Clover819: Una disculpa jeje, como no era una historia pensada en capítulos simplemente corto las ideas. Gracias por tanta emoción.
Jair937: Gracias por pasarte por mi historia y por el comentario :D
mgmartinezvolturi: Cada vez están más cerca de averiguarlo ;) Espero disfrutes ésta entrega
Hugo Med Lob: ¿Te sucede al leer la historia? Me siento halagada y preocupada en partes iguales jeje. Gracias por seguir leyendo
ThePhantomPain02: Siempre es grato leerte, y síp, la verdad es que disfruto del fuego y la desesperación D: No, ya en serio, de verdad no sabía dónde separar los capítulos, así que simplemente he estado cortando ideas a la mitad. Será éste, otro y el epílogo, no sé por qué de pronto me abandonó la inspiración jajaja.
El cabestrillo le daba comezón, lo sentía incómodo y conseguía que se sintiera inútil. Tras tres semanas completas de estar en el hospital (Mr. Big había insistido en que la mejor agente debía estar en el mejor hospital bajo la observación de los mejores enfermeros y médicos de la ciudad hasta que fuera seguro dejarla ir, los gastos correrían por su cuenta si el seguro de la jefatura no lo cubría), por fin un día entró una gacela de gesto amable tomando notas en una tablita, misma que sonrió cuando Judy la miró hastiada de tanta revisión.
— ¿Son vitaminas, inyecciones o debo volver a descubrirme las piernas y el hombro?
—Puedes irte a casa.
— ¿Qué? —Murmuró incrédula, abriendo los ojos más de la cuenta. — ¿A casa dijo?
—Sí querida, a casa. Terminó tu estadía aquí. Tu cicatrización es impresionante, a pesar de las fracturas; la última radiografía reveló que ya estabas en condiciones de moverte, sin embargo, te daremos otro mes de incapacidad, por las dudas. Sufriste daños muy graves, la bala de tu brazo fisuró el hueso en varias áreas pero los vendajes apoyaron bastante. Me preocupaba la de tu hombro. Pero parece que está todo en orden.
—Pero… No me puedo ir así nada más. No puedo irme sin él…
Y en efecto, desde que lo habían subido a piso, Judy no había conseguido la fuerza suficiente para pronunciar su nombre, no para murmurar Nick. Ni siquiera para pensar esa simple palabra.
—El joven Wilde no ha despertado, cielo. —Dijo en tono conciliador, casi como una madre dándole abrigo a su pequeño tras un raspón en la rodilla. —Pero sus heridas están sanando bastante bien. Su padrino es muy generoso al cubrir la cuenta del hospital, así que no debes preocuparte, nos haremos cargo de él. —En tono de disculpa y mostrando una expresión avergonzada, añadió tras una pausa. —No hemos localizado a ningún familiar. Alguien que se haga cargo de él durante su estadía. Que lo acompañe y que le hable. Tal vez usted sepa de…
—Soy… —Murmuró acongojada. —Soy la única persona a la que tiene en la ciudad. No habla mucho con su familia y la mayoría no vive aquí.
—Comprendo.
—No, no comprende. Me quedaré, yo me quedaré a su lado.
—Judy. —Reprendió como si hablara con un niño pequeño. —Tú debes reposar, debes estar tranquila para terminar de sanar, la mayoría de los moretones aún no sanan del todo y las heridas pueden abrirse de nuevo, aún con todo y tu cicatrización. Debes cuidar tu salud.
—Y créame, doctora, que no hay mejor lugar para cuidar de mi salud que en el hospital. Su habitación tiene un sofá muy cómodo, puedo quedarme un par de días a cuidarlo, sólo debo ir por un cambio de ropa y algo de comer, y luego…
Pero la pausa tuvo un efecto dramático en ambas.
Luego… ¿Qué?
— ¿Va a despertar, verdad? —Murmuró Judy con lágrimas en los ojos. Tratando con todas sus fuerzas de no llorar pero quebrándose en el intento. Rompiendo en llanto cuando dijo por primera vez lo que tenía semanas guardándose para sí misma. —Se interpuso entre ellos y yo, me salvó la vida… ¿Verdad que va a despertar?
La doctora la abrazó en un gesto conciliador y le permitió llorar hasta que se cansó.
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Llegado el fin de semana, pasaría la noche en el hospital, por primera vez se lo habían permitido, y aunque ella había ido a su casa por ropa y para dormir, en un último momento había tomado las llaves del departamento de Nick y había pasado las tres últimas noches durmiendo en su cama. Porque está más cerca del hospital, sólo por eso lo hago se había dicho a sí misma la primera noche para convencerse de que aquello tenía perdón, pero al entrar en contacto con la almohada del zorro, al volver a tener contacto con su perfume, no pudo evitar admitir para sí misma que en realidad quería sentir que él seguía vivo.
El primer día no se había atrevido a pronunciar palabra, por si Nick despertaba o daba señales de vida, así ella podría avisar de inmediato.
El segundo día se la pasó llorando, sentada en una silla y recargada en la cama, ocultando el rostro entre sus brazos para que, si despertaba, Nick no la viera llorar. (Como si no la hubiera visto llorar al menos un millar de veces antes).
El tercer día se la había pasado hablándole de todo lo que había ocurrido el último mes, tratando de ponerlo al corriente de todas las cosas que habían ocurrido en la ciudad y en la comisaría, le platicaba quiénes la habían ido a visitar y lo ponía al día con todos los chismes de Garraza. Habló como si nunca más fuera a tener oportunidad de expresarse y aquello fue más que suficiente para mantener el ánimo en alto, al menos durante el día porque cuando volvió al departamento del zorro y se enfrascó en su investigación sobre pacientes en coma, la depresión la aplastó con toda su fuerza, obligándola a llorar hasta el cansancio.
Suspiró entrando al hospital con su café bien tapado. Las enfermeras, algunos familiares, la gente del hospital, la saludaron a su paso, ya se habían acostumbrado a verla. Ella sonrió devolviendo los saludos y asintiendo con la cabeza a algunos de los enfermos, pero no dijo nada. Se sentía emocionalmente agotada por tantas cosas que habían ocurrido, así que simplemente quería dejarse caer en su sillón al lado de Nick. Su habitación seguía igual. (Para ella era más sencillo pensar en aquello como una habitación que como un cuarto de hospital, le ayudaba a mantener las esperanzas). No habían desordenado nada, ni siquiera su pequeño altero de libros y envolturas de barritas energéticas había sido movido de lugar. Sonrió mirando a su amigo, se acercó a la ventana para cerrarla y tras plantarle un beso en la frente, encaró el sillón.
Se sentó en su rincón y tomó el libro que había estado leyendo para Nick.
—Para ver si te cultivas un poco con esto. —Había dicho el día que había decidido leerle, con un tono jovial que hacía mucho no la caracterizaba, sacando un libro de su mochila y hojeándolo hasta dar con el índice. —Es de mis favoritos. —Había dicho con una sonrisa soñadora tras convencerse a sí misma de que debía mantener la esperanza y la alegría en alto, emociones negativas sólo le harían daño a Nick, así que a mantener la esperanza. —Espero que te guste El fantasma de la ópera Nick, porque lo vas a escuchar completito. —Dijo antes de comenzar a leer.
Suspiró percatándose de que el separador iba por la mitad del libro, ¿Tantas horas pasaba leyendo en voz alta? O en todo caso ¿Tenía razón Nick? ¿De verdad hablaba así de rápido? Se acomodó con las piernas bien extendidas en el sillón, le dedicó una mirada a Nick y se dispuso a leer en voz alta justo en donde se había quedado.
– ¿Usted tiene miedo... y dice que me ama? Si Erik fuera bello, ¿me amaría usted, Cristine?
– ¡Desgraciado! ¿Para qué tentar al Destino? ¿Para qué preguntarme cosas que oculto como un pecado en el fondo de la conciencia? –Se puso a su vez de pie, rodeó la cabeza del joven can sus bellos bracos trémulos y le dijo: – ¡Oh! mi novio de un día, si yo no te amara no te daría mis labios. Por primera y última vez, aquí los tienes.
El posó encima los suyos, pero la sombra que los rodeaba pareció desgarrarse con tal violencia como si se acercara la tempestad, y al huir sus ojos, en que vivía el espanto de Erik, les mostró antes de que desapareciera en el bosque de la techumbre, un inmenso pájaro nocturno que los miraba con sus ojos de brasa y que parecía aferrado a las cuerdas de la lira de Apolo.
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Por fin encontró una posición relativamente cómoda (¡Por Dios! ¡Hacía horas que había dejado de sentir las piernas y aborrecía el olor a antisépticos! ¡Aborrecía los hospitales! Y aborrecía a ese estúpido lobo que había disparado su arma contra ella) cuando un gruñido gutural la sacó de sus pensamientos.
Primero creyó que no era real así que decidió darle la espalda a la puerta y hacerse bolita en el pedacito de sillón en el que trataría de dormir las siguientes cuatro horas, pero luego algo la hizo sobresaltarse en la oscuridad. Un sonido gutural, agonizante y ronco que consiguió que cada célula de su ser despertara. Ni el entumecimiento, ni el dolor en los golpes, ni siquiera las viejas heridas y algunas costras lograron distraerla en ése momento.
—Za-Zanahorias…
— ¡Nick! —Exclamó en voz baja levantándose de golpe y encaminándose hasta la cama.
—Zanahorias. —Murmuró él con voz ronca mientras buscaba el rostro de Judy en la oscuridad.
— ¡Llamaré a una enfermera! —Murmuró ella con intensidad, tratando de alejarse, pero la voz ronca de Nick la hizo regresar.
—Espera… Déjame verte primero, déjame… Sólo quédate conmigo… O volverá la oscuridad.
Y a sabiendas de que era mejor llamar a algún experto, algo la hizo quedarse a escuchar lo que Nick tenía para decirle.
