Jacob & Nessie

El sonido de dos de mis colegas platicando en el pasillo que llegó a mis oídos mientras guardaba mis cosas al final del día me hizo sonreír.

Pensé cómo era para mí cuando recién empecé a enseñar Inglés a chicos de preparatoria. Las largas horas que los padres no veían. Cómo finalmente levantaba la mirada de mis hojas calificadas y mi planificador para ver el reloj en la pared marcando las siete de la noche, cómo la escuela alrededor de mí estaba tan callada porque la mayoría de mis colegas se habían ido hace años.

Todo eso cambió cuando Jacob regresó a mi vida. Tenía un esposo e hijos que me necesitaban en casa a una hora decente.

Quería estarlo.

Los chicos se habían ido con el último timbre hace una hora y era tiempo de que me metiera en el auto y manejara a casa junto a mi esposo que estaba esperando por mí para celebrar el día de San Valentín. No habíamos planeado mucho, además de pedirle a Bella y Edward que cuidaran a los niños este año (era su turno, el de nosotros es el siguiente año), así Jacob y yo podíamos tener un poco de tiempo silencioso el uno con el otro.

Sonreí con aire de suficiencia. O tal vez no tan silencioso. Guiño, guiño.

Riéndome para mis adentros, salí al pasillo. Nish y Barbara, mis amigos y colegas, eran los parlanchines de afuera. Se giraron para sonreírme.

—¿Tan temprano a casa? —dijo Nish, sonriendo traviesamente.

Me encogí de hombros.

—Es el día de San Valentín.

—Como si pudiéramos olvidarlo —dijo Barbara secamente, refiriéndose al drama que tuvimos hoy en la escuela.

—Aún no puedo creer que Rochelle Muir arrancó literalmente cabello de la cabeza de Stacy Abernathy. —Nish hizo una mueca de dolor.

—Y por Michael Steel. —Sacudí mi cabeza con desagrado—. He atrapado a ese chico besando demasiadas chicas como para contarlas.

—Chicos de cuarto año —dijeron Nish y Barbara en unísono, haciéndome reír.

—Bueno yo no soy de cuarto. Pero me voy para una noche tranquila con mi esposito. Les sugiero que hagan lo mismo. —Les guiñé y ellos se rieron mientras avanzaba por el pasillo.

—¡Lo haría si mi esposo se viera como el tuyo! —gritó Barbara a mis espaldas.

Sonreí y grité sobre mi hombro.

—Hay mucho más de él que solo su apariencia. Es un experto con sus manos.

—¡Te odio! —gritó ella en respuesta.

Riendo, avancé por el pasillo.

Afuera me encontré con una crujiente y fresca tarde que apenas empezaba a apagarse. El sol se pondría en una hora más o menos. Miré hacia el cielo y deseé que llegara la primavera. Estaba harta de los cortos días de invierno.

Mientras giraba mi cara hacia el auto, capté el destello de algo, o debería decir de alguien, por el rabillo de mi ojo. Volví a mirar hacia la reja de la escuela y mi aliento quedó atrapado en mi garganta.

Parado con las manos en los bolsillos, recargado contra la reja estaba mi esposo, Jacob. El asombro se deslizó a través de mí e hice mi camino lentamente hacia él, mi corazón acelerándose en mi pecho con la vista de él.

¿Se irá alguna vez este sentimiento? Esa sensación de anticipación y felicidad que sentía cada vez que lo veía.

Dios esperaba que no.

Jacob dio un paso hacia mí, y mi mirada viajó por todo su alto cuerpo. Él estaba usando sus botas negras, pantalones oscuros, su chaqueta de lana cruzada y una bufanda plisada que le compré para navidad. Había azules y verdes en la bufanda, colores que resaltaban el color cafe de sus ojos. Estaba atrapada en esos asombrosos ojos. Fueron la primera cosa, después de su inmensa altura y constitución, que noté en Jacob por primera vez. Eran un notable contraste con el hermoso color caramelo de su piel, y con pestañas tan espesas que casi estaba envidiosa de ellas.

Al verlo parado en la reja, tuve un repentino flashback a cuando éramos más jóvenes y él me esperaba en la reja de la escuela para asegurarse que no perdiera el autobús. Y si perdía el autobús, siempre me acompañaba caminando a casa.

—Quería asegurarme que llegues segura a casa —dijo, con una pequeña sonrisa burlona curvando sus labios.

Sonreí ante su repentina nostalgia.

—Eso es considerado de tu parte.

Él estiró su mano.

—¿Las llaves del auto?

Riendo, se las entregué. Jacob las tomó y entonces tomó mi mano y empezó a guiarme hacia el auto. Una vez dentro, tuvo que ajustar mi asiento para así poder meter sus largas piernas. Era una mujer alta, de un metro setenta y siete. Pero Jacob era alrededor de unos veinte centímetros más alto que yo.

Encendió el vehículo pero en lugar de salir del espacio me miró. Sonreí ante su curiosa expresión.

—¿Qué?

—Cuando estabas en la escuela… solía pararme junto a la reja y rezar que perdieras el autobús para así poder acompañarte a casa.

Estirándome a través de la palanca de velocidades pasé mis nudillos por su mejilla y presioné un suave beso en sus labios. Cuando me separé, susurré:

—Algunas veces perdía el autobús deliberadamente.

Jacob rio y regresé a mi asiento para verlo manejar mi pequeño auto con facilidad. Para un hombre tan grande tenía mucha gracia.

Estuvimos callados mientras manejaba, un silencio familiar cayendo entre nosotros. Aunque Jacob había cambiado mucho del marcado, taciturno y amenazante joven que era cuando recién nos habíamos conocido, seguía sin ser un gran hablador. Era una de las cosas queamaba sobre él. Podía solamente sentarme en silencio con él, y estar perfectamente cómoda y en paz.

Fruncí el ceño cuando me di cuenta que condujo lejos de nuestro destino en Morningside, una tranquila área al sur del centro de la cuidad, donde habíamos comprado una casa que apenas podíamos costear.

Compramos la casa porque nos encantaba pero también para estar cerca de Dylan. Él era mi hijastro. Jacob lo había tenido con su ex novia Leah hace un poco más de siete años. Ella y su esposo Graham vivían en Morningside y era más fácil para Dylan que nosotros estuviéramos cerca de ellos.

—Sophia y Jarrod están con Bella y Edward —dijo Jacob de repente—. Los dejé más temprano.

Sentí una pequeña presión en mi pecho. Nuestro hijo Jarrod tenía solo seis meses y nuestra hija Sophia solo tenía dos años y medio.

Encontraba un poco difícil estar lejos de ellos y me recordé que sería solo por unas horas.

—Así que, ¿a dónde vamos?

Me lanzó una rápida sonrisa traviesa que me hizo sonreír en respuesta.

—Ya lo verás.

Esperé pacientemente, pero llena de anticipación mientras él nos llevaba a Stockbridge y se estacionaba cerca de Dean Village.

—Costará una fortuna permanecer estacionados aquí —dije a medida que él se desabrochaba el cinturón.

—Lo vale. —Me destelló esa misma sonrisa de nuevo y sacudí mi cabeza riendo mientras salía del auto.

Tan pronto como la puerta se cerró detrás de mí, Jacob agarró mi mano y comenzó a guiarme por la calle. Una sensación de familiaridad descendió rápidamente sobre mí y cuando nos detuvimos en la entrada de Douglas Gardens, un pequeño jardín público que habíamos visitado una vez antes, miré a mi marido interrogante.

—Hagámoslo otra vez —dijo.

Él no podía referirse a lo que pensaba que se estaba refiriendo.

Llevándome suavemente al interior, encontramos los jardines vacíos. Cerca de la parte posterior de los jardines, al lado de un banco en el que me senté una noche muy memorable con Jacob cuando éramos niños, estaba la tía de Jacob, Gabby. Observé con ojos abiertos de par en par como se volvía después de colocar una servilleta en el picnic que había creado en el suelo. Lucecitas se envolvían alrededor del banco y alrededor del arbusto podado artísticamente en forma de tarro que parecía fuera de lugar y, por lo tanto, sugiriendo que había sido traído al lugar específicamente para esto.

—Bien, entonces voy a dejarlos. —Gabby sonrió y Jacob le dio un beso en la mejilla antes de que ella se apresurara a salir de los jardines.

Negué con la cabeza en asombro, haciendo un gesto hacia el hermoso picnic.

—¿Por qué?

Me condujo hacia abajo sobre la manta, moviendo la cesta de picnic llena de comida fuera de nuestro camino.

—Esa noche —dijo, su voz llena de sinceridad—, cuando viniste a mí aquí… es la noche en que supe que te amaba.

Oh, Dios… tenía, muy posiblemente, el marido más romántico del planeta.

—Me asombras —susurré, mirando lo que él había creado—. Estaba esperando una noche tranquila contigo, pero esto… —Llegué a él y entonces me tiró de forma automática en su regazo, así que me puse cómoda, cambiando de posición de modo que estuviera a horcajadas.

Eso significó empujar mi apretada falda por arriba en mis piernas, pero no me importó, no había nadie alrededor para verme, excepto él—. Gracias por no dejarme un día sin saber lo mucho que me amas.

Sus brazos se apretaron alrededor de mí en reflejo.

—Espero darte lo mismo. —Acaricié su mejilla, estudiando sus ojos por la respuesta.

Su amor por mí se reflejaba allí para que todos lo vieran, junto con un creciente calor.

—Lo haces, nena.

Llevé mi boca sobre la suya y su mano se deslizó de regreso hasta mi nuca de modo que pudiera sostenerme contra él para un beso más profundo. Ese beso se volvió caliente en segundos y no pasó mucho tiempo antes de sentir la erección de Jacob entre mis piernas.

Mis pezones se tensaron contra mi sujetador y sentí una oleada de hormigueante excitación dispararse directamente a través de mi centro.

Rompí el beso, mis mejillas sonrojadas.

—No podemos aquí —susurré.

Las manos de Jacob se deslizaron por mi cintura, deliberadamente lento y deliberadamente seductor, hasta que llegaron a descansar en mis muslos. Sus dedos se deslizaron bajo el material de mi ya amontonado dobladillo y lo empujó hasta mi cintura, el aire fresco corriendo a mi alrededor haciéndome temblar.

—No hay nadie aquí —dijo suavemente contra mis labios.

Mi vientre dio un vuelco ante el pensamiento.

—Si nos atrapan…

—No hay nadie aquí.

—Es un delito —susurré frenéticamente mientras sus dedos se deslizaban más allá de mi ropa interior. Me encontré alzándome un poco para darle mejor acceso—. Jacob —jadeé cuando empujó dos dedos dentro de mí, a medida que su pulgar buscaba mi clítoris.

—No hay nadie aquí —repitió, su voz ahora ronca con excitación.

—¿La comida? —suspiré, tratando de concentrarme por encima del placer que estaba azotando mis sentidos.

—Todavía estará aquí después de hacer que te corras.

Gemí a medida que la tensión dentro de mí se intensificaba y descansé mi frente contra la suya mientras flexionaba mis caderas contra las embestidas de sus dedos.

—Jacob —exhalé cuando me acercaba al clímax. Mis manos se movieron tentativamente entre nosotros buscando la cremallera de sus pantalones—. Dentro de mí.

No necesitó que se lo pidiera dos veces. Rápidamente se liberó y me levanté en mis rodillas, de manera poco elegante, apresurándome a sacar mi ropa interior. Tan pronto como estuvieron fuera de mi camino, lo guie dentro de mí y bajé lentamente sobre él.

—Jacob —jadeé, sintiendo esa hermosa plenitud hacerse cargo de mí.

Agarré sus hombros, observando la forma en que sus ojos se oscurecían mientras su pene se deslizaba dentro de mí. Sus dedos se clavaron en mis caderas a medida que bajaba hasta donde podía y me levantaba de regreso. Envolví mis brazos alrededor de su cuello, quedando a la misma altura para poderlo besar.

Nuestra respiración estaba fuera de control a medida que nuestro beso se volvía erótico, imitando el ritmo de nuestros cuerpos. Entonces la tensión dentro de mí llegó a un punto de ruptura, me puse rígida y gemí en su boca cuando el orgasmo se abalanzó sobre mí.

Mis músculos internos ondularon a su alrededor y sentí su gruñido en respuesta vibrando a través de mí, al mismo tiempo que sentía que se hinchaba aún más grueso en mi interior antes de que su caliente liberación me llenara.

Me impulsé a su alrededor, echándome hacia atrás para mirarlo a los ojos mientras luchaba por recuperar el aliento.

—Bueno… —sonreí, sintiéndome lánguida y satisfecha—, eso fue inesperado. El hecho de que pudiéramos haber sido atrapados haciendo esto lo ha hecho sorprendentemente caliente.

Él rio suavemente, su mirada tierna a medida que pasaba el pulgar por mi labio inferior.

—Siempre es caliente contigo.

Sonreí, complacida, antes de levantarme con cuidado. Hice un puchero divertido mientras se deslizaba fuera de mí y él se echaba a reír.

Nos acomodamos la ropa con toda la comodidad de una pareja casada, como si no hubiéramos tenido sexo en un lugar público donde cualquiera podría habernos visto. Fue imprudente, probablemente era una tontería, pero al carajo, era el día de San Valentín y fue caliente y dulce a la vez, y disfruté jodidamente al hacerlo.

Sintiéndome más que un poco presumida, me instalé junto a Jacob en la manta de picnic con todo el recato que pude reunir. Se me quedó mirando mientras me entregaba los pasteles que su tío Gio, que era dueño de un restaurante italiano, debe haber hecho para nosotros.

—¿Qué? —dije, curiosa ante su repentina intensidad.

Él negó con la cabeza a medida que se ponía cómodo, tumbándose de medio lado, su codo derecho soportando la parte superior de su cuerpo de modo que pudiera hablar y comer.

—Es solo que me gusta saber más de ti que nadie más, eso es todo.

—¿Qué? ¿Una señorita en la calle, pero un monstruo en la cama?

Jacob levantó una ceja.

—¿Acabas de citarme a Usher?

Luché para no reírme.

—Puede ser.

—No lo habría puesto así. —Se encogió de hombros—. Pero tengo piezas de ti que nadie más tiene… me gusta eso. Al igual que tú tienes piezas de mí que nadie más puede, ni nunca tendrá.

—A mí también me gusta.

Él asintió, feliz con eso, antes de darle un mordisco a la deliciosa comida que Gio nos había preparado. Mientras comíamos en amigable silencio, miré a mi alrededor antes de que mis ojos se posaran en el banco en el que nos habíamos sentado tantos años atrás.

Nos habíamos sentado allí y él me había contado acerca de su tío, que en ese entonces había sido abusivo. Se había suavizado con su vejez, pero me había llevado un largo tiempo para ser cordial con el hombre, sabiendo cómo solía comportarse alrededor de Jacob. Esa noche Jacob me dijo por qué había dejado los Estados Unidos, sobre cuán solitaria había sido su vida. Estaba tan dolida por él. Nos sentamos allí durante horas hablando de todo y de nada, y una de las cosas que hablamos era sobre nuestra idea de la cita perfecta. Jacob simplemente había dicho que no salía en citas. Pero quería saber cuál era mi idea de una cita perfecta de todos modos.

Sonreí recordando.

Cuando nos volvimos a juntar preparó esa cita perfecta para mí.

Miré hacia él para encontrarlo observándome.

—Recuerdas todo sobre esa noche, ¿cierto?

Él asintió.

—Cada palabra.

Terminé mi pastel, limpiando las migajas de mis dedos.

—Creo que hicimos lo correcto partiendo como amigos.

—¿Qué quieres decir?

—Bueno, fuimos los mejores amigos antes, ¿cierto? Eso significa que cuando seamos viejos aún tendremos eso. Nuestra amistad. Creo que eso mantiene a las parejas unidas más que cualquier otra cosa.

Jacob frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Sintiendo que se estaba irritando con el comentario me apresuré a explicar.

—Bueno, la gente envejece y la pasión… —Busqué la palabra adecuada—, se diluye.

Él hizo una mueca.

—Odio tener que decirte esto, nena, pero cuando seamos ancianos, mi cachondo trasero gris aún querrá el tuyo.

Me reí ante la imagen que ahora tenía entre mis manos.

—¿Eso quiere decir que no me darás paz en ese departamento?

Él gruñó y me dio una mirada mordaz.

—Creo que va a ser mutuo.

Riéndome asentí a medida que buscaba el agua mineral en el cesto. Era verdad, lo despertaba en las noches para tener sexo muchas más veces que él a mí. Él siempre se queda dormido antes que yo porque me gusta leer antes de dormir.

—Leo demasiados libros eróticos. —Me encogí de hombros.

—Y doy gracias a Dios por eso todos los días.

Sophia y Jarrod estaban dormidos cuando fuimos a recogerlos a casa de Bella y Edward más tarde esa noche. Aunque Sophia se agitó, gimió y lloró un poco mientras los llevábamos al auto, Jarrod durmió todo el trayecto. Afortunadamente, Sophia se quedó dormida con el movimiento del vehículo y Jacob la llevó a casa mientras yo llevaba el suave paquete cálido y alegre que era mi hijo.

Una vez que los acomodamos para pasar la noche, nos dirigimos a nuestro dormitorio y nos alistamos para dormir. Reptando al lado de mi marido, me acurruqué a su lado y puse mi cabeza en su pecho.

Suspiré, satisfecha, cuando su brazo se posó a mi alrededor con su mano descansando en mi cadera.

—Gracias por el mejor día de San Valentín alguna vez visto.

Él se quedó en silencio.

Levanté la cabeza para encontrarlo con el ceño fruncido.

—¿Qué?

—¿Mejor día alguna vez visto? —Hizo una mueca.

—Umm… sí —contesté, confundida por su respuesta.

—Bueno, ¿cómo demonios se supone que supere eso?

Eché mi cabeza hacia atrás riéndome y me encontré siendo dada vuelta sobre mi espalda mientras él se ponía sobre mí, sonriendo. Deslicé mis manos por los músculos calientes y duros de su espalda.

—No necesitas preocuparte de eso por los siguientes dos años. El próximo año es mi turno.

—Ah. —Él separó mis piernas mientras comenzaba a desabrochar la correa de mi camisón—. ¿Qué tienes en mente?

—Es una sorpresa. —Me quedé sin aliento cuando el aire fresco se deslizó sobre mis pechos a medida que tiraba de mi camisón hasta la cintura. Mis pezones se tensaron y Jacob lo tomó como una invitación. Su boca cálida se envolvió alrededor de mi pezón izquierdo y mis piernas se envolvieron automáticamente a su cintura acercándolo más.

Levantó la cabeza y me dio una lenta sonrisa maliciosa.

—El próximo año. Tú y yo. Solos. En esta cama. Tú desnuda. Es el mejor maldito regalo que puedes darme.

Negué con la cabeza, riendo.

—Los hombres son tan simples.

—Tú lo sabes.

Mi risa quedó rápidamente ahogada en su beso y justo estábamos llegando a las cosas buenas cuando el llanto de Jarrod encendió el monitor de bebés.

Nos congelamos por un segundo, nuestros cuerpos calientes y excitados necesitando un minuto para salir del estupor de la lujuria. Jacob se desenredó de mí y salió de la cama, poniéndose unos pantalones de pijama.

—No te muevas —me dijo—. Ni un milímetro.

—Estoy acostada como una lasciva —me quejé.

—No sé lo que es eso pero es jodidamente sexy, así que quédate ahí, exactamente como estás.

—¿O qué?

—Solo hazlo. —Desapareció rápidamente de la habitación y un par de segundos más tarde escuché su profundo canturreo a través del monitor para bebés mientras él comprobaba a nuestro hijo.

Mi vientre se derritió a medida que le escuchaba susurrar a Jarrod y decidí que me quedaría como estaba solo porque era un buen padre.

Un poco después llegó de nuevo a la habitación y se detuvo en el umbral. Sus ojos se ensancharon ardiendo ante la vista de mí extendida a lo largo de nuestra cama, medio desnuda.

—Maldición —espetó y tuve que morderme el labio para evitar sonreír.

Él lo vio de cualquier forma y eso le hizo moverse.

Antes de que me diera cuenta él ya estaba desnudo, en la cama, yo ya estaba envolviéndome alrededor de él otra vez y él estaba dentro de mí, empujando con tanta urgencia y necesidad que me llevó hasta el clímax.

Dos veces.

Después de eso, me acurruqué a su lado, mi cuerpo y mente tan llenos de alegría, que el sueño vino fácilmente.

Estaba casi fuera de juego cuando otro llanto llenó el ambiente, esta vez más fuerte y más femenino.

Me deslicé lejos de los brazos de Jacob y él apretó su agarre.

—Yo iré.

—Mi turno —susurré, presionando un beso en su hombro antes de irme.

Me puse el camisón, envolviendo una bata a su alrededor y caminé por el pasillo alfombrado a la habitación de mi hija al otro lado de la casa.

Ella estaba sentada en su cama, agarrando su edredón con fuerza y la luz de noche en la habitación mostrándome que tenía algunas lágrimas en sus ojos. Un dolor me atravesó al verla, me apresuré a llegar a ella, cubriéndola entre mis brazos.

—Nena, ¿qué sucede?

—Mami —hipó y me agarró con fuerza.

Solo podía asumir que fue la interrupción de su sueño lo que la dejó perturbada, así que me recosté contra la cabecera y murmuré la historia de la Cenicienta hasta que finalmente sentí su pequeño y cálido cuerpo recargarse contra mí. Lo más cuidadosamente posible, la acomodé de manera cómoda y me fui de puntillas.

No queriendo despertar a Jacob, me deslicé en la cama y me acurruqué a su lado. Ni dos segundos después el colchón se hundió y sentí su calor a lo largo de mi cuerpo mientras ponía un bazo a mi alrededor y me jalaba contra él.

—¿El angelito está bien? —dijo somnoliento.

—Está bien.

—Bien. —Besó mi cuello—. Te amo. —Sus suaves ronquidos siguieron a esas palabras.

Sonreí, mis párpados cayendo por el agotamiento.

—Yo también te amo.