Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling, Bloomsbury Publishing, Scholastic Inc. y AOL/Time Warner Inc. Nadie gana ningún beneficio económico con esta historia.
Capítulo 8
Los pasillos de Hogwarts por la noche resultaban ser el mejor lugar para pensar tranquilamente, muchas veces había encontrado soluciones a problemas de clase caminando por esos pasillos, al menos durante ese año en el que ser prefecta le había permitido disfrutar de esa tranquilidad nocturna. Sin embargo, esa noche no parecía que fuera a encontrar muchas soluciones a sus problemas, realmente ninguna solución a su único y gran problema.
Hacía ya dos días de la discusión con Altais, bueno, ella creía que a eso no se le podía considerar una discusión, ella había metido la pata y él se había enfadado con razón, ahí terminaba todo. Un escalofrío la recorrió al pensar en terminar, esperaba que de verdad no hubiera acabado todo, pero para estar segura tenía que hablar con Altais y… eso era lo que la llevaba a estar a esas horas de la noche deambulando por el colegio cuando ni siquiera tenía ronda. Sí, tenía que hablar con él, pero ¿qué iba a decirle? ¿Que lo sentía? ¿Que no le importaría más que coqueteara con esas chicas porque luego las mandaba a paseo? No podía decirle eso, sería mentira y lo que menos quería hacer era mentirle, eso no era justo.
A Leyna le hubiera gustado poder hablar con él el día anterior, pero había despertado con una resaca impresionante, como nunca había tenido. Le dolía la cabeza y las náuseas eran horribles. Se había pasado la mañana en cama y cuando todos habían estado en el Gran Comedor ella había ido a por una poción para la resaca, ateniéndose a las consecuencias con Tahnee, ni loca se lo hubiera pedido a Poppy. Después de tomarla regresó a su dormitorio y se volvió a meter en la cama, a maldecir a Zaniah por convencerla de que beber era bueno y a lamentarse por su asquerosa situación.
Ese día ya habían tenido clases y como tampoco había pensado qué iba a decirle a Altais más allá de pedirle infinitas disculpas, no había hablado con él. Lo peor había sido que todas las chicas se habían dado cuenta de la situación y habían entendido eso como una vía libre para atacar, lo que no había ayudado a que su estado de humor mejorara ni un poco. Definitivamente todo era un asco, ella sólo quería arreglarlo y volver a la normalidad.
Con todos esos pensamientos nefastos en su mente pasó por delante de la puerta del baño de prefectos, ese siempre era otro buen lugar para relajarse, para descansar y para pensar claramente, seguramente por el vapor que te despejaba el cerebro, por lo que decidió que ya que no iba a poder dormir al menos se daría un largo baño esperando que las burbujas divinas la inspiraran.
Entró sin fijarse en nada, sólo con la idea de abrir los grifos de la tina que a ella más le gustaban y poder meterse de una vez. Por eso cuando el vapor llegó a ella tardó unos segundos en darse cuenta de que ahí había alguien, y un par más para ponerle nombre. Altais estaba dentro de la tina, con una expresión relajada en el rostro y la cabeza apoyada en el bordillo. Se le veía tan en paz que pensó que debería marcharse, pero sus pies esa vez no respondieron a su cabeza, no podía apartar la mirada de él, dividiéndose entre acercarse y hablarle o hacer fuerza para salir de allí.
Altais creía haber notado una leve corriente que sólo podía significar que alguien había abierto la puerta, pero estaba tan relajado que no podía importarle menos, además había puesto el aviso en la puerta como tenían acordado. Sin embargo, esas pisadas acercándose eran diferentes, no iban a tratar que acabara su baño, ¿verdad? Apenas debía llevar cinco minutos. Abrió los ojos lentamente y se giró para enfrentar a quien fuera. Se sorprendió al ver que se trataba de Leyna y en parte ese hecho lo tranquilizó. Sacó los brazos y los apoyó en el bordillo quedando girado por completo.
—¿No viste el aviso o quieres algo? —preguntó despreocupado.
Ella parpadeó un par de veces y desvió la mirada. —No lo vi, lo siento —se disculpó dando un paso atrás—. Ya me voy, no quiero molestar.
—¿Hasta cuándo va a durar esto? —inquirió. Había estado esperando que lo buscara el domingo, pero no la había visto ni siquiera en el comedor, ni en el almuerzo ni en la cena, y ese día tampoco había hecho intención de hablarle en Herbología ni en Transformaciones, no que fueran a resolver nada en clases, pero podrían haber acordado verse más tarde. Se preguntaba si aún estaba asimilando sus palabras a cerca de su inmadurez, si realmente se había excedido con esas palabras y había sido demasiado duro como para alejarla.
Leyna detuvo sus pasos y se atrevió a mirarlo, si había apartado la mirada había sido porque no quería ver rechazo en sus ojos, aún esa frialdad, no podía verlo de nuevo, pero al mirarlo no vio nada de eso y se tranquilizó un poco.
—Quería hablar contigo, lo digo de verdad, pero no estaba segura de qué decirte o más bien de cómo decirte lo que quiero decirte sin que todo acabe peor —contestó con sinceridad.
—¿Por qué iba a acabar peor?
—Porque… igual sí que me falta autoestima o soy poco madura, porque no soporto ver cómo ellas se acercan y tú les sigues el juego —confesó finalmente, si había planeado miles de formas de cómo decirlo, ninguna se parecía a esa ni lo más mínimo.
—Sólo es eso, un juego del que no aprenden —contestó sin darle ninguna importancia.
—Lo sé —aseguró—. Sé que sólo es un juego para ti y todo eso, lo sé, pero no puedo evitarlo, Altais. Te veo contestando a sus insinuaciones, sin darles puerta directamente y… duele —afirmó abrazándose un poco a sí misma—. ¿Y si yo hiciera lo mismo? ¿Si un chico viniera a coquetear conmigo y yo le siguiera el juego en un primer momento? Aunque luego se marchara por donde había venido.
—¿No lo hacen ya? Cada vez que te mantean, ¿dónde ponen sus manos? Cada vez que bailas con alguno de tu equipo… —replicó él y pasó a apoyar los codos para alzarse un poco más—. Pero en cualquier caso, no es mi intención hacerte daño. Dejaré de jugar delante de ti.
Delante de ella, sólo delante ella, eso era lo que le estaba diciendo, demonios, casi prefería verlo que imaginar lo que estaría pasando en cada momento, era un verdadera estúpida, una niña.
—No dije que fuera tu intención —contestó—. No sabía que eso te lo hacía a ti.
—No me hace daño, sólo me molesta, pero no es como si pudiera ir cortando manos o fuera a prohibirte relacionarte con el resto del colegio porque ellos actúen de ese modo —la corrigió Altais.
—Yo tampoco quiero prohibirte nada —dijo soltando un largo suspiró y pasándose las manos por el pelo—. No es justo, no quiero preocuparme por ellas, sólo quiero estar contigo, sólo eso.
—Entonces no te preocupes —contestó él—. Yo sólo quiero que me toques tú, sólo contigo, Leyna.
Ella volvió a mirarlo, esa vez percatándose de las gotas de agua que resbalaban desde su pelo a sus hombros y bajaban por su pecho. Tragó sintiendo la garganta seca de repente y más calor en la habitación.
—Y yo sólo quiero que lo hagas tú —concordó dando pasos hacia él.
—Puedo jugar con palabras, pero no permitiría que nadie más me tocara —aseguró, y sonrió un poco de medio lado al ver su avance y en qué se fijaban esos ojos verdes.
—Siento haberte mordido y todas las demás cosas que han pasado —dijo cuando estuvo a un paso de él y se agachó para quedar más a su altura—. De verdad.
—Te creo. Pero no hay otras cosas que deba disculparte —aseveró.
—Los pequeños enfados, no quiero tener más de esos —explicó—. Aunque Zaniah diga que son la salsa de las relaciones o algo así, que las reconciliaciones son lo mejor.
Altais arrugó un poco la nariz al pensar en los pájaros que podía haberle metido esa loca a su novia en la cabeza.
—Aunque sí deberíamos reconciliarnos, tenemos algo pendiente —dijo con una sonrisa depredadora.
—Dos cosas, una reconciliación y una celebración —lo corrigió ella sonriendo ampliamente e inclinándose un poco más para poder alcanzar sus labios.
El chico se apoyó en un solo brazo para llevar otro a la nuca de ella, asegurándose de que no se alejara mientras se besaban. Al poco sintió que iban inclinándose y sonrió con picardía potenciando esa inclinación de ella en dirección a la tina hasta que la chica perdió el balance y se precipitó al agua jabonosa.
Leyna salió del agua desorientada, lo buscó con la mirada y frunció los labios. —Eres malvado, ¡me has mojado todo el uniforme!
—No, tú te lo has mojado al caerte —replicó claramente divertido.
—Me has tirado tú —repuso ella nadando hacia él como pudo y salpicándole.
—Tú fuiste quien se lanzó sobre mí —rebatió.
—Me sujetabas por la nuca y te fuiste hacia atrás —aseguró ella acercándose al borde para alzarse y quitarse los zapatos y la túnica mientras refunfuñaba.
—Siempre lo hago y en realidad tú empezaste a perder balance hasta que… es física elemental —aseguró acercándose a ella hasta volver a apoyarse en el borde a su lado, observando cómo peleaba por sacarse sólo la túnica.
—Me distraes con esas gotas cayendo por tu pecho y perdiéndose en la tina y… —detuvo sus palabras al percatarse de algo y lo miró con las mejillas totalmente rojas—. Vas desnudo.
—Obviamente, ¿tú te bañas vestida? —replicó aún más divertido, como un gato con un ratón entre sus garras, confirmando sus sospechas que su despreocupación hasta ese momento se debía a que no se había parado a pensar en esa obviedad.
—No, pero… vas desnudo, del todo y… no lo pensé —contestó completamente azorada.
—Si quieres puedo salir a buscar mi ropa —sugirió pícaro e hizo el amago de alzarse en sus brazos para hacerlo.
—¡No! No hace falta… —se apresuró a detenerlo poniendo sus manos en los hombros de él—. Yo puedo secarme e irme y así ya está —sugirió mirando a los lados.
—Si es lo que quieres —contestó dando a entender que a él no le molestaba, pero tampoco iba a forzarla a nada.
Leyna miró la puerta y después a él, volviendo a repetir ese juego de miradas un par de veces más.
—Quería darme un baño —contestó mirándolo de soslayo, esperaba que dando a entender que se quedaba con él.
—¿Quieres que te deje sola? —ofreció, queriendo comprobar que de verdad quería estar con él así.
Ella negó con la cabeza. —Quiero que te quedes conmigo también —confirmó—. Necesito ayuda con la ropa.
Altais primero la besó, aunque fue un beso corto. Después comenzó a desabrochar botones, aunque se resistían por estar la prenda mojada.
—También puedes usar un hechizo —agregó.
—Pero me gusta cuando lo haces tú, sentirte —repuso ella mirando esas manos desabrochar uno a uno los botones, mostrando su piel.
Altais separó los lados de la camisa y llevó las manos a los hombros de Leyna, bajo las prendas para empujarlas poco a poco con sus manos acariciando el largo de sus brazos hasta que la túnica y la camisa quedaron flotando sobre el agua y las cogió para dejarlas en el borde. Volvió a poner las manos sobre la chica, esa vez sobre sus caderas y las movió por el plano vientre hasta el botón y la cremallera en el lateral de la falda. No la estaba tocando mucho más allá, quería que fuera ella quien iniciara el contacto si se sentía cómoda. Para poder sacársela por los pies en vez de que quedara ahí flotando, se sumergió unos segundos y la ayudó a ello. Cuando emergió se echó el pelo hacia atrás para que dejara de chorrear en sus ojos y dejó esa prenda junto a las otras.
Leyna se acercó a él pegándose a su cuerpo y lo beso dulcemente, despacio, tomándose un tiempo hasta dar el siguiente paso. Pudo sentir la absoluta desnudez de su novio y los nervios se mezclaron con el deseo. Era lo que quería, eso lo sabía desde hacía tiempo, pero si eso no hubiera pasado, si no lo hubiera encontrado en la tina ya desnudo, quizá hubiera tardado más en dar ese paso. Siguió besándolo mientras una de sus manos cogía una de él y la acercaba de nuevo a su cadera.
—Queda algo de ropa —dijo sobre sus labios esperando no sonar demasiado nerviosa.
Altais desabrochó y quitó primero el sujetador, dándole un poco más de tiempo, y después bajó la última prenda repitiendo lo que había hecho con la falda. Que el agua y la espuma los cubrieran al menos de la vista ayudó a que ella se relajara poco a poco. Ella sonrió suavemente, acercándose de nuevo hacia él, pasando los brazos tras su cuello y dejando sus labios cerca de los propios.
—¿Empezamos por la reconciliación o por la celebración? —preguntó con diversión en la voz.
—¿Acaso importa? —preguntó a su vez, pero no esperó una respuesta, con un brazo la rodeó por la cintura, sintiéndola contra su cuerpo por completo y asaltó su boca, metiendo una mano en su pelo mojado.
Leyna gimió con esa acción y correspondió al beso con la misma intensidad con la que él la besaba. Desde hacía un tiempo había empezado a notar que la altura de su novio había aumentado, no demasiado, pero sí lo suficiente como para que ella tuviera que alzar un poco la cabeza en el beso. Al principio no le había dado importancia, no había pensado si eso era o no algo bueno, pero en ese momento la sensación de que él fuera más grande y fuerte le gustaba.
Una de las manos que había estado en la nuca de Altais pasó a su hombro, acariciando la piel más suave por el agua y el jabón. Acarició los fuertes brazos y pasó a los músculos de su espalda, juraría que era algo más amplia, aunque igual eran cosas suyas. Cuando sus dedos llegaron a aquel lugar en el que la espalda perdía su nombre se detuvo y la movió a su cadera, acariciando el costado y desde el hombro de nuevo bajó por su pecho. Poco a poco tomando más confianza con esa situación.
Altais sonrió en el beso, conforme y disfrutando de esas acciones, y lo tomó como el pase para hacer lo mismo, para comportarse como siempre lo hacían aunque no hubiera barreras entre sus cuerpos. Abandonó los labios de Leyna para besar y mordisquear su cuello hasta pasar al hombro y bajar la mano que había estado sujetando su nuca por su espalda hasta que la palma llegó al final de su espalda, en cambio sus dedos sí se atrevieron a acariciar más allá en una tentación, una promesa de que volverían antes de ascender por el costado. Acunó un pecho con esa mano en el momento en que su cabeza llegaba a la altura del otro y recogía la humedad en el pezón a cortos lametazos con la punta de la lengua, cambiando esa humedad por la propia antes de atraparlo con los labios.
Ella no contuvo los gemidos que él provocaba con cada cosa que hacía en sus pechos. Su cabeza se había echado hacia atrás y su espalda se arqueaba hacia esos labios deseosa de más. La mano que había mantenido en la nuca de Altais se metió entre sus cabellos y apretó ligeramente para que no la abandonara, no cuando sus sentidos estaban llenos de tan placenteras sensaciones. La angustia por el enfado había desaparecido, pero parecía haber dejado atrás la sensación de haber estado sin aquello durante semanas. Esa boca tan diestra pasó a atender el otro pecho y un sonido mezcla de protesta y placer salió de los labios de Leyna. Pudo sentir la sonrisa complacida de Altais mientras besaba el pliegue bajo ese otro pecho antes de dirigirse al pezón, donde lo quería, y seguidamente que retrocedían hacia una pared, no la que tenían al lado, sino a una del lateral que no tenía banco. Sintió la pared a su espalda y la mano libre de él llegar a ponerse sobre una de sus nalgas, acariciando con los dedos antes de apretar un poco.
Ella gimió más largamente y tiró de su pelo para que levantara la cabeza y poder volver a besarlo, esa vez con deseo y anhelo. Tiró del labio inferior de Altais, sonrió pícara y pasó a besar su cuello, intercalando con pequeñas lamidas para retirar las gotas de agua que encontraba en el camino hacia sus hombros. Sus manos regresaron a la espalda de él para seguir recorriéndola y esa vez no se detuvo cuando llegó al final, acarició las nalgas de él y las apretó haciéndolo gemir, y que las caderas de ambos quedaran más pegadas en el proceso. El jadeo por ese movimiento interrumpió por un momento los besos en el pecho de su novio, que estaban acercándose peligrosamente al pezón de él en tanto que una de sus manos ya subía para atender el otro.
Altais se estaba excitando más rápidamente y con ese apretón a su culo tenía que admitir al menos para sí mismo que le gustaba que lo hiciera, que lo calentaba mucho. La dejó hacer un poco más, disfrutando de esa boca mientras él se mordía el labio inferior, sintiendo el placer recorriéndole por esas acciones y esa mano que se había quedado en su trasero. Movió sus manos en los pechos de ella, correspondiendo las acciones de la boca y esa mano de la chica, después las movió una a su pelo y otra por el vientre hasta una de las caderas, la primera descendió y lo hicieron a la vez por el dorso de los muslos de ella, era hora de más. La alzó un poco separándole las piernas y se movió contra ella, el glande de su creciente erección rozó el sexo opuesto directamente, desde ese lugar que algún día ocuparía hasta el clítoris que siempre estimulaba con sus roces hasta ese día con una barrera entre ellos, llegando a rozarse por completo.
Leyna jadeó por la sorpresa de ese roce y su cuerpo tembló con los nervios volviendo a acumularse en ella. Miró a Altais desconcertada, por ese paso, pero también porque no sabía cómo reaccionar.
—Yo…
—¿Sí? —preguntó mordiendo su oreja y repitiéndolo, más despacio, pareció que demorándose demasiado en cada punto, y en uno en concreto.
El jadeo esa vez no fue tanto por la sorpresa, pero seguía sin saber qué hacer. ¿Era eso lo que quería él? ¿O sólo era un roce más?
—Estoy nerviosa —confesó—. No sé si… puedo ya.
Altais suspiró y la soltó con fuerza de voluntad, estaba muy excitado. —Quieres que me vista —dijo en un tono que parecía una pregunta, pero sin serlo.
Ella negó con la cabeza. —No quiero decir eso, yo estoy bien con nosotros así, sin nada de ropa, pero no sé si hoy puedo… dar todo —trató de explicarse.
—Todo… es tentador y quiero hacerlo —confesó—, pero nunca te tomaría sin tu consentimiento —aseguró, que pensara que iba a robarle la virginidad medio a traición dolía, la desconfianza, tomarle por alguien tan bajo de moral—. Seguiré esperando lo que necesites, porque te quiero a ti, por completo. De hecho, esperaré a que me lo pidas —decidió, y conforme lo pensaba le gustó más la idea, en parte así acabaría con esos quebraderos de cabeza—. Tienes mi palabra, Leyna —prometió, esperando que con eso cambiara esa horrible opinión.
La chica se acercó a él de nuevo cogiendo una de sus manos. —Nunca pensaría que lo harías sin mi consentimiento, Altais, confío en ti más que en nadie. Pensé que eso era… un modo de preguntarme, por eso lo dije —explicó su modo de verlo—. Yo también quiero, pero no sé por qué no puedo… no lo entiendo, pero cuando sí, te lo haré saber.
Él asintió con la mirada baja al conocer el error que había cometido y por ser ella aceptó disculparse.
—Lo siento, no era lo que pretendía. No lo pensé mucho… nada —admitió, mostraba arrepentimiento, pero interiormente había más, se sentía apenado de verdad por haberlo estropeado por no pensar por una vez, ¿por qué no lo había hecho? Siempre lo hacía, la improvisación no llevaba a los mejores resultados y había tenido que estropearlo con testigos, con ella.
Leyna negó con la cabeza, llevó una mano a la mejilla de él y alzó la cabeza para besarlo con cariño.
—No pasa nada, todo está bien —aseguró volviendo a besarlo más largamente.
Altais la abrazó sin apretarla y sólo le dijo que la quería en ese beso. Ella siguió dejando caricias en su mejilla con el pulgar durante el tiempo en el que ese beso siguió siendo suave, cariñoso. Lo miró y formó una gran sonrisa en sus labios.
—Creo que estabas por aquí, ¿no? —preguntó bajando las manos de él hasta dejarlas sobre su propio trasero, caminando hacia atrás para dar de nuevo con la pared de la tina—. Y yo hacía algo así —agregó llevando sus labios de nuevo a su cuello.
—En realidad estabas más abajo —la corrigió aunque dejándose hacer.
La chica sonrió contra su piel. —Cierto, creo que aquí —contestó lamiendo el pezón y mirándolo.
—Sí… justo ahí —concordó interrumpiéndose por un jadeo, acarició unos segundos sus nalgas y después movió una acariciando por el costado hasta ponerse sobre un pecho.
Leyna atrapó ese pezón entre sus labios, y una de sus manos repitió los movimientos de su boca en el otro. La mano que había quedado libre apretó una de las nalgas de Altais, sacándole un nuevo gemido que la hizo sonreír satisfecha por hacer que se olvidara poco a poco del lapsus de ambos.
Altais sintió que la excitación iba aumentando, que recuperaba lo que su erección había bajado por su fallo e incluso se endurecía más según acariciaba a Leyna y ella lo apretaba, acariciaba, saboreaba. Para ese punto realmente necesitaba contacto en esa parte de su anatomía, pero había perdido un poco de confianza y las inseguridades adolescentes se estaban aprovechando de ese momento de debilidades. No se atrevía a volver a rozarse contra ella aunque fuera en esa posición que a ella no le serviría de mucho, y mucho menos a tocarla en ese lugar, eso podría incomodarla de nuevo, ¿por qué la había incitado a quedarse con él y con ello al final también desnudarse? O ya puestos, ¿por qué había tenido que cometer la travesura de tirarla al agua? Si lo analizaba admitiendo todas las verdades, sólo había querido asegurarse de que la tenía de nuevo con él, bromear, verla feliz… era un completo imbécil y… enamorado. Leyna sacaba lo peor de él, si fuera consciente de todo lo que le hacía sentir…
Ella volvió a ascender a sus labios, lo besó con intensidad extrañada de su pasividad, igual no estaba recuperado del todo y ella no quería que después de haber arreglado un problema sugiera otro. Se pegó a él sintiendo la dura erección de él, quien soltó un gemido necesitado, nunca había sonado tanto, se estaba conteniendo. Decidió que no le gustaba, no quería verlo así, y tomó la determinación de ser esa vez ella la que diera un paso adelante. La mano que estaba en su mejilla bajó acariciando el pecho de Altais, pasando la barrera que hasta ese momento se había autoimpuesto y sus dedos rozaron finalmente la erección de él, todo sin dejar de mirarlo.
—Oh, Merlín —se le escapó en un gemido, la mano en la nalga de Leyna se apretó y la otra la movió a su espalda para no apretar muy fuerte el pecho que había estado tocando. Apoyó un segundo la frente en el hombro de Leyna y después la levantó para besar y morder en el cuello—. Sigue —ordenó y pareció que ese toque era lo que necesitaba porque bajó las manos para hacer que separara un poco las piernas y que la mano que había estado en el culo de ella se colara entre ellas para rozar un poco su sexo tentadoramente.
Leyna jadeó y sonrió orgullosa por su logro. Ladeó la cabeza, se sujetó al hombro de Altais con la mano libre y la otra repitió la caricia al miembro de él, acariciando desde la base a la punta un par de veces más antes de atreverse a rodearlo con la mano, atenta a las reacciones de él, al menos todo lo que le permitía. Un sonido placentero reverberó en la garganta de Altais, como un ronroneo, en tanto sus dedos estaban acariciando tortuosamente despacio los labios menores del sexo femenino, como si estuviera examinando cada milímetro, sin llegar a tocar su entrada, tampoco llegaba a tocar propiamente su clítoris, era desesperante. El chico en cambio no esperó a ver si volvía a coger iniciativa y embistió en esa mano.
Guiada por esa acción ella movió la mano en un vaivén aún no demasiado rápido, también quería conseguir ese placer que sabía que su novio estaba experimentado, lo necesitaba.
—Altais… por favor… quiero más —suplicó intercalando las palabras con jadeos cada vez más desesperados.
Altais sonrió como un felino que ha atrapado a su presa y apartó su mano para conseguir un mejor ángulo, el que siempre tenía aunque nunca se hubieran tocado así. Pasó la mano al frente y volvió a tantear con un dedo y después atreverse a meterlo despacio. La imaginación se le disparó pensando en cómo sería cuando fuera su polla la que conquistara ese lugar a juzgar por lo caliente y estrecho. Cuando volvió a centrarse un poco comenzó a moverlo dentro y fuera mientras pensaba cómo podía llegar a tocar el otro punto de placer sin usar la otra mano, sería demasiado lío de manos cruzándose a la misma altura, finalmente probó a estirar el pulgar para rozar el clítoris.
Leyna soltó un grito de placer perdiendo por unos segundos la coordinación de la mano que estimulaba la erección de Altais. Sentía que con esa dulce presión en su interior y las caricias en su clítoris podría llegar rápidamente al orgasmo, por lo que cuando se volvió a centrar un poco aceleró el movimiento de su mano, añadiendo algún toque al glande con el pulgar y caricias a los testículos. La mano en su hombro la llevó a la mejilla del chico de nuevo y lo instó a volver a besarla, haciéndolo ella también de un modo casi frenético, ahogando sus gemidos que no dejaban de salir en la boca de él.
—Altais… ah… estoy… ¡Merlín!... estoy cerca —dijo tan cerca que sus respiraciones se mezclaban.
—Hazlo más rápido —indicó empujándose una vez, mientras él mismo ponía sus propias palabras en práctica aumentando el roce.
Ella lo hizo casi al instante, aferrándose al hombro de él conforme sentía que la culminación estaba más cerca. Finalmente ambos se corrieron, Leyna gritando el nombre de él sin contenciones y sintiendo cómo sus piernas cedían un poco a la gravedad. Altais dejó escapar un gemido más ronco, gutural, al liberarse y la sostuvo apretando un brazo en su cintura, también sentía cierta debilidad por la intensidad. Sacó ese dedo de ella, apartó la mano en un movimiento lento cuando ambos se calmaron un poco y besó a Leyna.
La chica lo abrazó recostando la cabeza en su pecho. —Vas a quedarte como un pasa —bromeó.
—Sí, me gusta la reconciliación, pero deberíamos celebrar en otra parte —concordó, la besó una vez más, se liberó suavemente y se movió a un lado para salir del agua impulsándose en los brazos en vez de buscar las escaleras—. Voy a buscar una toalla más para ti —informó desplazándose sin prisa, si con algo tenía seguridad era con su cuerpo, había tenido cierto complejo cuando no crecía, pero ya había quedado en el olvido.
Leyna no pudo evitar quedarse observándolo embelesada, definitivamente la próxima vez no dejaría que se quedara medio escondido debajo del agua. Cuando desapareció de su campo de visión, después de maldecir a las paredes, se movió para salir por las escaleras y esperar esa toalla, decidiendo entretenerse en vaciar la tina.
Pudo sentir la mirada caliente sobre ella antes de oír los pasos de Altais, quien llegó hasta ella y le pasó una gran toalla por los hombros antes de comenzar a secarse él eficazmente. Ella miró hacia atrás y le sonrió.
—¿Y dónde dices que vamos a ir a celebrar? —preguntó con diversión, pensando que quizá no estuviera realmente tan lejano el momento en el que ella estuviera lista.
Altais se irguió, terminado de secar sus piernas y la miró pensativo mientras se pasaba la toalla por la nuca y la parte posterior de su cabeza.
—No tenemos muchas opciones ahora —contestó, la habitación de Premio Anual no podían usarla en ese momento, necesitaban la poción para colarse—. Y sólo una cómoda.
—¿Cuál?
—Mi cama —dejó caer la idea, de una habitación con otras personas durmiendo, ignorantes de lo que hacían, pero estando igualmente.
Leyna lo miró con sorpresa deteniéndose en su tarea de secarse, sopesando las posibilidades, un sitio cómodo le aseguraba poder dormir con él, cierto que su cama era arriesgado, pero el único que intentaría abrirla en algún caso sería Emery.
—Te encargas de los encantamientos —le dijo, más confiada en él para esos temas.
Él asintió. —Siempre lo hago —respondió antes de alejarse para coger su ropa—. Seca tu ropa y vámonos.
Ella sonrió negando con la cabeza por sus órdenes, pero le hizo caso y un rato después estaban celebrando debidamente en la cama de Altais.
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La práctica de Defensa contra las Artes Oscuras llegó a su fin y se apresuró a recoger, había quedado para estudiar con Leyna, pero lo más seguro era que no sólo estudiaran. Su lívido estaba alto, necesitado de más desde que la ropa dejó de ser un impedimento, había sido un gran avance, en ese punto era más fácil para él esperar, ahora no tenía que correrse en el aprisionamiento de los calzoncillos, sin duda una gran mejora. Guardó el libro, el tintero y los pergaminos que había estado usando en la primera parte de la clase y cuando sus ojos se encontraron con los de Leyna le dio una mirada cargada de promesas indecentes. Se colgó la cartera al hombro e iba a dar los primeros pasos hacia la salida cuando la voz del profesor Ivanov lo detuvo.
—Señor Black, ¿podría quedarse un segundo? —preguntó el hombre sentado en su escritorio.
Altais maldijo interiormente, seguro que no iba a ser un segundo, querría que comentaran esos libros, por mucho que había guardado la esperanza de librarse de ello.
—Por supuesto, profesor —contestó al hombre, volviendo a dejar su cartera sobre el pupitre—. Nos vemos luego —le dijo en voz baja a Leyna, resignándose mientras veía salir a los pocos alumnos rezagados.
—Espero no interrumpir ningún plan importante, señor Black —dijo el hombre sonriendo.
—Todo tiempo es importante, profesor Ivanov —se negó a decir que no le molestaba en absoluto, pero tampoco iba a ser maleducado.
—Eso es cierto, pero creo que hay cosas que deben tener más prioridad —repuso Dimitri y apoyó los codos en la mesa para observar al chico, comprendía que a su edad hablar con un profesor era un incordio, más cuando había una chica preciosa esperando—. ¿Ha leído el libro que le recomendé?
Altais se sintió aliviado de que fuera al grano, le gustaba ese baile de palabras, disfrutaba de él en las reuniones de sociedad, pero no en ese momento, desde luego.
—Sí, lo acabé el lunes —respondió conciso, atento al cariz de podría tomar la conversación por si podía dilucidar algún motivo oculto para el interés del profesor.
Dimitri esperó a que dijera algo más, pero el chico solía ser duro de mollera cuando se lo proponía y ser hablador no era una de sus aptitudes.
—¿Y qué le pareció?
—Fue instructivo como cualquier libro que se precie, sin embargo, no encontré en él contra-hechizo a algunos cuestionables, como en otros libros de Defensa contra las Artes Oscuras —contestó, poniendo cierto énfasis en la palabra clave de la asignatura.
Ivanov sonrió ligeramente. —Esos maleficios fueron poco usados desde el momento en que se crearon y no tardaron el prohibirse, no existe contra-hechizo para ellos ya que la mayoría de la gente se ha olvidado de ellos, sólo los que estudian la defensa contra las artes oscuras los conocen —explicó—. No considero que sea correcto, cuando algo cae en el olvido no suele ser para siempre, ¿no cree, señor Black?
—Nadie olvida eternamente por mucho que afirme lo contrario, al menos por voluntad propia. De modo que sí, estoy de acuerdo en que alguien podría volver a usar viejos maleficios. Sin embargo, la defensa no se especializa en la creación de hechizos, utiliza los ya creados por especialistas e inventores de encantamientos, y analiza las Artes Oscuras —respondió Altais, podía estar en forma humana, pero en ese momento se sentía de caza y su presa eran esas razones ocultas.
—Eso es cierto, no es el área de actuación de la Defensa contra las Artes Oscuras. Pero también lo es que si no fuera por esto muchos de esos maleficios, o lo que se considera maleficio, se perdería. Y tendrá que admitir, señor Black, que conocer dichos maleficios sí es una materia interesante.
—Encuentro interesante aprender algo que voy a poder poner en práctica, incluso la teoría mágica elemental tiene su utilidad, estos maleficios no la tienen para mí —sus palabras eran ciertas excepto en lo último, se regía por lo primero, había practicado y aprendido cada uno de los nuevos hechizos, o estaba en ello, no había tenido tiempo de completar todos, era un tomo grueso, pero no iba a admitirlo y la mentira salió con naturalidad de sus labios.
Al profesor casi se le escapó una sonrisa lobuna, sólo casi. —Es una lástima, ¿verdad? No poder practicarlos. Hay algunos que fueron prohibidos hace siglos y que no son para nada peligrosos, actualmente hay otro tipo de hechizos legales mucho más peligrosos. Sin embargo, son considerados magia oscura, sin considerar su posible utilidad —comentó relajadamente.
—Que sean útiles o dejen de serlo no rigen si una magia es oscura o de luz, profesor —contestó Altais—. Si son de magia oscura, obviamente, causarán un mayor daño tanto para el ejecutor como para el que recibe el maleficio —dijo esperando que el "obviamente" hubiera salido con mucho menos desdén o nada de ello de como había sonado en su mente antes de decirlo—. Las consecuencias siempre son terribles, es casi lo primero que se enseña en su asignatura.
—También es cierto, señor Black, aunque quizá a lo que de verdad se tiene miedo es al poder que esos hechizos ofrecen —contestó él y escribió algo en un papel—. Le recomiendo que lea este libro, señor Black, creo que le gustará más que el anterior.
Altais recogió el papel, mirando al profesor con suspicacia por esa contestación, le parecía que delataban bastante de él, tenía que andarse con más cuidado. Creía que en mayor o menor medida podía ser un mago oscuro que trataba de llevarlo a su lado, lo que faltaba saber era si sabía que ya estaba haciendo por su cuenta o simplemente era que la gente nunca olvidaba, y un Black debía ser un Black, oscuro como su apellido sin importar si su rama de la familia hubiera sido repudiada por tres generaciones.
—¿Algo más que quiera tratar, profesor Ivanov?
—No, nada más, señor Black, disfrute de su tarde —respondió Dimitri, centrándose en unos papeles en su mesa.
Altais asintió. —Buenas tardes, profesor Ivanov —se despidió, cogió su cartera y salió de ese aula, su mente bullía analizando cada palabra de esa conversación en busca de algo que se le hubiera escapado hasta que Leyna se encargó de que lo olvidara por un rato.
Continuará…
Notas finales: Una bonita reconciliación y más misterio sobre lo que Ivanov quiere de Altais, todo empieza a ponerse calentito, en más de un sentido ;)
