Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling, Bloomsbury Publishing, Scholastic Inc. y AOL/Time Warner Inc. Nadie gana ningún beneficio económico con esta historia.

Capítulo 7

Altais detuvo el maleficio de Emery y lanzó otro, con un ojo en esa lucha y otra en la de Leyna y Higgs, el profesor de DCAO había decretado que Leyna y Zaniah se entorpecían la una a la otra, una con su alto y otra con su bajo nivel y las había cambiado. El mero hecho de que tuviera que relacionarse de nuevo lo más mínimo con ese parásito lo enervaba, y para colmo practicando maldiciones y cómo bloquearlas, era darle demasiadas oportunidades de volver a liarla, no iba a permitirlo.

Higgs sonreía maliciosamente a Leyna, lanzando maldiciones sin contemplaciones, sin descanso. No dejaba que ella se tomara un respiro lo que quería decir que estaba más y más cerca de cometer el fallo que tanto esperaba. El chico Black estaba al tanto de todo lo que ocurría, había que admitir que era más que bueno, estando atento a su propio combate y al de su chica, algo que sin duda hacía aumentar su interés en él. Dimitri se paseó por la clase, observando a todos y cada uno de sus alumnos, corrigiendo los movimientos erróneos, pero siempre volvía a mirar a las dos parejas que le interesaba realmente, manteniéndose lo más cerca posible de él. Incluso antes de que ocurriera vio flaquear a Samuels y tuvo que contenerse para que su sonrisa no se mostrara en sus labios. Eso podría delatarlo.

Altais elevó un escudo para Leyna deteniendo la maldición de Higgs, esquivó la que le estaba enviando Emery aprovechando que detrás sólo tenía la pared y lanzó una maldición baja a Higgs, incluso magos experimentados olvidaban poner sus escudos más abajo de sus tobillos. La maldición le dio de lleno, extendiéndose más rápido debido a que iba unida al sentimiento de desprecio que le producía y se cubrió de sarpullido, una de las tres maldiciones con las que debían practicar.

—¡Señor Black! —Dimitri no se tomó ni un segundo antes de gritar el nombre del chico cuando vio el ataque que había estado esperando por su parte—. Veinte puntos menos para Slytherin por ese ataque a espaldas de un compañero, y además se quedará después de clase para cumplir un castigo conmigo —ordenó con gesto serio, aunque interiormente estaba aplaudiendo, ese chico era increíble.

Altais frunció levemente el ceño, ese castigo no era justo, tal vez no debería haberle maldecido después, pero tenía cierta justificación.

—Disculpe, profesor Ivanov, pero ha sido el señor Higgs quien ha decidido usar un hechizo distinto a los que usted estableció. Únicamente impedí que causara daños imprevistos y después reincidiera como parecía estar dispuesto a hacer —se defendió.

El profesor se giró y lo miró fijamente. —Un acto muy noble por su parte, señor Black, el de ayudar a una compañera en problemas. Sin embargo, no lo es tanto el de maldecir a un compañero por la espalda y al igual que el señor Higgs recibió su castigo por transgredir las normas, usted también debe hacerlo —contestó con seriedad—. Se quedará después de clase.

El chico apretó los dientes, no serviría de nada protestar que Higgs de hecho estaba de frente, o que debería darle las gracias por enseñarle una lección importante que era cubrirse los pies. El profesor había decidido castigarle porque le salía de los cojones y no había otra. No tenía que cumplir un castigo desde aquella vez en cuarto cuando había aplastado a Higgs con una armadura en el pasillo y le fastidiaba manchar su expediente innecesariamente, al menos la vez anterior sí había sido necesario por defender su linaje. Apartó la vista del profesor sin decir otra palabra e hizo un gesto a Emery para retomar la práctica.

El profesor de defensa asintió conforme y siguió también con sus tareas, esperando pacientemente a que la clase terminara y poder tener al alumno para él solo, iba a sacarle información poco a poco, tentarle, sería divertido, y esperaba que después el chico acudiera el solo a él.

La clase terminó y todos recogieron sus cosas con rapidez para salir del aula. Leyna se acercó a Altais y acarició su mano disimuladamente.

—Te esperamos en la cena, ¿vale?

—Sí, aunque espero no pasar tres horas aquí —contestó él.

—Si sales antes estaré en la biblioteca, si te apetece —informó regalándole una dulce sonrisa antes de caminar hacia la puerta.

Cuando la clase estuvo vacía enfrentó la mirada del profesor. —¿Cuál es mi castigo, profesor Ivanov?

—Coja un cepillo y un cubo y limpie el suelo del aula, señor Black, sobre todo esa zona que su sarpullido manchó —le informó el hombre sentándose en su escritorio, al parecer iba a corregir trabajos.

Altais no pudo evitar arrugar la nariz al pasar la mirada por el suelo, entre la maldición sarpullido, la de barro y la de grasa estaba hecho un auténtico asco.

—Sí, profesor —contestó quitándose la túnica para no pringarse más de lo necesario y fue al armario donde estaban esos utensilios.

Llenó el cubo con agua y el producto de limpieza pertinente y comenzó a trabajar por ese lateral sin más demora. Era un trabajo asqueroso, pero sencillo, se trataba de frotar con el cepillo —al menos no era de dientes—, enjuagarlo y vuelta a lo mismo. Para otro mago flojucho aquello habría resultado mucho más cansado, a él le permitía pensar en otras cosas, sacar algo de utilidad a esas horas, como por ejemplo repasar mentalmente el último libro que había sustraído de la Sección Prohibida justo la noche anterior y del que sólo llevaba un tercio.

—Señor Black —lo llamó Dimitri, considerando que ya llevaban demasiado tiempo en silencio como para poder hablar sin levantar sospechas—. ¿Qué opina de la asignatura de Defensa contra las Artes Oscuras?

Altais levantó la cabeza de su tarea, algo sorprendido por la pregunta, justo ese día la asignatura le parecía una gran masa de mierda, pero había que ser objetivo.

—Es útil y necesaria, profesor Ivanov —contestó sin mojarse.

—Útil y necesario. No muchos alumnos dicen eso, señor Black, aunque es cierto y me pregunto por qué —comentó el hombre dejando de escribir—. Sinceramente, ¿qué piensa de la defensa contra las artes oscuras? ¿La encuentra fascinante, cautivadora?

—Ya le he respondido, profesor. Cualquier alumno con los pies en el suelo le podrá decir lo mismo, las Artes Oscuras existen en la naturaleza y muy recientemente en el tiempo como para ignorarlas. Por eso es útil y necesaria —extendió su contestación ya que insistía.

—Sin embargo, señor Black, yo no le he preguntado por la asignatura ahora mismo, sino por las defensa de las artes oscuras en sí, evidentemente es un conocimiento útil y necesario, incluso en tiempos de paz como los de ahora, pero ¿interesantes? Tal vez no.

—Mi opinión es la que le he dado, incluso con la lectura de libros más avanzados de defensa. Ya que insiste en la sinceridad, no la encuentro muy interesante, prefiero la esencia de la magia que se estudia más de cerca en Encantamientos —respondió esperando que con eso ya lo dejara en paz mientras enjuagaba el cepillo antes de seguir con la tarea.

Dimitri se mostró decepcionado con la respuesta el chico, aunque en su interior era todo lo contrario.

—Es una lástima que un alumno tan aventajado no encuentre la fascinación en los libros de esta materia y los que de modo indirecto están relacionados con ella —contestó—. Aunque quizá el problema es que no ha conseguido apreciar el trasfondo de todo ello, lo que realmente se aprende.

—Soy aventajado en todas las materias para las que aplico, profesor, no tienen por qué interesarme mucho más allá todas —replicó Altais, al parecer el castigo sí que tenía un trasfondo, un castigo oculto, la charla con alguien en quien no tenía interés.

—Es una postura comprensible a su edad —contestó él asintiendo—. Espero poder hacerle cambiar de opinión este curso, realmente hay cosas fascinantes que puede aprender y que le pueden interesar —aseguró el hombre sonriendo.

—¿Puedo preguntar a qué se debe su interés, profesor? —inquirió apenas levantando la mirada un segundo, cuanto antes acabara antes podría largarse y continuar con la lectura de ese libro que con la charla ahora ni podía repasar.

—Creo que usted puede lograr grandes cosas, señor Black, sólo planeo instruirle lo mejor posible —respondió el hombre, no del todo desviándose de la verdad.

—No voy a postular para auror ni rompedor de maldiciones, una instrucción extra no va a ayudarme en mi futuro profesional, profesor —repuso el chico.

—¿Quién ha hablado de ser auror? No, nada de eso, serán cosas más grandes, señor Black, se lo aseguro —explicó el hombre e hizo un movimiento de varita limpiando lo que quedaba—. Puede marcharse, daremos como aprendida la lección.

Altais se sorprendió por el cambio de opinión, pero no iba a ser él quien le llevara la contraria, incluso se guardó la pregunta sobre qué grandes cosas que no hacía más que repetir. Dejó el cubo en su lugar, se puso la túnica y cogió su cartera.

—Hasta mañana, profesor Ivanov —se despidió y salió del aula, lo primero una ducha, se sentía inmundo aunque no le había tocado nada de esa mugre, y después a leer, ya se excusaría por no ir a la biblioteca.

-o-o-o-

El equipo de Ravenclaw marcó otro tanto les sacaban 70 puntos de ventaja y parecía que no iban a mejorar. Con la ausencia de Leyna en el quidditch en el primer trimestre habían perdido el partido contra Hufflepuff, necesitaban ganar los siguientes para tener posibilidades de vencer, eso siempre que Gryffindor no acumulara muchos puntos. Altais se sentía frustrado, le daban ganas de quitar a uno de esos paquetes que tenía por compañeros y ocupar uno de los puestos de cazador. No parecía que fueran a remontar, sólo les quedaba esperar que Leyna atrapara la snitch antes de que fuera demasiado tarde.

A su lado estaba Teddy con un grupo de su casa disfrutando del partido, al otro lado Zaniah tenía un gran conflicto de intereses, se dividía entre animar a Slytherin y a su ligue ocasional que estaba parando la mayoría de sus intentos de hacer un tanto. Ante ese panorama realmente se planteó por unos segundos entrar al equipo de quidditch el año siguiente con tal de no pasar por eso sin Leyna o Emery, al menos se divertiría.

Con el aburrimiento del partido se distrajo mirando a Chealse un poco más allá, lanzando furtivas miradas de admiración a su primo, tal vez debería hacer algo al respecto, pero no le iba el papel de alcahueta, además Teddy estaba bien como estaba, realmente consideraba más aconsejable lo que él hacía, disfrutar de los placeres, experimentar antes de asentar la cabeza. Sin embargo, no era que no fuera feliz con Leyna, realmente ella era única, podría tener a otras al instante y obtener más de lo que ellos habían llegado en casi un año juntos, pero eso sería un breve juego y una función fisiológica placentera, probablemente tendría que amordazarlas para que aquello durara algo, la estupidez que no dudaba que saldría de esas bocas rompería todo el encanto. De lo que no había duda era que no creía que otra pudiera encajar en el puesto de novia.

Desvió su atención al variopinto grupo que formaban Higgs y compañía, y pensó que éste parecía más narcisista que de costumbre, había encontrado algo que le justificara sentirse así, era curioso, poco más de una semana atrás cuando estaba cubierto de sarpullido no daba esa impresión, ¿qué habría cambiado?

El alboroto a su alrededor lo instó a mirar al campo de juego y pudo ver a Leyna persiguiendo la snitch medio cuerpo por delante que el buscador de Ravenclaw. La observó hacer un giro brusco persiguiendo la pelotita dorada, pero en la dirección que beneficiaba al otro buscador con lo que se pusieron a la par. Dieron una vuelta al campo de juego, Leyna se desvió cuando una bludger fue lanzada directa a ella y trató de volver a alcanzar al otro buscador que hacía una arriesgada caída entre la línea de cazadores. La snitch los llevó hacia las gradas de Ravenclaw, como si estuviera apoyando a un equipo que creía vencedor. El buscador de Ravenclaw estiró el brazo, sólo concentrado en la victoria, por eso no vio acercarse la bludger que bateó Emery y que lo golpeó de lleno en el costado. Leyna no se detuvo, nada en el juego se detuvo por el herido, eran las normas del juego. Sin embargo, la snitch había vuelto a desaparecer.

Altais soltó un suspiro algo desanimado, unos minutos después el buscador suplente de Ravenclaw entró al juego, un jugador fresco como una lechuga no era precisamente lo que necesitaban. Pensaba que le esperaba otro rato más de aburrimiento y ver cómo machacaban a su equipo, realmente deberían hacer algo urgente con ese guardián y en los cazadores había una grave falta de coordinación, pero Leyna localizó al snitch pronto lanzándose nuevamente a por ella. La pelota alada guio a los buscadores bajo las gradas y la afición contuvo el aliento y animó con más ímpetu a partes iguales hasta que los vieron salir realizando una ascensión en vertical que volvió a dejarles con el corazón en un puño cuando no fueron más que dos motitas. Cuando descendieron Leyna lo hacía delante y alzaba una mano sujetando la snitch en señal de victoria. Los aficionados de Slytherin estallaron en gritos de ovación, el equipo se lanzó hacia su buscadora para felicitarla y una vez en tierra firme mantearla antes de dirigirse a los vestuarios aún alzándola. La fiesta les esperaba en la sala común.

Bajó las gradas y esperó cerca de los vestuarios a que saliera su novia y su amigo, Zaniah estaba parloteando a su lado, pero no le estaba prestando atención y de todas formas no era como si estuviera dejándola hablar con la pared, Chealse también estaba allí, seguro que ella le contestaba de vez en cuando. Teddy se había ido a celebrar que era sábado, por lo que no tenía nada más que hacer que escuchar lo que Zaniah estuviera parloteando.

—¡Gané! —escucharon a Leyna antes siquiera de verla, la chica corrió hacia ellos y se lanzó a besar efusivamente a Altais, la adrenalina de la victoria y esa ascensión aún estaba en sus venas, se veía vibrante, con un brillo especial que la hacía verse más viva y hermosa.

Altais se sorprendió, no solían dar esas muestras en público, aun así correspondió sosteniéndola por la nuca hasta imponerse pese a la efusividad de ella y después detenerse.

—Enhorabuena, salvaste el partido —la felicitó.

—Por eso dije gané y no ganamos —contestó ella alegremente—. ¿De verdad no te apetece unirte? Tenemos un equipo malísimo desde que se fueron los mayores —protestó.

—Apetecía con tal de no tener que ver semejante desastre, pero se me pasará, la próxima vez me traigo un libro y cuando haya jaleo alrededor sabré que al fin vas a por la snitch —contestó Altais—. Por cierto, buen golpe —felicitó a Emery que se les unía en ese momento.

—Gracias, eres uno de los pocos que lo aprecia —dijo el castaño mirando mal a Leyna.

—Yo lo aprecio, pero el resto son unos mantas —repuso ella encogiéndose de hombros—. Cuando me hagan capitana haré las pruebas más exigentes —aseguró.

—Los cazadores no son muy malos, pero no trabajan en grupo —opinó Altais.

—Da igual, al final lo importante es que tenemos ¡fiesta! —intervino Zaniah.

—Fiesta que deberías empezar a preparar —concordó Emery cogiendo a Chealse por los hombros y haciéndola caminar.

—¿Por quién me tomas? Ya di las órdenes a mis ayudantes, para cuando lleguemos estará todo listo —protestó Zaniah.

—¿Vamos a tener nuestra propia celebración luego? —le preguntó Leyna a Altais en el oído y sonrió pícara.

—En cuanto pueda conseguir de que dejen de manosearte o mantearte, como lo quieran llamar —contestó Altais—. ¿Acaso lo dudabas?

Ella sonrió más ampliamente. —Prefería asegurarme —respondió cogiendo su mano y tirando de él un poco para ir hacia la sala común.

El chico asimiló que la euforia de su novia era un caso grave, pero de cualquier forma no iba a pasear de la mano y encima dejarse llevar. Tiró de ella deteniéndola y una vez la tuvo al lado soltando su mano.

—No se van a llevar la fiesta, por desgracia —murmuró lo último.

Leyna lo miró y luego su mano, sonrojándose al darse cuenta de lo que había estado haciendo. —Vale, cursi, lo pillo, se me fue —se disculpó y caminó hacia la sala común al lado de Altais más relajadamente.

—No soporto que me lleven como a un niño, ni aunque estés eufórica —especificó.

—¡Vamos, que te esperan, Leyna! Se hace tarde —los apremió Zaniah que los había adelantado cuando se detuvieron.

La aludida suspiró y miró a su novio a modo de disculpa. —No lo volveré a hacer, lo siento —aseguró—. No quiero que te enfades —agregó un poco más bajo.

—No lo hice, sólo te expliqué por qué. Aunque ahora que lo dices enfadarme sería una buena excusa para saltarme la fiesta —bromeó con media sonrisa para que comprobara que no lo estaba, tampoco quería chafar su pompa de felicidad por eso.

Ella rio negando con la cabeza. —¿Entonces también te saltarías la post-fiesta?

—No, sólo pasaría a llamarse reconciliación.

La chica volvió a reír. —Qué listillo —dijo con una sonrisa ladeada—. Pero no te has enfadado, así que tienes que venir a la fiesta y al menos bailar una vez conmigo.

—¿Bailar también estaba en el contrato? Debí haberlo leído, pero me distrajiste —dijo fingiendo estar contrariado al negar levemente con la cabeza.

—Estaba en letra pequeña, como cualquier buen Slytherin hago contratos perfectos —contestó ella sonriendo ampliamente.

Llegaron a la sala común y los compañeros del equipo que ya estaban allí enseguida la arrastraron para seguir con la celebración y, tal y como Altais había predicho, cuando estuvo todo el equipo volvieron a mantearla. Él por su parte se contuvo, se hizo con una copa y esperó a un lado, pero cerca, observándola, y cuando alguna chica se le acercaba jugando un poco antes de romper sus ilusiones y a la vez dejar que siguiera teniendo esperanza… de que Leyna muriera pronto y así él quedara libre. Fue un rato después cuando la agasajada pudo escapar e ir hacia él, sonriendo feliz y con una cerveza en la mano.

—¡Me debes un baile! —gritó por encima de la música dejando el botellín prácticamente vacío, acercándose más a él y pasando sus brazos tras su cuello.

Altais dio un último sorbo y dejó el vaso de whisky de fuego, el mismo que se había servido al llegar y había estado bebiendo poco a poco, al menos así le sacaba alguna utilidad a las fiestas, acostumbrarse al alcohol. Puso sus manos en la cintura de ella y la hizo retroceder dos pasos para poder moverse sin estar casi pegado a la pared y cumplir con su parte del trato.

—¿Te aburriste mucho? —preguntó ella acercando sus labios a la oreja de él para poder hablarle mientras se movían al ritmo casi frenético de la música.

—No mucho —admitió, al menos le habían estado entreteniendo—. Tú lo pasaste bien.

Ella asintió y dejó algunos mordiscos suaves en el cuello de Altais, juguetona. —Sí, aunque ahora estoy mejor.

—Eso es innegable —contestó con su habitual arrogancia y la pegó completamente a su cuerpo mientras seguían bailando contoneándose una contra el otro.

La chica sonrió contra la piel de su cuello, sus dientes volvieron a maltratar ese punto, en tanto que su lengua lo calmaba, cuando llegó a su pulso mordió un poco más fuerte, no lo suficiente para hacerle daño, pero sí le dejó una suave marca roja que probablemente al día siguiente ya no estuviera.

—Esas chicas también esperaban estar mejor —comentó pasando a jugar con lóbulo de su oreja—. ¿Aún no comprenden que eres mío? —preguntó, lo miró con intensidad y lamió sus labios tentándolo.

Altais levantó una mano para sujetarla por la barbilla y la miró serio.

—¿Tan poca autoestima tienes que necesitas marcarme? —replicó decepcionado por la posibilidad, todas sus acciones parecían ser para marcar el territorio, aunque al principio lo había achacado a un poco de desinhibición por culpa del alcohol ese último mordisco más fuerte de lo usual se lo había confirmado incluso antes de que ella hablara.

Leyna desvió la mirada un segundo. —No es eso… me lo has dichos muchas veces, sólo puedo ser yo, y te creo —dijo con sinceridad, claro que lo creía, ella sabía cuánto valía, que él la quería a ella por lo que era, que era valiosa sólo por eso; y aun así no podía evitar sentir celos cada vez que veía a otras coquetear con él, el problema era que esa vez lo había exteriorizado y no de la manera más adecuada.

—No te he preguntado si confías en mí —repuso él—. Sino en ti misma.

¿Confiaba en sí misma? Un buena pregunta. Sí, confiaba cuando iba a atrapar un snitch, sabía que lo haría antes que cualquiera, cuando tenía que hacer un examen, un trabajo, sabía que podía hacerlo mejor que muchos, pero con Altais…

—Si te digo que sí no vas a creerme, y si te digo que no te vas a dar cuenta de que no soy como crees —murmuró—. Creo que ninguna de ellas es mejor que yo, pero… sé que ofrecen más en ciertas cosas, así que a veces pienso que igual ellas pueden ser mejores en eso —confesó, quizá debería dejar de abrazarlo, de estar tan cerca, pero no quería hacerlo, alejarse.

—Madurarás en algún momento. Sólo no olvides en el camino que no soy ganado para que me marques —respondió Altais fríamente. Tal vez debería ser más comprensivo, pero ya lo era con ella muchas veces, en otras ocasiones que no le producían tal fastidio, y no tenía vocación de psicólogo para ir solucionando todos sus problemas de confianza, ya había solucionado uno al inicio de la relación.

Ella negó con la cabeza finalmente soltándolo y dando un paso atrás. —Lo siento, otra vez —era la segunda vez que la cagaba ese día, y tenía la sensación de que de un tiempo a esa parte lo hacía mucho—. Supongo que… nos vemos mañana.

—Disfruta de tu fiesta —dijo separándose y dándose la vuelta para irse sin mirar atrás, ciertamente no tenía ánimo para nada con ella en ese momento.

Leyna se quedó ahí unos segundos antes de que su mente llegara a mandarle a sus piernas que se movieran hacia los dormitorios de las chicas. No tenía ganas de fiesta, de nada en realidad, quería tener un giratiempo en sus manos y arreglar todo, pero no lo tenía.

—¡Leyna! No puedes irte, es pronto. ¡Acabo de conseguir una tarta! —dijo Zaniah sujetándola de la mano para que la acompañara, en la otra tenía una cerveza.

Ella tiró de la mano que la sujetaba y se giró para mirar a su amiga. —No tengo ganas de tarta, Zaniah —dijo apenas conteniendo las lágrimas, pero no pensaba mostrárselas a los de allí, a todos esos.

—¿Qué te pasa? —preguntó la chica preocupada al notar su estado de ánimo. Miró a los alrededores de la sala y frunció el ceño—. ¿Qué te ha hecho ese insensible?

—He metido la pata hasta el fondo… —contestó frotándose los ojos—. Él no hizo nada, yo lo hice…

—No, no, no. Error, Leyna, nosotras somos divinas, perfectas, los chicos son los que siempre la cagan y están para suplicar perdón y complacernos —la corrigió y tiró de su amiga en dirección de los dormitorios, no se lloraba en las fiestas, eso sería patético, y por el camino cogió una botella de whisky, sólo por si acaso.

Cuando estuvo sentada en la cama Leyna volvió a negar con la cabeza. —He sido yo, Zaniah, yo soy la que siempre está metiendo la pata, todo el tiempo. Primero espachurrándolo, con el pelo, tirar de él y ahora… ahora hago que se enfade de verdad por ser una estúpida.

Zaniah la abrazó. —Seguro que no es así y él ha hecho que lo creas. Venga, cuéntamelo, para eso están las mejores amigas. Buscaremos una solución o un plan de venganza, ya veremos cuando te dé mi veredicto, ¿vale? —la animó un poco, siempre hablando dulcemente, esas solían ser sus dos facetas: fiestera y dulce a partes iguales.

Leyna tomó aire y lo soltó lentamente. —Altais me esperó, como siempre hace en las fiestas, alejado, pero está ahí. Hoy le dije que quería un baile y aceptó, así que fui a buscarlo para bailar y luego… luego nos habríamos ido a estar solos. Pero… metí la pata. Le hice una marca en el cuello porque esas chicas no dejan de ir a él.

—El muy sinvergüenza no deja de coquetear con cada falda que se le cruza —opinó Zaniah—. Seguro que les da pie, si no lo hiciera no pasaría, alguien tenía que recordárselo.

—No es así, Zaniah, él me quiere, me lo ha dicho y demostrado muchas veces, soy la única —aseguró Leyna, pensando que igual no había sido buena idea contárselo a ella, no se llevaba bien con Altais, era un hecho recíproco además—. El problema es que yo… yo incluso sabiéndolo pienso que ellas pueden darle algo que yo aún no le he dado y no quiero que se acerquen. Por eso hice eso, sin pensarlo, y a él no le gustó, nada. A mí tampoco lo haría, así que lo entiendo.

—Oh… te refieres a sexo —musitó Zaniah un poco sorprendida, tal vez sí quería a su amiga más de lo que ella creía, por su experiencia los chicos no eran de tener tanta paciencia—. ¿Y crees que cuando pase ya te dará igual que vaya por ahí coqueteando? Si eres la única para él, ¿por qué lo hace? ¿Por qué no las manda al diablo directamente? Es muy capaz sin decir media palabra con lo frío que es.

Leyna bajó la mirada. —No lo sé, no sé por qué no las espanta, pero nunca les hace caso y el punto es que yo acabo siempre haciendo algo que le molesta y enfada, no quiero que se enfade.

—Mi madre dice que las discusiones son la salsa de una relación, si no se discute es que se miente, y lo mejor es que luego hay fiesta —dijo guiñándole un ojo—. No sé qué otras cosas son esas, porque no me cuentas nada de eso, sólo cosas de deberes —la recriminó un poco—. Pero no tienes que culparte siempre, seguro que él tiene un montón de fallos, ¿a que sí? Por lo menos la mitad de la culpa será suya, eso como mínimo. Y en este caso seguro, si no quiere una correa que se comporte y no vaya por ahí oliendo bajo otras faldas.

Leyna rio un poco por su última frase y la abrazó. —Gracias —dijo tomándose unos segundos así para recuperarse un poco—. Pensaré en hablar con él.

—Para eso estoy. Aunque esperaba que te animaras a hablar más, yo creo que te hace falta desahogarte —la animó sonriendo confabuladora.

—No sé qué quieres que te cuente, no hay nada más aparte de estos problemas, por lo demás estamos bien, o lo estábamos —respondió la rubia encogiéndose de hombros.

—Vamos a sacarle fallos, eso siempre anima —dijo pasándole la botella—. Esto también —rio dejándose caer de espaldas en la cama, no le importaba no seguir en la fiesta si era por su amiga.

Leyna miró la botella y después a su amiga antes de encogerse de hombros y beber, solían decir que eso funcionaba así que tal vez fuera una buena idea darse por una noche a la bebida.

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Con los pasillos del colegio tan desiertos las pisadas se podían escuchar en la lejanía sin necesidad de estar prestando especial atención. Dimitri sabía que no era el mejor momento para comprobar a dónde se dirigía el pequeño Black, pero su curiosidad había podido con él y al final había decidido arriesgarse a seguirlo. Era raro ver a Altais Black caminar solo un domingo por la mañana, generalmente aprovechaba el tiempo con Leyna Samuels, la mayoría de las veces ni siquiera lo hacían a la vista de la gente, o eso era lo que él mismo suponía, al fin y al cabo eran jóvenes. Que ese día hubiera salido de su sala común sólo había hecho que la curiosidad de Ivanov fuera algo difícil de ignorar, no porque sintiera la necesidad de saber qué había pasado con la chica o entre él y la chica, sino porque quizá pudiera descubrir algo más de la extraña rutina que el Slytherin llevaba.

Tuvo que seguirlo a una distancia prudencial, más alejado de lo que le gustaría, y lo vio dirigirse hacia la salida del castillo. Que saliera al exterior no era algo que llamara especialmente su atención, aunque el chico solía preferir la biblioteca también lo veía ir afuera tanto solo como con sus amigos. Quizá simplemente necesitara tomar el aire, tenía entendido que la noche anterior hubo una gran fiesta por la victoria de Slytherin en el partido de quidditch, y todo el mundo sabía que en esas fiestas el alcohol era uno de los invitados, aunque no fuera legal.

Un tanto desilusionado por la deducción recorrió los últimos metros a la puerta del colegio, la abrió con cuidado y frunció el ceño. Ni rastro de Black, ni a lo lejos, ni por encima, ni a un lado ni al otro, se había esfumado, desaparecido, como si la tierra se lo hubiera tragado. Una sonrisa amplia se formó en los labios de Dimitri, eso era algo bueno, una buena señal que le aseguraba la necesidad de continuar con su plan. Por ello decidió esperar a que el chico regresara, tarde o temprano debía hacerlo y él podría seguir con la segunda fase de lo planeado.

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Había una suave brisa y en ese claro el Sol de mediodía calentaba su pelaje plateado, estaba en la gloria y se preguntaba si era estrictamente preciso regresar. Esa mañana había madrugado para hacer sus ejercicios como siempre, después se había duchado, había desayunado en el comedor vacío excepto por algún que otro madrugador de los primeros cursos, los demás por festejo, fiesta de consolación o simple vaguería seguían en la cama. Había regresado a su dormitorio, entrando con sigilo para no despertar a nadie, tampoco le haría ningún bien eso, y había repasado unos hechizos del último libro que había cogido de la Sección Prohibida, aunque la noche anterior ya lo había acabado. Conforme con los conocimientos retenidos, volvió a guardarlo haciéndose nota mental de devolverlo esa noche y buscar otro, y se dirigió al Bosque Prohibido para practicar.

Se había hecho una lista de prioridades, había pasado tres horas practicando cuatro hechizos ese día y después había vuelto a sacar al nundu para soltar un poco del estrés que cargaba, ese malestar por cómo había acabado la noche con Leyna la noche anterior. Meditó si había sido demasiado duro, al fin y al cabo las inseguridades eran normales en adolescentes de dieciséis años, incluso él las tenía a veces, unas pequeñas con las que lidiaba sin demasiados problemas, pero las tenía. En cualquier caso Leyna le había parecido demasiado vulnerable por un mero juego, al punto de hacerle ese mordisco en el cuello que había tenido que encargarse de curar con magia cuando se había visto en el espejo sin soportarlo aunque nadie más fuera a verlo. Le parecía como el equivalente a poner el nombre en tus muñecos de pequeños, él era mucho más que un objeto.

Había corrido por el bosque y cuando un rastro apetitoso había llegado a su olfato lo había seguido, dejando en la última parte que el nundu actuara con todos sus instintos, replegándose. Después de comer había vuelto a tomar el control, cada vez era un poco más fácil y se había dirigido a ese claro, parecía un lugar tan idóneo que se había tumbado a simplemente estar.

Se dijo que ya había pasado mucho tiempo, si no estaba por ninguna parte y Leyna lo buscaba para disculparse podría creer que la evitaba y eso sólo empeoraría las cosas, además no podía perder el día ahí tirado por muy cómodo que estuviera, el nundu estaba ronroneando con el calor del Sol. Se levantó y se dirigió hasta la linde del bosque, activó la invisibilidad y atravesó los terrenos de Hogwarts hasta llegar a un hueco en el muro junto a la puerta donde recuperó su forma para continuar por los pasillos que ya tenían algo de vida, con el objetivo de ir a la biblioteca a por un libro de Encantamientos Avanzados con el que entretenerse.

—Señor Black, no sabe cuánto me alegro de verle por aquí —la voz del profesor Ivanov lo detuvo en su avance—. Es uno de los pocos despiertos ahora, señor Black.

—Es domingo, profesor Ivanov —contestó Altais, preguntándose con qué iba a interrumpir sus planes esa vez, no se olvidaba de aquella charla que le parecía un poco sin sentido de algo más de una semana atrás, durante el castigo que le impuso—. ¿Puedo preguntar por qué me buscaba?

—No le buscaba propiamente, señor Black, pero la suerte quiso ponerlo en mi camino —contestó el hombre buscando algo en su túnica—. Tenía pensado darle esto el jueves en la clase, pero ya que lo he encontrado creo que podrá aprovechar el día de hoy con una lectura ligera —le explicó tendiéndole un papel—. Es una autorización a la Sección Prohibida, para coger este libro, creo que será de su agrado.

Altais cogió el papel y leyó el título descubriendo que ya lo había leído. Hizo memoria repasando el cariz de los conocimientos de dicho libro y concluyendo que no sería arriesgado reconocer que lo había hecho, ese libro era de magia prácticamente blanca, sólo había algunos hechizos cuestionables. Era de los primeros que había leído después de haber encontrado la cura para Leyna.

—Gracias, profesor. Pero ya lo he leído —contestó devolviéndole la autorización, sin especificar cuándo ni dónde.

El profesor fingió decepción ante la noticia. —Es un contratiempo inesperado… sin duda no lo había pensado, pero claro, es usted un alumno aplicado y es un libro muy famoso —meditó un poco y cambió el título con un golpe de varita—. ¿Qué me dice de éste?

A Altais le sonaba, pero al final se dio cuenta de que era porque se encontraba en una colección de la que había leído otro libro y los títulos se parecían, pero no lo había hecho en concreto. Por otra parte esa sí era una magia más oscura, él lo calificaría de gris, ¿qué pretendía ese profesor? Le gustaría poder hacer algo al respecto, pero reconocer que sabía que ese libro estaba en esa línea entre lo legal e ilegal, como la mayoría de los libros de la Sección Prohibida, denotaría que ya había leído algo en esa línea, eso tampoco le convenía.

—No, no lo he hecho —respondió—. He de admitir, profesor Ivanov, que su insistencia en que amplíe mi formación en la materia me produce cierto desconcierto.

El hombre sonrió un poco, algo apenas perceptible. —Admito que intento persuadir a un excelente alumno para que sienta predilección por mi asignatura, señor Black. Espero que disfrute leyendo el libro y que podamos comentarlo al igual que el anterior que ya leyó —le dijo empezando a alejarse, con su misión cumplida y una más que satisfecha sonrisa en el rostro.

Altais lo observó alejarse, rendía perfectamente en Defensa contra las Artes Oscuras, ¿por qué tanta insistencia de un profesor que había entrado el año anterior en cambiar sus gustos, más cuando ya se los expresó? Tenía que haber algo más, algo que ocultaba, pero no podía imaginar qué. Debería andar con pies de plomo con ese profesor.

Miró el trozo de pergamino en su mano y tras pensárselo decidió hacer uso de él en ese instante y así quitárselo de encima, ya buscaría algo de Encantamientos cuando acabara con ese.

Continuará…

Notas finales: No todo es color de rosa en esta relación. ¿Qué opináis? ¿Es Altais el capullo o es a Leyna a quien se le va la olla? ¿Y alguna teoría sobre el profesor pesado?