Benjamin & Tía

Mis ojos estaban taladrando hoyos en la pared.

El zumbido de una aguja no había sonado por los últimos minutos y Benjamin aún no había salido de su cubículo con la impresionante morena cuyos ojos se habían iluminado al verlo como un niño en un árbol de Navidad rodeado de regalos.

Me quejé en voz baja y apoyé mi codo en el mostrador de la recepción, con mi barbilla en la palma de mi mano. Seguí fulminando la pared con la mirada, una que se convirtió en un completo ceño fruncido con el sonido de una risa femenina.

Bufé y retrocedí en mi silla inquieta, sacudiendo mis brazos para equilibrarme cuando la silla amenazó con caerse hacia atrás con el poder de mi inquietud agresiva.

Todo el mundo ya se había ido de INKarnate, el estudio de tatuajes en Leith en el que trabajamos. Era la recepcionista a tiempo completo y seguiría siendo la recepcionista a tiempo completo hasta que comenzara la escuela de arte después del verano. Luego reduciría a tiempo parcial.

Benjamin, mi prometido, era el gerente y jefe tatuador. Stu era el dueño del lugar, pero ahora sus visitas eran esporádicas. Rae, mi mejor amiga y ex compañera de piso, era tatuadora y especialista en eliminación de tatuajes, y Simon el magnífico macho alfa gay, era nuestro otro tatuador y chico perforador.

Ambos se habían ido a casa con sus respectivas parejas hace una hora.

¿Por qué?

Porque era el día de San Valentín.

En realidad, era el primer día de San Valentín de Benjamin y yo juntos… y él estaba tatuando a alguna coqueta tonta despampanante mientras yo esperaba impaciente a que terminara.

Crucé los brazos sobre mi pecho y miré con el ceño fruncido a la calle que estaba artificialmente iluminada por las farolas en las aceras y por los faros de los vehículos pasando. Ahora bien, sabía a ciencia cierta que Benjamin no le estaba devolviendo a la morena el coqueteo. De alguna forma, después de todo lo que había pasado, me las arreglé para encontrar al único chico en el mundo que realmente parecía salido de un mito griego sensual (sí, era así de atractivo), que tenía los principios de un héroe de Disney, el estilo y la actitud de un motorista, el alma de un artista, y el honor y las habilidades de un honesto dios guerrero.

Puede que haya pensado mucho en cómo describir a Benjamin.

Realmente mucho.

Pero bueno, por supuesto no era perfecto. Si fuera perfecto ahora estaríamos en nuestra primera cita de San Valentín, aun así, definitivamente era uno de los buenos, razón por la cual confiaba en él implícitamente.

Incluso cuando tenía mujeres atractivas en su silla de tatuajes.

—Pastelito.

Di la vuelta para ver a Benjamin de pie en la puerta del pasillo de atrás donde estaban los salones de tatuaje.

—¿Sí?

Asintió hacia su habitación.

—Mi cliente se siente débil. ¿Tienes algo de chocolate?

Hmm. La parte muy sospechosa de mí se preguntó cómo una chica puede ir de reírse tontamente a sentirse débil de pronto. Pasé la mirada sobre mi prometido, notando su muy alta y muy atlética complexión. Los tatuajes, su estilo descuidado, y ese rostro. Esos ojos. Esos ojos verdes que podrían hacer que mi ropa interior se derrita inmediatamente en mí.

Sí, no estaba creyendo que su cliente se sintiera débil.

Sonreí dulcemente.

—Llevaré un poco.

Él me sonrió en respuesta.

—Gracias, cariño. En breve saldremos de aquí.

Asentí y él desapareció de vuelta en su cubículo. Agarrando el chocolate del mini refrigerador en el armario detrás de mi escritorio, me apresuré entonces hacia uno de los espejos que habíamos colocado en el estudio para que las personas pudieran ver sus piercings, tatuajes o lo que sea. Cuando la morena había entrado en el cubículo de Benjamin para su cita me había cambiado a mi vestido para nuestra cita. Luego lo había cubierto con mi abrigo para que así Benjamin no lo viera hasta que estuviéramos listos para irnos.

Era hora de disolver esa idea. Me quité el abrigo y lo arrojé en el sofá.

Mirando hacia mi relejo me di un asentimiento cuidadoso. Estaba usando mi designado pequeño vestido negro. En realidad mi favorito. A Benjamin le gustaba cuando vestía de negro. Me había visto en este pero no llegó a apreciarlo plenamente porque no estábamos juntos en ese momento. Lo usé en su fiesta de cumpleaños el año pasado cuando entre nosotros había animosidad, mal entendidos y una tensión sexual increíble.

Pensé que esta vez le daría oportunidad de sacarme de él.

Junto con el vestido, estaba usando botines de ante negros que hacían a mis piernas cortas y delgadas lucir más largas.

—¿Pastelito? —llamó desde su cubículo.

Ups. Me estaba llevando demasiado tiempo.

Agarrando el chocolate caminé hacia el pasillo de atrás, mis tacones resonando contra las baldosas. Me detuve en la puerta de la habitación de Benjamin para verlo sentado en un taburete y a la morena relajada en su silla.

No había rastro de palidez a la vista.

Benjamin levantó una ceja al verme a medida que avanzaba lentamente para que no se perdiera ni un poco del vestido.

—Chocolate. —Se lo entregué, reprimiendo una sonrisa.

Lo tomó y se lo entregó a su cliente sin ni siquiera mirarla.

—¿Cuándo pasó el acto del cambio rápido?

—Mientras estabas aquí. —Me encogí de hombros y alisé el vestido con mis manos—. Quería estar lista.

—Buena decisión —dijo aún devorándome con los ojos.

—¿Tienes una cita para el día de San Valentín? —preguntó la morena, con sus ojos sobre mí mientras mordisqueaba el chocolate.

Sensación de desmayo, mi trasero. ¡Qué desperdicio de mi chocolate para "mareos"! ¡Había personas que realmente necesitaban ese chocolate!

—La tengo. Pero él está retrasado.

Benjamin me lanzó una mirada, sus labios curvándose hacia arriba en las esquinas.

—Qué imbécil.

Le di un encogimiento de hombres al estilo "bueno, ¿qué se le va hacer?"

—¿Crees que le gustará el vestido?

—Creo que va a amar el vestido.

—Sí, te ves bien —añadió la morena antes de girarse hacia Benjamin con picardía en sus ojos—. ¿Qué hay de ti? ¿Tienes una cita esta noche?

Apenas pude evitar poner los ojos en blanco.

Benjamin no era estúpido. Conseguía coqueteos todo el tiempo. Sabía que ella estaba coqueteando con él, y sabía que era por eso que no había dejado la habitación después de entregarle el chocolate.

—Con mi prometida.

Ella casi se ahogó.

—¿Estás comprometido? —Lucía completamente ofendida, como si tuviera el derecho a estarlo o algo así—. Bueno, es una chica afortunada.

—Lo sabe. —Moví mi mano izquierda hacia ella en donde el hermoso diamante que Benjamin había colocado hace meses brillaba.

Y finalmente todo tuvo sentido para ella. Benjamin se alejó, escondiendo su sonrisa mientras pretendía limpiar su trabajo.

—Oh, ustedes dos. —Hizo un gesto entre nosotros—. Claro. Me perdí eso. —Me dio una sonrisa tímida—. Supongo que los estoy reteniendo, chicos. Solo me iré.

—Solo si te sientes mejor —dije con tan genuino sentimiento como le pude inyectar. Hice un muy buen trabajo fingiendo porque ahora parecía culpable.

—Estoy mucho mejor, gracias. —Se levantó de la silla—. Simplemente pagaré y saldré de aquí.

—Me encargaré de eso. —Me quedé mirando hacia la espalda de mi prometido—. ¿Supongo que le diste la charla del cuidado posterior?

Él me miró por encima de su hombro.

—Lo hice.

—Gracias de nuevo, Benjamin. —Le dio un pequeño adiós con la mano.

—De nada. —Él le dio un asentimiento antes de volver a pretender estar ocupado.

Tan pronto como ella salió por la puerta puse los ojos en blanco hacia la espalda de él y la seguí.

Las mejillas de la morena estaban rojas de vergüenza cuando pagó y en realidad empecé a sentirme mal por ella. Una vez que se fue regresé de nuevo al cubículo de Benjamin y me apoyé en la puerta.

Se dio la vuelta, dándome una minuciosa mirada una vez más que me hizo sobrecalentarme al instante.

—En serio necesitas dejarles en claro que no estás soltero.

Benjamin hizo una mueca.

—Tía, no estaba coqueteando con ella.

—Lo sé. Pero deberías haber visto su cara cuando estaba pagando.

—Hice una mueca—. De hecho, me sentí mal por ella. Se sentía mortificada.

—¿Qué puedo hacer yo? —Se encogió de hombros—. Si una mujer no coquetea conmigo me lo tomaría en el sentido de que no está interesada. Uno pensaría que cualquier persona en su sano juicio captaría la indirecta.

—¿Oh, en serio? —Entré en la habitación, con los brazos cruzados sobre el pecho—. Porque recuerdo claramente no devolverte el coqueteo y tú aun así yendo tras mí.

Benjamin levantó una ceja.

—Pastelito, no necesitabas coquetear con tus palabras. Estabas prácticamente jadeando.

—Uff. Eres tan arrogante. No estaba jadeando.

—Estabas jadeando. —Él asintió, sin dejar de sonreír esa ridícula pero sensual sonrisa pecadora.

Entrecerré los ojos, ignorando el hormigueo excitante entre mis piernas y en la hinchazón de mis pechos. Esto le hizo sonreír aún más y luego levantó ambas cejas sugestivamente.

—Te estoy excitando ahora mismo, ¿verdad?

—Sí, pero eso no viene al caso. —Giré sobre mis talones y salí.

—¿A dónde vas?

—A buscar tu regalo del día de San Valentín. Tal vez eso distraerá a tu ego.

Escuché su risa a medida que me seguía al estudio principal. Desbloqueando el cajón del gabinete detrás del escritorio, saqué su regalo y se lo entregué. Benjamin lo tomó con una sonrisa curiosa en su cara.

—¿Qué es?

—Ábrelo y velo.

Mi estómago se agitaba con nerviosismo emocionado cuando arrancó con cuidado el envoltorio. Levantó las cejas mientras miraba hacia abajo en el regalo en sus manos y tuve que evitar gritar: "¿Y bien?"

Levantó la vista de la fotografía que había enmarcado.

—¿Cómo?

Benjamin tenía estas fotografías en blanco y negro muy interesantes en su piso. Aquella encima de su cama era mi favorita. Fue tomada desde el asiento trasero de un convertible clásico americano. El conductor estaba girado de perfil. Llevaba unos lentes de aviadores oscuros y humo se elevaba de sus labios mientras parecía mirar hacia el mundo con aburrimiento, y más allá del auto estaba un profundo cañón, dando la impresión de que el auto estaba a meros centímetros del borde.

Tan geniales como eran las fotografías de Benjamin, ninguna era personal.

Aquella en manos de Benjamin sí lo era.

Era una toma directa de los dos en una playa en Longniddry, un pueblo costero a las afueras de la ciudad. Lo habíamos visitado el pasado otoño con la hermana de Benjamin, Rose, su marido Emmett, su hija Belle y su mejor amigo James, junto a su esposa Victoria y sus hijas. Emmett y James crecieron allí y sus padres aún vivían allí. Era un lugar precioso.

De todos modos, James era un reportero gráfico y un poco loco con las cámaras. Había tomado muchas fotos ese fin de semana y cuando estaba revisándolas, encontré una de los dos que se veía tan increíble que le pedí conservarla para mí. Él había ido más allá y la imprimió, y la había enmarcado profesionalmente.

Yo la había guardado para una ocasión especial para dar a Benjamin.

—¿Cómo? —dijo una vez más, con los ojos llenos de ternura.

—James.

—Por supuesto —murmuró y volvió a mirar la fotografía, acariciando la imagen de mí con sus dedos.

Me estremecí.

—¿Entonces, te gusta?

—Me encanta —dijo, con la voz ronca por la emoción.

La imagen no era la típica toma cursi y acaramelada de nosotros abrazados o besándonos ni nada de eso. En cambio, yo estaba sentada en un muro de piedra que recorría a lo largo de la playa, con las piernas colgando, mis manos agarrándose ligeramente en la piedra a cada lado de mis caderas. Mi abrigo estaba abierto, ondulando ligeramente en el viento y mi cabello estaba ondulando más que un poco detrás de mí, salvaje y libre como siempre. Estaba mirando hacia Benjamin, mi expresión suave, curiosa.

Benjamin estaba de pie en la arena, solo un poco por delante de mí, con las manos metidas en los bolsillos de sus jeans ya que la chaqueta que llevaba no tenía ninguno. Llevaba una gorra que James le había prestado y estaba mirando con satisfacción más allá de la cámara a lo que yo sabía era el agua.

Nos vemos jóvenes, tranquilos e interesantes, y si me lo permito… un poco ardientes.

—Pensé que podrías colgarla en el apartamento.

—Definitivamente. —Benjamin me miró y sonrió—. Esto es jodidamente genial.

Me reí y asentí mientras me atraía hacia él con su brazo libre.

—Ya me lo imaginaba. Pensé que sería bueno conservarla para que así, cuando seamos viejos y canosos, podamos mirarla y recordar cómo éramos.

Me besó suavemente y se echó hacia atrás para decir algo justo cuando la puerta del estudio se abrió.

Fruncí el ceño, dándome la vuelta para decirle al intruso que estábamos cerrados cuando me detuve en seco al ver a nuestro jefe, Stu.

—Justo a tiempo —dijo Benjamin.

¿A tiempo para qué?

—¿Stu? —Miré de él a Benjamin y luego de nuevo a él—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Hadita. —Stu sonrió—. ¿Cómo estás, muchacha?

—Estoy bien. Confundida, pero bien. ¿Y tú?

—Contento de que mi esposa odia el día de San Valentín tanto como yo. —Él se rio entre dientes y miró más allá de mí a Benjamin—. ¿Listo?

—¿Para qué? —Salí de los brazos de Benjamin, esperando que mi día de San Valentín no fuera arruinado.

—Tu regalo. —Benjamin colocó cuidadosamente la fotografía en el mostrador de recepción—. Stu va a tatuarme tu nombre en mi pecho.

Ante ese gran anuncio, Stu y él comenzaron a avanzar a grandes zancadas hacia los cuartos traseros.

¿Mi nombre? ¿A través de su pecho?

—¿Estás loco? —Corrí tras él, tratando de no resbalar en las baldosas lisas con mis tacones—. ¡Benjamin! —Los alcancé justo cuando se estaban organizando en la habitación de Benjamin—. ¿Podemos hablar? Solo por un minuto. En privado.

—Tía…

—Por favor. —Le supliqué.

Él suspiró.

—Stu, volveré en un minuto.

Stu nos sonrió con complicidad.

—Está bien. Hazle entrar en razón, hadita.

Ignorándolo, agarré la mano de Benjamin y lo arrastré de vuelta en el estudio principal.

—No vas a hacer esto.

Benjamin inmediatamente me miró fijamente.

—Tenía la esperanza de una reacción mejor que esta. Algo más en línea a: "eso es tan romántico, Benjamin, no puedo creer que me ames lo suficiente para que grabes mi nombre de forma permanente en tu pecho".

—Es tan romántico. —Apreté su mano para tranquilizarlo—. Me encanta que me quieras tanto, pero… hablemos en serio. Cualquier cosa puede pasar. No tenemos idea de lo que sucederá. Y sí, espero por Dios que dentro de cincuenta años todavía tengamos la fotografía… —Hice un gesto a ella en el área de recepción—, y podamos mirarla y recordar juntos. Pero no sabemos con el cien por ciento de garantía que lo haremos. Un tatuaje, Benjamin. Es para siempre.

—Pero vamos a estar juntos para siempre. Nos vamos a casar.

Me derretí.

—Lo sé. Sabes que te amo. Pero un tatuaje parece una mala idea. Es casi como si nos estuvieras maldiciendo.

—¿Maldiciéndonos?

—Mmmhmmm.

Él dejó escapar un suspiro de exasperación.

—No nos estoy maldiciendo, Tía. Tú y yo estaremos juntos para siempre. No voy a ninguna parte. ¿Y tú?

—¡No, por supuesto que no! —Me acerqué a él, deslizando mis brazos alrededor de su espalda, inclinando mi cabeza hacia atrás para poder encontrarme con su mirada—. No quiero que hagas algo de lo que te arrepentirás.

En respuesta, Benjamin envolvió sus brazos a mi alrededor con tanta fuerza que cada centímetro de mí quedó presionado contra cada centímetro de él.

—Nunca me arrepentiré de nada acerca de ti.

Como me encontraba derritiéndome contra él otra vez, cediendo, un repentino pensamiento se me ocurrió y espeté:

—¡Qué sea una "T"!

La cabeza de Benjamin se echó hacia atrás, sorprendido por mi arrebato.

—¿Qué?

—El tatuaje. —Le di unas palmaditas en el pecho donde estaba su corazón—. Solo haz una "T". Sabremos que me representa a mí, pero si algo llegara a pasar, fácilmente podrías cambiarlo en otra palabra.

—Nada va a suceder, pero… —Cubrió mi boca con la mano sabiendo que la estaba abriendo para discutir de nuevo—. Si te hace sentir mejor con todo el asunto, me limitaré a poner una estilizada "T".

Sonreí contra su piel y él movió su mano, devolviendo la sonrisa.

—Se me acaba de ocurrir algo —dije, arrastrando mis dedos sobre su pecho—. Se trata de un doble regalo.

—¿Y cómo es eso?

El calor se movió a través de mí con mis pensamientos sucios.

—Tienes que cuidar de tu nuevo tatuaje esta noche… lo que significa que voy a estar arriba.

Benjamin se estremeció con una risa silenciosa.

—Todo estaba en mis planes.

—Estoy segura que sí. —Me puse de puntillas para besarlo—. Date prisa y luego vamos a saltarnos la cena de esta noche.

—Acuéstate sobre tu espalda. —Me detuve a los pies de la cama en mi ceñido vestido negro bastante revelador y tacones, con las manos en mis caderas.

Los labios de Benjamin se crisparon con diversión mientras se sentaba en la cama delante de mí, llevando nada. Recién acababa de ordenarle que se deshaga de su ropa, cosa que él hizo con una cantidad sensual de burla que me tenía muy caliente y mojada.

Él me miró con esos hermosos ojos verdes suyos, y creo que supo que moría de ganas de tocar cada centímetro de él. Cada centímetro excepto la parte en su pecho que estaba cubierta con papel transparente, protegiendo su nuevo tatuaje. Una hermosa "T" estilizada cruzando su corazón.

Me obligué a dejar de sonreír por el tatuaje y reiteré mi demanda.

—¿No te vas a desnudar primero? —dijo.

—No hasta que estés acostado en esa cama, listo y dispuesto.

Él rio e hizo lo que le pedí, su erección alzándose absolutamente firme.

Lamí mis labios, sintiendo la resbaladiza humedad entre mis piernas.

—Mi turno —susurré, sintiendo mis pezones tensarse contra la tela de mi sujetador mientras me desabrochaba el vestido.

Benjamin apoyó su cabeza en sus manos y me miró con ojos ardientes.

Primero deslicé el vestido y salí de él, llevaba solo mi sujetador, ropa interior y tacones negros. Mi cabello caía sobre mis hombros y dejé que Benjamin me mirara de lleno por un momento antes de agacharme y abrir mis botines.

Los saqué rápidamente y desabroché mi sujetador. Mis pechos se hincharon bajo su oscura mirada y mis pezones se crisparon aún más.

—Mierda —dijo suavemente, su cuerpo tensándose y su palpitante excitación enderezándose mucho más alto hacia su estómago.

Empujé mi ropa interior por mis piernas y luego gateé sobre la cama, pasando por encima de él en mis manos y rodillas, mis dedos arrastrándose a través de su piel a medida que me abro camino sobre él… hasta que me detuve en su erección.

—Pastelito —gimió él cuando bajé mi cabeza.

Llevándolo a mi boca, sentí sus muslos apretarse bajo mis dedos. Mi lengua se arrastró a lo largo de una vena en la parte inferior de su miembro y Benjamin se quedó sin aliento con un siseo excitado cuando empecé a chupar, bombeando mi cabeza de modo que mi boca se deslizara lentamente de arriba hacia abajo por su longitud.

—Tía —se quejó con los dientes apretados, impulsando sus caderas.

Lo solté, mi mirada prometiéndole que terminaría lo que había empezado después de que ambos disfrutáramos del evento principal.

Tratando de no apurar dicho evento y mi cuerpo luchando contra eso, besé un camino a lo largo de su tonificado torso mientras me arrastraba por su cuerpo. Con mis rodillas a cada lado de sus caderas, me estremecí al sentir el roce de su pene en la cara interna de mi muslo. Apreté los labios sobre su pezón derecho, evitando su lado izquierdo. Lo lamí, mi propio gemido ahogado contra su cuerpo a medida que él acunaba mis pechos, mis propios pezones tensos, ansiosos por su toque. Cuando sus pulgares los rozaron, me estremecí, un suspiro escapándose de entre mis labios.

—Pastelito —gruñó Benjamin, apretando mis pezones entre sus dedos.

Apenas tuve tiempo para recuperarme de las descargas de calor que se dispararon hacia mi sexo, cuando su mano derecha se deslizó por mi estómago, buscando entre mis piernas. Cuando dos dedos se deslizaron en mi entrada resbaladiza, mi espalda se arqueó, dando a su mano izquierda un mejor acceso a mi pecho, mis caderas meciéndose contra su mano derecha.

—Te necesito —gemí, sacudiendo la cabeza mientras lo apartaba—. Todo de ti.

Agarró mis caderas a medida que me colocaba sobre él y ambos gritamos cuando me estrellé en él, las caderas de Benjamin saltando de la cama en reacción.

Encontramos un delicioso ritmo agonizante rápidamente, y con mis manos apoyadas en la cama junto a sus muslos, me incliné un poco hacia atrás para que su pene se empujara dentro de mí en el ángulo más satisfactorio del mundo. Me moví lentamente, yendo hacia el orgasmo.

Nos sostuvimos la mirada mientras lo montaba, sintiéndome sexy y poderosa ante su expresión reluciente, observando la forma en que sus ojos verdes se oscurecían por mis pechos, por mi cabello balanceándose en mi espalda. Su agarre en mí se tensó, apurándome. El calor entre nosotros elevándose cada vez más, nuestros cuerpos resbaladizos por el sudor.

El placer arremolinándose en mi vientre comenzó a aumentar la presión, mi excitación elevándose ante la intimidad que coincidía con nuestra pasión: nuestras miradas sosteniéndose, llenas de amor, el sonido de mi descontrolada respiración y los gemidos de placer, el olor embriagador del sexo… y Benjamin incitándome a correrme.

—¡Benjamin! —grité, mi cuerpo moviéndose más rápido de arriba hacia abajo por su longitud, arrojándome hacia el clímax. Mis músculos se apretaron alrededor de Benjamin cuando me vine, ola tras ola de placer pulsando alrededor de su pene.

Cuando mis extremidades se derritieron con satisfacción, Benjamin comenzó a bombear sus caderas debajo de mí, levantándome contra sus duras embestidas hasta que lo sentí ponerse rígido segundos antes de correrse dentro de mí.

Su agarre se aflojó y se relajó debajo de mí, su pecho subiendo y bajando con sus rápidas respiraciones.

Me incliné sobre él, cuidando todavía no tocar su tatuaje y lo besé, un largo, profundo y dulce beso que hizo que mis músculos internos se tensen alrededor de él. Me separé lo suficiente para poder hablar, temblando cuando él deslizó sus dedos suavemente sobre mi espalda desnuda.

—Nuestro primer día de San Valentín fue un éxito —susurré contra su boca.

Él asintió y me apretó más cerca.

—Así como todos y cada uno de ellos lo serán.

—¿Los cincuenta de ellos? —bromeé.

—Puedes apostar tu maldito culo a que lo serán, Pastelito. Esto aquí… —rodeó mi cintura con sus grandes manos—, cada centímetro tuyo, es mío. Para siempre. —Miró a su pecho y luego de vuelta a mis ojos—. "T" o "Tía"… siempre va significar una cosa. Que te amo.

—Me encanta el tatuaje —le prometí, a medida que rodeaba suavemente el área alrededor de él con mi dedo índice—. Esto también siempre va a significar eso para mí.

—Feliz día de San Valentín, Pastelito. —Me besó suavemente.

—Feliz día de San Valentín, Benjamin.