Disclaimer: Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling, Bloomsbury Publishing, Scholastic Inc. y AOL/Time Warner Inc. Nadie gana ningún beneficio económico con esta historia.

Capítulo 9

Observó la forma que había tomado la Sala de los Menesteres cuando entró. Había pensado en poder encontrar un lugar en el que estar íntimamente con Altais y al parecer esa sala había comprendido perfectamente el mensaje. A la derecha había una cama llena de cojines, con sábanas de seda de color negro y de un tamaño casi el doble de grande que la que había transfigurado ella para el cumpleaños de su novio. Frente a la cama había una gran chimenea ya encendida, que daba luz y calidez a la estancia, el resto de iluminación la daban las pocas velas flotantes que había en los rincones. Bajó la mirada y sonrió al ver una suave alfombra que recubría todo el suelo de la habitación.

Sin embargo, lo que más la sorprendió fue esa pequeña mesilla al lado de la cama sobre la que descansaba un bol con fresas de un color rojo intenso y otro con chocolate negro. No había pensado en comida, por eso no comprendía por qué la sala le había puesto eso allí, pero no iba a quejarse, le gustaban las fresas y el chocolate y podía ser interesante cuando Altais llegara.

Se movió un poco más por la habitación y decidió que debía prepararse para la llegada del chico. Se desvistió por completo, dejando su ropa en una bolsa a un lado escondido de la habitación. De esa misma bolsa sacó una fina bata de satén de color plata, y se la puso para cubrir la fina lencería de encaje verde. Después peinó una vez más su pelo y miró la hora que marcaba el reloj que había al lado de la chimenea. Debía estar a punto de llegar y ella no sabía cómo o dónde ponerse. Por eso al final decidió quedarse frente a la chimenea, conteniendo su nerviosismo ante lo que iba a pasar esa noche, el paso que iba a dar, esperaba que todo fuera bien.

Altais abrió la puerta sin saber del todo qué esperar, aunque con cierto alivio porque hubiera aparecido, no las tenía todas consigo y que no tuviera que esperar a que ella lo hiciera, pero lógicamente la habitación estaba pensada para que él también estuviera. Observó todo en un vistazo mientras cerraba la puerta, haciéndose una idea a la que no quería dar demasiadas esperanzas por si acaso, y finalmente se fijó en Leyna, esperando que se girara para hacerlo mejor, aunque esa bata parecía muy delgada y sin nada debajo.

—Me sorprendió que Teddy hiciera de recadero y el mensaje —comentó.

Ella se giró y sonrió con cierta timidez. —Tenía que hablar con él para asegurarme de que dejaba la sala libre, y se ofreció a avisarte —explicó ella dando pasos hacia él, sus pies descalzos no hacían ruido gracias a la acolchada alfombra.

—Estaba muy efusivo —agregó mientras la recorría con una ardiente mirada.

—Creo que se formó una historia en su mente —respondió sonriendo un poco más ante esa mirada, llegó hasta él y puso las manos sobre su pecho, acercándolas al broche de la túnica—. No se fue de la lengua, ¿verdad?

—Sólo habló de su historia, ¿crees que era muy fantasiosa? —indagó.

Leyna abrió ese broche y le quitó la prenda haciéndola caer. —Creo que no iba muy desencaminado —contestó.

—Eso parece, me pregunto cuánto —comentó dejando que lo desnudara.

La chica le sacó el jersey y lo miró con intensidad y las mejillas sonrojadas. —Intuyo que todo, Altais —susurró.

Él sonrió, iba a ser esa vez, al fin, por eso ella lo había preparado para que fuera especial, exactamente como la chica quería que fuera. Tuvo de admitirse que ciertos nervios y emoción se acumularon en su estómago ante la perspectiva de la primera vez. Levantó una mano a la barbilla de Leyna y unió sus labios en un beso lento.

Ella correspondió gustosa a ese beso, una de sus manos fue al cuello de él, acariciándolo con suavidad, mientras la otra desabrochaba la camisa poco a poco.

—¿Sabes? La sala puso algo por propia voluntad.

—La sala no hace las cosas por propia voluntad, en todo caso puede ser inesperado, pero para cubrir alguna necesidad que guardabas —objetó Altais, moviendo su mano a la nuca de ella, acariciando su cabello, si él sentía nervios, ¿cómo estaría ella? Era el día para dejar salir ese cariño que guardaba con recelo.

—Quizá confundió los nervios con hambre, porque me puso fresas y chocolate —contestó sonriendo ante ese toque suave, sintiéndolo más dulce que en otras ocasiones, se lo agradecía mucho porque sabía que era por ella, para que estuviera más tranquila.

—Las fresas con chocolate son un postre muy erótico, clásico —agregó él—. No creo que lo confundiera.

—¿Quieres? —preguntó al tiempo que deshacía el nudo de la corbata para así poder desabrochar los últimos botones del cuello de la camisa y poder quitársela también, dejando su torso desnudo.

—Sí, quiero contigo —respondió sabiendo que ella misma quería, aunque aún no lo supiera, sino esa comida no estaría ahí.

Leyna asintió suavemente, se alzó un poco para besarlo de nuevo y bajó sus manos al botón del pantalón, decidiendo primero quitarle toda esa ropa antes de ir a la cama. Los dejó caer e hizo que la ropa interior de Altais los siguiera. El chico no se había esperado eso último, pero no protestó porque ella sí siguiera llevando ropa. Se agachó para quitarse los zapatos y así poder sacarse toda la ropa, también coger su varita. Antes de volver a levantarse entreabrió la bata y dejó un beso en su muslo derecho sonriendo con picardía.

—¿Vienes? —preguntó cuando se alejó un par de pasos antes de dar los últimos despacio y tumbarse en el centro de la cama de costado, apoyando un antebrazo para alzarse, con aire indolente, habiendo dejado la varita en la mesilla libre.

—Podría simplemente quedarme mirándote —respondió ella sonriendo de lado al verlo, pero caminó hacia él—. Aunque prefiero sentirte —agregó cogiendo los boles con la comida, se sentó de espaldas a él, con la espalda apoyada en sus piernas y dejó los cuencos en frente de él.

Altais ignoró los cuencos por el momento, rodeó con el brazo libre su cintura y tiró del nudo del cinturón de la bata lentamente.

—¿Y yo, cuándo voy a mirarte y sentirte?

—Pensé que ya me estabas viendo y sintiendo —contestó sonriéndole juguetona e inclinándose para dejar un corto beso en los labios de él.

—Esta bata me molesta en ese propósito —aseguró cuando el nudo terminó de deshacerse.

Ella movió sus manos a la tela que descansaba sobre sus hombros y la apartó despacio. —No dije que no pudieras quitarla.

Altais observó la ropa interior de encaje tan fino que podía ver la forma y oscuridad de sus pezones bajo la prenda, le gustaba esa insinuación y decidió que podía dejarla un rato más.

—Así estás mejor —apreció mientras cogía una fresa, la mojó en chocolate, mordió la mitad y se relamió los restos del dulce—. ¿No quieres?

Leyna observó esa lengua y se relamió inconscientemente, cogió una fresa, la bañó en chocolate y la mordió disfrutando del sabor ácido de la fresa con el dulce y amargo del chocolate.

—Están muy buenas —dijo cogiendo otra y esa vez ofreciéndosela a Altais.

Él la aceptó y atrapó la mano de ella, que llevó al chocolate y después volvió a acercar a su boca para chupar los dedos que había manchado.

—Sí, delicioso.

Un jadeo salió de los labios de ella cuando lo vio lamer sus dedos. —Eso no eran fresas —replicó, cogió chocolate con una de las fresas y lo esparció por el cuello de Altais, se inclinó y limpió el chocolate.

Altais la dejó hacer. —Pero… —se interrumpió para morder su labio inferior, enrojeciéndolo más de lo que ya iban haciéndolo las fresas, siempre incrementado el efecto por el contraste con su piel pálida y el pelo negro como una bandada de cuervos— tú estás más apetecible.

Ella sonrió, apartó las fresas de la cama dejándolas de nuevo en la mesilla y cogió el bol con chocolate. Hizo que Altais quedara tumbado boca arriba y echó un fino hilo del dulce por su pecho.

—Sí… creo que así está mejor también.

—Es evidente —contestó él y jadeó cuando la lengua de ella pasó sobre un pezón—. ¿Pero vas a discriminar a las fresas?

—¿Acaso las quieres? —preguntó a su vez mirándolo desde arriba.

Altais estiró el brazo, cogió una y la mojó por completo. —Sólo una —contestó antes de atraer a Leyna para compartir la fruta en un beso, pasando de consumir la fresa a devorar la boca vecina con deseo.

La chica jadeó en el beso y se acabó recostando sobre él. —Igual tampoco hace falta chocolate —dijo volviendo a besarlo más intensamente.

Él acarició su espalda y decidió que por muy exquisita que fuera la combinación su tiempo había llegado a su fin. Pasó una mano al frente haciendo que ella se incorporara un poco y lo desabrochó.

—Aún puedo sacarle utilidad —dijo cogiendo un cuenco y mojando el pecho izquierdo de Leyna en él, lo dejó a un lado y acogió el pezón en su boca.

Leyna gimió largamente, se movió para quedar sentada a horcajadas sobre él, instándolo a quedar sentado. Una de sus manos ocupó su lugar habitual en la nuca de él, con sus dedos enredados en el pelo negro de él. Con la otra cogió un poco de chocolate y manchó los labios de su novio para después lamerlos juguetona y acabar besándolo.

Altais podía sentir su calor creciente tras el encaje, también aumentaba su propia excitación y como la otra prenda terminó de tener papel allí. Primero terminó de deshacerse del sujetador, empujando los tirantes por los hombros y lo dejó a un lado, sus manos bajaron a las caderas de Leyna y se metieron bajo la braga, apretando sus nalgas y pegándola más a él. Las sacó un poco para enganchar los pulgares en el borde y bajarlas.

—Quítatelas, Leyna.

Ella se levantó un poco y deslizó la única prenda que la cubría por sus piernas. La lanzó lejos y miró a Altais intensamente. Habían estado muchas veces en esa situación desde la vez en el baño de prefectos, sin ninguna barrera entre ellos, pero esa vez era diferente, cuando sus sexos se rozaron todo el cuerpo de Leyna tembló por los nervios, pero también por anticipación.

Altais la observó y la besó inicialmente despacio mientras sus manos acariciaban todo su cuerpo, imprimiendo pasión cuando una mano jugó con uno de los pechos de la chica y la otra la instó a levantarse un poco para llegar a rozar su sexo con los dedos. Eran acciones que ya habían realizado, esperaba que ayudara con esos nervios, esa vez tenía que salir todo bien, iba a cuidarla más que nunca y para que todo fuera bien primero tenía que calentarla mucho y a ser posible que ella no hiciera lo mismo, se había informado sobre ello como se informaba de todo, la ignorancia no le iba a llevar a ninguna parte.

La excitación, el placer que le proporcionaba, consiguió que poco a poco fuera olvidándose de sus nervios, relegándolos a un lugar muy escondido de ella. Cuando Altais cortó el beso ella repartió más por el cuello de él, intercalándolos con suaves mordiscos y caricias de su lengua, bajando desde la unión con la mandíbula a su hombro y volviendo a ascender, de vez en cuando dejando salir jadeos y gemidos. Sus manos acariciaban la espalda de él con ese ritmo calmado que al parecer iba a ser la dinámica de ese día, al menos al principio, algo que interiormente agradecía, le gustaba sentirse cuidada por él.

El chico introdujo un dedo en su interior y lo movió en círculos y dentro y fuera, despacio, abriéndola para lo que vendría después, e introduciendo uno más un poco más tarde. Su boca devolvió esas atenciones al cuello de Leyna y su otra mano siguió estimulando esos botones de placer. La escuchó gemir cerca de su oreja y deseó estar ya ocupando el lugar de sus dedos, pero se contuvo y contentó con agregar uno más.

Leyna era miel, suave y caliente en torno a sus dedos, estaba lista a falta de que se lo dijera, debía cumplir con sus palabras y esperar a que ella se lo pudiera. Sacó los dedos de su interior, y los hizo girar recostándola sobre el lecho y cubriéndola con su propio cuerpo. Dejó un corto y dulce beso en sus labios y acunó su mejilla. Ahí estaba, mostrándole su cariño sin tapujos, y dejó caer sus barreras sólo para ella. La amaba, tal vez no tendría que tener esa seguridad a esa edad, no debería estar seguro de qué era el amor, pero estaba bastante seguro de que era eso porque el sentimiento lo consumía, era poderoso, lo ligaba a ella, lo hacía vulnerable a Leyna y cometer insensateces como dejarle saber el poder que tenía sobre él. Cuando en algún momento previo se había parado a analizarlo había comprendido porqué decían que el amor era la magia más poderosa y había tenido que estar de acuerdo, lo era, la magia oscura podía superar a magia blanca ligada a otros sentimientos, pero no a ese. No obstante, en ese momento no podía pensar en nada más que en Leyna, esperar que lo aceptara por completo tal y como se ofrecía y ella hiciera lo mismo, porque en ese momento podría destrozarlo y aún así estaba seguro de querer correr el riesgo.

—¿Me quieres, Leyna? Yo lo hago —ya que hacía algo mejor hacerlo bien y por completo, ahí iba su corazón en bandeja, nunca le había dicho tan claramente que era suyo.

Leyna abrió los ojos que había mantenido cerrados hasta ese momento por todas las sensaciones que le había estado provocando, y lo miró con todo lo que sentía por él reflejado en esos ojos. Lo quería, lo amaba, Altais se había convertido en una parte imprescindible de su vida, no podía ni imaginarla sin él. Cuando estaba a su lado se sentía más fuerte, capaz de conseguir todo lo que se propusiera porque sabía que si en el intento se caía él estaría allí para ayudarla a levantarse y animarla a seguir, confiaba en él más que en ninguna otra persona, y estaba segura de que no iba a querer a nadie como él.

—Te quiero más que a nada —aseguró con sinceridad.

Altais sonrió feliz, una sonrisa sincera, sin tapujos, se veía bien, libre como cuando dejaba todas las normas y convenciones sociales y jugaba a hacer todas esas bromas y trampas volando.

—Y… ¿quieres algo más ahora? —preguntó viendo que no iba a decirlo por sí misma, la quería, pero tampoco podía quedarse mirándola y esperando eternamente.

Ella asintió mordiéndose el labio inferior, lo quería y lo necesitaba, estaba nerviosa por ser la primera vez, pero segura de que era eso lo que quería.

—Quiero sentirte más —contestó sonrojándose—. Quiero… sentirte dentro.

Él la besó una vez más. —Ya lo has pedido —dijo cogiendo su varita de la mesilla—. Voy a hacer los encantamientos protectores —informó, era lo pertinente cuando apuntabas a alguien con la varita en esa parte baja, y los enunció uno detrás de otro.

La chica no sintió nada, pero estaba segura de que los había hecho bien, lo rodeó con los brazos tras el cuello y lo atrajo a ella para besarlo, necesitaba eso para distraer su mente un poco. Sus piernas se abrieron más, ofreciéndose a él y elevó sus caderas instándolo a hacerlo.

Altais no cuestionó más cuando se ofrecía tan claramente, se introdujo unos centímetros despacio y gimió en el beso, como había pensado eso era demasiado caliente, lo acogía como si estuviera hecha para él, agradecía que no lo hubiera tocado esa noche porque podría correrse con poco más. Detuvo un segundo el beso para respirar profundamente, serenarse un poco, pero con todo iba a ser mejor no alargar la agonía, ya había constatado que la había preparado bien. Entró de una vez rompiendo su virginidad y el beso no aguantó para ahogar los gemidos de las intensas sensaciones de cada uno.

Leyna sintió un pinchazo atravesar su vientre y un grito salió de sus labios así como un par de lágrimas de sus ojos. Sus manos apretaron el abrazo a Altais y su cuerpo se arqueó. Abrió los ojos al poco, respirando agitadamente y miró a su novio aflojando un poco su agarre.

—Estoy bien —susurró incluso antes de que le preguntara, y era cierto, el dolor estaba desapareciendo rápidamente, lo sentía perfecto en su interior.

Altais asintió una vez, algo dudoso, no había podido evitar preocuparse.

—¿Segura? —necesitó asegurarse, aunque la preocupación se iba diluyendo para volver a dar importancia a las otras sensaciones.

Ella acarició su mejilla y lo besó dulcemente.

—Sí… segura, ya puedes —contestó y movió un poco sus caderas para indicarle lo que quería decir, lo que también empezaba a necesitar ella.

Él jadeó, ese movimiento definitivamente le había convencido. Salió unos centímetros y volvió a entrar hasta el fondo, aquello no era bueno, era lo mejor que había experimentado, una sensación placentera abrumadora. Pasó un brazo bajo ella para rodear su cintura y sostenerla mientras la hacía un poco más suya, y siguió sosteniéndose en el otro. Volvió a unir sus labios en besos entrecortados, también quería escucharla, sentir el placer que le proporcionaba en cada una de sus formas, aunque con ello escaparan roncos sonidos placenteros de sus labios con cada movimiento, cada vez más rítmico, haciéndose más rápido, siguiendo las necesidades de ambos. Con el movimiento más frenético sintió las piernas de ella rodear sus caderas, consiguiendo incluso más profundidad en sus penetraciones. Una de las manos de Leyna se aferraba a su hombro, sin moverse de ese lugar, en cambio la otra acariciaba todo lo que alcanzaba, llegando a apretar una nalga en alguna embestida especialmente placentera para ambos.

—Altais… ah… —el nombre de él no dejaba de salir de los labios de ella cada vez que se hundía en su sexo, el tono de su voz aumentando en consonancia con el placer que sentía, cada vez más cerca de alcanzar el anhelado orgasmo, aunque una parte de ella desearía poder quedarse así, en ese momento, siendo completamente suya y él de ella.

El clímax la alcanzó haciendo que su cuerpo temblara y sus paredes se contrajeran apretando el abrazo de su sexo a la erección de Altais, y él la siguió tras un par de embestidas más fuertes, estrechándola contra él, gimiendo contra el cuello de ella. Hubiera querido mantener los ojos sobre ella y observar cada segundo de ese orgasmo, pero sólo fue capaz de ver los primeros cuando el placer máximo lo alcanzó a él; se prometió no perderse muchos más.

Su peso cayó sobre Leyna por un momento, todo era mucho más intenso que nada antes, que las acciones de sus manos o el movimiento de uno contra otro, nada era comparable. Se obligó a apartar parte de su peso levantándose sobre ambos antebrazos, lo mejor de eso fue ver el efecto de ese orgasmo en ella, el sonrojo, la satisfacción, incluso plenitud, y de todo eso era el causante. Dio un corto beso en sus labios.

—Estás preciosa —expresó lo que veía sin darle muchas vueltas.

Ella sonrió, soltó sus brazos dejándolos caer por los hombros de él hasta dejar las manos en el pecho.

—Es por ti, para ti —contestó elevando un poco la cabeza para unir sus labios, su respiración normalizándose poco a poco. Lo miró dudando unos segundos—. ¿Estuvo bien?

—Mucho —respondió con una sonrisa—. ¿Y para ti?

—Creo que tenemos que seguir practicando —contestó ladeando un poco la sonrisa que ya tenía.

—¿Justo ahora? —tanteó.

Ella se lamió los labios. —Tenemos toda la noche para hacerlo aún mejor.

—Tendré que hacerte caso —contestó moviendo un poco las caderas, la perspectiva lo endurecía de nuevo rápidamente dentro de ella.

Leyna jadeó por ese movimiento, sonrió más ampliamente y lo atrajo de nuevo a sus labios, dispuesta a pasar la noche disfrutando de él.

-o-o-o-

La sala común era un lugar peligroso en esa época del año, una palabra más alta podía originar un homicidio, una risa lo aseguraba, la mera caída de una pluma sobre el suelo era causante de miradas como Avadas Kedavra por parte de alumnos de quinto y séptimo concentrados en el estudio de sus TIMOS y EXTASIS respectivamente, los alumnos menores pasaban por la sala tratando de no ser notados.

Altais estaba recibiendo muchas de esas miradas, no por dejar caer una pluma, pero sí por estar tumbado en el sofá como si los exámenes no estuvieran a la vuelta de la esquina, pasando las páginas del libro de texto de Aritmancia. Una vez acabó lo dejó a un lado y sacó un libro de Encantamientos, no el de la asignatura, sino uno más avanzado, un entretenimiento para él, y una rana de chocolate del bolsillo de su túnica, dejándola saltar antes de atraparla. Su actitud despreocupada era usual en tiempos de exámenes como en cualquier otra, aprendía los conceptos de los libros del año a principio de curso, realizaba los trabajos y practicaba regularmente hasta aprender, y el resto del tiempo, la mayoría del tiempo, lo usaba para hacer lo que quería. Tenía la seguridad de estar totalmente preparado, sólo revisaba los libros y apuntes volviendo a leerlos por comprobar lo que ya sabía. Sin embargo, tenía que admitir que lo de tumbarse era para provocarlos más, de otro modo no lo haría, no era muy correcto.

—En serio, Altais, ¿de verdad ya te sabes todo? No me lo puede creer, eres un cabrón con suerte —protestó Emery dejando el libro de Pociones, estaba estresado con tantos ingredientes.

—Si fueras al día al menos no estarías ahí agonizando —contestó Altais, apoyando el libro en su estómago y mirándolo.

—Intento hacerlo, pero estas pociones… son horribles, no comprendo cómo te pueden gustar tanto, Leyna —repuso el de pelo castaño.

Ella levantó la mirada del libro de Transformaciones, estaba repasando por si surgía alguna duda poder preguntarle a Altais.

—Son simples, pero desde el primer momento te has confundido con los ingredientes y los tiempos —respondió ella y se movió para ponerse de rodillas en el suelo al lado de Altais—. No entiendo la tercera ley de los hechizos permutadores —dijo señalándola en el libro.

Zaniah bufó antes de que Altais respondiera. —La tercera, yo aún voy por los desvanecedores y es en una semana, ocho días —protestó—. Tengo que aprobar todas, no puedo repetir. Odio los exámenes, son los anti-fiestas, lo único bueno es la celebración cuando acaban.

—No sirve de mucho que te pongas ahora, deberías dejarlo —la desanimó aún más con indiferencia Altais.

—El año que viene no quieres elegir Transformaciones, ¿verdad? No pasa nada si no la apruebas —dijo Leyna.

—Sí quiero, pero es muy difícil —se quejó la de pelo caoba—. Transformaciones, Encantamientos y Adivinación son lo único que sirve para preparar fiestas.

La rubia sonrió con condescendencia. —Si quieres esta noche repasamos todo desde el principio, juntas, al menos intentaremos que apruebes —trató de animarla—. Ahora lo mejor es que pases a Encantamientos porque sino te bloquearás.

—No sé qué es peor —se lamentó dejando caer la cabeza sobre el libro.

—La información no fluye así —se burló Altais.

—Pórtate bien —le susurró Leyna con diversión.

—Si fluyera así todo sería tan fantástico —aseguró Emery rindiéndose por el momento.

—Sois malos conmigo, sobre todo tú, eres malvado —dijo Zaniah señalando a Altais—. ¿Cómo lo aguantas todo el rato? Sólo está bueno, pero es malvadísimo.

—Ya te dije que no es así —repuso ella—. Y lo pasamos muy bien —agregó guiñándole un ojo a su novio, quien le devolvió una sonrisa ladeada.

La otra chica bufó y volvió a dejar caer la cabeza en el libro. —Esto es el infierno, voy a morir entre terribles sufrimientos, bella y joven… es una tragedia.

—No vas a morir… aunque igual te salen alguna arruguitas si sigues quejándote tanto y frunciendo el ceño —dijo Leyna conteniendo una risa.

—Lo que yo he dicho, muerte entre terribles sufrimientos —reiteró Zaniah.

Altais decidió cortar con aquella tontería y respondió a la pregunta inicial de Leyna, agregando al final una demostración con otra rana de chocolate.

La hora de la cena llegó más tarde o más temprano dependiendo de cuál de ellos lo mirara. Dejaron los libros aparcados para después y se dirigieron al Gran Comedor a tomar uno de los pocos respiros que tenían esos días.

-o-o-o-

—¿No se suponía que íbamos a repasar? —protestó Leyna, conteniendo a duras penas la risa por las cosquillas que le producían los besos de Altais en su vientre.

Esa tarde habían quedado en la Sala de los Menesteres para repasar para los exámenes, hacía una semana que había empezado los exámenes, ese día habían tenido Pociones y al día siguiente era el examen de Criaturas por lo que ellos no tenían, y la gente estaba cardiaca, sobre todo los de quinto y séptimo. Sin embargo, a su novio no parecía afectarle para nada al atmósfera tensa del colegio y en vez de sacar los libros lo que le había sacado había sido toda la ropa para aprovechar el tiempo de una manera muy diferente a la que habían planeado. Claro que ella no se había quejado, pero después de dos rondas estaba empezando a pesarle un poco el cargo de conciencia.

—Eso estoy haciendo —contestó con picardía, llegando a besar sobre el monte de Venus de ella, más abajo que nunca antes había llegado su boca.

Leyna jadeó, sus caderas quisieron moverse hacia esa boca, pero se contuvo. —Creí que eran Estudios Muggles los que íbamos a repasar —repuso.

—Tengo entendido que esto también lo hacen los muggles —argumentó él comenzando a dejar besos por sus ingles, una mano en su cadera y la otra acariciando la parte interna de un muslo.

—Sí… ah… pero esto no entra precisamente… en el examen —contestó poniendo una mano sobre su boca para no volver a jadear.

—Es materia más avanzada —dijo con cierta diversión.

Ella bufó. —Pero dudo que a los examinadores les interese que hayamos adelantado imateria/i —aseguró, haciendo énfasis en la última palabra, llevó una mano a una mejilla de Altais y le hizo levantar la mirada para atraerlo a sus labios.

Altais aceptó su petición aunque tenía otras cosas en mente y la besó largamente, cuando se separó volvió a bajar a donde había estado. Miró su sexo como si estuviera pensándolo, considerando las posibilidades.

—¿Por qué no vas contándome? —preguntó justo antes de dar una larga lamida entre las piernas de ella, la primera, escuchándola gemir—. Yo tengo la lengua ocupada.

Leyna lo miró incrédula, en parte por la petición, también por sus acciones, aunque resultaban más que placenteras para ella no había esperado algo así. Con la siguiente caricia de esa lengua se mordió el labio inferior para no gemir y apretó las sábanas.

—Los grandes… inventos en el mundo...mmm… muggle —empezó, pensando que igual esa nueva forma de repasar era constructiva—. El primero que nos diferencia… fue la imprenta. Inventada por… ah… Johannes Gutenberg en el año muggle 1440… —tuvo que cerrar los ojos para concentrarse cuando esa lengua presionó sobre su clítoris—. La imprenta sirve… sirve para la publicación de libros… y periódicos, porque antes… mmm… los muggles lo hacían a mano.

—Muy bien… Siguiente invento —la animó Altais chupando su clítoris y sonrió maliciosamente por los estragos que causaba en su novia.

Ella gimió esa vez sin poder retenerlo y lo maldijo interiormente por ser tan condenadamente persuasivo, malvado, caliente…

—El automóvil… fue el automóvil en… oh, Merlín… en 1885, por Karl Benz, sirve para transportar a los muggles por tierra… Ese funcionaba con vapor… ahora ya no porque lo hacen con… con petróleo —explicó retorciéndose de placer—. Había más transportes que funcionaba así… ah… antes del automóvil.

—Enumera los medios de transporte actuales —dijo el chico antes de empujar su lengua dentro de ella.

—¡Ah! —el grito de placer fue mayor que los anteriores y se mordió el labio inferior antes de procesar la pregunta—. Avión… un aparato que vuela… puede llevar a cientos de muggles… el primero en volar fue un francés, François de Rosier en 1783. Helicóptero, que es… ah, Altais… es parecido a un avión, el primero en funcionar más ¡oh! o menos fue uno creado por Raúl Pateras de Pescara en 1916. Los trenes… como el expreso… ahora funcionan con electricidad… Los barcos… van por agua, botes enormes que funcionan con… Merlín sigue…. combustible… —enumeró, pasando después a los que habían derivado del coche, apretando fuertemente las sábanas, con finas gotitas de sudor cubriendo su cuerpo por el esfuerzo.

—Muy bien, Leyna. Formas de comunicación muggle —formuló la siguiente cuestión, las palabras rozando el sexo de la chica antes de continuar con la estimulación bucal, le estaba cogiendo el truco y el gusto, aunque también estaba deseando que se corriera, iba a follarla seguidamente después, ya estaba endureciéndose. Subió una mano a un pecho de ella para una mayor estimulación.

—El telégrafo… fue el primero. En la década de 1830… hubo muchos contemporáneos, funcionan con un código… ¡Morse! Después el teléfono… que va por ondas… y lo creó Antonio Meucci en… ah… 1857. Ahora puede ser móvil… han cambiado mucho… —se detuvo cerrando con fuerza los ojos, se sentía cada vez más cerca—, por la aparición de internet en 1969. Aunque esta red no fue pública hasta… 1972… ha crecido mucho. Y también usan ordenadores… —volvió a detenerse y negó con la cabeza—. No puedo más… Altais, necesito… correrme… —gimió.

—Hazlo —la instó enfocándose en estimular su clítoris, lamiendo y chupando.

Ella se dejó llevar por ese placer, gritó su orgasmo arqueando la espalda, sus pies y sus manos se estiraron todo lo posible antes de contraerse de nuevo y su cuerpo tembló por completo cuando el clímax la recorrió, dejándola finalmente laxa sobre la cama, con la respiración acelerada.

Altais sonrió, ascendió y besó el pulso de Leyna, dejándola recuperar el aliento. Cogió su varita y repitió los hechizos, mejor asegurarse. Se colocó presionando su erección en la vagina de ella.

—Mi turno.

Leyna lo miró con los ojos entreabiertos y cuando lo sintió entrar en ella volvió a gemir, estaba demasiado sensible después del orgasmo. Él jadeó y la besó antes de comenzar a moverse, rápido. Cogió sus piernas y se las puso en los hombros, ya habían aprendido que así podía entrar más profundamente. Por los gemidos de Leyna sabía que iba a acabar esa vez más fácilmente, por lo que no se contuvo para obtener el orgasmo también rápido. Efectivamente, no tardó en sentir como ella se contraía entorno de su erección, y unas embestidas después él la seguía en ese nuevo orgasmo.

Salió de ella al poco y se tumbó a su lado, satisfecho. —Eres una estudiante aplicada —comentó tras unos minutos de silencio.

—Tú eres un compañero de estudio incansable —contestó Leyna sin poder evitar sonreír y se movió para acurrucarse contra él—. Más te vale aprobar con buena nota.

—Eso no se cuestiona. Y lo mismo digo para ti —respondió Altais.

—Eso tampoco se cuestiona —repitió sus palabras sacándole la lengua con diversión.

Él la atrapó y la beso, moviéndose para quedar de lado y poder acceder mejor a su boca. Ella correspondió aunque de un modo lento, dulce, haciendo que el final él también la besara así. Movió una mano al pelo de Altais y acarició el de la nuca, donde sabía que le gustaba a él, mientras su otra mano acariciaba con las yemas el pecho. Altais rescató su varita de entre las sábanas e hizo a estas subir calculando que era lo suficiente tarde, dejó la varita en la mesilla y pasó el brazo por la cintura de Leyna, pegándola a él, sintiendo cómo se iba relajando con esos toques en su pelo. Era casi patológico, aunque no había probado en muchos años si le pasaba con alguien más, casi no recordaba cuándo se madre había hecho eso como para recordar el efecto, o sólo era de la confianza que depositaba en su novia.

Leyna sonrió dulcemente al sentirlo tan calmado. Dejó dulces y castos besos en sus labios, su cuello y su pecho cada cierto tiempo, pensando que podría simplemente quedarse así por horas enteras, no era la primera vez que el pensamiento de que pronto sería verano y no se verían la asaltaba, si lo había echado de menos el anterior ese no quería ni imaginarlo.

—Te quiero, Altais —susurró contra su pecho.

—Yo también, aunque… seas una bruja pérfida como de cuento muggle que se aprovecha y para colmo consigue que la deje —contestó con palabras pesadas por la relajación.

Ella rio suavemente. —Pero soy la mejor bruja pérfida —repuso—. Y a ti te encanta que me aproveche.

—No dije eso —se defendió un poco, aunque los párpados que habían permanecido entreabiertos terminaron de caer.

—No hace falta que lo digas —aseguró ella volviendo a reír—. Buenas noches —dijo dejando un último beso en sus labios antes de que cayera dormido.

—Buenas noches, Leyna... —respondió dejando de hacer ese pequeño esfuerzo por no ceder a la relajación, estado post-orgásmico más caricias era un muy potente sedante, sin duda.

La chica se quedó observándolo unos minutos, embelesada con su expresión de absoluta calma. Sonrió y con cuidado de no despertarlo se incorporó hasta quedar sentada. Con un movimiento de varita atrajo su libro de Estudios Muggles y lo abrió para repasar como habían planeado, ella no tenía sueño. Como siempre, casi inconscientemente sus manos empezaron a trenzar el pelo de Altais relajadamente, hasta que el sueño la asaltó también a ella y volvió a acurrucarse contra su novio dispuesta a imitarlo.

Fin del Quinto Año

Continuará…

Notas finales: Sabemos que este curso acaba de una forma diferente, no hay tren, no hay despedidas, no hay notas de los TIMOS, pero confiar un poco en nosotras, todo se sabrá en el sexto año de Leyna y Altais.