James & Victoria
—Tori, ¿has visto mi lente de zoom? —gritó James desde su oficina en la parte trasera de la casa.
Cepillé suavemente el suave cabello de January en dos coletas.
—¿Por qué necesitas tu lente de zoom?
—Mamá, ¿puedo tener algunos ositos de gomitas? —preguntó Lily desde la cocina.
—¡Porque voy a hacer unas tomas para la revista esta mañana! ¡Vamos a estar experimentando con las tomas y la lente de zoom podría ser útil! —gritó James, sonando exasperado.
Él iba tarde.
Odiaba llegar tarde.
—Bueno, la lente debería estar con tu equipo. —Besé la parte superior de la cabeza de January y saltó del brazo del sofá, corriendo a la cocina para estar con su hermana mayor.
—¿Mamá? ¿Ositos de gomitas?
—No, Lily. —Seguí a January a la cocina para encontrar a Lily sosteniendo una mini bolsa de afrutados osos masticables—. Cariño, esos son para el recreo. Come tu plátano y yogur.
—Se llama tiempo de juego no recreo y ya me he comido mi plátano y yogur. —Lily puso mala cara.
—¡Tori!
Apreté los dientes por lo gritos de James a medida que arrancaba una banana del frutero y se la entregué a Lily.
—Toma otra y vigila a tu hermana mientras ayudo a tu padre.
Corriendo hacia su oficina empujé la puerta para encontrarlo hurgando enloquecido a través de un cajón.
—¿Por qué no está con el resto de tus cosas?
—¿Cómo diablos voy a saber? —espetó—. Cada vez que acomodas algo en esta casa le salen patitas.
—Está bien, cálmate y piensa. ¿Cuándo fue la última vez que utilizaste esa lente?
Se pasó una mano por su cabello rubio, cabello que estaba empezando a mostrar una pizca de gris en los bordes. Eso y las arrugas alrededor de sus ojos que habían aparecido por su (por lo general) excesiva sonrisa no hacían nada para restar su belleza masculina.
A menudo, cuando me tomaba el tiempo para admirar lo hermoso que era mi marido, tenía un hormigueo entre mis piernas y un repentino cambio a una actitud más amorosa. Sin embargo, hoy no. Hoy era el día de San Valentín y por mucho que James y yo disfrutáramos burlándonos del mercantilismo y sentimentalismo general del día, él siempre lo reconocía al darme flores por la mañana.
Hoy no.
Hoy nada.
Excepto que estaba inusualmente malhumorado.
—No lo sé. —Se encogió de hombros—. Ha sido un tiempo.
—Fue para ese artículo que hiciste para el periódico… recuerdo que estaba distorsionado… ya sabes la foto de Portobello Beach. La pieza de hist…
—¡Eres una genio! —Señaló hacia mí—. Le di la maldita lente a Jared ese día y él no me regresó la jodida cosa.
—James, las chicas están justo al final del pasillo —le recordé.
—Lo siento —murmuró—. Tengo que irme. Voy a llamar a Jared para que lleve la lente.
No tenía ni idea de quién era Jared pero asentí ya que eso estaba sacando a mi marido de la casa. Las chicas tenían que ir a la escuela y yo tenía que ir al trabajo y simplemente necesitaba que él y su mal humor desaparecieran.
Agarró su equipo y me dio un piquito en los labios al pasar.
—Nos vemos.
Siguiéndolo por el pasillo, vi como dejaba su equipo y se apresuraba a la cocina. De pie en la puerta me asomé para verlo levantar a January en el aire haciéndola reír y chillar antes de salpicar su cara de besos que la hicieron reír con más fuerza. Una vez que ella estaba a salvo en sus pies se volvió hacia Lily y la envolvió en sus brazos, dando miles de besos a sus mejillas a medida que ella se retorcía y reía mientras lo hacía retroceder.
La vista hizo que mi pecho doliera con su belleza.
—Adiós, chicas. Nos vemos más tarde. —Él me dirigió una rápida sonrisa mientras pasaba frente a mí y traté de ignorar la forma en que el dolor en mi pecho de repente se convirtió en un nudo atormentado.
La puerta se cerró detrás de él, así que solté una palmada y le sonreí a las chicas, encubriendo mi humor adusto.
—Tiempo para la escuela. La primera en la puerta con sus zapatos, abrigo y mochila recibe una bolsa extra de ositos de gomita.
Las chicas se rieron y empezaron a correr para alistarse.
Pasé rápidamente a través de la puerta de seguridad en la biblioteca principal del campus de la Universidad de Edimburgo, donde trabajaba como bibliotecaria principal para el departamento de Servicios al Usuario. Me ascendieron a bibliotecaria hace tres años cuando mi jefe Angus tomó la jubilación anticipada y se fue a Grecia con su pareja.
—Victoria, ahí estás. —Laurent, mi colega más antiguo se apresuró hacia mí, mientras yo corría detrás de los escritorios de ayuda hacia la sala de profesores—. El sistema del auto-servicio de verificación de la sección de reservas se cayó esta mañana, pero conseguimos ponerlo en marcha hace cinco minutos. Te he dejado algunos mensajes frenéticos.
—Lo siento. —Me quité mi abrigo y lo tiré por encima de mi silla—. Mi día ha tenido un mal comienzo. ¿Dices que está funcionando?
—Sí, está arreglado.
—Bien. Entonces, ¿por qué sigues mirándome como si el techo del edificio estuviera en llamas?
Él frunció el ceño.
—Porque no sabía qué esperar. Las irritaciones tales como las fallas en el sistema tienden a ponerte muy deprimida últimamente.
—No estoy deprimida. —Agarré el horario semanal para recordarme qué iba a hacer esta mañana. Iba a reordenar los estantes. Excelente. Tiempo a solas—. Estoy bien. —Laurent resopló a mi espalda, pero no le hice caso y me dirigí a los carros cargados con los libros para ser reacomodados—. Si me necesitas, mándame un mensaje.
Mientras subía el ascensor hasta el segundo piso, reflexioné sobre el comentario de Laurent. No había sido yo misma últimamente. No había sido yo últimamente porque James no había sido él últimamente.
No era el sexo, pensé mientras comenzaba a trabajar. El sexo entre nosotros siempre era fácil y muy bueno, así que no era el sexo. Era solo que… últimamente sentía como si estuviéramos yendo un poco a la deriva.
Ambos teníamos trabajo y las niñas, de modo que el único momento que teníamos realmente a solas era por la noche en la cama y bueno… teníamos sexo en vez de hablar.
Y James y yo teníamos buenas charlas.
Echaba de menos las charlas.
No me malinterpreten amaba a nuestras chicas y amaba que los cuatro pasáramos el rato, porque nos divertíamos mucho. Probablemente estaba siendo una malcriada al incluso pensar en quejarme de lo que teníamos.
Pero esta mañana… bueno, eso fue nuevo y no me gustó. James no me despertó con un beso y un abrazo, como era de costumbre. Y no hubo flores y siempre había flores en el día de San Valentín. De hecho, ni siquiera había mencionado el día, ni siquiera para hacer una broma.
Esta mañana él simplemente salió de la cama y corrió a la ducha. Apenas me dijo dos palabras cuando entré al baño, y él ya estaba saliendo. Simplemente dijo algo sobre tener que ser rápido porque tenía que llegar temprano y que se haría su propio café.
Lo más que me había dicho fue cuando estaba gritando acerca de su lente.
Y luego el piquito en los labios.
¡Un piquito!
No nos dábamos piquitos en los labios.
Intranquila empujé un libro en un estante y me perdí en mis pensamientos. ¿Habíamos llegado a ese punto? ¿Ese punto inevitable en el matrimonio? ¿Ese punto inevitable que en realidad nunca creí que fuera inevitable para nosotros?
Ese punto en el que solo… empezamos a dar al otro por sentado.
Parpadeé para alejar el ardor de las lágrimas ante la idea, encontrándome abrumadoramente molesta por eso.
Después de casi ocho años de matrimonio y sin ninguna señal de caer en esa trampa, pensé que estábamos seguros de escapar de ella. Por supuesto, como todas las parejas habíamos llegado a una cómoda familiaridad y a veces discutíamos, pero nunca habíamos perdido esa necesidad por el otro, emocional o físicamente.
Oh, Dios.
¿El piquito en los labios era el principio del fin?
—Así que, ¿cuándo empezó con el piquito en los labios? —preguntó Alice mientras compartíamos un café durante el almuerzo en una cafetería a la vuelta de la esquina de la universidad.
Alice era profesora y tutora en el departamento de historia del arte y siempre que podíamos nos reuníamos para almorzar.
Fruncí el ceño.
—Esta misma mañana. Pero se olvidó por completo el día de San Valentín.
—Pensé que James cree que el día de San Valentín es solo un gigante truco comercial y superficial.
En realidad, esas fueron sus palabras exactas.
—Es cierto, pero…
—Tori, solo es un día. ¿En serio estás poniéndote tan molesta por un piquito y un día de San Valentín?
Hice una mueca.
—Estarías molesta si Jasper olvidara el día de San Valentín.
—Claro que sí. Soy una romántica. Tú eres semi-romántica. Y el día de San Valentín nunca ha sido un gran asunto para ti.
—Es solo que… ya no conseguimos pasar el rato solos y entiendo que eso es parte de ser padres —suspiré pesadamente—. Probablemente estaría mejor con esto si supiera que él también echa de menos nuestro tiempo a solas tanto como yo. —Gemí—. Sueno como una madre horrible. No lo soy. Adoro a mis hijas y no sé lo que haría sin las niñas, pero James y yo no hemos tenido una conversación real en…
Alice levantó la mano interrumpiéndome.
—Tori, nadie piensa que eres una mala madre, ¿de acuerdo? Cálmate. Es difícil. Todos sabemos eso. Tienes que trabajar en ello. Hacer tiempo. ¿Por qué la pelota tiene que estar en la cancha de James?
Me senté erguida y procesé eso. Alice estaba en lo cierto. Como una mujer moderna era un poco chocante de mi parte colocar toda la responsabilidad romántica en James.
—Tienes razón. Es injusto poner la expectativa sobre él. Tal vez puedo conseguir que Ethan y Sylvie cuiden de las niñas el próximo fin de semana. —Eran los padres de James y nos habían ayudado antes en el pasado.
—No se pierde nada con preguntar.
—¿Victoria?
Ante la profunda voz masculina, algo familiar, levanté la vista de mi almuerzo para ver a un hombre, y bien parecido, de pie frente a nuestra mesa. Me quedé mirándolo hasta que sus hermosos ojos verdes claros hicieron que el reconocimiento me golpeara.
—¿Ry? —Aparté la silla y me levanté—. ¿Riley Livingston?
—Ella me recuerda. —Él me sonrió antes de tirar de mí en un abrazo que devolví felizmente.
Este hombre, este alto y apuesto escocés fue la razón de que James y yo estuviéramos juntos. Había tenido un flechazo con Ry cuando era un estudiante de post-graduado en la universidad y le pedí a James que me ayudara ser más confiada y seductora para ganarme a Ry. Por supuesto, al hacerlo, terminé enamorándome de James y viceversa, pero en los momentos "más bajos" de nuestro "noviazgo" había pasado tiempo con Ry y él era un gran hombre.
Se echó hacia atrás, sin dejar de sonreír.
—¿Sigues trabajando en la biblioteca?
—Así es. Ahora soy la bibliotecaria principal.
—Ardiente. —Él sonrió y Alice se rio llamando su atención—. Hola, encantado de conocerte.
—Oh, nos encontramos una vez antes.
Él la estudió y luego asintió.
—Alice, ¿verdad?
—¡Sí. Buena memoria!
Todavía aturdida al verlo después de tanto tiempo me encontré preguntando:
—¿Tienes tiempo para sentarse con nosotras?
Ry asintió.
—¿Si estás segura?
—Claro.
—Solo déjame agarrar algo de comer.
Una vez que estuvo fuera del alcance del oído, Alice se inclinó sobre la mesa y dijo en voz baja:
—Qué curioso. Y no ha cambiado nada.
Era curioso verlo de todas las personas en el mundo en un día cuando me sentía tan nostálgica por los primeros días de mi relación con James. Para aclarar, estaba nostálgica de los días posteriores a Riley.
Nada en el mundo podría hacer que quisiera volver a vivir la angustia de estar con James pero no realmente estar con James, romper con él y pensar que lo había perdido para siempre.
—Entonces, ¿cómo están las cosas? —dijo Ry sin preámbulos mientras se sentaba a la mesa con nosotras.
—Muy bien. —Levanté mi mano izquierda adornada con mi anillo de diamantes—. Casada. Con dos niñas.
—¿Con quién?
Me sonrojé, recordando la forma en que se apartó de la búsqueda de una relación conmigo debido a James.
—James Sunderland.
—Como si no supiera ya eso —dijo y luego levantó la mano izquierda con una amplia banda de platino rodeando su dedo anular—. Tres años. Su nombre es Jules y está embarazada de nuestro primer hijo.
—Me alegra por ti —le dije con sentimiento genuino.
—También me alegro por ti. —Sonrió y entonces se volvió cortésmente a Alice.
Ella respondió antes de que siquiera preguntara.
—Casada con el mejor amigo de mi hermano a pesar de que fue como hablarle a la pared solo para conseguir que incluso intentara una relación conmigo. Tenemos dos niños pequeños, Nathan y Edward, y son, posiblemente, los niños más lindos conocidos por el hombre.
Ry se rio de su parloteo.
—Eso es genial. ¿Y tienen algún plan para el día de San Valentín, señoras?
—Cena y una fiesta que una colega está organizando. ¿Y tú? —dijo Alice.
—Bueno, en realidad ahora vivo en Aberdeen pero volvimos a casa para el cuadragésimo aniversario de boda de mis padres. Las celebraciones durarán toda una semana —dijo y negó con la cabeza, asumí que riendo de su familia—. Jules está siendo arrastrada de compras por mi madre mientras escogen ropa de bebé, y aunque traté de acompañarlas, mi madre es inflexible cuando quiere algo y en estos momentos quiere tiempo a solas con Jules, así que decidí tomar el almuerzo y hacer algo de trabajo. —Acarició la bolsa del ordenador portátil a sus pies.
Miré la bolsa.
—¿Qué haces ahora que ya no eres estudiante?
—Soy académico. —Se encogió de hombros—. No hay mucho más por ahí para un chico con un doctorado en historia, pero que sigue adelante. Soy profesor de la Universidad de Aberdeen.
—Eso es maravilloso.
—Gracias. ¿Todavía feliz en la biblioteca?
—Mucho. Eso me mantiene ocupada. Lo mismo ocurre con las chicas.
—¿Entonces, no hay planes para San Valentín esta noche? ¿Estás como Jules y yo… a merced de nuestra familia?
Niego con la cabeza, sintiendo ese pequeño nudo molesto que sabía no debería sentir. ¡Solo era el día de San Valentín, por amor de Dios!
—Nop. Sin planes.
—Tori, tu teléfono está sonando en tu bolso. —Angie, una de mis asistentes en la biblioteca se apresuró a la mesa de ayuda—. Sigue sonando. Alguien claramente quiere conseguir contactar contigo.
Preocupada, dejé que se haga cargo del estudiante que estaba ayudando y me apresuré a la sala de profesores para hurgar en mi bolso en busca de mi teléfono. Lanzo miradas apologéticas al personal que estaba tratando de trabajar mientras miro a la pantalla.
Era James.
Lo llamo de vuelta, encerrándome en uno de los baños en la sala de profesores.
—Hola, nena. Intenté llamarte un par de veces —dijo.
—Lo sé, ¿es urgente? ¿Por qué no llamaste a la oficina?
—Porque no es urgente.
—Entonces, ¿por qué trataste de llamar tres veces?
—Porque quiero hablar contigo.
Al oír el estruendoso afecto en su voz me dejé caer en el asiento del inodoro cerrado y sonreí, ese pequeño nudo en mi pecho aflojando un poco.
—¿Sí? ¿Sobre qué?
—Tu día. Tuve que salir corriendo de la casa esta mañana tan rápido que ni siquiera te besé correctamente. Me sentí mal.
El alivio me inundó.
—Sí, me di cuenta.
—Sí, ya sé que te darías cuenta de eso, es por eso que estoy llamando, para asegurarme de que sepas que yo también lo noté.
—Bueno, te lo agradezco. —Me reí en voz baja—. ¿Eso es todo lo que querías decir?
—Estoy en un descanso así que pensé en llamarte. Aunque, si tienes que volver al trabajo, está bien.
—Nop. —Negué con la cabeza, disfrutando tanto de escuchar su voz como para dejarlo ir por el momento—. ¿Cómo estuvieron las tomas?
—Excelente. Jared se presentó con las malditas lentes, lo cual fue bueno, porque la necesitábamos después de todo. ¿Cómo ha estado tu día hasta ahora?
Pensé en la extraña reunión.
—A que no adivinas con quién nos topamos Alice y yo, y terminamos almorzando.
—¿Quién?
—¿Te acuerdas de Ry?
Se hizo el silencio en su extremo de la línea.
—¿El tipo del posgrado? —le ofrecí.
—Sí, sé quién es, Tori —dijo, sonando un poco impaciente—. ¿Por qué almorzaste con él?
Al oír el filo de celos en su voz puse los ojos en blanco.
—Está casado. Su nombre es Jules y está embarazada.
—Y si yo no hubiera estado en el panorama el nombre de su esposa probablemente sería Victoria.
—Oh, vamos. —Suspiré—. Fueron solo dos viejas amigas almorzando con otro amigo. Pensé que lo encontrarías divertido. Fue raro verlo después de todo este tiempo. Y hoy de todos los días.
—¿Qué significa eso?
Sí, había olvidado por completo el día de San Valentín.
—Nada. Supongo. —Me puse de pie, un poco molesta por su reacción—. Bueno, mejor regreso a trabajar.
—Hoy voy a salir temprano. Pensé en recoger a las niñas para que no tengan que ir al programa después de la escuela.
—Está bien, genial. Asegúrate dejar saber a la escuela que no estarán ahí.
—Entendido. Te veré en casa. —Colgó y fulminé el teléfono con la mirada. James no tenía derecho de estar enojado conmigo debido a un estúpido almuerzo.
Ugh.
Qué increíblemente desagradable día de San Valentín.
Al caminar hacia la casa en la oscuridad del anochecer me quedé mirándola con confusión. Normalmente la casa estaba iluminada cuando regresaba del trabajo. Mientras yo hacia el desayuno y llevaba a las niñas a la escuela, James siempre arreglaba su horario para que así pudiera recoger a las niñas del programa después de la escuela y también, la mayoría de las veces, tener puesta la cena en la mesa.
Hoy solo se veía un débil resplandor asomándose por las persianas que cubrían nuestra ventana frontal.
Al abrir la puerta principal fui golpeada inmediatamente por el calor reconfortante y el delicioso aroma de la comida china.
Mi favorita.
Quizá James se sintió mal por estar todo gruñón y celoso por el teléfono más temprano.
—¡Estoy en casa! —grité a medida que cerraba la puerta.
Por lo general era bombardeada con algo parecido a "¡Mamá! ¡Jan robó mi Barbie!" mientras dicha ladrona venía corriendo hacia mí desde donde sea que estuviera en la casa.
Nada.
—¿James?
—Aquí, hermosa.
Sonriendo ante el cumplido me quité mi abrigo y zapatos, y seguí el aroma de la deliciosa comida hacía el comedor.
Mis ojos se abrieron como platos ante la vista delante de mí.
La habitación estaba iluminada con velas y había un enorme montón de rosas rojas impresionantes en un jarrón en el centro de la mesa.
Una mesa preparada para una increíble cena.
James se paraba junto a la mesa en sus jeans favoritos y una camisa negra de manga larga que no hacía nada para esconder su aún musculoso y prolijo físico. Estaba descalzo y lucía relajado, mirándome con un calor familiar en sus ojos.
—Feliz día de San Valentín, cariño.
Sonreí, mi estómago dejando escapar un rugido ante la vista de la comida china.
—¿Alguien te lo recordó?
Sacudió la cabeza, con picardía en sus ojos.
—Llamé a mi papá la semana pasada y le pedí que cuidaran a las niñas esta noche. Mis padres recogieron a Lily y Jan esta tarde.
—Pero… lo hiciste parecer como si te hubieras olvidado.
Se encogió de hombros y rio.
—Solo estaba jugando contigo. —Avanzó hasta mí y agarró un puñado de mi camisa para jalarme hacia él. Su beso fue caliente y profundo, y al instante me envolví a su alrededor.
Cuando nos separamos, me miró a los ojos y susurró:
—Te he extrañado, Tori. Pensé que podríamos pasar un poco de tiempo a solas.
Y solo así el nudo en mi pecho se aflojó por completo.
—También te he extrañado.
Unas horas más tarde me encontraba recostada en nuestro sofá, mis piernas estiradas sobre el regazo de James, mientras bebía de la cerveza fría que me había entregado antes de acomodarnos. La sala estaba iluminada por las llamas en nuestra chimenea. Era acogedor, íntimo y romántico.
También era extrañamente tranquilo.
—¿También lo sientes? —James dibujaba círculos en mi tobillo con la punta de sus dedos.
—¿Las chicas? —dije en voz baja.
Asintió.
—Es tranquilo sin ellas.
—Sí. Uno se acostumbra a tenerlas cerca. —Me reí—. Lily dijo algo tan gracioso esta mañana.
James sonrió.
—¿Ah, sí?
—Sí, no puedo recordar que era. —Apoyé la cabeza en el respaldo del sofá escuchando la risa de James—. Ha sido un día extraño. Apenas puedo recordar algo de él.
—¿Excepto por la parte en la que tuviste un almuerzo con un ex?
Le di una mirada. Estaba bebiendo su cerveza y seguía trazando casualmente en mi piel pero la caída de sus hombros era tensa.
—Ry no es un ex.
—Casi lo es.
Mis cejas se fruncieron.
—¿De verdad tienes un problema conmigo por verlo hoy?
Giró su cabeza y nuestras miradas se encontraron.
—Sí. Tengo un problema con cualquier tipo que tenga un almuerzo tranquilo y una agradable conversación con mi esposa porque hasta ahora no puedo recordar la última vez que tuve un almuerzo tranquilo y una agradable conversación con mi esposa.
—James.
—Sé que estoy siendo un idiota. —Pasó una mano por su rostro y gimió.
Sonreí.
—No eres un idiota. En retrospectiva, teniendo en cuenta el poco tiempo que hemos tenido el uno para el otro últimamente, me hubiera enojado si almorzabas con alguna otra mujer que tuviera alguna afiliación con tu historia romántica.
James apretó mi tobillo.
—Ahora no importa. Estamos aquí.
—Sí, lo estamos.
Caímos en un cómodo silencio, el único sonido era el crepitar de las llamas en la chimenea. Y entonces no pude evitarlo.
—¿Preferirías participar en Los Juegos del Hambre o en El Torneo de los Tres Magos?
James contempló la pregunta.
—Depende. ¿Estoy compitiendo en los Septuagésimo Cuarto Juegos Anuales del Hambre o en el Septuagésimo Quinto?
—¿Por qué?
—Bueno los Septuagésimo Quinto fueron en los que se enfrentaron todos los ganadores anteriores uno contra otro.
—Has visto demasiadas veces esas películas.
—Has visto Harry Potter demasiadas veces.
Bueno, no podía discutir contra eso.
—Cierto. —Fruncí el ceño—. ¿Importa si estás en los Septuagésimo Quinto Juegos Anuales del Hambre?
—Entonces, ¿supongo que nos referimos a ellos?
—Sí, en aras de la experiencia estás en los Septuagésimo Quinto Juegos Anuales del Hambre. Así que, ¿Los juegos del Hambre o El Torneo de los Tres Magos?
—En cierto modo, es una decisión fácil. Probablemente moriré en los Juegos del Hambre. Y viviré en la cosa del Torneo.
—¡Uh, no! —Sacudo la cabeza—. Inevitablemente enfrentarás a Voldemort al final del Torneo de los Tres Magos.
—Aun así, no es tan difícil como Los Juegos del Hambre, cariño.
—Hola, es Voldemort. Es el segundo mago más poderoso del mundo.
—Tercero si cuentas a Harry Potter.
—Pero no como sale en El Torneo de los Tres Magos en los libros y las películas.
—Ese tipo Voldemort no tiene nariz. ¿Qué tan escalofriante puede ser un hombre sin nariz?
—Tiene orificios nasales.
—Pero no nariz.
—Siento que lo estás subestimando.
—Siento que tú estás subestimando los juegos. Hay gente con armas, perros mutados y niebla ácida en los juegos. Es como Battle Royale2 con esteroides.
Resoplo.
—Por favor, Battle Royale fue mucho más sangrienta que Los Juegos del Hambre.
—Debido a un problema de clasificación. En realidad, los juegos son extremadamente violentos y sádicos futuristamente.
—Siento que te preocupas demasiado por estas películas. ¿Es la cosa con Jennifer Lawrence?
James rio.
—No. Me preguntaste en "cuál preferiría estar" y te di mi respuesta.
—Bueno… —Suspiré pesadamente—. Espero que estés feliz porque nos has separado. Estás en El Torneo de los Tres Magos enfrentándote al que no debe ser nombrado y yo estoy en Los Juegos del Hambre tratando de evitar matar a la condenada Katniss porque es increíble.
Nos miramos entre sí un momento mientras procesamos nuestra conversación.
—En realidad nunca maduramos, ¿cierto? —reflexionó James.
—No, realmente no lo hicimos.
—Nuestras hijas nos van hacer madurar.
—Probablemente. Definitivamente January. Ella ya es más madura que tú.
James hace cosquillas a mis pies en represalia y me eché a reír a medida que trato de alejarme. Él me agarró y tiró de mi pierna de modo que me deslizara más abajo en el sofá.
—¡Oye! —dije riendo, sosteniendo mi cerveza lejos del mueble para no derramarla.
La respuesta de James fue quitarme la cerveza y ponerla en la mesa auxiliar junto a la de él. Entonces se acomodó sobre mí, empujando mis piernas y yo las envolví alrededor de sus caderas mientras me mira a los ojos. Su hoyuelo apareciendo cuando me sonríe.
—Eres hermosa, ¿lo sabes?
Sonreí.
—Estás borracho.
—Solo me he tomado la mitad de una cerveza. —Negó con la cabeza—. Simplemente… a veces olvido lo hermosa que eres y luego te miro y estás sonriendo a las niñas y tu belleza me da un puñetazo en el pecho. ¿Cómo tuve tanta suerte, Tori?
Deslicé mis brazos debajo de su camisa y alrededor de su espalda, acariciando su piel cálida y suave.
—Te pedí que me enseñaras a ser buena en el sexo y tú muy amablemente cumpliste. El resto es historia.
—Oh. Cierto. —Rio, sin dejar de sonreír mientras le daba un beso a mis labios. Sin embargo, de pronto frunció el ceño, y se echó hacia atrás.
—¿Qué?
—Jamás le vamos a decir a nuestras hijas la historia de cómo nos enamoramos.
Horrorizada por la realización, acepté.
—Nunca.
—Necesitamos una historia para contarle a las niñas en caso de que pregunten.
—Bueno… —Mi agarre sobre él se apretó—. De alguna manera, empezaste a ponerme toda caliente y mojada. ¿Puedes terminar de hacer eso y luego ya pensaremos en algo?
Su respuesta fue comenzar a besarme con avidez.
—Mmm. —Lo empujé en el pecho y él se echó hacia atrás, frunciéndome el ceño—. ¿Sabes dónde deberíamos hacerlo?
—Pensé que lo estábamos haciendo justo aquí.
—No, vamos a hacerlo en la ducha. Oh, no hemos tenido sexo en la ducha en mucho tiempo.
Él me miró con suspicacia.
—Esto no sería una manera de matar dos pájaros con una piedra, ¿cierto?
—No, porque voy a necesitar una ducha de nuevo después de que hagamos lo que vamos a hacer cuando salgamos de la ducha, que es más sexo porque esta noche podemos tener relaciones sexuales muy ruidosas. —Me deslicé por debajo de él—. Y odio ese dicho. ¿Por qué diablos iba a matar a un pájaro con una piedra, y mucho menos dos?
Era seguro decir que estaba de buen humor al día siguiente. James y yo tuvimos una ducha larga y muy maravillosa juntos, después me hizo tantas cochinadas que necesité ducharme otra vez.
Fue impresionante.
Me desperté saciada y satisfecha a la mañana siguiente, pero echando de menos a las niñas, por lo tanto, hablé con Lily y January durante nuestro desayuno antes de que sus abuelos las llevaran a la ciudad para dejarlas en la escuela. No podía esperar para abrazar a mis angelitos esa noche.
Laurent comentó sobre mi mejor estado de ánimo, obviamente, pero ni sus bromas pudieron penetrar mi campo de fuerza contra la negatividad. El mundo era bueno y nadie iba a decirme lo contrario.
Bueno, así que, el estudiante que no quiso dejar de gritarme por encima de su lujosa sección de reserva tal vez dejó una pequeña grieta en mi campo de fuerza.
Estaba en la sala de profesores enterrada en papeleo, frotando la tensión que el estudiante despotricando había provocado en mi frente cuando una mano fuerte se deslizó por mi costado y oí una voz familiar profunda decir en mi oído:
—¿Estás libre para el almuerzo?
Me eché hacia atrás en mi asiento, mi cabeza casi golpeando la nariz de James. Miré hacia él en estado de shock.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Él extendió una mano.
—Llevándote a almorzar.
—¿Pensé que tenías una sesión?
—Terminó temprano.
Una lenta sonrisa apareció en mis labios.
—¿Entonces viniste aquí? ¿Para llevarme a almorzar?
Él sonrió.
—Estaba pensando que podrías tomarte un almuerzo largo.
—Ella puede tomar un almuerzo largo —añadió Laurent e incliné la cabeza de modo que pudiera ver más allá de James. Laurent estaba detrás de él sonriéndome con picardía.
—¿Estás seguro de que puedes encargarte de las cosas mientras estoy fuera?
—Si vuelves en un estado de ánimo mucho mejor que el de esta mañana, entonces definitivamente puedo cubrirte durante un almuerzo largo.
—No soy tan mala —resoplé.
Puso los ojos en blanco y se alejó.
James levantó una ceja.
—Victoria Sunderland, ¿has sido una jefa malhumorada?
—Nunca. —Me levanté e imité su ceja elevada—. Soy una dama, y las damas jamás son malhumoradas. Somos temperamentales.
Mi marido se rio.
—Puedes llamarlo de forma elegante, pero eso no cambia los hechos. Has estado de mal humor.
Le lancé una sonrisa antes de recoger mis cosas y aceptar su mano extendida.
—Es tu culpa que haya estado de mal humor. No me va bien sin mi tiempo con James.
Él me apretó la mano.
—Lo mismo digo, nena.
Hablamos de todo y de nada, me sorprendió y exaltó a la vez el sentirme tan vertiginosa por estar caminando por la calle de la mano a la hora de comer con él. Simplemente, estaba tan fuera de nuestra programación regular, y me encantó que él me hubiera soltado esto tan de repente.
Cuando nos paramos frente a un hotel miré hacia él, confundida.
—¿Tienen un buen restaurante aquí?
En lugar de responder de inmediato, James tiró de mi mano y me llevó al interior a través de la puerta de entrada magnífica del hotel boutique.
—No lo sé —dijo finalmente, a medida que nos acercábamos a la recepción—. Pero tienen servicio de habitaciones. —Mis labios se abrieron aún más en sorpresa cuando James le dijo a la bonita recepcionista—: Nos vamos a registrar antes, a nombre del señor y la señora Sunderland.
La chica comprobó las reservaciones y luego nos dio la llave de la habitación.
Una vez que estuvimos en el ascensor me volví para mirar a mi marido.
—¿Registrarnos a la hora del almuerzo? Probablemente piensan que nos registramos con nombres falsos. Que estamos teniendo una aventura.
Él sonrió y me lanzó una mirada por el rabillo del ojo.
—Probablemente.
—James.
—¿Qué? Podría importarme menos lo que piensen. —Las puertas tintinaron al abrirse y James me sacó del ascensor con más urgencia ahora—. Si no te tengo en nuestra habitación… —Sus ojos se movieron de número en número en las puertas—, en los próximos diez segundos te voy a follar en el pasillo.
La excitación hizo que mi piel se sonrojara.
—¿Qué te pasa?
—Aquí estamos. —Se detuvo y me empujó contra una puerta, aplastando mis labios debajo de los suyos mientras apretaba mi cintura con una mano. Me di cuenta que estaba abriendo la puerta con la otra, ya que esta se abrió detrás de mí y me encontré tambaleándome hacia atrás, rompiendo el beso. Mi corazón latía con fuerza en mi pecho a medida que él me arrastraba dentro, la puerta cerrándose detrás de nosotros.
—Ja… —No pude terminar de decir su nombre cuando ya me besaba de nuevo.
—¿Te das… —me besó—, cuenta que… —más besos, seguidos por él empujando mi abrigo por mis hombros—, ayer por la noche… —me besó en la mandíbula, el cuello, mientras el abrigo caía al suelo—, fue la primera vez… —atrapó mis labios con los suyos una vez más—, en mucho tiempo que… —tiró de los botones de mi blusa—, aprovechamos el momento… — la cremallera de mi falda rechinó a través de la habitación—, para disfrutar el sexo?
—¿Lo fue? —dije, pero las palabras apenas salieron murmuradas contra sus labios calientes.
James se retiró para deslizar lentamente mi falda por mis piernas. Salí de ella, viendo como sus ojos viajaban por ellas lentamente. Cuando me miró, sus ojos lucían completamente negros con deseo.
—El sexo siempre es genial, nena, pero anoche fue como en los viejos tiempos.
Asentí, estremeciéndome ante los recuerdos.
—No quiero que termine —susurró con voz ronca—. No quiero que tú dejes de necesitar esto jamás porque sé que yo nunca lo haré.
Me incliné de modo que pudiera rodear su hermoso rostro con mis manos.
—Nunca he dejado de necesitar esto. Jamás, James.
—Dime, ¿qué quieres?
Me mordí el labio y pasé mi dedo pulgar sobre su boca.
—A mi pervertido James —susurré cariñosamente.
Él mordió mi pulgar juguetonamente.
—Ya sabía que me querías.
—¿Ah, sí? —Sonreí—. ¿Se está notando mi excitación?
Se echó a reír, sus ojos brillando con alegría y mucho más.
—Si deslizo mis manos entre tus piernas, te encontraré mojada y deseosa. Te diré algo más… —Sin esfuerzo subió su mano por el interior de mi pierna—, te follaré hasta sacarte ese engreimiento.
Suspiré de placer cuando sus dedos se deslizaron bajo mis bragas.
—Te culpo. —Gemí cuando se empujó dentro de mí—. Me has inflado el ego.
Presionó un dulce beso en mi estómago y me miró.
—No se trata de inflar el ego cuando todo es cierto.
Me reí tontamente y pasé mis dedos por su cabello.
—¿Eso es lo que te dices a ti mismo, cariño?
Me guiñó un ojo y fue muy ardiente.
—Tú lo sabes.
—Suficiente parloteo —bromeé—. Si vamos a tener una aventura ilícita es mejor que empecemos. —Mi risa se convirtió en chillidos cuando James deslizó sus dedos fuera de mí, se puso de pie y bruscamente me levantó en sus brazos y me tiró sobre la cama.
Sonriendo ante su picardía me abrí de brazos y piernas en la cama.
—¡Tómame! —grité melodramáticamente con voz entrecortada—. Antes que el reloj marque la medianoche y me convierta en una pobre sirvienta.
James, quien ya se había arrancado la camisa, se detuvo a medio camino de desabrochar sus pantalones.
—No puedes pervertir a Cenicienta.
Me reí.
—¿Por qué no?
—Porque nuestras niñas la ven.
Estallé en risas histéricas ante el horror en su rostro.
—¿Qué? —preguntó y se cruzó de brazos, frunciéndome el ceño.
—¡Tú! —Traté de recuperar el aliento—. Eres un papi tan adorable.
Su expresión decayó.
—No uses esa palabra en el dormitorio.
Luchando para no sonreír dije:
—¿Qué? ¿Papi?
—Ya para.
—Vamos, papi.
—¡Te advierto que perderé mi erección!
Comencé a reír tan fuerte que mi estómago estaba doliendo.
—¡Ya está bueno! —gruñó y solté un bufido de sorpresa cuando James envolvió su brazo alrededor de mi tobillo y me haló por la cama hacia él.
Se subió sobre mí, agarrando mis muñecas y sujetándolas al lado de mi cabeza. Mi risa murió pero todavía estaba sonriendo cuando me miró, sus labios crispándose.
—Lo siento —susurré, mi voz todavía llena de diversión.
—¿Terminaste? —susurró en respuesta.
Asentí.
—Bien. Ahora voy a lamerte y follarte con los dedos antes de chupar y lamer por turno tus pezones.
Una deliciosa oleada de placer se movió por mi bajo vientre y sentí el calor húmedo entre mis piernas ante sus palabras.
—¿Y luego?
—Luego voy a deslizar mi pene lentamente dentro de ti, centímetro a centímetro, atormentándote. Voy a llevar un ritmo lento, con calma, fuera de tu alcance… hasta que estés rogándome que te folle. —Sus manos se apretaron con fuerza alrededor de mis muñecas y sentí el calor de su duro miembro entre mis piernas.
—Haz todas esas otras cosas después. —Abrí mis piernas e incliné mis caderas para presionarlo con más fuerza contra mí—. Dame tu pene. Ahora.
—Mi pervertida Tori —dijo con voz ronca y luego presionó mis manos más profundamente en el colchón a medida que se posicionaba.
Sentí su calor, presionándose lentamente en mi interior, y el placer comenzó a propagarse en mí ante la asombrosa sensación de plenitud.
—James —supliqué.
Se metió de un empujón y grité por el placentero dolor, el leve ardor aliviándose por completo cuando él empezó a moverse dentro y fuera de mí. Mis piernas cayeron abiertas y no había nada más salvo mi esposo y lo que estaba haciéndole a mi cuerpo. La deliciosa presión baja dentro de mí comenzó a aumentar, y mi respiración se tornó más fuerte, mis gritos saliendo involuntariamente de mis labios.
—Tori —gimió James, sus caderas estrellándose contra mí a medida que me tomaba con más fuerza y energía que probablemente la mayoría de los hombres de la mitad de su edad—. Nena, mierda, nena.
—Sí. —Sacudí mis caderas contra las suyas, ondulando en sus embestidas que habían aumentado con tanto entusiasmo que el cabecero de la cama estaba sacudiéndose contra la pared del hotel—. ¡SÍ! —grité cuando mi orgasmo me atravesó.
Tres orgasmos más tarde me aferraba a los hombros de James mientras trataba de estabilizar mis piernas gelatinosas el tiempo suficiente para volver a mis zapatos.
Mi largo almuerzo había terminado. Había sido la mejor hora de almuerzo de toda mi vida.
Tan pronto como mis pies estuvieron en los zapatos, James pasó un brazo alrededor de mi cintura y me atrajo hacia él.
—Deberíamos hacer esto cada semana.
—¿Qué? ¿Sexo de hotel?
Sacudió la cabeza.
—Almorzar.
—Bueno… —Sonreí y envolví mis brazos alrededor de sus hombros—. Técnicamente no almorzamos.
—Sabes lo que quiero decir. —Frotó su nariz contra la mía y suspiró—. Deberíamos dedicar tiempo para almorzar juntos una vez a la semana.
Sintiéndome toda cariñosa y sentimental, asentí.
—Eso me encantaría.
—Bien. —Se apartó, pero solo para alcanzar mi abrigo—. Será mejor que te lleve de regreso.
Me ayudó a entrar en el abrigo y luego me atrajo hacia él de nuevo, de espalda contra su pecho. Sus labios rozaron mi oreja y luego susurró:
—Feliz día de San Valentín, Tori.
Sonreí, curiosa ante su repentina positividad hacia el concepto.
—El día de San Valentín fue ayer.
James me dio vuelta en sus brazos y sonrió.
—Contigo todos los días son el día de San Valentín.
Sonreí en respuesta.
—James Sunderland, qué hombre tan encantador.
—Fue una buena línea, ¿no?
—Fue una línea jodidamente estupenda. —Tomé su mano y lo conduje hacia la puerta—. ¿Por qué no pensé en eso?
—Puedes compensármelo esta noche.
—¿Más sexo? —dije con incredulidad mientras caminábamos hacia el pasillo—. ¿Nuestros cuerpos pueden soportarlo?
—Solo necesitamos reabastecernos primero.
—Entonces será sexo.
Caminamos de la mano hacia el ascensor, rebosando de satisfacción y alegría. Prácticamente estaba tarareando para mis adentros cuando entramos en él. Ni siquiera la música cutre del ascensor pudo echar a perder mi humor.
—Entonces… —dije—, ¿preferirías tener relaciones sexuales en una cama embrujada o en una playa con el tipo de arena que es más como granos, guijarros y tierra que arena real?
—Depende… ¿quién se está apareciendo en la cama? —James se volteó para llamar mi atención.
Al ver la palabra "trío" brillando con alegría en sus ojos dije:
—Jimmy Stewart.
Hizo una mueca como un niño pequeño.
—Aguafiestas.
Las puertas del ascensor se abrieron con un tintineo y la mujer que había estado compartiéndolo con nosotros nos lanzó una mirada de horror antes de apresurarse a salir por delante de nosotros.
James y yo nos giramos lentamente para mirarnos el uno al otro, atrayendo las miradas de los otros clientes del hotel a medida que salíamos de allí tranquilamente caminando del brazo, riendo todo el maldito camino.
