Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling, Bloomsbury Publishing, Scholastic Inc. y AOL/Time Warner Inc. Nadie gana ningún beneficio económico con esta historia.
Capítulo 3
Frunció el ceño ya sin resistirse a seguir a Higgs, el capullo tenía más fuerza que ella, y cuando algo se le metía entre sus mal formadas cejas era imposible hacerlo cambiar de opinión, a menos que estuviera Altais cerca. Su novio parecía asustar al imbécil, era divertido, sobre todo cuando trataba de ocultarlo y enfrentarse a él, esos momentos eran los más entretenidos del día, cuando él iba a verla y Higgs agachaba las orejas como un perro apaleado.
Una risa salió de sus labios y el chico la miró frunciendo el ceño, no solía escucharla reír desde el incidente, menos conforme pasaba el tiempo. Cuando Leyna se dio cuenta de esa mirada volvió a poner un semblante serio, con cierta repulsión hacia él. Cuando vio a todo el grupo de su inseparable enemigo, con ironía lo de inseparable, se le cayó el alma a los pies. Alguna vez había estado con alguno de esos insufribles, dos como mucho, pero todos... nunca. Esperaba por Merlín sobrevivir a eso.
—¡Hola, Leyna! —Wildsmith fue el primero y único en levantarse para saludar—. ¿Cómo lo llevas? Venga, sonríe un poco, conseguí un cargamento de bombones explosivos, te encantarán —la instó a seguir andando cogiéndola de la mano.
La perspectiva de chocolate la animó un poco, aunque sólo permitió que Rigel viera que le gustaba la idea.
—Preferiría no tener atado a mí un peso muerto —contestó encogiéndose de hombros.
—Peso muerto es lo que eres tú para él, Samuels —gruñó Mabel Hooper.
—Lo que pasa es que aún no le has cogido el sentido del humor, es raro, pero bromea todo el tiempo —dijo el rubio sentándose y abriendo la caja de bombones para ella.
—Antes se la levanta él a Black que tú —comentó Azaleh Farley a Higgs con una sonrisa divertida.
—Cierra la bocaza, Farley —replicó Higgs haciendo el amago de pasarle un brazo a Leyna por la cintura, pero sintió la presión de una varita en su costado y se detuvo.
—Todo lo lejos posible, Higgs —dijo ella con una calma que realmente no sentía, mientras se comía un bombón, ya que tenía que sufrir al menos lo haría con dulces explosivos.
Alya Vasier soltó una carcajada. —Qué genio tiene la pequeña, ¿no decías que la tenías controlada, Arley?
La rubia arqueó una ceja. —Es él el que esconde el rabo entre las piernas casa vez que ve a Altais o una varita —contestó.
Mabel gruñó por sus palabras al igual que Higgs, pero Yuni soltó una pequeña risa antes de seguir leyendo su libro, de Defensa al parecer.
—Vaya, Arley, ni siquiera lo niegas. Eres una vergüenza para este grupo —dijo Alya inclinándose para apoyar los codos en sus piernas, su camisa iba un poco desabrochada sin importar el frío de octubre y en esa posición daba buenas vistas a los chicos—. ¿Qué vamos a hacer contigo?
—Black no me asusta —aseguró con el semblante serio—. Ella menos —agregó matando a Leyna con la mirada—. Yo no soy el que llora por las noches.
—¿Has estado cantando en la ducha? —le preguntó Rigel antes de meterse otro bombón en la boca y sonreír con absoluta felicidad cuando el sabor en su interior explotó en su boca.
—Eso sería una clara explicación, ahora has descubierto por qué no jugamos más al quidditch contigo, no soportamos las duchas —aportó Azaleh—. Aunque creo que es porque está falta de cariño —sonrió de lado.
—Repito, cierra la bocaza Rigel —ordenó Higgs.
Leyna no dijo nada respecto a eso, no podía negarlo, pero tampoco les iba a dar más motivos para reírse de ella.
—Tú también estás más guapo callado, Higgs —aseguró.
Al estar mirando al despreciable chico no advirtió que Rigel se acercaba hasta que sintió que le retiraba el pelo tras la oreja y le daba un beso en la mejilla.
—¿Mejor? Él sólo bromea todo el tiempo, no le tomes en serio, Azaleh me lo dijo porque antes también me ponía triste por su humor extraño —explicó el rubio con una sonrisa.
Ella lo miró sorprendida por ese gesto que no había esperado de ninguno de ellos, aunque Rigel era especial, bastante. Se llevó la mano a la mejilla, tardó en volver un poco a su ser y aun así bajó la mirada, de algún modo extraño y un tanto perturbador. Rigel, al ver que no parecía molesta porque él la tocara, sino un poco como si necesitara más cariño, volvió a levantar la mano para apartar el pelo del otro lado en otra caricia y le volvió a acercar la caja de bombones.
—Te lo dije —tosió Azaleh para camuflar sus palabras dirigidas a Higgs.
Él bufó y se levantó, dando un paso que hizo que Leyna se cayera.
—Nos vamos.
—Oh, vamos, la diversión acaba de comenzar —protestó Alya.
—Los amigos comparten, no la quieras para ti solo —agregó Azaleh.
—¿Acaso ahora los temes a ellos? —preguntó Leyna mirándolo con odio.
Rigel se levantó dejando la caja de bombones en su sitio y empujó al otro de vuelta al banco de piedra sin que le diera tiempo a protestar.
—Muy buena la broma de irte, pero te quedas y ya. Lo estamos pasando bien y quedan bombones —justificó el chico.
—Todos sabemos que cuando se encabezona en algo no hay nada que pueda disuadirle —agregó Azaleh.
—Ahórrate el esfuerzo. Bien, Leyna, no nos has contado nada de las vacaciones, ¿qué tal con tu madre? —indagó Alya.
Ella frunció el ceño. —Como siempre, ¿tanto interés tienes en mi madre, Vasier?
—Es una mujer fascinante, me pregunto qué has sacado tú. Vamos, habla para variar —la instó la morena de pelo corto.
—En una cosa tienes razón, mi madre es fascinante, aunque dudo que tú la conozcas tanto como para poder afirmarlo —replicó.
—Entonces cuéntanos porqué lo es —intervino Yuni.
Ella rodó los ojos ante el comentario de la Ravenclaw.
—No tengo por qué contaros nada de ella, además mi madre no aprecia a la gente cotilla.
—Es mera curiosidad, la curiosidad no es mala. Una persona sin curiosidad es como… —comenzó a explicar Azaleh.
—Un bombón sin relleno —aportó Rigel.
—Sí, aburrido y vacío. Y tú no haces más que decir que nos equivocamos en todo, cinco años, así que en vez de dar una respuesta seca y sin fundamento como un bombón sin relleno danos una que valga la pena —terminó de decir, retándola con la mirada.
La chica se sintió acorralada, se puso seria y alzó la gente. —Mi madre ha tenido que vivir fuera de Londres desde que acabó la guerra por gente como vosotros, gente que sólo quiere inmiscuirse en sus asuntos, en su familia, gente que no olvida —dijo con un tono frío—. Y aun así sigue con la cabeza alta.
—Das frío, ¿sabes? Necesitas más cariño, amiga —rompió el repentino silencio Rigel volviendo a dar esa caricia a su pelo.
—Es una orgullosa hija de su madre, es por cómo están las cosas ahora, las medidas postguerra por lo que disimula —dijo Alya.
Ella elevó la cabeza más con altivez. —Sí, Vasier, lo soy, métetelo en la cabeza no vaya a ser que se te olvide y esparzas por ahí el bulo de que soy hija de Lucius Malfoy.
—Una cosa no quitaría a la otra —bromeó la chica y soltó una risa—. ¿Verdad, Yuni?
La aludida rio y asintió. —Esos son los mejores.
—¿Black ha sido tu primer novio? —preguntó Mabel interesada en ese tipo de cotilleos.
Leyna rodó los ojos una vez más, esa tarde iba a ser larga.
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Era quince de noviembre, el Sol trataba de colarse entre las nubes y de vez en cuando algún rayo caía sobre su pelo de azabache. Estaba esperando a que Leyna llegara para felicitarla como era debido por su cumpleaños, iba a hacer algo que parecía necesitar, un pequeño esfuerzo, aunque tendría que ser breve ya lo tenía todo planeado.
—Perdona… eres Altais, ¿verdad? —el chico dirigió sus ojos grises a la chica a su lado, era pelirroja y de marcadas curvas, de sexto curso de Hufflepuff. Asintió pensando que los tejones se estaban volviendo un poco atrevidos a juzgar por el gesto coqueto que hizo la chica—. He oído que eres el mejor del Club de Encantamientos y me preguntaba si te gustaría que quedáramos para compartir algunas ideas.
—Podría ser, podría ir contigo y pasar toda una tarde, hasta que cayera la noche —contestó girándose hacia ella con uno de sus pasos predadores, cogió el rizo con el que la pelirroja había estado jugando un segundo antes y que descansaba sobre su pecho, y tiró suavemente de él—. Pero… —la vio casi estremecerse por el roce y la cercanía— tengo mejores cosas que hacer que malgastar mi tiempo e inteligencia contigo —dijo chafando las ilusiones que había incrementado intencionadamente.
—Oh… yo… —tartamudeó la chica y él se giró para volver a observar el pasillo por el que debería llegar Leyna, descubriendo que ya estaba allí con el parásito a su lado.
Pudo ver un segundo dolor en los ojos verdes de ella antes de que pusiera una expresión fría y distante. Higgs sonreía con morbosa satisfacción, más cuando la chica se giró para marcharse. Altais deshizo la distancia y la cogió del brazo.
—¿A dónde vas, Leyna? Llevo diez minutos esperándote.
—Estabas ocupado —respondió girándose para mirarlo seria, aunque sabía que él podía leerle los ojos fácilmente.
—No lo estaba —aseguró y se inclinó hacia su oído, apartando el pelo al llevar una mano a su nuca—. Deja ese enfado inútil y ven, tengo algo para ti —susurró, sus labios rozando su oreja.
Leyna se estremeció por ese gesto, era un capullo provocador.
—Más te vale que sea bueno —musitó antes de tirar de Higgs.
—Joder, te dejas convencer con una facilidad pasmosa, a mí por la noche me cuesta mucho más —dijo Higgs con sorna.
Altais contuvo su rabia por esa vez, pero se juró que esa noche volvería a hacer que acabara de bruces contra el suelo, era su pequeño consuelo para todo lo que desearía hacerle. Se alejaron del patio en que había estado esperando y giraron por un estrecho pasillo vacío. La varita pasó a su mano y sin que nada lo advirtiera lanzó un Desmaius en dirección de Higgs, seguido de un Mobilicorpus.
—Pasa —dijo como si nada abriendo la puerta de un aula a su derecha mientras hacía entrar el cuerpo inconsciente de Higgs.
—Es un alivio no escucharlo, ya vas volviendo a ganar puntos —dijo entrando en la habitación por poco conteniendo la sorpresa que le había producido esos hechizos.
—¿Los había perdido? —preguntó con arrogancia cerrando la puerta.
—Un poco… —contestó mirando la clase sin comprender qué hacían allí, no había nada más que pupitres.
Altais volvió a acercarse y la guio hasta uno de ellos, sorprendentemente ya limpio, la hizo sentarse y la besó despacio, recreándose. Leyna se dejó llevar por el beso, los había echado mucho de menos ese tiempo, a él. En el fondo había tenido miedo de que la situación les hiciera mella a ambos. Se abrazó a él con fuerza y cuando el beso terminó lo miró con todo lo que había estado sintiendo ese tiempo en los ojos, ese cúmulo de sentimientos muchos de ellos nada agradables.
—Ya has recuperado unos pocos más —dijo en voz más suave y sonriendo.
—Estamos aquí porque es tu cumpleaños, sé que es importante celebrarlo para ti, aunque luego tendrás la fiesta de Zaniah mi regalo no puedo dártelo en semejante algarabía de cuerpos y alcohol —explicó—. Felicidades, por cierto.
Ella sonrió con cariño y lo besó dulcemente. —Gracias —contestó volviendo a besarlo una vez más—. ¿Qué regalo? —preguntó emocionada, casi saltando en el sitio.
Altais acarició su rostro hasta que vio que se tranquilizaba un poco.
—Puedo ver el sufrimiento en ti, Leyna, puedo ver tu desconsuelo e incertidumbre por esta situación. No suelo expresártelo del modo en que otros lo harían, pero tampoco puedo permitir que estés así —comenzó a decir, era algo que tenía que hacer con ella, pero si tenía que hacerlo al menos lo haría con elegancia, nada de ñoñerías—. Hoy voy a decírtelo y darte algo para que no lo olvides. Tu inocencia te hace vulnerable a algunas cosas, pero esa eres tú —dijo cogiendo del pupitre un clavel blanco que se hizo visible con su toque y entregándoselo—. Lo que nos unió inicialmente fue la amistad, eres única porque con nadie más comparto tantas pasiones como contigo —le entregó una begonia roja—, y ahora es una pasión más fuerte —la rosa roja era la evidencia de la profundidad de esa pasión, no era sólo carnal—. Pero una cosa no ha sustituido a la otra, amistad y... amor —lo dijo finalmente, aunque tal vez era demasiado joven para comprender del todo el concepto, lo que sentía era lo más parecido a ello—, son los lazos que nos unen —explicó el significado intrínseco de cada flor y le entregó una madreselva blanca—. No creas que un parásito tiene el poder de estropearlo.
Leyna fue cogiendo una a una esas flores con un profundo significado para ella, las palabras que acompañaban a esos gestos calaban en ella fuertemente, conmoviéndola, haciendo que su alma se estremeciera con cada una. De sus ojos húmedos finalmente cayeron las lágrimas, apretó las flores contra su pecho, pero sin dañarlas e inspiró el aroma que desprendían.
—Yo… yo no sé… —tomó una honda respiración y lo miró intensamente—. Te quiero, Altais. Y tenía mucho miedo —confesó mordiéndose el labio inferior y bajando un poco la mirada, porque él ya le había dicho que era la única, que sólo podía ser ella y lo creía, pero estaba ese sentimiento odioso—. Eres el mejor, no importa lo que digan, para mí lo eres.
—Ya sé que lo soy —aseguró con arrogancia y la besó con pasión—. Y ahora tus regalos de verdad, no pensarías que iba a ser cuatro flores, ¿verdad? —dijo haciendo aparecer dos paquetes al otro lado del pupitre e instándola a desenvolverlos.
La chica rio y negó con la cabeza, cogiendo el primero de los paquetes. —Imposible, siempre haces todo a lo grande —contestó y cuando lo abrió lo miró con absoluta felicidad e ilusión—. ¡Galletas de chocolate y... huele a menta! —exclamó abrazándolo con fuerza—. Me encantan.
—Lo sé —dijo dejándose estrujar, ese día estaba teniendo mucha paciencia.
Ella rio y más emocionada abrió el segundo, ese libro de pociones orientales la dejó sin palabras, había oído hablar de él, pero... no lo había encontrado en ningún sitio, era perfecto.
—Lo llevaba años buscando —murmuró y lo miró con una sonrisa genuina antes de apartar el tomo para poner acercarse a Altais y besarlo largamente, con anhelo, dándole las gracias y demostrándole cuanto lo quería.
Altais alargó ese beso y sus manos pasaron por su cintura, acariciando incitantemente, queriendo aprovechar los minutos que quedaban antes de que Higgs saliera de la inconsciencia. Ella acabó, como siempre que la besaba de ese modo, jadeando en el beso, derritiéndose en sus manos. Metió los dedos de una mano en el pelo de él y la otra se aferró a su túnica para que no se alejara.
—Para el tiempo… —dijo sobre esos labios.
—No puedo, pero puedo lanzarle otro Desmaius —le guiñó un ojo.
Leyna rio antes de volver a besarlo, tirando el labio inferior con los propios, lamiendo ambos, y explorando su boca como si no lo hubiera hecho antes.
—Serían demasiados… no quiero que acabe esto.
—Voy a dar con el modo de liberarte, si esos inútiles no parece que hagan nada, yo lo conseguiré, ¿de acuerdo? —dijo con total seriedad, sin ninguna intención de dar falsas esperanzas, en sus investigaciones en la Sección Prohibida creía estar avanzando, estaba cerca de dar con algo útil para ese problema.
Ella asintió creyendo en él, recostó su cabeza en el hombro de Altais y cerró los ojos disfrutando de la sensación de sentirlo con ella.
—¿Sabes? Todas las noches el muy tonto se cae al suelo, es lo más divertido del día, sólo me duermo cuando lo escucho —le contó con risa en la voz.
Altais sonrió como el gato de Chesire al escucharla decir eso, satisfecho de sus acciones, y después giró la cabeza para besar su pulso en el cuello. La chica sonrió por ese gesto, pero esa sonrisa no le duró mucho, sólo hasta que unos segundos después los ruidos a su lado les indicaron que Higgs estaba despertando.
Altais suspiró suavemente y la soltó aunque no se apartó mucho.
—Si lo suelto de golpe podría darse en la cabeza y tener el mismo efecto que un Desmaius —ofreció, refiriéndose al chico que seguía levitando a un metro de Leyna.
Ella volvió a reír, acarició su mejilla y suspiró largamente guardando las flores con un hechizo. —Notarán su falta y tengo al profesor Zrinski de mi parte, mejor no ganarnos castigos innecesario para cuando me liberes de esto, quiero aprovechar el tiempo en otras cosas más interesantes —contestó sonriéndole de lado.
El chico asintió y bajó al otro al suelo. Higgs se despertó finalmente llevándose la mano a la cabeza, los miró confundido un segundo antes de ir hacia Altais con rabia en los ojos.
—Eres un malnacido, Black, como todos los de tu estirpe.
—Mi nacimiento fue perfectamente, no me extrañaría que en tu caso nacieras ahogándote con el cordón umbilical —decidió mantener la calma esa vez por la alusión a su familia.
El otro fue a responder, pero sintió un tirón fuerte hacia el lado contrario. —Nos vamos, Higgs, tengo más sitios a los que ir —dijo Leyna con el rostro serio de nuevo.
El moreno bufó y miró mal al otro chico. —Otro día te enterarás, Black —aseguró siguiendo a la Slytherin que estaba haciendo fuerza para irse de allí.
Altais dejó salir una de esas risas que helaban hasta el alma. —Lo veremos, Higgs. No olvido mis promesas —le recordó lo que le dijo el primer día en la enfermería.
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—Higgs, muévete y deja de comportarte de un modo más estúpido que de costumbre —protestó Leyna tratando de que el chico se pusiera en pie y la siguiera, había quedado con Altais en la linde del bosque prohibido, no sabía con seguridad para qué, pero en cierto modo esperaba que fuera para poner fin a la situación que llevaba tiempo sufriendo.
El problema era que su parasito personal no quería moverse de la sala común, alegaba frío y cansancio. Leyna podía aceptar el frío, pero cansancio no, ese estúpido se pegaba la mayor parte del tiempo vagueando. No le podía decir para qué pensaba que tenían que ir allí porque corría el riesgo de que su resistencia fuera aún mayor, al parecer él disfrutaba con tenerla cerca, claro, eso último no era de extrañar, pero aun así a cualquiera le resultaría molesto estar todo el día con alguien, durante semanas. Largas y pesadas semanas en las que el humor de ella no había hecho sino empeorar.
—No voy a moverme, Samuels —aseguró el muy imbécil con esa sonrisa petulante en el rostro.
La Slytherin bufó y resignada sacó rápidamente la varita. —Levanta ahora si no quieres de nuevo ir levitando —le advirtió en referencia a cuando había sido su cumpleaños y Altais lo había desmayado para darle los regalos.
—Eres molesta, Samuels, empiezo a pensar que Black tiene mucha paciencia —contestó Higgs aunque levantándose, sabía que no tenía posibilidades de ganarle en un duelo, menos cuando ella ya tenía la varita sacada.
—Sólo cierra el pico y camina —gruñó ella saliendo de la sala común y dirigiéndose todo lo rápido posible a su lugar de encuentro con Altais, llegaban tarde por culpa de ese… energúmeno.
Lo peor de todo era que no era la primera vez que llegaba tarde por su culpa, lo había hecho varias veces en Estudios Muggles y eso era una de las cosas que Leyna no podía soportar, llegar tarde a una clase, ser amonestada, aunque la profesora Leko era bastante comprensiva en ese aspecto. También habían llegado tarde a varias comidas y cenas, con lo que sólo pudo comer algo de postre, no pensaba ir a las cocinas con él adosado a ella, no le mostraría un modo de molestar a los pobres elfos. Por suerte tanto su novio como sus amigos le había conseguido comida, o sino seguramente habría perdido algún kilo, más esa última semana en la que Higgs le había dado por decir que debía ponerse a régimen por el baile de navidad que se celebraría al día siguiente. Ella ya pensaba que iba a tener que ir con él y la estúpida de Mabel, claro que Altais la acompañaría, pero no sería lo mismo. Además había tenido que escribir a sus padres y decirles que esas navidades las pasaba en el castillo para estudiar para los TIMOS. Todo era una mierda.
Llegaron a la linde del bosque y no tardó en divisar a Altais, acelerando el paso un poco para llegar a él cuanto antes.
—Date prisa en pinchártela, Black, hace un frío de mil demonios.
—¿Frío? ¿Y tú te haces llamar mago? —replicó el aludido.
—Es imbécil, déjalo —respondió Leyna acercándose a él y mirándolo con expectación—. Lo tienes —afirmó con una gran sonrisa.
Altais asintió. —Venir conmigo —dijo girándose para adentrarse en el bosque, caminando con despreocupación, como si estuviera en su casa.
—No pienso entrar ahí —se negó Higgs con temor en su voz y su mirada.
El otro se detuvo, lo miró y le apuntó con la varita. —Tú eliges cómo entrar, pero vas a hacerlo.
Higgs apretó los dientes y los puños, mirándolo con odio, pero al final asintió y le permitió a Leyna caminar tras Altais al dar él también un paso. La chica cogió la mano libre de su novio, mostrándose tranquila, confiada, aunque no podía evitar cierto nerviosismo por el lugar y también por lo que estaba por venir.
Altais se detuvo en un pequeño claro al pasar las tenues barreras del colegio en esa frontera, soltó la mano de Leyna y sacó dos botes con una poción verde mohoso.
—Encontré un modo de desvincularos —informó a Higgs—. Es un conjuro, de modo que primero beberos esto y después realizaré el hechizo.
—¡Ni los profesores han podido! ¿Crees que me voy a creer eso? —protestó él bufando—. Seguro que el de ella es otra cosa —agregó cuando Leyna sí cogió la poción.
—Coge la poción que quieras, pero trágatela —ordenó Altais.
—Entonces seguro que ya le has dado el antídoto de lo que sea que sea esto, no pienso tomar nada —se negó.
—¡Por Merlín, Higgs! Tómalo de una maldita vez, quiero librarme de ti —gritó Leyna exasperada.
—Te diré lo mismo que antes: tú eliges cómo bebértelo, pero vas a hacerlo —repitió la amenaza.
Higgs frunció el ceño, mirándolos a ambos con odio, con rencor infinito, cogió la poción de la mano de Leyna y la olió, olía a rayos, pero la mirada de Altais no le daba pie a hacer otra cosa. Se la bebió de un trago, al igual que la chica, el sabor era incluso peor que el olor. Segundos después de beberla los cuerpos de ambos se llenaron de runas antiguas.
Altais esbozó una sonrisa. —Bien, ahora no os mováis. Las runas se iluminaran con el hechizo y cuando acabe se borrarán —informó para que no se sorprendieran mucho—. Sólo poneros de frente y cuadrar las palmas de las manos sobre las del otro a los lados de la cabeza.
Inspeccionó que la posición fuera la correcta y comenzó a entonar el cántico que completaría el conjuro con una sonrisa por la seductiva sensación de la magia oscura que estaba empleando, aunque él la consideraba bastante gris. Las runas fueron iluminándose cada vez más conforme lo repetía, estaba haciéndolo una última vez, la doceava, cuando Leyna y Higgs notaron un tirón en su núcleo mágico. Altais hizo una floritura con la varita y los otros soltaron un corto quejido cuando finalmente se separaron saliendo volando cada uno hacia un lado, cayendo sobre los hechizos acolchados que ya había colocado en previsión de que eso ocurriría. Se acercó rápidamente a Leyna y la incorporó.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó mientras hacía una hechizo sanador de diagnóstico.
Ella abrió los ojos pero los cerró cuando lo que había a su alrededor dio unas cuantas vueltas.
—Cansada… y mareada, pero ya no duele, sólo cuando pasó —contestó moviéndose un poco hacia él, su calor—. Funcionó, ¿verdad?
—Míralo por ti misma —respondió el chico, también necesitaba que abriera los ojos para examinar sus pupilas.
Leyna lo hizo, comprobando que Higgs se retorcía por el mareo a más de un metro de ella. Sonrió y levantó un poco la mano para acariciar la mejilla de Altais.
—Eres el mejor, Black —lo felicitó.
—Lo sé —contestó con una sonrisa arrogante—. Espera un momento aquí, supongo que tengo que revisarle a él también —dijo con evidente desgana, la dejó apoyada en un árbol y se acercó al otro—. Es sólo un mareo, no seas quejica y estate quieto.
—Vete a la mierda, Black —respondió Higgs malhumorado.
Altais decidió ignorarlo, le puso una mano en la cabeza para sujetarlo y realizó el hechizo de diagnóstico, después inspeccionó sus pupilas abriendo sus párpados sin ninguna contemplación.
—No tienes más daños de los que ya tenías. ¿Puedes caminar? —le preguntó poniéndose en pie y volviendo con Leyna.
—¿Acaso eres estúpido? Cómo voy a caminar si todo da vueltas —respondió él.
—Te levitaré y desilusionaré si te quedas calladito, a no ser que quieras quedarte a dormir aquí.
—Me callaré —aceptó entre dientes, era humillante, maldito Black, se las pagaría.
—Hecho —dijo antes de realizar los encantamientos pertinentes sobre Higgs, después volvió a agacharse junto a Leyna y la cogió en brazos, sintiéndose complacido de poder sostenerla y protegerla en sus brazos, el nundu también debía estarlo.
—Se siente bien estar así —comentó ella acurrucándose en sus brazos.
Altais la apretó un poco más contra él y salió del bosque con Higgs flotando invisible tras ellos. Se movió por los pasillos evitando los principales. Llegó a la sala común por la que pasó con premura, dirigió a Higgs hasta el dormitorio de chicos de quinto curso y lo dejó en su cama abandonada por esos meses, seguidamente subió con Leyna hasta el de prefectos que los vinculados habían estado compartiendo. La depositó en la que sabía que era su cama con cuidado y se sentó en el borde.
—El cansancio durará hasta que duermas, ¿pero vas sintiéndote menos mareada?
Ella asintió y abrió los ojos para mirarlo. —Aunque me sentía mejor cuando me sostenías —contestó sonriendo—. ¿Vas a quedarte?
—Sí, prefiero asegurarme de que no hay contratiempos —contestó Altais y sacó una rana de chocolate de un bolsillo para dársela ya atrapada—. El chocolate te ayudará con el desgaste.
—Una de tus preciadas ranas… no creía que alguna vez vería esto —bromeó un poco, feliz por el problema resulto a pesar del cansancio, cogió la rana y se la comió despacio.
—Ya te acabaste toda la caja de galletas —se justificó—. Y es otro cromo de Dumbledore.
—Debes de tener ya la colección completa —se rio un poco y cogió una mano de Altais—. ¿Te tumbas conmigo?
El chico pareció pensárselo un poco, eso podía resultar tentador y ella estaba convaleciente, pero finalmente aceptó. Se quitó la túnica y los zapatos y se tumbó de costado junto a ella. Leyna sonrió y se movió un poco más hacia él.
—Gracias —susurró, por todo lo que había hecho por ella—. ¿Dónde encontraste el hechizo?
Altais tardó un poco en dar una respuesta, meditando cuál dar, pero se decidió por la verdad, no iba a contarle sobre los otros hechizos que había encontrado y que había estado practicando, pero ese lo había hecho por ella, no podría reprochárselo de darse el caso.
—En la Sección Prohibida. "Vinculación y divorcio mágico" —contestó, el título del libro ya lo decía todo, los matrimonios mágicos no podían deshacerse.
Leyna lo miró con sorpresa, eso era magia negra, magia de la que sólo habían aprendido a defenderse, pero él la había usado. Ese tipo de magia absorbía a la gente, lo llevaba por caminos tenebrosos, ella lo sabía bien, y sintió miedo por Altais, por la idea de perderlo ante ese tipo de magia, de que se perdiera a sí mismo. Después pensó que lo había hecho por ella, por ayudarla, porque la quería, y no pudo reprocharle nada.
—Conseguiste que no te pillaran —comentó girándose para quedar también de costado y poner una mano sobre su pecho, acariciando un poco con los dedos.
—La ventaja de ser prefecto es que sólo tienes que tener cuidado de que no te vean dentro de la Sección Prohibida, para todo lo demás tienes excusa —explicó él con media sonrisa por la pillería.
—Eres un pícaro de mucho cuidado —rio mirándolo con cariño.
—Sólo hago uso de los recursos de los que dispongo —contestó y besó lento esa sonrisa.
—Dispones de muchos recursos —afirmó ella, bostezando un poco y cerrando los ojos de nuevo—. Debería dormir…
—Sí, deberías hacerlo, estimo que necesitarás doce horas y ya son las ocho, si no las duermes mañana seguirás cansada y no puedo ir al baile con un inferi —concordó Altais.
—Al menos sería un inferi con estilo —bromeó acurrucándose más aún—. Te quiero, Altais —musitó dejándose llevar por Morfeo.
El chico pasó un brazo por su cintura e hizo que las mantas los cubrieran y las velas se apagaran. El hechizo había sido poderoso y apenas estaba adaptándose a esa magia, también estaba cansado y se dejó seducir por la tranquilidad de saber a Leyna junto a él, en sus brazos, a salvo y sólo suya de nuevo.
Continuará…
Notas finales: Muajajajaja Altais es el mejor, tan kuki y malvado al mismo tiempo. Como teme Leyna, ¿será arrastrado a la perdición? Al menos ya se puede patear a Higgs, ji.
