De todos modos Cartago aun mira a Germania sin entender del todo.
—¿Y tú quien eres?
—Germania. Hijo de Odín. Rey de las tierras del Norte.
—Norteño —entrecierra los ojos—. Yo soy Kart-Hadasht, del sur —vacila un poco sin dejar de fruncir el ceño pero se acerca y le tiende la mano.
Germania le mira la mano, se humedece los labios y extiende la suya.
—Me han hablado de ti.
El moreno le saluda, apretándosela.
—¿Qué te han dicho?
—Quién eres y qué hacías.
—Yo no sé quién eres tú ni qué hacías.
—Moriste antes que yo —hace una pausa —. Yo maté a Rom una vez.
Levanta las cejas, impresionándose con eso.
—Yo estuve a punto, pero me engañó. ¿Cómo lo lograste?
—No vas a matarle.
—Sí voy a hacerlo —frunce el ceño de nuevo—. Esta vez no me engañará.
—¿Te engañó? ¿Con quién?
—¿Con... quién? Con nadie, en la batalla.
—Te mató en batalla. Claro. Eres un chico.
Cartago gira la cara y se sonroja sin saber muy bien qué significa eso. Germania carraspea.
—¿Y tú? ¿Cómo lo hiciste?
—Con una daga. Murió en mis brazos.
—Una... daga —asiente pensando en ello.
—Ja. Su sangre caliente se escurrió por mi brazo mientras me abrazaba... Hasta que dejó de hacerlo.
—Te abrazaba —se sonroja. Germania se sonroja en espejo esta vez y carraspea—. ¿Eres cómo ellos?
—Y... Después dejó de hacerlo. Eso y todo lo de... ¿Cómo ellos cómo?
—Como... como él y Helena.
Germania se sonroja un poco más y frunce el ceño, teniendo una cosa clara.
—Nein. No soy como Rom en nada. Y Helena es... Helena —se encoge hombros. Cartago entrecierra los ojos, no muy convencido—. Was? —pregunta agresivo de que alguien lo dude—. ¿Como ellos en qué?
—En todo eso... él muriendo en tus brazos y todo eso.
—¿Él muriendo en los brazos y todo eso de qué? Matar es matar.
—Uno no abraza a su asesino sin que haya un poco de algo.
—Uno no viene aquí con Rom sin que lo haya tampoco.
—¡He venido a matarlo! —chilla dando un paso atrás por la acusación. Germania levanta las manos y le mira.
—Te creo.
Cartago se relaja visiblemente. Germania baja las manos y se encoge de hombros.
—Y... ¿qué hacéis aquí todos?
—Vivir. Voy por jugo. ¿Quieres algo?
Mira alrededor, nervioso y decide por ahora seguir a Germania.
—¿Vivir cómo?
—Vivir aquí todos juntos. ¿Cómo que cómo?
—¿Por qué todos juntos?
—Es más barato y se dividen las tareas.
—¿Es casa de Roma de verdad?
El sajón carraspea y frunce el ceño.
—Nein, es casa de todos —abre el refrigerador y saca el jugo.
—¿Pero esta es de verdad esa ciudad?
—Por desgracia, sí —saca dos vasos y se sirve jugo en uno, señalando la botella—. ¿Quieres o no?
Niega con la cabeza porque no se fía. El rubio tapa la botella y toma el vaso, acabándoselo de un solo trago largo.
—¿Tú donde vives?
—En el desierto.
—Oh. ¿Y de qué trabajas?
—¿Trabajar?
—Trabajar para ganar dinero.
—No necesito dinero —se cruza de brazos y Germania le mira de reojo.
—Eso parece. Eso piensa Helvetia —se encoge de hombros—. ¿Y te gusta vivir ahí?
—No, pero las ciudades son raras.
—Ese es justo el asunto. Todo es raro. Aquí en casa es un poco menos raro, o más bien es raro para todos. Lo que yo no entiendo lo entiendes tú, o lo entiende Helena, o Galia... O el idiota de Rom.
—Ese romano no entiende nada —protesta.
—No sabe casi nada, pero sí sabe de dónde sacar algunas cosas, como el carnet de la biblioteca o encontrar el club de hípica. Eso me gusta a mí.
—¿Para qué?
—Para montar a caballo. Es casi imposible encontrar caballos hoy por hoy.
—Yo tengo dos.
—¿Aun? Qué suerte. Yo tenía muchos. Ahora monto uno del club que no corre como los míos pero al menos... Bueno. Corre.
—En cuanto le haya matado volveré al desierto.
El germano le mira de reojo y entrecierra los ojos.
—Quizás deberías... Probar un poco la vida moderna.
—¿Por?
—Porque el desierto ahora no va a servirte como te servía antes. Creo.
—¿Por qué crees eso? Siempre he vivido en el desierto —frunce más el ceño.
—A mí al menos el bosque no me sirve igual. Si corto un árbol o corro más de lo que debo o a donde no debo, alguien se entera y viene a regañarme. Hay casas donde no había y gente rara.
—En el desierto no hay casas... ni árboles.
—Seguro hay gente armada. Como en casa de Egipto.
El púnico se encoge de hombros porque las armas que llevan no sabe que lo son. Germania le mira e inclina la cabeza.
—¿Por qué quieres matarle? —pregunta el germano y el otro chico se sonroja.
—Le odio.
—Yo también le odio.
Cartago le mira de reojo.
—Le estabas besando.
—¡No le estaba besando! —el rubio se sonroja mucho.
—Lo he visto.
—¡A ti se te estaba insinuando y hablándote de su verga!
—¡No me estaba insinuando nada! ¡Estaba peleando! —el chico se sonroja y se echa para atrás porque sabe perfecto cómo hubiera acabado eso y no sabe en realidad por qué no ha pasado.
—¡Lo dices como si no le conociera, deja de insinuar que a mí me gusta por lo que viste!
—¿Entonces por qué no lo matas?
—Porque ya lo maté una vez, y... ¡Y ya está! ¡No es como que sirva de nada matarle!
—Si lo matamos y vuelve, lo matamos otra vez.
—¡No es que vuelva, es que muerto él tampoco se está bien!
—¿Por qué no? —escandalizado.
—Porque si lo matas hay silencio y aparece aquí —se señala la cabeza—, en vez de aquí —señala a su alrededor—. Y sin ningún beneficio.
—A mí no me pasará eso.
—Eso es lo que dije yo.
—Pero es diferente. A mí no me gusta ni le doy besos.
—¡A mí tampoco me gusta! ¡Y yo no le doy besos, viste mal!
—Si no te gustara no tendrías problemas con matarle, como la helénica y la egipcia.
—¡Te digo que ya le maté una vez! —protesta—. Si matas a Rom ambas van a comerte vivo.
—Ellas tampoco me gustan, me dan igual —levanta la nariz. Germania parpadea porque es imposible que eso sea cierto.
—Y... ¿Qué te gusta a ti? ¿Los caballos?
—Los elefantes.
Germania levanta una ceja.
—Los... ¿Elefantes? —repite y luego piensa un poco mejor decidiendo que esto debe ser una broma. Sonríe de lado—. Ya...
—Sí —responde y mira alrededor nervioso—. ¿Cuál es el cuarto del romano?
—Ehm... ¿S-Su cuarto? —levanta las cejas y el moreno se sonroja un poco y asiente—. A... ¿A qué quieres ir allí?
—¡A matarle!
—No está en su cuarto —asegura, escuchando además, el ruido del taller.
—Ahora no... Mientras duerme —aparta la cara sonrojado, porque esa suele ser la forma más fácil de conseguir... no matarle y que le engañe y le fuerce.
Germania carraspea porque el cuarto de Roma es, claramente, el suyo. Y no quiere que el idiota de Cartago esté ahí en la noche. Claro que no sabe si Roma va a dormir con él esta noche. Frunce el ceño.
—Es la quinta puerta al fondo a la derecha —indica las instrucciones del cuarto que antes era suyo.
Cartago asiente porque aun no ha notado cuantas puertas hay ni cuál es el cuarto que le ha enseñado Helena.
—Ehm... Bueno. No hagas nada malo a las chicas, ¿vale?
El recién llegado asiente. Germania lava el vaso en el fregadero rápidamente y lo deja escurriendo antes de mirarle de reojo.
—Y respecto a matar a Rom... —se seca las manos. Cartago le mira con el ceño fruncido pero bastante relajado—. Piénsatelo bien y... Recuerda que habrá consecuencias muy serias si lo haces —asegura pasando frente a él hacia la puerta
—¿Tú vas a vengarle?
—Nein, no voy a ir a matarte.
—¿Entonces?
—Pero sí puedo ir a desollarte vivo y a colgarte de las pelotas de un palo —asegura con voz más grave.
—¿Tanto te gusta?
—¡No me gusta! Sólo voy a hacer eso y ya, así que busca otras opciones —todo jum. El moreno entrecierra los ojos y se encoge de hombros—. Y quédate aquí.
—¿Dónde?
—Aquí en la sala, tengo algo que hacer.
El chico vuelve a encogerse de hombros, pensando en ir a investigar los armarios. Germania sale de la sala con paso firme y decidido, yendo al taller y pensando en este chico Cartago y toda la ayuda que va a necesitar.
Roma es un genio. Pero todos le odian (el público). Le odian porque no deja ir a ninguno. Germania los apoya y dice que también le odia.
¿Pero has visto como Germania dejó de hacer drama? Ha sido muy raro y hábil de su parte. De hecho, es que quería que Germania hablara solito con Cartago (Y Cartago con Germania).
Y no le ha caído mal Cartago a Germania. De hecho, es que lo entiende. Lo entiende y no le irrita ni le molesta, lo cual es bastante raro. Sin duda podrían ser amigos y odiar a Roma juntos.
Más o menos algo así planeaba Roma.
Además como se ha enojado con Germania y le ha sacado lo de Helvetia... Se quedó un poquito descontrolado. Lo sacó porque se fue de la casa enfadado por eso y vuelve y Germania no sólo no se disculpa ni nada, sino que empieza reclamarle en la misma línea. Por eso volvió a enfadarse y lo sacó.
El principio básico del enojo de Roma está mal… pero el germano no tenía que hacerlo realmente. No pasaba nada si no se disculpaba, pero no era buen momento para reclamar eso.
Germania tiene a una chica que más o menos le detesta. UNA. Roma tiene a cuatro más las que conozca y se le acumulen que lo QUIEREN y de las que él Sí está enamorado.
ESO es una visión muy parcial. Las cuatro tienen a otras personas... que Helvetia no tiene.
Helvetia ni siquiera está enamorada de él, está enamorada de Alemania. Es más...
—¡Helvetia ni siquiera está interesada en mí, el que quiere que vaya es Deutschland! Y tú has traído a la otra chica, a Iberia, que no tiene a nadie más seguramente... ¡Y ni siquiera te he reclamado eso! ¡El otro es un chico!
Roma suelta el martillo poniendo los ojos en blanco, girándose a él desde encima del andamio.
—¿Ahora vas a reclamarme a mí tus fracasos amorosos como si fueran mi culpa?
Germania le mira y frunce el ceño, desviando la mirada.
—¡Es que no tiene ningún sentido que te enfades, NINGUNO! ¡Yo soy el que tiene que enfadarse! —protesta pensando que Roma SIEMPRE es el culpable de sus fracasos amorosos.
—¿Ah, non? Te pasas la vida protestándome, duermes en mi cama, dices que quieres que esté solo contigo y a la menor oportunidad, TÚ te vas a buscar a otra —reclama gesticulando como loco.
—¡Porque tú no estás sólo conmigo! ¡Tú estás con otras cuatro personas de MÍNIMO!
—¿Sabes qué creo? —se baja del andamio de un salto—. Creo que lo que te jode no es que no te quiera lo suficiente o no te haga caso o nada de eso. Lo que te jode es lo que SIEMPRE te ha jodido. Que a mí SÍ me sale hacerlo y a ti no.
El sajón se sonroja y frunce el ceño aun más porque sí que es verdad que le jode eso también.
—Deja de decir imbecilidades, me jode que te acuestes con todo el maldito mundo y que nunca tengas suficiente con nada.
—No creo que te sientas poco atendido como siempre me haces creer para hacerme sentir culpable, porque sabes que lo logras y pierdo el culo por ti. Lo que pasa es que tú querrías tener lo mismo que tengo yo, no a mí... y es idiota que yo me sienta culpable por eso.
Germania levanta las cejas y le mira directamente.
—¿Eso crees?
—Esto no es un problema de amor, es un problema tuyo y de tu estúpido sentimiento competitivo de tener que ser mejor que yo EN TODO.
—Te maté una vez por eso ya.
—Me mataste porque no entendías una mierda y sigues sin hacerlo, ¡sajón estúpido!
Germania le empuja, porque sigue sin entender bastante proporción de lo que pasa o no pasa. Sigue sin entender por qué no basta nunca con nada, por qué Roma nunca le da lo que quiere y por qué él nunca le da a Roma lo suficiente y por qué le jode si ser estúpido al no entender absolutamente nada.
El romano trastabilla un poco, pero hace fuerza para no caerse porque esperaba que viniera a atacarle.
—¡No digas que soy estúpido! —protesta Germania—, ¡cuando no lo entiendo por tu culpa! ¡No entiendo qué quieres tú de mí, no entiendo qué quiere nadie de mí! ¡Y lo voy a entender menos ahora! Quieres respeto y no me respetas a mí NADA, quieres amor y no me quieres como yo quiero que lo hagas, quieres... ¿Qué quieres? Traes a otro hombre que te odia más que yo, que te trata más mal que yo, ¿para qué? ¿Para que vea yo cómo o ni siquiera hago ESO bien? —se lleva las manos a la cabeza apretando los ojos.
Roma le abraza.
—Non, non, claro que no. Traer a Cartago no tiene nada que ver contigo, tú eres tú y nadie va a serlo ni en un millón de años.
—Ni siquiera puedo quererte más que nadie u odiarte más que nadie... —le deja echándosele un poco encima—. Ni ser el más fuerte aquí, ni el más enfadado, ni el más nada...
—Pero eres el que yo quiero más que a nadie —lo acuna contra sí como puede porque Germania es GRANDE y hace mejor esto cuando están en la cama.
—Ya no seré tampoco la verga a la que todos buscan si no estás —protesta saltando de idea en idea—. Y... Además le tendré aquí burlándose de cómo es que soy un fracaso en todo.
Roma se muere de la risa con eso. El rubio le empuja porque le ha dicho todo eso con mucha sinceridad y sin cuidarse de nada.
—Disculpa, disculpa... es que no sabes cómo es el chiquillo. Cartago... no va a acostarse con las chicas —no le deja que se suelte.
Germania sigue empujándole un poco sin creerle nada de nada.
—Escúchame, hasta Helena tiene problemas con él. Hay que forzarlo y dominarlo básicamente con habilidad y mucha, mucha fuerza y paciencia la mayoría de las veces. Ninguna va a poder hacer eso... Britania como mucho, pero ella no estará interesada. De verdad, confía en mí... es inofensivo. A todas luces es una mujer más.
—Una mujer más... Que hará cosas en casa y cargará los libros de Helena y hará el papel de hombre también y yo seré una de tus chicas. No quiero ser una de tus chicas. Ni siquiera has preguntado qué opino de que viva en mi cuarto.
—No cargará los libros de Helena... Germania, es sólo un muchacho muy, muy asustado —le explica—. De hecho va a necesitarte más a ti que a nadie.
El sajón frunce el ceño aun aunque ya ha notado eso.
—No sabe nada y cree que va a matarte y volver al desierto. Ya le he dicho yo que te maté una vez y no sirve de nada.
—Lo sé —le acaricia el pelo—. No temas por eso, va a... hacerme daño, porque siempre consigue partirme el labio o las piernas o las costillas el cabrón, pero no va a matarme. Pero necesita a alguien, alguien como él que ya haya pasado por esto y le explique cómo funciona la ciudad y la vida moderna. Alguien en quien confíe.
—Traes a un chico a la casa y quieres además que yo sea en quien él confíe —establece frunciendo el ceño—. Y tú vas a tirártelo en vez de acostarte conmigo.
—Non, "en vez de" non.
—Hay un número limitado de veces que incluso tú puedes acostarte en un día, semana o mes. Entre más te acuestes con alguien nuevo que requiera mucho de ESO justo por ser nuevo, tendrás que acostarte menos con alguien más.
—Que Galia pague los platos rotos entonces, por irse a preferir a un británico —picado con el rechazo de antes. Germania frunce el ceño, pero esto le parece apropiado—. Y no creas que me gusta tanto acostarme con él, de verdad duele —aun el cínico le pone carita desconsolada.
El sajón hace los ojos en blanco.
—¿Y por qué te acuestas con él?
—Porque... —vacila y sonríe un poco de una forma que merece un golpe, pensándoselo. Pues le da el golpe bastante, bastante fuerte — Au! —protesta y se lleva las manos a donde lo ha golpeado, aun así se ríe un poco—. Es que es como Britania, ¿sabes?
—Es el colmo que me cuentes esto. ¿Y la otra qué? Son dos personas y no es como que tú no tengas suficientes actividades y cosas.
—Iberia... Iberia va a gustarte. En realidad y esto te lo digo en confianza, NO se lo cuentes a nadie, planeaba ver si podía... bueno, juntarles.
—¿Juntar a quien? ¿A mí con Iberia?
—No, tonto. A Cartago con ella —ojos en blanco.
—Ah... A Cartago con Iberia. Cartago el imposible con Iberia. ¿Para protestar amargamente luego porque están juntos y tienen pareja?
—Bueno, sólo es una idea, ¡no me machaques! —protesta Roma, porque sabe que justo eso es lo que pasará si lo consigue, pero igualmente sabe que ellos ni serán felices sólo con él y quiere que lo sean.
—¿Y dónde va a dormir Iberia?
—Pues la dejé negociando con Galia y Britania, creo que se quedará en el cuarto de Galia y ella con Brit.
—¿Sabes qué creo?
—¿Qué?
—Que tendríamos que hacer una junta todos los que vivimos aquí para ver si aceptamos que vengan a vivir aquí —suelta y Roma frunce el ceño.
—No voy a devolverlos y abandonarlos a su suerte.
—Es lo justo.
—Lo que es justo es que tengan la misma oportunidad que tuvimos todos los que ya vivimos aquí. Nadie hubiera entrado a la casa si hubiéramos hecho una junta. Y la mayoría no los conocéis, es fácil echar a personas que no conoces.
—Aun así, el preguntarnos hace que tengamos algún derecho sobre lo que pasa en esta casa. Y no sólo somos invitados en TU casa.
Roma frunce el ceño y hace un rápido recuento de lo que cree que va a salir. Britania: No, Helena: Sí, Egipto: No, Germania: No, Galia: No está seguro... Él: Sí.
—Está bien. Pero quiero hablar antes y si hay un empate, mi voto vale doble.
—¿Por qué va a valer doble tu voto?, eso no es justo. Eres igual que todos los que vivimos aquí.
—Porque somos seis. Sólo vale doble si hay empate. Además yo fui quien los trajo.
El rubio arruga un poco la nariz.
—En resumen, esta es tu casa y puedes hacer con ella lo que quieras, incluso votar doble.
—¡Sólo si hay empate! ¿Cómo planeas hacerlo si no? ¿Que lo valga el tuyo? ¡Tú ni siquiera les conoces, apenas si quieres vivir aquí!
—Yo iba a proponer que compráramos otra casa.
—¿Otra casa? —le mira.
—Ja. Vamos a matarnos aquí, apenas y cabemos.
—En realidad le dije a Britaniae que tal vez sería bueno hacer eso... pero si se quedan.
—Podríamos pagar la casa a la mitad, así yo también tendría injerencia en lo que haces o no —ya llegamos al punto clave del asunto.
—La tienes igual, sólo deja que hable con tu hijo y lo resolvemos en un momento —igual no te vas a enterar de nada de lo que sucede.
—¿Si hablas con Schweiz entonces tendré la mitad de la casa? —levanta las cejas.
—Ya tienes la mitad de la casa, pero para eso hay que hablar con él... y no voy a empezar a mover nada de esto sin que decidamos que se quedan.
Germania entrecierra los ojos porque ya le conoce... y el romano le sostiene la mirada y le guiña un ojo, haciéndole sonrojar.
—Voy a llamarles a todos para que hablemos y votemos.
—Espera —le toma de la mano y tira de él—. Quiero que conozcas a Iberia primero.
—Es detestable que me lleves a conocer a tus amantes —protesta haciendo los ojos en blanco y dejando que le arrastre.
—Si somos consecuentes al respecto, ella fue la... primera. Segunda. De hecho segunda, pero la primera, así que... estrictamente los amantes sois el resto —se ríe llevándole al cuarto del ordenador donde estaban las chicas.
Galia sigue convenciendo a Britania de que Iberia es buena.
—Bah! —protesta el germano pero le sigue hasta la sala, mirando a Britania y su cara de asco, con una oleadilla de aprecio hacia ella.
—¡Galita! ¿Sabéis quien está fuera? ¡Cartagoe! —exclama Roma, llamándoles la atención.
—¡Oh! ¡Tenemos que ir! —exclama ella mirando a Britania.
—Pero ve con cuidado, mi princesa, ya te he hablado muchas veces de él —pide Roma y ella asiente igual, tirando de Britania.
—Que vayamos... ¿Por qué tenemos que ir? Nada de esto me gusta, Galiaaa —protesta y protesta Britania, siguiéndola igual.
Así que Galia busca por toda la casa hasta encontrarlo agachado en la cocina, oliendo una botella de detergente de algún tipo que ha sacado del armario de debajo de la encimera.
—¿Qué hace? —pregunta la pelirroja a Galia a un tono de voz lo suficientemente alto como para que le escuche Cartago.
Cartago suelta la botella y se pone de pie, todo agresivo.
—Salut! —saluda Galia, sonriendo.
Britania le fulmina poniendo un poco a Galia tras ella protectoramente porque sí que ha escuchado a Roma decir que tenga cuidado. A Cartago se le cae la mandíbula al suelo al ver a Galia. Britania bufa y hace los ojos en blanco.
—¿Tú qué? ¿Estás robando el jabón?
—¿Qué? —consigue hilar en su cerebro, cerrando la boca.
—Je suis la Galia y ella es Britania —explica la rubia.
—Y esta es NUESTRA casa.
—Me da igual, no voy a quedarme mucho tiempo.
—Ah, ¿no? ¿Cuánto vas a quedarte?
—Hasta que mate a ese romano.
Britania levanta las cejas.
—¿Hasta que lo... mates?
—A eso he venido.
—¡Pero no puedes hacer eso! —se agobia la gala.
—¿Cómo vas a matarlo? —Britania frunce el ceño.
—Aun no le he decidido. Con una daga, probablemente —gira la cara y Britania frunce el ceño.
—Pero es que no puedes hacer eso, Rome es bueno y todos le queremos mucho —sigue Galia—. ¿Por qué estás tan enfadado?
—Seguro porque lo mató, como a todos.
—¡Me engañó!
—¿Con quién? —pregunta Britania haciendo los ojos en blanco.
—¿Qué? ¿Por qué todos dais por hecho...? ¡Me engañó en batalla!
—Pero con quien —necia Britania.
—¡En una estrategia!
—Es decir, ¿te ganó una... batalla?
Cartago frunce el ceño y gira la cara porque las guerras púnicas fueron más que "una batalla". Perdonen a Britania y su poca información al respecto.
—Sí —responde él de todos modos.
—Bueno, hay que superar esas cosas que a estas alturas dan lo mismo. Hoy matar no se vale.
—Eso será para ti.
Britania mira a Galia.
—Genial, un asesino en casa y una ladrona de cuartos.
—No voy a asesinaros a todos, sólo a él.
—Pero es que él seguro no quiere hacerte daño —responde Galia.
—Al menos no matarte, hoy por hoy. Aunque si quieres matarle, quizás yo puedo ayudarte.
El chico levanta las cejas.
—¡El germano también dice que me ayudará!
—Pero chicos... —protesta Galia.
—Le matamos de una buena vez y ya, nos deshacemos de él —indica Britania aunque no esté tan convencida.
—Eso es lo que yo digo —asiente el cartaginés.
—¡Pero él nos quiere mucho a todos, no podéis hacer eso!
—Qué nos va a querer, siempre me está molestando y me dijo que me iba a echar de casa.
—¡A mí también me molesta!
—Y a ti te encanta que lo haga, Britania. Sabes que fue una broma.
Britania se cruza de brazos.
—Pues ya podría asustarse un poco él alguna vez y suponer que nadie le quiere.
—¡Yo no le quiero! —protesta el púnico.
—Si vais a hacer eso no quiero saberlo o tendré que contarle lo que planeáis —Galia les mira desconsolada.
—Galiaaaaa.
—Es verdad... —la mira igual.
—Deja que se vaya, sí es tonta y está enamorada de él como todas —responde Cartago.
—¡No le llames tonta a Galia!
—Todas las que están enamoradas de él lo son —se cruza de brazos.
—Pues tú eres tonto también por pensar de verdad en matarle.
—Eso lo dices porque seguro tú también estás enamorada.
—¡Yo no estoy enamorada, idiota!
—¿Entonces por qué no le has matado aun y vives aquí?
—Porque... ¡Porque no!
—¡Ha!
—¡Ha, nada! ¿Tú por qué no le mataste a tiempo?
—Me engañó y desaparecí, pero ahora voy a vengarme.
Britania mira otra vez fijamente a Galia, porque ella no lo dice en serio pero este chico parece que sí. Galia sale tras ella y se acerca a Cartago, que se tensa automáticamente.
—¡E-Espera, con cuidado! —Britania se acerca a ella poniéndole, las manos en la cintura por si ha de tirar de ella para alejarla.
—No me toques —da él un paso atrás, sonrojado y Galia se queda con una mano en alto, desconsolada.
—Como la toques tú a ella te mato —puntualiza Britania, por si las moscas.
—No voy a tocarla, es como la Helena. Y de todos modos no me das miedo.
—¡Tu a mí menos, te lo aseguro!
—No me importa, sólo hay una persona que debe temerme.
—Vámonos —Britania hace los ojos en blanco y toma a Galia de la muñeca. Ella la mira de reojo y mira a Cartago, aun desconsolada, pero se deja tirar—. Él no me gusta tampoco —asegura Britania a Galia, frunciendo el ceño.
—Es... raro —asegura ella porque le da un poco de miedo.
—No hables con él ni te le acerques mientras esté aquí. Hay que decirle a Rome que es peligroso.
—Creo que Rome lo sabe... Ha dicho que fuéramos con cuidado.
—¿Y por qué ha traído aquí a alguien de verdad peligroso? ¿Que no sabe que estás tú?
—No lo sé —la abraza porque ella la cuida.
—No me gusta que Rome no piense en ti. ¿Qué va a pasar cuando hagan una fiesta de esas de Helena? Como en el cumpleaños de Rome... ¿Qué tal que te lastima? Tampoco sé qué vas a hacer cuando el idiota de Cymru venga a verte.
—Él me cuida como tú.
—¡No! ¡Trajo un asesino aquí que quiere matarle! —protesta.
—No creo que quiera matarle de verdad, Rome no es tan tonto —niega con la cabeza.
—¿Y entonces?
—Me parece que lo dice como tú lo decías antes.
—¿Qué decía yo antes?
—Pues que ibas a hacerle daño.
—Por eso le voy a hacer daño ahora.
—¿Vas a aliarte con él para dañar a Roma de veras? —desconsolada. Britania suspiiiiiiraaaaaa.
—Voy a pedirle a Rome que lo eche de casa.
—Pero... pobrecito.
—¿No que te daba miedo?
—Oui, pero...
—¡Pues va a vivir en la casa!
—Oui, pero...
—¿Y si te lo encuentras a media noche en la cocina?
—En realidad no me ha hecho nada.
—¿Y vas a esperar a que lo haga? ¿A ver si te viola en la cocina? ¡Además aun no me dices qué vas a hacer cuando venga a dormir Cymru!
—Pues le cambiaré el cuarto a Iberia...
—¡ESA no va a entrar a mi cuarto! ¡Si tengo ahí todas mis cosas! —chilla hasta con pucherito.
—Entonces tú puedes ir con Rome esa noche —la abraza.
—No me gusta más gente aquí —protesta un poco. Galia suspira, porque a ella tampoco mucho, pero piensa que pobres chicos—. E Iberia... ¿La recuerdas mucho?
—No, no mucho, pero la vi algunas veces. Se murió antes que te conociera a ti.
—¿Y hubieras preferido quedarte con ella?
—Hubiera querido que no muriera, pero a ti te conozco más y te quiero mucho.
La británica suspira, mirándola de reojito.
—Vamos a ver a los demás.
Galia asiente. Romaaaaaa pones la casa de cabezaaaaa. Pues ahí vamos con los otros.
Britania VS el mundo. La genialidad británica. ¡No olvides agradecer a Josita la edición!
