Emmett & Rosalie

Sentía mariposas en mi estómago.

La vida seguía sorprendiéndome. Emmett y yo hemos estado juntos durante once años. Tenemos una niña de tres, casi cuatro años, y éramos los mejores amigos. Pero, de alguna manera, estos últimos meses he perdido el contacto con mi mejor amigo. Y es difícil de explicar lo asustada que estoy de eso.

Emmett comenzó un nuevo trabajo con una gran compañía internacional de marketing. Encima de eso, trabajaba de forma independiente con artistas y empresas independientes. Sentía como si todo lo que hacía últimamente era trabajar, y ya que yo trabajo a tiempo completo, y, tenemos a Belle, realmente no ha habido un tiempo para "nosotros".

No hemos tenido sexo en seis semanas.

Para otras parejas, a lo mejor eso no era mucho, pero para nosotros era totalmente desconocido, y estaba un poco más que preocupada.

Estaba un poco más que herida.

Mi decisión de sorprenderlo con una salida especial en la noche de San Valentín fue una cosa de último minuto sugerida por mi amiga Bella.

Estaba en un sitio de desarrollo urbanístico, pintando otra habitación de un aburrido blanco brillante, cuando decidí llamar a Bella en mi descanso. La distancia con mi marido me estaba carcomiendo. Me sentía increíblemente sola. Finalmente lo reconocí y llamé a Bella por ayuda, esperando no interrumpir su escritura.

—Nah —dijo—. Decidí no empezar un recuento de palabras hoy, ya que solo va a ser interrumpido en un par de horas cuando todos los niños estén aquí.

—Oh sí, es tu turno de cuidarlos este año.

—Sí, lo es. —Suspiró pesadamente—. Realmente podría venirme bien un poco de tiempo a solas con Edward esta noche.

—Sé lo que quieres decir. —Le conté todo lo que no había estado ocurriendo entre Emmett y yo.

—¿Por qué te has estado guardando todo esto? ¿Estás bien?

Su preocupación hizo que lágrimas escuezan mis ojos y me alegré de haber encontrado una habitación vacía en la casa en la que estábamos trabajando. No quería ser escuchada por mi colega Deacon.

—Son solo seis semanas.

—Eso es mucho para ustedes dos. Y no es solo el sexo. ¿Cuándo fue la última vez que tuvieron una conversación real?

—No puedo recordar. Simplemente ha sido un montón de saludos y despedidas. Sabía que las cosas serían difíciles mientras él trataba de hacerse un nombre por sí mismo en la empresa, pero no me gusta esto, Bella. No me gusta sentir que no sé lo que está pasando con mi propio marido. Y el hecho de que ni siquiera parece molestarse por eso es más que un poco aterrador.

—Probablemente solo está preocupado. Pero tienes que hablar con él, Rose. De lo contrario, esto se convertirá en una enorme maraña de intenso resentimiento y eso no va a terminar bien. Te lo prometo. —Ella suspiró—. ¿Sabes lo que deberías hacer? Darle una sorpresa. Mira, Edward y yo teníamos reservas en La Cour esta noche porque se olvidó de todo el asunto de cuidar a los niños. Voy a ver si podemos transferir la reserva a tu nombre. Pregúntale a Eleazar o a los padres de Emmett si pueden cuidar a Belle esta noche y luego sorprende a Emmett en el trabajo, sal con él en la noche y después llévalo a casa y rompe este hechizo de sequía.

—¿Tú crees?

—Sí. Te escribiré en un rato para hacerte saber si podemos conseguirte la mesa.

—Genial. Gracias, Bella.

Y lo hizo, me escribió y conseguimos la mesa. Después de arreglar que mi tío Eleazar y su esposa Dee se lleven a Belle, terminé temprano en el trabajo, llegué a casa, me duché, me puse un ceñido vestido de lentejuelas con tacones, y tomé un taxi que me llevó al otro lado de New Town, a la oficina de Emmett.

De pie afuera fue cuando me golpearon las mariposas. Mariposas.

Todo porque iba a una cita con mi marido.

Sí. Él y yo realmente necesitábamos resolver esto entre nosotros. Por mucho que todavía me llenara de anticipación cada vez que íbamos a citas (no es que pueda recordar la última vez que sucedió), las mariposas eran una cosa del pasado. Y estaba feliz de eso. Su ausencia hablaba de mi seguridad con Emmett, algo que nunca pensé tener con ningún hombre dado que estaba increíblemente llena de inseguridades cuando Emmett me conoció.

El regreso de las mariposas era una mala señal.

Un presagio, se podría decir.

Fui a tocar el timbre en el edificio, pero la puerta se abrió y dos chicos en traje salieron, me sonrieron y sostuvieron la puerta abierta para mí. Les devolví la sonrisa, sintiendo una oleada de placer cuando uno de ellos sostuvo mi mirada por demasiado tiempo.

Amaba a mi marido y no quería a nadie más, pero tenía que admitir que como alguien que solía depender exclusivamente de su aspecto, porque no creía que tuviera nada más para ofrecer, era halagador cuando los hombres aún me miraban. Especialmente ahora en que me sentía casi invisible en casa. Tenía casi treinta y tres, había tenido un bebé, y aunque mi marido se ponía cada vez mejor con la edad, yo había empezado a notar las arrugas alrededor de mis ojos, y mis pechos no eran tan firmes como lo habían sido antes de Belle, había incluso arrancado unas cuantas canas de mi larga cabellera rubia rojiza.

Sabía que Emmett me amaba, pero también quería que volviera a desearme. Y definitivamente quería que vuelva fijarse en mí.

Alentada por el guapo chico en traje y su apreciación, pasé mis manos por mi vestido que brillaba bajo mi abrigo, lista para que Emmett lo viera y así obtener esa mirada en sus ojos que tanto me encanta.

Tomando el ascensor hasta su piso, traté de refrenar las mariposas, la sensación en cierto modo habiendo empeorado para ahora.

—Disculpe. —Detuve a una mujer que salía de la oficina ahora casi vacía—. Estoy buscando a Emmett McCarty.

Ella me sonrió.

—Por la puerta a la izquierda. No te puedes pasar de su oficina.

Asentí mi agradecimiento y seguí sus instrucciones.

Casi deseé no haberlo hecho, mi irritación aumentando un millón de veces cuando me detuve en la oficina abierta para encontrar a mi esposo recostado casualmente en su silla, mirando a la morena sentada en su escritorio.

Mis ojos viajaron a lo largo de la joven mujer, mi sangre hirviendo a medida que me percataba de cada detalle de ella. Era más joven que yo, en sus veinte años, y estaba sentada en el escritorio de mi marido con sus delgadas piernas cruzadas, su falda gris subida por sus muslos. Su bonita cara enmarcada por brillante cabello castaño claro, y ella se centraba por completo en Emmett.

Conocía esa mirada.

En aquellos tiempos, antes de que Emmett llegara y me salvara de una vida vacía, yo solía usar esa mirada cuando apuntaba a un hombre que estaba decidida a hacer mío.

Era una predadora, coqueta, sexy y muy seductora mirada.

Mi estómago dio un vuelco.

Di dos pasos lentos hacia ellos, mis pies sintiéndose pesados a medida que veía la reacción de Emmett con ella. Mantuvo la distancia física, y su sonrisa era apenas más amigable que educada. Parecía interesado en lo que ella decía… pero lo más importante era que estaba aquí con ella, en lugar de en casa conmigo.

Los últimos tres meses de poco afecto, de distancia, de llegadas a altas horas de la noche… las últimas seis semanas de no tener sexo en absoluto… todo se agrupó en mi mente así como avanzaba hacia ellos y la terrible sospecha se plantó allí, por mucho que me odiara por pensar eso de él.

Él nunca… nunca me engañaría.

¿Pero estaba pensando en ello?

¿Quería?

Tragué el nudo repentino en mi garganta cuando me acerqué y Emmett me vio por el rabillo de sus ojos. Giró su cabeza hacia mí, la sorpresa aflojando sus facciones.

—Rose. —Se puso de pie con rapidez y la morena se volvió hacia mí, sus ojos entrecerrándose cuando se precipitaron hacia mí—. Cariño, ¿qué haces aquí?

Me quedé mirándolo, todavía luchando para hablar más allá de la emoción que me ahogaba, y luego la miré fijamente.

—Rose, esta es Ally, uno de los creativos. —Emmett hizo un gesto hacia ella y la chica se deslizó con gracia de su escritorio. Ella no me dio la mano sino que me dio una inclinación de cabeza, sus ojos oscureciéndose con decepción a medida que se fijaba en mí—. Ally, esta es mi esposa Rosalie.

Como ella no ofreció ninguna de las cortesías normales como "un gusto conocerte" yo tampoco lo hice.

Me giré hacia Emmett.

—Quería sorprenderte por el día de San Valentín. Nos hice reservaciones para la cena.

—Mierda. —Él hizo una mueca, sus ojos llenos de remordimiento—. Cariño, feliz día de San Valentín.

Sí, estaba muy al tanto de que lo había olvidado.

—Feliz día de San Valentín —murmuré.

—Solo déjame apagar todo.

—Bueno, te veré mañana, Emmett —dijo Ally, sonriéndole. Me dio un pequeño asentimiento cuando pasó, balanceando sus caderas con exageración.

Mi esposo no la vio salir y eso era probablemente una cosa buena. Podría haberlo matado si lo hubiera hecho.

Una vez que tomó su abrigo, salimos de la oficina juntos. Él puso su mano en mi espalda baja para guiarme fuera y yo me tensé.

Suspiró una vez que estuvimos solos en el ascensor.

—No puedo creer que estás pensando lo que estás pensando en este momento.

Seguí mirando hacia delante, tratando de mantener mis emociones bajo control.

—Estoy pensando que apenas he cruzado dos palabras con mi esposo en meses porque siempre está trabajando hasta tarde. Hoy hubiera sido otra noche en la que llegarías tarde a casa y de repente me doy cuenta que no es por el trabajo. Es porque estás coqueteando con una chica que es diez años más joven que tu esposa.

—Eso ni siquiera es… eso es ridículo —resopló, sonando exhausto.

—Esta noche me lo demostraste. —Me giré para verlo cuando las puertas del ascensor se abrieron—. Esta noche habría sido lo mismo, más tiempo lejos de mí y Belle, ¿y para qué? ¿Para hablar con Ally?

Él me miró fijamente, con una chispa de culpabilidad en sus ojos.

—Nunca pensé en ello de esa manera. Lo siento. Pero estábamos hablando de trabajo. Lo prometo. No es nada más que eso, Rose.

Mi pecho dolió mientras me daba cuenta la fuerza con que la creciente distancia entre nosotros había impactado en mí, de repente quería enterrar mi cabeza en la arena.

—Solo vamos a comer.

Salí del ascensor y Emmett me siguió hasta fuera. Estuvimos en silencio a medida que esperábamos a que pasara un taxi con sus luces encendidas.

Una vez que encontramos uno, nos metimos y le di al conductor nuestro destino.

—¿La Cour? —dijo Emmett, sorprendido. La Cour era un restaurante que fue de Edward hace algunos años. Lo vendió a un chef amigo de él y había ido de popular a estrella Michelin popular. Era increíblemente difícil obtener una reservación.

—Bella y Edward lo reservaron por nosotros.

—Esto es realmente lindo de tu parte, cariño. —Sentí su cálida mano deslizarse contra la mía y le dejé sostenerla, pero no le devolví el gesto.

Él la apretó, intentando ablandarme.

—¿A quién conseguiste para que cuide de Belle?

—A tío Eleazar.

—Estoy ansiando estar a solas contigo.

No dije una palabra y él enlazó sus dedos en los míos, su agarre apretándose.

—Va a ser bonito —logré murmurar.

La silenciosa y tensa atmósfera entre nosotros hacía que casi fuera difícil de respirar y duró todo el camino al restaurante, hasta que estuvimos sentados en La Cour y estábamos comiendo nuestras entradas.

El teléfono de Emmett vibró en la mesa junto a su plato cuando comíamos. Lo vi por entre mis pestañas mientras él lo levantaba y fruncía el ceño a lo que fuera que estuviera leyendo.

—¿Qué es?

Me lanzó una mirada cautelosa.

—Nada.

Mi pulso empezó a acelerarse mucho más de la ya rápida velocidad en la que estaba.

—Si no es nada me dejarás verlo. —Estiré mi mano hacia él.

Emmett me fulminó con la vista mientras me lo pasaba.

—No tengo nada que esconder de ti, cariño. Deja de tratarme como un criminal.

Tomé el teléfono y miré hacia la pantalla. Era un mensaje de Ally:

Tu esposa se veía enojada con nosotros. ¿Estás bien?

Mi temperamento empezó a elevarse y pasé por sus conversaciones previas. Y solo estuve un poco apaciguada con el hecho de que todas eran relacionadas con el trabajo y no coquetas.

Le di su teléfono de vuelta.

—¿No crees que ese mensaje es inapropiado? ¿Desde cuándo hay un "nosotros" entre tú y ella?

Él guardó su teléfono.

—Sí creo que es inapropiado, es por eso que no le voy a responder.

—Está coqueteando contigo.

—No lo voy a alentar.

—Supongo que ese ya no es el punto. —Sacudí la cabeza con disgusto, enojada de que no se diera cuenta de cuán jodida estaba nuestra relación justo ahora.

Un poco de alarma se reflejó en su expresión ante mi tono.

—Rose… —dijo y se inclinó sobre la mesa, intentando alcanzar mi mano pero me alejé—. Te estás exaltando por nada.

¿Nada? ¿Honestamente no se daba cuenta lo que estaba pasando aquí?

Aventé mi servilleta en la mesa y me paré, mi silla chirriando fuerte sobre el piso de madera. —No estoy de humor para el día de San Valentín después de todo. Te veré de vuelta en casa.

—Rose. —Él se levantó, intentando alcanzar mi brazo y fallando mientras yo escapaba del restaurante.

Me sentía enferma.

Absolutamente enferma.

Me metí en un taxi, temblando todo el camino hasta London Road. Una vez dentro del apartamento miré alrededor del familiar espacio, el lugar en el que habíamos vivido juntos por más de una década.

Mi mirada se trabó en la muñeca de Belle. Estaba envuelta alrededor del apoyabrazos. Sus DVD de caricaturas esparcidos por el suelo frente a la televisión.

Quería a mi hija en mis brazos tanto que dolía. Quería respirar su aroma y obtener consuelo de ella. Porque mi casa no se sentía familiar ahora. Se sentía fría, sola y sin su familiar hermosura.

La puerta principal se azotó y escuché los pesados y rápidos pasos de Emmett mientras avanzaba por el pasillo. Apareció en la puerta hacia la sala, su alto cuerpo ocupando una intimidante cantidad de espacio. Su expresión tan oscura como la medianoche.

—¿Qué diablos fue eso? —estalló.

—¿Ya no quieres estar conmigo? —dije, con cálidas lágrimas saladas cayendo por mis mejillas ante la abierta declaración de mi miedo.

Mi esposo me miró incrédulamente a medida que daba un paso hacia mí. Sacudí mi mano hacia él, deteniéndolo y haciéndole fruncir el ceño.

—¿De dónde viene esto?

—¿Sabías que Dee pasó un susto de cáncer de mama hace un mes?

Parpadeó rápidamente al dramático cambio de conversación.

—No.

—No. —Sacudí mi cabeza, curvando mi labio en desdén—. Claro que no lo sabrías porque cada vez que intento tener una conversación contigo, me mandas a volar para atender una llamada de un cliente o la oficina. Cada pequeño, minúsculo, tiempo libre que tienes lo pasas con Belle y eso está bien porque ella es más importante… pero es como si no te importara que no hemos tenido una conversación real en meses o que ni siquiera me has tocado en seis semanas. Nada más que un mecánico beso en los labios antes de irte a trabajar por las mañanas. Casi como un hábito en vez de deseo.

—¿Crees que no me he dado cuenta? —dijo, exasperado—. Claro que me he dado cuenta que no nos hemos visto mucho últimamente, pero sabíamos que esta transición sería difícil al principio.

—¡Una cosa es difícil y otra esto! —grité—. Tal vez otras mujeres acepten esto pero yo no lo soportaré. No me casé contigo para que el otro lado de mi cama estuviera caliente en las noches. Me casé contigo porque se supone que eres mi mejor amigo.

—Soy tu mejor amigo. Estamos teniendo un momento difícil, eso es todo.

—¿Y Ally?

—No es nada. —Me lanzó una mirada enojada—. Y el hecho de que pienses de otra manera me tiene jodidamente preocupado.

Asentí lentamente.

—Deberías estarlo, Emmett. Deberías estar preocupado.

Él palideció.

—¿Qué estás diciendo?

Entrecerré mis ojos.

—Estoy diciendo que he estado sola por meses y tú no te has acercado, no te has dado cuenta. —Las lágrimas estaban cayendo demasiado rápido por mis mejillas como para seguir limpiándolas, así que desistí—. He intentado pretender que está bien. Que es una temporada difícil. Pero no está bien. Ya no soy la chica que creía que no merecía amor. No soy ella. Ella te habría dejado tomarla por sentado. Yo no. — Sacudí mi cabeza—. La forma en que me siento ahora mismo… no está bien. No soy una condenada muñeca que puedes dejar a un lado cuando estás demasiado ocupado para jugar conmigo. Soy tu esposa y el matrimonio no funciona mágicamente. Tienes que trabajarlo. Y si ya no quieres hacerlo porque estás demasiado ocupado con otras actividades, entonces bien… pero no voy a quedarme para eso. Belle y yo encontraremos otro lugar para vivir. ¿Me entiendes?

Las palabras apenas habían salido de mi boca y Emmett ya estaba al otro lado de la sala, agarrando mis brazos con fuerza, jalándome hacia su cuerpo. Dejé escapar un jadeo de sorpresa a medida que inclinaba la cabeza hacia atrás para mirar su crispado rostro.

—Jamás… —Sus labios temblaban de emoción—, jamás me vuelvas a decir eso. No puedo vivir sin ti. —Descansó su frente contra la mía, y lo sentí temblar—. Lo lamento —susurró con voz ronca—. Lamento tanto haberte hecho sentir de esa jodida manera.

Permanecimos juntos por un momento mientras dejaba que la sinceridad y el miedo en su voz me calmaran de alguna forma. Nuestras respiraciones encontraron un ritmo constante, nuestras inhalaciones y exhalaciones desacelerando.

—No tengo intención de parecer necesitada —susurré, mis mejillas ardiendo por lo que le había dicho, con lo que le había amenazado—. Es solo que no es propio de ti no… desearme.

—Siempre te desearé —dijo, su voz ronca—. He estado tan jodidamente agotado tratando de mantenerme al día con todo.

Me aparté para mirarlo.

—Lo sé. Lo sé… es solo que… —Me encogí de hombros, sintiéndome culpable por siquiera sugerir abandonarlo.

Él asintió, sus conmovedores ojos abrasando los míos.

—Pero tienes razón. Te estaba dando por sentado. Simplemente esperaba que aceptaras mi ausencia mientras las cosas fueran difíciles.

—Quiero apoyarte —dije—. Lo hago. Pero me he sentido invisible últimamente.

Él contuvo el aliento ante esas palabras y acunó mi rostro.

—¿Qué hago, Rose? ¿Cómo puedo mejorar esto?

Negué con la cabeza y salí de su abrazo. Sentí frío de repente. Envolviendo mis brazos alrededor de mi cintura, me encogí de hombros.

—Trabajamos en esto. Las relaciones requieren trabajo. Supongo… supongo que ambos menospreciamos lo fácil que ha sido. Las cosas son diferentes ahora. Tenemos a Belle y nuestros trabajos… tenemos que esforzarnos un poco más en la parte del tú y yo.

Asintió, tan deprimido como yo.

—¿Y ahora qué?

—Estoy cansada —dije en voz baja—. Me voy a la cama.

Quince minutos más tarde yacíamos en nuestra cama en la oscuridad de nuestra habitación.

No nos tocamos.

—Te amo, ¿lo sabes verdad? —La voz de Emmett sonó espesa, ronca por la emoción.

Me tomé un momento, luchando con las lágrimas frescas.

—¿Rose?

Asentí a pesar de que él no podía verme.

—Yo también te amo —dije ahogadamente.

La cama rechinó y sentí su calor golpearme cuando rodó hacia mí. Deslizó su brazo alrededor de mi cintura y me atrajo hacia él. Mis manos se agitaron por un momento, luego se posaron en su pecho.

—No puedo creer que incluso te hice dudarlo —susurró, sonando angustiado—. Que te lastimé tanto que pensaras en dejarme.

—Quizás mis expectativas son demasiado altas.

—No. —Me acarició la cadera—. Nena, no. Yo la cagué.

—Nos reencaminaremos. —Y lo decía en serio. Ya estaba sintiendo el alivio verterse a través de mí de solo estar en sus brazos.

—Pero tú también la cagaste.

Me tensé.

—Sé que debería haberlo notado —dijo—. Pero tampoco soy capaz de leer la mente. No debería haber llegado nunca a este punto, Rose. Deberías haberme dicho que estabas preocupada de que no quisiera estar contigo. —Jaló suavemente mi cabello, inclinando mi cabeza hacia atrás.

Apenas podía distinguir sus rasgos, pero no tenía que verlos con claridad para saber que había ira en sus ojos.

—Somos más fuertes que esto. ¿Qué pasó?

Y solo así el pánico había vuelto.

—Fue… fue una combinación de cosas, creo. Me he estado sintiendo un poco… un poco rara por envejecer —admití—. Con Belle cumpliendo cuatro este año y Ben casándose pronto… y nosotros sin tener relaciones sexuales por un tiempo… todo tomó demasiada importancia. Bella tenía razón. Me lo callé por demasiado tiempo. La explosión era inevitable. —Suspiré, desdichada conmigo misma.

—Rose —dijo, y pude escuchar la incredulidad en esa sola palabra—, sigues siendo la mujer más hermosa que he conocido. Nunca desearé a nadie como te deseo.

—Tienes que prometer… —Curvé mi puño en su camiseta—, no desaparecer de mí otra vez, y yo prometeré dejarte saber lo que está pasando en mi cabeza.

—Lo prometo —dijo de inmediato.

Metí la cabeza contra su pecho y cerré los ojos. Las cosas no estaban reparadas mágicamente entre nosotros, pero llegaríamos allí.

Cuando éramos más jóvenes y apenas comenzábamos, habíamos tenido la discusión que pondría fin a todas las discusiones y aun así lo superamos.

—Lamento lo de Ally —dijo—. Tienes razón. Debería estar aprovechando cualquier oportunidad que tenga para estar contigo y Belle. Si hubieses sido tú en esa oficina, charlando con algún tipo, y yo entrara en esa escena con la clase de pensamientos en mi cabeza que estaban en la tuya esta noche, habría matado al tipo.

—Sé que Ally solo fue un catalizador para nuestros problemas más grandes… pero no me gustó la mirada en sus ojos cuando te estaba viendo, Emmett, y eso no es paranoia.

—Le dejaré claro que estoy cien por ciento desinteresado. Te lo prometo.

Le di las palabras que sabía que necesitaba oír.

—Confío en ti.

—Gracias, nena. —Me abrazó con más fuerza—. Te amo. Nunca te menospreciaré de nuevo.

Me abrazó hasta que finalmente la tensión dejó mi cuerpo y el sueño llegó para llevarme.

—Nena.

Me hundí más profundamente en mi almohada, bloqueando la voz que estaba tratando de despertarme. ¿Acaso no acababa de dormirme?

—Nena, despierta.

Abrí los ojos lentamente, parpadeando contra el resplandor de la luz en nuestro dormitorio. La lámpara de mi mesita de noche estaba encendida y el radio despertador decía que eran las once treinta.

Nos habíamos ido a la cama a las nueve en punto. Hace menos de tres horas.

¿Qué demonios?

Le eché un vistazo a Emmett que estaba sentado a mi lado, completamente vestido.

—¿Qué estás haciendo? —murmuré, frotándome los ojos. Se sentían hinchados de llorar antes.

Él tomó mi mano.

—Solo nos quedan treinta minutos más del día de San Valentín.

Somnolienta pero intrigada, dejé que me sacara de la cama y lo seguí a través del oscuro y frío apartamento en mis pijamas.

Cuando entramos en nuestra sala de estar jadeé.

Velas cubrían la repisa sobre la chimenea, la mesa de café y cualquier superficie que pudiera sostener una. En el suelo, frente a la chimenea, Emmett había colocado un picnic de aperitivos y vino. En medio de todo eso había una enorme caja de chocolates en forma de corazón.

Lo miré en curioso asombro.

—Me escapé al supermercado de veinticuatro horas. —Sonrió incitantemente hacia mí.

Las lágrimas escocieron mis ojos y agarré su mano.

—Gracias.

Se estiró hacia mí, jalándome hacia él y presionando mi cuerpo contra el suyo de modo que no hubiera ni siquiera una pizca de aire entre nuestros torsos.

—Jamás la voy a joder así otra vez. Te lo prometo.

Asentí.

—Yo tampoco.

Él rozó sus labios sobre los míos, un seductor susurro de promesas aún por venir. Me estremecí con anticipación. Lo había echado de menos en más de un sentido.

—Vamos. —Me ayudó a sentarme en la alfombra y me reí de los mini rollos de salchicha y quichés que había calentado—. Es todo lo que tenían. No es exactamente La Cour.

Sonreí, sacudiendo la cabeza.

—Es perfecto.

Empezamos a comer y solo entonces me di cuenta de lo hambrienta que estaba.

—Entonces, cuéntame sobre Dee —dijo Emmett, bebiendo de su copa de vino—. ¿Está bien?

Fruncí el ceño, recordando lo asustada que había estado mientras esperábamos los resultados de sus exámenes. Se había encontrado un bulto hacía cuatro semanas, pero por suerte había resultado ser un quiste.

—Está bien. Nos dimos un buen susto, pero está bien.

—La próxima vez que las cosas se pongan así de serias me agarras del cabello, las bolas, lo que sea que puedas agarrar, mierda, no me importa, y me gritas que necesitas hablar. ¿De acuerdo?

Lo miré fijamente a los ojos.

—Lo haré. Siento no haberlo hecho.

Bajó la mirada a su vino, así que esperé, reconociendo la expresión preocupada en su rostro.

—¿De verdad intentarías dejarme?

Cerré los ojos, deseando nunca haber dicho eso. Fue el calor del momento, era mi propio dolor hablando.

Pero le había hecho daño.

—Tendría que pasar por todo un infierno para que te deje, Emmett McCarty.

Ahora levantó la mirada hacia mí y me estremecí ante el calor, el anhelo… la determinación en sus ojos.

—Te seguiría, ¿sabes? Te seguiría hasta los confines de la tierra para convencerte de que vuelvas conmigo. Nunca voy a dejar de luchar por ti.

Y eso justo ahí… esa era una de las muchas razones por la que lo amaba.

—Solo necesitaba el recordatorio. No todo el mundo tiene un amor como el nuestro, Emmett. Estaba aterrorizada de que nos estuviéramos… acostumbrando.

Su respuesta a eso fue empujar la comida fuera del camino y arrastrarse hacia mí.

Mi respiración se atascó cuando él me abrió las piernas y presionó su cuerpo contra el mío hasta que no tuve más remedio que tumbarme en el suelo debajo de él. Se cernió sobre mí, una mano acariciando mi muslo.

—Ha pasado mucho tiempo. Necesito estar dentro de ti, nena.

Asentí, sin palabras a medida que la excitación se extendía caliente y hormigueante entre mis piernas y en la curva de mis pechos.

—Yo también te necesito.

Emmett me despojó lentamente del pijama y su propia ropa hasta que estaba desnuda acostada bajo el resplandor de la luz de las velas y él estaba apoyado en sus rodillas sobre mí. Lo devoré con la vista, ante la cálida luz resaltando su cuerpo duro y musculoso en forma por el gimnasio y sus entrenamientos de artes marciales. Tenía que admitir que parte de mí había resentido su inamovible compromiso a estar en buena forma estos últimos meses; más tiempo dedicado a otra cosa que no fuera a mí.

Pero allí tendida, con el deseo zumbando por cada una de mis terminaciones nerviosas mientras observaba su belleza masculina, tenía que admitir que me encantaba el resultado de su compromiso. Mi mirada se movió hasta su rostro y me quedé sin aliento al ver la expresión de sus ojos.

—¿Sabes? Tenía razón… todos estos años.

Mis cejas se fruncieron por su comentario críptico.

—Cuando dije que ningún hombre podría posiblemente merecerte.

Las lágrimas me escocieron los ojos al recordarlo. "Eres impresionante. Ningún hombre podría posiblemente merecerte". Emmett me había dicho eso la primera noche que pasamos juntos. No era algo que una mujer olvidaría fácilmente.

Pero fue increíblemente hermoso darme cuenta que Emmett tampoco había olvidado ninguna de las cosas de esa noche. Una lágrima se deslizó por mi mejilla y él lentamente se posó sobre mí, con una mano en mi cadera, la otra acunando mi rostro para así poder limpiar la lágrima con el pulgar.

—Te compensaré por esto —repitió con voz ronca, sus propios ojos brillando de emoción.

Y lo conocía lo suficiente como para saber que se estaría pateando su propio trasero durante semanas por salir con esto.

Traté de calmarlo, como él me había calmado.

—Ya lo estás haciendo.

Por eso me besó suavemente, dulcemente mientras deslizaba la mano entre mis piernas y presionaba su pulgar en mi clítoris. Suspiré de placer, arqueándome ante su toque a medida que rodeaba mi clítoris, la necesidad arremolinándose bajo en mi vientre.

Justo cuando la tensión estaba a punto de estallar en mi interior, él rompió el beso y apartó el pulgar. Mis ojos brillaron por el deseo inacabado.

Una pequeña sonrisa juguetona curvó las comisuras de su deliciosa boca y grité su nombre cuando deslizó dos gruesos dedos dentro de mí.

—Mírame, Rose —exigió e hice lo que me pidió.

Nuestros ojos permanecieron inmóviles mientras me follaba con sus dedos, sus propios ojos oscureciéndose con una excitación profunda a medida que observaba a los míos dilatarse, a medida que me escuchaba jadear su nombre una y otra vez.

Me corrí en un grito de alivio, mientras me agarraba de las muñecas, manteniendo mis manos sobre mi cabeza y empezaba a empujar dentro de mí.

La luz brillaba en sus ojos cuando me miró. Ni una sola vez, mientras bombeaba sus caderas contra las mías, mientras el sudor empezaba a gotear a través de su piel, mientras los músculos de su mandíbula se tensaban con el esfuerzo para mantener su liberación bajo control, mi marido ni una vez rompió el contacto visual conmigo.

Quería tocarlo, pero cada vez que trataba de mover las manos, él las apretaba con más fuerza contra el suelo.

—¿Ves? —gruñó, sus embestidas tornándose más rápidas y más duras—. ¿Ves lo que me haces? Solo tú. Solo tú…

Con esas palabras grité su nombre otra vez, mis músculos internos ondulando a su alrededor mientras me corría.

—Rosalie —gritó cuando sus caderas se detuvieron y luego se estremecieron contra las mías a medida que su propio fuerte clímax lo sacudía.

Apoyó la frente contra mi pecho mientras trataba de recuperar el aliento.

—Creo que los dos necesitábamos eso —susurré, divertida y saciada.

Emmett me miró y soltó mis muñecas para descansar sus manos en mi cintura. Rodeé sus hombros con mis brazos y envolví mis piernas a su alrededor, manteniéndolo dentro de mí, muy cerca de mí.

—Tú y Belle —susurró, sus palabras sombrías—. Lo son todo para mí.

Esta noche nos había dejado en carne viva, pero aunque ahora estaba mucho más tranquila, mucho más a gusto, por lo que había hecho con sus palabras tranquilizadoras, Emmett no estaba seguro. Podía ver el pánico enterrado profundamente en la parte posterior de sus ojos. No sabía si le creía. Y tenía la sensación de que iba a pasar los próximos meses tratando de demostrar su amor por mí. Por mucho que eso sería hermoso, no quería que Emmett se sintiera de la forma en que me había sentido yo durante los últimos meses.

—Te creo —susurré—. Te prometo que te creo.

Él deslizó sus manos de arriba hacia abajo por los costados de mi cintura en una suave caricia reconfortante.

—Mañana es sábado.

—Lo es.

—Tú, Belle y yo. Todo este fin de semana. Solo nosotros.

—¿No vas a trabajar? —dije, esperanzada.

—Voy a apagar mi teléfono.

Sonreí.

—Eso suena divertido.

—Mmm. —Él rozó su boca sobre la mía—. Creo que va a comenzar con dormir hasta tarde.

—¿Ah, sí?

—Vas a estar muy, muy cansada, señora McCarty. —Me sonrió engreído—. Pero muy, muy satisfecha.

Me reí y sonrió mucho más ante el sonido.

—Haz que valga la pena, señor McCarty. Tenemos toda la noche.

—Corrección —dijo con voz ronca—. Tenemos toda una eternidad.

Me mordí el labio en una sonrisa.

—Estás siendo muy romántico esta noche.

—Bueno. —Se encogió de hombros con indiferencia—. Es el día de San Valentín. No me importa esforzarme un poco.

Lo empujé juguetonamente y él se apartó riendo, salpicándome con besos juguetones y dedos cosquilleantes que intenté evitar. Mi fracaso ante ambos hizo que mi risa chillona llenara el apartamento, la carcajada más profunda de Emmett uniéndose a ella y haciendo que mi casa se sintiera familiar y hermosa de nuevo.