Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling, Bloomsbury Publishing, Scholastic Inc. y AOL/Time Warner Inc. Nadie gana ningún beneficio económico con esta historia.
Capítulo 5
Frunció el ceño y negó con la cabeza, eso no estaba bien, las ideas que le había dado Zaniah para decorar la habitación de Altais el día de su cumpleaños no servían, eran tan rosas, tan cursis, tan empalagosas, que probablemente hasta al más laminero del mundo le daría una sobredosis de azúcar. Arrugó el papel y lo incendió con un simple movimiento de varita antes de mirar la habitación. Altais no tardaría mucho en llegar de la biblioteca y no tenía las cosas listas para su sorpresa, vale, el regalo estaba allí, y la cena también, pero todo eso perdía su toque con esas cuatro camas más distribuidas y desordenadas.
Leyna bufó con exasperación, podría haber ido a la sala de los Menesteres y pedir la sala perfecta para la celebración, pero entonces habría tenido que inventarse una excusa para llevarlo allí y no habría sido para nada sorpresa, aunque intuía que él ya sospechaba algo, tenía la manía de leerla con demasiada facilidad. Aun así quería que todo estuviera perfecto, al menos que ese lugar fuera un sitio más confortable de lo que lo estaba siendo esos días de Navidad en los que ella se había instalado prácticamente con Altais, no quería ni pensar en cuando tuviera que volver a su dormitorio y no sentirlo dormir a su lado.
Ante esos pensamientos negativos sacudió la cabeza y se puso en pie, levantando la varita y apuntando a las camas que sobraban, lo primero era hacer que desaparecieran de su vista, así como los escritorios. Simplemente dejó uno para transformarlo en una mesa más elegante, sobre ella puso la cena, la preferida de Altais, había ido a pedírselo a los elfos esa misma tarde y olía deliciosa. También había conseguido una tarta de chocolate para el postre y un poco de vino dulce de elfo. Observó la mesa sobre la que estaba el festín, ladeando la cabeza, lo ordenó todo una vez más, puso las dos sillas en diferentes lugares hasta que decidió que podían estar uno frente al otro si hacía la mesa cuadrada en lugar de rectangular, y para terminar añadió dos velas largas en el centro.
Conforme con el resultado se giró y miró la cama, era una cama simple, como todas las del colegio, y pequeña. Lo primero que hizo fue agrandarla, bastante, hasta que alcanzó el tamaño de la que ella tenía en su casa de Francia, king size creía que la había llamado su madre alguna vez. Después quitó los doseles, algo anticuados y cambió las sábanas por unas suaves de seda. A los lados de la cama puso dos mesillas a juego y sobre éstas un par de velas más, esta vez más bajas y gruesas.
Decidió no cambiar más de la decoración, ya estaba perfecta, sin más florituras ni complementos, tan sólo los muebles imprescindibles y una cómoda sobre la que descansaba su regalo, todavía envuelto y además desilusionado por si Altais decidía aparecer antes de tiempo. Para terminar se miró a su misma en el espejo del baño: el pelo recién arreglado, suave, su piel con un tenue olor a lilas gracias al gel que solía usar, nada de perfume o colonia, tampoco se había maquillado, pero sí había decidido quitarse el uniforme del colegio y poner un vestido más arreglado, de tela ligera, tirantes y un color plata. Debajo… esa ropa interior que Zaniah le había recomendado, de fino encaje negro. Esperaba que todo saliera bien.
La puerta se abrió a sus espaldas y Altais puso una "o" en sus labios, aunque no se reflejó sorpresa en sus ojos mientras apreciaba el cambio en la habitación. La mañana había pasado tranquila después de que las lechuzas lo llenaran de regalos y las correspondientes felicitaciones, sentía que iba a ser un buen día, por una vez sin esa fiesta en su honor a la que nunca tenía ningún entusiasmo en asistir y se había planteado hacer lo mismo los dos años siguientes, Hogwarts casi deshabitado era paz. Después de la comida, Leyna había dicho que iba a dormir un poco, algo inusual y él le había dicho que iba a dar una vuelta, ella había estado de acuerdo en que ya se vieran a la noche. Se había transformado en ese pasadizo que le permitía entrar y salir sin tener en cuenta a la guardiana, y había recorrido los pasillos a plena luz del día con impunidad, para ir al Bosque Prohibido. Había corrido y se había permitido cazar algo, aunque sólo por juego antes de transformarse de nuevo y pasar un par de horas practicando los últimos hechizos interesantes que había encontrado en la Sección Prohibida, eran fascinantes y le parecía cada vez más un crimen que se vedaran por miedo y desconocimiento. Había vuelto en forma de nundu y había visto a Leyna por los pasillos con una bandeja tapada, pero su olfato había captado su plato favorito ahí debajo y una tarta de chocolate que le había hecho la boca agua y desear cazarla. Se había contenido y la había seguido con sigilo, apreciando el olor en la piel de Leyna, tan tentador, ese olor que después de esos días relacionaba con cosas placenteras. La había observado dejar la comida en el dormitorio de los chicos, después ir al propio y volver con ese ligero vestido que sólo había incrementado otra hambre, con el nundu era más consciente a esos instintos y necesidades primarias. Había olfateado bajo la puerta y escuchado atentamente, se había sentido tentado a abrir la puerta un poco y echar una ojeada, pero había decidido dejarla que lo sorprendiera un poco con lo que estuviera haciendo ahí dentro y darle más tiempo marchándose correteando por los pasillos para darse una ducha rápida en el baño de prefectos, eso había sido duro, siempre era duro no ceder y meterse en la gran tina.
Y ahí estaba, fingiendo un poco más de sorpresa de la que sentía.
—Me gustan los cambios que has hecho —comentó cerrando tras de sí, añadiendo un par de hechizos, y acercándose con sus arraigados pasos depredadores a ella tras mandar al perchero que le correspondía su túnica y el jersey que no había vuelto a ponerse tras la ducha.
Leyna sonrió ampliamente por esas palabras, puso ambas manos en las mejillas de él y lo besó dulcemente, sus labios sabían como fresas por ese cacao que había usado después de la ducha, del cual no quedaba ningún rastro más que ese sabor y la suavidad de sus labios, todo para él.
—Feliz cumpleaños, Altais —lo felicitó con una gran sonrisa tanto en sus ojos como en esos labios.
—Gracias —contestó abrazándola por la cintura—. ¿Esto es el envoltorio y tú el regalo? —preguntó con picardía, le habían gustado sus labios y le robó un beso.
—¿Qué clase de persona sería si te regalara algo que ya tienes? —preguntó ella a su vez fingiendo ofensa.
—Ahora mismo no me importaría si el regalo va primero, estás muy apetecible —aseguró, subiendo una mano por la espalda hasta el hombro de ella y entonces empujó un tirante sin ningún disimulo.
Ella miró ese tirante caer y luego a él para negar con la cabeza. —Tendrás que esperar para esto —contestó dándole un nuevo beso, demasiado corto para ambos, pero había orden para las cosas—. Primero tenemos la cena.
—¿No eres tú? —bromeó.
—No, no soy ni la cena ni el regalo —confirmó sonriéndole y caminó hasta la mesa para destapar la cena—. Espero que al menos haya acertado.
Altais olió aquello que antes sólo había estado al alcance del olfato del nundu: pastel de ternera y salsa de queso, su favorito.
—Lo has hecho —confirmó cediendo y acercándose también a la mesa.
—Vamos, siéntate, yo sirvo —lo instó cogiendo los cubiertos para ese propósito—. Y conseguí vino de elfo —informó con una sonrisa traviesa.
—Si tu intención era emborracharme, siento decirte que no lo vas a conseguir —comentó acercándole el plato cuando ella cortó una ración de pastel.
Ella rio y negó con la cabeza. —Te prefiero sobrio —aseguró dejando el plato frente a él y regalándole un nuevo beso antes de servirse a sí misma y pasar a servir el vino, apenas una botella pequeña sustraída de la cocina.
—Los elfos de Hogwarts siempre sorprenden —dijo apreciando la comida.
—Además convencí al mejor de la cocina —contestó ella orgullosa—. Me alegro de que te guste, Teddy me aseguró que era tu preferida de preferidas y no las ranas de chocolate —bromeó un poco.
—Ten familia para que te venda por un par de ranas de chocolate o incluso gratis —dijo negando levemente con la cabeza.
Ella volvió a reír. —En realidad fueron tres ranas y una bolsa de grageas —aclaró sonriendo divertida—. Pero no me puedes decir que no te gustó la sorpresa.
—No me estoy quejando de la cena —contestó, aunque esa parte no había sido sorpresa—. ¿Dormiste algo o pasaste la tarde en preparar esto? —indagó.
Leyna fijó su mirada en la comida, un poco cohibida ante la pregunta. —Es que Zaniah me dio muchos consejos estúpidos, sobre todo de la decoración, así que tuve que pensar y hacer muchas pruebas.
—Mis ojos y mi nivel de azúcar te lo agradecen enormemente —dijo con cierta diversión en la voz—. Además así es más tuyo. No necesitaba ninguna celebración, de hecho estuve considerando quedarme los demás años para librarme de la que montan mis padres, pero te lo agradezco igualmente —explicó.
—Quería hacer algo por ti también, sé que no te gustan las fiestas y eso, pero al menos algo diferente —respondió y lo volvió a mirar—. Podríamos quedarnos, descansar de las fiestas estresantes, solo nosotros y los libros —sugirió sonriendo.
Él negó con la cabeza. —Sólo era una idea poco factible. Esto está bien, lo que no me gusta de las fiestas es la algarabía de gente desconocida y otros tantos que por desgracia sí conozco y especialmente no soporto, y sólo unos pocos que me importan. Eso es lo que siempre han sido las fiestas en mi caso, la de mi cumpleaños es especialmente insoportable porque además tengo que ser el centro de atención en vez de poder escapar a la primera oportunidad, aunque sea un rato —dijo con sinceridad—. Pero aun así es algo que he de hacer.
Leyna asintió comprendiendo sus palabras. —En mi caso es un poco diferente por la situación. Mis padres no conocían a mucha gente en Francia cuando se mudaron. A mi madre siempre le gustaron las fiestas de la alta sociedad, era en lo que se había criado, mi padre realmente no pensaba mucho en eso pero quería que mi madre estuviera feliz, se olvidara de lo que había tenido que dejar, así que la apoyó cuando empezó a hacerlas allí —le contó—. Eso era cuando yo ya tenía cuatro años, así que al menos la fiesta de mi cumpleaños siempre la habíamos hecho con sus amigos íntimos, ya era tradición y no se cambió. Aunque sí es verdad que las que había de sociedad eran un rollo, yo siempre escapaba a la biblioteca y cuando aprendí un poco me movía para hablar con gente importante e interesante o al menos escuchar las conversaciones que tenían con otras personas.
—Sí, las reuniones de sociedad son soportables —concordó y meditó un poco si seguir hablando mientras masticaba uno de los últimos trozos de pastel, pero se sentía cómodo hablando con ella—. Mis padres son polos completamente opuestos. Mi padre es más tradicional, sus fiestas son reuniones de sociedad como probablemente tú las conoces, en cambio cuando lo hace mi madre son fiestas, como si metieras una manada de leones en tu salón: emocionales, dinámicos, confiados y siempre tan amistosos. Las reuniones sociales eran aburridas cuando era pequeño, ahora no son un problema, de hecho cada vez encuentro más entretenido el juego en cada palabra, las fiestas son lo que no soporto.
Ella soltó una suave carcajada. —Eso explica porque siempre te escapas de las de Zaniah —comentó aligerando el ambiente de nuevo.
—Ahora conoces mi mayor secreto —bromeó al tiempo que dejaba los cubiertos sobre el plato habiendo terminado.
—Eso quiere decir que no vas a poder dejarme ir nunca —bromeó sacándole la lengua y acercando un gran plato cubierto por una campana.
Él sólo sonrió suavemente. —¿Tarta de chocolate? —fingió adivinar.
—¡Eso no vale! Siempre adivinas mis sorpresas —protestó llenando de aire los carrillos y mostrando la tarta.
—No es cierto, ¿qué otra sorpresa? —replicó.
—Bueno, igual no las sorpresas, pero siempre sabes cómo estoy y esas cosas cuando quiero ocultarlas, me lees muy fácil, señor Black —contestó encendiendo unas velas para la tarta.
Altais se mentalizó de que no se había librado de aquello de soplar, por desgracia, mientras observaba cómo encendía las primeras, pero no mostró que le disgustara la idea de dejarse los pulmones en eso para que supuestamente se cumpliera un deseo, algo que desde la más tierna infancia había comprobado que no sucedía.
—Leo todo lo que hay ante mis ojos —contestó.
La Slytherin sonrió inevitablemente ante esa contestación, era algo que había podido esperar de él. Puso la última vela y acercó más la tarta a él. —Pide un deseo —le dijo encendiendo las velas con la varita, a ella siempre le había gustado hacerlo, desde pequeña, y lo hacía todos los años, no sabía si a él le haría especial ilusión, pero había decidido arriesgarse, como en todo lo demás.
Altais asintió pensando que al menos no iba a cantarle, y tras unos segundos sopló las dieciséis velas. Leyna aplaudió y cogió una de esas velas, con chocolate en la base que le ofreció a él mientras con la otra mano se llevaba ella una a la boca.
—El chocolate no se malgasta nunca, es delito —explicó sonriendo.
Él la observó chupar aquello pensando en otras cosas hasta que se dijo que no era ni remotamente el momento y quitó el chocolate de esa vela con los dedos en su caso, cuando acabaron decidió chupárselos lentamente y se lamió los labios alzando la mirada hacia ella. La chica tragó al verlo, sintiendo su garganta un poco más seca, en su mente la imagen de ella misma chupando esos dedos manchados de chocolate se repetía una y otra vez hasta que consiguió dejarla en un segundo plano y centrarse un poco en lo que tenía delante, además de Altais.
—Está buena, mucho —comentó partiendo dos grandes trozos.
—La cobertura sabe a ranas de chocolate —dijo de ese modo concordando con ella.
Comieron los trozos de tarta y se sirvieron un poco más cada uno, estaba demasiado buena. Bromearon y hablaron de libros mientras terminaban de cenar, siempre les resultaba fácil hablar de las cosas entre ellos, por eso su relación funcionaba mucho mejor que las de otras personas. Cuando la mesa estuvo limpia Leyna cogió la mano de Altais y lo instó a ir hacia la cómoda.
—Ahora es cuando toca desenvolver el regalo —le dijo sonriendo de lado.
—¿Cuándo voy a desenvolver lo que ya es mío? —preguntó con picardía.
Ella negó con la cabeza. —Aún falta algo en el ambiente para que sea especial —explicó poniendo una mano sobre la cómoda en la que apareció una gran caja envuelta con papel verde.
—Ambiente… —musitó—. Hay velas, un hechizo calentador extra, una cama, la puerta cerrada, tú… Intuyo que algo de música, pero no hay un gramófono por ninguna parte, no creo que se te haya ocurrido traer a las ranas de coro —arrugó un poco la nariz ante esa posibilidad y comenzó a desenvolver el presente.
—Eres un listillo —masculló ella arrugando la nariz, viendo como poco a poco él descubría el gramófono que había comprado para él y la colección de discos de vinilo—. No es del colegio, es tuyo.
Altais observó los discos, dos de música clásica, uno de su grupo favorito de rock y otro de los Rolling Stones, ese grupo muggle que conocía por Teddy, probablemente era el culpable de que ahora estuviera en sus manos, siempre amenazaba con regalarle uno y el muy listillo había dejado la tarea en su novia, en esa clase de planes se notaba la influencia Black de su abuela.
—Y más portátil —apreció, dejó los discos junto al gramófono y la besó largamente, casi robándole el aliento—. Gracias por el obsequio.
—¿Te gusta? —quiso asegurarse ya que su novio no solía mostrar tan abiertamente lo que pensaba y sentía, y ella, por desgracia, no era tan buena leyéndolo como él hacía con ella, aunque sí lo hacía más que la mayoría de la gente.
—Sí, me gustan —admitió, pese a la treta de su primo—. Aunque creo que me gusta más lo siguiente —dijo recorriéndola con la mirada.
Leyna se estremeció con esa mirada, para qué negarlo, también deseaba eso, a él, y se había tenido que mentalizar para llevar un orden adecuado en toda esa celebración, pero ya había hecho todo lo que había planeado así que sólo le quedaba disfrutar con Altais.
—Pon algo de música —dijo caminando hacia atrás hacia el lugar en el que sabía que estaba la cama bajando uno de sus tirantes con suavidad sin apartar la candente mirada de él.
Él quiso seguirla en ese instante, no había estado tanto tiempo esperando para que al final se desenvolviera a sí misma, más le valía no bajar un tirante más. Se giró para poner uno de los discos de música clásica, no analizó cuál sería mejor, lo puso en el gramófono, colocó la aguja y fue a por su presa… "Novia", se corrigió mentalmente. Llegó hasta ella y la sujetó por la cadera, deteniéndola a un par de pasos de la cama, la otra fue a la nuca y asaltó su boca.
Ella decidió que ese día podía jugar un poco más y opuso resistencia a la hora de dejarse dominar en el beso, luchando por ese dominio contra la lengua vecina y haciendo así el beso mucho más intenso que de costumbre. Sus manos se habían movido a gran velocidad a la nuca de Altais y en ese momento lo sujetaban, sus dedos enredándose en su pelo, impidiendo que se alejara. Sin embargo, era notable que Altais no pensaba perder esa batalla, ese reclamo, apenas se tomaban un segundo para tomar aire con un cambio en la posición de la cabeza, y en esos momentos lamía y mordía sus labios, buscando esa derrota, y ese gemido que declarara que la había atrapado y era suya.
La excitante lucha llegó a su fin cuando Leyna se rindió ante esa lengua y le dejó recorrer el interior de su boca a su antojo, como siempre haciendo que sus rodillas temblaran y un gemido escapara de sus labios. Aceptó esa derrota con una sonrisa, nunca había tenido realmente la intención de dominar el beso, pero había merecido la pena oponerse un poco, ahora todo era más ardiente y podía sentir la gran satisfacción en él.
Altais se detuvo un poco después y llevó una mano al tirante que seguía en su lugar para bajarlo y observar con placer la piel que se descubría con la caída de la prenda por el cuerpo de Leyna hasta llegar al suelo. Una vez que sus ojos recorrieron todo lo descubierto, incluidas las prendas de encaje, dio unos lentos pasos, sigilosos para rodearla hasta llegar a su espalda. Se pegó a ella, apartó el pelo rubio a un lado y dejó un beso en la curva de su cuello.
—Has cuidado tanto los detalles que me haces preguntarme cuánto quieres que te desenvuelva —las palabras acariciaron su oreja, en tanto una de las manos de Altais ascendía por su vientre y el otro brazo la rodeaba por la cintura, manteniéndola pegada a él.
La chica jadeó con esa calidez rozando su oreja y todo su cuerpo se estremeció al sentir sus manos cálidas tocarla y pegarla a él. Echó la cabeza un poco hacia atrás para poder mirarlo, exponiendo su cuello más.
—Yo me estaba preguntando cuándo podría desenvolverte a ti —contestó y lamió el lóbulo de su oreja.
—Ahora no puedes —contestó con esa evidencia, también asimiló que no había respondido a la pregunta, se había vestido así de tentadora, pero no estaba preparada todavía para quitar una barrera más entre ellos.
Dejó besos en su cuello expuesto, intercalándolos con suaves mordiscos que después consolaba con más besos en un ritmo lento. Sus manos acariciaban toda la parte anterior del torso, despacio, recreándose hasta que los dedos de una mano quisieron colarse bajo el sujetador y con la otra lo desabrochó habiéndose percatado del cambio de lugar del cierre al observarla anteriormente. Hizo que el sujetador cayera junto al vestido y acunó sus pechos con ambas manos antes de que una volviera a acariciarla y después la otra también descendiera hasta sujetarla por las caderas y separarse lo que le daban los brazos. Leyna jadeó añorando su contacto, sentirlo a su espalda y acusando el abandono a sus pechos, le había sorprendido esos movimientos lentos, suaves, incluso dulces después de esa lucha de sus bocas, pero no podía decir que le disgustara en absoluto, en cambio en ese momento en el que él no hizo ningún movimiento se preguntó qué estaría haciendo a su espalda. Él nunca se tomaba el tiempo con la parte posterior, y cuando sus ojos se detuvieron el culo de Leyna, firme y respingón, pensó en que ella había tomado por costumbre agarrarlo de esa parte de su anatomía, en tanto que él no había tenido mucha oportunidad de pensar en hacerlo, siempre estaba contra la pared, contra la cama o un escritorio. Dejó unos besos esparcidos por su espalda y sonrió ladino ante el siguiente atrevimiento antes de sacar la lengua y lamer en una nalga siguiendo el límite inferior de las bragas de encaje.
La chica pegó un pequeño respingo al sentirlo ahí, sonrojándose por ese atrevimiento inesperado y girando la cabeza para mirarlo desde arriba. Aunque no fue una buena idea, verle en esa posición hizo que deseara que esa lengua volviera a lamer ese lugar de nuevo.
—¿T-también te gustó desde ahí? —preguntó en parte para reponerse un poco de la sorpresa.
Altais pasó a realizar la misma acción en la otra nalga habiendo disfrutado con la reacción anterior de ella, esa vez tampoco lo decepcionó, un jadeo en vez de un bote, pero más que aceptable. Después se irguió, volviendo a pegarse a su espalda, pero poniendo las manos en el trasero de ella.
—Mucho —respondió al tiempo que apretaba un poco con ambas manos.
Un nuevo jadeo escapó de sus labios, echó la cabeza hacia atrás y subió una mano a la nuca de Altais para atraerlo a ella para besarlo de nuevo. En el beso se giró para quedar frente a él y lo instó a dar pasos hacia la cama hasta hacer que quedara sentado en el borde de ésta. Se separó y lo miró con una sonrisa ladina.
—Me toca —dijo metiendo un dedo en el nudo de la corbata de él y tirando hasta conseguir sacársela, después pasó a los botones de su camisa y los desabrochó uno a uno, descubriendo su piel y dejando besos en cada centímetro visible.
Cuando su pecho quedó descubierto por completo dejó que sus manos siguieran bajando mientras que su boca se entretenía en esa zona, aún sin rozar los pezones de él, pero tentándolo, haciendo que se anticipara a lo que iba a hacerle, aunque Altais parecía contener su expresión de frustración incluso en esa situación. Le quitó la camisa por completo, acariciando con las manos los músculos de sus brazos, movió sus propias manos a su abdomen y acarició recreándose como siempre que podía acariciarlo así, relajadamente. Al igual que hacía nueve días sus manos acabaron llegando a la cinturilla de su pantalón, levantó la mirada, se mordió el labio inferior y volvió a bajarla allí donde tenía sus manos. Deseaba librarse de esa prenda de una vez, sentirlo más cerca, tomó una honda respiración apenas perceptible y se agachó para librarse primero de los molestos zapatos, le sacó los calcetines y después volvió a subir para desabrochar el botón del pantalón sin dejar de mirar los ojos de Altais, que parecían animarla a hacerlo por el deseo creciente en ellos. Los sacó con un poco de ayuda de él y los dejó junto con las demás prendas antes de moverse para quedar sentada a horcajadas sobre él y reclamar sus labios.
Altais la besó con pasión y sus manos acariciaron sus muslos, disfrutando de poder hacerlo sin medias o pantalones de por medio, hasta ese momento nunca habían estado sólo con una prenda cubriéndolos. Sus manos pasaron al trasero de ella, aprovechando la posición y el nuevo descubrimiento, pegándola por completo a él, sexo contra sexo, y después una subió a la nuca de Leyna, dominando un poco más el beso de lo que ya lo hacía. Las de ella bajaron de sus hombros a su pecho y finalmente acarició esos puntos de placer de él, jugando con los pezones entre sus dedos, endureciéndolos para cuando pudiera atenderlos con sus labios y su lengua, pero en ese momento esas partes de su cuerpo estaban muy ocupadas en corresponder al beso de Altais. Cuando le hizo gemir con ese beso, siempre lo conseguía, sus caderas se movieron rozándose contra él y ambos jadearon por el placer obtenido, mayor en esa posición en la que el contacto parecía ser mayor, aunque la falta de tela entre ellos también era de mucha ayuda en eso.
Ese roce animó al chico a obtener más placer para ambos, también que aceptara que esa vez ella podía seguir arriba, en esa posición había ciertas ventajas, además del contacto el hecho de que todo el cuerpo de Leyna quedaba a su disposición para recorrerlo. La mano que había tenido en la nuca descendió hasta un pecho para acunarlo y retribuir la atención jugando con el pezón, en tanto su boca pasó a jugar con el lóbulo de una oreja de ella antes de iniciar su descenso por el cuello. La chica le dio más espacio para hacer cuanto quisiera, cuando esa boca llegó a su pecho no pudo contenerse y volvió a mover las caderas, rozándose contra él. Una de sus manos fue a la nuca de Altais para evitar que se separara, aunque sin ejercer presión y la otra siguió con las acciones en el torso de él. Con gusto él continuó chupando, lamiendo y tirando suavemente con los dientes del pezón, alejándose para lamer la areola o en el pliegue bajo su pecho, mordisqueando un poco en este último punto, exhalando sobre las superficies humedecidas y disfrutando de verla estremecerse por el contraste, y repitiendo las acciones en el otro pecho.
Leyna se sintió presta a dejarlo continuar todo el tiempo que quisiera, pero otra parte de ella deseaba tocarlo también, saborearlo, por eso acabó tirando un poco de su pelo para que la mirara y así poder asaltar sus labios una vez más antes de bajar a su cuello. Su boca fue descendiendo poco a poco y cuando la posición no fue muy buena lo instó a tumbarse para poder alcanzar al fin con su lengua los pezones de él. Sus sonidos ante esas acciones eran mejor que la música que sonaba de fondo en la habitación, saber que era ella quien los provocaba. Lo hizo retorcerse de placer y volvió a subir a sus labios tentada por la dureza que sentía ya contra su sexo, ambos estaban más que excitados, estaba segura de que él podía sentir su propia humedad, pero en ese momento la vergüenza no existía, sólo la necesidad de alcanzar un placer mayor. Apoyando las manos en su pecho se incorporó y con sus ojos en los de él empezó un cadente contoneo de caderas.
Altais había estado contemplando la posibilidad de cambiar las tornas, necesitaba rozarse, iniciar el camino a la culminación, pero al fin ella lo complació y aceptó continuar dejándola recrearse mientras sus manos la recorrían. Tras unos pocos minutos movió sus propias caderas contra ella en lo posible, necesitando más que ese contoneo que conseguía que los gemidos que antes se quedaban vibrando en su garganta escaparan impidiendo que continuara mordiéndose el labio inferior. Ella aumentó el ritmo y la presión respondiendo a la necesidad de ambos. Cogió una mano de él y la llevó a su cadera para que la ayudara con el movimiento, consiguiendo así que el roce fuera incluso mejor. Los gemidos y jadeos llenaron la habitación casi opacando la música. En ambos se notaba cuán cerca estaban del orgasmo. Él pasó a marcar el ritmo al guiarla con ambas manos, la ropa interior dejaba cada vez menos a la imaginación según se humedecía. Casi pudo sentirla vibrar en su centro cuando al fin se corrió y él no se contuvo un segundo más para seguirla.
Se dejó caer sobre él cuando el orgasmo terminó, con la respiración acelerada y la satisfacción mostrándose en sus labios. Cuando la recuperó un poco dejó besos en el pecho de él y lo miró con los ojos brillantes por el placer recién obtenido y su sonrisa ampliada.
—Feliz cumpleaños.
—Lo es —concordó Altais, rodeándola con un brazo por la cintura y besándola.
—Aún queda mucho tiempo para seguir celebrando —contestó Leyna tirando del labio inferior de él juguetona.
Él también sonrió antes de concentrarse para llamar a su varita, aún estaba practicando, pero consiguió que llegara a su mano sin esperar demasiado. Los limpió a ambos y giraron, quedando él encima.
—Sigamos celebrando —dijo listo para un segundo asalto.
Continuará…
