo reemplaza con algo distinto. Quizás solo me ha borrado a mí. No hay instrucciones en todo esto. Ni sé por qué razones el Universo está jugando contigo y conmigo, pero intenta ver la verdad en todo esto. No miento, lo juro. Hay pruebas suficientes.

La otra meditó un segundo mientras Elsa ponía su atención a lo que sucedía en el exterior.

–De ser... cierto lo que dices, respóndeme esto. ¿Por qué nunca supe de mi profecía? Es obvio que estoy relacionada con la magia, pero se supone que las profecías ocurren en el nacimiento, no en medio de la vida. –colocó su mano en su cadera y alzó la barbilla. – ¿Y por qué quieres ayudarme?

Finalmente, estaba cediendo. Sin embargo Jack no podía dejarse aliviar todavía.

–Esa noche, estábamos durmiendo juntos en el palacio y alguien llamó a la puerta. – Elsa se estremeció de asco por pensar en ella durmiendo con él. Hasta la otra se inquietó. Jack no pareció notarlo, o eligió no tomarlo en cuenta. – Cuando la abrí había un troll, – la joven interrumpió el relato con un rodeo de ojos. – en serio lo era. ¿Me vas a decir que estas conforme con tu magia pero no crees en criaturas mágicas?

–Sé lo que son los trolls, y sé que existen. ¿Pero que se aparezcan de la nada en la puerta del palacio? No puede ser. – se cruzó de brazos y sacudió la cabeza resuelta.

–Me dijo lo de la profecía, y reaccioné así como lo estás haciendo tú. Me reí en su cara más o menos. No recuerdo la profecía al pie de la letra pero era algo como "teman de la sangre real con magia en las venas, porque el blanco se teñirá de negro", algo así. – era notable cómo el nivel de paciencia de Elsa descendía. – Sabía que se trataba de ti. Al final le creí por completo cuando volvimos a tu habitación y hubo una luz y una explosión.

La otra percibió que había algo... En los ojos azules del hombre, que no había dejado de sostenerle la mirada, algo que podía reflejar el momento en que empezó a creer. A temer a esa realidad. Nadie le temería si la realidad fuese una mentira. Entonces... ¿Podía ser real?

No, se dijo, ignorando los gritos lejanos. Era increíble, imposible, pero... ¿Podía ser cierto después de todo?

Aghhh. Elsa quería despellejarse la piel con las uñas debido a tanto caos y embrollo que acababa de surgir en su razón. Todo por culpa de Jack Frost. Maldito él. Maldita la duda plantada. Maldito el universo si es que todo era verdad. Pero se ocupó de esconder todo indicio de desmoronamiento.

Elsa por fin había acomodado varias piezas de este nuevo rompecabezas inverosímil y no se iba a dejar influenciar por tonteras como la Elsa encerrada. No necesitaba más respuestas porque ella las tenía a su disposición, y las iba a usar para deshacerse de Jack Frost y dejarlo con las ganas de no volver a toparse con ella. Caminó rodeándolo, como un predador que quiere jugar con la presa. Porque ella tenía las cartas ganadoras esa ronda.

-No me has respondido la última pregunta. Aunque podría ser lo que pienso...

-No sé qué piensas. – resaltó él.

–Estás aquí porque aún me amas... A pesar de lo que me "ha pasado". ¿No es así? –preguntó, mirándolo por el rabillo del ojo. Jack continuaba con la guardia en alto y debía girarse para enfrentar a Elsa que modelaba a su alrededor.

–Vaya, al menos has comprendido un punto. – dijo con algo de alegría en su tono.

–Ahora yo te tengo una profecía. – su aspecto cambió de suave y comprendedor a plenamente sombrío. Se quedó estática de espaldas a la puerta de la habitación - Lo que sea que me "haya sucedido", me ha hecho olvidarte por si no lo has notado. Así que haz la ecuación: yo no te amo, y por lo que a mí respecta jamás lo hice ni haré. No tienes nada que hacer aquí. Si sabes lo que te conviene, te largarás y no le dirás a nadie que me has visto.

A Jack se le rompió algún pedazo de su alma; aunque lo tenía supuesto que algo como eso diría. Una cosa muy distinta es vivirlo en el presente. Dejó de girar sobre su eje para mirarla. Podía imaginarse mil cosas para el futuro, pero que ocurriesen era el doble del dolor. Ese daño era demasiado de lo que podía soportar un corazón joven, aunque haya vivido más de lo que merecía. Elsa no diría eso si no fuese por la profecía, se dijo así mismo. Este es su lado oscuro, claramente. Ella no me recuerda. De pronto supo de una nueva necesidad: rendirse. Y al mismo tiempo sentía que debía quedarse a cumplir su deber más que nunca. Pero iba a necesitar más que eso para hacerle bajar los brazos.

Tomó una posición que logró sorprenderle así mismo, pero no tanto a Elsa.

-Oh, pero me amas. – soltó de repente, arrastrando las palabras acarameladas. Persuasivas y explosivas. – Algo dentro tuyo debe recordarme, Elsa. No soy de esos de quien te olvidas tan fácil. Solo escucha en tu interior y lo sabrás.

Estaba jugando al ególatra vanidoso, quería impactarla para corroer esa dura armadura de su superficie. No le afectó a Elsa en absoluto a como él tramaba sino que le irritó; ella tenía más barreras de lo que él creía. Elsa rompió el círculo por el que habían danzado y fue hacia él hasta quedar a centímetros de su cara pálida. Jack retrocedió unos pasos, intimidado. A sus pies, unas esposas de hielo atraparon sus muñecas fuertemente.

-Yo no te amo, Espíritu inmundo. – siseó.

-Bésame entonces. – desafió, irritado. Sin embargo se alegró socarrón por dentro. Había dejado a Elsa tan perpleja que su mentón podría tocar el suelo. – Y lo sabrás.

La sangre de Elsa hervía en sus venas, ya no le importaba la otra. Porque la presentía desvanecer, cada vez que la cólera la acechaba. Por mero impulso, su mano se elevó y abofeteó la mejilla de Jack. Desafortunadamente, su mano temblaba y su golpe fue más suave que barriga de un gatito.

-Que te quede muy claro, Jack Frost. – esforzó cada palabra para que quedara claro que no esperaba respuesta. – No soy quien crees. Y no tienes nada que ver conmigo; que sea la última vez que lo repito. Si eres inteligente saldrás de aquí en este instante. ¡No quiero volver a verte en mi castillo!

Las esposas le soltaron y volvieron a formar parte del suelo. Jack no quería irse, pero en ese momento una muralla de hielo lo separó de la Reina y se abalanzó contra él. No tuvo más opción que retroceder. La gigantesca ola siguió hasta haber salido de nuevo al balcón. Jack ya no podía verla más que a su silueta tras la transparencia. Estaba acorralado con ser empujado por la muralla movediza al precipicio detrás o suyo o hacer lo que ella decía.

Saltó en el aire y permaneció suspendido. La muralla atravesó el balcón, rompió el barandal y cayó al vacío. Jack miró hacia el interior de la sala, pero Elsa ya no estaba. El viento sopló en su cara y se dejó llevar lejos.

Elsa acalló los gritos en su mente y apaciguó el disturbio en su pecho. Se sostenía contra la fría pared del corredor. Reñía por barrer todo pensamiento acerca de Jack Frost. Eliminarlo de su mente.

Unos infinitos minutos después, la adrenalina se desaguó. Respiró hondo y continuó caminando por los pasillos, sabiendo que a partir de ese instante sería definitivamente dejada en paz. Gozaría de la plena libertad. No lo volvería a ver ni en sus sueños. Fue en el camino cuando miró su reflejo por segunda vez. Seguía siendo un desastre y su vestido estaba a medio construir. Debía encargarse de ello.

Continúa en el capítulo 8