Germania es arrastrado.

—¡Iberia! Este es Germaniae —los presenta Roma.

Germania la ve y levanta las cejas porque no es fea en lo absoluto y sonríe bastante.

Ha-Hallo.

—Oh... ¡Hola! —ella le mira y también piensa que es guapo, sonrojándose un poquito y riéndose.

—No habla mucho, pero te caerá bien, es muy fuerte y muy serio. ¿A que no le imaginabas tan guapo cuando te lo nombré?

—No, no... ¡Vaya si es guapo! ¡Y alto! —sonríe un poco más aun si eso es posible.

Germania se infla como gallo.

—¡Anda, anda! —protesta un poco Roma, riéndose.

—Quizás puedas instalarme en su cuarto —Iberia se ríe un poco más.

—¡Mira qué lista! Ese cuarto es el mío —le guiña un ojo.

—Pues ya está, los tres en una habitación —se ríe un poco mirando aun a Germania, sonrojadita y todo.

—A Galia le gusta eso también —asiente.

—Ah, ¿sí? Pues... Mejor que sea yo a ella.

—Aunque no dudo que hoy entren a matarme... ya sabéis.

—Que se le ocurra matarte, sólo que se le ocurra —aprieta la mandíbula y el romano se ríe.

—No me va a matar, creo que sólo tiene ganas de marcha.

—Ganas de acostarse contigo, mira qué raro.

El latino se pasa una mano por el pelo y se ríe. Y ahí va Germania y le da otra vez un golpe en el brazo.

—¿Con quién vas a dormir esta noche?

—¿Quieres que montemos una de... esas fiestas de bienvenida?

—Sí que quiero —asegura Helena, saliendo de nosedonde, poniéndole una mano en el culo a Germania y otra a Roma.

Roma se ríe y echa la cabeza atrás para recargársele encima y darle un beso en la mejilla mientras Germania da un saltito, aun sin habituarse.

—Creo que yo tendría que ocuparme exclusivamente de Cartago... así que Germaniae tendrá a todas las chicas para él solo.

Germania levanta las cejas con esta idea mientras Helena le da un beso natural al romano en la mejilla.

—Vamos, vamos a hacer una fiesta de esas. Yo te ayudo con Cartago.

—No quisiera que te haga daño.

—Si estás tú ahí no va a hacérmelo y sé que puedes hacer cosas para relajarle —cejas cejas. Roma sonríe, cerrando los ojos —. Germania, venga, saca las barricas de vino que están abajo en la bodega mientras yo le presto algo de ropa a Iberia.

—Voy a buscar al muchacho a ver si no ha matado a Britania y Galiae —decide Roma.

—Más le vale que no —Helena toma a Iberia de la mano y tampoco me confío que no le den la bienvenida.

Roma encuentra a Galia cuchicheando con Britania afuera del salón.

—¿Estáis bien? —pregunta acercándose a ellas.

—Hay un asesino en casa.

Quid? —se asusta y Galia asiente.

—Tienes que hacer algo. Y echarlo.

—¿Dónde está?

—Allá. Podría lastimar a Galia —Britania apunta.

Roma se va para allá pensando que es ALGUIEN MÁS que no es Cartago.

—¿Has visto a alguien por aquí? —le pregunta al cartaginés, que vuelve a contestarle el clásico "Kssss".

Britania pone a Galia otra vez tras ella.

—Corta el rollo, hablo en serio, las chicas están asustadas. ¿Le has echado?

Pero Cartago no para.

—¿Ves? Es... Ten cuidado —suelta Britania para Roma sin poder evitar preocuparse un poco.

—Espera... ¿Te refieres a él? —Roma se vuelve a Britania.

Y Galia se esconde más tras la pelirroja con ese ruido de Cartago.

—¡Va a lastimarte de verdad!

—No pasa na... —la respuesta de Roma se corta porque ha tenido la mala suerte de no pensar y darle la espalda al cartaginés, que automáticamente le ha saltado al cuello por la espalda para ahorcarle.

Dios mío, es que ahí va Britania a saltarle a Cartago encima al más claro modo de "esto es Espartaaaaaaa!"

—¡No! —Roma grita ahogadamente, deteniendo a Britania del cuello con una mano mientras trata de aflojar el brazo de Cartago con la otra. Galia suelta un gritito ahogado.

Y prepárense para pensar cómo va a ir esto porque después de que Cartago le dé un buen golpe a Britania en la mandíbula de un codazo, ahí va ella a susurrar algo que hace que los tres se caigan al suelo.

Roma se ocupa muy concentrado de que Cartago no toque a Britania, yendo a intentar inmovilizarle. Galia vuelve a ahogar un gritito. Ruedan por los suelos, Britania intentando picarle los ojos al cartaginés, defendiéndole con uñas y dientes... Nunca te fíes de un británico en batalla.

—¡Parad! ¡Parad los dos! —Roma trata de separar a Britania ahora para que no le haga daño y este aprovecha el descuido para volver a atacar a Roma.

Es que deben estar como un polvorín de esos de las caricaturas. Galia sale corriendo a buscar a Germania. Galia muy lista, ya vemos de dónde sacó Austria este asunto de arreglar las cosas en el último momento.

Al final Roma consigue sostener a los dos del cuello cara contra el suelo, no sabe ni cómo, sangrando de una ceja y con la respiración agitada. Para cuando llega Germania levantando las cejas y acercándose a ayudarle.

—¡Vale ya los dos! —protesta el latino, sentándose sobre Cartago y dejando a Britania con Germania.

—¡Voy a arrancarle los huevos! —grita Britania, escupiendo sangre y dándole a Germania bastante miedo.

Cartago se revuelve como en sal y Roma le clava la cabeza contra el suelo tan bestia.

Britaniae, déjame a mí. ¡No te acerques a él! —protesta Roma para ella.

—¿A ver si te ahorca? —se mueve hasta que Germania le suelta, aunque no se les echa encima esta vez.

—¡No me va a hacer daño, es igual que tú!

—¡Sí te voy a hacer daño, romano cabrón hijo de puta! —grita Cartago sacudiéndose mientras Roma le ata las manos con un trapo de cocina.

—¿Eh? —pregunta Britania frunciendo el ceño.

Germania les mira interactuar con completo, absoluto y total desagrado, volviendo a pensar que es él quien debería pelear con Roma así... Y ganarle por cierto.

—Me lo llevo —Roma le levanta, echándoselo al hombro mientras este sigue pataleando—. Que nadie entre a mi cuarto... oigáis lo que oigáis.

El sajón FULMINA a Roma con esta declaración dándose la media vuelta y yendo a la puerta de la casa, tomando las llaves del coche sin decir nada más.

Germaniae! —protesta con la fulminación, aun con la ceja sangrando y la respiración agitada—. Merda! —se gira, haciendo que el cartaginés se golpee la cabeza bastante fuerte contra algo.

Pues tampoco se va a quedar a oír cómo te lo tiras en su cama así como así. Hasta Britania se duele con el golpe que se acaba de dar el cartaginés en la cabeza.

Lo que pasa es que también lo saturan. Seh, son muchos y todos quieren un pedazo de Roma. Es lo que tiene.

Se suponía que Germania iba a ir a la fiesta con las chicas, Roma lo ha dicho. Déjenlo que se dé una vuelta en el coche y se fume tres cigarros... Y se acuerde de eso.

De todos modos urge más que Cartago no haga daño a las chicas. Como sea, Britania mira a Roma y se sonroja porque le ha defendido así súper abiertamente. El cartaginés se marea un poco con el golpe, dejando de patalear un poco mientras Roma le sostiene. Mira a las chicas, que volvieron, corriendo, por todos esos gritos.

—No va a pasarme nada, de verdad. No va a ser agresivo con vosotras salvo con Helena tal vez —se gira a la griega —. Si quieres venir vas a tener que mirar sin intervenir —ofrece.

Britania le mira con cara de "¡ni en drogas quiero ir a eso, sólo te estaba defendiendo!" aunque no la invitaron a ella. Pero Roma también irá a molestarla luego, cuando tenga un poco menos de lío.

—Sin intervenir... —repite Helena, algo extraviada con la idea.

—No al principio, está demasiado, demasiado nervioso... ¿Le habías visto así antes? —empieza a ir para allá.

—No en realidad... —se va tras ellos igual.

Roma suelta a Cartago sobre la cama, que se recoge echo bolita, y luego mira a Helena a ver si cierra la puerta, para ir a desatarle las manos... el cartaginés le escupe. Helena lo mira con ojitos preocupados, teniendo que contenerse de tocarle y acariciarle el pelo. Cierra la puerta con seguro y se recarga en ella, mirando en silencio y pensando.

—Helena, voy a hacer algo que no te va a gustar ver, pero prométeme que no vas a intervenir si no te digo que lo hagas —pide sin romper el contacto visual con Cartago.

Helena suspira sin estar muy convencida.

—Bien.

—No vas a hacer nada, capullo de mierda —protesta el cartaginés, poniéndose de pie contra la pared de cabecera de la cama.

Hay algo en esto que no le gusta a Helena, en especial porque no sabe qué es, y no le gusta no saber qué es. Roma toma aire, le mira unos instantes fijamente y sonríe un poco de lado antes de subir corriendo de un salto contra él.

El cartaginés se lo esperaba y arremete contra su estomago para golpearle, a lo que el romano salta por encima suyo hasta caer de espalda en el suelo y levantar las manos tomándole de los tobillos y tirándole con él. El púnico le da patadas y él latino sonríe, estirándole de la pierna con fuerza, le arranca la ropa.

Helena sonríe un poco al ver a Roma sonreír, relajándose levemente.

Pero los gritos desgarradores de Cartago y los golpes son realmente desalentadores... el problema es que esto es mitad pelea, mitad sexo. Desde luego que Cartago está reaccionando, pero le pone a Roma TODAS las dificultades, incluso golpearle cuando está haciendo algo que claramente por la reacción de su cuerpo, le gusta.

Así que a pesar de las sonrisas de Roma, Helena va tensándose poco a poco de nuevo, porque el africano no cede en la medida en que debería.

Y desde luego no va a ceder, no va a ceder ni un ápice, así que a todas luces esto es una violación. Cada dos por tres Roma tiene que parar para esquivar un golpe o cambiar de postura, acaba de verdad magullado con todo, Cartago le muerde y le araña con saña, lo que hace todo el proceso más lento y tortuoso al no haber tregua ni ritmo constante.

La griega aguanta planchada un poco contra la puerta, pensando que debe haber una mejor manera de hacer esto. Una manera mucho mejor que sólo forzarle de esta manera. Quizás tome tiempo pero este no puede ser el único método. Más de una vez, está a PUNTO de gritar que paren pensando que Cartago está lastimando de verdad a su pequeño Romita, es casi ver cómo le apedrean.

Cuando acaban, completamente agotados, es que Cartago para de moverse como loco y Roma consigue abrazarle y esconderle... para los únicos instantes que demuestran que esto ha sido, sólo no consentido y forzado, pero no realmente no deseado.

Es muy, muy intenso y es el pequeño momento que hace que Roma siempre vuelva a hacérselo a pesar de lo que implica para él todo el proceso de fuerza y dolor. Helena mira aun con plena atención y curiosidad sin siquiera estar excitada, frunciendo el ceño aun pensando en todo esto.

Y el momento en el que Cartago siente a Roma como alguien muy cercano y a quién él está dominando a pesar de que lo haya absolutamente forzado antes, porque está ahí abrazándole solo siendo vulnerable. Lo único que diferencia a Cartago de Britania es que Cartago no deja su agresividad de lado hasta DESPUÉS del coito.

La griega suspira, deslizando la espalda por la pared y sentándose en el suelo, mirándoles hacer. No creía que fuera tan así a pesar de que Roma ya se lo había explicado. Era sumamente violento y habría que quitarle todo eso si pretendían que formara parte de la familia que vivía en la casa. Lo extraño era que Roma le conocía y era bueno con cómo tratar a las personas y aun así no parecía haber podido resolver el acertijo de cómo. Debe poder oír como Roma le susurra cosas al oído, aunque no pueda saber cuáles.

Ya las imagina. Cosas sobre quererle, sobre no dejarle solo o sobre estar feliz de volver a verle. Sonríe un poco para sí pensando que crió a un buen chico, capaz de ver esto detrás de la fachada dura y agria del chico. Sí, sí lo hiciste, Helena.

Al cabo de un rato, sin soltar al cartaginés, le hace un gesto a Helena para que se acerque a ellos. Helena se levanta con parsimonia y se acerca a la cama, sentándose en ella.

Roma hace un gesto para que les abrace, haciendo un sandwich del cartaginés. Helena se acuesta al lado de ellos dos abrazando a Cartago y dándole un beso en la frente.

—Lo ves, aquí estamos los dos, ¿vale? Somos lo que conoces y estás a salvo con nosotros, nadie quiere hacerte daño aquí. Ya no.

Helena le hunde una mano en el pelo y le da otro beso acariciándole el cuero cabelludo sin decir nada.

—Puedes quedarte aquí con nosotros, vamos a quererte y a cuidarte, pero tienes que ser un poco menos agresivo —mira a Helena de reojo—. No me importa hacerte esto una y mil veces, pero sabes que las chicas no pueden y te vas a perder las cosas buenas que pueden darte sólo por estar asustado. ¿Recuerdas cómo lo hace Helena?

Ahí va Helena a darle otro beso, ahora en el hombro, acurrucándose un poco mejor a su alrededor. Cartago se mueve un poco, dejándola ahora, mucho más dócil. Así que la griega le acaricia la espalda y el costado, dándole besitos.

—Sólo tienes que relajarte un poco y vamos a cuidarte entre todos —dice la chica.

Roma le acaricia el pelo sin decir más, metidos los tres en la burbujita.

—Nadie tiene que hacerle daño a nadie, este lugar y esta "familia" es como un oasis en el desierto.

—Y no te preocupes por Britaniae y Germaniae, yo les hablaré, pero sí tienes que ser un poco menos agresivo...

Cartago no dice nada, escuchándoles a los dos y en realidad no había notado lo mucho, MUCHO que necesitaba esto.

—... lo único que pedimos es garantía de que no nos harás real daño... Como a Romi.

—Sí le haré daño a él —susurra girándose hacia Helena.

Helena le mira a los ojos un instante y se acerca a darle un suave beso en los labios. El cartaginés se sonroja un poco pero no se aparta ahora. Roma se ríe profundamente.

—Bueno, a mí puedes intentar hacerme daño sin problema —le besa él el hombro ahora.

En un suave y delicado movimiento, Helena se sube al cartaginés, acostándosele encima y haciendo que se gire un poco más hasta ponerse boca arriba. Roma se desplaza a un lado. Cartago mira a Helena.

Ella le sonríe sinceramente, agachándose y dándole un besito en el cuello.

—Suéltame el pelo —pide.

Lo hace un poco embobado porque está agotado y suavecito. Ella le sonríe un poco más y se acerca a él de nuevo para besarle en los labios, considerando que lo que necesita es mucho, mucho afecto y cariño por períodos prolongados de tiempo, aunque sabe que este es el beso de Roma, ya que él se llevó la parte más difícil.

De hecho le busca la mano a Roma y entrelaza sus dedos. Cartago se deja llevar y Roma sonríe igualmente, apretando un poco la mano a Helena y cerrando los ojos. Helena le besa y besa hasta que se queda dormido y cuando al final lo consigue, se escurre un poquito hacia Roma acurrucándose entre ambos y hablándole al oído a pesar de los ronquidos.

—¿Estás bien?

—Un poco magullado, pero sí.

—Un poco... He visto unos golpes horribles. ¿Te curo con algo, mi amor? —ofrece y él asiente, cerrando los ojos.

—Qué cosas me toca hacer por amor.

Helena sonríe, irguiéndose un poco y dándole un beso en la mejilla.

—Eres un buen chico.

—Al menos alguien lo nota —la abraza de la cintura. Ahora se le trepa a él encima, con cuidado.

—Estoy muy orgullosa de que les quieras a todos y les hagas sentir bien a todos.

—Gracias... os quiero mucho, de verdad, aunque penséis que no.

—Yo nunca he tenido dudas —sonríe sinceramente —, y a los demás, sólo les da miedo perderte.

—Haría esto una y mil veces por cada uno de vosotros. ¿Cómo van a perderme? —se agobia. La griega sonríe un poco y le da un besito en la mejilla.

—No lo sé. Quizás temen que te canses. Tienen celos unos de otros. Es normal cuando hay alguien nuevo.

—Lo sé... espero que no les echen —mira a Cartago de reojo, que dormido a su lado parece sólo un pequeño muchachito.

—No van a echarles, van a cuidarles y quererles y protegerles. Sólo dales más tiempo —susurra mirando también al cartaginés y acariciándole un poco el pecho antes de cubrirle con las cobijas —. ¿Qué te ha dicho Germania?

—Quería hacer una reunión para decidir si dejábamos que se quedaran... no sé ni cómo tiene corazón para pensar que no sea así.

—Germania es muy cuadrado —resume después de pensárselo un poco —. Pensé que se enfadaría.

—Creo que le preocupa más estar a mi altura y mandar teniendo tanto poder como yo que nada... también me dijo que quería que compráramos otra casa.

Helena se ríe bajito.

—También teme que le hagas menos caso, siempre triste por ello —mano suave por el pecho —. ¿Quiere otra casa para todos?

—Creo que sí, le he dicho que lo hablaremos cuando esté claro que se quedan.

—Eso me haría ilusión. Aunque...

—¿Ajá?

—A ver si no he de empezar de cero otra vez con Egipto —se ríe.

—Nah, ya verás que no —se ríe también y la aprieta un poco, doliéndose de algunas cosas.

—Espera, espera —lo nota sólo por el leve sonidito que hace al apretarla —, voy por árnica y unas vendas.

—Vamos los dos, dejémosle dormir.

—Vale —asiente y cuando está a punto de incorporarse se detiene mirándole a los ojos —. Romi...

El latino la mira a los ojos.

—Te quiero más que a nadie, nunca lo dudes ni lo olvides.

Roma la mira, desconsolado.

—A veces me olvido de decírtelo y demostrártelo y eso no está bien —sonríe un poco —. Por ti haría lo que fuera, cuando fuera necesario —sincera. Roma la abraza otra vez aunque le duela —. Me preocupa que hayas sentido en algún momento que no es así.

—Es sólo que a veces... tu carácter... —esconde la cara en su cuello.

—Dime, dime, ¿qué con mi carácter? —pide suavecito mientras le acaricia el pelo.

—Pues eres poco... eres poco de pedir atención y de requerirla.

—Estoy siempre metida con demasiadas personas y demasiadas actividades —admite —, de algún lado lo aprendiste.

—Exacto.

—Deberíamos hacer más cosas juntos. De hecho... Tú...

Roma suspira, pero asiente, porque aunque suena un poco a compensación, es lo que quiere.

—¿Por qué no vienes a buscarme tú cuando me eches de menos? Yo sé que tú estás muy ocupado.

Pone los ojos en blanco porque... no es eso pero... sí, vale. Helena le sonríe y le da un beso en los labios.

—Estás celoso —le acusa.

—¿Me culpas?

—Un poquito... Porque tú y Egipto son muy diferentes y mi relación con los dos es completamente distinta.

—Lo sé...

—Y nada de lo que te digo está siendo convincente. Sólo tú me haces tropezarme con palabras, Romi —asegura escondiéndose ella en su cuello —. Me preocupa que algo no vaya bien y haré algo para modificarlo.

—No pasa nada, es egoísta de mi parte.

—No lo eeeeees, no me digas eso a mí.

—Pues nada más... es que yo hago lo mismo que tú con el resto y ellos se me quejan de lo mismo que yo me quejo de ti.

—Quizás es justo por eso que pasa, para aprender. Cómo se sienten ellos y cómo podemos actuar para mejorarlo.

El romano suspira de nuevo.

—Piénsalo —se separa un poco y le mira a la cara —. ¿Qué te haría sentir mejor?

—Supongo que es lo que me merezco, como siempre eres tú quien me enseña.

—No, no... Esto no es de merecer, esto es... Esto es mi culpa. Es decir, las relaciones son de dos. Tú esperas que yo haga algo y yo asumo que no requieres que haga algo porque tú no lo estás pidiendo. ¿Qué pasaría si yo hiciera algo aun cuando tú no lo pidieras?

—Que yo lo dejaría todo por ti... porque tú eres... mi Helena.

—Y yo dejaría todo por ti, mi cielo. Todo —le mira a los ojos.

El romano se acerca a darle un beso, decidiendo creerla y sentirse mejor. El beso es convincente y seguro, profundo y lleno de amor. Lo necesitaba, porque además Cartago ha sido malo y duro. Y Germania hace drama y los demás también... Cuando se separan, Helena pega la frente con la suya.

—Te quiero.

—Y yo a ti —le responde el latino. La griega sonríe, esperando que esté más tranquilo aunque la ceja... Está magullada.

—Vamos a curarte eso.

Roma asiente y se ríe un poco. La chica se levanta de encima suyo y tira de su mano para ayudarle a levantarse. El romano vuelve a quejarse, levantándose y cojeando un poco. Mira a Cartago dormido un segundo con odio, pero sonríe sin poder evitarlo.

—Vale la pena, vale la pena —asegura ella, ayudándole.

—Ufff —protesta riéndose igualmente.

oxOXOxo

Es un desastre Germania *modo emo!Germania on*

Roma se acerca a él la mañana siguiente... aun medio cojo y magullado, bebiendo café en cantidades absurdas. Germania, que sigue con su traje de hacer ejercicio aunque se ha bañado en el baño de las chicas, le mira de reojo bebiendo de su tacita de café.

—Buenos díaaas~ —canta.

—Buenos días —responde seco. Mano al culo como respuesta. Da un saltito y frunce el ceño —. ¿Ahora sí? —la calle de la amarguuuuura.

Sic. ¿No quieres?

—No he dicho que no quiera, sólo... Bueno. ¿Cómo lo pasaste anoche?

—Maaaal, aun me duele todo. Cartaguito es malo conmigo.

—Ah, Cartaguito es malito contigoooo —hace vocecita dramática.

Siiiic —desconsuelo. Ojos en blanco sajones.

—Pues, ¿para qué lo traes?

—Porque... —suspira derrotado y se duele al sentarse, sonriendo de lado.

—Es maravilloso y súper sexy y blablabla.

Non, qué va... pero nos necesita.

—Ah, ¿sí? A mí me parece que vive bien en el desierto sin todas las cosas horribles que tenemos aquí. Tiene hasta un caballo.

Roma le hace un cariño en la cara, sonriendo.

—No estés celoso —susurra. El sajón gira un poquito la cara y se sonroja.

—Pues cómo quieres...

—Mmmm —sonríe y se le echa un poco encima.

—A veces quiero pensar que a veces lo haces a propósito.

—¿Para que me hagas caso? Seh —cabeza en su hombro.

—Ya, ya me imagino que no lo harías si te hiciera yo caso —ojos en blanco porque noooo se lo cree. Le mira de reojo igual y sonríe un poquito —. Me acosté con Galia ayer... Y... Con la chica que trajiste.

—Oh, cabrón con suerte —mete la cabeza a comerle el cuello.

Germania suelta un ruidito grave y cierra los ojos inclinando la cabeza. El latino le da un mordisquito un poco bestia.

—Estuvo muy bien, Iberia es guapa... Y Galia es Galia.

Roma frunce el ceño y vuelve a morderle. Germania se ríe un poco porque lo ha dicho para molestarle, aguantando estoicamente. Al oír que se ríe-sonríe, el moreno le da un puñetazo no muy fuerte en el estomago antes de separarse.

—¡Eh! ¿A dónde vas? ¡Eso que hacías iba muy bien!

—Ah, ¿sí? —sonríe de lado y toma la taza de Germania, bebiéndose su café.

—Sí, y tú deja de tomar café que al rato vas a estar como cabra.

Roma pierde su aire misterioso, muriéndose de risa y el rubio le abraza de los hombros. El latino se le echa un poco encima. A lo que Germania inclina un poco la cabeza y le besa la mejilla.

—Y... ¿te dejaron seco por completo las chicas, mi amor? —mano a las regiones vitales.

—Yo nunca estoy seco por comp... ¡Ah! —gemidito y el romano se ríe —. ¡Eres un cínico!

—¿Por qué dices eso?

—Después de tirártelo a él ayer vienes conmigo... Te advierto que lo que va a pasar es que YO voy a ponerte mi verga ahí a ti.

—Oh, ¿tú vas a ponerme tu pequeña verga en dónde?

—¿Pequeña verga?

—Diminuta.

—¡¿Diminuta?! ¡¿Perdona?!

Se encoge de hombros sonriendo y es que... Romita, no quieres que se te ponga en plan agresivo él también.

—¿Quieres ver cómo es que no es en lo absoluto diminuta?

Non —risas.

—Pues es un poco tarde, ahora vas a ver... —le levanta —, y aquí a la mitad de todo para que todos vean de quien eres realmente.

Non, non, espera —se deja levantar de todos modos pero es que se acuerda que le duele todo.

Was?

—Con amor, me duele todo.

—Así que yo con amor... Pero él no.

—¿Eh?

—Él. ¿Te lastimó ahí detrás y yo tengo que ser cuidadoso?

—No me lastimo ahí, pero sí en todo el resto.

—¿Y a él le pediste cuidado?

—Pero él es un bestia indomableee…

—Se supone que yo soy tu bestia indomable.

—Nah, tú eres razonable y me cuidas a mí de vuelta —sonríe.

—Quizás no debería, debería ser tu bestia indomable como antes —ríanse de él que cree que fue bestia indomable en algún momento.

—Noooo, me gusta hacer el amor contigo —va por un beso.

Germania se sonroja... Y le deja. Y es un beso laaaargo y guarro, que le medio dobla las piernas al germano, apretándole contra sí. Roma le abraza porque han pasado varios días sin verle.

—Vamos a una cama —decide Germania que sí que le ha echado de menos y quiere un rato para sí.

Le rodea la cintura con las piernas para que le cargue y vuelve a besarle dispuesto a exprimirle al sajón hasta la última gota de amor, sensibilidad y dulzura que nadie cree que tenga salvo él. Y sí que tiene, le abraza del culo y ya está con la cabeza perdida mientras le besa y va bastante a ciegas hasta su cuarto...

xoXOXox

Sale olor a algo con garbanzos de la cocina. Creo que está cocinando Galia.

Germania al fin baja bañado y vestido como es debido, peinado con el pelo suelto, liso y su trencita… y sonriendo como idiota, silbando otra vez. Entra e incluso le da una palmada en el culo y un beso en el cuello, abriendo la boca para que le dé algo de probar.

Así que ella, con tanto cuidado, mete una cuchara en el puchero y sopla un poco antes de dársela para que no se queme. Él sonríe un poco, abrazándola de la cintura y probando, considerando que esto es súper familiar (y awesome) como dijera Prusia. Después de relamerse al probar la mira de reojo.

—¿Te gusta? —pregunta ella con total naturalidad.

—Está buenísimo —asiente. Galia sonríe complacida, volviendo a remover.

—¿Tienes mucha hambre? Llama a los demás que voy a hacer los platos.

—Sí que me muero de hambre pero tengo que hablar contigo antes de algo... Vamos a hacer una junta para los nuevos.

—¿Y no se puede hacer mientras comemos?

—No porque van a estar ellos.

—¿Y no pueden?

—¿Pues vamos a decidir si se quedan o no con ellos ahí?

—¿No se van a quedar?

—Eso vamos a decidir.

—Oh...

—Es nuestra casa, Rom no puede decidir unilateralmente lo que pasa, así que creo que debemos votar si se quedan o no.

—Ah... pero yo quiero que se queden también.

—¿Quieres que se queden? ¿Pero por qué?

—¿Dónde van a ir si no? Pobrecitos.

—Pues yo que sé, ese problema lo resolvemos luego... ¡Pero es que tampoco van a quedarse aquí si no queremos todos que se queden!

—¿Tú no quieres? —desconsolada.

Nein, no al menos que me den garantías.

—¿Por qué no?

—Porque ya hay dos hombres viviendo aquí.

—¿Y? Somos muchas chicas.

—Pero Rom y yo. Si hay un chico más es como tener tres gallos en un gallinero —ya, ya lo sé que es un pensamiento anticuado.

—¿Por qué? A mí me gusta que haya más chicos.

Germania frunce el ceño.

—¿A ti tampoco te basta con DOS además del muchacho ese con el que te acuestas?

—No es eso, es que me gustan las personas y si las chicas podemos convivir todas juntas, los chicos que sois más listos... —se encoge de hombros.

—Mmmm... Pero... ¿Ustedes creen que a nosotros no nos importa? Es decir, ¿a quién vas a pedirle ayuda cuando la necesites?

—Pues a quien esté dispuesto a dármela. ¿A quién vas a pedírsela tú?

—¿Yo? ¡No! Me refiero a ustedes, de oír si no me hacen caso y tú no te quieres casar conmigo, ahora vas a acostarte con él y... ¡¿Qué tal que con él sí te casas?!

—No me voy a casar con él... ¿es que vas a pedirle a Iberia que se case contigo?

—No lo sé, quizás —tan digno.

—¡Ah! ¿De verdad? —tan emocionada, pero se detiene—. A Rome no va a gustarle.

—¡Pues es su culpa por traerle y se supone que tú deberías ponerte celosa! —se cruza de brazos.

—¿Eh?

—Si él la trajo y yo me caso con ella... ¡Él la trajo! ¡Para tirársela ÉL! Además tú deberías ponerte celosa si yo me quiero casar con alguien que no eres tú —asegura bajándole los platos.

—¿Por qué? ¿Vas a dejar de quererme? —le pregunta muy en serio.

—Quizás —responde antes de poder pensar qué y a quien se lo ha dicho.

Galia pone cara de absoluto drama. El germano pone los cubiertos en la mesa y la mira porque se ha quedado callada.

—Oh... Dejar de quererte... Nein, Nein!

—¿S-Seguro? —se sorbe los mocos.

—¡Seguro, seguro! —se pone las manos en la cabeza sin saber qué hacer porque él no suele hacer a Galia llorar. Vacila sin saber qué hacer.

Ella se lleva las manos a los ojos en completa postura de abrázame porque acaba de tener LA MADRE de todos los disgustos. Germania la abraza casi en automático, acariciándole la espalda.

—¡Nein, nunca te voy a dejar de querer, te lo juro! Antes muerto.

La gala se le acurruca en el abrazo, aprovechando y el sajón le hace pat pat en la espalda con suavidad.

—Ya está, ya está. Vamos a servir la comida.

—Pero prométeme que no vas a echarles, Iberia es mi amiga y hacía mucho que no la veía.

—Lo que quieras, te prometo que no echo a Iberia —asegura y podría prometerte aún más cosas.

—Ni al pobre muchacho Cartago, que me da mucha penita —le mira a los ojos aun acurrucada en su abrazo... y es por esto que si Roma y Galia se alían nadie tiene NADA que hacer.

—Pero Galiaaaa... Vale, vale —aprieta los ojos —, ni al muchacho ese, pero si me harta lo echo.

La chica levanta la cabeza y le da un beso, beso que Germania le devuelve, cerrando los ojos... Un voto más. Cuatro a favor, uno en contra y una abstención. ¡Se quedan!


¡No queremos olvidar agradecer a Josita la edición, a Galia su persuasión, a Roma su esfuerzo, a Germania su paciencia, a Helena su comprensión y a ti tu lectura!