Jasper & Alice
—Casi me siento mal por Bella y Edward —dije mientras la anfitriona nos sentaba a Jasper y a mí en una encantadora mesa del rincón en la parte trasera del restaurante. Nuestro restaurante favorito en Old Town había seguido el clásico camino para el día de San Valentín. No había cosas de color rosa chillón ni corazones rojos por todo el lugar. Solo velas y rosas rojas.
—Yo no —dijo Jasper—. Cuidamos a los niños el año pasado.
—Exactamente. Sabemos lo que van a tener que aguantar. —Le di una sonrisa pícara—. Seis niños. Y Bella está embarazada.
—Sabes que Edward, probablemente, hará todo el trabajo pesado. —Jasper dejó de hablar cuando el camarero se acercó y se presentó. Una vez que tuvimos los menús en nuestras manos y nuestras bebidas pedidas, el camarero se alejó y Jasper empezó a hablar como si nunca hubiéramos sido interrumpidos—. Está siendo extra protector con ella ya que este es su último hijo. Uno pensaría que ella es la única mujer alguna vez embarazada.
Arrugué la nariz ante su tono seco.
—Creo que es romántico.
—Ali, piensas que todo y todo el mundo es romántico.
—No es cierto. —Miré a mi menú—. A veces mi marido no es para nada romántico.
—¿Están listos para pedir? —El camarero apareció antes que Jasper pudiera responder con lo que sabía iba a ser algún comentario sarcástico u otro.
—Sí, por favor. —Le di mi orden y Jasper se tomó un par de minutos, pero finalmente decidió lo que él quería.
Le di un sorbo a mi agua, mirando alrededor del restaurante a todas las otras parejas. Variaban de ser completamente uno para el otro, a parecer aburridos. Mi suposición era que las parejas aburridas eran los que habían estado juntos durante más tiempo.
Como una romántica, me encantaba el día de San Valentín.
Pensaba que era maravilloso tener un día dedicado a las personas que amamos. Sin embargo, Jasper odiaba el día de San Valentín. En sus palabras, era "un montón de mierda comercial" y "completamente poco romántico el obligar a la gente a demostrar que les importan" cuando era "mucho más romántico ser espontáneo".
A pesar de mi amor por San Valentín traté de entender de dónde venía su ideología y casi lo hacía. Aunque mi marido tenía un carácter práctico, era fácil con sus "Te amo" y pequeños regalos espontáneos. Si estabas casado con alguien como Jasper, no necesitabas el día de San Valentín. Pero no todo el mundo tenía un Jasper. Algunas personas necesitaban recordarse mostrarles a su pareja que los aman.
—Cariño.
Me volví para mirar a Jasper.
—¿Sí?
—¿A dónde fuiste? —Su frente estaba fruncida en preocupación.
Me incliné sobre la mesa mientras bajaba la voz.
—Mira qué aburridas parecen la mitad de estas parejas. ¿Es eso lo que el matrimonio te hace?
Jasper miró alrededor del salón y luego a mí.
—Hemos estado juntos durante más de una década y no estamos aburridos. ¿Verdad?
Negué con la cabeza.
—Por supuesto que no. Aun así… no me gustaría que nos viéramos de esa manera.
—No lo haremos —dijo, tan seguro.
Me encogí de hombros.
—Creo que quizás… —Paré cuando el camarero llegó con nuestro plato.
—¿Qué crees? —dijo Jasper una vez que el camarero se fue.
—Tal vez no deberíamos ser perezosos. Ya sabes… deberíamos tratar de mantener las cosas con vida en el dormitorio.
—Para una pareja que tiene dos hijos y puestos de trabajo a tiempo completo, creo que lo estamos haciendo jodidamente bien en el dormitorio —dijo, pareciendo molesto al insinuar lo contrario—. ¿O estoy interpretando mal tus orgasmos?
Solté un bufido.
—No. No lo estás.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
Tragué mi comida y tomé un sorbo de vino, dándome un poco de coraje para decir lo que quería decir a continuación. Finalmente lo miré a los ojos.
—No hemos tenido sexo en un lugar público. Tal vez deberíamos hacer eso.
Jasper me dio una lenta e incrédula sonrisa.
—Cariño, ¿estás bromeando?
Fruncí el ceño ante su reacción.
—No.
—Vamos, Ali. Te tomó seis meses para dejar de sonrojarte cada vez que lo llamaba "follar".
Una punzada de dolor irradió en mi pecho y miré a mi plato. Sé que él no tenía intención de ser hiriente pero aun así…
A veces pensaba que todos, incluso él, pensaban que yo era una dulce mojigata que no sabía cómo ser salvaje e impulsiva. Hace unos años tuve una noche con las chicas y todas nos embriagamos un poco y empezamos a ser demasiado confidentes. Rose nos había hablado acerca de una vez en la que ella y Emmett estaban saliendo por primera vez y él la había seducido en un vestidor en una tienda, estaba tan desesperado por tenerla. Y luego estaban James y Tori que tuvieron relaciones sexuales en el capó de un auto en una playa una noche.
Eso sonaba tan emocionante y apasionado.
Había sentido envidia de las dos.
Jasper y yo teníamos una maravillosa vida sexual. Así era. Pero un poco de aventura sería increíble. Sobre todo ahora que éramos padres y teníamos tan poco tiempo para nosotros mismos, tan poco tiempo para sentirnos jóvenes como lo hacíamos una vez.
Pero al parecer, Jasper no creía que yo fuera capaz de ser una sexy chica peligrosa.
—Cristo, Alice —dijo, su voz suave—. ¿Estás enojada conmigo?
Miré a sus preocupados ojos.
—Tuviste relaciones sexuales con esa camarera en público en mi décimo octavo cumpleaños. Los encontré haciéndolo detrás del hotel.
Jasper frunció el ceño ante su mención.
—Ella solo fue un rapidito. No se trata de mi esposa, a quien amo y respeto.
Querido Dios, ¿podría hacerme sonar más aburrida? Hice una mueca y Jasper se echó hacia atrás en su silla, cauteloso.
—Dije algo incorrecto, ¿verdad?
—Digamos que me siento tan sexy como una abuela de noventa años y sin dientes en este momento.
Él se estremeció.
—No quise decir…
Levantando mi mano, lo corté.
—Simplemente vamos a comer y olvidarnos de esto.
El resto de la cena fue tensa y silenciosa. De hecho estaba bastante desesperada por salir del restaurante e ir a la fiesta de San Valentín a la que habíamos sido invitados por uno de mis colegas en la universidad. Así podría mezclarme con otras personas y evitar a mi marido hasta que no estuviera tan dolida y molesta con él.
—Será mejor que llamemos a un taxi —dije mientras salíamos del restaurante—. Voy… ¡Ah! —grité en sorpresa cuando me encontré siendo arrastrada hacia el callejón entre el restaurante y el bar de al lado—. ¿Qué estás haciendo? —susurré frenéticamente mientras Jasper me llevaba más adentro en la oscuridad.
De repente, me empujó contra los ladrillos del restaurante y comenzó a besarme.
Superé la sorpresa rápidamente, besándolo de regreso mientras presionaba su cuerpo entero contra el mío. Jadeé en su boca con placer, recordando que, de hecho, tengo un marido maravilloso al que le encantaba hacerme feliz.
Sus labios bajaron por mi cuello y me arqueé por sus besos, amando el calor de su boca, el toque de sus manos en mis pechos, el olor de...
Arrugué la nariz, casi teniendo arcadas.
—Mierda. —Jasper se separó y me miró—. Ese olor.
Volví la cabeza.
—Estamos justo al lado de la basura.
Él siguió mi mirada al enorme cubo de basura que teníamos justo al lado.
—Ese olor es horrible.
—Nada sexy —dije en voz baja, la decepción moviéndose a través de mí.
Jasper me miró. Al ver mi decepción levantó la mano para acariciar mi mejilla con el dorso de sus nudillos.
—Me encanta lo que tenemos. No necesito sexo en un callejón. Solo te necesito a ti.
Me conmoví con sus palabras, tratando de ignorar la decepción todavía arremolinándose en mis entrañas.
—Sí. Solo vamos a la fiesta.
Tomó mi mano y me alejó, pero no pude evitar mirar de nuevo a la oscuridad un poco triste.
—¿Estamos bien? —dijo Jasper, dando a mi cintura un apretón.
Habíamos estado en la fiesta durante cinco minutos, charlando con conocidos y siendo presentados a la gente que no conocíamos. Le di una pequeña sonrisa.
—Estamos bien.
Sus cejas se fruncieron, pero antes de que pudiera decir nada, mi colega y la anfitriona de dicha fiesta, Anthea, apareció.
—Alice, quiero que vengas a conocer a mi amiga Lacey. Es una fabulosa estadounidense que ama la historia del arte tanto que su conocimiento te va a sorprender. Vamos, vamos.
Ella tomó mi mano y comenzó a alejarme. Miré por encima del hombro a Jasper.
—Dos minutos —murmuré y él asintió con paciencia.
Pero no fueron dos minutos.
Me presentaron a Lacey y a su cita de la noche, Jack. ¡Lacey sí que sabía hablar! Apenas conseguí decir una palabra, y fue todo un alivio cuando Anthea llegó para arrastrar a Lacey al encuentro de alguien más.
—Toma —dijo Jack, ofreciéndome una copa de vino.
Sonreí y la acepté.
—Gracias.
—Ella es, eh… es un poco demasiado. —Él asintió en la dirección que Lacey había partido.
Lo miré cautelosa.
—¿Primera cita?
Hizo una mueca.
—Y me temo que la última.
—¡Oh, cielo! —suspiré.
—Sí. —Se encogió de hombros—. Si no lo intentas, entonces qué, ¿cierto?
Sonreí ante su optimismo.
—Exactamente.
—Así que, ¿realmente eres profesora universitaria de historia del arte? Algo de todo lo que Lacey dijo, ¿verdad?
Riendo, asentí.
—Lacey puede hablar mucho, pero al menos habla con el conocimiento para respaldarlo.
—Bueno, eso es algo —dijo secamente.
—¿Qué es lo que haces?
—Soy oculista.
—¿En serio? —Sonreí—. Nunca antes he conocido a un oculista. Quiero decir, por supuesto, he conocido a un oculista porque voy cada dos años, pero no fuera de las ópticas en realidad… —Arrugué la nariz ante mis divagaciones, pero solo hice reír a Jack.
—Entendí lo que querías decir. Puedo asegurarte que no es el trabajo más interesante del mundo, aunque me gusta ver las reacciones de la gente cuando me apoyo cerca para inspeccionar sus ojos. Hay los que se tensan, completamente incómodos porque he cruzado la línea de espacio personal. Luego están los que tienen mal aliento… ni siquiera quiero ir allí. Y mis personas favoritas… aquellas que luchan para no reírse de todo el asunto.
Me reí.
—Soy de las últimas.
Jack se rio entre dientes.
—Pensé que podrías serlo.
Caí fácilmente en una conversación con él, riendo y charlando de tonterías cotidianas mientras terminamos una copa de vino y empezamos otra.
Habíamos encontrado un rincón donde podíamos escucharnos entre sí por encima del ruido de la fiesta y no pensé en nada más de nuestra charla amistosa hasta que levanté mi mano izquierda para apartar el cabello de mi cara.
Los ojos de Jack se fijaron en mi mano y se quedó inmóvil. Para mi sorpresa, la decepción inundó su expresión.
—¿Estás casada?
Me tensé, dándome cuenta que apenas hasta ese momento veía mis anillos de boda.
Oh, mierda.
¿Él estaba…?
—Sí, estoy casada.
Arrastró su mirada sobre mí y de repente me sentí muy incómoda de pie ahí en mi vestido de cóctel y tacones.
—Por supuesto que estás casada —dijo con voz hueca—. ¿Por qué no lo estarías?
—Pensé que los habías visto. —Miré a mis anillos de boda—. ¿Pensaste que estaba coqueteando?
—Sí, definitivamente lo hice. —Me miró intensamente—. ¿Estás segura de que no estabas haciéndolo?
—Por supuesto que no —le dije con indignación. ¡Y maldita sea que no lo estaba haciendo!
Él asintió.
—No, supongo que no estabas coqueteando.
Solo habíamos estado hablando. Una charla amistosa. ¡Nada más!
Él suspiró y sacudió la cabeza.
—Lo siento.
—Está bien. —Quería escapar, pero no sabía cómo hacerlo sin ser grosera. Jack me lanzó una mirada, la chispa de esperanza en ella congelándome.
—¿Estás segura que estás felizmente casada?
—Sí, maldición, lo está —le gruñó Jasper, apareciendo a mi lado.
Miré hacia él con los ojos abiertos de par en par, mientras envolvía su brazo alrededor de mi muñeca y me apartaba.
—No es lo que piensas —le dije a su espalda a medida que me arrastraba a través de la multitud—. ¡Jasper!
Pero él no estaba escuchando.
Podía sentir la ira vibrando a través de él a medida que me llevaba fuera de la sala de estar y por el pasillo lleno de gente. Golpeó una puerta y al no obtener respuesta, la abrió y me empujó dentro detrás de él.
Estábamos en el baño.
Jasper cerró la puerta detrás de nosotros.
—No estaba coqueteando con él —dije inmediatamente.
Su respuesta fue jalarme hacia él y luego empujarme contra la puerta.
Me quedé muy sorprendida por su brusquedad.
—Jasper —susurré.
Él me miró fijamente enojado mientras presionaba su cuerpo contra el mío y yo jadeaba ante la sensación de su erección.
—¿Cómo te habrías sentido? —dijo con voz ronca a medida que fijaba mis manos por encima de mi cabeza y presionaba su miembro contra mí—. ¿Si hubieras sido tú la que me encontraba con alguna mujer, coqueteando conmigo, mirándome como si quisiera follarme allí mismo, y luego me preguntara si estaba felizmente casado?
Tragué con esfuerzo.
—¿Es así cómo se veía?
—Maldición, Alice, ¿eres tan condenadamente inocente?
—Aparentemente. —Hice una mueca.
Él me miró, su ira sin disiparse en lo absoluto y luego gruñó con frustración, el sonido llenando mi boca cuando me besó. Su beso fue duro, castigador y más que nada un poco emocionante.
Su beso se sintió fuera de control.
De repente mis manos estuvieron libres cuando las suyas se deslizaron bruscamente hacia abajo por mi cuerpo. Lo envolví con los brazos, atrayéndolo cada vez más cerca.
Me estremecí ante la sensación de sus dedos en mi muslo interno, y suspiré dentro de su boca cuando esos dedos se movieron hacia arriba y se deslizaron por debajo de mi ropa interior. Mis propios dedos se curvaron en el cabello en su nuca mientras él pasaba el pulgar sobre mi clítoris.
Empujé las caderas contra su contacto a medida que él deslizaba dos dedos dentro de mí. Jadeé ante la sensación, interrumpiendo el beso mientras mi cabeza caía hacia atrás contra la puerta.
—Ya estás mojada —dijo, la voz espesa con excitación y sorpresa.
Abrí los ojos para mirarlo y su propia mirada se oscureció de calor ante lo que vio en la mía. Sí, ya estaba mojada, porque estaba completamente excitada por el hecho de que mi esposo estaba tan desesperado por mí.
Y esa desesperación solo aumentó ante mi expresión.
—Mierda —jadeó él, su pecho agitándose a medida que su respiración aceleraba. Sus manos fueron a sus jeans y mi vientre se estremeció con necesidad cuando él abrió su cremallera. Bajó sus jeans lo suficiente para liberar su pene y mis muslos comenzaron a temblar.
Con los ojos fijos en los míos, Jasper empujó el dobladillo de mi vestido hacia arriba y luego bajó bruscamente mi ropa interior.
Mi agarre en él se tensó mientras el pulso entre mis piernas palpitaba.
—Jasper. —Su nombre fue una súplica.
Él enganchó mi muslo izquierdo alrededor de su cadera y embistió. Mi cabeza golpeó contra la puerta y grité de placer al estar completamente llena por él.
—Alice —gruñó, sus ojos con los párpados bajos por el deseo—. Mi Alice.
Mi esposo continuó bombeando dentro de mí, sus embestidas duras y rápidas a medida que me sacudía contra la puerta del baño. Envolví su cintura con ambas piernas y él se movió más profundamente dentro de mí.
Grité su nombre junto con el de Dios.
—Todos pueden oírnos —susurró él contra mis labios—. Todos pueden oír cuánto te deseo.
Mis músculos internos se apretaron alrededor de él ante la idea y sus ojos se abrieron ligeramente ante la evidencia de cuán excitada estaba con esto.
—Mierda, Alice. —Él embistió más duro.
—¡Oh, Dios! —Hundí los dedos en sus hombros, la tensión dentro de mí alcanzando el punto de quiebre—. ¡Jasper! —Acabé con fuerza alrededor de él y Jasper gritó mi nombre cuando mi clímax se apretó alrededor de su pene, arrancándole el orgasmo.
Se desplomó contra mí, sus manos todavía aferrando mis muslos, sosteniéndome. Jadeó contra mi cuello, sus labios rozando la piel bajo mi oreja. Finalmente, a medida que nuestra respiración se tornaba más controlada, él se apartó para mirarme a los ojos.
—Todavía puedes sorprenderme —dijo él, la ternura y el amor mezclados con la satisfacción en su mirada.
Sonreí lentamente.
—Tú también puedes sorprenderme todavía. Pensé que ya habías superado toda la cosa posesiva.
El músculo en su mandíbula se tensó.
—Confío en ti y estoy seguro en nuestra relación. Pero eso no significa que puedo relajarme y observar a un apuesto tipo cinco años más joven que yo coquetear con mi esposa.
Arrugué la nariz.
—¿Era apuesto?
Jasper me miró un momento y luego una lenta sonrisa curvó sus hermosos labios.
—¿No notaste que era apuesto?
Sacudí la cabeza, deslizando mis manos en su cabello.
—No me siento atraída por nadie más que tú.
—Jesús, ¿qué hice para merecerte, Ali? —Se dejó caer contra mí, deslizando los brazos alrededor de mi espalda para abrazarme contra él.
—Eres bastante bueno con toda esta cosa del orgasmo —bromeé.
Él rio, el movimiento provocando una placentera fricción dentro de mí, así que jadeé ante el cosquilleo excitante que esto volvió a encender.
El agarre de Jasper sobre mí se tensó.
—Necesito llevarte a casa.
—Tenemos que recoger a los niños —le recordé.
Lentamente, me bajó hasta ponerme de pie y salió de mí. Nos miramos a los ojos mientras cada uno se acomodaba la ropa. Cuando nuestra ropa estuvo de regreso en su lugar, él acunó mi mejilla.
—Buscaremos a los niños, los llevaremos a la cama y luego tú y yo vamos a terminar lo que comenzamos.
Sonreí.
—Me gusta cómo suena eso.
Me tomó la mano, destrabó la puerta del baño y me guio hacia fuera. Inmediatamente se detuvo y yo fruncí el ceño, a punto de preguntarle qué sucedía. Pero luego miré sobre su hombro.
Lo que sucedía era que Lacey estaba de pie en el corredor, junto con Anthea y Jack, así también como un par de otros invitados.
Anthea me sonrió socarronamente y sacudió la cabeza.
—¿Terminaron ahí?
Me sonrojé, estirando la mano libre para alisarme el cabello, el cual ahora estaba mucho más salvaje de lo que había estado antes de que Jasper me arrastrara al baño.
Mi esposo me miró y sonrió ante mi sonrojo.
—¿Lo suficientemente público para ti?
Me ruboricé con más fuerza, lo que sirvió para hacerle reír aún más.
—Estábamos por irnos —le dije a Anthea con tono de disculpa, incapaz de encontrar la mirada de las demás personas.
Mi amiga levantó una ceja.
—Oh, eso apuesto.
Jasper se despidió y comenzó a guiarme para alejarnos.
—Lo lamento —le susurré al pasar.
—No lo hagas. —Sonrió ella—. Vaca suertuda.
Reí y permití que Jasper me guiara fuera del apartamento. Él reía entre dientes mientras bajábamos las escaleras.
—¿Qué?
Me miró todavía sonriendo.
—Feliz día de San Valentín, cariño.
Apreté su mano, agradecida por este hombre que haría lo que fuera para hacerme feliz.
—Es uno para todos los tiempos.
