11» Una Sola Razón
19 de Febrero del 2015
1:20 p.m.
Apartamento de Ian Goodman.
Aquél día había sido horrible para mí, y lo acabé llegando a casa sollozante y desesperado. Miles de cosas pasaban por mi cabeza. Miles de estupideces que estaba planeando hacer. Todas ellas pasaban y acosaban mi mente, mientras que los abucheos e insultos seguían fuertes y claros. Y fue peor el día siguiente por la mañana: reconociéndome en la calle como el abogado demonio, hombre sin corazón que defiende a un asesino, y que solo lo hacía para ver si lograba tener prestigio. Creo que hasta Diego Armando estaría tirándome de su peor café para ver si eso me despertaba y tal vez diría algo como "Eso es amargo, pero más amargo que mi café, nada.". Tonterías como siempre.
Jake no se encontraba en casa, y parecía que no habría llegado a dormir. Claramente leía lo que él había dejado en mi escritorio:
"¿Por qué? ¡Todo iba bien, y no me escuchaste! Lastimaste a Mia. Podría perdonarte después de mucho tiempo el lastimarme o insultarme muy horriblemente, ¿pero a Mia? Necesito tiempo para pensar...no me busques. Cuando me sienta listo para hablar contigo, volveré.".
Eran ya las siete de la noche, cuando decidí darme una buena ducha fría, para luego salir sin vestirme y prender la TV. Como siempre, las noticias hablaban sobre el juicio y lo ocurrido: y más sobre mí, y las opiniones de los presentadores de TV.
-Deprimente…-me decía a mi mismo, mientras me levantaba del sofá. Poco preocupado por la vida, abrí el refrigerador solo para tomar una lata de cerveza. Sin pausa alguna, me terminé la lata, mientras aún podía oír las telenotas, chismes y chistes en mi contra. Era algo que me irritaba...me hartaba...
Las cartas de odio...las acusaciones en plena vía pública...-¡CÁLLENSE, MALDITA SEA! -grité a todo pulmón, mientras lanzaba la lata de cerveza vacía al televisor, rebotando en la pantalla, mientras que los comentaristas se reían. Era como si se hubiesen burlado de mi simple rabieta. Para dar más infortunio, un par de vecinos gritaban desde el piso superior e inferior, seguidos de vecinos del mismo piso que yo. -Descerebrados... -dije hacia mí mismo, mientras que veía al televisor y me le acercaba. Notando por encima del televisor viejo, se encontraba aún la tarjeta que aquél detective me había dado. -¿Qué...? -intenté completar una pregunta, terminando la pregunta con un eructo. -¿Que querrás, idiota? Para que preguntarme si puedo ir yo mismo...
Tomé pluma y un memorándum adhesivo, poniéndolo en la pantalla de la TV, por si no quería ver otra cosa.
-"No me busques". Creo que con eso bastará.
Lo pegué en la pantalla y comencé a vestirme con lo que tenía a la mano: ropa interior, calcetines, unos zapatos, jeans, una camisa azul a cuadros sobre una camiseta de manga larga negra, y una chaqueta con gorro. Con éste armamento y mi pobre camuflaje, salí del departamento. Todo a mi alrededor era deprimente y molesto. Lo que de verdad me quebraba la cabeza era la estúpida amabilidad del detective que me había dado ésa tarjeta. ¿Quien era aquél detective misterioso y que se traía conmigo? No había mejor momento para salir, respirar y seguir siendo mirado, mientras podrían apuntar hacia mí y hablar a mis espaldas. Sino era ahora, no sería nunca.
Justo pasó un par de horas en un viaje de bus hasta llegar a la estación de policía. La recepcionista me atendió un poco fría, mientras yo me daba la idea que había ya visto mi rostro.
-¿Qué quiere? -dijo la mujer de cara estirada, de aparentemente cuarenta años de edad.
-Yo…quiero ver a alguien de asuntos criminales…
-¿Nombre?
-No lo se…digo, solo sé que vestía de blanco y-
-Si, se encuentra en su oficina. Muchos salieron. Tercer piso, por la izquierda. –dijo de manera altanera y con la actitud que alguien tendría para comunicar un perfecto "vete de mí vista".
Con calma y pesadez subí las escaleras de mármol hacia la tercera planta y fui a mi izquierda por un corredor largo con una alfombra rojiza vieja y las múltiples persianas viejas que no dejaban entrar mucha luz por las ventanas. Al final, solo habían dos puertas: una que daba a una pequeña oficina, el cuál era el del sargento, y el de la izquierda, dando a una gran cantidad de cubículos, y unas oficinas grandes. La única que aún tenía su luz encendida estaba al final de todas las demás oficinas.
Entrando, noté como el detective tenía la gabardina junto con su sombrero colgado en un perchero, mientras que dejaba ver si figura en blanco, su cabellera corta y algo despeinada, su vestimenta blanca excepto por los tirantes celestes que usaba y un pañuelo azul de lunares blancos…
-Viniste después de todo…Ian Goodman.
-Perdóneme, pero no tengo idea de que me habla.
-Heh, bueno…tú has cambiado, y yo también he cambiado. En unos cuantos años te has vuelto más fuerte de carácter, pero aún te falta madurar.
-De nuevo, no sé que quiere decir. Será mejor que se aclare o me voy de aquí.
-Pues…si no hay de otra…
Aquella vez, él se acercó y puso su mano en mi hombro, mientras me miraba con ésa gentileza característica de él.
-…y no te acuerdas de mi…si que cambias, Ian…
Esta vez sonrió como si recordara algo con nostalgia. Ahora yo definitivamente sentí como esto iba por mal camino…pero si, si no hubiese sido por el altoparlante del teléfono de la oficina, no hubiese sabido que pasaba en realidad. Y claro, irónicamente era la secretaria llamándolo.
-"Oye Goodman, confirma la visita de aquél abogado malhablado. Que no me agrada que esté contigo…".
Rápidamente el detective corrió hacia su escritorio, respondiendo a la secretaria.
-Descuida Lilly, está todo bien. En un momento salimos.
El apellido que dijo…pero ¿Qué no se refería a mí…?
-Bueno, como dije. Tanto tiempo sin saber de ti, Ian.
-…eres…
Ahora me acercaba con más inseguridad. ¿Por qué me sentía así? Me temblaban un poco las piernas, mientras que me sentía por dentro, con el pasar de los segundos, más chico y más chico. ¿Por qué me sentía aliviado con verlo? Odiaba que me vieran llorar, o soltando lágrimas. Lo único que podía era apretar mis puños, mientras bajaba la mirada.
-Heh…has crecido. Y ahora eres todo un abogado. Vamos, que ya no eres un niño para no levantar tu frente en alto y llorar. -dijo con una risa radiante.
Lo había encontrado. Normalmente como en todo drama, uno saltaría con felicidad o con alivio de haber encontrado a un ser querido después de varios años. Pero en ésta ocasión, las cosas eran al revés: solo recibí un abrazo mientras que yo me sentía incapaz de devolverle ésa gentileza. Pero algo era seguro: de entre las mil cosas que me habían pasado por la cabeza el otro día, estaba seguro que no necesitaría comprar soga, ni usar una navaja para afeitar, ni cuchillos ni algún limpiador en la casa. Aunque me estaba yendo horrible, ya tenía una cosa sola por la cuál vivir: mi hermano había vuelto a mi vida.
