Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling, Bloomsbury Publishing, Scholastic Inc. y AOL/Time Warner Inc. Nadie gana ningún beneficio económico con esta historia.

Capítulo 6

—¡Altais! —escuchó a Teddy acercarse por el pasillo a su espalda, pero no le dio tiempo a huir de las claras intenciones de su primo antes de que lo estrujara—. Feliz Navidad, feliz cumpleaños, feliz año nuevo… ¡muchos felices! Me abandonaste, me debes un par de juegos, que lo sepas.

—Tal vez no, después de todo tú me vendes por tres ranas de chocolate y una bolsa de grageas —replicó el moreno removiéndose un poco, Teddy seguía siendo más alto, lo que dejaba su cabeza contra su hombro y lo estaba apretando como su madre después de todo un curso en Hogwarts.

—Venga, seguro que lo pasasteis bien —objetó pícaro guiñándole un ojo a Leyna que estaba a un lado junto con Chealse—. Sobre todo con ese disco de los Rolling.

Altais lo mató con la mirada. —Ya arreglaremos cuentas, no creas que no me di cuenta.

Teddy sonrió con inocencia y luego rio y le alborotó el pelo. —Hola, Leyna, Chealse. ¿Qué tal os va?

Leyna sonrió divertida por la situación. —Bien, aunque echando de menos la tranquilidad de las navidades —contestó mirando un segundo de soslayo a Altais, no sólo era la tranquilidad de los pasillos o la biblioteca, sino haber tenido que volver a su dormitorio, a esa cama pequeña.

La Hufflepuff le sonrió dulcemente, con un tenue color rosado en sus mejillas. —Muy bien, Teddy, tenía ganas de volver a veros a todos. ¿Qué tal tus navidades?

—Bien, alboroto, regalos, me faltaba la semilla de mostaza a la que le dio por crecer algunas veces, sobre todo en la reunión de Año Nuevo que es mortalmente aburrida —respondió Teddy, pasando un brazo por los hombros de Altais como de costumbre cuando se refirió a él, aunque el otro lo matara con la mirada por llamarlo así—. Pero me las apañé por una buena causa, sé que no fue precisamente tranquilidad —agregó con esa sonrisa traviesa mirando a Leyna por sus palabras anteriores—. Y son vacaciones, así que… bien.

La Slytherin sonrió de lado siguiendo con su camino hacia los jardines del colegio donde habían planeado pasar un rato de la tarde antes de que las clases comenzaran.

—Necesitaban pasar tiempo juntos después de todo lo que pasó —concordó Chealse con las palabras de Teddy—. Ahora están mucho más felices —agregó relajadamente.

Teddy tiró un poco de Altais para llegar a ponerse al lado de la de pelo castaño.

—Eso parece, pero me mata la curiosidad, ¿tú sabes algo? —preguntó bajando un poco la voz para adquirir un tono más confidencial.

La chica lo miró con sus mejillas de nuevo un poco rojas. —¿Saber algo de qué exactamente? —preguntó sin terminar de comprender, imitando el tono de él.

—De sus navidades. Yo sólo conseguía una carta escueta y porque le escribí de paso de que lo felicitaba —explicó Teddy.

—Oh… —meditó un poco antes de responder—. Lo han pasado muy bien, y que a Leyna le gusta más la habitación de los chicos —contestó poniendo una sonrisa inocente, aunque no era tan ingenua como para no saber el significado de sus propias palabras.

—Así que profanando habitaciones y camas ajenas, no lo habría esperado de... —al principio fue a señalar a Altais, pero negó con la cabeza, sí se lo esperaba, y en cambio señaló a Leyna— ti.

—Yo no profané ninguna cama ajena, tenía una invitación para estar en ella —se defendió la aludida encogiéndose de hombros—. En cuanto a la habitación… bueno, nadie va a saber nada —agregó con una sonrisa ladeada y le guiñó un ojo al Gryffindor con diversión.

—¿No hicisteis prueba de camas? Es un clásico, cuantos más compañeros más veces, eso hace que los aprecies más. Cuánto tenéis que aprender —dijo negando con la cabeza.

—No pensaba hacerlo en la cama de Higgs, que asco —contestó Leyna arrugando la nariz.

—Cierto, es que tenéis mala suerte —dijo Teddy llegando a donde estaban Emery y Zaniah.

—¿Quiénes y por qué tienen mala suerte? —preguntó Emery curioso saludando con una sonrisa a Chealse.

—La parejita con sus compañeros de habitación —respondió el de pelo azul sentándose en uno de los bancos.

—¡Ey! Yo soy uno de sus compañeros —protestó Emery y miró a Leyna y Altais—. ¡No! No habéis hecho cosas sucias en mi cama, ¿verdad?

—Como si te lo fueran a decir —se adelantó Teddy a contestar, para así desmentir cualquier negativa.

—¡Y ahora como duermo yo! ¿Eh? —inquirió mirándolos mal.

Leyna rio sentándose entre las piernas de Altais para resguardarse del frío, aunque llevaban todos un hechizo calentador.

—¡No te rías! No tiene gracia —la reprendió Emery.

—No seas escandaloso, dormirás a pierna suelta, igual que anoche, murmurando en sueños —contestó Altais quitándole importancia al asunto.

El de pelo castaño fue a replicar, pero no supo qué decir, frunció los labios y llenó de aire sus carrillos. —Y yo mandando regalos de navidad —protestó mascullando entre dientes ante lo que Chealse palmeó su cabeza sonriendo con diversión.

—Deberías decirle la verdad, Teddy —le dijo al de pelo azul.

—Sólo le he advertido de la verdad, Leyna sólo se quejó de Higgs. Todo puede pasar —aseguró más que divertido.

Emery miró suplicante a Leyna y ella se removió un poco, su amigo podía parecer un perrito apaleado si se lo proponía.

—Está bien… tu cama está a salvo —aseguró rodando los ojos.— A no ser… —sonrió pícara antes de volver a reír negando con la cabeza.

—Sois crueles, todos —aseguró Emery, aunque algo más tranquilo, aun así pensaba asegurarse de alguna forma.

—Ahora tienes una razón para mejorar en Encantamientos, aunque… podría romperlos y nunca lo sabrías —lo molestó Altais, se estaba divirtiendo.

Emery se cruzó de brazos. —No voy a dejaros quedaros más solos en el castillo —aseguró.

—¿Cuándo era ese día en que tú tenías clase de Criaturas y nosotros nada? —fingió meditar con una sonrisa maliciosa.

El chico lloriqueó y se dejó caer a la nieve. —Haré de la nieve mi nuevo dormitorio, y cuando coja un resfriado enorme os sentiréis culpables —les advirtió.

—No creo, es gracioso ver cómo sale humo por las orejas como para poder sentirse culpable —arremetió Teddy refiriéndose a los efectos de la poción pimentónica.

—Y no te puedes enfermar, ¡levanta! Prometiste ayudarme con la decoración de la fiesta de pasado mañana —intervino Zaniah.

—¿Ya estás planeando una fiesta? —preguntó Leyna tras soltar un largo suspiro y recostarse un poco en el pecho de su novio.

—Pues claro, una grande. Es el inicio de trimestre —respondió la aludida.

—Pensaba que habrías decidido tomarte un respiro después de todas las de Navidad —comentó la rubia.

—¿Por qué iba a hacer tal cosa? Las fiestas son mi vida —aseguró Zaniah.

—Lo bueno de sus fiestas grandes es que me vacían la habitación —susurró en tono sugerente Altais en la oreja de Leyna.

La chica sonrió ampliamente. —Claro, Zaniah, tienes razón —contestó y rio ante la mirada matadora de Emery.

—¿También hay que llevar pareja como en la de Navidad? —preguntó Chealse curiosa.

—No, no nos dejan el Gran Comedor —se lamentó—. Son fiestas como siempre, en la sala común, aunque en esta nos hemos coordinado para hacerla en todas las casas.

—Entonces, ¿cada uno estará en su sala común? —preguntó ella luciendo desilusionada.

—No hemos conseguido más, McGonagall es un hueso duro de roer. Pero la fiesta empieza justo después de la cena así que hay tiempo para moverse antes del toque de queda —explicó Zaniah.

La Hufflepuff sonrió brillantemente. —Entonces puedo estar un rato con vosotros.

—Claro, la nuestra siempre es la mejor —se vanaglorió Zaniah.

—De eso nada, los que sabemos montárnoslo somos nosotros —aseguró Teddy.

—No es cierto, yo soy la mejor organizadora —aseguró la chica.

—Ese es tu fallo, en Gryffindor lo hacemos todos. Atreveros a comprobarlo —los retó.

—Podemos pasarnos a echar un vistazo, ¿verdad, Chealse? —comentó Emery a la chica quien asintió con entusiasmo por la idea, igual demasiado, haciendo sonreír con cariño al Slytherin.

—Genial, un par de valientes —dijo Teddy riendo.

—Pero tendrás que venir a acogernos, Lupin, no queremos ser zampados por leones locos —replicó el otro.

—Pobre pequeña serpiente miedosa —se burló poniéndose en pie y dando unas palmaditas en su cabeza—. Me voy, ya nos vemos, tengo que ir hasta la torre de Adivinación —se despidió.

—Yo también tengo que irme a mi clase —informó Chealse y miró a Teddy—. ¿Puedo ir contigo?

—Claro —contestó encogiéndose de hombros, no creía que necesitara permiso.

La chica sonrió y se despidió de sus amigos para ir con Teddy hacia su próxima clase.

—Pobre bicho —murmuró Emery suspirando largamente.

—Pero si Teddy es muy mono. Apruebo su gusto, mejor que el de Navidad —aseguró Zaniah.

Él la miró mal por lo último. —Pero no va a salir bien —repuso.

Leyna miró a Altais sin comprender, esperando que él supiera de qué hablaban.

—A Chealse le gusta Teddy —dedujo el moreno, aun asimilando la noticia.

Ella lo miró también con sorpresa y luego a sus otros dos amigos. —Pero… Teddy es un ligón sin remedio.

—Exacto —hizo ver su punto Emery.

—En teoría está buscando a su gran amor, pero en que lo encuentra y no… —comentó Altais, despreocupado por la chica.

—Lo que yo decía, pobre Chealse —repitió Emery volviendo a suspirar.

—Que lo hubiera pensado mejor. ¿Nos vamos? —dijo el moreno instando a su novia a levantarse para poder hacerlo él.

Ella lo golpeó en el hombro, aunque sin fuerza, y lo miró mal. —A veces eres un insensible, Black, esas cosas no se piensan —lo reprendió antes de irse con Zaniah hacia la clase de pociones.

—Chicas… —masculló Altais—. Sólo digo las cosas como son —comentó a Emery.

El otro se encogió de hombros. —No lo sé tío, ha sonado como si a ella le hubieras hecho un análisis exhaustivo previo antes de que empezarais —contestó.

Altais prefirió no decir nada más para no cavarse su propia tumba, no tenías que ser un esclavo de tus deseos, y siguió a las chicas hacia la clase.

-o-o-o-

Dejó dulces besos en los labios de Altais con una sonrisa y lo miró con una gran sonrisa satisfecha después de la tercera ronda.

—Vale, tenías razón, podemos colarnos sin problemas —aceptó.

—Creía que ya te había convencido hace rato —repuso Altais.

Se encontraban en la habitación para el Premio Anual masculino que Leyna y Higgs habían ocupado el trimestre anterior, había hecho falta un plan elaborado, pero una poción para debilitar las protecciones de magia no puramente blanca y un par de hechizos conjuntos les habían permitido colarse.

—Sí, pero sé que te encanta que te diga que tenías razón —contestó ella.

—Siempre la tengo —la corrigió, orgulloso de sí mismo.

—Eres un listillo arrogante —lo picó Leyna incorporándose para quedar sentada en la gran cama y mirarlo desde arriba.

—Tal vez, pero a ti te gusta —replicó con una sonrisa que denotaba eso de lo que lo acusaba.

Ella rodó los ojos, se inclinó y trató de borrar esa sonrisa con un beso. —Me vuelve loca —dijo con sarcasmo, apoyando la espalda en uno de los cojines y llevando una mano al pelo de Altais, tenía esa manía desde las navidades, le encantaba tocarle el pelo de un modo relajado.

—Lo sé —dijo ignorando el sarcasmo, tratando de no relajarse tanto como ese toque lo instaba a hacer, aquello era un poco preocupante, si seguía su conexión con el nundu podía imaginarlo ronronear.

La chica negó con la cabeza y suspiró relajadamente. —¿Cómo llevas Estudios Muggles? Al final te vas a presentar, ¿verdad?

—Sí… —contestó y parpadeó para abrir los ojos que se le habían entornado sin su permiso—. Los llevo bien, ahora hasta tengo un disco de un grupo muggle.

Leyna rio uniendo su otra mano a lo que estaba haciendo la otra en el pelo, jugando con él. —Si necesitas algo dímelo, tenemos que conseguir que llegues al departamento que quieras —lo animo.

—Lo tengo en cuenta, pero es fácil —respondió y decidió moverse pasando a ponerse boca abajo y alzarse en los codos para mirarla, con eso se liberó de una mano—. ¿Y tú qué tal llevas todo? Encantamientos se está haciendo más interesante.

—Pociones es pan comido, apenas tengo que estudiar porque lo que estamos dando lo he estudiado hace tiempo. Herbología también lo llevo bien, Chealse me está ayudando mucho para diferenciar las plantas y aprenderme todas sus cualidades sin confundirlas, tiene buenos trucos —le explicó sonriendo dulcemente ante la mención de la chica—. Defensa sí que es un poco más duro, pero no lo llevo mal, al igual que Encantamientos. La peor es, Transformaciones, aunque me estoy esforzando porque en cuanto entre en la academia pienso presentarme al curso de animagos.

Altais asintió, era cierto que actualmente Transformaciones era la más complicada, de no ser por su magia ya adaptada a ello, algo que le hacía sospechar que la maldición podría haber sido provocada en su alumbramiento o antes, también lo estaría notando.

—Ese libro que me prestaste el año pasado es muy bueno y buscando de ese tema este verano conseguí otros dos muy útiles, creo que son todo lo necesario. ¿Cuál piensas que sería tu animal? —curioseó.

Ella lo meditó largos segundos, nunca se lo había planteado porque siempre había tenido claro que no lo sabría a ciencia cierta, era una pregunta complicada.

—Creo que estaría bien ser un zorro, sigiloso, astuto, además tiene fuerza aunque sean pequeños y son muy rápidos —contestó encogiéndose de hombros—. Cuando lo sepa te lo diré con seguridad —agregó sonriendo—. ¿Y tú? ¿No tienes curiosidad?

—Hice la parte de meditación este verano —contestó, era una espinita que se le había quedado clavada, saber que nunca podría hacer algo, nunca podría ser animago porque ya tenía al nundu, aunque no era para nada lo mismo. Ese retazo de desánimo hizo que se rindiera y aceptara apoyar la cabeza en la almohada cruzando los brazos más arriba—. Vi que era alguna clase de cánido o felino grande, así que lo dejé, no sería muy útil.

Ella se inclinó y le dio un largo y suave beso. —Orgulloso, feroz, dominante y posesivo… te pega —comentó sonriendo un poco, siguiendo con el trato a su pelo, empezando a realizar un pequeña trenza en él.

—Vaya… me tienes encasillado —comentó, no sabía qué estaba haciendo en la base de su nuca, pero ahí se sentía mejor que en la parte alta de la cabeza.

—No es así, simplemente te conozco bien, eso no quiere decir que algún día pueda cambiar algo o que no me sorprendas, sueles hacerlo —repuso.

—Tú me sorprendiste cuando dijiste que quieres ser auror —dijo levantando un momento la mirada hacia ella, era algo a lo que había estado dando vueltas, hubiera querido preguntar en su momento, pero habían ido a clase de Pociones y entonces había ocurrido el incidente y lo había tenido que relegar hasta casi olvidarlo.

—Oh… bueno, no es algo que hubiera comentado antes así que supongo que es normal que te sorprendiera —contestó centrando su mirada en la segunda trenza—. Tampoco hay demasiados precedentes en mi entorno —agregó y lo miró deteniéndose un momento—. ¿No te gusta la idea?

—Es sólo que no esperaba que estuvieras teniendo interés en Duelo para usarlo muy activamente, pensaba que serías Maestra de Pociones o en algún otro departamento, el de Aurores no se me pasó por la cabeza —explicó Altais—. Considero más importante que estés segura de lo que haces que si me gusta o no.

Leyna suspiró largamente y se escurrió hasta quedar tumbada a su lado, de costado y acurrucada, aunque una de sus manos siguió en el pelo de él.

—No es por el duelo, no digo que no me vaya gustando más conforme voy aprendiendo porque sí lo hace, pero no es eso —comenzó a explicarle, aunque no sabía cómo hacerlo o sí no pensaría que era una tonta—. Yo no quiero ser un simple auror, no quiero ser uno más, quiero ser la jefa de mi propia división, tal vez jefa del departamento, aunque creo que eso no es muy factible, no soy una ingenua y sé que nunca me elegirían a mí, aunque Potter estuviera para jubilarse —pudo percibir cierto tono de amargura por eso—. Aun así quiero llegar a ser un auror importante y… —se detuvo dudando si continuar.

—¿Y…? ¿Por qué ese empeño? ¿Qué es lo que te motiva, Leyna? —preguntó entreabriendo los ojos que se le habían cerrado, aunque sólo veía un poco con uno por encima de su propio brazo fuerte.

Ella se giró para quedar boca arriba con las manos sobre su vientre. —¿Te he dicho alguna vez quién la persona que más odio en este mundo? —preguntó con voz calmada aunque más baja—. No es Higgs, ni ninguno de ellos, eso les daría demasiada importancia, a quien más odio es a mi abuelo materno —dijo con absoluta sinceridad, ese odio filtrándose en sus palabras cuando lo nombró.

Altais pudo apreciar ese sentimiento, conforme aprendía más de Artes Oscuras más apreciaba el poder de ellos, no sólo los que correspondían a esa magia, también los que movían la blanca. No era ninguna sorpresa que ese sentimiento no pudieran causarlo unos críos, tendrían más poder sobre ella del que deberían, se habría sentido decepcionado.

—¿Porque no fue lo suficiente inteligente para mantener a salvo a su familia? —se atrevió a preguntar.

Leyna lo miró con una tenue sonrisa. —Porque no supo elegir en el último momento el bando en el que su familia no se vendría a pique, porque fue tan estúpido como para proclamar a los cuatro vientos sus ideales y ganarse no sólo su condena sino la de todos aquellos que llevaran su sangre desde ese momento —confirmó y volvió a mirar al techo—. La gente dice que olvida, la sociedad dice que perdona, pero es mentira. Lo peor es que no sólo siguen reprochándoselo a los culpables sino que sus allegados también sufren esa hipocresía. ¿Qué culpa tengo yo de lo que hizo él? ¿Qué culpa tiene mi madre de haber nacido en esa casa, de haber sido criada con esos ideales? Ni siquiera se unió a las filas de Voldemort. Pero la gente es una hipócrita y se creen mejores por haber elegido el bando "correcto", muchos de ellos ni lucharon en la guerra, se escondieron como ratas cobardes, eso no es elegir un bando, pero se creen con derecho a dar lecciones y a repudiar a los demás. Por eso quiero ser auror, por mí, por mi familia, por mi sangre, quiero demostrarles que soy mejor que ellos, que todos ellos, que lo admitan y acaben tragándose sus palabras, sus reproches —le terminó de contar y volvió a suspirar—. A riesgo de que eso pueda parecer estúpido, irracional.

—La familia es importante. Yo también considero que el buen nombre de una familia lo es. Mi padre está entre ese grupo que no eligió propiamente un bando, mi abuelo tuvo que guardar un perfil bajo cuando lo echaron de la familia —explicó sin entrar en detalles—, pero ya no hay razones para seguir escondiéndose. Me ha inculcado eso, que lo más importante es la familia, pero conforme he ido creciendo me he ido dando cuenta de que esos valores se contraponen con lo que hace, sólo permite que Black sea sinónimo de degradación por los errores de otros. Así que en parte tengo la misma motivación que tú. Pero debes tener en cuenta de que hagas lo que hagas quiénes te escupen ahora no van a cambiar de opinión. Esos sentimientos considerados negativos como el dolor y el miedo perduran como la muerte, los sentimientos positivos aunque fuertes son más vulnerables, fugaces como la vida.

La chica cerró los ojos pensando en esa idea, en que no iba a servir de nada hiciera lo que hiciera, pero no quería creerlo, no al cien por cien, alguno cambiarían de opinión, y a los demás les haría callar las bocas y su familia podría volver a vivir como antes. Aun así la posibilidad de fracasar la asustó, se acercó más a Altais, cogió un brazo de él y lo pasó por su cintura necesitando que la abrazara.

—Pero es lo único que puedo hacer —murmuró.

—Lo sé —aceptó.

Leyna asintió manteniendo sus ojos cerrados, dejando que la calidez de él fuera lo que la calmara poco a poco. Cuando se sintió algo mejor su mano volvió al pelo de Altais, acariciando en la nuca y abrió esos ojos para mirarlo de nuevo.

—Siento el drama y eso.

—No hay problema, es algo importante tuyo —respondió nuevamente relajado, sus ojos casi cerrados, si no lo estaban del todo era porque se estaba esforzando y sus tupidas pestañas vibraban en esa lucha por caer o alzarse.

Ella volvió a asentir, dejó un suave beso en sus labios y lo instó a cerrar los ojos finalmente, haciéndolo también. —Te quiero, Altais.

Alguna parte de su mente aún activa le informó de que debía responder algo, aunque apenas había captado las palabras, pero sus párpados ya habían caído y Altais fue arrastrado por la bruma del sueño. Leyna sonrió dulcemente al verlo y sentirlo dormido, los cubrió a ambos con las mantas y se acomodó mejor contra él, quedándose finalmente dormida.

-o-o-o-

Fue despertando poco a poco, estiró los brazos hacia arriba y se estiró como un gran felino. Fue a girarse, pero algo lo retenía. Abrió los ojos, los primeros rayos de Sol se colaban entre las cortinas de la habitación que al poco reconoció como la de Premio Anual, y también encontró el problema: Leyna se había vuelto a encaramar a él mientras dormía como si fuera un koala. Soltó un pesado suspiro, no era la primera vez que se lo hacía, ya había frustrado sus planes de ejercicio de las mañanas varias veces esas navidades. La chica era una mala influencia, habría que hacer algo si aquello se convertía en costumbre, tenía que entrenar si quería retomar las clases de Kung Fu ese verano, tal vez podría convencerla de la idea de que esos músculos que tanto le gustaba delinear no se mantenían solos y con suerte alcanzara su subconsciente. Tal vez… lo anotaría como futuro proyecto, ahora tenía que probar a soltarse sin despertarla, aunque sus intentos en las navidades no habían tenido éxito, era como un Lazo del Diablo que cuanto más tratabas de liberarte más te apretaba.

Desistió al poco, era sábado, no quería despertarla, no pasaba nada por un día, no era como si fueran a mudarse a esa habitación, era algo circunstancial. Optó por volver a dormirse, pero la luz estaba justo frente a sus ojos, si la tuviera de espalda no le importaría. Subió los brazos por encima de su cabeza, con eso logró tapar parte de la luz, pero no era suficiente, además no tenía sueño, quería levantarse y aprovechar el día libre. Arqueó la espalda apoyándose en los codos en tanto su cintura seguía aprisionada por Leyna, y bajó la cabeza pasándose las manos por el pelo hasta llegar a la nuca, momento en que se paralizó. ¿Qué diablos tenía en el pelo? Lo palpó con los dedos hasta que adivinó qué había hecho Leyna con su pelo. ¡Trenzas! Le había hecho trenzas, y no una sino tres. No podía creerlo, mandó al diablo no despertarla y se levantó sin más rumbo directa al baño en cuyo espejo confirmó sus suposiciones.

—Me has hecho trenzas —la acusó con la voz cargada de incredulidad, casi más sentimiento que nunca lo tenía, mientras trataba de quitarse esa cosa.

Leyna se estaba frotando los ojos, se había asustado con el repentino despertar, pensando que había pasado algo, pero aun así la luz no le había dejado seguir a Altais en el momento.

—¿Qué?

—No te hagas la desentendida, ¿cuándo me has hecho esto? Tenías insomnio y no se te ocurrió nada mejor —replicó Altais, sintiendo que esa cosa en su pelo también era como un Lazo del Diablo, la había empujado y ahora no se deshacía, parecía haberse anudado más.

Ella lo miró con sorpresa y no pudo contenerse cuando una risa escapó de sus labios. —No… no fue así —aseguró riendo entre dientes y levantándose—. Deja que te las quite —lo instó poniéndose tras él.

Altais la dejó hacer a regañadientes. —¿Y cómo fue? Yo no le veo la gracia ni la razón, ya puestos a decir.

—Cuando estábamos hablando, cuando estaba acariciándote el pelo, simplemente empecé a hacerlas —le contó aun sonriendo divertida—. Claro que no pensaba dejártelas, pero entonces el tema de conversación se volvió más serio y… se me olvidó. Tampoco es para tanto —agregó lo último terminando de deshacer la tercera y rodeándolo para quedar frente a él y hacer un mohín—. ¿Te enfadaste mucho?

—Mucho, aprisionado y trenzado, menuda mañana —refunfuñó moviéndose en busca de su varita y ropa, tocándose el pelo comprobando que ya no estaban.

—¿Aprisionado? —preguntó ella sin volver a comprender a qué se refería.

—Sí, como si fuera… la última caja de galletas de chocolate y menta en el mundo —le explicó en términos que comprendiera, pensando que era más grave de lo que pensaba, al parecer lo hacía inconscientemente.

Ella lo miró con sorpresa por el descubrimiento, sabía que alguna vez lo había estado abrazando por la noche, porque a la mañana siguiente despertaban así, pero nunca pensó que… que él no pudiera deshacer el abrazo si lo necesitaba o quería sin despertarla. Bajó la mirada avergonzada por el comportamiento y se sentó en la cama.

—Lo siento, no me di cuenta de que hacía eso —contestó cogiendo su ropa de los pies de la cama para vestirse—. Me iré a dormir a mi habitación, la próxima vez, así no te estrujaré —decidió.

Altais suspiró, tal vez había sido demasiado brusco. —No lo haces siempre, sólo un tercio de las veces según la estadística de las navidades.

—Pero lo hago a veces sin darme cuenta y no te gusta —repuso ella levantando la mirada hacia él.

—No me disgusta mucho. Sólo me altera el plan de la madrugada, no tiene tanta importancia por una vez. No voy a decirte que me encante, pero no es lo suficientemente importante como para que no quiera dormir contigo —explicó algo más comprensivo, calmándose del impacto de las trenzas.

Leyna sonrió suavemente por sus palabras, aunque interiormente se dijo que tenía que hacer algo para que eso no volviera a ocurrir.

—Y lo de las trenzas… es que desde pequeña lo vi en casa, mi madre sentada en el sofá jugando con el pelo de mi padre, a veces me invitaba a unirme cuando era más pequeña, creo que se quedó la costumbre —se explicó.

Altais asimiló la idea junto con la de que el señor Samuels era un santo, dejó su ropa a un lado y se sentó al lado de ella en la cama.

—Es posible que exagerara con lo de las trenzas —cedió un poco, al fin y al cabo mientras las hacía le había encantado, directo a dormir como un bebé.

—No es como si fuera a ponerme a hacértelo delante de la gente ni mucho menos, y tampoco lo haría con cualquiera, pero como estábamos solos, nosotros… me salió —dijo encogiéndose de hombros y mirándolo.

—¿Me las quitarás siempre después?

Ella sonrió y se acercó para besarlo. —Con lo que me gusta tu imagen de listillo arrogante, no puedo dejar que algo así la eche por tierra —contestó esperando aligerar el ambiente con eso.

Altais sonrió un poco y la besó lentamente. —No me di cuenta de lo que hacías o no, me relaja —admitió ese punto débil sonrojándose con la miraba baja.

La chica rio un poco. —A mi padre también, por eso deja que lo haga mi madre —le contó—. Creo que empezó cuando estaba demasiado embarazada que no la dejaban moverse y se aburría.

—Entonces más te vale guardarme el secreto, o se acabarán los privilegios —dijo reponiéndose de todas las emociones de esa mañana.

—Ya son dos secretos los que tengo que guardarte, al final de verdad no vas a poder dejarme ir —bromeó ella poniéndose en pie pensando que igual deberían vestirse.

—No tengo intención de hacerlo —repuso estirando los brazos para cogerla por la cintura y tirar de ella devolviéndola a la cama, poniéndose él encima y sujetando sus manos a los lados de la cabeza—. Eres mía.

Leyna rio abiertamente. —Toda tuya, Altais Black, siempre —aseguró alzando un poco la cabeza para que la besara.

Él sonrió satisfecho por esas palabras y la besó, esa mañana harían otra clase de ejercicio.

Continuará…

Notas finales: ¿Quién quiere hacerle trencitas a Altais mientras ronronea? *.* ¡Son tan kukinos!